El chico que nunca existió
Capítulo XXIV
A través de la puerta entra el sonido de las trompetas: ¡Álzate, enseña de la joven Islandia!
En el interior del almacén de ferretería del Comercio Francés, el chico está inmerso en ardiente abrazo con el marinero —sus besos son hondos, y cuando saborea la lengua del danés, con gusto a dulce vinagre, piensa por un brevísimo instante si el danés notará su propio sabor a café—, pero el chico hace que el marinero le siga otra vez a Thomsens Magasin, al callejón de Kolasund, adonde va a veces con sus pililas pasada la medianoche y les hace el servicio en la sombra de las letrinas, aprovechando que las puertas del almacén habían quedado abiertas.
Se despojan de las ropas de invierno sin dejar de besarse. El marinero baja los tirantes de los hombros del chico, levanta los faldones de su camisa, sacándolos del pantalón, y mete la mano derecha debajo de la camisa y le acaricia la espalda, mientras con la otra le coge la nuca. El chico coge con ambas manos las nalgas del marinero, lo aprieta hacia sí mientras él echa adelante los muslos para que sus miembros, duros como piedras, se puedan acariciar uno a otro a través de los pantalones. El marinero pasa la mano por el pecho del chico, coge un pezón entre el pulgar y el índice y lo retuerce suavemente.
Los empleados del comercio están fuera, en la plaza, delante del edificio, a cierta distancia de los compañeros del marino, escuchando con ellos al comandante del Falk, que pronuncia el mensaje de salutación del rey Christian X, su parlamento y su pueblo. Dentro, entre cadenas de todos los tamaños, tornillos, clavos para edificios, latas de pintura, martillos y alicates, monos de trabajo y botas, siguen el chico y el danés al lado del torno, sin cesar de amarse.
El marinero baja los pantalones del chico hasta los muslos y se pone de rodillas. Coge el miembro y lame el escroto, mueve los testículos con la lengua, la pasa desde la raíz hasta el rojo glande y lo cosquillea con el bigote antes de cerrar los labios en torno a él.
La banda de trompetas toca «Rey Christian».
El chico se dobla hacia atrás y se apoya en el banco de carpintero mientras el marinero se la chupa, pone una mano sobre el banco y con la otra juguetea con el pelo rubio del danés.
Desde la plaza llegan nueve gritos de «¡hurra!».
Se separa del marinero, le hace ponerse en pie y le desabrocha la bragueta, mete la mano por debajo de los calzoncillos, agarra el duro miembro, echa el prepucio hacia atrás, pasa la yema del pulgar por el glande, lo aprieta y con un suave masaje dispersa la gota de flema que surge de él.
El marinero se mete en la boca el índice y el dedo mayor y se los moja, luego pasa la mano bajo el escroto del chico, pasa los dedos por debajo del perineo hasta el ano y empieza a abrirse camino. El chico deja escapar un leve gemido, aprieta con más fuerza el miembro del marinero y lo acaricia más deprisa.
La congregación festiva junto a la Presidencia del Gobierno está concluyendo.
El chico se vuelve hacia el torno y se inclina hacia delante. El marinero empuja el miembro para introducírselo.
Primero se canta el himno nacional de Dinamarca, Det er et yndigt land, y después el islandés, Oh, Dios de nuestra patria.
Los hurras parecen no querer acabar nunca.
En el mismo instante en que Máni Steinn alcanza el orgasmo, siente el cálido semen del marinero brotar dentro de él —y en ese mismo instante, la puerta del almacén se abre de una patada—.
Desde la puerta llega un grito desesperado:
—Nej, Mogens, for helvede, hvad laver du? (Pero, Mogens, ¿qué coño estás haciendo?).
Y continúa en islandés:
—¡Qué guarrería es esta!
Las últimas palabras van acompañadas de un puño cerrado que deja al chico sin sentido.
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