El dandi
Capítulo 13
Después de recobrarse un poco con el vino, Cedric suspiró y negó con la cabeza.
—Nada, a mí sigue pareciéndome muy extraño —declaró—. Las mujeres no caen de las ventanas así como así.
—Es que no me caí, exactamente. Salí por ella, pues estaba huyendo de mis parientes.
—Caramba, yo quise escapar de ellos muchas veces, pero nunca se me ocurrió hacerlo por una ventana.
—¡Claro que no! —repuso Pen—. ¡Porque es un hombre!
Cedric no parecía satisfecho.
—¿Y sólo las mujeres escapan por las ventanas? Aquí hay algo que no encaja.
—Es usted tremendamente lerdo. Huí por la ventana porque por la puerta habría resultado peligroso. Y sir Richard pasaba por allí por casualidad, lo cual fue una gran suerte, dado que las sábanas no eran lo bastante largas y tuve que saltar.
—¿Me está diciendo que bajó aferrándose a unas sábanas? —inquirió Cedric.
—Sí, por supuesto. ¿Cómo si no?
—¡Asombroso! —exclamó él, admirado.
—¡No fue nada! Cuando sir Richard descubrió que yo no era un muchacho, decidió que no sería correcto que viniera hasta aquí sola, así que me llevó a su casa, me cortó el pelo por detrás, me anudó bien el fular y… ¡y por eso encontraron esas cosas en la biblioteca!
Cedric miró de soslayo a su amigo.
—¡Diantre, Ricky, sabía que habías bebido, pero jamás pensé que estuvieras tan descompuesto!
—Sí —admitió el otro, pensativo—, creo que estaba un poco más embriagado de lo que sospechaba.
—¿Embriagado? Querido amigo, debiste de coger una melopea de miedo. ¿Y cómo demonios llegasteis aquí? Porque ahora recuerdo que George comentó que todos tus caballos estaban en el establo. ¡No me digas que viajasteis en un coche de alquiler!
—No. Vinimos en la diligencia.
—En la… la… —balbuceó Cedric.
—Eso fue idea de Pen —aclaró Wyndham—. Confieso que no estaba a favor de esa opción, y sigo considerando que la diligencia es un vehículo abominable; pero no se puede negar que el viaje resultó sumamente entretenido. La verdad es que viajar en silla de posta habría resultado de todo punto aburrido. La diligencia volcó en una zanja; entablamos amistad con un ladrón; nos encontramos en posesión de bienes robados; colaboramos en una fuga y descubrimos un asesinato. Jamás había soñado que la vida pudiera resultar tan emocionante.
Cedric, que lo miraba boquiabierto, se echó a reír.
—¡Dios mío, nunca me recuperaré de esto! ¡Tú, Ricky! ¡Cielos, y pensar que Louisa aseguraba que serías incapaz de hacer nada impropio de un hombre elegante, que George creía que estabas en el fondo del río y que Melissa opinaba que habías ido a ver un taller textil! ¡Dios mío, cómo se enfurecerá! ¡Va a subirse por las paredes, caramba! —Volvió a enjugarse las lágrimas con el pañuelo Belcher—. Tendrás que pagarme el ingreso en el ejército, Ricky. Me lo debes, porque fui yo quien te aconsejó que huyeras, ¿no?
—¡Pero él no huyó! —protestó Pen—. La que escapó fui yo.
—¡Claro que huí! —la corrigió él y tomó un pellizco de rapé.
—¡No, en absoluto! ¡Sabe muy bien que sólo vino para cuidar de mí! ¡Aseguró que no podía permitir que viajara sola!
Cedric la miró con desconcierto.
—La verdad es que no entiendo nada —admitió—. Si os conocisteis hace sólo tres noches, no tiene sentido que estéis fugándoos.
—¡Claro que no estamos fugándonos! Vine aquí para ocuparme de un asunto privado, y Richard se hizo pasar por mi tutor. ¡Nadie habló de fugas!
—¿Tu tutor? ¡Madre mía! ¿No decías que era tu primo?
—Mi querido Cedric, no seas tan rígido —le suplicó Wyndham—. Hasta el momento me hice pasar por tutor, tío, fideicomisario y primo.
—A mí me pareces una cría con pésimos modales —le soltó Cedric a Pen con severidad—. ¿Cuántos años tienes?
—Diecisiete, pero no veo por qué eso tenga que importarle.
—¡Diecisiete años! —Cedric miró consternado a su amigo—. ¡Estás loco, Ricky! ¡Estáis apañados! ¿Qué dirán tu madre y Louisa, por no hablar de mi hermana? ¿Cuándo es la boda?
—De eso estábamos hablando cuando has entrado.
—Será mejor que os caséis discretamente en algún sitio donde no te conozcan. Ya sabes cómo es la gente —aconsejó Cedric negando con la cabeza—. ¡Bueno, supongo que seré el padrino!
—No —repuso Pen, sonrojada—. Porque no vamos a casarnos. Sería absurdo.
—Ya sé que lo sería —replicó Cedric con franqueza—. Pero deberíais haberlo pensado antes de empezar a pasearos por el país de esta manera. Ahora ya no os queda más remedio que casaros.
—¡No pienso casarme! —insistió la joven—. Nadie tiene por qué saber que no soy un muchacho, excepto usted, y otra persona que no tiene importancia.
—¡Pero, querida amiga, no es posible! Créeme, no lo es. Quizá tú lo ignores, pero Ricky no. Supongo que tampoco sabes que se trata de un excelente partido. ¡Diantre, nosotros confiábamos en que nos salvara de la bancarrota! —añadió, y soltó una risita.
—¡Es usted vulgar y detestable! —declaró Pen—. Poseo mucho dinero; de hecho, soy una heredera, y no tengo intención de casarme con nadie.
—¡Pero qué desperdicio! —protestó Cedric—. Ya que eres una heredera y no soportas la idea de casarte con Ricky (cosa que no te reprocho, pues es un caso perdido y jamás ha mirado a una mujer con intenciones serias), ¿te importaría casarte conmigo?
—Tu conversación resulta siempre de lo más edificante, querido Cedric — comentó sir Richard con frialdad.
—No, gracias. No deseo casarme con usted —contestó Pen riendo, pues no se había ofendido.
—Ya me lo temía. Entonces tendrás que conformarte con Ricky, no hay ninguna otra alternativa. Sin embargo, eres demasiado joven para él, eso no puede negarse. ¡Diantre, no me explico cómo se os ocurrió meteros en esta aventura tan descabellada!
—Es que estás equivocado, Cedric —explicó su amigo—. No hay nada que desee más que casarme con Pen.
—¡Vaya! —exclamó Cedric—. ¡Y yo que creía que eras un caso perdido!
—Voy a acostarme —anunció Pen.
Sir Richard fue hacia la puerta para abrírsela.
—Sí, pequeña, ve a dormir. Pero te ruego que no te dejes influir por las toscas palabras de Cedric. Nunca conocí a nadie más desconsiderado que él —le aseguró mientras le cogía una mano para llevársela a los labios—. Que tengas felices sueños, mocosa —añadió en un susurro.
Pen notó un nudo en la garganta, pero consiguió esbozar una sonrisa y salió, aunque antes de alejarse oyó a Cedric exclamar:
—¡Ricky! No estarás enamorado de esa cría, ¿verdad?
—Me parece que sería más conveniente que habláramos de las circunstancias que te han traído aquí, Cedric —propuso Wyndham cerrando la puerta.
—¡Sí, por supuesto! —se apresuró a corroborar el otro—. ¡Discúlpame! No tenía intención de entrometerme en tus asuntos, querido amigo, te lo aseguro. ¡No pongas esa cara! ¡Ya me conoces! Carezco de todo sentido de la discreción.
—Eso me temo —convino sir Richard con aspereza.
—No diré ni pío —prometió su amigo—. Pero tú, precisamente, Ricky… Eso es lo que me sorprende. En fin, no es asunto mío. ¿Qué me contabas de Bev?
—Tu hermano ha muerto. Creo que eso es lo más importante.
—Bueno, no voy a fingir que su muerte me haya afectado mucho. Mi hermano no era buena persona, te lo aseguro. Dime, ¿qué hacía en ese bosquecillo que has mencionado?
—De hecho acudió allí para reunirse conmigo.
Cedric lo miró con ceño.
—Sigo sin entenderlo. ¿Por qué, Ricky?
—Verás, Beverley había decidido extorsionarme so amenaza de divulgar el hecho de que mi presunto primo era una muchacha disfrazada.
—Sí, muy típico de Bev —admitió Cedric asintiendo con la cabeza—. Y te ofreciste a pagar sus deudas, ¿no?
—¡Eso ya lo había hecho antes! Por desgracia, el capitán Trimble se enteró de que me había citado con tu hermano en el bosquecillo, y se me adelantó. Supongo que no tenía más intención que robarle. Un testigo que presenció el encuentro describió cómo se pelearon y cómo Trimble derribó a Beverley de un puñetazo, luego rebuscó en sus bolsillos y se marchó. Seguramente creyó que sólo lo había dejado inconsciente, pero el pobre se había desnucado.
—¡Caramba! —dijo Cedric, y silbó consternado—. ¡Entonces es peor de lo que imaginaba! ¡Diantre! No habrá forma de mantenerlo en secreto. Supongo que nadie te relaciona con el asesinato de mi hermano, ¿verdad?
—Lo cierto es que no gozo de muy buena reputación en esta región, pero hasta ahora no me han acusado de nada. Dime, ¿qué has venido a hacer aquí concretamente?
—A sonsacarle la verdad a Bev, por supuesto. No podía quitarme de la cabeza que se hallaba tras el asunto del robo, porque estaba muy endeudado. Además, mi padre quería que hiciera volver al sabueso, pero no encontré ni rastro de él. Si lo viste en el camino de Bristol, es lógico que no me lo topara. Fui a Bath. Lo último que sabía de Bev era que estaba allí, con Freddie Fotheringham. Freddie me contó que mi hermano se había marchado a casa de los Luttrell, que viven cerca de aquí. Así que fui a visitar a mi madre, le sonsaqué la historia del robo y vine aquí. ¿Qué podemos hacer?
—Creo que deberías hablar con el juez de paz. Hoy detuvieron en Bath a un hombre que podría ser Trimble, pero ignoro si tenía el collar.
—¡Estoy deseando dar con esa maldita joya! No me gustaría que se descubriera la verdad. Pero ¿qué piensas hacer tú? Me da la impresión de que también te encuentras en un buen apuro.
—Esa pregunta podré responderla mañana, después de hablar con Pen.
Sin embargo, sir Richard no iba a tener la oportunidad de hablar con la señorita Creed a la mañana siguiente. La joven, que había ido a acostarse muy desanimada, pasó largo rato sentada junto a la ventana abierta de su habitación, contemplando el paisaje bañado por la luna. Decidió que había sido el día más triste de su vida, y la repentina aparición de Cedric Brandon en nada había aliviado su pesadumbre. Era evidente que Cedric consideraba que la aventura de Pen sólo era un poco menos fantástica que la idea de casarse con sir Richard. Según sus propias palabras, conocía a su amigo desde que era un crío, de modo que era lógico suponer que lo conocía muy bien. Opinaba que Pen debía casarse con sir Richard, lo que equivalía a afirmar que ella había puesto a su protector en una situación tan comprometida que se veía obligado a proponerle matrimonio. Era tremendamente injusto, caviló la joven, porque Wyndham no estaba sobrio cuando se había empeñado en acompañarla a Somerset, y además, únicamente lo había hecho con intención de protegerla. No se le había ocurrido pensar que un caballero de la edad de sir Richard pudiera ponerla en una situación comprometida, ni hacer peligrar su propio honor. Le había resultado simpático nada más verlo; enseguida se había sentido muy próxima a él, hasta tener la impresión de que lo conocía de siempre. Se consideraba aún más estúpida que Lydia Daubenay por no haberse percatado antes de llegar a Queen Charlton de que se había enamorado locamente de él. Se había negado a pensar en otra cosa que no fuera su encuentro con Piers, aunque tenía que reconocer que cuando llegó a la posada no estaba en absoluto impaciente por avisar a su antiguo compañero de juegos. Y una vez que los dos viejos amigos se hubieron visto cara a cara, él habría tenido que ser un dechado de virtudes para desbancar a sir Richard del corazón de Pen.
La conducta de Piers distaba mucho de ser modélica. En realidad, lo había estropeado todo, pensó Pen. La había acusado de indecorosa y había obligado a sir Richard a realizar una declaración que sin duda el galán no habría hecho por iniciativa propia.
«Porque supongo que no me quiere —se dijo Pen—. No dijo que me amaba hasta que Piers se mostró desagradable; de hecho, me trató como si de verdad fuera un fideicomisario, un tío o alguien mucho mayor que yo. Supongo que por eso lo encontraba todo muy correcto, en absoluto escandaloso. Pero nos metimos en un lío tras otro, y se vio obligado a engatusar a la tía Almería, y luego el tartamudo descubrió que yo era una muchacha, y Piers se comportó de esa manera desagradable, y Lydia me metió en un aprieto con sus estupideces, y llegó el comandante, y ahora ese otro señor Brandon descubre mi secreto, y el resultado es que he puesto al pobre Richard en una situación muy comprometida. Sólo puedo hacer una cosa: huir».
Sin embargo, esa decisión la entristeció en grado sumo, y grandes lágrimas empezaron a resbalar por sus mejillas. Pen se las enjugó, al tiempo que se repetía que no tenía sentido llorar. «Porque si Richard no desea casarse conmigo, yo tampoco quiero casarme con él; y si quiere, supongo que acudirá a buscarme a casa de mi tía. No, no irá. Se olvidará de mí, o se alegrará de haberse librado de una carga tan fastidiosa y maleducada. ¡Ay!».
Estaba tan enfrascada en esas tristes reflexiones que tardó un buen rato en salir de su ensimismamiento y meterse en la cama. Hasta se olvidó de la fuga que había ayudado a organizar, y cuando oyó las campanadas que indicaban la medianoche, ni siquiera recordó que Lydia debía de estar subiendo a la silla de posta, con la jaula de los periquitos o sin ella.
Pasó muy mala noche: tuvo sueños muy inquietantes y se movió tanto de un lado para otro que las sábanas y las mantas se soltaron, lo que le provocó tal incomodidad que a las seis de la mañana, cuando por fin despertó y encontró la habitación iluminada por el sol, se alegró de salir de ella.
Una parte considerable de las horas de insomnio las había pasado pensando cómo podría huir sin que se enterara sir Richard. Recordó que había en el pueblo un transportista que viajaba a Bristol ciertos días, y decidió pedirle que la llevara en su carromato o, en caso de que no se tratara de uno de esos días, ir caminando hasta Bristol, y una vez allí comprar un billete para la diligencia de Londres. Bristol se hallaba a sólo nueve o diez kilómetros de Queen Charlton, y además era razonable pensar que algún vehículo que pasara por el camino se ofrecería a llevarla hasta la ciudad.
Empezó a vestirse y casi se echó a llorar otra vez mientras peleaba con los pliegues de su almidonado fular de muselina, porque era uno de los de Richard. Una vez preparada, metió sus escasas pertenencias en la bolsa de viaje que él le prestara y bajó de puntillas al salón.
Los sirvientes todavía no habían entrado en la estancia para abrir los postigos y ordenarla, aunque Pen los oía afanarse de un lado a otro en el comedor y la cocina. El salón, todavía desordenado, como lo habían dejado la noche anterior, ofrecía un aspecto descorazonador. Pen abrió los postigos y se sentó ante una mesita para escribir una carta de despedida a su protector.
Le costó gran esfuerzo redactarla, y tuvo que sonarse la nariz varias veces. Cuando por fin hubo concluido, la leyó no muy convencida y trató de borrar un manchón. No era una misiva de su completo agrado, pero no disponía de tiempo para escribir otra, así que la dobló, la selló, escribió el nombre de sir Richard y la dejó en la repisa de la chimenea.
En el vestíbulo encontró al taciturno camarero que los había atendido la noche anterior. Su mirada, aún más apagada de lo habitual, no pareció interesarse en el hecho de que Pen se hubiera levantado tan temprano y se limitó a contemplar con aire meditabundo la bolsa de viaje que la joven sujetaba.
Pen le explicó que tenía que ir a Bristol, y le preguntó si el transportista iba a pasar ese día por la posada. El camarero respondió que no, porque no pasaba los viernes.
—Si lo hubiera necesitado ayer, lo habría encontrado —añadió con un deje de reproche.
—En ese caso tendré que ir andando —dijo Pen, y suspiró hondo.
El camarero acogió esta declaración sin interés, pero cuando Pen se disponía a abrir la puerta, recordó algo y dijo con similar falta de entusiasmo:
—La señora va a ir a Bristol en el tílburi.
—¿Cree que querrá llevarme?
El hombre no quiso opinar, pero se ofreció para preguntarlo. Aun así, Pen declinó la oferta y decidió ir en persona a pedírselo, de modo que se dirigió al patio trasero de la posada, donde encontró a la mesonera metiendo un cesto en el tílburi y disponiéndose a montar.
A la mujer le sorprendió la petición del joven y miró con recelo su bolsa de viaje; pero era una persona simpática y bondadosa, y después de que Pen le asegurara, mendaz, que sir Richard se hallaba al corriente de su viaje, permitió que subiera al tílburi y que pusiera la bolsa de viaje bajo el asiento. Su hijo, un joven flemático que se pasaría todo el camino mascando una paja, tomó las riendas y unos minutos más tarde el grupo avanzaba por la calle del pueblo con paso lento pero regular.
—Bueno, sólo espero no estar haciendo nada indebido —comentó la señora Hopkins en cuanto se hubo recuperado del esfuerzo de subir al tílburi—. No me gusta entrometerme en los asuntos de la gente, pero si está usted huyendo del caballero a cuyo cargo se encuentra, voy a tener problemas.
—¡Claro que no, señora! —mintió Pen—. Verá, es que no tenemos nuestro coche aquí, porque en ese caso… en ese caso no habría necesitado molestarla.
La señora Hopkins repuso que no era ninguna molestia y añadió que se alegraba de tener compañía. Cuando se enteró de que la joven no había desayunado, quedó horrorizada, y con gran esfuerzo sacó el cesto de debajo del asiento y extrajo un gran paquete de bocadillos, una tarta envuelta en una servilleta y una botella de té frío. Pen aceptó un bocadillo, pero rechazó la tarta, y entonces la señora Hopkins confesó que, aunque estaba dispuesta a compartirla con el joven caballero, la tarta en cuestión era un regalo para su tía, que vivía en Bristol. A continuación reveló que iba a la ciudad a recoger a una hija de su hermana que llegaba esa mañana en la diligencia de Londres y que iba a trabajar como camarera en el George. Una vez que la conversación se volvió fluida, el viaje transcurrió agradablemente. La señora Hopkins proporcionó a Pen un relato tan exhaustivo de las diversas tribulaciones y vicisitudes de cada uno de los miembros de su familia que para cuando el tílburi se detuvo frente a una posada del centro de Bristol, la joven tenía la impresión de que no podía haber mucho que no supiera sobre los parientes de la buena mujer.
La diligencia no llegaba a Bristol hasta las nueve, hora en que salía de la posada el coche con destino a Londres. La señora Hopkins fue a visitar a su tía, y Pen, que ya había comprado el billete y dejado la bolsa de viaje en la posada, salió a gastarse las últimas monedas que le quedaban en provisiones para el viaje.
Las calles estaban desiertas a esas horas de la mañana, y algunas tiendas todavía no habían descorrido los postigos; pero tras pasear unos minutos y observar con interés los cambios que, en cinco años, se habían operado en la ciudad, se topó con una casa de comidas abierta. El olor de las tartas recién hechas le despertó el apetito, así que entró y llevó a cabo una meticulosa selección de las viandas expuestas.
Al salir de la tienda, todavía faltaba media hora para que partiera la diligencia, de modo que decidió acercarse al mercado, donde bastantes tenderos ponían ya en marcha sus negocios. Pen divisó a la señora Hopkins regateando con un vendedor por el precio de una pieza de percal, pero, como no le interesaba conocer más detalles sobre la familia Hopkins, la evitó mientras fingía examinar los artículos de una relojería. Tan concentrada estaba en esquivar la maternal mirada de la posadera, que no se percató de que a ella también estaba observándola un tipo robusto con un abrigo de lana gruesa y un sombrero de ala ancha, que al cabo se le acercó y, poniéndole una pesada mano en el hombro, dijo con voz grave:
—¡Pillado!
Pen dio un respingo, como si fuera culpable de algo, y se volvió, muy alarmada. Aquella voz le resultaba familiar; con gran consternación se encontró ante el rostro del agente de Bow Street que alcanzara a Jimmy Yarde en la posada cerca de Wroxham.
—¡Oh! —dijo con voz débil—. ¡Oh! ¿No es usted… el hombre que conocí… el otro día? ¿Qué tal está? Hace un día precioso, ¿verdad?
—Así es, joven —repuso el agente con severidad—. Y me alegro de que nos hayamos encontrado, porque me interesaba mucho volver a hablar con usted. Y cuando a Nat Gudgeon le interesa hablar con alguien, lo consigue, eso no falla. Venga conmigo.
—¡Pero si no he hecho nada malo! ¡De verdad! —protestó Pen.
—Si no ha hecho nada malo, entonces no tiene por qué temerme —razonó Gudgeon esbozando una sonrisa que a la joven le pareció diabólica—. Pero usted, joven, y ese elegante caballero que lo acompañaba se marcharon con muchas prisas de la posada. Y eso me ha dado que pensar. ¡Como si mi presencia les resultara desagradable!
—¡No, no, en absoluto! Nada nos retenía allí, y ya llevábamos mucho retraso.
—En fin —dijo el agente soltándole el hombro y agarrándola con fuerza por encima del codo—. Me gustaría formularle unas preguntas. Y no cometa el grave error de intentar escabullirse, porque de nada le servirá. ¿Por casualidad no habrá oído hablar de un tipo llamado Yarde? ¿Y reconocería unos brillantes si los viera? ¡Diantre! Si me hubieran pagado un par de peniques por cada pilluelo como usted atrapado y enviado a la cárcel, sería un hombre rico, sí señor. Venga conmigo y deje de intentar engatusarme, porque sabe usted mucho más acerca de cierto collar de brillantes de lo que quiere aparentar.
A esas alturas, varias personas se habían parado a escuchar y estaba formándose un corrillo. Pen miró alrededor, atormentada. Vio la cara de asombro de la señora Hopkins, pero ninguna forma de escapar de allí, y se dio por vencida. Era evidente que el señor Gudgeon estaba decidido a llevársela a la cárcel, o como mínimo a algún sitio en el cual retenerla, donde la joven sospechaba que no tardarían en descubrir su sexo. Entretanto, la multitud iba agolpándose, varias personas preguntaron en voz alta qué había hecho aquel joven caballero y un individuo muy bien informado empezó a explicar a sus vecinos que aquel hombre era un agente de Bow Street venido de Londres. Pen decidió que lo más conveniente era ser sincera. Así pues, no intentó zafarse del agente, y declaró con toda la serenidad de que fue capaz:
—Por supuesto. No me importa acompañarlo. De hecho, sé muy bien lo que quiere, y creo que estoy en condiciones de facilitarle cierta información que le resultará muy valiosa.
Al señor Gudgeon, nada acostumbrado a que se dirigieran a él con tanta sangre fría, no lo ablandaron aquellas palabras.
—¡Qué desfachatez! —exclamó indignado—. ¡Es usted un descarado, jovencito! ¡Y eso que todavía tiene restos de la leche materna en los labios! ¡Venga conmigo, y no intente engañarme!
Una parte de la gente congregada se mostró dispuesta a acompañarlos, pero el agente se dirigió a ellos con tanta fiereza que se dispersaron rápidamente, dejando que condujera su presa fuera del mercado.
—Comete usted un grave error —anunció Pen al agente—. Va en pos de los diamantes de los Brandon, ¿verdad? Pues bien, sé qué pasó con el collar y, de hecho, el señor Brandon quiere que usted deje de buscarlo.
—¡Ja! —exclamó Gudgeon con burla—. ¿No me diga? ¡Jamás había conocido a un crío tan desvergonzado!
—¿Puede hacer el favor de escucharme? Sé quién tiene los diamantes. ¡Es más, ese hombre mató al otro señor Brandon para hacerse con ellos! —El señor Gudgeon sacudió la cabeza, admirado—. ¡Es la verdad, créame! —insistió Pen—. Se llama Trimble, y estaba confabulado con Jimmy Yarde para robar la joya. Pero el robo salió mal, de modo que el collar volvió a manos del señor Beverley Brandon, y entonces el capitán Trimble lo mató y huyó con los diamantes. Y el señor Cedric Brandon está buscándolo a usted por todas partes, y si va a Queen Charlton lo encontrará allí y le confirmará que cuanto le he dicho es cierto.
—¡Jamás había oído nada parecido! —declaró Gudgeon, muy ofendido—. ¡No cabe duda de que es usted un granuja de primera categoría! ¿Puedo preguntarle cómo sabe tantas cosas sobre esos brillantes?
—Conozco al señor Brandon. ¡A los dos señores Brandon! Y estaba en Queen Charlton cuando se cometió el crimen. El señor Philips, el juez de paz, sabe quién soy.
—No le digo ni que sí ni que no —repuso el agente en un tono más suave, sorprendido por la afirmación de Pen—, pero está contándome una historia muy rocambolesca, jovencito, eso ha de reconocerlo.
—Sí, entiendo que pueda parecérselo —concedió Pen. Notó que el agente le aflojaba un poco el brazo y decidió aprovechar su ventaja—. Será mejor que venga enseguida conmigo a Queen Charlton, porque el señor Brandon quiere verlo, y supongo que el señor Philips le agradecerá mucho que lo ayude a dar con el capitán Trimble.
—O mucho me equivoco —dijo despacio el agente, mirándola de reojo—, o es usted el mayor liante que he conocido jamás. Quizá vaya a ese sitio que sugiere, y quizá mientras viajo usted me espere en un sitio donde no pueda causar más problemas.
Se habían metido por una calle ancha atravesada por numerosas callejuelas estrechas. Pen, que no tenía intención de regresar a Queen Charlton, ni de dejarse encerrar en la cárcel de Bristol, aprovechando que el señor Gudgeon ya no la sujetaba tan fuerte, decidió intentar huir.
—Como quiera —repuso con ligereza—. Pero le advierto que el señor Brandon va a enfadarse muchísimo si se entera de que me molestó usted. Como es lógico, no quiero… ¡Oh, mire! ¡Rápido, mire!
Habían llegado a la esquina de una de las callejuelas. Con aquel falso sobresalto, Pen consiguió que el agente se parara en seco.
—¡Allí, doblando esa esquina! ¡Es él! ¡El capitán Trimble! —exclamó la joven, agarrándolo del brazo con la mano libre—. ¡Debe de haberme visto, porque ha echado a correr enseguida! ¡Rápido!
—¿Dónde? —preguntó Gudgeon, desprevenido, mirando a uno y otro lado.
—¡Allí! —señaló la muchacha, y en ese mismo instante se soltó y echó a correr como una liebre por la callejuela.
Oyó gritos a sus espaldas, pero no perdió el tiempo mirando atrás. Una mujer que fregaba a la puerta de su casa gritó «¡Al ladrón!», y un mandadero con un gran cesto colgado del brazo dio un fuerte silbido. Pen llegó al final de la callejuela perseguida por un gran griterío; dobló la esquina, divisó un callejón que conducía a unas viviendas pobres y echó a correr por él.
Se encontró en un laberinto de callejas estrechas con sucias alcantarillas, con casuchas y patios malolientes a causa de la basura acumulada en ellos. Nunca había estado en esa parte de la ciudad, de modo que no tardó mucho en perderse. Sin embargo, eso no la preocupó demasiado, porque ya no oía a sus perseguidores. No creía que la hubieran visto meterse por el callejón, de modo que abrigaba esperanzas razonables de haberles dado esquinazo. Entonces siguió andando, casi sin resuello, en lo que suponía que era dirección este. Después de cruzar varias calles que nunca había pisado, llegó por fin a una parte más respetable de la ciudad y se arriesgó a preguntar cómo se iba a la posada donde había dejado su bolsa de viaje. Descubrió que había pasado de largo, y aún peor: que sólo faltaban unos minutos para las nueve. Quedó tan consternada que su informante, un tipo robusto con pantalones de pana y una chaqueta de lana que se disponía a subir a una calesa, le preguntó si quería coger la diligencia de Londres. Cuando ella contestó que sí, el individuo sentenció con filosofía:
—Pues la has perdido.
—¡Dios mío! ¿Qué voy a hacer ahora? —se lamentó Pen, previendo un día entero de deambular por la ciudad para eludir al agente Gudgeon.
—¿Tienes prisa? —preguntó el granjero, que se había quedado mirándola con aire pensativo.
—¡Sí, mucha! Es que ya pagué el billete.
—Mira, voy a Kingswood. Si quieres puedo llevarte en mi calesa. Seguramente allí podrás tomar la diligencia.
Pen aceptó el ofrecimiento muy agradecida, porque pensó que, aunque no consiguiera coger la diligencia, en Kingswood se hallaría más a salvo de Gudgeon que en Bristol. Por fortuna, el granjero tenía un caballo joven y rápido, y llegaron al camino de Londres antes de que la pesada diligencia se hubiera marchado. Dejó a Pen en Kingswood, frente a la puerta de la posada, y tras comprobar que la diligencia todavía no había pasado por allí, se despidió alegremente de la joven y prosiguió su camino.
Pen tenía la impresión de que había evitado el desastre por los pelos. Se sentó en el banco que había frente al establecimiento y se dispuso a esperar la llegada de la diligencia. El coche tardó, pero cuando al fin apareció y Pen entregó el billete, el guardia pareció tomarse como una afrenta personal que no hubiera montado en Bristol. Con maliciosa satisfacción, le comunicó que la bolsa de viaje se había quedado en la posada Talbot, pero tras mucho protestar admitió que la joven tenía derecho a ocupar un asiento en la diligencia, así que bajó el estribo para dejarla subir. Pen se apretujó entre un tipo gordo y una mujer con un niño malhumorado en brazos; cerraron la portezuela, recogieron el estribo y el vehículo reanudó su lento y pesado viaje a Londres.