El dandi
Capítulo 10
El efecto que esa confesión surtió no fue el que Lydia esperaba, pues Pen soltó un grito ahogado y a continuación una carcajada.
—¡No sé qué le hace tanta gracia! —protestó la señorita Daubenay, ofendida.
—¡Claro, no me extraña! —admitió Pen enjugándose las lágrimas—. Pero es divertidísimo. ¿Cómo se le ocurrió decir semejante tontería?
—No se me ocurrió otra cosa. Quizá le parezca una tontería, y tal vez me encuentre muy poco agraciada, pero sepa que ya he tenido varios pretendientes.
—Me parece muy atractiva, pero le aseguro que no voy a cortejarla —dijo Pen con firmeza.
—¡Ni lo pretendo! Para empezar, lo encuentro tremendamente grosero, y además es usted demasiado joven. Justo por eso lo elegí, porque pensé que me encontraría a salvo.
—Y así es, aunque jamás había oído nada más absurdo. Perdóneme, pero ¿qué pretendía conseguir contándole esa mentira a su padre?
—Ya se lo he dicho —repuso Lydia, enojada—. No sabía qué decir, y pensé… Pero ¡todo salió mal!
—¿A qué se refiere? —preguntó Pen mirándola con recelo.
—Mi padre tiene intención de ir a hablar con su primo esta misma mañana.
—¿Qué?
Lydia asintió con la cabeza.
—Sí, y no está nada enfadado, ¡sino muy contento!
—¿Contento? ¿Cómo puede alegrarse de que su hija tenga citas clandestinas con un desconocido?
—Sí, claro, reconoció que eso estaba muy mal. Pero me preguntó su nombre, que yo ignoraba, claro, pero recordé que su primo me había dicho que se apellidaba Wyndham, así que dije que ése era su nombre.
—Pero ¡si no me apellido así!
—¿Y cómo quería que lo supiera? —repuso Lydia, ofendida—. ¡Tenía que responder algo!
—¡Es usted una joven sin escrúpulos! Además, ¿cómo es que su padre se alegró tanto cuando se enteró de que me llamaba Wyndham?
—Por lo visto, los Wyndham son tremendamente ricos.
—Debe informarle cuanto antes que no pertenezco a esa familia y que tampoco tengo dinero.
—¿Cómo voy a decírselo? ¡Sea razonable! ¡Piénselo! Si ahora confieso que me había equivocado respecto a su apellido, mi padre creerá que usted pretendía engañarme.
—Pero ¡no puede esperar que finja estar enamorado de usted! —exclamó Pen, horrorizada.
Lydia se sorbió la nariz.
—Esa idea me resulta repulsiva, y me arrepiento de haber hablado de usted a mi padre. Pero cometí el error, y ahora no sé qué hacer. Si se entera de que me lo inventé todo, se pondrá furioso.
—Bueno, lo siento muchísimo, pero creo que quien se equivocó es usted, así que yo me lavo las manos —dijo Pen. Entonces observó el delicado rostro de la señorita Daubenay e hizo un descubrimiento: la suave barbilla de la joven se elevaba en un gesto de obstinación, y sus ojos de cervatillo la miraban con fijeza, con una mezcla de súplica y determinación.
—No puede lavarse las manos. Ya le he dicho que mi padre ha resuelto hablar con su primo hoy mismo.
—Tendrá que disuadirlo.
—No puedo. ¡Usted no lo conoce!
—No, ni quiero —puntualizó Pen.
—Si confieso que todo era mentira, no sé qué pasará. ¡Me niego! No me importa lo que usted diga: ¡me niego!
—Pues me encargaré de desacreditar su versión.
—Entonces —replicó Lydia con un deje triunfante—, mi padre le hará algo terrible, porque pensará que es usted quien está mintiéndole.
—Me parece que, a menos que sea un idiota, a estas alturas debe de conocerla lo suficiente para saber que es usted la que le contó una mentira —repuso Pen con aspereza.
—No le servirá de nada mostrarse desagradable y grosero —insistió Lydia—. Porque mi padre está convencido de que me siguió hasta Queen Charlton.
—Querrá decir que usted le dijo que la seguí —replicó Pen con amargura.
—Sí, así es. O mejor dicho, él me lo preguntó, y entonces contesté que sí sin pensarlo.
—¡Es usted la persona más descerebrada que conozco! ¿Es que nunca piensa lo que dice? —soltó Pen, exasperada—. ¡Mire qué lío ha organizado! O bien su padre me preguntará cuáles son mis intenciones o, lo que es más probable, pedirá cuentas a sir Richard de mi conducta. ¡Dios mío! ¿Qué dirá él de esta nueva complicación?
Era evidente que dichas consecuencias traían sin cuidado a la señorita Daubenay. La joven, por formalidad, volvió a disculparse, pero añadió:
—Confiaba en que podría ayudarme. Pero usted es un muchacho, claro, y no entiende lo que supone que lo persigan como me persiguen a mí.
—De hecho sí lo entiendo —repuso Pen al oír este comentario, que como es lógico despertó su compasión—. Pero si ayudarla significa pedir su mano, me temo que no estoy dispuesto. Cuanto más lo pienso, más absurdo me parece que se le ocurriera planteármelo. ¿De verdad creía que metiéndome en la historia conseguiría algo?
Lydia suspiró hondo.
—Una no piensa en esas cosas en un momento de exaltación. Además, no lo metí a propósito en la historia. Lo hice… sin darme cuenta.
—No entiendo cómo pudo pasar sin que se percatara.
—Una cosa llevó a la otra —explicó Lydia vagamente—. Antes de que me diera cuenta, toda la historia ya había… crecido. Por supuesto que no deseo que pida mi mano, pero creo que usted podría fingir que tal es su deseo, para que mi padre no sospeche que le mentí.
—¡Ni hablar!
—Es usted muy antipático —gimoteó Lydia—. Volverán a enviarme a Bath, mi tía abuela Augusta se pasará el día espiándome y nunca volveré a ver a Piers.
—¿A quién? ¿A quién no volverá a ver jamás?
—¡Ay, no me lo pregunte, por favor! ¡No quería mencionar su nombre!
—¿Está usted…? —Pen se interrumpió, repentinamente pálida, pero al cabo prosiguió—: ¿Está usted comprometida con Piers Luttrell?
—¡Lo conoce! —exclamó la señorita Daubenay, emocionada y juntando las manos.
—Sí —contestó Pen, sintiendo algo parecido a un repentino agujero en el estómago—. Sí, lo conozco.
—¡Entonces me ayudará!
Los azules ojos de la señorita Creed se clavaron en los de la señorita Daubenay, castaños y centelleantes. Pen tomó aire, antes de preguntar incrédula:
—¿Es verdad que Piers está enamorado de usted?
—No sé por qué se sorprende tanto —repuso la otra, haciendo una mueca—. Llevamos un año comprometidos. ¿Por qué me mira así?
—Le pido disculpas. Pero ¡cuánto debe de haber cambiado! ¡Es muy extraño!
—¿Por qué? —preguntó Lydia con recelo.
—Bueno, porque… Usted no lo entendería. ¿Llevan un año entero citándose en el bosque?
—No, porque mi padre me envió a Bath y sir Jasper prohibió a Piers volver a verme, y hasta lady Luttrell aseguró que éramos demasiado jóvenes. Pero ¡nos queremos!
—Extraordinario —admitió Pen moviendo la cabeza—. ¡Me cuesta creerlo!
—¡Es usted detestable! Lo que le cuento es la pura verdad, y si conoce a Piers, puede preguntárselo usted mismo. ¡Ojalá nunca nos hubiéramos encontrado!
—Lo mismo digo —replicó Pen con franqueza.
La señorita Daubenay rompió a llorar, lo que despertó el interés de Pen.
—¿Siempre llora usted tanto? ¿Le llora así a Piers? —preguntó al cabo de un rato, como si tratara de resolver un misterio.
—¡Yo no le lloro a nadie! —replicó la señorita Daubenay entre sollozos—. Y si Piers supiera lo desagradable que ha sido usted conmigo, estoy segura de que le daría un puñetazo.
A Pen le entró un ataque de risa, lo que indignó tanto a Lydia que dejó de llorar y con aire dramático le ordenó que se marchara inmediatamente del huerto. Sin embargo, cuando se dio cuenta de que Pen estaba dispuesta a obedecerla, corrió tras ella y la agarró por el brazo.
—¡No, no! ¡No puede marcharse hasta que hayamos decidido qué vamos a hacer! ¡No puede ser tan cruel! ¡No puede desmentirle mi versión a mi padre!
Pen reflexionó.
—Bueno, pero a condición de que no me pida que le proponga matrimonio.
—¡No, no! ¡Le prometo que no se lo pediré!
—Sí, pero eso no servirá de nada —repuso Pen frunciendo el entrecejo—. Sólo hay una solución: tendrán que fugarse.
—Pero…
—Mire, no empiece a hablar de escándalos ni a protestar porque se le estropeará el vestido. Para empezar, es tremendamente cursi, y además, Piers no lo soportaría.
—¡Él me considera perfecta! —afirmó la señorita Daubenay con orgullo.
—Hace mucho tiempo que no lo veo, pero no puedo creer que se haya vuelto tan estúpido.
—Sí, Piers… ¡Oh! ¡Lo odio, lo odio! —gritó Lydia pateando el suelo—. Además, ¿cómo voy a fugarme?
—Bueno, Piers tendrá que organizarlo. Si Richard no pone objeciones, supongo que podría ayudarlo —la tranquilizó Pen—. Habrá de escapar de su casa por la noche, lo que me recuerda un detalle importante: necesitará una escalerilla de cuerda.
—No tengo ninguna.
—Pues Piers deberá conseguírsela. Si se la lanza a la ventana, usted podría atarla bien y bajar por ella, ¿no?
—Preferiría escaparme por la puerta —comentó Lydia, angustiada.
—¡De acuerdo, de acuerdo! Será más aburrido, pero… es asunto suyo. Piers estará esperándola con un coche. Usted subirá y los caballos echarán a andar, y viajarán juntos hasta la frontera. ¡Es como si estuviera viéndolo! —exclamó Pen, emocionada.
—La verdad es que suena muy romántico —admitió Lydia, contagiándose un poco de su entusiasmo—. Pero la frontera queda muy lejos de aquí, y todos estarán muy enfadados con nosotros.
—Una vez se hayan casado, eso carecerá de importancia.
—Por supuesto, claro que sí. Pero creo que Piers no tiene dinero.
—¡Oh! —El rostro de Pen se ensombreció—. Eso complica las cosas, desde luego. Pero supongo que ya se nos ocurrirá algo.
—Mire, si no le importa, preferiría no ir a Gretna, porque, aunque sería muy romántico, me da la impresión de que también resultaría muy incómodo. Además, cuando llegara allí no tendría doncellas, ni traje de novia ni velo de encaje ni nada.
—¡Deje de parlotear! —ordenó Pen—. ¡Estoy pensando! —Lydia obedeció y guardó silencio—. ¡Tenemos que ablandar el corazón de su padre! —declaró Pen al cabo de un rato.
—Sí, me parece bien, pero ¿cómo lo lograremos? —preguntó la otra, mirándola con recelo.
—¡Pues logrando que le esté agradecido a Piers, por supuesto!
—Pero ¿por qué iba a estarle agradecido mi padre? Lo tacha de mocoso.
—Piers tendrá que rescatarla de un peligro mortal.
—¡Ay, no, por favor! —suplicó Lydia con voz entrecortada—. ¡Qué miedo! ¡Y piense lo espantoso que sería que Piers no lograra salvarme!
—¡Qué inocente es usted! —soltó Pen, desdeñosa—. ¡No habrá ningún peligro real!
—Pero si no lo hay, ¿cómo va Piers a…?
—¡Piers la rescatará de mí! —aclaró la señorita Creed.
Lydia la miró parpadeando.
—No lo entiendo. ¿Cómo va Piers a…?
—¡Deje de repetir «cómo va Piers a»! Tenemos que lograr que su padre crea que soy un joven sin un céntimo y sin porvenir, y luego hemos de fugarnos juntos.
—Pero ¡si no deseo fugarme con usted!
—¡No sea boba! Ni yo tampoco con usted. Representaremos una farsa. Piers nos perseguirá y nos atrapará, y luego la devolverá con su padre, que se pondrá tan contento que le permitirá casarse con él, que sí tiene muy buen porvenir.
—Sí, pero se olvida de sir Jasper —argumentó Lydia.
—Sir Jasper no nos causará ningún problema —aseguró Pen, impaciente—. Además, está de viaje. ¡Mire, no ponga más reparos! He de volver al George y avisar a Richard. Y también hablaré con Piers, y estoy convencido de que lo arreglaremos todo en un momento. Volveremos a vernos en el bosque esta noche; entonces le explicaré lo que ha de hacer.
—¡Ay, no, no, no! —exclamó Lydia estremeciéndose—. ¡En el bosque no! ¡No quiero volver allí!
—Está bien, pues aquí. ¡Cuántos remilgos! Por cierto, ¿se lo contó todo a su padre? Me refiero a si le comentó que vio cómo el capitán Trimble mataba al tartamudo.
—Sí, por supuesto que se lo conté, y él afirma que debo explicárselo al señor Philips. ¡Es terrible! ¡Mis problemas me habían hecho olvidarlo!
—¡Es usted un fastidio! ¡No debió contar nada a su padre! Ahora nos vamos a meter en un lío, porque Richard ya dio su versión de la historia al señor Philips, y yo también la mía, y ahora usted tendrá que contarle otra diferente. ¿Le habló de Richard a su padre?
—No —confesó Lydia agachando la cabeza—. Sólo le conté que eché a correr.
—Bueno, en ese caso quizá el daño aún no esté hecho —aventuró Pen con optimismo—. Me marcho. Volveremos a encontrarnos aquí después de la cena.
—Pero ¿y si me vigilan y no puedo escabullirme? —gimoteó Lydia tratando de detener a Pen, que entretanto había trepado al muro y se disponía a saltar al camino.
—Tendrá que inventarse algo —repuso la señorita Creed con dureza, y se perdió de vista.
Cuando llegó al George, sir Richard no sólo había terminado de desayunar, sino que se disponía a salir en busca de su desaparecida acompañante.
—¡Oh, Richard, qué aventura! —exclamó de manera impulsiva, colorada y jadeante, al entrar en el salón—. ¡Tengo muchas cosas que contarle! ¡Hemos de cambiar nuestros planes!
—¡Qué sorpresa! ¿Puedo preguntarle de dónde viene?
—Sí, claro —repuso Pen, sentándose a una mesa y empezando a untar una rebanada de pan con abundante mantequilla—. Estaba con esa estúpida. ¡No se imagina lo necia que es!
—Me lo imagino perfectamente. ¿Qué ha hecho la señorita Daubenay, y por qué ha ido usted a verla?
—Es una larga y complicada historia.
—En ese caso, quizá la entienda mejor si no me la cuenta con la boca llena.
Los ojos de Pen centellearon, risueños, mientras se tragaba el pan con mantequilla.
—Perdóneme. Es que estoy hambrienta.
—Cómase una manzana.
—No, gracias. Tomaré un poco de ese jamón. ¿A que no adivina qué ha hecho esa boba?
—No tengo ni la menor idea —contestó sir Richard cortando unas lonchas de jamón.
—Pues dijo a su padre que anoche fue al bosque a reunirse conmigo.
—Dios mío. ¿Por qué? —preguntó él, dejando el cuchillo y el tenedor.
—Bueno, por una razón tan estúpida que no vale la pena explicársela. Pero el caso es que su padre se propone venir a verlo esta misma mañana, Richard, para hablar con usted del asunto. Verá, ella confiaba en que si le contaba a su padre que en Bath nos habíamos visto en secreto…
—¿En Bath? —la interrumpió sir Richard con tono débil.
—Sí, le explicó que en Bath nos veíamos casi a diario, para que no volvieran a enviarla a casa de su tía abuela Augusta. Eso puedo entenderlo, pero…
—Le aseguro que entiende usted mucho más que yo. Hasta ahora no he disfrutado del privilegio de comprender ni una sola palabra de esta historia. ¿Qué tiene que ver esa tía abuela Augusta?
—Es que enviaron a Lydia a su casa, y a ella no le gustó nada. Asegura que su tía no hacía más que jugar al backgammon y espiarla. En ese sentido la compadezco, porque sé exactamente a qué se refiere.
—Me alegro —aseguró sir Richard enfáticamente.
—El caso es que Lydia creyó que, si confesaba a su padre que me había visto en secreto en Bath, no volvería a enviarla allí.
—A mí eso me suena a un caso grave de obsesión.
—Sí, a mí también. Pero eso no es lo peor. Me contó que en lugar de enfadarse, su padre se puso muy contento.
—Por lo visto, la locura de esa joven es heredada.
—Eso mismo pensé, pero al parecer Lydia dijo a su padre que yo me apellidaba Wyndham, y ahora cree que su hija está a punto de casarse con un excelente partido.
—¡Dios mío!
—Ya sabía que se sorprendería. Y hay otra circunstancia que lo complica todo aún más. —Levantó un momento la vista del plato y añadió con cierto embarazo—: Descubrí una cosa que… que me conmocionó. Lydia me reveló a quién fue a ver al bosque anoche.
—Entiendo.
—¿Usted… lo sabía, Richard? —preguntó la joven, ruborizándose.
—Lo sospechaba.
—También debí sospecharlo —repuso ella, asintiendo con la cabeza—. La verdad es que pensé… Bueno, no importa. Supongo que usted no sabía cómo decírmelo.
—¿Le importa mucho? —preguntó él con cierta brusquedad.
—Bueno, yo… nosotros… Verá, estaba convencida de que Piers y yo… Supongo que me costará un poco hacerme a la idea, porque eso ha desbaratado mis planes por completo. ¡Pero no importa! Ahora hemos de pensar cómo podemos ayudar a Piers y Lydia.
—¿Quiénes, nosotros?
—Sí, porque confío en que usted pueda convencer al padre de Lydia de que no soy un buen partido para ella. ¡Eso es lo más urgente!
—¿Está diciéndome que ese chiflado va a venir aquí a pedir mi consentimiento para que usted contraiga matrimonio con su hija?
—Creo que va a venir para enterarse de cuánto dinero tengo, y de si mis intenciones son honradas —puntualizó la joven mientras se servía una taza de café—. Pero cabe la posibilidad de que ella lo entendiera todo mal, porque es increíblemente boba, y quizá su padre sólo quiera pedirle cuentas por mi escandalosa conducta al citarme con su hija en secreto.
—Veo que nos espera una mañana entretenida —comentó sir Richard con aspereza.
—Creo que será muy divertida. Porque… ¿Qué ocurre? —preguntó la joven, al ver que Wyndham se tapaba los ojos con la mano.
—¡Cree que será muy divertida! ¡Santo cielo!
—¡Vaya! ¡Ya está riéndose de mí otra vez!
—¿Riéndome? Estoy recordando mi cómoda casa, mi ordenada vida, mi hasta ahora reputación impecable, y preguntándome qué hice para merecer que me metieran en este escandaloso embrollo. Por lo visto, pasaré a la historia como un hombre que no sólo tenía un primo que era un monstruo de precoz depravación, sino que además lo ayudó e instigó a seducir a una respetable joven.
—¡No, no! —dijo Pen con seriedad—. ¡Nada de eso, se lo aseguro! Lo he organizado todo de la mejor manera posible para que usted no salga perjudicado.
—Ah, bueno. En ese caso… —repuso él, quitándose la mano de la cara.
—¡No se burle de mí! Seré el hijo único de una viuda.
—Esa pobre mujer cuenta con toda mi compasión.
—Sí, porque soy muy alocado, y ella sola no puede conmigo. Por eso está usted aquí. Y es evidente que no parezco lo bastante mayor para ser un pretendiente adecuado. ¿Cree que lo parezco?
—No, pienso que no. De hecho, no me sorprendería que el padre de Lydia se presentara aquí con una vara de abedul.
—¡Madre mía, qué horror! ¡No se me había ocurrido! Bueno, confío en usted.
—Puede confiar en que aseguraré al comandante Daubenay que la historia que le contó su hija es un fárrago de mentiras.
Pen negó con la cabeza.
—No, no podemos hacer eso. Al principio le dije lo mismo a Lydia, pero entienda lo difícil que sería convencer de ello al comandante. ¡Piénselo, sir Richard! Lydia explicó a su padre que la había seguido hasta aquí, y admito que será difícil desmentirlo, porque sí estuve en el bosquecillo anoche, y usted sabe tan bien como yo que no podemos explicar lo que de verdad ocurrió. No; tendremos que apañarnos. Además, creo que debemos ayudar a Piers, si es verdad que quiere casarse con esa tarambana.
—No tengo el menor interés en ayudar a su amigo, que en mi opinión está comportándose de forma censurable en grado sumo.
—¡Oh, no, él no tiene la culpa! Ya veo que debí contarle toda la historia.
Y sin dar tiempo a sir Richard para protestar, Pen se embarcó en un rápido y adornado relato de las tribulaciones de ambos jóvenes enamorados; relato que con añadidos de su propia cosecha resultaba considerablemente enrevesado, de modo que sir Richard tuvo que interrumpirla en varias ocasiones para que le aclarara ciertos detalles.
—Una historia conmovedora. Sin embargo, opino que el tema de Romeo y Julieta está pasado de moda —comentó al final Wyndham sin entusiasmo.
—Pues yo llegué a la conclusión de que Piers y Lydia sólo pueden hacer una cosa: fugarse.
Sir Richard, que hasta ese momento había estado jugando con su monóculo, lo dejó caer y dijo con una severidad inesperada:
—¡Basta ya! Mire, jovencita, estoy dispuesto a engatusar al iracundo padre, pero esto tiene que acabarse. Por mí, ese par de alocados pueden fugarse mañana mismo, mas no quiero tener nada que ver en el asunto, y tampoco pienso permitir que usted intervenga. ¿Me ha entendido?
Pen escudriñó el rostro de Wyndham y no apreció ni rastro de jovialidad en sus ojos, cuya expresión era mucho más severa de lo habitual. Era evidente que no pensaba apoyar el plan de Pen de fugarse con la señorita Daubenay, así que decidió no contarle nada más.
—Puede hacer lo que desee, pero no tiene ningún derecho a decirme lo que debo o no debo hacer —replicó Pen con brío, pues no era la clase de persona que dejaba de responder a un desafío—. No es asunto suyo.
—Pero lo será.
—No sé qué quiere decir.
—Ya, pero lo sabrá.
—Bueno, no vamos a discutir por eso —señaló Pen, más pacífica.
—¡No, claro que no! —exclamó sir Richard, echándose a reír.
—¿Y no dirá al comandante Daubenay que la historia de Lydia es falsa?
—¿Qué quiere que le diga? —preguntó él sucumbiendo al tono persuasivo de Pen y a la mirada suplicante de sus inocentes ojos.
—Pues que estuve en Bath con mi tutor, pero que causaba tantos problemas que mi madre…
—¿La viuda?
—Sí, y ahora entenderá por qué lo es.
—Si se supone que salió usted a su imaginario padre, lo entiendo muy bien. Seguro que el pobre hombre murió en la horca.
—¿Se acuerda? Jimmy Yarde la denomina «el collar de esparto».
—Sí, me acuerdo. Pero le agradecería que no empleara esa expresión.
—Está bien. ¿Por dónde iba?
—Estaba con su tutor.
—Exacto. Pues bien, causaba tantos problemas que mi madre lo envió a usted a buscarme. Podríamos explicar que es usted una especie de fideicomisario, o algo así. Y puede contarle al comandante Daubenay todas las cosas horribles que quiera sobre mí. De hecho, será mejor que lo convenza de que soy muy mala persona, además de no tener ni un penique.
—¡No tema! Dibujaré tal retrato suyo que el comandante agradecerá que su hija se haya librado de comprometerse con semejante monstruo.
—¡Sí, sí! Y luego tengo que ver a Piers.
—¿Y luego?
Pen suspiró.
—En eso todavía no he pensado. La verdad es que tenemos tanto que hacer que de momento no puedo pensar en planear nada más.
—¿Me permite que le proponga un plan, Pen?
—Sí, desde luego, si se le ocurre algo… Pero antes me gustaría ver a Piers, porque todavía no puedo creer que de verdad quiera casarse con Lydia. ¡Esa muchacha no hace más que llorar, sir Richard!
Él la miró enigmáticamente.
—Sí. Quizá sería mejor que primero viera a su amigo. La gente, y sobre todo los jóvenes, pueden cambiar mucho en cinco años, querida.
—Cierto —concedió ella con aire melancólico—. Pero ¡yo no he cambiado!
—Quizá sí.
Como no parecía convencida, él no insistió. Entonces entró el camarero para retirar la mesa, y en cuanto éste hubo salido del salón, llevaron a sir Richard la tarjeta de presentación del comandante Daubenay.
—¡Cielos, ahora me gustaría no estar aquí! —exclamó la joven, palideciendo—. Supongo que ya no puedo escapar, ¿verdad?
—No. Seguramente tropezaría con el comandante en la puerta. Pero no sufra, no permitiré que le pegue.
—¡Eso espero! Dígame, rápido: ¿qué aspecto tiene un depravado? ¿Lo parezco?
—En absoluto. Lo mejor que puede hacer es aparentar mal humor y fruncir el ceño.
La joven se sentó en la butaca de un rincón y se repantigó tratando de enfurruñarse.
—¿Así?
—¡Excelente! —aprobó sir Richard.
Un minuto después, el comandante Daubenay entraba en el salón. Era un hombre nervioso, rubicundo, y al encontrarse frente a la alta e impecable figura de un dandi, exclamó:
—¡Dios mío! ¡Es verdad! ¡Es usted sir Richard Wyndham!
Pen, que permanecía en el rincón muy ceñuda, no pudo por menos de admirar la perfección de la reverencia de su protector. Entonces, los ojos ligeramente saltones del comandante repararon en ella.
—¡Y ése debe de ser el joven canalla que ha estado jugando con los sentimientos de mi hija!
—¿Otra vez? —preguntó sir Richard con hastío.
El comandante lo miró fijamente.
—¡Dios santo! ¿Insinúa que ese… ese bribón tiene por costumbre seducir a muchachas inocentes?
—¡Caramba! ¿Tan grave es la situación?
—¡No, no! —respondió el comandante echando chispas—. Pero teniendo en cuenta que mi hija confesó que anoche se escapó de casa para reunirse con él en el bosque, y que en Bath lo vio en secreto muchas veces…
—Le expreso mi sincera condolencia —dijo sir Richard, poniéndose el monóculo —. Su hija debe de ser una joven con mucha iniciativa.
—¡Mi hija es una cursi y una boba! ¡No sé adonde irá a parar la juventud de hoy en día! Ese joven… Dios mío, si parece un crío… ¿es pariente suyo?
—Mi primo… Soy el fideicomisario de su madre, que es viuda.
—En ese caso, estoy hablando con la persona adecuada.
—Le ruego que me absuelva de toda responsabilidad, señor —pidió sir Richard, alzando una lánguida mano—. Mi función consiste únicamente en librar a mi primo del cuidado de un tutor que demostró sobradamente ser incapaz de controlar sus… actividades, y en devolverlo a casa de su madre.
—Pero entonces, ¿qué hacen aquí, en Queen Charlton?
—Tengo amigos en esta región, señor —contestó el otro, dando a entender que era una pregunta impertinente—. Creo que no será necesario que lo aburra con los motivos que me condujeron a interrumpir un viaje que hasta ahora ha resultado… sumamente desagradable para mí. ¡Haz el favor de saludar como es debido, Pen!
—¿Pen? —repitió el comandante, y fulminó a la joven con la mirada.
—Se llama como el gran cuáquero —explicó sir Richard.
—¡Ah, claro! Pues sepa usted, señor, que su conducta no hace honor a su nombre.
—Tiene toda la razón —coincidió sir Richard—. Lamento decir que el muchacho ha sido una fuente constante de ansiedad para su madre.
—Parece muy joven —comentó el comandante.
—Sí, pero ya ha cometido muchos pecados.
—¡Vamos, señor! ¡No será para tanto! —exclamó el comandante, que parecía desconcertado—. Hay que mostrarse indulgente con los jóvenes. No cabe duda de que lo que hizo es muy censurable, y no pretendo exonerar a mi hija de culpa, pero la primavera de la vida… ¡ya se sabe! Los jóvenes albergan unas ideas tan románticas… ¡No me extraña que tengan citas clandestinas! Pero creo que cuando dos jóvenes se enamoran…
—¿Enamorarse? —lo interrumpió sir Richard fingiendo perplejidad.
—¡Vaya, veo que se sorprende! Uno siempre tiende a pensar que los pájaros son demasiado jóvenes para abandonar el nido, ¿verdad? Pero…
—¡Pen! —saltó Wyndham volviéndose bruscamente hacia su presunto primo—. ¿Significa eso que hiciste proposiciones serias a la señorita Daubenay?
—Nunca le propuse matrimonio —declaró la joven sin levantar la cabeza.
El comandante parecía a punto de sufrir una apoplejía. Antes de que pudiera recuperar el habla, sir Richard ya había intervenido: estupefacto, el comandante recibió una detallada descripción de la desvergonzada precocidad de Pen que llevó a ésta a darse la vuelta para disimular la risa. Según la maliciosa lengua de Wyndham, en Bath se contaban por docenas sus inocentes víctimas. Cuando soltó que aquel joven paria carecía de medios y porvenir, el comandante declaró que el mocoso merecía que lo azotaran.
—Lo mismo opino yo —dijo sir Richard con una cabezada.
—¡Cielos, no imaginaba que la situación fuera tan grave! ¿Y dice que no posee ni un penique?
—Es prácticamente un indigente.
—¡Dios mío, de buena nos hemos librado! ¡No sé qué decir! ¡Estoy horrorizado!
—¡Ay! ¡De tal palo, tal astilla! Su padre también tenía ese aire de inocencia, pero ocultaba un corazón pérfido.
—¡Me deja usted de piedra! —declaró el comandante—. Y sin embargo, parece sólo un crío.
—Y si Lydia le dice que le propuse matrimonio, miente —proclamó Pen al considerar que ya era hora de participar en el montaje, con un aire cándido que consiguió horrorizar aún más al comandante—. Sólo jugaba con ella. No quiero casarme.
Esa afirmación volvió a dejar a Daubenay sin habla. Sir Richard amenazó a su supuesto primo con el dedo índice, y para cuando el indignado padre dejó de atragantarse, ya había vuelto a tomar las riendas de la situación. Concedió que debían correr un velo sobre lo ocurrido, prometió vigilar a Pen y por último acompañó al comandante fuera, asegurándole que la depravación del pequeño bribón recibiría su justo castigo.
Pen, que había hecho grandes esfuerzos por contener la risa, soltó una carcajada en cuanto el comandante salió de la posada, y hasta tuvo que sujetarse al respaldo de una butaca para no caer. En esa postura fue como la encontró el señor Luttrell, el cual, en cuanto Wyndham y Daubenay hubieron salido por el vestíbulo sin reparar en su presencia, se precipitó hacia Pen.
—Lo encuentra muy divertido, ¿verdad, bellaco? ¡Pues yo no! —masculló.
La señorita Creed levantó la cabeza y, entre las lágrimas de hilaridad, reconoció la cara de su antiguo compañero de juegos.
—¡Le he oído! ¡No he podido evitarlo! Así que no pretendía casarse, ¿eh? ¡Y se… se jacta de haber jugado con los sentimientos de una joven inocente! Cree que podrá quedar impune, ¿verdad? ¡Pues voy a darle una lección! —dijo Luttrell amenazadoramente y tartamudeando de ira.
Horrorizada, Pen vio que el joven apretaba los puños.
—¡Piers! ¿No me reconoces? —exclamó, parapetándose con rapidez tras una mesa—. ¡Mírame! ¡Soy yo, Pen!
El joven bajó los puños y se quedó de pie en medio del salón, jadeando.
—¿Pen? —consiguió articular—. ¿Pen?