El castillo de los carpatos
Capítulo VI
cayó como cae la res bajo la maza del carnicero.
Nic Deck apenas sentía la fatiga de tan ruda ascensión. De pie, inmóvil, devoraba con la mirada, el castillo de los Cárpatos, al que nunca se había aproximado. Ante sus ojos se extendía un muro almenado; defendido por foso profundo, y cuyo único puente levadizo estaba levantado contra la poterna encajada en un marco de piedra. En torno del muro, y en toda la superficie de la meseta, todo estaba tranquilo y silencioso. La penumbra del crepúsculo permitía abrazar el conjunto del castillo, que se dibujaba confusamente en las sombras. A nadie se veía sobre el parapeto, a nadie sobre la plataforma del torreón, ni sobre la terraza circular del primer piso… Ni un hilo de humo se esparcía en torno de la extravagante veleta comida de nloho secular…
–Y bien, guardabosque, preguntó el doctor Patak: ¿convendrás en que es imposible franquear ese foso, ni bajar el puente levadizo, ni abrir la poterna?
El joven no respondió. Estaba pensando que sería preciso hacer alto ante la muralla. En medio de aquella oscuridad, ¿cómo bajar al fondo del foso y subir por el escarpado muro, para penetrar en la fortaleza? Sin duda lo más prudente era esperar el alba a fin de obrar en plena luz.
Lo cual fue resuelto, con gran contrariedad por parte de Nic, y gran contento por parte del doctor Patak.
CAPÍTULO VI
El cuarto menguante de la luna, cuall brillante luz de plata, había desaparecido poco después del sol. Algunas nubes venidas del Oeste fueron extinguiendo poco a poco los úlltimos resplandores del crepúsculo. La sombra iba invadiendo el espacio, subiendo su negrura desde la falda de la
pendiente. El anfiteatro de montañas llenábase de tinieblas, y la silueta del castillo se fue borrando bajo aquel negro crespón.
Si bien la noche amenazaba ser oscurísima, nada, en cambio, indicaba que fuese turbada la calma por meteoro atmosférico, huracán, lluvia o tormenta.
Podían, pues, tranquilos acampar al aire libre Nic Deck y su compañero.
Sobre la árida meseta de Orgall no había un sólo árbol. Tan sólo acá y allá veíanse algunas matas inhospitalarias por la frescura de la noche. Allí todo era rocas, unas medio hundidas, otras en tan difícil equilibrio, que un pequeño impulso hubiese sido bastante para hacerlas rodar por la vertiente hasta los abetos.
La única planta que con profusión crecía en aquel terreno rocoso era un espeso cardo, llamado «espino ruso», cuyos granos o semillas, segun dice Elisco Reclus, fueron transportados allí por la caballería moscovita:
«presente de alegre conquista que los rusos hicieron a los transilvanos».
Trataron los dos compañeros de buscar un sitio a propósito para pasar la noche resguardados del descenso de la temperatura, muy notable en aquella altura.
–¡Para estar mal, cualquer sitio es bueno! murmuró el doctor.
–¡Aún os quejáis! dijo el otro.
–¡Es claro! ¡Es un sitio muy hermoso éste para atrapar un buen catarro o un reuma excelente, que no sabría yo cómo curarme!
Preciosa confesión en boca del antiguo enfermero del lazareto. ¡Ah!
¡Cuánto echaba de menos su confortable casita de Werst, con su cuarto bien cerrado y su cama bien mullida y blanda!
Preciso era elegir entre aquellos bloques diseminados por la meseta, uno cuya orientación ofreciese el mejor abrigo contra la brisa sudoeste, que ya
empezaba a dejarse sentir: Tal fue lo que hizo Nic Deck y no tardó mucho en reunírsele el doctor tras un ancho peñasco, plano por encima como una mesa.
Aquella roca era uno de esos bancos de piedra hundido bajo las escabiosas y saxígrafas, plantas tan frecuentes en Valaquia, y donde también se encuentran los bancos antedichos en los caminos. Estos bancos sirven al mismo tiempo para que el viajero descanse, y para que pueda aplacar su sed con el agua que contiene una especie de jarra en ellos colocada, y renovada cotidianamente por las gentes del campo. Cuando el castillo era habitado por el barón Rodolfo Gortz, aquel banco tenía también su recipiente, que los servidores de la familia cuidaban no dejar nunca vacío; pero a la sazón se hallaba tapizado de verdoso musgo y tan carcomido por la acción del tiempo, que el menor choque le hubiera reducido a polvo. A la extremidad del banco alzábase un pilar de granito, resto de antigua cruz, cuyos brazos estaban indicados por una ranura medio borrada. En su cualidad de espíritu fuerte, el doctor Patak de ningún modo podía admitir que aquella cruz le protegiese contra apariciones fantásticas; mas, sin embargo, por una anomalía muy frecuente entre los incrédulos, si bien el doctor negaba a Dios, no estaba lejos de creer en el diablo. Cruzó por su mente la idea de que el Chort no debía de andar lejos, si acaso vivía en el castillo, y que ni la cerrada poterna, ni el puente levadizo alzado, ni la cortante muralla, ni el profundo foso, le impedirían salir, si le entraba la idea de venir a retorcerle a los dos el cuello.
Y cuando pensaba que tenía que pasar toda una noche en tales condiciones, temblaba de espanto. ¡No Aquello era exigir de él demasiado; los más enérgicos temperamentos no hubieran podido resistirlo.
Además, aunque tarde, le había venido un pensamiento. Estaban en la noche del martes, día aciago, en que las gentes del distrito se guardan bien de salir después de puesto el sol. El martes como se sabe era allí día de maleficios; y a dar crédito a las tradiciones, aventurarse por el campo era tanto como exponerse al encuentro con algún genio maléfico. En martes nadie circula por las calles ni por los caminos desde que llega la noche.
Y he aquí el doctor Patak, no solamente se encontraba fuera de su casa, sino en las cercanías de un castillo encantado y a dos o tres millas del pueblo. Y
allí tenía que estar esperando la vuelta del alba, caso que luciera para él de nuevo. Aquello, en verdad, era tentar al diablo. Estaba el doctor engolfado en estas ideas en tanto que el guardabosque sacaba tranquilamente de su alforja un trozo de carne fiambre, después de haberse echado un buen trago de su calabaza.
Pensó el doctor que lo mejor que podía hacer era imitar a su compañero, y así lo hizo. Un muslo de pato, un trozo de pan, todo regado de rakiu, fue suficiente para reparar sus fuerzas. Si calmó su hambre, no pudo calmar su miedo.
–Ahora, a dormir, dijo Nic Deck, así que hubo colocado su alforja al pie del banco.
–¡Dormir!
–Buenas noches, doctor.
–¡Buena noche!… Eso se dice fácilmente; pero me temo que ésta va a acabar mal. – –
Nic Deck, que no estaba de humor de hablar, no respondió.
Acostumbrado por su profesión a dormir en los bosques, acomodóse ilo mejor que pudo junto a la piedra, y no tardó en caer en profundo sueño. Así que el doctor sólo podía refunfuñar entré dientes, oyendo el acompasado ronquido de su compañero.
A él le fue imposible durante algunos minutos, y a despecho de su fatiga, hacer otra cosa que mirar y escuchar atentamente. Su cerebro era víctima de esas extravagantes visiones que surgen de la turbación del insomnio.
¿Qué quería ver en aquellas espesuras? Todo y nada. Las indecisas formas de los objetos que le rodeaban; los jirones de nubes que atravesaban el
cielo, y la masa apenas perceptible del castillo.
Parecíale que las rocas de la meseta bailaban infernal zarabanda… Sí…
Iban a caer, iban a rodar sobre lo largo del talud, sobre los dos imprudentes; iban a aplastarles a la puerta de aquella fortaleza cuya entrada les estaba prohibida.
El desgraciado doctor se había levantado y escuchaba esos ruidos que se propagan en las alturas; murmullos inquietantes, mezcla del susurro, del gemido y del suspiro. Oía también los frenéticos golpes que sobre las rocas daban los murciélagos con sus alas; los endriagos revoloteando en su nocturno paseo, dos o tres parejas de esos fúnebres buhos cuyo graznido resonaba como una queja. Entonces, los músculos del doctor se contraían y su cuerpo temblaba, anegado en un sudor frío.
Y así transcurrieron horas enteras hasta la media noche. Si el doctor Patak hubiese podido cambiar de vez en cuando alguna frase con alguien, dar libre curso a sus quejas, se hubiera sentido menos atemorizado; pero Nic Deck dormía con un sueño profundo.
¡La media noche! ¡La hora más horrible de todas! ¡La hora de las apariciones y de los maleficios!…
¿Qué era aquello que pasaba? El doctor acababa de levantarse, y se preguntaba si estaba despierto o era víctima de una pesadilla. En efecto: allí, arriba creyó ver… no, vio realmente dibujarse formas extrañas iluminadas con luz espectral, atravesar el horizonte, subir, bajar, descender con las nubes… Hubiérase dicho que eran especie de monstruos, dragones con colas de serpientes, hipogrifos de alas desmesuradas, cuervos gigantescos y enormes vampiros que se cernían sobre él… iban a cogerle con sus uñas o a, engullírsele con sus mandíbulas. Después le pareció que todo se movía en la llanura de Orgall; las, rocas, los árboles… todo; y con mucha claridad, su oído percibió, a pequeños intervalos, el tañido de una campana.
–¡La campana del castillo! murmuró.
Sí… Era, la campana de la antigua capilla; no era la de la iglesia de Vulcano, cuyo sonido hubiera llevado el viento en otra dirección.
Y he aquí que aquellos tañidos se tornan más precipitados; la mano que hace sonar la campana no toca a muerto. No; es un toque rápido, cuyos ecos repercuten en la frontera transilvánica.
Al oír aquellas lúgubres vibraciones, entróle al doctor un miedo convulsivo; terrible angustia, espanto irresistible, que le hizo temblar de pies a cabeza.
El guardabosque ha despertado al ruido de la campana.
Se pone en pie, en tanto que el doctor Patak parece como que ha vuelto en sí. Nic Deck escucha atentamente, y trata de penetrar con sus miradas las espesas tinieblas que cubren el castillo.
–¡Esa campana! ¡Esa campana! repite el doctor Patak., ¡La toca el Chort!
Decididamente, el pobre doctor, enloquecido por completo, cree entonces en el diablo.
El guardabosque, inmóvil, no le respondió.
De repente, unos rugidos semejantes a los que arrojan las sirenas marinas a la entrada de los puertos, se desencadenan en ondas, tumultuosas.
El espacio está conmovido en una extensa zona por sus soplos ensordecedores.
Después, una claridad sale del torreón central: una claridad intensa, que lanza resplandores de penetrante viveza y destellos que ciegan.
¿Qué foco produce esta poderosa llama, cuyas irradiaciones se extienden en inmensas sabanas en la superficie de la meseta de Orgall? ¿De qué horno se escapa aquel manantial fotogénico que parece abrasar las rocas, al mismo
tiempo que las llena de lividez extraña?
–¡Nic, Nic! exclamó el doctor. ¡Mírame! ¿No soy, como tú, un cadáver?
En efecto: el guardabosque y él habían tomado un aspecto cadavérico; la cara descolorida, los ojos marchitos, las órbitas agrandadas, las mejillas verdosas con tonos parduscos, los cabellos semejantes a esos musgos que crecen, según la leyenda, sobre el cráneo de los ahorcados, Nic Deck está estupefacto de lo que ve y de lo que oye. El doctor Patak, en el último grado de espanto, tiene los músculos contraídos, el pelo erizado, la pupila dilatada y el cuerpo preso de un espasmo tetánico. Como dice el poeta de las Contemplaciones, «respira temor».
Un minuto, un sólo minuto duró este espantoso fenómeno. Después, la extraña llama se apagó gradualmente, los atronadores mugidos se extinguieron, y la meseta de Orgall, volvió al silencio y a la oscuridad.
Ni uno ni otro pensaron en dormir; el doctor, medio muerto de estupor; el guardabosque de pie contra el banco de piedra, esperando la llegada del alba.
¿Qué pensamientos agitaban la mente de Nic Deck en presencia de aquellas cosas tan evidentemente sobrenaturales a sus ojos? ¿Persistiría en seguir su temeraria aventura? Cierto que él había dicho que penetraría en el castillo y que exploraría el torreón. Mas ¿no era suficiente haber llegado a su infranqueable muralla y haber despertado la colera, de los genios y provocado aquel desorden de dos elementos? ¿Se le reprocharía no haber mantenido su promesa si regresaba al pueblo sin haber continuado su locura hasta aventurarse en el diabólico castillo?
De repente el doctor se precipitó hacia él y le cogió por una mano, procurando arrastrarle, mientras le decía con voz sorda:
–¡Ven, ven!
–¡No! respondió Nic Deck.
Y a su vez retuvo al doctor, que volvió a caer después de este último esfuerzo.
La noche acabó al fin; y tal era el estado de su espíritu, que ni el guardabosque ni el doctor tuvieron conciencia del tiempo que transcurrió hasta el alba. Nada quedó en su memoria de las horas que precedieron a las primeras luces de la mañana.
En este instante una linea rosada se dibujó sobre lo ancho del Paring hacia el Este y al otro lado del valle de los dos Sils. Ligeras brumas crepusculares se esparcieron en el cenit, sobre un cielo rayado como una piel de cabra.
Nic Deck se volvió hacia el castillo y vio que las formas de éste se destacaban poco a poco. Vio el torreón saliendo sobre las altas brumas, que descendían hacia la garganta del Vulcano; vio la capilla, las galerías, la muralla, elevándose sobre los vapores nocturnos; después, sobre el baluarte anguloso, recostarse el haya, cuyas hojas se agitaban a la brisa de Levante.
En nada había cambiado el aspecto ordinario del castillo. La campana estaba tan inmóvil como la vieja veleta feudal.
No salía humo alguno de la chimenea del torreón, cuyas ventanas alambradas permanecían herméticamente cerradas.
Por encima de la plataforma y en las altas zonas del cielo, algunos pájaros revoloteaban, arrojando sus gritos agudos.
Nic Deck volvió los ojos hacia la entrada principal del castillo. El puente levadizo, levantado contra la pared, cerraba la poterna, entre las dos pilastras de piedra, en las que las armas de los barones de Gortz estaban esculpidas.
El guardabosque estaba, pues, decidido a llevar a lo último la aventura de la expedición. Sí; y su resolución no se había entibiado con los sucesos de la
noche. «Cosa dicha, cosa hecha.» Como se sabe, ésta era su divisa. Ni la misteriosa voz que le había amenazado personalmente en el salón del Rey Matías, ni los fenómenos inexplicables de luz y de sonidos de que acababa de ser testigo, le impedirían entrar en el castillo. Bastábale una hora para recorrer las galerías, visitar el torreón, y entonces, ya cumplida su promesa, volvería a tomar el camino de Werst, donde podría llegar en la mañana.
En cuanto al doctor Patak, no era más que una maquina inerte, sin fuerzas para resistir, ni voluntad para querer. Iría donde se le llevara.
Si caía, sería imposible levantarle.
Los espantosos sucesos de aquella noche le habían reducido a un estado de embrutecimiento completo, y no hizo ninguna observación cuando el guardabosque, señalando e1 castillo, le dijo:
–¡Vamos!
Aunque, como ya era de día, el doctor hubiera podido regresar a Werst sin temor de un tropezón, al través de los bosques del Plesa, máxime cuando ningún provecho sacaría de quedar junto a Nic, no intentó marcharse; y el no abandonar a su compañero consistía en que el doctor no tenía ya conciencia de la situación: era un cuerpo sin alma. Así es que cuando el gúardabosque le arrastró hacia el talud de la contraescarpa del castillo, se dejó llevar.
Ahora bien: ¿sería posible penetrar en el castillo por otra parte que por la poterna? Esto era probablemente lo que Nic quería reconocer.
La muralla no presentaba ninguna brecha, ningún hundimiento, ningún hueco que pudiese dar acceso al interior. Era muy sorprendente que murallas tan viejas estuvieran en un estado de conservación tan perfecta, lo que debía atribuirse a su espesor.
Elevarse hasta las almenas que le coronaban, parecía un imposible, puesto que dominaban el foso de unos cuarenta pies de profundidad. Parecía, pues,
que Nick Deck, en el momento de acercarse al castillo de los Cárpatos, iba a encontrarse con obstáculos insuperables.
Afortunadamente, o desgraciadamente para él, existía por debajo de la poterna una especie de tronera, o más bien un hueco, por el que en otro tiempo asomaba la boca de una culebrina. Sirviéndose de una de las cadenas del puente levadizo, que pendía hasta el suelo, no sería muy difícil para un hornbre ágil y vigoroso subir hasta aquella hendidura; su anchura era suficiente para dar paso, y a menos que en la parte interior tuviese una reja, Nic Deck llegaría sin duda a pasar al interior del castillo.
Desde luego comprendió el guardabosque que no había otro medio má practicable, y he aquí por qué, seguido del inconsciente doctor, descendió por la parte interna de la contraescarpa. Llegaron al fondo del foso, sembrado de piedras, entre el follaje de las plantas salvajes. No era posible saber donde se ponía el pie, y si bajo aquellas hierbas húmedas hormigueban millares de bichos venenosos.
En medio del foso, y paralelo a la muralla, corría el cauce de la antigua.
cuneta, ahora casi seca, y que se podía franquear fácilmente de un sólo salto.
Como Nic Deck no había perdido nada de su energía -física y moral, obraba con sangre fría, mientras el doctor le seguía maquinalmente, como la bestia amarrada por una cuerda al cuello.
Pasada la cuneta, el guardabosque siguió veinte pasos a lo largo de la muralla deteniéndose bajo la poterna, en el sitio donde pendía la cadena del puente levadizo. Ayudándose con los pies, y las manos, no le sería difícil llegar al saliente de la piedra junto a la entrada.
Evidentemente Nic Deck no pretendía obligar al doctor a que le acompañase en aquel escalo. Un hombre tan torpe no hubiera podido hacerlo. Limitóse, pues, a sacudirlo violentamente para hacerse comprender, y le recomendó que se quedase sin moverse en el fondo del foso. Cogió la cadena y gateó, sin que aquello significase más que un juego
para sus músculos de montañés.
Pero así que el doctor se vio solo, de nuevo se dio cuenta de su situación; comprendió, miró y vio a su compañero ya suspendido unos doce pies del suelo, y con voz ahogada por la emoción, exclamó:
–¡Espera, Nic, espera!
El joven no le escuchó.
–¡Ven, ven, o me voy! gritó el doctor levantándose y dando algunos pasos.
–¡Idos! respondió Nic; y continuó subiendo por la meseta.
El doctor Patak, en el paroxismo del espanto, quiso volver a tomar la meseta de Orgall y seguir a toda prisa el camino de Werst.
Mas ¡oh prodigio, después del cual no eran nada los de la noche anterior! el doctor no puede moverse; sus pies permanecen quietos, como si estuvieran sujetos con tenazas. ¿Podía levantar un pie después de otro? No. Estaban adheridos por los talones y por las plantas. ¿Estaba, pues, cogido por los resortes de un cepo? Más bien parecía retenido por los clavos de sus zapatos. Como quiera que fuese, el pobre hombre estaba allí inmóvil, pegado al suelo y sin fuerzas para gritar, extendiendo desesperadamente las manos. Parecía que quería arrancarse de los brazos de alguna tarasca escondida en las entrañas de la tierra.
Entretanto Nic había llegado a lo alto de la poterna, y acababa de poner la mano sobre una de las bisagras de hierro donde se encajaba el puente levadizo, cuando dejó escapar un grito de dolor… Cayendo hacia atrás como herido por un rayo, se deslizó a lo largo de la cadena, a la que se había cogido por instinto, y rodó al fondo del foso.
–¡Bien decía la voz que me sucedería alguna desgracia! murmuró.
Y perdió el conocimiento.