El dandi

Georgette Heyer · Capítulo 2 de 14

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El dandi

Capítulo 2

Lord Saar vivía en Brook Street con su esposa, dos hijos y cuatro hijas. Sir Richard Wyndham fue en coche a la casa de su futuro suegro veinticuatro horas después de la entrevista con su madre, y tuvo la suerte de que Saar no se encontrara allí y de que el mayordomo le informara de que lady Saar había ido a Bath con la honorable Sophia. Lo recibió el honorable Cedric Brandon, un joven tarambana de costumbres lamentables y pésimos modales.

—¡Ricky, amigo mío! —exclamó el honorable Cedric, y se llevó a sir Richard a un saloncito de la parte trasera de la casa—. ¡No me digas que has venido a pedir la mano de Melissa! Dicen que las buenas noticias no matan a nadie, pero nunca hago caso de los rumores. Mi padre asegura que estamos al borde de la ruina. Si me prestas el dinero, amigo mío, me alistaré en el ejército y me iré a la Península, te lo prometo. Pero oye, Ricky, ¿estás escuchándome? —Miró con ansiedad a sir Richard y, satisfecho con la atención que le prestaba su interlocutor, dijo solemnemente, apuntándole con el índice—: ¡No lo hagas! Créeme: no hay fortuna lo bastante grande para saldar nuestras deudas. ¡No te dejes engatusar por Beverley! Se cuenta que Fox dilapidó una fortuna antes de cumplir los veintiuno. Pues bien, te aseguro que Fox no puede compararse con Bev. Entre nosotros, Ricky: el viejo se ha dado a la bebida. ¡Chis! ¡No digas ni una palabra! ¡No debería hablar así de mi propio padre! Pero huye, Ricky. Es lo único que puedo aconsejarte: huye.

—¿Te alistarías en el ejército si te diera el dinero?

—Sobrio sí; borracho no —contestó Cedrid esbozando su encantadora sonrisa—. Ahora estoy del todo sobrio, pero no lo estaré mucho tiempo. No me des ni un céntimo, amigo mío. Y tampoco a Bev. Mi hermano no es de fiar. Yo lo soy cuando estoy sobrio, pero no suelo estarlo más de seis horas al día, así que ya te he prevenido. Me voy. He hecho cuanto he podido por ti, porque me caes bien, Ricky; pero si pese a mis consejos tomas el camino de la perdición, me lavaré las manos. Mejor dicho: viviré a tu costa el resto de mi vida. ¡Imagínatelo, querido amigo, imagínatelo! Bev y un servidor en la puerta de tu casa seis días a la semana, destrozados y con los bolsillos vacíos: exigencias, amenazas, tu esposa llorando… ¡No tendrás más remedio que pagar! ¡No lo hagas! La verdad es que no nos lo merecemos.

—¡Espera! —exclamó sir Richard cerrándole el paso—. Si pago tus deudas, ¿te irás a la Península?

—Ricky, ahora el que está borracho eres tú. ¡Vete a casa!

—¡Piensa en lo bien que te sentaría el uniforme de húsar, Cedric!

Una sonrisa pícara se reflejó en los ojos de su amigo.

—¡Ya lo creo! Pero ahora he de ir a Hyde Park. ¡Apártate! Tengo una cita muy importante. He apostado por un ganso que va a correr una carrera de cien metros contra un pavo. ¡Debe ganar! ¡Es el acontecimiento deportivo de la temporada!

Cedric se marchó, y sir Richard, en lugar de huir como aquél le había aconsejado, se quedó a la espera de que lo recibiera la honorable Melissa Brandon.

La joven no se hizo de rogar mucho. Un lacayo fue a buscarlo y lo invitó a subir al piso de arriba, así que sir Richard lo siguió por la ancha escalera hasta el saloncito del primer piso.

Melissa Brandon era una joven atractiva y morena, de algo más de veinticinco años. Tenía un perfil impecable, pero vista de frente se apreciaba que sus ojos eran demasiado duros para resultar hermosos. En sus primeras temporadas no le habían faltado los pretendientes, pero ninguno de los caballeros que se sintiera atraído por su indudable hermosura había dado la talla, como solía repetir su insolente hermano mayor. Al inclinarse sobre la mano de Melissa, sir Richard recordó la comparación que George hiciera con un iceberg, pero la apartó enseguida de su obediente mente.

—¿Y bien, Richard?

La voz de Melissa era fría e indiferente, y su sonrisa parecía más una cortesía mecánica que una espontánea expresión de alegría.

—¿Cómo estás, Melissa? —preguntó él con formalidad.

—Muy bien, gracias. Siéntate, por favor. Supongo que has venido a hablar de nuestra boda.

—¡Caramba! —exclamó sir Richard con cierta sorpresa, enarcando ligeramente las cejas—. Veo que alguien no ha perdido el tiempo.

Melissa, que estaba bordando, siguió manejando la aguja con total serenidad.

—No nos andemos por las ramas —propuso—. Ya no soy ninguna cría, y a ti se te considera un hombre sensato.

—¿Fuiste alguna vez una cría?

—Creo que no. No tengo paciencia para esas tonterías. Ni soy una persona romántica. En ese sentido, estamos hechos el uno para el otro.

—¿Tú crees? —repuso sir Richard balanceando con suavidad su monóculo.

—¡Pues claro! —confirmó ella con desenvoltura—. Espero que no te hayas vuelto sentimental. Sería absurdo.

—La senilidad suele ir acompañada de cierto sentimentalismo. O eso me dijeron.

—A nosotros eso no nos concierne. Te tengo mucho aprecio, Richard, pero no me gusta esa tendencia tuya a tomártelo todo a broma. Yo soy más seria.

—Entonces, en ese sentido no estamos hechos el uno para el otro.

—No considero que esa objeción sea insuperable. Al fin y al cabo, la vida que has elegido llevar hasta ahora no te ha permitido reflexionar con seriedad. Supongo que con el tiempo te volverás más formal, pues no te falta sentido común. Eso, sin embargo, debemos dejarlo para el futuro. En cualquier caso, no soy tan poco razonable para pensar que nuestras diferencias de carácter supongan una barrera infranqueable para nuestra boda.

—Melissa, ¿puedo preguntarte una cosa?

—Por supuesto —repuso ella, alzando la cabeza—. ¿Qué quieres saber?

—¿Alguna vez has estado enamorada?

—No —respondió la joven, y se ruborizó ligeramente—. Y por lo que he visto, me alegro de ello. Las personas que se hallan bajo el influjo de fuertes emociones tienen algo de extremadamente vulgar. No digo que esté mal, pero creo que soy más exigente que la mayoría, y encuentro de todo punto desagradables a esos sujetos.

—¿Y no contemplas la posibilidad de… enamorarte en el futuro?

—¡Mi querido Richard! ¿De quién quieres que me enamore?

—De mí, por ejemplo.

—¡No seas absurdo! —exclamó ella, riendo—. Si te dijeron que convendría que me cortejaras, permíteme decirte que te aconsejaron mal. El nuestro sería un matrimonio de conveniencia. Yo no me plantearía nada distinto. Siento aprecio por ti, pero no eres la clase de hombre capaz de despertar pasiones más intensas en mi pecho. Sin embargo, no veo por qué habríamos de preocuparnos por eso. Si tú fueras romántico, las cosas serían diferentes.

—Me temo que debo de serlo mucho.

—Supongo que estás bromeando otra vez —replicó ella encogiéndose de hombros.

—No, en absoluto. Soy tan romántico que sueño con la posibilidad de que alguna mujer (sin duda imaginaria) pueda querer casarse conmigo no porque yo sea un hombre muy rico, sino porque me ame, y perdóname la vulgaridad.

—Suponía que habías superado la edad de la rimbombancia, Richard —replicó Melissa, adoptando un aire desdeñoso—. No tengo nada en contra del amor pero, sinceramente, considero que ambos nos hallamos por encima de ese tipo de matrimonios. ¡Cualquiera diría que estuviste codeándote con la burguesía en el balneario de Islington o en algún lugar parecido! Yo no olvido que soy una Brandon; supongo que somos un poco orgullosos, por fortuna.

—Confieso que ése es un aspecto de la situación que no se me había ocurrido — admitió sir Richard con aspereza.

—Pero ¡cómo es posible! —exclamó ella, asombrada—. ¡Creía que todo el mundo conocía el valor que los Brandon otorgamos a nuestro apellido, a nuestro linaje, a nuestra tradición!

—No quisiera herir tus sentimientos, Melissa, pero el espectáculo de una mujer con tu apellido, tu linaje y tu tradición ofreciéndose a sangre fría al mejor postor no es precisamente una muestra de su orgullo.

—¡Pareces un actor dramático! Mi deber con mi familia es casarme con un hombre respetable, pero permíteme asegurarte que ni siquiera eso me haría rebajarme hasta contraer matrimonio con alguien de una clase inferior a la mía.

—¡Ah, eso sí que es orgullo! —exclamó sir Richard esbozando una sonrisa.

—No te entiendo. Sin duda no ignoras que los asuntos de mi padre se encuentran en… bueno, no sé cómo explicarlo…

—Lo sé —afirmó él con cordialidad—. Y me doy cuenta de que yo tendría el privilegio de… resolver los asuntos de lord Saar.

—¡Por supuesto! —replicó Melissa, abandonando su escultural serenidad—. ¡Eso es lo único que me persuadió de aceptar tu proposición!

—Estamos entrando en terreno delicado —aseguró él contemplando con aire pensativo la puntera de una de sus hessianas—. Ya que hablamos con franqueza, querida Melissa, permíteme señalar que todavía no he pedido tu mano.

—Me sorprendería mucho que pasaras por alto todas las normas del decoro y me hicieras esa proposición a mí directamente —replicó la joven con frialdad, sin inmutarse por el desaire—. Nosotros no pertenecemos a ese mundo. Sin duda solicitarás una entrevista con mi padre.

—¿Lo haré?

—Supongo que sí, desde luego —respondió la joven al tiempo que cortaba el hilo —. Conozco tus circunstancias tan bien como tú las mías. Si no te importa que te lo diga sin rodeos, eres afortunado por proponer matrimonio a una Brandon. —Él la miró meditabundo, pero no hizo ningún comentario. Tras una pausa, ella añadió—: Respecto al futuro, no creo que ninguno de los dos le exija mucho al otro. Tú tienes tus distracciones, que no me interesan; y aunque censure tu afición al pugilismo, a las carreras de carrocines y al basset…

—Al faraón —la corrigió él.

—Pues al faraón, da lo mismo; por mucho que censure esas aficiones absurdas, decía, no tengo intención de interferir en ellas.

—Eres muy comprensiva. En suma, Melissa, puedo hacer lo que se me antoje siempre y cuando te entregue mi portamonedas, ¿no es así?

—Eso sí que es hablar sin rodeos —repuso ella sin alterarse. Dobló su bordado y lo guardó—. Mi padre está esperando tu visita. Lamentará saber que viniste cuando él no se hallaba en casa. Regresará mañana; lo encontrarás si te presentas a las… ¿once en punto?

—Gracias, Melissa —dijo sir Richard levantándose—. Tengo la impresión de que no he perdido el tiempo, aunque lord Saar no estuviera aquí para recibirme.

—Eso espero —repuso ella tendiéndole una mano—. Bueno, creo que hemos mantenido una charla muy fructífera. Supongo que me consideras insensible, pero deberás admitir que no me he rebajado a fingir, lo cual sería impropio de mí. Nuestra situación es peculiar, y por eso vencí mi reticencia a discutir contigo el asunto de nuestra boda. Llevamos cinco años, o más, prácticamente prometidos.

Él le cogió la mano.

—¿De verdad considerabas que estábamos prometidos?

—Desde luego —aseguró Melissa, y por primera vez en toda la entrevista no lo miró a los ojos.

—Entiendo. —Y a continuación abandonó la sala.

Esa noche, sir Richard apareció tarde en Almack’s. Ninguna de las personas que tuvieron ocasión de admirar su impecable aspecto, o de oírlo hablar en aquel tono indolente, podría haber adivinado que al día siguiente iba a tomar la decisión más importante de su vida. Sólo su tío, que llegó al club pasada la medianoche y reparó en la cantidad de copas vacías que el joven tenía a su lado, intuyó que la suerte estaba echada. Comentó a George Trevor, con quien se topó cuando éste se levantaba de la mesa de basset, que Ricky estaba bebiendo mucho.

—Todavía no he hablado con él —dijo lord Trevor, empezando a inquietarse—. ¿Insinúas que ya pidió en matrimonio a Melissa?

—No insinúo nada —repuso Lucius—. Lo único que digo es que está bebiendo como un cosaco y que va a pillar una cogorza de miedo.

George, preocupado, aprovechó la primera oportunidad que se le presentó para atraer la atención de su cuñado. Lo que no ocurrió hasta cerca de las tres, cuando sir Richard se levantó por fin de la mesa de faraón, y a esas alturas no estaba de humor para mantener conversaciones privadas. Había perdido una suma considerable de dinero y trasegado muchísimo coñac, pero ninguna de esas circunstancias lo preocupaba.

—¿No ha habido suerte, Ricky? —le preguntó su tío.

La mirada de su sobrino, un tanto empañada, no estaba exenta de inteligencia.

—Con las cartas no, Lucius. Pero ya sabes lo que reza el refrán.

George no ignoraba que sir Richard aguantaba la bebida mejor que cualquier otra persona que conociera, pero lo alarmó el deje de temeridad de su tono.

—Me gustaría hablar un momento contigo —comentó en voz baja tirándole de la manga.

—Querido George… ¡Queridísimo George! —exclamó sir Richard sonriendo con afabilidad—. Habrás notado que no estoy del todo… sobrio. Esta noche preferiría no hablar con nadie.

—En ese caso, pasaré a verte por la mañana —repuso George, olvidando que ya era casi de día.

—Mañana por la mañana tendré un dolor de cabeza espantoso. —Y salió del club con el sombrero ladeado y su bastón de ébano bajo un brazo. Rechazó el ofrecimiento que le hizo el portero de llamar un coche, y explicó con dulzura—: Estoy completamente borracho, así que iré caminando.

El portero sonrió. Había visto a muchos caballeros en todas las etapas de la embriaguez, y no creía que sir Richard, que hablaba sin apenas ganguear y que andaba completamente derecho, estuviera en apuros. De no ser porque lo conocía muy bien, no habría notado nada raro en él, salvo que echó a andar en sentido opuesto a St. James’s Square. Entonces se sintió obligado a comentárselo, pero le pidió disculpas cuando el caballero replicó:

—Lo sé. Mas el amanecer me llama. Voy a dar un largo paseo.

—Por supuesto, señor —dijo el portero, y se apartó.

Un poco mareado por el contacto repentino con la fría atmósfera de la calle, el joven echó a andar sin rumbo fijo hacia el norte.

Al cabo de un rato se le pasó el mareo. Caviló con indiferencia que pronto empezaría a dolerle la cabeza, que se encontraría fatal y que sentiría lástima de sí mismo. Sin embargo, los efectos del brandy todavía lo ofuscaban y, de repente, se notó poseído por una extraña irresponsabilidad. Se sentía imprudente, distante, alejado de su pasado y de su futuro. El amanecer derramaba una luz grisácea por las silenciosas calles, y la brisa que le acariciaba las mejillas era lo bastante fría para que se alegrara de llevar una capa de noche ligera. Llegó a Brook Street y rió mientras contemplaba las cerradas ventanas de la casa de Saar. «¡Mi dulce prometida! —se dijo, y lanzó un beso hacia la casa—. ¡Qué idiota soy, Dios mío!».

Repitió la frase dos veces, vagamente satisfecho con su comentario, y echó a andar por la larga calle. Pensó que su dulce prometida no se sentiría muy halagada si pudiera verlo en aquel estado, pensamiento que lo hizo reír otra vez. El vigilante con quien se cruzó en el extremo norte de Grosvenor Square lo miró con recelo y lo rehuyó. Los caballeros que se encontraban en el estado de sir Richard a veces se divertían con un pasatiempo insulso conocido como «zurrar al vigilante», de modo que aquel miembro del meritorio cuerpo no deseaba meterse en líos.

Sir Richard no lo vio, y para hacer justicia hay que decir que no habría sentido ninguna tentación de molestarlo si hubiera reparado en él. Aunque no estaba muy lúcido, era consciente de ser la persona más desgraciada del mundo. Eso lo amargaba, como si la humanidad entera se hubiera aliado contra él. Distraídamente, torció por una tranquila calle secundaria, mientras con cinismo se compadecía de su persona, pensando que en los diez años pasados en los mejores círculos sociales no había tenido la suerte, tan poco extraordinaria, de conocer a ninguna mujer cuyos encantos le hubieran privado de una sola hora de sueño. Y nada indicaba que su suerte fuera a mejorar en el futuro.

—Y supongo que eso —dijo a un farol de gas— es lo mejor que podría pasarme, ya que estoy a punto de proponerle matrimonio a Melissa Brandon.

Fue en ese instante cuando reparó en una circunstancia extraña. Alguien estaba saliendo por la ventana del segundo piso de una de las señoriales casas de la acera de enfrente.

Se quedó inmóvil y parpadeó ante la inesperada visión. Todavía experimentaba aquella divina indiferencia; le interesaba lo que veía, pero no le preocupaba lo más mínimo. «Debe de tratarse de un ladrón», se dijo, y se apoyó con aire desenfadado en su bastón para contemplar el final de la aventura. Su adormilada mirada descubrió que quien estaba huyendo de la casa señorial se proponía hacerlo con unas sábanas anudadas que no llegaban hasta el suelo. «No, no es un ladrón», rectificó, y cruzó la calle.

Cuando llegó a la acera de enfrente, el misterioso personaje ya había alcanzado, fortuitamente, el final de su improvisada cuerda y colgaba de forma precaria a cierta distancia del suelo, tratando de encontrar algún apoyo para el pie en la fachada del edificio. Sir Richard comprobó entonces que se trataba de alguien muy joven —sólo un niño, de hecho—, y fue sin prisas en su ayuda.

El fugitivo lo vio cuando llegaba a los escalones del patio y, entre asustado y agradecido, profirió un grito ahogado:

—¡Oh! ¿Podría usted ayudarme, por favor? Ignoraba que hubiera tanta altura. Creí que podría saltar, pero me parece que no me atrevo.

—Simpático jovencito —dijo sir Richard contemplando el ruborizado rostro que, a su vez, lo observaba a él—, ¿qué haces colgado de esa cuerda?

—¡Chis! —le rogó el fugitivo—. ¿Cree que podrá cogerme si me suelto?

—Haré lo que pueda —prometió el caballero.

Los pies del fugitivo estaban casi al alcance de su mano, y cinco segundos más tarde, caía en los brazos de Richard con un impulso que lo hizo tambalearse hasta casi perder el equilibrio. Lo sujetó de milagro y abrazó contra su pecho un cuerpo inesperadamente ligero.

No estaba muy sobrio que digamos, pero aunque el brandy le había provocado una sensación de irresponsabilidad nada desagradable, no le había nublado por completo el intelecto. Con el fugitivo en brazos y sus rizos haciéndole cosquillas en la barbilla, realizó un descubrimiento sorprendente.

—Vaya, veo que no es usted ningún jovencito —dijo con toda naturalidad depositándola en el suelo.

—No; soy una jovencita —replicó ella, al parecer impasible ante el hallazgo del caballero—. Pero vayámonos de aquí antes de que despierten, por favor.

—¿Quiénes?

—Mi tía, ¡todos! —susurró la fugitiva—. Le agradezco mucho que me haya ayudado. ¿Podría desatar este nudo, por favor? Es que he tenido que atarme el fardo a la espalda, y ahora no puedo desatarlo. ¿Y dónde está mi sombrero?

—Se le ha caído —dijo sir Richard, y lo recogió del suelo para sacudirle el polvo con la manga—. Verá, no estoy muy sobrio. De hecho estoy borracho, pero me da la impresión de que todo esto es un poco… ¿cómo expresarlo? Irregular.

—Sí, pero no tenía opción —explicó la fugitiva, volviéndose para ver qué hacía el hombre con el recalcitrante nudo.

—¡Hágame el favor de estarse quieta! —ordenó él.

—Lo siento. No me explico que el nudo se haya apretado tanto. ¡Gracias! ¡Le estoy inmensamente agradecida!

—¿Es usted una ladrona? —inquirió él, examinando el fardo con su monóculo.

La muchacha rió, pero enseguida se contuvo.

—No, pues claro que no. No he conseguido hacerme con una sombrerera, así que he tenido que envolver todas mis cosas en un chal.

—Borracho estoy, de eso no cabe duda, pero todavía conservo algo de cordura. No puede pasearse por las calles de Londres a estas horas de la noche, y menos aún vestida de esa guisa. Creo que debería llamar a esa puerta y entregarla a su… ha dicho tía, ¿verdad?

Dos agitadas manos lo agarraron del brazo.

—¡No lo haga! —suplicó la joven—. ¡Se lo ruego, no lo haga!

—¿Y qué voy a hacer con usted?

—Nada. Sólo dígame cómo se llega a Holborn.

—¿Por qué a Holborn?

—Debo ir a la taberna White Horse. Allí cogeré la diligencia para Bristol.

—De ninguna manera. No la ayudaré a ir a ninguna parte si no me cuenta toda su historia. Tengo motivos para creer que es usted una criminal peligrosa.

—¡No lo soy! —protestó ella, indignada—. ¡Cualquiera con una pizca de sensibilidad se compadecería de mí! Estoy huyendo de la más espantosa persecución.

—¡Qué suerte! —exclamó sir Richard cogiendo el fardo—. Ojalá pudiera hacer lo mismo. Vámonos de este barrio. Nunca había visto una calle más deprimente que ésta. No sé cómo he venido a parar aquí. ¿Cree que nuestro agradable encuentro mejoraría si intercambiáramos nuestros nombres, o viaja usted de incógnito?

—Sí, tendré que inventarme una identidad falsa. No lo había pensado. Mi verdadero nombre es Penelope Creed. ¿Cómo se llama usted?

—Me llamo Richard Wyndham. A su servicio.

—¿Wyndham el dandi? —preguntó la señorita Creed, que al parecer estaba muy bien informada.

—Exacto, Wyndham el dandi —confirmó él, e inclinó la cabeza—. ¿Nos conocemos de algo?

—No, pero he oído hablar de usted, por supuesto. Mi primo siempre intenta atarse el fular con un nudo Wyndham. Al menos así lo llama él, aunque a mí me parece un lío.

—Entonces no es un nudo Wyndham.

—Eso mismo pensaba yo. Mi primo se las da de dandi, pero tiene cara de pez. Quieren que me case con él.

—¡Qué horror! —exclamó el caballero estremeciéndose.

—¡Ya le he advertido que se compadecería de mí! —replicó la joven—. Y ahora, ¿me ayudará a llegar a Holborn?

—No.

—¡Tiene que ayudarme! —insistió ella con un deje de pánico—. ¿Adónde vamos?

—No puedo pasarme toda la noche recorriendo las calles. Será mejor que vayamos a mi casa a discutir este asunto.

—¡No! —saltó la señorita Creed, y se paró en medio de la calzada.

Sir Richard suspiró.

—No se le ocurra pensar que pueda tener malas intenciones respecto a usted. Supongo que podría ser su padre. ¿Qué edad tiene?

—Acabo de cumplir diecisiete.

—Y yo tengo casi treinta.

—¡Usted no podría ser mi padre! —exclamó ella tras reflexionar un momento.

—Estoy demasiado borracho para resolver problemas aritméticos. Me limitaré a afirmar que no albergo la menor intención de cortejarla.

—En ese caso, no me importa acompañarlo —aseguró la señorita Creed con solemnidad—. ¿De verdad está borracho?

—Terriblemente.

—Le aseguro que nadie lo diría. Aguanta usted muy bien la bebida.

—Y usted habla como si tuviera mucha experiencia en la materia.

—Mi padre afirmaba que era muy importante ver cómo se comportaba un hombre cuando bebía. Mi primo se vuelve tonto.

—Mire —dijo sir Richard frunciendo el ceño—, cuanto más oigo hablar de ese primo suyo, más me convenzo de que no deberían permitir que contrajera matrimonio con él. ¿Dónde estamos?

—En Piccadilly, creo.

—¡Estupendo! Vivo en Saint James’s Square. ¿Por qué quieren que se case con él?

—Porque cargo con la maldición de una gran fortuna —respondió ella en tono lastimero.

—¿La maldición de una gran fortuna? —repitió él, y se detuvo en medio de la acera.

—Sí. Verá, mi padre no tuvo más hijos, y creo que soy tremendamente rica, además de poseer una casa en Somerset, donde no me dejan vivir. Cuando murió mi padre, tuve que irme a vivir con mi tía Almería. Entonces sólo contaba doce años. Y ahora mi tía se ha empeñado en que me case con mi primo Frederick. Por eso me he escapado.

—¿Ese tipo con cara de pez?

—El mismo.

—Ha hecho usted bien —declaró sir Richard.

—Me pareció lo mejor.

—No lo dude. ¿Y por qué Holborn?

—Ya se lo he dicho —contestó la señorita Creed con paciencia—. Quiero tomar la diligencia de Bristol.

—¡Ah! ¿Y por qué Bristol?

—Bueno, no voy a Bristol exactamente, pero mi casa está en Somerset, donde vive un buen amigo. Hace casi cinco años que no lo veo, pero de niños jugábamos juntos; nos pinchamos en el dedo, mezclamos nuestras sangres y juramos casarnos cuando creciéramos.

—¡Qué romántico!

—¿Verdad que sí? —repuso la joven con entusiasmo—. Usted no está casado, ¿verdad?

—No. ¡Oh…! ¡Dios mío!

—¿Qué sucede?

—Acabo de recordar que dentro de poco lo estaré.

—¿Y no quiere?

—No.

—¡Pero si nadie puede obligarlo!

—No conoce a mi familia, jovencita —repuso sir Richard con amargura.

—¿Se pusieron muy pesados? ¿Y le aseguraron que era su obligación? ¿Y lo acosaron? ¿Y le gritaron?

—Algo por el estilo. ¿Es lo mismo que le hicieron a usted?

—Sí. Por eso he robado un traje a Geoffrey y he escapado por la ventana.

—¿Quién es Geoffrey?

—Mi otro primo. Está en Harrow, y usamos la misma talla. ¿Es ésa su casa?

—Sí, ahí vivo.

—¡Un momento! ¿No estará despierto el portero para abrirle la puerta?

—No me gusta que mis empleados me esperen levantados —explicó sir Richard, y sacó una llave del bolsillo para introducirla en la cerradura.

—Pero supongo que dispondrá de un ayuda de cámara —insistió la señorita Creed, apartándose de la puerta—. Estará esperándolo para ayudarle a acostarse.

—Cierto —concedió sir Richard—. Pero no irá a mi habitación hasta que toque la campanilla. Señorita, no tiene nada que temer.

—Bueno, en ese caso… —repuso ella, aliviada, y lo siguió con aire risueño y despreocupado.

En el recibidor había una lámpara encendida, y también un candelero con una vela encima de una mesa de mármol, preparado para su llegada. Sir Richard encendió la vela acercándola a la lámpara y condujo a su invitada a la biblioteca, iluminada por otras velas dispuestas en candelabros de pared. Encendió unas cuantas y se volvió para examinar a la señorita Creed.

La joven se había quitado el sombrero y estaba plantada en medio de la habitación mirando alrededor con interés. Su cabello rubio rojizo formaba delicados rizos en la parte alta de la cabeza, y estaba cortado de forma irregular en la nuca; sus ojos, de un azul intenso, muy grandes y confiados, brillaban de alegría. Tenía una nariz pequeña con algunas pecas, barbilla firme y hoyuelos en las mejillas.

—¡Parece usted un auténtico pilluelo! —observó con ojo crítico el caballero, en absoluto impresionado por esos encantos.

—Ah, ¿sí? ¿En serio? —dijo ella, alzando la sincera mirada y tomándolo como un cumplido.

Los ojos de él recorrieron lentamente las prestadas vestiduras de la joven.

—¡Qué espanto! ¿Acaso creía que se había atado ese… esa farsa de fular con un nudo Wyndham?

—No, pero tenga en cuenta que es la primera vez que me ato uno —explicó ella.

—Eso es evidente. ¡Venga aquí!

La joven se acercó, obediente, y permaneció quieta mientras los expertos dedos de su anfitrión trabajaban con los arrugados pliegues del fular.

—No, esto queda incluso fuera de mis habilidades —acabó admitiendo él—. Tendré que prestarle uno de mis fulares. No importa; tome asiento y hablemos del asunto que nos ocupa. Aunque estoy un tanto confuso, si no recuerdo mal me ha dicho que iba a Somerset a casarse con un amigo de la infancia.

—Sí, Piers Luttrell —confirmó, sentándose en una gran butaca.

—Y también me ha dicho que sólo tiene diecisiete años.

—Y medio —corrigió ella.

—Está bien, diecisiete años y medio. ¿Y se propone emprender ese viaje en una diligencia?

—Así es.

—Y por si fuera poco, viaja usted sola.

—Por supuesto.

—Mi querida jovencita, quizá esté borracho, pero no tanto como para consentir tan fantástico plan, créame.

—No me parece que esté usted borracho. Además, este viaje no tiene nada que ver con usted. No puede interferir en mis asuntos sólo por haberme ayudado a bajar de una ventana.

—No la he ayudado solamente a bajar de una ventana. Hummm… algo me dice que debería devolverla a su familia cuanto antes.

—Si hace usted eso, será lo más cruel… —dijo ella con voz débil pero muy clara —, ¡lo más traicionero que haya hecho en su vida!

—Supongo que sí.

Hubo una pausa. Con un solo dedo, sir Richard sacó una caja de rapé de un bolsillito de su chaleco y tomó un pellizco. La señorita Creed tragó saliva y dijo:

—Si conociera usted a mi primo, lo entendería —aseguró ella. Él la miró, pero no replicó—. Babea —añadió, desesperada.

—No se hable más —determinó sir Richard cerrando su caja de rapé—. La acompañaré a Somerset para que se reúna con su amigo de la infancia.

—¿Usted? ¡Pero si no puede! —exclamó la joven ruborizándose.

—¿Por qué no voy a poder?

—Pues… porque no lo conozco, y puedo ir sola, y… Bueno, es absurdo. Ahora me doy cuenta de que sí está borracho.

—Permítame informarle que ese aire remilgado no encaja con su atuendo. Además, no me gusta. O viene conmigo a Somerset o la devuelvo a casa de su tía. ¡Elija!

—¡Piénselo un momento, por favor! —suplicó—. Ya sabe que no me queda más remedio que viajar de incógnito. No sabe en qué lío va a meterse si me acompaña.

—No sé en qué lío voy a meterme —repitió sir Richard lentamente—. No sé… Jovencita, no tiene alternativa: la llevaré a Somerset.