El chico que nunca existió

Sjón · Capítulo 10 de 30

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El chico que nunca existió

IV (5 - 6 de noviembre de 1918)

IV

 

(5 - 6 de noviembre de 1918)

 

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Ha ido aumentando el silencio en los cinematógrafos en los cinco días transcurridos desde la primera defunción debida a la gripe. Pero los habitantes de la ciudad son cabezotas y siguen acudiendo al cine. Sobre todo, los jóvenes, que han reaccionado ante el temor a la infección juntándose, mientras los adultos se quedan en casa. En los cines hace también más calor que en la mayoría de las casas, la falta de carbón y el elevado precio del queroseno se hacen sentir, y donde se está más a gusto en las salas de cine, sentados todos muy juntos en las butacas más alejadas de la puerta.

Pero según la gripe va confinando a la cama a más y más músicos — incluyendo a los encargados de tocar durante las películas y llenar al instante cualquier interrupción acompañándose con los instrumentos musicales más improbables—, el silencio crece.

Cuando la señorita Inga María Waagfjörð, guitarrista y cantante, se desploma inconsciente de la banqueta del piano en el segundo episodio de Prisionero del oro en el Cine Nuevo, la epidemia había reclamado para sí a la última instrumentista sana de Reikiavik.

La tarde siguiente, en el Cine Antiguo intentan proyectar la película italiana de contrabandistas Ira sin acompañamiento musical. Fue un completo fracaso.

Ya en la primera media hora, la gente pierde el interés por lo que se ofrece a sus ojos en la pantalla. El único sonido que acompaña a las imágenes en movimiento consiste en las toses y los carraspeos de los espectadores, el ronroneo de los motores que hacen girar el proyector y el crujido de la película que se va devanando de la bobina superior, pasa por delante de la lámpara y se enrolla en la bobina inferior con un silbido agudo, y entonces queda de manifiesto que son películas totalmente mudas.

Los movimientos de los actores parecen titubeantes, las secuencias resultan demasiado lentas para lo emocionante de la trama, y los cortes entre las escenas se hacen caóticos. Por muy bien que interprete Francesca Bertini el papel protagonista de Elena, la muchacha de las montañas, en esta tercera película de la serie Los siete pecados capitales que produce y protagoniza, no consigue mantener la atención de los espectadores, hace falta algo más para combatir el silencio y la realidad que espera más allá de las paredes de madera del edificio.

En la muda penumbra, bajo el zumbante parpadeo de la luz, algunos de los espectadores empiezan a cuchichear sobre la situación de la ciudad. Primero a media voz y luego bien fuerte. Otros se incorporan a las conversaciones y, antes de que nadie se dé ni cuenta, la proyección cinematográfica se convierte en una asamblea vecinal en la que se intercambian relatos sobre el desarrollo de la infección.

Todos se muestran de acuerdo en que las explicaciones que proporciona el responsable de sanidad ocultan la verdad de los horribles síntomas de la enfermedad, que no se parecen lo más mínimo a cualquier cosa que hayan padecido hasta entonces. Por ejemplo, la temperatura corporal sube con tanta rapidez ya el primer o el segundo día que el enfermo se queda incapacitado y delira —y además están las hemorragias—.

La silueta del proyeccionista asoma por la abertura.

Se apaga la lámpara del proyector.

Se encienden las lámparas de las paredes.

Los jóvenes miran a su alrededor y en ese momento se percatan de cuántas personas de la sala están ya enfermas: un rostro de cada dos está blanco como la cera, los labios azulados, la frente húmeda de sudor, las aletas de la nariz rojas, los ojos húmedos y hundidos.

El silencio golpea al grupo.

Con movimientos pausados y prudentes, los espectadores salen de las filas de butacas, avanzan lentamente por el pasillo, abandonan la sala en silencio.

Ha terminado la última proyección cinematográfica.

Para entonces, el chico se ha ido ya hace un rato.

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