El castillo de los carpatos
Capítulo V
Nadie se atrevía a mirar, ni hablar palabra. El espanto llegó al colma…
El más valiente, Nic Deck, quiso averiguar de qué se trataba. Aquellas palabras habían sido pronunciadas allí dentro: en la sala. El guardabosque tuvo el arrojo de ir hacia el arcón, y abrirle…
Nadie.
Fue a mirar a las habitaciones que daban a la sala.
Nadie.
Abrió la puerta de la posada, y saliendo, a la calle recorrió el terraplén, hasta la esquina de la calle…
Nadie.
De allí a poco, el juez Koltz, Hermod el maestro, el doctor Patak, el pastor Frik y todos los demás, fuéronse de la posada, dejando solo a Jonás, que se dio gran prisa a echar las dos vueltas a la llave de la puerta de la calle.
Aquella noche, como si estuvie sen amenazados de una fantástica aparición, todos los vecinos de Werst atrancaban fuertemente sus puertas…
En la aldea reinaba el más es pantoso terror.
CAPÍTULO V
Al día siguiente, Nic Deck y el doctor Patak disponíanse a partir a las nueve de la mañana. Los propósitos del guardabosque eran remontar el desfiladero de Vulcano, dirigiéndose por lo más corto hacia el castillo sospechoso.
No hay que asombrarse de que, después del incidente del humo visto en el torreón y la voz oída en la posada, la población se mostrase como enloquecida de horror y miedo. Algunos tsiganes hablaban ya de emigrar.
En las casas no se trató aquella noche más que de aquello, y aun no en voz alta. Id, pues, a decirles que no era el diablo, el Chort, el que pronunció la terrible amenaza contra Nic Deck. Allí, en la posada de Jonás, estaban las personas más verídicas, y todas atestiguaban haber oído las tremendas palabras. Era, por lo tanto, inadmisible el suponer que hubiesen sido víctimas de una obsesión; no había duda de que si Nic Deck persistía en llevar a cabo su propósito, sufriría aquello que a él personalmente se le previno: una gran desgracia.
Y, no obstante, el guardabosque se aprestaba a salir de Werst, y por su gusto, sin que nadie le obligase. El señor Koltz, aunque tenía interés en la empresa, y la población entera que no tenía menos, habían puesto todos los medios para que Nic Deck desistiera de su proyecto y volviese sobre su palabra. La misma Miriota, desolada y anegada en llanto, había suplicado a su novio que abandonese la idea de tal aventura. Antes de la advertencia dada por la voz, ya era grave, después, era una temeridad. ¿Y qué? En vísperas de su matrimonio, ¿iba Nic Deck a arriesgar su vida en semejante tentativa, y su novia, que se arrastraba a sus plantas, no conseguía retenerle?
Ni los ruegos de sus amigos, ni el llanto de Miriota, pudieron torcer el ánimo del guardabosque; lo que no sorprendió a nadie, conociendo el carácter indomable del joven, su tenacidad o, por mejor decir, su terquedad.
Había dicho que iría al castillo de los Cárpatos, y nada podría impedirlo; ni aún aquella amenaza que tan directamente se le había hecho. Sí… Iría al castillo, aunque no volviese.
Cuando llegó la hora de partir, Nic Deck atrajo a Miriota hacia su corazón por última vez, en tanto que la joven se santiguaba con el pulgar, el índice y el dedo medio, según la costumbre rumana, y como homenaje a la Santísima Trinidad.
¿Y el doctor Patak? El doctor Patak, puesto en el trance de tener que
acompañar al guardabosque, había tratado de excusarse, sin resultado.
Había dicho cuanto podía decir; había hecho cuantas objeciones era posible hacer; se había parapetado tras de aquella misteriosa amenaza que prohibía ir al castillo…
–Esa amenaza sólo se refiere a mí, se limitó a responder Nic Deck.
–¿Y tú piensas, le dijo el doctor, que si te sucediese una desgracia ¡iba yo a salir ileso?
–Ileso o no, habéis prometido ir al castillo, y vendréis, puesto que yo voy.
Las gentes de Werst, comprendiendo que no podía tener ya pretexto alguno, habían dado la razón al guardabosque; era mejor que Nic Deck no se aventurase solo en aquel lance. Así, pues, el despechado doctor, convencido de que ya no podía retroceder, lo que hubiera sido comprometer su situación en el pueblo, máximo después de de sus balandronadas de costumbre, se resignó con el espanto en el alma, pero con el firme propósito de aprovechar el menor obstáculo del camino para obligar a su compañero a volver atrás.
Nic Deck y el doctor Flatak partieron. El Sr. Koltz, el maestro Hermod, Frik y Jonás fueron acompañándoles hasta el recodo de la carretera, donde hicieron alto.
En aquel punto, el Sr. Koltz, con su anteojo, del que ya no se separaba dirigió su mirada al castillo. Ningun humo se percibía en la chimenea del torreón; y en aquella hermosa mañana de primavera hubiera sido fácil advertirle, destacándose en el puro color del horizonte. ¿Sería acaso que los naturales o sobrenaturales huéspedes del castillo habían desertado al ver que el guardabosque no hacía caso de sus amenazas? Así lo pensaron algunos, lo cual era una razón decisiva para augurar el buen éxito de la expedición.
Después de las naturales despedidas, Nic Deck, arrastrando consigo al doctor desapareció en la revuelta de la montaña. Iba el joven en traje de
viaje, con gorra de galón de ancha visera, chaqueta con cinturón, y pendiente de éste el cuchillo, pantalón hombacho, botas herradas, cartuchera y la carabina al hombro. Tenía justa fama de ser un hábil tirador, y como a falta de aparecidos podían encontrarse con algunos bandidos de las fronteras, o, en defecto de bandidos, algun oso mal intencionado, era muy prudente apercibirse a la defensa.
El doctor, por su parte creyo oportuno armarse con un viejo pistolón de chispa, que de cada cinco tiros erraba tres. También llevaba un hacha, que su compañero le había dado para el caso probable de tener que abrirse camino por entre los espesos matorrales del Plesa. Iba cubierto con el ancho sombrero propio de los campesinos, bien abotonado el fuerte capote de monte, y calzado con botas de recia suela; pero la verdad era que si se presentaba ocasión, no obstante las dificultades de aquellos arreos, correría como un gamo en dirección a Werst.
Ambos llevaban las alforjas bien provistas de víveres, por si la explicación se prolongaba.
Cuando pasaron el recodo del camino, siguieron juntos a alguna distancia, remontando la orilla derecha del Nyad. De seguir el camino que rodea los barrancos de la vertiente, se hubieran separado mucho hacia el Oeste. Era lamentable que no pudieran continuar costeando el cauce del torrente, lo que hubiese abreviado la distancia en una tercera parte, puesto que el Nyad viene a nacer bajo la meseta de Orgall; pero en el punto en que se hallaban, la ribera, llena de barrancos y de rocas, era impracticable en absoluto, siendo necesario cortar oblicuamente hacia la izquerda, en dirección al castillo, después de haber franqueado la zona inferior de los bosques del Plesa, que era el único punto por donde la fortificación podía ser abordada.
En la época en que el castillo estaba habitado por el conde de Gortz, la comunicación entre Werst, la garganta del Vulcano y el valle del Sil valaco, era una estrecha vereda que se había abierto en aquella dirección; pero obstruida durante veinte años por espesas matorrales, inútilmente se hubieran buscado las huellas de un camino.
Cuando iban a dejar el profundo cauce del Nyad, lleno de agua que mugía, Nic Deck se detuvo para orientarse. Desde aquel punto no se veía el castillo, ni le verían ya hasta llegar al otro lado de los bosques, escalonados en la pendiente de la montaña: situación topográfica muy frecuente en la orografía de los Cárpatos. La orientación era, pues, difícil de determinar, por falta de señales; y sólo podía establecerse por la posición del sol, cuyos rayos iluminaban entonces las lejanas crestas del S. E
–¿Lo ves? dijo el doctor. ¿Lo ves? No hay camino, o, por mejor decir, no le habrá ya.
–Lo habrá, respondió Nic Deck
–Eso se dice fácilmente, Nic.
–Y se hace, Patak.
–¿De manera que sigues decidido?…
El guardabosque se contentó ccn responder con un gesto afirmativo, y se internó en la arboleda. En aquel momento el doctor sintió vehementes deseos de desandar lo andado. Mas Nic le miró con tal resolución, que el poltrón no creyó oportuno quedarse atrás.
El doctor Patak aún tenía una última esperanza: que Nic no tardaría en extraviarse en aquel laberinto de bosques donde nunca había prestado servicio; mas el doctor no contaba con ese olfato maravilloso, ese instinto profesional, aptitud animal, por decirlo así, que permite guiarse por los menores indicios, tales como la dirección de las ramas, el desnivel del terreno, el color de las cortezas, los variados matices de los musgos, según estén a los vientos del Sur o del Norte, Nic Deck era experto en su oficio, y tenía una sagacidad muy superior para no perderse nunca, ni aún en los puntos desconocidos para él. Hubiese sido digno dicípulo de un Bas-de-Cuir o de un Chingakook al través del país de Cooper.
En verdad que el atravesar aquel bosque iba a ofrecer serias dificultades.
Olmos, hayas, algunos erables, de los llamados plátanos falsos, y seculares encinas, ocupaban los primeros planos hasta la zona de los abedules, pinos y abetos, amontonados sobre las altas cimas, a la izquierda de la garganta del Vulcano. Aquellos árboles magníficos, con su poderosos troncos, sus ramas henchidas de savia nueva, su ramaje espeso, entremezclándose unos con otros, formaban una verde cortina, que los rayos del sol no podían penetrar.
No obstante, el paso pudiera ser relativamente fácil encorvándose bajo las ramas. Pero ¡qué trabajo hubieira sido preciso para quitar los múltiples obstáculos que el suelo presentaba, para limpiar todo aquello de plantas espinosas, de ortigas, de zarzas, de cardos y escaramujos, a pesar de ser tan frágiles que al más leve esfuerzo se arrancan! Nic Deck no era hombre que se inquietase, y supuesto que atravesando el bosque se ganaba mucha distancia, no se ocupaba gran cosa de los arañazos.
En tales condiciones, la marcha forzosamente había de ser lenta, lo que contrariaba mucho a Nic Deck y a su compañero, que se proponían llegar al castillo aquella misma tarde. De esta suerte, tendrían suficiente luz para efectuar su visita y estarían de vuelta en Werst antes de la noche.
El guardabosque abríase paso con el hacha por aquella maleza espesa, erizada de pinchos como bayonetas, y donde el pie encontraba un terreno desigual y escabroso, lleno de, troncos y raíces con los que tropezaba cuando no se hundía en un hoyo, húmedo y blanducho, lleno de hojas caídas que el viento no había podido barrer. Infinitas vainas de legumbres estallaban como fulminantes, con gran asombro del doctor, a quien inquietaba aquella, especie de tiroteo: volvíase a mirar a derecha e izquierda, asustado, cuando algún sarmiento se agarraba a su ropa como una uña que quisiera retenerle.
¡Decididamente el buen doctor Patak no las tenía todas consigo! Pero ya metido en faena, no se atrevía a volverse solo desde allí; así es que se esforzaba por no separarse mucho de su intratable compañero.
A veces aparecían entre la espesura del bosque caprichosas claras como
dibujos iluminados, por donde se veía el cielo. Bandadas de cigüeñas negras, turbadas en su soledad, escapaban de las altas copas y huían dando enormes aletazos.
El atravesar aquellas pequeñas claras hacía aún más penosa la marcha.
Estaban derribados como en gigantesco juego de jonchets[L7] , los árboles tronchados por las tormentas o caídos de viejos, cual si el hacha del leñador los hubiese herido de muerte. Veíanse allí troncos desmesurados y carcomidos, de los que fuera imposible sacar una astilla ni ser transportados al Sil para su acarreo. Ante semejantes obstáculos, no les faltaba que hacer a Nic Deck y su compañero. Si el joven guardabosque era ágil y vigoroso, en cambio el doctor Patak, con sus piernas cortas y su crecido abdomen, sofocado y jadeante, caía a cada paso, llamando en su auxilio a su compañero.
–¡Ya verás Nic, cómo acabo por romperme algo! decía.
–¡Ya os lo arreglaréis vos mismo!
–¡Vamos a ver, Nic, sé razonable!… ¡No hay que luchar contra el imposible!
Pero Nic Deck, entretanto, ya se le había adelantado, y no obteNicndo respuesta el doctor, se apresuraba a reunirse al mozo.
Ahora bien: la dirección que llevaban hasta entonces, ¿era realNicnte la que convenía para salir frente al castillo? Difícilmente se hubieran dado cuenta de ello. Sin embargo, puesto que el terreno iba siempre subiendo, era evidente que habían de llegar al límite del bosque, como llegaron a cosa de las tres de la tarde.
Desde allí hasta la meseta de Orgall extendíase la cortina de árboles verdes, más escasos ya, a medida que la vertiente iba ganando en altura.
En aquel punto reapareció entre rocas el torrente Nyad bien fuese porque se torciese su curso hacia el Noroeste, bien porque Nic Deck hubiese tornado la oblicua del Nyad. Esto hizo pensar al guardlbosque que el camino que había seguido era bueno, puesto que el torrente tenía su nacimiento en las entrañas de la meseta de Orgall.
No pudo el joven rehusar al doctor una hora de parada en la orilla del río.
Tanto más, cuanto que los estómagos pedían alimento, tan imperiosamente como las piernas el descanso. Las alforjas estaban bien repletas, y el rakiu llenaba las redomas que ambos llevaban; por añadidura, un agua límpida y fresca, filtrada por los guijarros del cauce, corría a algunos pasos de allí.
¿Qué más se podía desear? Por lo tanto, había que reparar las fuerzas perdidas.
Desde la salida de Werst no había el doctor tenido ocasión de conversar con Nic Deck, que iba siempre delante de él. Pero cuando se hallaron sentados sobre el ribazo del Nyad, se indemnizó de sobra. Si el uno era poco locuaz, el otro era un hablador sempiterno. Así que no hay que extrañar que las preguntas fueran tan prolijas y las respuestas tan breves.
–Hablemos un poco, Nic, hablemos formalmente, dijo el doctor.
–Os oscucho, respondió Nic.
–Creo que si hemos hecho alto en este sitio, será para tomar fuerzas.
–Nada más justo.
–Antes de volver a Werst…
–No; antes de ir al castillo.
–Mira, Nic, seis horas hace que estamos en marcha, y apenas si hemos andado la mitad del camino.
–Lo que prueba que no tenemos tiempo que perder.
–Pero ya será de noche cuando lleguemos al castillo: y como no creo que seas tan loco que te aventures en la oscuridad, tendremos que esperar que amanezca.
–Esperaremos.
–¿De manera que no quieres renunciar a tu descabellado proyecto?
–No.
–¡Cómo! Estamos ya extenuados, y lo que necesitamos es una buena mesa en una buena sala, y una buena cama en un buen cuarto, y tú, en cambio,
¿piensas pasar la noche al aire libre?
–Sí, en caso de que algún obstáculo no nos impida penetrar en el castillo.
–¿Y si no hubiese obstáculos?
–Pues iremos a pasar la noche a las habitaciones del torreón.
–¡A las habitaciones del torreón! exclamó el doctor. ¿Y crees tú que yo me voy a conformar con pasar la noche en el interior de ese maldito castillo?
–¡Es claro! A menos que prefiráis quedaros solo fuera.
–¡Solo! No es eso lo convenido; y si hemos de separarnos, mejor quiero hacerlo aquí mismo para volvenne al pueblo…
–Lo convenido, doctor, es que me seguiréis hasta el castillo.
–Por el día sí; pero no por la noche.
–Bien, sois libre para partir; pero tratad de no extraviaros por esos andurriales.
¡Extraviarse! Esto era lo que inquietaba al doctor. Abandonado a sí mismo, y no teNicndo costumbre de andar por aquellos laberintos del Plesa, se sentía incapaz de volver a Werst. Además, si llegaba a quedarse solo cuando llegase la noche, acaso negrísima, no le sería muy agradable descender por las pendientes de la garganta de la sierra, con riesgo de caer en un despeñadero.
En caso de no penetrar en el castillo después de la puesta del sol, era preferible seguir al obstinado guardabosque hasta el pie de la muralla.
Quiso el doctor intentar un último esfuerzo para detener a su compañero.
–Ya comprenderás, mi querido Nic, que yo no puedo consentir en separarme de ti; y, pues que persistes en ir al castillo, no dejaré que vayas solo.
–Eso está bien dicho, doctor, y creo que es lo mejor que podéis hacer.
–Una palabra, Nic. Si cuando lleguemos es de noche, prométeme que no tratarás de entrar en el castillo.
–Lo que yo os prometo, doctor, es hacer hasta lo imposible para penetrar en él; no retroceder un paso hasta descubrir lo que allí sucede.
–¡Lo que sucede allí! exclamó el doctor encogiéndose de hombros: ¿y qué quieres que suceda?
–No lo sé; pero quiero saberlo, y lo sabré.
–Lo que falta saber es si podremos llegar a ese castillo del diablo, replicó el doctor, que ya no tenía más argumentos que oponer. Lo que sí puede asegurarse, en vista de las dificultades experimentadas hasta aquí, y del tiempo que hemos empleado en atravesar los bosques del Plesa, es que se hará de noche antes que hayamos podido ver la muralla.
–No lo creo yo así, respondió Nic Deck. En las alturas de la pendiente, los
abetos son menos espesos que los laberintos que hemos pasado de olmos, erables y hayas.
–Pero, en cambió, el terreno será muy tortuoso.
–Nada importa, mientras sea practicable.
–Y cuenta que nada te he dicho de los encuentros con los osos en las cercanías de la meseta de Orgall…
–Yo tengo mi fusil, y vos vuestra pistola para defenderos, doctor.
–Pero si la noche se echa encima, podremos perdernos en la oscuridad.
–No, porque entonces tendremos un guia, que espero no nos abandone.
–¿Un guía? preguntó el doctor.
Y se levantó bruscamente para dirigir en torno una inquieta mirada.
–Sí, respondió Nic Dock, y ese guía es el torrente del Nyad. Bastará remontar su margen derecha para llegar a la cúspide de la meseta en donde nace. Pienso, pues, que dentro de dos horas veremos el castillo, si no tardamos en ponernos en, camino.
–¡En dos horas, si no es en seis! replicó el doctor.
–Vamos, ¿estáis presto?
–¿Ya… ya… Nic? Apenas si hemos descansado unos minutos.
–Algunos minutos que hacen media hora larga. Por última vez: ¿estáis presto?
–¡Presto!… ¡Cuando me pesan las piernas como si fuesen de plomo!… Ya comprenderás que no tengo tus piernas de guardabosque, Nic Deck. Llevo
los pies hinchados en estas botas, y es una crueldad que-me obligues a seguirte.
–¡Vaya! Me estáis fastidiando, Patak. Sois libre de marchar… ¡Buen viaje!
Y Nic se levantó.
–¡Por amor de Dios, Nic! exclamó el otro: escúchame.
–¡Escuchar vuestras majaderías!…
–Vamos a ver. Puesto que ya es tarde, ¿por que no quedarnos al abrigo de estos árboles? Mañana al amanecer partiríamos, y tendríamos toda la mañana para llegar a la meseta.
–Os repito, doctor, que mi intención es pasar la noche en el castillo.
–No, no lo harás, Nic. Yo sabré impedírtelo.
–¡Vos!
–Me agarraré a ti, te arrastraré; te pegaré, si es preciso.
El desgraciado doctor no sabía lo que decía. Níc Deck ni le respondió siquiera; y después de haberse puesto el fusil en bandolera, dio algunos pasos en direccoión a la ribera del Nyad.
–¡Espera, espera! exclamó lastimeramente el doctor. ¡Diablo de hombre!…
¡Un instante!… Tengo las piernas entumecidas. Mis articulaciones no funcionan…
Pero no tardaron en funcionar, porque el ex-enfermero no tuvo más remedio que echar a correr con sus piernecillas cortas, para reunirse al guardabosque, que no hacía ánimo le volverse.
Eran las cuatro. Los rayos del sol, iluminando la cúspide del Plesa, que no
tardaría en ocultorlos, proyectaban su oblicua luz sobre las altas ramas de los abetos. Nic Deck hacía bien en apresurarse, porque en aquellas espesuras la noche se echaba de repente.
¡Curioso y extraño aspecto en verdad el de estos bosques donde se hacinan, por decirlo así, las espécies arbóreas alpinas! No se ven va allí árboles nudosos, ni retorcidos, sino troncos rectos, altísimos, y desnudos hasta una altura de cincuenta o sesenta pies: troncos lisos que extienden a manera de teoho su perenne verdor. En su base no hay matorrales ni zarzas; largas raíces saliendo a flor de tierra corno serpientes adormecidas por el frío se ven por doquier. El suelo muéstrase alfombrado de un musgo amarillento y seco, lleno de ramillas y sembrado de especies de tubérculos que rechinan bajo el pie, y un talud cruzado de cristalinas rocas, cuyas aristas afiladas cortan la piel más recia. El paso fue, pues, muy difícil por medio de aquel bosque, y en un cuarto de milla. Para escalar aquellos bloques era necesario una fuerza de riñones, un vigor de piernas y una seguridad de miembros que sin duda no se encontraban en el doctor Patak. Si Nic Deck hubiese estado solo, no hubiera empleado más de una hora; pero con el aditamento de su compañero empleó tres, ya deteniéndose para que le alcanzara, ya ayudándole a subir sobre alguna roca demasiado alta para las cortas piernas del doctor. Éste sentía un temor horrible: encontrarse solo en medio de aquellos parajes.
A medida que la pendiente se hacía más penosa, los árboles comenzaban a escasear sobre la alta cima del Plesa, y sólo fortnaban grupos aislados de medianas dimensiones. Entre aquellos grupos percibíase la línea de las montañas que se dibujaban en último término entre los últimos vapores de la tarde.
El torrente del Nyad, siempre sorteado por el guardabosque, no era por aquel punto más que un arroyuelo, lo que indicaba que su nacimiento no debía estar lejos. A algunos centenares de pies por encima de los últimos pliegues del terreno, acortábase la meseta de Orgall, coronada por las construcciones del castillo. Por fin Nic Deck llegó a la meseta, después de un supremo esfuerzo que redujo al doctor al estado de masa inerte. El pobre hombre no hubiera tenido fuerzas para arrastrarse veinte pasos más allá, y