El castillo de los carpatos
Capítulo IV
La frase termina, y la voz, que va extinguiéndose poco a poco, se apaga con la última de la romanza. Pero Franz ha sacudido su letargo; se incorpora bruscamente, retiene su respiración para no perder el más lejano eco de aquella voz que penetra hasta su corazón. Todo está en silencio dentro y fuera…
–¡Su voz! murmura: sí. ¡Era su voz, la voz que tanto amé!
Después, volviendo al sentimiento de la realidad:
–Dormí y soñé, dijo.
CAPÍTULO IV
Al día siguiente el conde despertóse al alba, con el ánimo turbado aún por las visiones de la pasada noche.
Aquella mañana debía salir de Werst, camino de Kolosvar.
Después de haber visitado las poblaciones industriales de Petroseny y de Livadzel, tenía intención de detenerse un día entero en Karlsburg antes de pasar algún tiempo en la capital de Transilvania. Desde allí el ferrocarril le conduciría a las provincias centrales de Hungría, donde daría su viaje por terminado.
Salió de la posada, y mientras paseaba por el terraplén dirigió sus gemelos hacia el castillo y estuvo contemplando, no sin emoción, los contornos de la fortaleza, claramente proyectados por el sol sobre la meseta de Orgall.
Versaban sus ideas sobre este punto; una vez en Karlsburg, ¿cumpliría la
promesa que había hecho a la gente de Werst? ¿Avisaría a la policía de lo que pasaba en el castillo de los Cárpatos?
Creyendo, como creía en un principio el conde, que el castillo era refugio de malhechores, o por lo menos de gente sospechosa que tenía interés en permanecer oculta y sin que nadie se aproximara a su guarida, la promesa hecha a la población era solemne.
Mas después que había reflexionado, experimentó un cambio en sus ideas, y a la sazón dudada que partido tomar.
Cinco años hacía que nadie había vuelto a saber lo que hubiera sido del último descendiente de la familia de Gortz. Corrió muy válido el rumor de que el barón Rodolfo había muerto algún tiempo después de su salida de Nápoles; mas ¿era esto cierto? ¿Qué pruebas había de su muerte? ¿Acaso vivía el barón de Gortz? Y si vivía, ¿por qué no había vuelto al castillo de sus antepasados? ¿Acaso Orfanik, si único acompañante, aquel extraño físico, no sería el autor de los fenómenos que mantenían el espanto en la comarca? Esto precisamente era lo que estaba pensando Franz.
Hay que convenir en que tal hipótesis parecía muy admisible; pues si el barón Rodolfo y Orfanik habían buscado refugio en el castillo, lo natural era que hubieran querido hacerse inabordables, a fin de vivir aislados, conforme a sus hábitos y caracteres.
Y de ser así, ¿qué conducta debía seguir el conde? ¿Era conveniente que tratase de intervenir en la vida privada del baron de Gortz? Hallábase el conde pesando el pro y el contra de la cuestión, cuando Rotzko fue a reunirse con él en el terraplén.
Una vez que el joven le dio conocimiento de sus ideas sobre el asunto, díjole el otro:
–Señor, es posible que el barón de Gortz se entregue a todas esas maquinaciones diabólicas, y en ese caso, mi opinión es que no debemos mezclarnos en el asunto; que los poltrones de Werst vean cómo se las han
de arreglar: eso es cuenta suya, pues nosotros no debemos mezclarnos en nada para devolver la calma a la aldea.
–Bien considerado, pienso que tienes razón, mi buen Rotzko.
–Yo así lo creo, respondió el soldado.
–En cuanto al señor Kaltz y los demás, saben ya cómo se las han de arreglar para acabar con los supuestos espíritus del castillo.
–Sin duda, señor. No tienen más que dar parte a la policía de Karlsburg.
–Nos pondremos en camino después de almorzar, Rotzko.
–Todo estará presto.
–Pero antes de bajar al valle del Sil daremos una vuelta por el Plesa.
–¿Para qué, señor?
–Desearía ver más de cerca, si es posible, ese castillo de los Cárpatos.
–¿Con qué fin?
–Un capricho, Rotzko; un capricho que no nos retardará ni media jornada.
Mucho contrarió a Rotzko tal determinacion, que consideraba poco menos que inútil. É1 hubiera querido alejar del ánimo del conde todo lo que le pudiera recordar el pasado. Pero aquella vez fue en vano; chocó contra la inflexible resolución de su amo.
La causa de esto era que Franz sentíase atraído hacia el castillo como por una influencia irresistible. Acaso sin que él se diese cuenta de ello, uníase aquella atracción al ensueño en el que había oído la voz de Stilla murmurando la sentida melodía de Stéfano.
Pero ¿aquello había sido un sueño? He aquí lo que el conde se preguntaba ahora, recordando que, según se decía, en aquella misma sala se había oído una voz… aquella voz amenazadora que tan imprudentemente desafió Nic Deck. No es, pues, extraño que en la disposición mental en que se encontraba el conde, formase el proyecto de dirigirse al castillo de los Cárpatos, y subir hasta el pie de sus viejas murallas, pero sin pensar en penetrar en aquél.
No hay que decir que Franz de Télek estaba bien resuelto a no dar a conocer sus intenciones a los habitantes de Werst, que sin duda hubiéranse unido a Rotzko para disuadir al conde de sus propósitos. Recomendó, pues, al soldado no dijera nada sobre el particular. Al verle bajar del pueblo con dirección al valle del Sil, nadie hubiera dudado que no fuese a tomar el camino de Karlsburg.
Desde lo alto del terraplén había el conde observado que otro camino seguía la base del Retyezat hasta la garganta del Vulcano. Era, pues, posible subir por las alturas del Piesa hacia el castillo sin volver a pasar por la aldea, y por consecuencia, sin que Koltz y los demás le viesen.
A medio día, y después de haber liquidado sin discusión la cuenta, un poco excesiva, que con su mejor sonrisa le presentó Jonás,, Franz se dispuso a salir de Werst.
El señor Koltz, la linda Miriota, el maestro Hermod, el doctor Patak, el pastor Frik y buen número de los demás habitantes, habían ido a despedirle.
El mismo guardabosque había podido salir de su cuarto y se comprendía que no tardaría mucho en estar restablecido por completo, de lo que el ex-enfermero se atribuía todo el honor.
–Os deseo mil felicídades, Nic Deck, tanto a vos como a vuestra prometida.
–Nosotres lo aceptamos con reconocimiento, respondió la joven radiante de dicha.
–Feliz viaje, señor conde, añadió el guardabosque.
–¡Dios lo quiera! respondió Franz, cuya frente se había nublado.
–Señor conde, dijo entonces Koltz: os suplicamos que no olvidéis lo que habéis prometido hacer en Karlsburg.
–No lo olvidaré, señor Koltz. Pero en caso de que retardase mi viaje, conocéis el medio más sencillo para libraros de esa vecindad inquietante, y el castillo no inspirará ya temor alguno a la honrada población de Werst.
–Eso se dice fácilmente, murmuró el maestro.
–Y se hace, respondió Franz. Si queréis, antes de cuarenta y ocho horas tendréis aquí a los -gendarmes, que sabrán dar buena cuenta de los seres que se ocultan en el castillo.
–Salvo el caso, muy probable, de que fueran espíritus, observó el pastor Frik.
–Pues aun en ese caso, respondió Franz alzando ligeramente los hombros.
–Señor conde, dijo el doctor Patak, si nos hubiéseis acompañado a Nic Deck y a mí, quizás no hablaríais de ese modo.
–Es verdad que me hubiera asombrado, doctor, añadió Franz, de pasarme lo que a vos, que quedásteis sujeto por los pies en el foso del castillo.
–Por los pies, sí, señor conde, o, mejor dicho, por las botas; a menos que pretendáis que en el estado de espíritu en que me encontraba, yo soñaba entonces.
–No pretendo nada, respondió Franz, y no trataré en manera alguna de explicaros lo que os parece inexplicable; pero estad seguro de que si los gendarmes vienen a visitar el castillo de los Cárpatos, sus botas, acostumbradas a la disciplina, no echarán raíces como las vuestras.
Y dicho esto, el conde recibió, por última vez los homenajes del hostelero del Rey Matías tan honrado… de haber tenido el honor… de que el honorable Franz de Télek, etc., etc. Después de haber saludado al señor Koltz, a Nic Deck, a la novia de éste y a los habitantes reunidos en la plaza, hizo una señal a Rotzko, y ambos descendieron a buen paso, camino de la garganta.
En menos de una hora Franz y su asistente llegaron a la orilla derecha del río, que subieron siguiendo la vertiente meridional del Retyezat.
Rotzko se había resignado a no hacer ningura observación a su amo: hubiese sido trabajo inútil. Acostumbrado a obedecerle militarmente, si el conde se arrojaba en alguna peligrosa aventura, él sabría sacarle de ella.
Después de dos horas de marcha, Franz y Rotzko se detuvieron para descansar un poco. En aquel sitió el Sil valaco, ligeramente inclinado hacia la derecha, se acodaba al camino, y por el otro lado, sobre el levantamiento que formaba el Plesa, se veía la meseta de Orgall a distancia de una media milla, o sea cerca de una legua. Convenía pues, abandonar el surco del Sil: puesto que Franz quería atravesar la garganta del Vulcano para tomar la dirección del castillo.
Con el fin de evitar volver a pasar por Werst, aquel rodeo había alargado doble, la distancia que separaba el castillo de la aldea. Sin embargo, aún sería de día cuando Franz y Rotzko llegaran a la cúspide de la meseta, con lo que el conde tendría tiempo para observar la parte exterior del castillo; y esperando hasta la noche para volver por el camino de Werst, le sería fácil atravesar, con la seguridad de no ser visto por nadie.
Proponíase Franz ir a pernoctar a Livadzel, pequeña población situada en la confluencia de los dos brazos del Sil, y volver a tomar al día siguiente el camino de Karlsburg.
El alto duró media hora. Franz, muy absorto en sus recuerdos, muy agitado también por la idea de que el barón de Gortz ocultaba su existencia en el
fondo de aquel castillo, no pronunció una palabra. Preciso fue que Rotzko se impusiera una gran reserva para no decirle:
–Es inútil ir más lejos: volvamos la espalda a ese maldito castillo, y partamos.
Siguieron adelante por el valle, internándose por una espesura que no cruzaba sendero alguno. Había grandes barrancos producidos por las lluvias que hacen desbordar al Sil y correr sus aguas en tumultuosas corrientes por aquellos terrenos que la avenida transforma en lagunas. Esto produce dificultades y retardos en las marchas.
Empleóse una hora en ganar otra vez el camino de la garganta del Vulcano, que fue atravesado hacia las cinco. El lado derecho del Plesa no está erizado de aquellos bosques que Nic Deck no había podido atravesar sino abriéndose paso con el hacha; pero había dificultades de otra especie: montones de pedazos de roca, entre los cuales no se podía andar sin grandes precauciones; bruscos desniveles, hoyos profundos, bloques mal seguros en su base, y erguidos sobre la confusión del amontonamiento de enormes piedras precipitadas po los aludes; en fin, un verdadero caos en todo su horror. Una hora larga fue precisa para remontar aquellos taludes a costa de Penosos esfuerzos; parecía, en verdad, que el castillo de los Cárpatos hubiera podido defenderse con sólo lo escabroso del terreno. Rotzko creía que aún serían mayores los obstáculos y que no podrían ser vencidos; pero no hubo nada de esto.
En efecto. Al otro lado de la zona de los bloques y de las excavaciones pudo llegarse fácilmente a la meseta. Desde allí dibujábase el castillo con perfil más claro en medio de aquella soledad, de la que después de tantos años alejaba el espanto a los habitantes de la comarca.
Conviene advertir que Franz y Rotzko iban a abordar el castillo por su muralla lateral, que miraba al Norte. Nic Deck y el doctor Patak habían llegado ante la muralla del Este; consistía en que habiendo tomado por la izquierda del Plesa, habían dejado a la derecha el torrente del Nyad y el camino de la garganta. Los dos caminos forman, en efecto, un ángulo muy
obtuso, cuyo vértice venía a ser el torreón central. Por la parte Norte hubiera sido imposible penetrar en el recinto, pues no solamente no había Poterna ni puente levadizo, sino que además la muralla siguiendo las irregularidades del terreno, se elevaba por allí a gran altura.
Poco importaba que fuera imposible franquear por aquella parte la muralla, puesto que el conde no pensaba en ello.
Serían las siete y media cuando Franz de Télek y Rotzko se detuvieron en el extremo de la meseta de Orgall. Ante ellos se alzaba, en la sombra, la masa de castillo, cuyo tinte se confundía con el antiguo color de las rocas del Plesa. A la izquierda la muralla formaba un brusco recodo, flanqueado por el bastión del ángulo. Allí, sobre la terraza y por encima del almenado parapeto, extendía el haya sus ramas retorcidas, que atestiguaban los violentos huracanes del Sudoeste en aquella altura.
El pastor Frik no se había engañado, en verdad. De creer en la leyenda, sólo tres años le quedaban de existencia al viejo castillo de los barones de Gortz.
Franz, silencioso, contemplaba el aspecto de, aquellas construcciones, dominadas por el achatado torreón del centro. Allí dentro, sin duda, bajo aquel amasamiento confuso, había aún salas abovedadas, largas y sonoras, extenso dédalo de galerías, escondrijos en las entrañas del suelo, como los poseían las fortalezas de los antiguos magyares. Ninguna vivienda hubiera sido más a propósito para que el último descendiente de la familia de Gortz se sepultase en un olvido cuyo secreto no podía conocer nadie. Cuanto más pensaba el conde en ello, más se aferraba en la idea de que Rodolfo de Gortz se había refugiado en la soledad del castillo de los Cárpatos.
Pero nada revelaba la presencia de gentes en el interior del torreón. Ni el más leve humo se escapaba de sus chimeneas, ni el más pequeño ruido se oía al través de sus ventanas herméticamente cerradas. El silencio de la tenebrosa morada no era turbado ni por el canto de un pájaro.
Durante algunos momentos, Franz abrazó con su mirada aquel recinto, en otro tiempo lleno del ruido de las fiestas y del estrépito de las armas. Mas
hallaba su animo tan henchido de pensamientos atronadores, y su corazón tan preñado de recuerdos, que permanecía en silencio.
Rotzko, que no quería turbar los dolorosos recuerdos del conde, permanecía a alguna distancia, sin permitirse interrumpirle ni con la menor observación.
Puesto ya el sol tras el macizo del Plesa, y cuando el valle de aos dos Sils comenzaba a llenarse de sombras, Rotzko no dudó en acercarse a su amo, y le dijo:
–Señor, ya es de noche. Pronto serán las ocho.
Franz pareció no oír.
–Ya es tiempo de partir si queremos estar en Livadzeil antes de que cierren las posadas.
–Rotzko, al momento, al momento vamos, respondió Franz.
–Necesitaremos más de una hora, señor, para volver al camino de la garganta; y como ya será noche cerrada, nadie nos verá al atravesarlo.
–Unos minutos aún, respondio Franz, y bajaremos hacia la aldea.
El joven no se había movido del sitio en que se detuvo al llegar a la meseta.
–No olvidéis, señor, que en la oscuridad será difícil pasar por medio de esas rocas. Nos ha costado mucho trabajo de día… Perdonadme si insisto; pero…
–Sí, partamos, Rotzko… Te sigo.
Parecía que Franz estaba retenido por el castillo, tal vez por uno de esos secretos presentimientos de los que el corazón no puede darse cuenta.
¿Estaba sujeto al suelo, como el doctor en el foso al pie de la muralla? No.
Sus pies estaban libres de toda traba, de todo entorpecimiento. De querer dar la vuelta a la muralla, siguiendo el reborde de la contraescarpa, nada se
lo hubiera impedido.
Pero ¿acaso lo quería? Tal pensaba Rotzko, que por fin se decidió a decir por última vez:
–¿Venís, señor?
–Sí, sí, respondió Franz; pero quedó inmóvil.
Ya la meseta de Orgall estaba oscura; ya la alargada sombra de la pendiente en dirección al Sur iba envolviendo el castillo, cuyos contornos sólo presentaban incierta silueta. Bien pronto dejaría de ser visible, a menos de que no saliese alguna luz de las estrechas ventanas del torreón.
–Vamos, señor, dijo aún Rotzko.
Y ya se disponía a seguirle Franz, cuando sobre la terraza del baluarte, donde se alzaba el haya legendaria, apareció una forma vaga. Franz se detuvo contemplando aquella forma, cuyo perfil se agrandaba poco a poco.
Era una mujer con la cabellera suelta, las manos extendidas y envuelta en un amplio vestido blanco.
¿No era aquel el traje que la Stilla llevaba en la escena final de Orlando, cuando Franz de Télek la vio por ultima vez?
Sí. Era la Stilla, inmóvil, con los brazos extendidos hacia el conde y fijando en él su penetrante mirada.
–¡Ella… ella! exclamó el conde; y precipitándose hacia el foso, hubiera rodado hasta el pie de la muralla, de no haberle sujetado Rotzko.
Borróse bruscatnente la aparición, después de haberse la Stilla mostrado durante un minuto.
¡Poco importaba! Un segundo le hubiera bastado a Franz para reconocerla, y dejó escapar estas palabras: