El dandi

Georgette Heyer · Capítulo 12 de 14

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El dandi

Capítulo 12

Ni a la señorita Creed ni al señor Luttrell, que mientras comían en la mejor posada de Keynsham discutían exhaustivamente los detalles de la fuga, se les ocurrió pensar que tal vez no fuera prudente que el caballero se llevara a su prometida a Escocia justo cuando la dama en cuestión se hallaba implicada en un caso de asesinato. Es más: Piers, un joven resuelto, casi ni se acordaba de haber alojado a Beverley Brandon en su casa. Si pensó en el desafortunado asunto fue sólo para tranquilizarse diciéndose que lady Luttrell, a quien había encargado que escribiera una carta a lady Saar, haría cuanto fuera oportuno y correcto. Su conversación se limitaba casi en exclusiva a sus problemas más inmediatos, pero en varias ocasiones hizo un paréntesis a fin de censurar las poco convencionales hazañas de Pen.

—Ahora que estás comprometida con Wyndham ya no resulta tan escandaloso, pero reconozco que me sorprende que él, un hombre de mundo, haya tolerado semejante broma. Sin embargo, tengo entendido que a esos dandis les encantan las excentricidades. Supongo que a nadie le extrañará demasiado. Si no fuerais a casaros, todo sería diferente, por supuesto.

—Creo que das demasiada importancia a algo que no la tiene —aseguró ella, mirándolo fijamente.

—¡Mi querida Pen! —Piers soltó una risita—. ¡Eres tan infantil! No sabes nada de la vida.

La señorita Creed tuvo que admitir que era verdad. Entonces pensó que, ya que su amigo parecía tan bien informado al respecto, quizá pudiera aprender un poco de él.

—Y si no fuera a casarme con Richard, ¿sería muy indecoroso?

—¡Pen! ¡Qué cosas dices! ¡Piensa en tu situación, viajaste desde Londres con Wyndham, y sin siquiera una doncella! ¡Ahora debes casarte con él!

—No veo que eso sea un imperativo —repuso ella alzando la barbilla, desafiante.

—Créeme que sí. Admito que me extraña muchísimo que un hombre de su edad y su… entorno quiera casarse contigo. —Al darse cuenta de que su comentario no era muy halagador, se apresuró a añadir—: Bueno, no quería decir eso exactamente. Pero eres mucho más joven que él, y muy inocente.

—Pues mira, justo por eso no es necesario que me case con él. Sir Richard es mucho mayor que yo, así que estoy segura de que a nadie le extrañaría lo más mínimo que hayamos viajado juntos.

—¡Por el amor de Dios, Pen, Wyndham no es tan mayor! ¡Qué cosas más raras dices! ¿Acaso no deseas ser su esposa?

Ella lo miró fijamente, con el ceño fruncido, mientras pensaba en sir Richard, en las aventuras vividas con él, en sus risueños ojos y en el deje burlón de su voz. De pronto enrojeció y los ojos se le humedecieron.

—Sí. ¡Ay, sí, quiero casarme con él!

—¡Muy bien! Pero ¿por qué lloras? Por un momento pensé que… ¡Vamos, Pen, no seas tonta!

La joven se sorbió la nariz con aire altivo.

—¡No estoy llorando! —exclamó con voz temblorosa.

—Desde luego, no entiendo por qué habrías de hacerlo. Wyndham es un tipo estupendo. Supongo que te volverás muy elegante y que causarás sensación en la ciudad.

Pen, que no imaginaba otro futuro que pasar el resto de sus días entre las paredes de la respetable casa de su tía, se mostró de acuerdo y se apresuró a llevar la conversación hacia caminos menos dolorosos.

Pese a que Keynsham se halla a sólo unos kilómetros de Queen Charlton, era casi la hora de cenar cuando Piers y Pen llegaron a la posada George. Para entonces, habían alquilado un coche y cuatro buenos caballos, que según lo acordado les entregarían frente a las puertas de Crome Hall esa noche a las once y media. El señor Luttrell, como su guía y mentora no dejaba de asegurarle, sólo tenía que preocuparse de la cantidad de equipaje que su prometida quisiera llevar consigo, así como de la posibilidad de que su huida pudiera ser interceptada esa misma noche.

A Pen le habría gustado hallarse presente a la hora fatal, pero su amigo declinó el ofrecimiento. Así pues, se despidieron en la puerta de la posada sin que ninguno de los dos sintiera el menor dolor al pensar que el otro estaba a punto de casarse con otra persona.

Tras despedirse de su antiguo compañero de juegos, Pen entró en la posada, donde encontró a sir Richard, que, tras mirarla de arriba abajo, le soltó:

—¡Mocosa abominable! Más vale que lo confiese todo. ¿Dónde estuvo y qué otra diablura hizo?

—¡Pero si le dejé un mensaje! —protestó ella—. ¿No se lo dieron?

—Sí, me lo entregaron. Pero enterarme de que se había marchado con el joven Luttrell sólo me causó recelo. ¡Confiese!

—Pues mire, quizá no se alegre mucho, pero le aseguro que lo hice por el bien de todos, sir Richard —repuso ella, mirándolo sin dejar de parpadear.

—Esto no presagia nada bueno. Estoy convencido de que cometió usted alguna diablura.

Pen entró en el salón y se acercó al espejo de encima de la chimenea para arreglarse los despeinados rizos.

—No se trata de una diablura exactamente —objetó.

Sir Richard, que había estado observándola entre curioso y divertido, dijo:

—Qué alivio. Sí, creo que cuanto antes se ponga de nuevo las enaguas, mejor, Pen. Permítame decirle que eso ha sido un truco muy femenino.

La joven se ruborizó, y riendo se apartó del espejo.

—Se me había olvidado. Bueno, al fin y al cabo carece de importancia, porque creo que mi aventura llegó a su fin.

—No del todo —replicó él.

—Sí, creo que sí. ¡No está enterado de lo ocurrido!

—¿Qué estuvo tramando? ¡Suéltelo ya!

—Piers y Lydia van a fugarse esta noche.

La expresión risueña de sir Richard se ensombreció.

—¿Fue usted, Pen?

—¡No, no, qué va! De hecho, yo había ideado otro plan muy diferente, pero no me atreví a contárselo, y además, a Piers no le gustaba. Quería secuestrar a Lydia para que Piers pudiera rescatarla, y de ese modo ablandar el corazón de su padre. Sin embargo, supongo que usted no lo habría aprobado.

—No, en absoluto —confirmó sir Richard.

—Me lo imaginaba. Por eso no se lo conté. Al final Lydia decidió fugarse con Piers.

—Querrá decir que usted acosó a esa condenada criatura hasta que…

—¡No, no lo hice! ¡Es tremendamente injusto conmigo, sir Richard! ¡Le doy mi palabra de honor de que no lo hice! No voy a negar que quizá fuera yo quien le propusiera la idea, pero quien la obligó a ponerla en práctica fue el comandante. La amenazó con llevársela a Lincolnshire mañana por la mañana, y como es lógico, ella no soportaría vivir allí. ¡Ah, aquí está el camarero! Después le contaré toda la historia.

Pen se retiró a su asiento favorito junto a la ventana mientras ponían la mesa. Wyndham, de pie y de espaldas a la gran chimenea, se quedó observándola. El camarero entró y salió del salón varias veces, tomándose su tiempo para prepararlo todo.

—Tenía usted razón: Piers ha cambiado —dijo de pronto Pen, durante una de las breves ausencias del sirviente—. Pero se equivocaba respecto a otra cosa: no cree que yo haya cambiado en absoluto.

—No sospechaba que su amigo fuera capaz de hacerle tan hermoso cumplido — señaló sir Richard enarcando las cejas.

—Bueno, no creo que lo dijera como un cumplido —comentó Pen con reserva.

Wyndham se limitó a sonreír. El camarero volvió con una bandeja llena y empezó a disponer los platos. Cuando se hubo retirado de nuevo, sir Richard apartó la silla a Pen y dijo:

—La cena está servida, mocosa. ¿Tiene apetito?

—No mucho —contestó ella, sentándose.

—¿Cómo es eso? —inquirió él, tomando asiento a su vez.

—Pues no lo sé. Piers va a fugarse con Lydia a medianoche.

—Supongo que no habrá perdido el apetito por ese motivo, ¿no?

—¡Ah, no! Creo que se llevarán estupendamente, porque ambos son muy necios.

—Cierto. ¿Ha participado en su fuga?

—Muy poco, de verdad. Lydia se decidió a escapar sin necesidad de que yo la instigara. Lo único que hice fue alquilar el coche a Piers, porque a él lo conocen en Keynsham.

—Supongo que eso significa que tendremos que soportar otra visita del comandante Daubenay. Por lo visto, cada vez me sumerjo más y más en un estilo de vida criminal.

Pen lo interrogó con la mirada.

—¿Por qué lo dice? No ha hecho nada.

—Ya lo sé. Pero es indudable que debería actuar.

—¡No se preocupe, ya está todo arreglado! No hay nada más que hacer.

—¿Acaso no cree que una persona madura como yo debería descubrir esta trama?

—¿Se refiere a contárselo al comandante? ¡Oh, Richard! No será capaz de cometer semejante crueldad, ¿verdad? ¡No, no lo será!

—Podría hacerlo, pero no lo haré —declaró él mientras volvía a llenar su copa—. A decir verdad, no me interesan mucho los asuntos de un par de enamorados a quienes encontré, desde el principio, extremadamente latosos. ¿Qué le parece si hablamos, en cambio, de nuestros asuntos?

—Sí, creo que sería conveniente —coincidió ella—. Hoy estuve muy ocupada y casi me olvidé del tartamudo. ¡Confío en que no nos detengan!

—Yo también, se lo aseguro —dijo él riendo.

—Está muy bien reír, pero me fijé en que al señor Philips no le resultábamos demasiado simpáticos.

—Me temo que lo desconcertó usted con sus ilícitas actividades. Por fortuna, el juez recibió la noticia de que las autoridades de Bath detuvieron a un hombre cuya descripción coincide con la del atroz capitán Trimble.

—¡Dios mío, creía que nunca lo atraparían! Y dígame, ¿tenía el collar?

—Eso lo ignoro. Confío en que Luttrell y su prometida no prolonguen mucho su luna de miel, porque supongo que querrán que Lydia identifique al prisionero.

—Creo que si ella lo supusiera, jamás volvería aquí.

—¡Una joven con espíritu cívico! —bromeó Wyndham.

—Lydia no tiene ningún espíritu —comentó Pen, riendo—. ¡Ya se lo dije, sir Richard! ¿Cree que las autoridades querrán hablar también conmigo?

—Lo dudo mucho. Pero, en cualquier caso, no hablarán con usted.

—La verdad es que me sentiría muy incómoda si tuviera que presentarme — admitió ella—. De hecho, creo… creo que lo mejor será que vuelva a casa, ¿no le parece?

—¿A casa de su tía Almería?

—Sí, por supuesto. Ya sabe que no tengo ningún otro sitio adonde ir.

—¿Con su primo Fred?

—Bueno, espero que después de todas las aventuras que he vivido ya no desee casarse conmigo —dijo Pen con optimismo—. Entiéndalo, es una persona muy impresionable.

—Un hombre así no sería un buen esposo para usted —repuso él negando con la cabeza—. Sin duda debe casarse con alguien que no se impresione tan fácilmente.

—Quizá debería corregir mis modales —propuso Pen sonriendo.

—Eso sería una lástima, porque son encantadores. Tengo mejores planes para usted, Pen.

—¡No! ¡No! ¡No, por favor! —pidió la joven con voz estrangulada, y se levantó.

Sir Richard también se puso en pie, y le tendió una mano.

—¿Por qué dice eso? Quiero que se case conmigo.

—¡Oh, Richard, no lo haga! —suplicó la joven retirándose hacia la ventana—. No deseo que me proponga matrimonio, de verdad. Se lo agradezco muchísimo, pero no podría aceptar.

—¿Que me lo agradece? Pero ¿qué tonterías son ésas?

—Sí, sí, ya sé por qué lo propone —replicó ella, muy afligida—. Considera que me ha puesto en una situación comprometida, pero le aseguro que se equivoca, porque nadie sabrá nunca la verdad.

—Me parece detectar en sus palabras la influencia del señor Luttrell —comentó él con gravedad—. ¿Qué absurdas ideas estuvo metiéndote en la cabeza, pequeña mía?

Esa expresión de cariño hizo que Pen tuviera que enjugarse una lágrima.

—¡No, no se trata de eso! Lo que ocurre es que fui tan estúpida que no lo pensé antes. La verdad es que no tengo más cabeza que Lydia. Pero como usted es mucho mayor que yo, no se me ocurrió que… Hasta que llegó Piers y usted le dijo, para protegerme, que estábamos comprometidos. Entonces comprendí lo estúpida que había sido. Pero no importa, sir Richard, porque mi amigo no dirá ni una palabra a nadie, ni siquiera a Lydia, y tía Almería no tiene por qué enterarse de que pasé todo este tiempo con usted.

—¿Quieres hacer el favor de no decir más tonterías, Pen? No me estoy mostrando caballeroso, querida: puedes preguntárselo a mi hermana, que te confirmará que soy la persona más egoísta del mundo. Nunca hago nada para complacer a nadie más que a mí mismo.

—¡Eso no es cierto, y lo sé muy bien! Si su hermana piensa así, es que no lo conoce. Y no digo tonterías. A Piers le sorprendió encontrarme con usted, y usted cayó en la cuenta de que tenía motivos, porque, si no, no habría dicho lo que dijo.

—¡Ah, sí! Sé muy bien qué comentará la gente de esta escapada, pero, créeme, amor mío: no propongo matrimonio a nadie por caballerosidad. Seré sincero contigo: me embarqué en esta aventura porque estaba borracho y aburrido, y porque pensaba que estaba obligado a hacer algo que me desagradaba. Pero la secundé porque enseguida empecé a divertirme como no me ocurría desde hacía años.

—En la diligencia no se divirtió —le recordó Pen.

—No, pero en el futuro no será necesario que viajemos en ella, ¿verdad? — repuso él sonriendo—. En pocas palabras, Pen: cuando te conocí estaba a punto de contraer matrimonio por conveniencia. Doce horas después de conocerte, sabía que, pasara lo que pasase, jamás me casaría con esa mujer. Y veinticuatro horas después, querida, sabía que había encontrado lo que ya creía que no existía.

—¿Y qué era? —preguntó ella con timidez.

Sir Richard esbozó una sonrisa un tanto amarga.

—Una mujer. No, una mocosa. Una mocosa impertinente, espantosa y descarada sin la que ya no podría vivir.

—¡Oh! —exclamó Pen, ruborizándose—. Es muy amable al dirigirme esas palabras. Sé muy bien por qué lo hace, y le estoy muy agradecida por expresarlo con tanta gracia.

—Pero no lo crees.

—No, porque estoy segura de que no se le habría ocurrido casarse conmigo si Piers no hubiera estado enamorado de Lydia Daubenay —repuso ella llanamente—. Usted siente lástima de mí, y entonces…

—No, en absoluto.

—Un poco sí, Richard. Y comprendo que una persona como usted (porque es inútil que finja ser egoísta; sé muy bien que no lo es) se convenza de que su honor la obliga a casarse conmigo. ¡Confiese! ¿Es cierto o no? ¡Por favor, no me cuente mentiras por educación!

—Muy bien. Es verdad que, después de enredarte en esta situación, mi honor me obliga a ofrecerte la protección de mi apellido. Pero lo que en realidad estoy ofreciéndote es mi corazón, Pen.

La joven buscó febrilmente su pañuelo para enjugarse las lágrimas.

—¡Gracias, sir Richard! —murmuró con voz estrangulada—. ¡Es tan educado!

—¡Eres imposible, Pen! Intento decirte que te quiero, y sólo se te ocurre comentar que soy educado.

—¡Nadie se enamora en tres días!

Sir Richard, que había dado un paso hacia ella, al oír esa argumentación se detuvo en seco.

—Entiendo.

—Perdóneme, se lo ruego —se disculpó ella, acabando de secarse las lágrimas—. No quería llorar, pero estoy algo cansada, y además… lo de Piers me ha trastornado un poco.

—Ya me lo temía —repuso él, que había disfrutado de la amistad de muchas mujeres, y creyó comprenderla—. ¿Lo querías mucho, Pen?

—No, pero pensaba que sí, y todo resulta muy doloroso, ¿me entiende?

—Creo que sí. Soy demasiado mayor para ti, ¿verdad?

—Yo soy demasiado joven —lo corrigió Pen, vacilante—. Supongo que usted me encuentra divertida, porque siempre está riéndose de mí. Pero pronto se cansaría de reír, y… y quizá lamentara haberme hecho su esposa.

—Jamás me canso de reír.

—¡No siga, por favor! —imploró ella—. Estábamos pasándolo muy bien hasta que llegó Piers y lo obligó a hablar como lo hizo. Le agradecería que no añadiera nada, Richard, por favor.

Wyndham comprendió que su prudente estrategia de no declarar su amor a Pen antes de que ésta hubiera visto a su antiguo compañero de juegos había fracasado. Y no encontraba ninguna explicación. Sin duda, ella siempre lo había considerado un personaje paternal y amistoso. Se preguntó si estaría verdaderamente enamorada de Piers Luttrell y, malinterpretando sus lágrimas, temió que su corazón hubiera quedado malherido. Casi estaba a punto de hacer caso omiso de sus reparos y abrazarla, pero la confianza que ella depositaba en él levantaba una barrera entre ambos.

—Me he impuesto una dura tarea, ¿verdad? —dijo sonriendo.

Ella no le entendió, así que no replicó. Antes de que Piers le expresara su indignación, y antes de que sir Richard declarase que Pen sería su futura esposa, la joven no se había parado a analizar sus sentimientos. Wyndham sólo había sido un compañero de viaje encantador, un personaje inmensamente superior en quien se podía confiar. El objeto de su viaje la había obsesionado a tal punto que ni siquiera se había preguntado si la aparición de un dandi en su vida había alterado por completo el carácter de su aventura. Pero lo había alterado; y cuando había encontrado a Piers, de pronto había comprendido que su antiguo compañero de juegos ya no le importaba. El dandi lo había desbancado de su mente y su corazón. Entonces Piers había convertido la aventura en una intriga vagamente sórdida y sir Richard se había declarado, pero no porque quisiera (porque de lo contrario, ¿por qué habría permanecido callado hasta entonces?), sino porque el honor lo había obligado a pronunciar aquellas palabras. Era absurdo pensar que un hombre tan elegante, de casi treinta años, se hubiera enamorado locamente de una jovencita que acababa de salir del aula, por muy perdidamente que se hubiera enamorado ella de él.

—Muy bien, señorita Creed. La cortejaré como es debido y obedeciendo todas las normas del decoro.

El ubicuo camarero escogió ese momento para entrar en el salón y retirar la mesa. Ella se volvió y se puso a mirar por la ventana, pensando que, en un mundo más perfecto, ningún sirviente los habría importunado con su legítimo trabajo en un momento como aquél. Mientras el camarero, que a juzgar por sus intermitentes sorbidos de nariz parecía sufrir un resfriado, se afanaba de un lado a otro poniendo platos y cubiertos en una bandeja, Pen parpadeó con insistencia para no derramar otra lágrima, al tiempo que fijaba su atención en un chucho que se rascaba las pulgas en medio de la calle. Pero el objeto de su atención se esfumó ante la llegada de un elegante carrocín tirado por dos hermosos caballos zainos y conducido por un joven ataviado con una túnica blanca de varias capas y dos hileras de bolsillos. De un bolsillo interior asomaba un pañuelo Belcher, y la túnica, desabrochada, revelaba un asombroso chaleco de cachemira a rayas amarillas y azules, y un fular de muselina blanca con lunares negros. En el ojal de la túnica llevaba un ramillete de flores, y en la cabeza un sombrero alto y cónico elegantemente ladeado.

El coche se detuvo frente a la posada, y un postillón saltó de la parte trasera y corrió hacia las cabezas de los caballos. Aquel hombre exquisito se quitó la manta que le cubría las piernas y descendió, y entonces la señorita Creed pudo contemplar sus calzones de pana blanca y las botas de caña alta. El individuo entró en el establecimiento mientras Pen todavía parpadeaba, deslumbrada por aquella visión, y llamó a gritos al posadero.

—¡Dios mío, sir Richard, ha llegado un tipo muy extraño! ¡Me gustaría que lo hubiera visto! —exclamó Pen—. ¡Imagínese! Lleva un chaleco a rayas azul y amarillo, y un fular de topos.

—Yo también los llevo a veces —murmuró él.

Pen se volvió, decidida a mantener la conversación al amparo de esos temas tan anodinos.

—¿Usted? ¡No puedo creerlo!

—Ese fular que describe coincide con el distintivo del Four-Horse Club. Pero ¿qué demonios haría uno de sus miembros en Queen Charlton?

Del vestíbulo les llegó un murmullo de voces. Entonces la del posadero, bastante aguda, dijo con claridad:

—Mi mejor salón lo reservó sir Richard Wyndham, señor, pero si a usted no le importa…

—¿Qué? —gritó el recién llegado.

—¡Dios mío! —exclamó sir Richard, volviéndose para mirar a la señorita Creed —. ¡Atenta, mocosa! Creo que conozco a ese viajero. ¿Qué ha hecho con ese fular? ¡Venga aquí!

Apenas tuvo tiempo para arreglar el fular a Pen, cuando aquella penetrante voz dijo:

—¿Dónde? ¿Ahí? ¡No diga tonterías! ¡Lo conozco muy bien! —Y a continuación oyeron pasos decididos que cruzaban el vestíbulo.

La puerta se abrió de par en par y el caballero de la túnica entró a zancadas.

—¡Ricky! ¡Ricky, canalla! —exclamó al ver a sir Richard, al tiempo que tiraba los guantes y el sombrero—. ¿Qué haces aquí? —Y se precipitó hacia su amigo.

Pen, que se había quedado junto a la ventana tratando de pasar inadvertida, observó al alto joven que estrechaba la mano de su protector, y se preguntó dónde lo había visto antes. Le resultaba vagamente familiar, y el timbre de su potente voz le recordaba algo.

—¡Que me aspen! —exclamó el recién llegado—. ¡Qué sorpresa! No sé qué demonios haces aquí, pero eres justo la persona a quien quería ver. Ricky, ¿sigue en pie la oferta que me hiciste? Maldita sea, en ese caso, me iré a la Península en el primer barco. ¡Esta vez mi familia está endeudada hasta el cuello!

—Lo sé. Deduzco que ya te enteraste de lo de Beverley.

—¡Cielos! ¡No me digas que también lo sabes!

—Yo lo encontré.

El honorable Cedric se dio una palmada en la cabeza.

—¿Que lo encontraste? ¿Cómo? Pero ¿estabas buscándolo? ¿Quién más lo sabe? ¿Dónde está ese maldito collar?

—Si no se halla en poder de los agentes de la ley, supongo que entonces estará en el bolsillo de un tal capitán Trimble. Pasó por mis manos, pero se lo entregué a Beverley para… que se lo devolviera a tu padre. Cuando lo asesinaron…

Cedric retrocedió un paso, boquiabierto.

—¿Cómo dices? ¿Asesinado? ¿Te refieres a Bev, Ricky?

—¡Ah! Entonces… ¿no lo sabías?

—¡Santo cielo! —exclamó Cedric. Vio la licorera y las copas que el camarero había dejado sobre la mesa. Se sirvió una copa, que apuró de un trago—. Eso está mejor. Así que asesinaron a Bev, ¿no? Bueno, yo venía con la intención de matarlo. ¿Quién fue? —Y procedió a rellenar su copa.

—Trimble, supongo.

—¿Por el collar? —preguntó Cedric, alzando la cabeza.

—Seguramente.

Para sorpresa de Pen, el recién llegado soltó una carcajada.

—¡Qué gracia! ¡Maldita sea, Ricky, qué broma tan diabólica!

Sir Richard se puso el monóculo y, un tanto sorprendido, escudriñó el rostro de su joven amigo.

—Desde luego, no esperaba que la noticia te afligiera terriblemente, pero confieso que me sorprende…

—¡Ese collar es bisutería! —declaró Cedric desternillándose de risa.

—¡Rayos! —exclamó sir Richard, soltando el monóculo—. Sí, debí imaginármelo. ¿Fue Saar?

—¡Hace años! —repuso Cedric mientras se enjugaba las lágrimas con el pañuelo Belcher—. No lo supe hasta que notifiqué el robo a los agentes. Me pareció que mi padre no mostraba demasiado interés. ¡Pero al principio no sospeché nada! Mi madre no paraba de enviar mensajes a casa, a Brook Street, y las niñas no me dejaban en paz, así que me presenté en Bow Street. La verdad es que por las mañanas no me funciona muy bien la cabeza. Pero en cuanto puse a los sabuesos tras la pista del collar, empecé a pensar. Ya te dije que Bev no era buena gente, Ricky. Apuesto a que robó el collar.

—Cierto —asintió Wyndham con la cabeza.

—¡Maldita sea! ¡Eso es ir demasiado lejos! Mi madre tenía un escondite para el collar en su coche. Mi padre, Bev y yo lo sabíamos. Y supongo que también las niñas. Pero nadie más. En White’s se me reveló todo: no hay nada como el brandy para aclarar las ideas. Entonces recordé que Bev había ido a Bath la semana pasada. ¡Pero no podía imaginar por qué! Pensé que lo mejor sería investigar por mi cuenta. Decidí ir a Bath, y entonces entró mi padre hecho un basilisco, pues Melissa le había contado que yo había ido a Bow Street. Mi padre, furioso, me preguntó cómo demonios se me ocurría avisar a las autoridades. Ricky, amigo mío, ¿me consideras ingenuo? Pues te doy mi palabra de que no sospechaba nada. Siempre pensé que mi padre tenía intención de conservar los diamantes. Resulta que los vendió hace tres años, cuando tuvo aquella racha de mala suerte tan atroz. Los mandó copiar para que no se enterara nadie, ni siquiera mi madre. Estaba furioso conmigo, y no me extraña, porque si mi agente daba con el collar, mi padre se vería en un buen aprieto. Por eso estoy aquí. Pero lo que no entiendo es a qué demonios viniste tú.

—Me aconsejaste que me largara —murmuró el otro.

—Sí, pero la verdad es que nunca creí que lo hicieras. Pero ¿por qué a este lugar? ¡Suéltalo ya, Ricky! ¡No creo que vinieras hasta aquí en busca de Bev!

—No. Vine sólo por… asuntos familiares. Creo que no conoces a mi joven primo, Pen Brown.

—Ignoraba que tuvieras un primo que se llamara así. ¿Quién es? —preguntó Cedric alegremente.

Sir Richard hizo un leve ademán señalando a Pen. La habitación estaba en penumbra, porque el camarero todavía no había llevado las velas y empezaba a anochecer. Cedric se volvió y miró entornando los ojos hacia el asiento empotrado de la ventana, donde estaba Pen, medio oculta junto a las cortinas.

—¡Maldita sea, no te había visto! ¿Cómo estás?

—Pen, el señor Brandon —los presentó Wyndham.

La joven se acercó a Cedric para estrecharle la mano, en el momento que entraba el camarero con un par de candelabros que dejó encima de la mesa para ir a correr las cortinas. El resplandor de las velas deslumbró un poco a Cedric, pero cuando soltó la mano del joven, se fijó en sus rubios rizos. De pronto frunció el ceño y se puso a rebuscar en su nublada memoria.

—¡Espera un momento! ¿Nos conocemos?

—No, creo que no —contestó Pen con un hilo de voz.

—Ya. Sin embargo, me recuerdas… ¿Y dices que es primo tuyo, Ricky?

—Primo lejano.

—¿Y que se llama Brown?

Wyndham suspiró.

—¿Tanto te extraña?

—Diantre, Ricky, te conozco desde que nací, pero no recuerdo haber oído nunca que tuvieras un pariente llamado Brown. ¿Me estás ocultando algo?

—De haber sabido que estabas tan interesado en mi árbol genealógico, Cedric, te habría informado antes de la existencia de Pen.

El camarero, curioso pero sin ningún pretexto que justificara su presencia en el salón, se retiró a regañadientes.

—¡Aquí hay gato encerrado! —afirmó Cedric negando con la cabeza—. Hay algo que no encaja. ¿Dónde está el borgoña?

—A mí, al principio, también me pareció que nos conocíamos —terció Pen—. Pero sin duda se debe a su parecido con el tarta… con el otro señor Brandon.

—¡No me digas que lo conocías!

—No mucho. Pero nos lo encontramos aquí.

—Voy a decirte algo, muchacho: mi hermano no habría sido una buena influencia para ti —aseveró Cedric. La miró otra vez con ceño, mas al parecer desistió de recuperar ese recuerdo escurridizo y se volvió hacia sir Richard—. Pero tu primo no me ha explicado a qué has venido aquí, Ricky. ¿Cómo demonios fuiste a parar a este sitio?

—Por azar. Me vi obligado a acompañar a mi primo hasta este lugar a causa de unos asuntos familiares urgentes. Por el camino conocimos a un individuo al que perseguía un agente de Bow Street (tu agente, Ceddie), y que metió cierto collar en el bolsillo de mi primo.

—¿En serio? Pero ¿sabías que Bev se hallaba aquí?

—No, en absoluto. La verdad es que no me enteré hasta que lo oí intercambiar ciertos reproches con el hombre que creo que lo asesinó. Te lo explicaré en pocas palabras: había tres personas mezcladas en ese lamentable asunto, y una de las tres había engañado a las otras dos. Devolví el collar a Beverley, con la condición de que se lo entregara a Saar.

Cedric arqueó una ceja.

—¡Dime la verdad, Ricky! No soy idiota, amigo mío. Bev jamás habría accedido a entregar los diamantes, a menos que temiera que le propinaras una paliza. ¡Bev era tremendamente pusilánime! ¿Fue eso lo que pasó?

—No. No fue eso.

—¡No me digas que lo compraste, Ricky!

—No, no lo hice.

—Pero se lo prometiste, ¿no? ¡Ya te lo advertí! ¡Te advertí que no tuvieras tratos con Bev! Sin embargo, si está muerto, ya no hay peligro. ¡Pero continúa!

—La verdad es que no hay mucho más que contar. Anoche encontré a Bev muerto en un bosquecillo, no lejos de aquí. El collar había desaparecido.

—¡Por supuesto que hay que contar! Mira, Ricky, todo este asunto es muy desagradable. Y cuanto más lo pienso, menos entiendo por qué te marchaste de la ciudad con tanta prisa y sin decir ni una palabra a nadie. ¡Y no me digas que viniste por unos asuntos familiares urgentes! ¡Esa noche bebiste más de la cuenta! No te había visto tan borracho en la vida. Declaraste que volverías caminando a tu casa, y por lo que contó el portero a George, se te había metido en la cabeza que para llegar a ella tenías que andar en dirección a Brook Street. ¡Y apuesto lo que quieras a que no fuiste a cantarle una serenata a Melissa! Maldita sea, Ricky, ¿qué demonios te pasó?

—Me marché a casa —repuso sir Richard sin alterarse.

—Sí, pero ¿de dónde salió ese jovencito? —preguntó Cedric.

—Lo encontré en la puerta de mi casa. Había ido a buscarme.

—¿A las tres de la madrugada? ¡Vamos, Ricky!

—No, no —terció Pen—. Llevaba horas esperándolo.

—¿En la puerta? —preguntó Cedric, incrédulo.

—No quería que los sirvientes supieran que me encontraba en la ciudad. Tenía mis motivos —explicó ella fingiendo absoluta franqueza.

—¡Jamás había oído nada parecido! —replicó Cedric—. ¡Es impropio de ti, Ricky, muy impropio! A la mañana siguiente, fui a verte a tu casa, y allí encontré a Louisa y a George; todos estaban muy preocupados, y nadie tenía ni idea de tu paradero. ¡Y George aseguraba que te habías ahogado voluntariamente!

—¿Que me había ahogado? ¡Dios mío! ¿Por qué?

—¡Por lo de Melissa! ¿Por qué iba a ser? —replicó Cedric riendo—. Tu cama estaba intacta, había un fular arrugado en la chimenea y un mechón de… —De pronto se interrumpió y se volvió bruscamente hacia Pen—. ¡Santo cielo! ¡Ya lo tengo! ¡Ahora sé lo que me intrigaba! ¡Ese pelo! ¡Ese pelo era tuyo!

—¡Diantre! —exclamó sir Richard—. Así que lo encontraron, ¿eh?

—Un rizo dorado debajo de un chal. Tu cuñado estaba convencido de que se trataba de un recuerdo de tu pasado. ¡Pero no tiene sentido! ¡No creo que fueras a visitar a Ricky de madrugada para que te cortara el pelo, muchacho!

—No, pero aseguró que lo llevaba demasiado largo y que no quería pasearse conmigo con ese aspecto —explicó Pen a la desesperada—. Y tampoco le gustó mi fular. Es que estaba borracho, claro.

—No lo estaba tanto —repuso Cedric—. No sé quién eres, pero desde luego no el primo de Ricky. De hecho, creo que tampoco eres un muchacho. ¡Maldita sea, eres el pasado de Ricky, eso eres!

—¡No! —saltó Pen, indignada—. Es verdad que no soy un muchacho, pero no había visto a Richard en mi vida hasta esa noche.

—¿Que nunca lo habías visto? —repuso Cedric, perplejo.

—¡No! Fue una casualidad, ¿verdad, Richard?

—Sí —confirmó Wyndham con aire risueño—. Cayó de una ventana en mis brazos.

—¿Qué cayó de una…? ¡Dame el borgoña! —pidió Cedric.