El castillo de los carpatos
Capítulo II
–Entonces, él os reembolsará.
–Sí… Los dos florines que me cuesta.
–¡Cómo dos florines!
–Sí… de ahí para arriba. Buenas tardes, amigo.
–Buenas tardes, pastor.
Y Frik, silbando a sus perros y reuNicndo su rebaño, subió a buen paso en dirección a Werst.
Mirándole marchar el judío, movió la cabeza, y murmuró:
–De haberlo sabido, le pido más por el anteojo.
Después de arreglar sobre sus hombros y cintura su mercancía, tomó la dirección de Karlsburg, volviendo a bajar por la margen derecha del Sil.
¿Dónde iba? Poco nos importa. Él no hace más que pasar en esta novela…
No le volveremos a ver más.
CAPÍTULO II
La distancia de algunas millas produce el efecto, para el observador, de que, bien sean rocas hacinadas por la naturaleza en las épocas geológicas, según las convulsiones del suelo, o bien construcciones debidas a la mano del hombre y sobre las cuales ha pasado el soplo devastador del tiempo, poco más o menos su aspecto es semejante. Confúndese fácilmente el mineral en bruto y el mineral trabajado. Desde lejos vese todo envuelto en igual color,
con idénticas líneas y ángulos en perspectiva, con la misma uniformidad de tinte, bajo la pátina gris de los siglos.
Tal acontecía con la edificación antedicha, castillo otro tiempo de los Cárpatos. Reconocerle en su indecisa estructura en la meseta de Orgall, que corona a la izquierda la garganta de Vulcano, hubiera sido imposible. Ya no muestra su erguida silueta en las montañas. Lo que pudiera tomarse por un torreón, no es acaso otra cosa que un informe montón de piedras. Allí donde la vista crea percibir los almenados muros, quizá no habrá sino rocosa cresta. Es un conjunto vago, flotante, incierto. Tanto es así, que si diéramos crédito a lo que dicen algunos turistas, el castillo de los Cárpatos sólo existe en la fantasía de las gentes del país.
Después de todo, el medio más sencillo para salir de dudas sería hacerse conducir por un guía del Vulcano o de Werst, y subir por el desfiladero, dar cima a la montaña, visitar aquellas construcciones. Pero hay el inconveNicnte de que se encuentra más fácilmente el camino del castillo que el guía. En el valle del Sil nadie consentiría en acompañar a un viajero al castillo de los Cárpatos, así fuese a peso de oro.
Si hubiéseis mirado con un anteojo más potente que el instrumento de pacotilla que compró el pastor Frik para el señor de Koltz, he aquí lo que hubiérais visto del viejo edificio.
Detrás de la garganta de Vulcano, y, como a unos ochocientos o novecientos pies, un muro de color de asperón, casi oculto por la hojarasca de plantas trepadoras y cuyo cercado se extiende ert un perímetro de cuatrocientas o quiNicntas toesa, y siguiendo las ondulaciones de la meseta; a cada ángulo dos bastiones, de los cuales, el de la derecha, sobre el que se alza la famosa haya, está coronado por una pequeña atalaya o garita de puntiag!ida techumbre; a la izquierda, algunos lienzos de murallas cual los de una fortaleza, soportando un campanario de capilla, cuya campana rajada se bambolea en las grandes borrascas, causando el mayor espanto en la comarca; en el centro, y con su plataforma rodeada de almenas, un torreón con tres órdenes de ventanas de alféizares de plomo, y cuyo primer piso
hállase rodeado de circular terraza; sobre la plataforma álzase un largo mástil de hierro adornado por una especie de veleta comida de moho, mirando siempre al Sudeste, por efecto de algún violento huracán.
En cuanto a lo que encerraba el consabido muro, por mil partes quebrado, bien fuese edificio habitable, accesible por puente levadizo o poterna, ignorábase de luengos años atrás. En realidad, si bien el castillo de los Cárpatos se hallaba en mejor estado de lo que parecía, estaba protegido ahora por el extendido terror supersticioso, con tanta eficacia como en pasados tiempos lo estuviera por basiliscos, bombardas, culebrinas y demás máquinas de artillería de otros siglos.
Y en verdad que bien merecía la pena de ser visitado el castillo de los Cárpatos por turistas y anticuarios. Su situación en lo alto de la meseta de Orgall no puede ser más bella. El panorama de montañas que se divisa desde la alta plataforma del torreón, es sublime. Al fondo vense las ondulaciones de la elevada cordillera, que parece dibujada caprichosamente, formando la frontera de Valaquia. Por delante abre su ruinosa garganta el desfiladero de Vulcano, única vía de comunicación entre las provincias limítrofes. Al otro lado del valle del Sil surgen las edificaciones de Livadzel, Lonyai, Petroseny y Petrilla, agrupados y como asomándose a la abertura de los pozos que sirven para la explotación de esta rica cuenca hullera. Y en los últimos planos del horizonte vislúmbrase admirable y simétrica cadena de alturas y crestas cuyas bases están cubiertas de césped y cuyas peladas cimas dominan los abruptos picos del Retyezat y del Paring[L6]. Por fin, más allá del valle del Hatszeg y del río Maros, aparecen los lejanos perfiles, velados por las brumas de los Alpes de la Transilvania Central.
En el fondo de aquel embudo y efecto de la depresión del terreno, formábase un lago, en el que vertían sus aguas los brazos del Sil antes de abrirse paso al través de la cordillera. Ahora dicha depresión no es más que una carbonera con sus ventajas e inconveNicntes; las altas chimeneas de fábrica crúzanse con el ramaje de los copudos olmos, abetos y hayas; los
negruzcos humos vician la atmósfera, saturada antaño con los perfumados aromas de los frutales y las flores. No obstante, y por más que la industria tiene bajo su férrea mano este distrito minero, en la época de esta narración aún no había perdido el selvático aspecto que le diera la Naturaleza.
El castillo de los Cárpatos data del siglo XII, o acaso del XIII. En aquella época, bajo la dominación de los señores o vaivodas, fortificábanse monasterios, iglesias, palacios y castillos de igual modo que las aldeas y ciudades. Señores y vasallos procuraban mantenerse a la defensiva. Tal estado de cosas explica el aspecto de aquella construcción feudal, bien defendida con su almenado muro, su atalaya y su torreón. ¿Qué arquitecto tuvo la idea de edificarle sobre aquella meseta y a tal altura? Ignórase quién fuese el audaz artista aunque pudiera suponerse que fuera el rumano Manoli, tan gloriosamente cantado en las leyendas valacas, y que edificó en Curté de Argis el célebre castillo de Rodolfo el Negro.
Pero si pudiera haber dudas acerca de este punto, no las hay respecto a la familia que poseía el castillo de los Cárpatos. Los barones de Gortz eran señores de aquel país desde tiempo inmemorial. Tomaron parte en todas las guerras que tiñeron de sangre las provincias de Transilvania; lucharon contra los húngaros, los sajones y los szeklers, y su apellido figura en cánticos y en doines, donde se perpetúa el recuerdo de los desastrosos períodos por que atravesó aquel país. Era su divisa el famoso proverbio valaco: ¡da pe maorte! «ida hasta morir!» y dieron, vertiendo su sangre en aras de la independencia, aquella sangre que procedía de los romanos, sus antecesores.
Ya se sabe que al cabo de tantos esfuerzos y sacrificios tantos, no pudieron conseguir otra cosa que la más mísera opresión para los descendientes de tan valiente raza. Ya no vive la vida política. Tres azotes sufrió aquel país.
Mas aún conservan los valacos de Transilvania la esperanza de sacudir el yugo que los oprime. El porvenir es suyo, y con inquebrantable fe repiten estas palabras, que expresan todas sus aspiraciones: Roman no perè! ¡El rumano no perecerá!
A mediados del siglo actual, el último representante de los señores de Gortz
era el barón Rodolfo. Nacido en el castillo de los Cárpatos, había visto a su familia irse extinguiendo alrededor suyo durante su juventud, y a los veintidós años se encontró solo en el mundo. Todos los suyos habían ido cayendo, año tras año, cual las ramas del haya secular cuya existencia tan unida se hallaba, según la superstición pública, a la existencia misma del castillo. Sin parientes y casi sin amigos, ¿qué iba a hacer el barón Rodolfo para llenar aquel inmenso vacío que la muerte dejó en torno suyo? ¿Cuáles eran sus aficiones, sus inclinaciones y aptitudes? Nada de esto se sabía, como no fuese la pasión irresistible que sentía por la música, y muy especialmente por los grandes artistas líricos de su época. Así que, después de haber confiado la guarda del castillo, ya muy deteriorado, en manos de algunos viejos servidores, un día desapareció de allí. Más tarde se supo que dedicaba su fortuna, bastante considerable, a recorrer los principales centros líricos de Europa, los teatros de Alemania, Francia e Italia, donde podía saciar su infatigable fantasía de dilettante. ¿Acaso era un excéntrico; por no decir un monomaníaco? Lo extraño de su vida daba lugar a creerlo así.
Sin embargo, el recuerdo de su país natal no se había borrado del corazón del joven barón de Gortz, ni olvidó su patria en medio de sus lejanas peregrinaciones. Tanto fue así, que volvió a Transilvania a tomar parte en una de las sangrientas revueltas de los rumanos contra la opresión húngara.
Los descendientes de los antiguos dacios fueron vencidos, y su territorio repartido entre los vencedores.
A continuación de esta derrota, el barón Rodolfo abandonó definitivamente el castillo de los Cárpatos, que empezaba a amenazar ruina por algunas partes. La muerte no tardó en privar a aquel dominio de sus últimos servidores, y fue desalojado del todo. En cuanto al barón, de Gortz, empezó a correr el rumor de que se había unido patrióticamente al famoso Rosza Sandor, antiguo salteador de caminos, y al que la guerra de la independencia había elevado al rango de un protagonista de drama.
Muy felizmente para él después de la lucha, Rodolfo de Gortz se había separado de la facción del salteador, y obró muy prudentemente, porque Rosza Sandor acabó por caer en manos de la policía, que se contentó con
encerrarle en la prisión de Szamos-Uyvar.
Por el distrito corrió la versión, muy autorizada, de que el barón Rodolfo había sido muerto en un encuentro de Rosza Sandor con los carabineros de la frontera. No había tal muerte, aunque nadie dudase de ella por no haber aparecido el barón en la comarca desde aquella época; y es preciso tener en cuenta lo crédula que era la población en sus supuestos.
Castillo desierto, castillo fantástico… Las vivas y ardientes imaginaciones pobláronle pronto de fantasmas, de espíritus que se albergaban en aquél a las altas horas de la noche. Cosas son éstas que suceden frecuentemente en muchas comarcas de Europa, entre las que Transilvania debe ocupar el primer lugar.
Además, ¿cómo aquella aldea de Werst hubiera podido romper con sus creencias en lo sobrenatural? El cura y el maestro enseñaban estas fábulas con tanto más empeño, cuanto que ellos mismos las creían a pies juntillos.
Afirmaban, con pruebas en ápoyo de sus afirmaciones, que los vampiros lanzan gritos de andriagos, beben sangre humana; que los staffii andaban errantes por las ruinas, convirtiéndose en malhechores si se olvida darles de comer y beber todas las noches. Hay hadas, babes, de las que es preciso guardarse el martes y viernes, días nefastos de la semana, Aventuráos, pues, en las profundidades de los bosques del distrito, bosques encantados donde se ocultan los balauri, dragones gigantes cuyas mandíbulas llegan a las nubes; los zmei, de alas desmesuradas, que se llevan a las mujeres lindas, sin distinción de categorías. Existen, pues, tantos monstruos feroces. ¿No hay algún genio del bien que, según la imaginación popular, contrarreste las malas artes de aquéllos? Sí, por cierto. La serpi de casa, serpiente del hogar doméstico, que vive en las casas y cuya influencia saludable compra el aldeano, nutriéndola con la mejor leche.
Ahora bien: ¿qué mejor albergue para todos aquellos seres de la mitología rumana que el castillo de los Cárpatos? Sobre aquella planicie aislada, sólo accesible por la parte izquierda de la garganta de Vulcano, no era dudoso que albergase dragones, hadas y endriagos, como también acaso los espíritus de algunos individuos de la familia de los barones de Gortz. De
aquí la reputación de que el castillo estaba encantado; reputación muy justificada, al decir de las gentes, y nadie hubiera osado aventurarse a visitarle. Esparcía en torno suyo una especie de espanto epidémico, como las emanaciones pestilentes de una laguna insalubre. Sólo con aproximarse un cuarto de milla, se arriesgaba la vida en este mundo y la salvación en el otro.
Esto era cosa corriente en la es-cuela del maestro Hermod. Sin ernbargo, tal estado de colas debía tener fin, y esto sucedería cuando no quedase una sola piedra de la antigua fortaleza de los barones de Gortz: y aquí entraba la leyenda.
A dar crédito a los más autorizados de la aldea de Werst, la existencia del castillo estaba unida a la de la vieja haya, cuyo ramaje se recostaba sobre el bastión del ángulo, a la derecha del muro. Las gentes de la aldea habían observado, y muy particularmente el pastor Frik, que desde, la partida de Rodolfo de Gortz dicho árbol iba perdiendo cada año una de sus ramas más gruesas. Cuando el barón Rodolfo fue visto por última vez en la plataforma del torreón, el árbol tenía dieciocho ramas, y en la actualidad sólo contaba tres. Cada rama caída significaba un año menos de existencia para el castillo. La caída de la última produciría anonadamiento definitivo. Y
entonces, sobre la meseta de Orgali, se buscaría en vano el castillo de los Cárpatos.
Evidentemente, esto era una de esas leyendas que sólo nacen en las imaginaciones de los rumanos; pero lo cierto era que todos los años el haya perdía una de sus ramas, y Frik, que no dejaba de observarle mientras apacentaba su rebaño en los prados del Sil, no dudaba en afirmarlo. Y
aunque la aseveración de Frik no fuera digna de tomarse en cuenta, a los aldeanos, y hasta al juez de Werst, no les cabía duda de que el castillo no tendría más de tres años de vida, puesto que al «haya tutelar» no le quedaban más que tres ramas. El pastor se puso en camino para llevar la tremenda noticia de que queda hecha mención, después del accidente del anteojo.
En efecto: la noticia era tremenda. ¡En el torreón acababa de aparecer
humo! Lo que sus ojos no hubieran podido apreciar por sí solos, lo había visto Frik con ayuda del anteojo del buhonero… No era vapor de la atmósfera; era humo que iba a perderse en las nubes… ¡Y a pesar de estar abandonado el castillo!… ¡Después de tanto tiempo que nadie había franqueado su cerrada poterna, ni levantado el puente levadizo!… Si el castillo estaba habitado, sólo podía estarlo por seres sobrenaturales… Pero
¿con qué objeto podían los espíritus encender fuego en uno de los departamentos del torreón? ¿Provenía el humo de alguna chimenea, de una habitación o de la cocina? He aquí un punto verdaderamente inexplicable.
Frik azuzaba sus bestias hacia el establo, y a su voz los perros avivaban el ganado camino arriba, y el polvo volvía a caer con la humedad del crepúsculo.
Algunos aldeanos que se habían retardado en sus faenas, le saludaron al pasar. Frik apenas les respondió. Esto era motivo de gran inquietud para los primeros, porque para evitar los maleficios no basta saludar al pastor, es preciso que éste responda al saludo. Pero Frik no se fijaba en esto, y caminaba con los ojos extraviados, actitud extraña y ademanes descompuestos. Aunque los lobos le quitaran la mitad de sus carneros, no hubiera recibido impresión más honda. ¿De qué mala nueva era nuncio el pastor?
El primero que lo supo fue el juez Koltz.
Así que le vio, gritóle Frik:
–¡En el castillo hay fuego, amo!
–¿Qué dices, Frik?
–Digo la verdad.
–¿Te has vuelto loco?
En efecto: ¿cómo era posible un incendio en aquel viejo montón de piedras?
Esto era tan absurdo como admitir que el Negoi, la más alta cima de los Cárpatos, fuera devorado por las llamas.
–¿Tú pretendes, Frik, que el castillo arde? dijo él amo Koltz.
–Pues si no se quema, por lo menos echa humo.
–Algún vapor…
–No, es humo; venid a verlo.
Y ambos se dirigieron hacia el centro de la calle Mayor de la aldea, al borde de un terraplén que dominaba los barrancos, y desde el cual se podía ver el castillo.
Una vez allí, Frik dio el anteojo a su amo. Evidentemente el señor Koltz no era más práctico que el pastor en el manejo de tal instrumento.
–¿Qué es esto? le preguntó.
–Una maquinaria para ver, que he comprado en dos florines, y que vale el doble.
–A quién?
–A un buhonero.
–¿Y para qué?
–Aplicadlo a vuestro ojo; dirigidlo al castillo; mirad. y veréis.
El juez enfocó el anteojo en dirección al castillo, y miró atentamente.
¡Sí! Lo que salía de una de las chimeneas del torreón era humo, que desviado en aquel momento por la brisa, se arrastraba por la falta de la montaña.
–¡Humo! ¡Humo! repetía el amo Koltz estupefacto.
Acababan de reunírsele Miriota y Nic Deck, el guardaboque, que habían vuelto a su casa hacía unos instantes. Cogiendo el anteojo, preguntó el joven:
–¿Para qué sirve esto?
–Para ver a lo lejos, respondió el pastor.
–Es broma, Frik.
–¡Sí… sí, broma! No hace una hora que yo os he reconocido cuando bajábais por el camino de Werst, y a Vos también…
No acabó la frase, porque Miriota se puso encarnada y bajó sus lindos ojos.
Después de todo, no está prohibido que una hija de familia honrada vaya al encuentro de su novio.
La novia primero, y el novio después, cogieron el famoso anteojo y le enfocaron hacia el castillo.
Entretanto habían llegado a aquel sitio media docena de vecinos, que, enterados de lo que pasaba, fueron sirviéndose por turno del anteojo. Uno dijo:
–¡Humo! ¡Humo en el castillo!
Y otro añadió:
–Tal vez el rayo ha caído sobre el torreón.
–¿Pues qué, ha tronado? preguntó Koltz dirigiéndose a Frik.
–No ha habido tormenta desde hace ocho días, respondió el pastor.