El chico que nunca existió
Capítulo V
El chico está un rato holgazaneando en la acera, delante del hotel Ísland, acaba de salir de la película de Chaplin en el Cine Nuevo, mientras espera a las ocho para entrar a Fatty tiene problemas en el cine del otro lado de la plaza. En las dos pantallas de proyección de la ciudad suenan carcajadas desenfrenadas, probablemente a causa de que hoy mismo tienen lugar elecciones para la plena soberanía del país, y participar en ellas debe de ser divertido. No es que al chico le vayan ni le vengan esa clase de entretenimientos, él no tiene derecho al voto, como todos los menores de cuarenta años, pero los ruidos y las trastadas de Fatty y Chaplin no le preguntan la edad a nadie, así que uno puede reírse de ellos veintitrés veces seguidas.
Al lado del hotel reina el buen humor, como siempre que hay un barco de pasajeros en el puerto. El vapor Botnia amarró en el muelle a la hora del café, procedente de Copenhague, con viajeros y carga. Hombres y mujeres de buena clase social van y vienen por el lobby, idiomas extranjeros flotan en el aire cargado del aromático humo azul de cigarrillos y puros, los expertos en moda de la ciudad acuden para echar un vistazo a fondo a las vestimentas de los visitantes extranjeros, en el comedor suena en el gramófono un flamante disco nuevo. Pero a ese banquete de los sentidos de la contemporaneidad se mezclan ladridos, relinchos, el alboroto de las reatas y los «jo, jo, jo», y en el frío de la noche humean las bostas recientes de los caballos de carga de los visitantes llegados del este, del otro lado de las montañas.
Pero no es del todo exacto que el chico esté holgazaneando sin más, en la acera delante del hotel. Se entretiene diferenciando la vida real de la sombra de la vida, que ha adquirido al ver medio millar de películas, en las que cada mirada, cada mínimo movimiento, cada gesto y cada postura del cuerpo están cargados de significado y de claves sobre las condiciones más profundas de su situación íntima y sus auténticos propósitos, buenos o malos. Sí, la conducta toda del ser humano es para él como un libro abierto —cómo se desarrolla en grupos más o menos pequeños o grandes, su relación con todas las cosas imaginables, su dinámica en toda clase de lugares, en la calle, en el campo y la ciudad— y la exagerada y simplificada vitalidad de los actores ha facilitado que el chico lo fijara todo en la memoria.
El chico observa de manera especial a un grupo de hombres jóvenes congregado ante la puerta del hotel. Aunque están endomingados para que les dejen entrar en el local, reconoce a tres antiguos Varegos que ahora asisten a la Escuela de Oficiales Maquinistas. Les oye decir que algunos miembros de la tripulación del Botnia están afectados por la misma gripe que afectó al país el verano pasado, y que el barco retrasará su partida hasta que hayan contratado a otros en su lugar. El chico conoce esa epidemia por experiencia propia. Estuvo en cama por su culpa durante cinco días, con dolores de cabeza y fiebre alta, tos y cólico, y se perdió las películas Del diario de la policía de Nueva York y Hotel «El búho negro» y, para gran fastidio suyo, ninguna de las dos se repuso.
Uno de los chicos de la escuela de maquinistas enseña a sus compañeros un anillo que lleva en el meñique de la mano izquierda, es un anillo de plata con una piedra negra. El anillo es un regalo de su hermana, que precisamente acababa de regresar de Dinamarca ese mismo día, tras pasar seis meses estudiando en la escuela de repostería y delicatessen de Odense. El muchacho hace brillar el anillo a la luz de la farola de gas que hay junto a la puerta del hotel, y sus amigos lo observan con admiración. Luego besa la piedra negra: «¡Mi hermanilla es un cielo! Lástima que no pueda estar con ellos esta noche, se encuentra un poco fatigada del viaje».
La campana de la catedral repica ocho veces.
El chico echa a correr hacia el otro lado de la plaza: el proyeccionista del Cine Antiguo es tan puntual como el sol.
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