El chico que nunca existió
Capítulo XX
¡Sóla Guðb-! ¡Es tan maravillosa de cerca como de lejos!
En sus recorridos motorizados por la ciudad, Máni Steinn va sentado al lado de ella en el asiento delantero. Detrás, el doctor Garibaldi Árnason se repantiga en el asiento trasero, tapizado en cuero. Entre una etapa y la siguiente hojea informes o toma notas en un cuadernito, ha prohibido terminantemente al chófer y al ayudante que conversen, para que él pueda concentrarse en la lectura, en garabatear sus notas y en oírse a sí mismo — sí, ya es suficiente el ruido del motor como para añadirle encima el parloteo de dos jóvenes—.
El chico observa cada movimiento de la chica.
Cómo sujeta el volante, cómo cambia de marchas, cómo se apea del vehículo y cómo entra en él, cómo deja que su pie derecho, calzado con bota, descanse en el estribo del lado del conductor cuando los dos tienen que esperar al médico, cómo introduce un cigarro en la mascarilla de plástico, cómo aspira el humo, cómo escupe una brizna de tabaco para quitársela de la lengua.
Pero lo que más le atrae es la espontaneidad con la que se enfrenta a todo, lo fácil que le resulta ser Sóla Guðb-.
Y ahora observa cómo abre la puerta de una vivienda del segundo piso de una casa situada en una calle bien de la ciudad, en los momentos finales del día.
—¡Eh!, ¿hay alguien aquí?
El doctor Garibaldi llama a gritos desde la puerta. La vivienda está a oscuras, una lámpara eléctrica en el hueco de la escalera arroja un poco de luz sobre el vestíbulo. En vista de que nadie responde, el médico hace una seña con la cabeza al chico para que baje delante de ellos:
—Aquí tiene que haber un hombre…
El chico se sumerge en la oscuridad. Todas las ventanas tienen las cortinas echadas y el aire es una mezcla de olores: a vómitos, sangre, orina y diarrea. Se detiene un momento, saca del bolsillo un paño empapado en lisol y se cubre con él boca y nariz antes de continuar.
Nadie en la cocina, nadie en el dormitorio, nadie en el cuarto de baño, nadie en el salón. Se lo dice al médico a gritos:
—¡Aquí no hay nadie!
Pero en el momento en que el chico vuelve al pasillo se percata de una raya de luz que sale del papel de la pared al lado de la estufa, en una esquina del salón. Y al examinarla más atentamente, ve que en la pared hay una puerta oculta que a la luz del día sería invisible a todos, excepto a quienes conocieran su existencia.
La empuja. Dentro hay un pequeño habitáculo.
A la exigua luz de una lámpara sobre una mesita de escritorio, el chico distingue que han instalado con gran sentido práctico una mesa y unas estanterías, en la pared hay una serie de fotografías, siempre con idénticos motivos: Adonis y Pan, sátiros y zagales, san Sebastián —y en un diván enmarcado por la luz, la sombra de un hombre cubierto con un grueso edredón—.
El chico conoce a ese hombre. Es uno de sus primeros pililas —y el más amable de todos hasta que conoció al extranjero—, al que ya no le pide pago y que después de su último encuentro le miró profundamente a los ojos y declamó casi en un sollozo:
Son nuestros amores
cálidos y veloces,
somos niños mimados
de la torpeza.
El doctor Garibaldi y Sóla Guðb- aparecen a espaldas del chico. La imagen de la sombra del diván se mueve un poco. El médico entra en la celda, se detiene al lado de un libro azul pálido con una imagen de dos amapolas en flor que hay encima del escritorio, murmura el título: Mikaël.
El encerrado aplaude al médico, dice con voz áspera:
—No se preocupe de si leo esa novela de Herman Bang, doctor, mejor haga de salvador y devuélvame a la vida.
El chico desaparece de la puerta antes de que el hombre pueda verle.
Sóla Guðb- le sigue al pasillo.
Y allí, en la oscuridad, Máni Steinn contempla a la chica poner una mano de ánimo sobre su hombro. Ella conoce perfectamente los paseos a Öskjuhlíð de los noctámbulos de Reikiavik.
Él lo sabe todo de ella, ella no sabe de él más que eso.
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