El dandi

Georgette Heyer · Capítulo 9 de 14

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El dandi

Capítulo 9

Una vez que se hubo librado de Piers Luttrell —quien, después de echar una rápida mirada a su reloj y de escudriñar los alrededores como si esperara descubrir a alguien escondido entre los árboles, se marchó aliviado, aunque sumido en un gran desconcierto—, sir Richard fue a reunirse con Pen y la desconocida. Sólo encontró a su protegida, sentada en la orilla del riachuelo con aire distante y virtuoso, con las manos recogidas recatadamente sobre las rodillas.

—¿Dónde está su compañera? —preguntó con desenfado.

—Ha decidido volver a casa. Supongo que se ha cansado de esperarlo.

—Sí, claro. ¿Y no le ha sugerido usted que no lo hiciera?

—No, porque no hacía ninguna falta. Estaba muy impaciente por irse. Ha dicho que lamentaba haber venido.

—¿Y le contó qué hacía en el bosque?

—No. Se lo he preguntado, pero es una cursi y no hacía más que llorar y asegurar que se había portado muy mal. ¿Sabe qué creo, Richard?

—Me lo imagino.

—Pues que iba a reunirse con alguien. Me da la impresión de que es de esas mujeres que se ponen románticas sólo porque hay luna llena. Además, si no es ése el motivo, ¿por qué estaría aquí a estas horas?

—Eso digo yo, ¿por qué? Deduzco que no aprueba ese tipo de conducta.

—No, por supuesto que no —confirmó Pen—. De hecho, la considero una estupidez, además de una falta de corrección.

—¡Es usted muy severa!

—Por su tono de voz, comprendo que está burlándose de mí. Supongo que se ha puesto a pensar en cómo me escapé por la ventana. Pero no iba a reunirme con mi amante a la luz de la luna. ¡Qué vulgaridad!

—Desde luego. ¿Le ha revelado la identidad de su amante?

—No, pero me ha dicho que ella se llama Lydia Daubenay. Y en cuanto me lo ha dicho, le ha dado otro ataque y se ha arrepentido de haberme revelado su nombre. La verdad es que me he alegrado cuando ha decidido no esperarlo más e irse a su casa.

—Sí, ya imaginaba que su compañía no le resultaría agradable. En fin, supongo que carece de importancia. No me ha parecido que fuera de esas personas que saben estar calladas.

—Bueno, no sé —repuso Pen, pensativa—. Estaba tan asustada que dudo que diga ni una palabra sobre su aventura. He estado meditándolo y creo que debe de estar enamorada de alguien con quien sus padres no quieren que se case.

—Sí, parece una conclusión acertada.

—De modo que no me sorprendería que ocultara que ha acudido al bosque esta noche. Por cierto, ¿era el tartamudo?

—Sí, y las sospechas de la señorita Daubenay han resultado ciertas: está muerto.

—En ese caso, yo le diré quién lo ha matado —repuso la señorita Creed, encajando la noticia con entereza—. Esa joven me ha contado otra vez lo ocurrido, y no cabe duda de que el otro hombre era el capitán Trimble. ¡Y lo ha matado para hacerse con el collar!

—¡Asombroso!

—Está más claro que el agua. Y ahora que lo pienso, quizá sea mejor así. Bueno, lo siento por el tartamudo, por supuesto, pero no me negará que era un tipo sumamente antipático. Además, sé muy bien que estaba amenazándolo. Por eso lo he seguido. ¡Ahora ya podemos quedarnos tranquilos!

—Me temo que no del todo. No crea que no valoro su actitud heroica, pero preferiría que hubiera ido a acostarse, Pen.

—De acuerdo, pero su actitud es muy poco razonable —objetó Pen—. Me da la impresión de que quiere acaparar toda la aventura.

—Le agradezco sus sentimientos, pero permítame señalarle que su situación es un tanto… digamos irregular, y que hasta ahora nos hemos tomado considerables molestias para no llamar la atención. Por eso viajamos en esa repugnante diligencia. No me gustaría que la llamaran a declarar como testigo en la investigación de este crimen. Si la señorita Daubenay no revela su participación en él, quizá logre usted pasar inadvertida, pero la verdad es que no confío mucho en la discreción de esa mujer.

—¡Oh! —exclamó Pen—. ¿Cree que si se descubriera que no soy un muchacho me vería en una situación comprometida? ¿Y que sería mejor que nos marcháramos de Queen Charlton?

—No, eso resultaría nefasto. Ahora ya no podemos desvincularnos de esta aventura. Informaré al juez de paz que he encontrado un cadáver en este bosque. Dado que usted ha hablado con la señorita Daubenay, en cuya discreción acabamos de decidir no confiar, mencionaré el hecho de que usted me acompañaba en mi paseo nocturno. Esperemos que no se fijen especialmente en su persona, jovencita. Por cierto, creo que es mucho mejor que se haya convertido usted en mi joven primo. En mi joven primo lejano.

—¡Ah! —exclamó ella, complacida—. ¡La historia que inventé!

—Sí, la misma.

—Bueno, reconozco que me alegro de que no quiera usted huir. No se imagina cómo estoy divirtiéndome. Supongo que a usted no le pasará lo mismo, pero ha de entender que hasta ahora siempre había llevado una vida muy aburrida. Y le diré otra cosa, sir Richard: como es lógico, estoy deseando encontrarme con Piers, pero creo que será mejor que no lo busquemos hasta que hayamos puesto fin a esta aventura.

—¿Está muy impaciente por dar con su amigo? —preguntó él tras un breve silencio.

—¡Claro que sí! Por eso vinimos aquí, ¿no se acuerda?

—Cierto, lo había olvidado. Pues bien, creo que mañana por la mañana lo verá.

—¿Mañana por la mañana? —repitió ella, levantándose del suelo—. Pero ¿cómo lo sabe?

—Debí mencionarle que acabo de tener el privilegio de conocerlo.

—¿A Piers? ¿Aquí? ¿En el bosque?

—Junto al cadáver de Beverley Brandon.

—¡Ya me ha parecido oír voces! Pero ¿qué hacía él aquí? ¿Y por qué no le ha pedido usted que viniera aquí enseguida?

Sir Richard se tomó su tiempo para contestar.

—Verá, imaginaba que la señorita Daubenay todavía estaría con usted —explicó.

—¡Ah, ya entiendo! —admitió Pen, inocente—. ¡Sí, claro, ha hecho muy bien! No deseamos incluirla en nuestra aventura. Pero ¿le ha hablado de mí a Piers?

—No me ha parecido que el momento fuera propicio. Le he pedido que vaya a verme a la posada mañana por la mañana, y que sobre todo no divulgue su presencia en el bosque esta noche.

—¡Qué sorpresa va a llevarse cuando me vea en el George! —comentó Pen alegremente.

—Sí. Creo que se llevará una sorpresa.

Echaron a andar hacia el camino.

—Me alegro de que no le haya hablado de mí. Supongo que Piers venía a buscar al tartamudo, ¿no? No me explico cómo pudo invitar a un tipo tan desagradable a su casa.

Sir Richard, que pocas veces en sus veintinueve años de vida se había quedado sin respuesta, se descubrió totalmente incapaz de compartir sus sospechas con su confiada amiga. Por lo visto, a la joven no se le había ocurrido que los sentimientos de su antiguo compañero de juegos pudieran haber cambiado; y tenía tan grabado en la memoria el pacto secreto que había hecho con Piers cinco años atrás que no había puesto en duda ni su durabilidad ni su conveniencia. Era evidente que se consideraba comprometida con Luttrell, circunstancia que tenía mucho que ver con el hecho de que hubiera aceptado de buen grado la compañía de sir Richard. En la mente de Wyndham empezaron a cobrar forma algunas frases de advertencia, pero las rechazó todas, pues sin duda Piers tendría que dar sus propias explicaciones; él no podía hacer más que confiar en que, al encontrarse cara a cara tras un lapso de cinco años, Pen descubriera que tanto ella como su amigo habían dejado atrás aquellas fantasías infantiles.

Entraron juntos en la posada. La joven subió a acostarse obedeciendo una señal de sir Richard, mientras él tocaba la campanilla para reclamar la presencia de un sirviente. Un adormilado camarero acudió a su llamada, y cuando el caballero le preguntó dónde podía encontrar a un juez de paz, contestó que sir Jasper Luttrell era el que vivía más cerca, pero que se hallaba de viaje. Como no conocía a ningún otro, sir Richard le pidió que fuera a buscar al posadero y se sentó a escribir una nota.

Cuando el posadero entró en el salón, Wyndham estaba sacudiendo la arena de la hoja, que a continuación dobló y selló con una oblea. Al anunciarle el posadero que el señor John Philips, de Whitchurch, era el juez de paz más cercano, escribió su nombre en el mensaje.

—Le agradecería que hiciera llegar esta nota al señor Philips —pidió acto seguido con su acostumbrada serenidad.

—¿Esta noche, señor?

—Sí, esta misma noche. Me imagino que el señor juez acudirá con su mensajero. Si pregunta por mí, dígale que me encontrará en mi habitación. ¡Ah, otra cosa!

—¿Señor?

—Tráigame un cuenco para preparar ponche. Yo mismo lo mezclaré.

—¡Sí, señor! ¡Ahora mismo! —dijo el posadero, a quien al parecer alivió en grado sumo recibir una orden tan normal, mientras trataba de reunir el valor necesario para preguntar a aquel elegante caballero londinense por qué quería ver a un juez de paz con tanta urgencia. Sir Richard se aplicó el monóculo, y entonces el posadero salió a toda prisa. El camarero lo habría seguido, pero en ese instante Wyndham lo detuvo levantando un dedo índice y preguntando:

—¡Espere un momento! ¿Quién le ha dado la nota que me ha entregado esta noche?

—Ha sido Jem, señor, el tabernero. Me la ha tendido cuando he ido a la barra a recoger una jarra de vino para un caballero que estaba cenando en el comedor. La nota se había caído al suelo y el capitán Trimble la había recogido. Supongo que resbaló de la barra, señor, porque la taberna estaba abarrotada en ese momento, y Jem, muy ocupado.

—Gracias. Nada más.

El camarero se marchó muy intrigado, mientras que sir Richard, en cambio, creía que el misterio había quedado satisfactoriamente aclarado. Así que esperó a que el posadero volviera con los ingredientes necesarios para el ponche.

La residencia del juez Philips quedaba a unos ocho kilómetros de Queen Charlton, de modo que aún hubo de pasar un rato hasta que su llegada fue anunciada por el sonido de cascos de caballo en la calle. Sir Richard estaba exprimiendo el limón sobre la ponchera cuando condujeron al juez al salón.

—Buenas noches. El señor Philips, supongo —saludó Wyndham levantando fugazmente la cabeza—. ¿Cómo está usted?

—A su servicio, señor. ¿Tengo el placer de hablar con sir Richard Wyndham?

—El placer es mío —replicó sir Richard con aire distraído, concentrado en la preparación del ponche.

—Señor, su inesperado e inaudito mensaje me ha hecho venir de inmediato, como habrá comprobado, para investigar este asunto increíble.

—Se lo agradezco. Imagino que querrá visitar la escena del crimen. Puedo indicarle el camino, pero estoy seguro de que el alguacil del pueblo conoce el lugar. El cadáver, señor Philips, está (o estaba) tendido en el claro que hay en el bosquecillo, un poco más allá del camino.

—¿Significa eso que es cierto lo que me ha contado? —preguntó el magistrado.

—Por supuesto que sí. ¡Por Dios! ¿Acaso me cree capaz de obligarlo a salir de su casa en vano a estas horas? ¡No soy tan cruel! Dígame, ¿es usted partidario de añadir el zumo de uno o dos limones?

El juez, que había estado observando con atención los movimientos del caballero, contestó sin vacilar:

—¡Uno! ¡Con uno basta!

—Seguro que tiene usted razón.

—Verá, señor, tengo que formularle unas preguntas acerca de este extraordinario asunto —declaró Philips, recordando el motivo de su visita.

—Por supuesto, por supuesto. ¿Quiere interrogarme ahora, o cuando se haya encargado del cadáver?

—Primero iré a la escena del crimen.

—Estupendo. Procuraré tener el ponche listo para cuando regrese.

Al magistrado le extrañó que aquel caballero abordara el asunto con tanto desenfado, pero la perspectiva de tomar un cuenco de ponche caliente a su regreso era tan agradable que decidió pasar por alto cualquier leve irregularidad. Cuando volvió a la posada, media hora después, estaba muerto de frío, pues ya era más de medianoche y no había llevado el abrigo. Sir Richard había encendido la chimenea del salón, cuyas paredes se hallaban revestidas de madera, y del cuenco que reposaba en la mesa y que removía con una cuchara larga, ascendía un fragante y reconfortante aroma.

—¡Aja! —exclamó Philips sin poder contenerse y frotándose las manos.

Wyndham levantó la cabeza y sonrió: la suya era una sonrisa que había ablandado muchos corazones, y asimismo causó un notable efecto en el juez de paz.

—¡Vaya, vaya! No puedo negar que ese ponche huele de maravilla. ¡Y ha encendido la chimenea! ¡Me alegro, se lo aseguro! Por las noches hace frío en estos parajes, mucho frío. ¡Qué asunto tan turbio, señor!

Sir Richard sirvió la humeante bebida en dos vasos y le tendió uno al juez.

—Acerque una butaca a la chimenea, señor Philips. Como usted dice, este asunto es muy turbio. Debe saber que mantengo una gran amistad con la familia de la víctima.

—Sí, sí, como suponía, señor —comentó el magistrado sacando la nota de sir Richard del bolsillo—. De lo contrario, no habría podido proporcionarme el nombre de ese pobre hombre. Así que lo conocía. ¿Acaso viajaban juntos?

—No —contestó Wyndham, arrastrando una butaca hasta el otro lado de la chimenea—. Él estaba en casa de un conocido suyo que vive cerca de aquí. Creo que se llama Luttrell.

—¡No me diga! Esto resulta cada vez más… Pero continúe, se lo ruego. Entonces, ¿no viajaban juntos?

—No, en absoluto. Vine al West Country para ocuparme de unos asuntos familiares. Creo que no será necesario que lo aburra explicándoselos.

—Desde luego, señor. Asuntos familiares. ¡Muy bien! Prosiga. ¿Cómo descubrió el cadáver del señor Brandon?

—Por accidente. Pero quizá sea mejor que me remonte al principio de esta historia.

—¡Por supuesto! ¡Sí, sí! ¡Le suplico que lo haga! Este ponche está delicioso, por cierto.

—Aseguran que tengo una habilidad especial para prepararlo. Así pues, volvamos al principio. Sin duda, señor juez, habrá oído hablar de los diamantes de los Brandon.

La expresión de asombro del magistrado, que miraba a su anfitrión con los ojos y la boca muy abiertos, puso de manifiesto que jamás había oído mencionarlos.

—¿Diamantes? Pues la verdad, me temo que… No, nunca había oído hablar de ese asunto.

—En ese caso, debo aclarar que se trata de los diamantes de un famoso collar de valor incalculable.

—¡Cielos! ¡Una reliquia familiar! Sí, sí, pero ¿qué relación guardan con…?

—Cuando me dirigía a Bristol acompañado de un joven pariente, nuestro coche sufrió un pequeño accidente y nos vimos obligados a pernoctar en una pequeña posada cerca de Wroxham. Allí conocimos a un individuo que me pareció (aunque no estoy muy versado en esas materias) un personaje dudoso. Mis sospechas no se confirmaron hasta la mañana siguiente, cuando apareció un agente de Bow Street en la posada.

—¡Santo Dios! Todo esto resulta… ¡Perdóneme, lo he interrumpido!

—No se preocupe. Al abandonar la posada, el agente estaba interrogando a dicho individuo. Y cuando mi joven primo y yo habíamos recorrido ya parte del trayecto, encontré en mi bolsillo una bolsa que contenía el collar de los Brandon.

—¡No me diga! —exclamó el juez dando un respingo—. ¿Que el collar se hallaba en su bolsillo? ¡No sé qué decir, la verdad!

—Le aseguro que también me quedé sumamente perplejo —declaró el otro, al tiempo que se levantaba y volvía a llenar el vaso de Phillips—. De hecho, tardé un rato en deducir cómo había llegado hasta allí.

—¡No me extraña, no me extraña! ¡Es comprensible! ¿Reconoció el collar?

—Sí —respondió sir Richard, volviendo a su butaca—. Lo reconocí, pero… Para serle franco, me sorprende mi propia estupidez. No lo relacioné de inmediato con el individuo a quien conociéramos cerca de Wroxham. Supongo que sólo me preocupaba cómo devolvérselo a lord Saar cuanto antes y no tanto averiguar de qué manera había llegado a mi bolsillo. Me imaginaba la consternación de lady Saar ante pérdida tan irreparable. Sepa usted que es una dama de exquisita sensibilidad.

El juez de paz asintió. El ponche y el fuego de la chimenea estaban haciéndolo entrar en calor, además de que le producía una sensación muy agradable estar relacionándose con personas de posición tan elevada.

—Por fortuna (o quizá, teniendo en cuenta los acontecimientos posteriores, debería decir por desgracia), recordé que Beverley Brandon (el hijo menor de Saar) se hallaba en esta región. Me dirigí al instante a esta posada, y tuve la suerte de toparme con Brandon no lejos del pueblo. De modo que le entregué el collar sin más.

—¿Se lo entregó? —repitió el magistrado dejando su vaso en la mesita—. ¿Sabía él que lo habían robado?

—No; lo ignoraba. Estaba tan asombrado como yo y se comprometió a devolvérselo de inmediato a su padre. Consideré que el asunto había quedado zanjado de manera satisfactoria, pues a Saar le desagrada profundamente cualquier tipo de notoriedad, como la que le habrían conferido el robo y la posterior investigación.

—¡Señor! ¿Acaso insinúa que a ese desafortunado joven lo asesinaron por el collar?

—Me temo que haya sido así.

—¡Qué horror! ¡Le aseguro que estoy atónito! ¿Cómo…? ¿Quién podía saber que él estaba en posesión del collar?

—Al principio pensé que nadie podía haberse enterado, pero tras reflexionar un poco llegué a la conclusión de que el individuo que lo escondió en mi bolsillo pudo haberme seguido hasta aquí, a la espera de una oportunidad para recuperarlo.

—¡Cierto! ¡Tiene razón! ¡Estuvieron espiándolo! Y sin embargo, no volvió a cruzarse con ese hombre en Queen Charlton, ¿verdad?

—¿Acaso cree que se habría dejado ver? —repuso sir Richard eludiendo la pregunta.

—No, por supuesto. Claro que no. ¡Tendremos que ocuparnos de él!

—Sí —coincidió sir Richard, haciendo oscilar el monóculo—. Y me parece que también debería investigar la repentina desaparición de esta posada de un tipo muy llamativo que responde al nombre de capitán Trimble.

—¡Dios mío! Esto se pone cada vez más… Perdone, pero ¿qué motivos tiene para suponer que ese hombre pueda estar implicado en el asesinato?

—Verá —contestó Wyndham lentamente—, ciertos comentarios que hice sobre los chalecos hicieron partir a Trimble a toda prisa hacia Bristol.

El magistrado parpadeó y lanzó una mirada acusadora a su vaso de ponche, de nuevo vacío. Sin embargo, lo que dijo a continuación el caballero disipó la horrible sospecha de que el ron le había afectado el entendimiento.

—El tipo a quien conocí en la posada cerca de Wroxham llevaba un chaleco de piel de gato. Una referencia casual a esa circunstancia tuvo el sorprendente efecto de despertar la curiosidad del capitán, que me preguntó hacia dónde se dirigía aquel hombre del chaleco de piel de gato. Cuando le dije que creía que a Bristol, abandonó esta posada de inmediato.

—¡Ya entiendo! ¡Sí, sí, sí! ¡Era su cómplice!

—Eso mismo pienso yo. Y para ser más exactos, creo que era el cómplice al que habían engañado.

El magistrado estaba impresionado.

—¡Claro! ¡Ahora lo comprendo todo! ¡Dios mío, qué asunto tan terrible! Nunca me vi en la necesidad de… ¿Y dice que ese tal Trimble se marchó a Bristol?

—Así es. Pero luego me enteré, señor Philips, de que esta noche, a las seis, volvió a esta posada. ¡Oh! Me parece que debería decir anoche —añadió mirando el reloj que había sobre la repisa de la chimenea.

El juez aspiró hondo.

—Sus revelaciones, sir Richard, abren… Bueno, de hecho son tan… ¡Santo Dios! ¡Nunca pensé que…! ¡Un asesinato! ¿Y lo descubrió usted, señor?

—Descubrí el cadáver de Brandon —lo corrigió Wyndham.

—¿Cómo dio con él, señor? ¿Sospechaba algo?

—No, en absoluto. Como hacía una noche agradable, salí a pasear a la luz de la luna. Fue una casualidad que mis pasos me llevaran al bosquecillo donde hallé el cadáver de mi desafortunado amigo. Sólo después de llevar a cabo tan triste descubrimiento empecé a juntar las… piezas del rompecabezas.

Philips albergaba vagas sospechas de que el azar había desempeñado un papel demasiado importante en las aventuras de sir Richard, pero era consciente de que el ponche le había nublado ligeramente el intelecto.

—Señor, las características de la historia que me ha contado… —dijo con cautela —. En fin, habrá que pasarla por el tamiz. Sí, ya lo creo. Habrá que pasarla con mucho cuidado por el tamiz. Me veo obligado a pedirle que no abandone la región hasta que… ¡Le ruego que no me malinterprete! Le aseguro que no pretendía insinuar que…

—No le he malinterpretado, estimado amigo, y no tengo ninguna intención de marcharme de esta posada —aseguró sir Richard con voz tranquilizadora—. Soy consciente de que, de momento, usted sólo tiene mi palabra de que soy sir Richard Wyndham.

—¡Oh! ¡Respecto a su identidad no me cabe ninguna duda, se lo aseguro! Pero he de cumplir con mi deber. Imagino que se hace cargo.

—¡Perfectamente! Estoy a su entera disposición. Dado que es usted un hombre de mundo, comprenderá la necesidad de tratar este asunto con la debida discreción.

Al magistrado, que en una ocasión había pasado tres semanas en Londres, halagado por el hecho de que la huella que aquella breve estancia había dejado en él bastara a un personaje de la categoría del galán Wyndham para considerarlo un hombre de mundo, se hinchó de orgullo. Sin embargo, su prudencia natural le aconsejó aplazar la investigación para cuando se encontrara más sobrio. Se puso en pie tratando de aparentar dignidad y depositó el vaso vacío sobre la mesa.

—Le estoy sumamente agradecido. Vendré a verlo mañana. No; hoy mismo. He de reflexionar sobre lo ocurrido. ¡Qué asunto tan turbio! ¡Francamente turbio!

Sir Richard coincidió con él y, tras un meticuloso intercambio de formalidades, el magistrado se marchó. Después sir Richard apagó las velas y subió a acostarse, satisfecho del trabajo realizado.

Por la mañana, Pen fue la primera en bajar. Lucía un día espléndido y llevaba el fular muy bien anudado. Con andares garbosos, salió a ver qué tiempo hacía. Sir Richard, que no solía madrugar, había encargado el desayuno para las nueve en punto, y sólo eran las ocho. Una sirvienta estaba barriendo el salón privado, mientras un aburrido camarero ponía los manteles en las mesas del comedor. Cuando la joven cruzó el vestíbulo, el posadero, que estaba conversando en voz baja con un caballero a quien Pen no conocía, se volvió y exclamó:

—¡Ése es el joven caballero, señor!

Philips, que se enfrentaba al mayor crimen jamás cometido en su jurisdicción, quizá hubiera bebido demasiado ponche la noche anterior, pero era una persona que ponía gran celo en su trabajo, así que, pese a haber despertado con una terrible migraña, no había tardado en levantarse de su cómoda cama y volver a Queen Charlton para reanudar sus investigaciones. El magistrado se acercó a Pen y la saludó con educación. Ella le devolvió el saludo, y lamentó que sir Richard todavía no hubiera bajado de su habitación. Al inquirir el juez de paz, en un tono amable y paternal, si era el joven primo del caballero, Pen asintió, confiando en que no le preguntara cómo se llamaba.

—Usted estaba con sir Richard cuando él descubrió este terrible crimen, ¿no es así, joven? —preguntó en cambio el señor Philips.

—Bueno, no exactamente.

—Ah. ¿Y cómo es eso?

—Estaba y no estaba —explicó Pen con una gravedad que compensaba la poca seriedad de sus palabras—. No llegué a ver el cadáver.

—¿No? Cuénteme qué pasó con todo detalle. Pero ¡no se alarme! Si salió a pasear con su primo, ¿cómo es que se separaron?

—Verá, señor, es que había un búho —respondió ella con descaro.

—¿Cómo dice? ¿Un búho?

—Sí, mi primo dijo lo mismo.

—¿El qué?

—«¿Cómo dices?». Es que no le interesan las aves.

—¡Ah, ya entiendo! Recoge usted huevos, ¿verdad?

—Sí, y también me gusta la ornitología.

El señor Philips sonrió, tolerante. Se preguntó qué edad tendría aquel menudo joven y pensó que era una lástima que fuera tan afeminado; pero él era un hombre de campo, así que recordaba vagamente la época en que le gustaba observar pájaros.

—Sí, sí, ya entiendo. Se separaron porque usted fue en pos de ese búho. Yo también hacía esas cosas cuando era joven. Y por eso no estaba junto a su primo cuando él llegó al claro del bosque, ¿verdad?

—Exacto. Pero luego volvimos a encontrarnos, y entonces me contó lo que había visto.

—Claro, claro. Pero un testimonio de oídas no es un testimonio, amigo mío — sentenció el magistrado, haciéndole una seña para que se retirara.

Pen se encaminó a la puerta con la impresión de que había salido airosa de una situación difícil.

—¡Se me olvidaba! —gritó en ese momento el posadero, yendo tras ella con una carta sellada—. Disculpe, señor, pero una joven le ha traído esto hace casi una hora. Al menos ha dicho que era para un joven caballero apellidado Wyndham. Debía de referirse a usted, ¿no?

—¿Una joven? —preguntó Pen cogiendo la carta y mirándola con recelo.

—Verá, señor, era una de las sirvientas del comandante Daubenay.

—¡Ah! Estupendo. Muchas gracias.

A continuación salió a la calle, y tras mirar con desconfianza el nombre que aparecía en la nota —Sr. Wyndham—, escrito con caligrafía redondeada de colegiala, rompió el sello y desplegó la hoja.

Estimado señor —empezaba la remilgada misiva—, la desafortunada

persona a quien conoció usted anoche se encuentra en una situación

desesperada, y le suplica que acuda al pequeño huerto de frutales que hay

junto al camino a las ocho en punto, porque es vital para ella hablarle en

privado. No falte a la cita. Su agradecida servidora,

Lydia Daubenay.

Era evidente que la señorita Daubenay había redactado la misiva en un estado de considerable agitación. Muy intrigada, Pen preguntó a un panadero cómo se iba a la casa del comandante, y echó a andar por el polvoriento camino.

Cuando llegó al lugar de la cita, eran las ocho y media, y la joven Lydia caminaba arriba y abajo, impaciente. Un tupido y alto seto impedía que el huerto de frutales se divisara desde la casa, separado del camino por un muro bajo. Pen trepó al muro sin mucha dificultad, y al instante fue recibida con un reproche:

—¡Qué tarde llega! ¡Llevo horas esperando!

—Lo siento. He venido nada más leer su mensaje —se excusó la joven Creed saltando al huerto—. ¿Para qué quería verme?

—Todo ha salido mal —contestó la señorita Daubenay con gran nerviosismo, al tiempo que se estrujaba las manos—. ¡Estoy muy trastornada! ¡No sé qué hacer!

Pen no reaccionó con excesiva preocupación a ese conmovedor discurso, y miró a la señorita Daubenay de arriba abajo.

Era una joven atractiva, más o menos de su misma edad, pero de menor estatura y mucho más rolliza. Tenía una melena castaña y rizada, unos ojos castaños de cervatillo y una boca que parecía un capullo de rosa. Llevaba un vestido de muselina blanca, de cintura alta, con volantes y una profusión de lazos azul cielo con largas cintas colgantes.

—¿Puedo confiar en usted? —preguntó mirando a Pen con sus enternecedores ojos.

—Bueno, supongo que sí, pero no puedo asegurárselo hasta saber qué quiere de mí —repuso cautelosa la señorita Creed, que se tomaba las cosas demasiado al pie de la letra.

La señorita Daubenay se amilanó un poco, y tras una pausa gimoteó:

—¡Estoy en un tremendo apuro! ¡Fui muy tonta!

A Pen no le costó creer aquellas palabras.

—¡No se quede ahí estrujándose las manos! Sentémonos debajo de aquel árbol.

—¿No estará mojado? —pregunto Lydia, vacilante.

—¡No, claro que no! Además, ¿qué pasa si lo estuviera?

—¡Oh, la hierba podría mancharme el vestido!

—Creo que si tanto le preocupa su vestido, ese problema que tiene no puede ser tan grave —comentó Pen con severidad.

—¡Claro que lo es! —protestó Lydia. Se sentó en la hierba y se llevó ambas manos al pecho—. No sé qué me dirá, ni qué pensará de mí. ¡Debo de estar loca! Pero anoche fue muy amable conmigo, y creí que podía confiar en usted.

—Ya le digo que supongo que sí. Pero le agradecería que me explicara qué pasa, porque todavía no he desayunado y…

—De haber sabido que se mostraría tan antipático, no le habría llamado —declaró la otra con voz trémula.

—Es que resulta difícil ser amable cuando alguien no hace más que estrujarse las manos y decir cosas que no tienen respuesta —razonó Pen—. ¡Empiece por el principio!

—¡Soy la criatura más desgraciada de la tierra! —se lamentó la otra, agachando la cabeza—. Me comprometí en secreto con un hombre al que mi padre no tolera.

—Ya me lo imaginaba. Y supongo que anoche fue al bosque a reunirse con él, ¿no?

—Así es. Pero no se precipite en juzgarme. Es el hombre más inofensivo, el más…

—Si es inofensivo —la interrumpió Pen—, ¿por qué su padre no lo tolera?

—¡Porque tiene unos prejuicios absurdos! —aseguró Lydia con un suspiro—. Nuestros padres se pelearon y no se hablan.

—¡Oh! ¿Y por qué discutieron?

—Por un terreno —especificó Lydia, compungida.

—Parece una estupidez.

—Y lo es. Pero ellos se lo toman muy en serio, y les tiene sin cuidado nuestro sufrimiento. Nos hemos visto obligados a vernos en secreto, un recurso aborrecible. Sepa usted que mi prometido es el honor en persona. Le repugnan los subterfugios, pero ¿qué podemos hacer? ¡Nos amamos!

—¿Por qué no se fugan? —propuso Pen con su pragmatismo habitual.

—¿Fugarnos? ¿Adónde? —preguntó la otra, mirándola perpleja.

—A Gretna Green, por supuesto.

—¡Oh, no podría! ¡Imagínese el escándalo!

—Debería tratar de no ser tan cobarde. Sin embargo, supongo que no puede evitarlo.

—¡Es usted el muchacho más grosero que he conocido en mi vida! ¡Lamento haberlo hecho venir!

—Yo también, porque esta historia me parece estúpida y no me concierne en absoluto —señaló Pen con franqueza—. ¡Oh! ¡No llore! ¡Lo siento! ¡No pretendía ser grosero! Pero ¿por qué me ha llamado?

—Porque, aunque se muestre usted grosero y detestable, no me pareció que fuera como los otros jóvenes, así que pensé que me entendería y que no se aprovecharía de mí.

—¡Eso no lo haré, se lo aseguro! —dijo Pen soltando una risita traviesa, y añadió —: ¡Ay, qué hambre tengo! Bien, cuénteme por qué me ha mandado llamar.

La señorita Daubenay se enjugó las lágrimas con un pañuelito.

—Anoche estaba tan trastornada que no sabía ni lo que hacía. Y cuando llegué a mi casa, sucedió algo terrible. ¡Mi padre me descubrió! Me acusó de haber salido para reunirme con P… para reunirme con mi prometido, y amenazó con enviarme hoy mismo otra vez a Bath, a casa de mi tía abuela Augusta. ¡Una anciana horrible y detestable! No hace otra cosa que jugar al backgammon y espiarme, y no soporto su compañía. ¡Me vi en una situación desesperada, señor! ¡Y lo dije sin pensar en las consecuencias!

—¿Qué dijo? —preguntó Pen, paciente pero aburrida.

—Que no era a ese hombre a quien había ido a ver —respondió Lydia, volviendo a bajar la cabeza—, sino a otro a quien conocí en Bath cuando mi padre me envió a casa de mi tía abuela Augusta para curarme de lo que él llamaba mi encaprichamiento. Le expliqué que llevaba tiempo viéndome con ese otro hombre a escondidas, pues pensé que así no se atrevería a enviarme otra vez a Bath, y que quizá incluso aceptaría a mi verdadero prometido.

—¡Oh! ¿Y se salió con la suya?

—¡No! Mi padre aseguró que no me creía.

—Bueno, la verdad es que no me sorprende.

—Sí, pero al final acabó convenciéndose, lo que ahora lamento sobremanera. Porque entonces me preguntó quién era ese otro hombre.

—Debió imaginárselo usted. Era de esperar que su padre le formulara esa pregunta. Me imagino que quedó como una tonta cuando no pudo contestar.

—¡Es que sí contesté! —susurró la señorita Daubenay, muy acongojada.

—¿Y qué le dijo, si no existe ningún otro hombre?

—¡Le expliqué que era usted! —exclamó la señorita Daubenay con desesperación.