El dandi

Georgette Heyer · Capítulo 1 de 14

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El dandi

Capítulo 1

Un mayordomo acompañó a disgusto al grupo, compuesto por dos damas y un remiso caballero, al salón Amarillo de la casa de sir Richard Wyndham en St. James’s Square. El caballero —que pese a no haber pasado la treintena ya mostraba una lamentable tendencia a engordar— debió de advertir la desaprobación del circunspecto mayordomo, pues cuando éste informó a la mayor de las mujeres que sir Richard no se hallaba en casa, lo miró contrito —no como un aristócrata a una persona de rango inferior, sino como un hombre indefenso mira a otro— y dijo en tono suplicante:

—En ese caso, ¿no cree usted, lady Wyndham…? Louisa, ¿no sería mejor que…? No vale la pena que entremos, ¿no te parece, querida?

Pero ni su esposa ni su suegra hicieron el menor caso de su aprensión.

—Si mi hermano ha salido, esperaremos hasta que regrese —declaró Louisa con brío.

—Tu pobre padre nunca se encontraba en casa cuando se lo necesitaba —se lamentó lady Wyndham—. Me desespera constatar que Richard cada día se le parece más —añadió, con un tono tan lacrimógeno que parecía dispuesta a echarse a llorar allí mismo, en la puerta de la casa de su hijo.

Lord George Trevor reparó con cierta inquietud en un pañuelo sujeto por una delgada y enguantada mano, y no puso más objeciones a adentrarse en el edificio detrás de las dos damas.

Lady Trevor rechazó los refrigerios que le ofrecieron y condujo a su madre hasta el salón Amarillo, donde la instaló cómodamente en un sofá de raso y anunció su intención de quedarse todo el santo día en St. James’s Square si fuera necesario. George, que tenía una idea muy clara, producto de la afinidad, de cuáles serían las emociones de su cuñado al regresar a su residencia y descubrir que una delegación familiar la había sitiado, señaló con congoja:

—Mira, no creo que debamos quedarnos, en serio. Esto no me gusta nada. Os agradecería que desecharais esa idea que se os ha metido en la cabeza.

Su esposa, que estaba entretenida quitándose los guantes de cabritilla de color azul lavanda, le lanzó una mirada de desdén no exenta de indulgencia.

—Mi querido George, quizá tú le tengas miedo a Richard, pero te aseguro que yo no.

—¿Que le tengo miedo? ¡En absoluto! Pero comprenderás que a un hombre hecho y derecho no le guste que se entrometan en sus asuntos. Además, es muy probable que se pregunte qué demonios pinto yo aquí, y no sabría qué responderle. Desearía no haber venido.

Louisa hizo caso omiso de su comentario, pues no consideraba que mereciera una respuesta; y de hecho así era, pues dominaba a su esposo con mano férrea. Era una mujer atractiva, con un rostro que denotaba una gran decisión y cierto sentido del humor. Quizá no vistiera a la última moda, que decretaba que los vestidos de gasa veraniegos debían subrayar todos los encantos del cuerpo de una dama, pero sí con gran elegancia y corrección. Como tenía muy buena figura, los trajes de cintura alta, con canesú escotado y diminutas mangas abullonadas que imponía la moda del momento la favorecían sobremanera, y le sentaban mucho mejor que los pantalones ceñidos y la chaqueta de cola larga a su esposo.

La moda no estaba hecha para George. Las prendas que mejor le caían eran los calzones de gamuza y las botas hessianas, pero desgraciadamente era partidario del dandismo, y castigaba tanto a amigos como a familiares adoptando todo tipo de extravagancias en el vestir, dedicando tanto tiempo al arreglo de su fular como el propio señor Brummell y embutiendo su contorno en unos ajustados corsés que crujían cada vez que se movía si no se esmeraba muchísimo.

El tercer miembro del grupo, que se hallaba reclinado lánguidamente en el sofá de raso, era una dama dotada de tanta determinación como su hija, pero con una manera mucho más sutil de lograr que sus deseos fueran atendidos. La salud de lady Wyndham, que enviudara diez años atrás, era muy frágil. Sus delicados nervios no soportaban ni la más mínima oposición; y cualquiera que reparara en el pañuelo, la botellita de sales y la infusión de estrellamar que siempre la acompañaban habría tenido que ser muy estúpido para no interpretar el siniestro mensaje de esos elementos. De joven había sido una beldad; de mayor, todo en ella parecía haberse apagado: el cabello, las mejillas, los ojos e incluso la voz, que sonaba quejumbrosa, y tan débil que resultaba increíble que lograra hacerse oír. Como su hija, tenía muy buen gusto para vestir; y dado que su esposo le había legado una pensión sustanciosa, podía permitirse cultivar su afición por los más caros antojos de la moda sin reducir otros gastos. Eso no le impedía considerar que soportaba tremendas estrecheces, pero se las ingeniaba para lamentarse por sus apuros económicos sin padecer la menor privación, así como para ganarse la compasión de sus amigos haciendo hincapié en la injusticia del testamento de su difunto esposo, que dejara su inmensa fortuna a su único hijo varón. Sus amigos deducían que su pensión era una miseria.

Lady Wyndham, que vivía en una casa encantadora de Clarges Street, no podía entrar en la mansión de St. James’s Square sin sentir una punzada de dolor, aunque no se trataba del antiguo domicilio familiar, como habría podido deducirse por las compungidas miradas que siempre lanzaba alrededor, pues su hijo la había adquirido hacía sólo un par de años. En vida de sir Edward, la familia residía en una casa mucho más grande —y por ello llena de inconvenientes— de Grosvenor Square. Al anunciar sir Richard que pensaba establecerse por su cuenta habían dejado la residencia familiar, y desde entonces lady Wyndham había podido llorar su pérdida sin tener que sufrir más sus incomodidades. Pero por mucho que le gustara su hogar de Clarges Street, era lógico que no sobrellevara con serenidad el hecho de que su hijo habitara en una vivienda mucho más grande en St. James’s Square; así que cuando le fallaban los demás motivos de queja, siempre volvía a ése, y decía, como en ese momento, con una vocecilla lastimera:

—No entiendo para qué quiere una casa tan grande.

Louisa, que también poseía una casa preciosa, además de una finca en Berkshire, no envidiaba en absoluto a su hermano.

—¿Qué importa eso, madre? —replicó—. Supongo que cuando la compró pensó que se casaría. ¿No crees, George?

Lord Trevor se sintió halagado de que su esposa requiriera su opinión, pero era un hombre sincero y concienzudo, y no podía afirmar que creyera que su cuñado se hubiera planteado casarse, ni cuando había comprado la casa ni en ningún otro momento.

Louisa se molestó.

—¡Bueno! —exclamó muy resuelta—. ¡Pues habrá que hacerle pensar en casarse!

—Ya sabéis que jamás pediría a mi hijo que hiciera nada que le resultara desagradable —afirmó lady Wyndham apartando de su nariz la botellita de sales—, pero desde hace años se da por hecho que Melissa Brandon y él sellarían la larga amistad que une a nuestras familias con el lazo nupcial.

George la miró con los ojos muy abiertos y lamentó no encontrarse lejos de allí.

—Si no quiere contraer matrimonio con Melissa, os aseguro que seré la última en defender esa unión —terció Louisa—. Pero ya va siendo hora de que se case con alguien, y si no ha encontrado a ninguna otra joven apropiada, tendrá que contentarse con la señorita Brandon.

—No me atrevería a mirar a lord Saar a la cara —se lamentó lady Wyndham, y se acercó de nuevo la botellita de sales a la nariz—. Ni a la pobre Emily. Tienen tres niñas casaderas, además de Melissa, y ninguna de ellas es más que pasable. A Sophia incluso le salen granos.

—No creo que Augusta sea un caso perdido —opinó Louisa—. Y Amelia podría mejorar con el tiempo.

—¡Amelia bizquea! —saltó George.

—Sólo un poquito y sólo de un ojo —lo corrigió Louisa—. Sin embargo, eso no debe preocuparnos. Melissa es una joven extraordinariamente bella. ¡Eso no puede negarse!

—Y de buena familia —añadió lady Wyndham—. De una de las mejores, de hecho.

—Se rumorea que Saar no aguantará cinco años más al ritmo que lleva — comentó George—. Se halla hipotecado hasta el cuello y está matándose a beber. Por lo visto, su padre hizo lo mismo.

Las dos mujeres lo miraron con desaprobación.

—Espero, George, que no estés insinuando que Melissa le da a la botella — comentó su esposa.

—¡No, claro que no! ¡Dios mío, jamás se me ocurriría dar a entender una cosa así! Estoy convencido de que es una joven excelente. Pero no reprocho a Richard que no quiera casarse con ella —respondió George, desafiante—. Yo preferiría casarme con una estatua.

—He de admitir que es un tanto fría. Pero reconocerás que se encuentra en una situación muy delicada. Todos hemos dado siempre por hecho, desde que eran niños, que Richard y Melissa se casarían, y ella lo sabe muy bien. Y mi hermano se comporta de una forma espantosa. ¡Se me ha agotado la paciencia con él!

Aunque George sentía simpatía por su cuñado, sabía que habría resultado imprudente defenderlo, así que se contuvo.

—Por nada del mundo obligaría a mi único hijo varón a casarse contra su voluntad, pero vivo en vilo temiendo que un día aparezca por casa con alguna criatura espantosa de humilde cuna cogida de su brazo, y pretendiendo que le dé la bienvenida —aseguró lady Wyndham, optando por ponerse trágica.

El hombre se imaginó a su cuñado y dijo con reserva:

—La verdad, señora, es que no creo que haga nada semejante.

—George tiene razón —declaró Louisa—. Me sorprendería mucho que Richard se comportara así. La verdad es que parece inmune a los encantos femeninos. Es una tontería que desprecie al sexo opuesto, pero no cabe duda de que, por mucho que le desagraden las mujeres, tiene ciertas obligaciones con su familia y debe casarse. Me esforcé para presentarle a todas las jóvenes casaderas de la ciudad, pues no tengo ningún interés especial en que contraiga matrimonio con la señorita Brandon. ¿Y qué ha hecho él? Las menospreció a todas. Así que tendrá que contentarse con Melissa.

—Richard cree que a ellas solamente les interesa su dinero —aventuró George.

—Es posible que sea cierto. Pero ¿qué tiene que ver? No irás a decirme que mi hermano es una persona muy romántica, ¿verdad?

No, George hubo de admitir que su cuñado no lo era en absoluto.

—Si lo veo adecuadamente casado, podré morir satisfecha —sentenció lady Wyndham, que tenía intención de vivir como mínimo treinta años más—. Su actitud está causando gran aprensión a su pobre madre.

—¡No diga eso, señora! ¡En serio, no lo diga! Richard no tiene mala intención, créame —protestó el leal George.

—¡Me saca de mis casillas! —exclamó Louisa—. Lo quiero muchísimo, pero lo desprecio profundamente. Es la verdad, y no me importa que me oigan. Lo único que le importa es el nudo de su fular, el brillo de sus botas y la mezcla de su rapé.

—¡Y sus caballos! —añadió lord Trevor con tristeza.

—¡Ah, sí! ¡Sus caballos! ¡Ya lo creo! Admitamos que es un conductor excelente. Ganó a sir John Lade en la carrera hasta Brighton. Una hazaña considerable, desde luego.

—Y muy hábil con los puños —apuntó George bajando el tono.

—Quizá tú admires a un hombre por frecuentar el Jackson’s Saloon y el Cribb’s Parlour, ¡pero yo no!

—No, querida. ¡Claro que no!

—Y estoy segura de que no ves nada censurable en su adicción al juego. Pero sé de muy buena tinta que perdió tres mil libras en una sola noche en Almack’s.

Lady Wyndham soltó un gemido al tiempo que se daba unos toquecitos en los ojos con el pañuelo.

—¡Ay, no! ¡No digas eso!

—Sí, pero es tan rico que no tiene ninguna importancia —observó George.

—El matrimonio pondrá fin a semejantes frivolidades —dictaminó Louisa.

El deprimente cuadro que conjuró esa afirmación hizo que lord Trevor enmudeciera.

—Sólo una madre podría entender mis ansiedades —aseguró lady Wyndham con un tono cargado de misterio—. Richard se encuentra en una edad peligrosa, y vivo en temor constante por lo que podría hacer.

George abrió la boca, reparó en cómo lo miraba su esposa, volvió a cerrarla y, compungido, tiró de su fular.

Entonces se abrió la puerta y apareció un dandi en el umbral, que observó con cinismo a sus parientes.

—Os ruego me disculpéis —se excusó, con aire entre aburrido y gentil—. A sus pies, señora. Louisa, querida. Y mi pobre George. ¿Nos habíamos citado?

—¡Por lo visto no! —saltó Louisa, furiosa.

—No, no nos esperabas —intervino lord Trevor heroicamente—. Es decir, se les metió en la cabeza… ¡y no pude impedírselo!

—Ya me lo parecía —replicó el dandi, cerrando la puerta a su espalda—. Pero ya sabéis que tengo una memoria… lamentable —añadió.

George miró a su cuñado de pies a cabeza y se estremeció.

—¡Dios mío, Richard! ¡Me encanta! ¡Qué chaqueta tan elegante, por mi honor! ¿Quién te la ha confeccionado?

Sir Richard levantó un brazo y se miró el puño.

—Weston, George. Weston.

—¡George! —exclamó Louisa.

Sir Richard esbozó una sonrisa, cruzó la habitación hasta llegar junto a su madre, que le tendió una mano, y se inclinó sobre ella con lánguida elegancia, rozándola apenas con los labios.

—Te ruego me disculpes, madre —insistió—. Espero que el servicio te haya atendido… bueno, que os haya atendido bien a todos. —Paseó una mirada indolente por la habitación—. George, hazme el favor de tirar de la campanilla, querido amigo; estás más cerca que yo.

—No nos apetece ningún refrigerio, Richard. Muchas gracias —dijo Louisa.

La débil y dulce sonrisa que compuso su hermano la hizo enmudecer como ninguna de las objeciones de su esposo lo había hecho jamás.

—Te equivocas, querida hermana. Te aseguro que te equivocas. Es obvio que George necesita urgentemente un… reconstituyente. Sí, Jeffries, he llamado. El Madeira. ¡Ah! Y un poco de ratafía, por favor.

—¡Oh, Richard! ¡Ése es el mejor Cascada que he visto en mi vida! —exclamó George, con la mirada fija en el intrincado nudo del fular del dandi.

—Me halagas, George, me temo que me halagas.

—¡Bah! —exclamó Louisa con brusquedad.

—Exactamente, querida Louisa —concedió sir Richard, cordial.

—No intentes provocarme, hermano —replicó ella con tono amenazante—. Reconozco que tu aspecto es impecable.

—Hago lo que puedo —murmuró el dandi.

—¡Te mereces un bofetón! —declaró Louisa, tomando aire.

La sonrisa de su hermano se ensanchó revelando parte de una dentadura blanca y perfecta.

—No creo que pudieras dármelo, querida.

George soltó una risita.

—¡Cállate, George! —le ordenó su esposa, fulminándolo con la mirada.

—Admito —concedió lady Wyndham, incapaz de sofocar su orgullo materno— que no hay nadie (excepto el señor Brummell, por supuesto) que tenga tan buen aspecto como tú, Richard.

Su hijo inclinó la cabeza, pero no parecía demasiado eufórico por ese elogio, que seguramente consideraba inevitable. Era un destacado dandi, el vivo retrato del «hombre elegante», desde su peinado «al viento» (el estilo más difícil de conseguir) hasta las punteras de sus relucientes botas hessianas. La chaqueta, de tela extrafina, se adaptaba a sus hombros a la perfección; el fular, que tanta admiración había despertado en George, estaba anudado por manos maestras; el chaleco, elegido con excelente gusto; los pantalones ajustados, de color beis, no tenían ni una sola arruga; y George sospechaba que sus hessianas con las vistosas borlas doradas, hechas a medida en Hoby, estaban lustradas con una mezcla de betún y champán. Llevaba un monóculo colgado de una cinta negra alrededor del cuello, una leontina en la cintura y, en una mano, una caja de Sèvres de rapé. Lo envolvía un aura de indolencia indescriptible, mas ni el traje mejor confeccionado ni su aire de afectado descuido habrían podido disimular los músculos de sus piernas ni sus fuertes hombros. Sobre las puntas almidonadas del cuello de la camisa, el rostro atractivo y cansado de sir Richard traslucía un profundo desencanto. Los gruesos párpados caían sobre unos ojos grises e inteligentes, pero que sólo parecían encontrar vanidad alrededor; y la sonrisa que apenas insinuaban sus labios daba la impresión de burlarse de la insensatez de la gente.

Jeffries volvió a la sala con una bandeja, que dejó sobre una mesilla. Louisa rechazó el refrigerio, pero lady Wyndham lo aceptó, así que George, envalentonado por la debilidad de su suegra, tomó una copa de Madeira.

—Supongo que estarás preguntándote a qué hemos venido —dijo Louisa.

—Nunca pierdo el tiempo con especulaciones inútiles —replicó sir Richard de forma cordial—. Estoy seguro de que vas a decírmelo enseguida.

—Nuestra madre y yo hemos venido a hablar contigo de tu boda —explicó Louisa jugándose el todo por el todo.

—¿Y de qué ha venido a hablarme George? —preguntó el dandi.

—¡De lo mismo, por supuesto!

—¡No! —se apresuró a desmentir lord Trevor—. Ya os dije que no quería tener nada que ver con esto. ¡No quería venir!

—Sírvete un poco más de Madeira —le ofreció sir Richard en tono tranquilizador.

—Gracias, sí, me serviré otra copa. Pero te ruego que no pienses que vine para darte la lata sobre algo que no es de mi incumbencia.

—¡Richard! —exclamó lady Wyndham, muy seria—. ¡No me atrevo a mirar a Saar a la cara!

—¿Tan mal está? —repuso su hijo—. Hace semanas que no lo veo, pero no me sorprende en absoluto. Creo que he oído algún rumor, no recuerdo de quién. Le ha dado por el brandy, ¿verdad?

—A veces pienso que no tienes ni pizca de sensibilidad —le reprochó lady Wyndham.

—Mi hermano sólo intenta provocarte. Richard, sabes muy bien a qué se refiere nuestra madre. ¿Cuándo has previsto proponer matrimonio a Melissa?

Se hizo un breve silencio. Sir Richard dejó su copa de vino vacía en la mesa y acarició con un largo dedo los pétalos de una flor que había en un cuenco.

—Este año, el año que viene, algún día… O nunca, mi querida Louisa.

—Estoy segura de que Melissa considera que ya estáis comprometidos —replicó su hermana.

Sir Richard, que se había quedado mirando la flor que tenía bajo la mano, al oír ese comentario observó a Louisa con extraño interés.

—Ah, ¿sí?

—¿Acaso te sorprende? Sabes muy bien que nuestro padre y lord Saar lo acordaron hace muchos años.

Los párpados de sir Richard volvieron a caer.

—¡Qué medieval! —suspiró.

—¡No me malinterpretes, Richard! Si no te gusta Melissa, no hay más que hablar. Pero sí te agrada, o al menos jamás te oí decir lo contrario. Lo que nuestra madre y yo pensamos, y también George, es que ya va siendo hora de que sientes la cabeza.

—Et tu, Brute? —preguntó sir Richard, mirando a lord Trevor con aflicción.

—¡Juro que nunca dije eso! —declaró George atragantándose con el Madeira—. Todo esto es idea de Louisa. Aunque es posible que le diera la razón… Ya conoces a tu hermana, Richard.

—Sí, la conozco —afirmó su cuñado exhalando un suspiro—. ¿Y tú también, madre?

—¡Ay, Richard! Sólo sueño con verte felizmente casado y rodeado de críos — aseguró lady Wyndham con voz temblorosa.

Un ligero pero revelador estremecimiento sacudió al dandi.

—Rodeado de críos… Sí. Exacto. Continúa, te lo ruego.

—Se lo debes a tu apellido —prosiguió su madre—. Eres el último Wyndham, porque no creo que tu tío Lucius se case a estas alturas. Y Melissa es una muchacha encantadora, la esposa perfecta para ti. Tan hermosa, distinguida… Buena familia, buena educación… ¡lo tiene todo!

—Disculpa, madre, pero ¿incluyes a Saar y Cedric, por no mencionar a Beverley, en el conjunto?

—¡Eso es exactamente lo que yo digo! —intervino George—. «Me parece todo muy bien», les dije, «y si un hombre decide casarse con un iceberg, no tengo nada que objetar, pero no puede afirmarse que Saar sea un suegro deseable, de ninguna manera. Y en cuanto a los encantadores hermanos de la joven, ¡arruinarán a Richard en un año!».

—¡Bobadas! —lo contradijo Louisa—. Se sobrentiende que mi hermano llegaría a un acuerdo favorable, por supuesto. Pero respecto a eso de que cargue con las deudas de Cedric y Beverley, estoy segura de que no tendría por qué hacerlo.

—Me consuelas, Louisa —reconoció sir Richard.

—Creo que ha llegado la hora de que hablemos con franqueza, Richard — propuso su hermana, mirándolo con cierto cariño—. Dentro de poco la gente empezará a comentar que estás jugando con Melissa, porque no ignorarás que el acuerdo entre vosotros dos es un secreto a voces. Si hubieras decidido casarte con otra mujer hace cinco o diez años, todo sería diferente. Pero, que yo sepa, nunca te has comprometido con nadie, y aquí estás, a punto de cumplir los treinta, como pretendiente de Melissa Brandon y sin nada acordado.

Pese a estar completamente de acuerdo con su hija, llegado ese momento, lady Wyndham sintió el impulso de defender a su vástago, y lo hizo recordándole a Louisa que Richard sólo tenía veintinueve años.

—Madre, Richard cumplirá los treinta en menos de seis meses, porque yo — añadió con decisión— acabo de cumplir treinta y uno.

—¡Me conmueves, Louisa! —terció sir Richard—. Sólo el más profundo amor fraterno podría haberte arrancado esa confesión.

—No tiene ni pizca de gracia —repuso su hermana con toda la severidad de que fue capaz, pero sin contener una sonrisa—. Ya no estás en la primera juventud, y sabes tan bien como yo que tu deber es plantearte seriamente el matrimonio.

—Qué curioso resulta —caviló sir Richard— que el deber de uno tenga que ser siempre tan desagradable.

—Ya lo sé —convino George, suspirando—. Tienes toda la razón.

—¡Bah! ¡Bobadas! ¡Cuántas vueltas dais a un asunto tan sencillo! —exclamó Louisa—. Mira, si te presionara para que te casaras con una muchacha romántica que pretendiera que la cortejaras todo el día, y que se echara a llorar cada vez que quisieras divertirte sin ella, tendrías motivos para quejarte. Pero Melissa (de acuerdo, sí, es un iceberg, George, pero ¿acaso Richard no lo es también?), Melissa, como decía, nunca te asediaría de esa forma.

Su hermano le dirigió una inescrutable mirada. Luego se acercó a la mesa y se sirvió otra copa de Madeira.

—Bueno, supongo que no quieres que ella se cuelgue de tu cuello, ¿no? —soltó Louisa a la defensiva.

—No, en absoluto.

—Y no estarás enamorado de otra mujer, ¿verdad?

—Pues no.

—¡Estupendo! Sin duda, si tuvieras por costumbre enamorarte y desenamorarte sin cesar, sería diferente. Pero, sinceramente, eres el hombre más frío, indiferente y egoísta que existe, así que Melissa será una excelente compañera para ti.

—¡Sírvete, George, sírvete! —lo animó sir Richard señalando el Madeira, ante los sonidos inarticulados de protesta que emitiera lord Trevor.

—No me parece bien que hables a tu hermano de ese modo —puntualizó lady Wyndham—. No voy a negar que seas egoísta, querido hijo. Te lo he repetido infinidad de veces. Pero eso le ocurre a la mayoría de la gente. Allá donde mires sólo encuentras ingratitud.

—Si he sido injusta con Richard, no tengo ningún inconveniente en pedirle disculpas —admitió Louisa.

—Agradezco tus nobles palabras, querida hermana. No me has tratado injustamente. No pongas esa cara, George; tu compasión de nada me sirve, te lo aseguro. Dime, Louisa: ¿tienes algún motivo para suponer que Melissa espera que… la corteje?

—Por supuesto que sí. ¡Lleva cinco años esperándolo!

—¡Pobrecilla! —exclamó el dandi, sobresaltado—. Debo de haber sido de todo punto obtuso.

Su madre y su hermana se miraron.

—¿Significa eso que vas a pensar en casarte? —preguntó Louisa.

—Supongo que podríamos expresarlo así —repuso sir Richard observándola con gesto pensativo.

—En tu lugar —intervino George desafiando a su esposa— buscaría a otra joven casadera. ¡Dios mío, hay docenas por toda la ciudad! Es más, vi con mis propios ojos a muchas lanzándote indirectas. Jóvenes hermosas, además; pero nunca te fijas en ellas, ¡eres un ingrato!

—Sí me fijo —lo contradijo sir Richard sonriendo.

—¿Es imprescindible que George sea tan vulgar? —preguntó lady Wyndham con aire trágico.

—¡Calla, George! Y en cuanto a ti, Richard, considero muy absurdo que adoptes esa actitud. Es evidente que eres el mejor partido del mercado (sí, madre, esto también es vulgar, te ruego me perdones), pero tienes una pobre opinión de ti mismo si piensas que tu fortuna es lo único que suscita interés en las mujeres. Eres guapo (en fin, no creo que nadie se atreva a negar que tu aspecto resulta agradable); y cuando te tomas la molestia de mostrarte complaciente, no hay nada en tus modales que pueda disgustar ni a la persona más exigente.

—Conseguirás turbarme con tus elogios, Louisa —reconoció su hermano, emocionado.

—Hablo muy en serio. Iba a añadir que sueles estropear el conjunto con tu peculiar malhumor. No sé cómo pretendes atraer a una joven cuando nunca das la menor señal de interesarte por ninguna. No digo que seas maleducado, pero te muestras tan lánguido y reservado que no es de extrañar que ahuyentes a cualquier mujer un poco sensible.

—Sí, soy un caso perdido —concedió él.

—Si quieres saber lo que pienso (y dudo de que lo desees, así que no es necesario que contestes), creo que eres un malcriado. Posees una gran fortuna, has hecho cuanto te ha venido en gana antes de cumplir los treinta, te han perseguido sin excepción las madres casamenteras de la ciudad, estás rodeado de aduladores y te lo han consentido todo. El resultado es que estás muerto de aburrimiento. ¡Ya está! Ya lo he dicho, y aunque no me lo agradezcas, deberás admitir que tengo razón.

—Desde luego —reconoció Richard—. Toda la razón, Louisa.

—Bueno, te aconsejo que te cases y sientes la cabeza —añadió su hermana, levantándose—. ¡Vamos, madre! Hemos dicho cuanto debíamos, y ya sabes que tenemos que pasar por Brook Street de camino a casa. ¿Vienes con nosotros, George?

—No —contestó lord Trevor—. No me apetece. Creo que iré paseando hasta White’s.

—Como prefieras, querido —replicó Louisa mientras volvía a ponerse los guantes.

Después de acompañar a las mujeres al birlocho que las esperaba en la calle, George no se marchó enseguida a su club, sino que entró de nuevo con su cuñado en la casa. Guardó silencio hasta que no hubo cerca ningún sirviente que pudiera oírlos.

—¡Mujeres! —exclamó al fin, dirigiendo una elocuente mirada a su cuñado.

—Sí —se limitó a corroborar sir Richard.

—¿Sabes qué haría en tu lugar, querido amigo?

—Sí.

—¡Maldita sea! ¡No puedes saberlo! —exclamó George, desconcertado.

—Harías exactamente lo que voy a hacer.

—¿Y qué vas a hacer?

—Proponerle matrimonio a Melissa Brandon, por supuesto.

—Pues yo no lo haría —aseguró George con vehemencia—. ¡No me casaría con esa mujer por nada del mundo! Buscaría una candidata más tierna y agradable, eso haría.

—La candidata más tierna y agradable que conozco nunca se mostró más tierna y agradable que cuando quiso desatar los cordones de mi portamonedas —comentó el dandi con cinismo.

—¡Qué lástima! —reconoció George, sacudiendo la cabeza—. Comprendo que eso baste para amargar a cualquiera. Pero tu hermana tiene razón: deberías casarte. No puedes dejar que se pierda tu apellido. —Entonces tuvo una idea y añadió—: Supongo que no te importaría hacer correr el rumor de que te has arruinado.

—No. No me importaría.

—Una vez leí la historia de un tipo que se marchó a un lugar donde nadie lo conocía. Estaba forrado; era un conde extranjero, si mal no recuerdo. Pues bien, una muchacha se enamoró de él sin saber que era propietario de una fortuna inmensa.

—Ya.

—¿No te gusta la idea? —George se frotó la nariz, un tanto alicaído—. ¡Pues no se me ocurre otra!

Todavía estaba dándole vueltas al asunto cuando el mayordomo anunció al señor Wyndham, y un caballero alto, corpulento y de aspecto simpático entró en la sala.

—¡Hola, George! ¿Estás aquí? —saludó alegremente—. Ricky, chico, tu madre vino a verme otra vez, maldita sea. Me hizo prometer que te visitaría, aunque no sé qué demonios espera de mí.

—No te molestes en contármelo —repuso sir Richard cansinamente—. Ya he sufrido la visita de mi madre y de Louisa.

—Lo siento por ti, hijo mío, y si quieres que te dé un consejo, cásate con esa moza y asunto zanjado. ¿Qué es eso de ahí? ¿Madeira? Tomaré una copita.

Sir Richard se la sirvió. El señor Wyndham se sentó en una butaca enorme, estiró las piernas y alzó la copa.

—¡Por el novio! —brindó con una risita—. ¡No estés triste, sobrinito! ¡Piensa en lo feliz que vas a hacer a Saar!

—Maldita sea —refunfuñó sir Richard—. Si fueras mínimamente decente, Lucius, te habrías casado hace cincuenta años y habrías tenido un montón de hijos. Admito que es una imagen espeluznante, pero al menos ahora yo no tendría que representar el papel del Sacrificio Familiar.

—Hace cincuenta años —repuso su tío, indiferente a esos insultos— todavía llevaba pañales. Este vino no está nada mal, Ricky. Por cierto, me han dicho que el joven Beverley Brandon está endeudado hasta las cejas. Si te casas con esa joven, te convertirás en un benefactor público. Así que será mejor que tu abogado se ocupe de los acuerdos. Apuesto a que Saar intentará chuparte la sangre. ¿Qué te pasa, George? ¿Tienes dolor de muelas?

—Esto no me gusta nada —reconoció lord Trevor—. Se lo dije a Louisa desde el principio, pero ya sabe usted cómo son las mujeres. Jamás me casaría con Melissa Brandon, aunque fuera la única mujer soltera del planeta.

—¿Por qué? —preguntó Lucius con gesto aprensivo—. No es la de los granos, ¿verdad?

—No, ésa es Sophia.

—¡Ah, bueno! Entonces no hay de qué preocuparse. Cásate con ella, Ricky; si no lo haces, no te dejarán en paz. Sírvete otra copa, George, y volveremos a brindar.

—¿Por qué brindamos esta vez? —preguntó sir Richard llenando de nuevo las copas.

—Por un montón de críos como tú, sobrinito —propuso su tío, sonriente.