El chico que nunca existió

Sjón · Capítulo 13 de 30

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El chico que nunca existió

V (6 - 11 de noviembre de 1918)

V

 

(6 - 11 de noviembre de 1918)

 

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XIII

El pasillo que sube a la cabina de proyección es como un tubo que inyecta oxígeno a un horno abrasador.

El chico se sujeta a la barandilla y lucha contra la fuerza que lo atrae hacia sí. Echa la espalda hacia atrás para mantenerse más o menos vertical y aprieta los pies contra los escalones como si el mundo estuviera patas arriba y él intentara caminar de espaldas para subir unas escaleras que llevaban directamente hacia abajo, a una ardiente boca de fuego.

Se le ocurre que es más fácil seguir a cuatro patas que retroceder, pero cuando da media vuelta en la escalera, la corriente le empuja de lleno, no puede seguir sujeto al pasamanos, se ve arrojado por una fuerza irresistible escaleras arriba, y entra por la puerta de la cabina de proyección.

En la cabina hace un calor asfixiante y reina un estruendo ensordecedor.

El proyector tiene el tamaño de un caballo, los rollos son tan grandes como ruedas de carro y el motor de automóvil que los hace girar está al rojo vivo por el esfuerzo. La lámpara brilla como el sol y una luz cegadora brota de cada rendija de la máquina.

El proyeccionista pasea por la cabina y golpea el puño sobre la palma de la mano. Está empapado de sudor, que salpica cada vez que pasea por la cabina. El chico está en cuclillas junto a la puerta y desde allí puede ver las gotas que hierven sobre el metal ardiente, se evaporan dejando tras de sí diminutos anillos de sal en el lugar donde cayeron.

El chico se está asfixiando de calor. Abre la boca con la esperanza de que le entre por azar una gota de sudor.

El hombre se detiene bruscamente al descubrir la presencia del chico boquiabierto. Indica con el dedo la pared de delante del proyector. La pared está tapada donde tiene que estar la ventana de proyección. Las imágenes que el proyector lanza sobre ella son como tarjetas postales.

En vista de que el chico no muestra reacción alguna a sus indicaciones, el hombre hace que el chico se ponga de pie y lo coloca delante de la atronadora máquina de proyección para que la imagen se proyecte sobre su pecho.

Al lado de la máquina, el calor es aún más asfixiante que junto a la puerta, y el chico siente náuseas al aspirar el aire abrasador.

Y entonces empieza a toser.

En la película proyectada sobre su pecho, se ve un primer plano de gas saliendo por una rejilla de ventilación en una pared espléndidamente empapelada. Salta a un salón de baile con invitados vestidos de gala. Primer plano del gas brotando de la rejilla y el esternón. Salto a hombres y mujeres que corren desesperados. Primer plano del gas humeante. Salto a los invitados que golpean las puertas de la sala, cerradas con llave. Primer plano del gas. Salto a los invitados que intentan abrirse paso a la fuerza hacia los pulmones del chico. Primer plano del gas. Salto a los invitados desvanecidos. Salto a unos delincuentes vestidos de negro con máscaras antigás, que penetran en la sala desde las costillas del chico.

Cuanto más tose el chico, tanto más calor siente.

El proyeccionista le grita algo superando el estruendo del motor, y empieza a desnudarse. Cuando se lo ha quitado todo, excepto el calcetín largo de lana verde de la pierna derecha, se enciende una luz en un gimnasio que hay dentro de la cabina de proyección. En medio hay una peña del tamaño de una persona, de roca pálida como la luna en mitad del suelo.

Él hace una seña con la mano al chico y entra corriendo en la sala. Examina la peña, se estira, enseña los bíceps, vuelve a examinar la roca, luego la levanta por encima de la cabeza y la arroja con toda facilidad a unos diez metros. Va entonces hacia ella dando zancadas. Repite el juego una y otra vez.

Después hay unos truenos espantosos.

El chico tiene una erección mientras tose.

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