El dandi
Capítulo 4
Mientras su hermana pronunciaba esas palabras, el hombre elegante dormía en un rincón de una enorme y lenta diligencia, verde y dorada, que se mecía y oscilaba camino de Bristol. Eran las dos de la tarde, se encontraban en Calcot Green, al oeste de Reading, y los sueños que turbaban el reposo del galán eran de todo punto inquietantes. Había tenido que soportar algunos momentos de vigilia, cada vez que la diligencia se detenía con una fuerte sacudida para recoger o dejar pasajeros, cambiar los caballos o esperar a que un lento guardián abriera la cancela del camino. Esos instantes le habían resultado aún más angustiosos que sus sueños. Le dolía la cabeza, le escocían los ojos y una fantasmagoría de extrañas y hostiles caras oscilaba ante su visión escandalizada. Así que con un gemido había vuelto a bajar los párpados, pues prefería sus pesadillas a la realidad; pero cuando el coche se había parado en Calcot Green para dejar a una robusta mujer que padecía asma, el sueño lo había abandonado definitivamente. Entonces abrió los ojos, parpadeó al ver la cara de un hombre con aspecto escrupuloso, ataviado con un traje negro, que estaba sentado enfrente de él; exclamó «¡Dios mío!» y se enderezó.
—¿Le duele mucho la cabeza? —le susurró al oído una voz solícita que le resultó vagamente familiar.
El galán se volvió y se topó con la inquisidora mirada de la señorita Penelope Creed.
—Ya me acuerdo —dijo, tras contemplarla en silencio por unos instantes—. La diligencia. Bristol. ¡Ay! ¿Por qué tocaría el brandy?
Un pellizco reprobatorio le hizo recordar dónde estaba. Reparó en que había tres personas más en el coche, sentadas frente a él, y que todas lo observaban con interés. El individuo con aspecto escrupuloso —que debía de ser un pasante de pluma— no disimulaba su desaprobación; una mujer ataviada con una capota y un chal de seda inclinó la cabeza con aire maternal y comentó que le recordaba a su segundo hijo, que tampoco soportaba el bamboleo de la diligencia; y un hombre corpulento sentado a su lado —seguramente su esposo— corroboró su afirmación diciendo con voz grave: «¡Así es!».
Sir Richard se llevó de manera instintiva una mano al fular y comprobó que estaba bastante arrugado, igual que los faldones de su chaqueta azul. El sombrero parecía empeorar su migraña, así que se lo quitó y se sujetó la cabeza con ambas manos, tratando de deshacerse de los últimos restos de sueño.
—¡Dios mío! —exclamó con voz pastosa—. ¿Dónde estamos?
—Bueno, no sabría decirlo con certeza, pero ya hemos pasado Reading — contestó Pen mirándolo con aprensión.
—Estamos en Calcot Green —observó el hombre corpulento—. Hemos parado para dejar a un pasajero. No están respetando mucho el horario, eso desde luego. Seguro que el cochero ha bajado a beber algo.
—¡Bueno! Después de tantas horas en lo alto de la caja, al sol, debe de estar sediento —comentó su esposa, más comprensiva.
—Tienes razón —concedió su esposo.
—Si se entera la compañía, lo despedirán, ¡y con razón! —opinó el pasante en tono desdeñoso—. El comportamiento de estos cocheros raya en el escándalo.
—No creo que haya motivo para enojarse tanto porque un cochero se retrase un poco —opinó la mujer—. Vive y deja vivir, eso es lo que digo siempre.
Su esposo asintió, como de costumbre. La diligencia se puso de nuevo en marcha con una fuerte sacudida. Al abrigo del estruendo de ruedas y cascos, Pen dijo:
—Anoche insistía en que estaba borracho, y ahora veo que era cierto. Temía que lamentara haberme acompañado.
—Sí, debía de estar borracho como una cuba, pero no me arrepiento, salvo del brandy —afirmó sir Richard, alzando la vista—. ¿Cuándo se supone que llega este infernal vehículo a Bristol?
—Verá, no es una de las diligencias más rápidas. Creo que arribaremos sobre las once. Pero estamos parando mucho. ¿Le resulta muy pesado?
—¿Y a usted? —preguntó él a su vez, mirándola.
—La verdad es que no. Estoy pasándolo en grande. Pero no quiero que aguante usted incomodidades por mi culpa. Ya me doy cuenta de que se encuentra fuera de lugar en una diligencia.
—Mi querida jovencita, le aseguro que usted no tiene nada que ver con mis incomodidades. Y respecto a eso de que me hallo fuera de lugar, ¿le importaría decirme cómo se halla usted?
—Bueno, al fin y al cabo sólo soy un desalmado colegial —repuso Pen, y los hoyuelos aparecieron en sus mejillas.
—¿Eso dije? —Ella asintió—. Pues es la verdad —reconoció él mirándola con ojo crítico—. Salvo que… ¿Le anudé ese fular? Sí, claro. ¿Qué demonios es eso?
—Una manzana —contestó la joven mostrándole la fruta—. Me la ha dado la mujer que acaba de apearse.
—Supongo que no pretenderá comérsela, ¿verdad?
—Por supuesto. ¿Por qué no? ¿Quiere un mordisco?
—¡No!
—Pues yo estoy hambrienta. Eso es lo único que se nos olvidó.
—¿Qué se nos olvidó?
—La comida —aclaró Pen, y mordió la manzana—. Debimos coger un cesto con vituallas para el viaje. No me acordé de que la diligencia no paraba en las casas de postas, como el coche del correo. Bueno, no es que no me acordara, sino que lo ignoraba.
—Habrá que remediarlo. Si está hambrienta, debe comer. ¿Qué piensa hacer con el corazón de la manzana?
—Comérmelo —respondió Pen.
—¡Mocosa repelente! —exclamó sir Richard, y se estremeció.
A continuación se recostó en su rincón, pero un tirón en la manga le hizo volver la cabeza hacia su acompañante.
—Les he dicho a los otros pasajeros que es usted mi tutor —susurró Pen.
—Sí, claro. Les parecerá de lo más normal que un joven caballero viaje en la diligencia acompañado de su tutor —repuso sir Richard, resignándose a su papel de comparsa.
En la parada siguiente, Woolhampton, se libró de la apatía que amenazaba con apoderarse de él, bajó del coche y demostró una inesperada habilidad para procurarse en la modesta posada una tolerable comida fría para su «pupilo». La diligencia lo esperó el tiempo que hizo falta, y el pasante, que vio cómo la mano del caballero iba de su bolsillo a la palma de la mano del cochero, refunfuñó sobre el soborno y la corrupción en los caminos del rey.
—Coma un poco de pollo —le recomendó sir Richard con cordialidad.
El pasante rechazó la invitación con gesto despectivo, pero otros pasajeros —en especial un niño con vegetaciones— accedieron encantados a compartir el contenido del cesto que Pen se había puesto sobre las rodillas.
Sir Richard enseguida comprendió que la señorita Creed tenía un carácter muy confiado; durante la larga jornada descubrió que era sociable en extremo. Miraba a todos los pasajeros con radiante naturalidad; conversaba incluso con el pasante; y mostraba una alarmante tendencia a convertirse en el alma de la fiesta. Cuando le preguntaron quién era y adonde iba, ella, con entusiasmo, contó una historia falaz que poco a poco iba embelleciendo con detalles extravagantes, sin dejar de pedir a sir Richard que la corroborara, de modo que él, contagiado del espíritu de la aventura, añadió unos cuantos toques improvisados. Eso pareció complacer a la joven, pero en cambio le disgustó que el caballero se negara a ayudarla a distraer al niño con vegetaciones.
Sir Richard volvió a recostarse en su rincón, disfrutando perezosamente de las incursiones de la señorita Creed en el reino de la fantasía, y preguntándose qué pensarían su madre y su hermana si se enteraran de que iba hacia un destino desconocido en una diligencia, acompañado de una joven a quien esas circunstancias importaban tan poco como su atuendo masculino. Se le escapó la risa al imaginarse la cara de Louisa. Ya no le dolía la cabeza, y aunque el sentimiento de indiferencia provocado por el brandy lo había abandonado, seguía bajo los efectos de una agradable sensación de irresponsabilidad. De haber estado sobrio, no se habría embarcado en aquel absurdo viaje; pero, como lo había emprendido borracho, estaba decidido a continuarlo. Además, sentía cierta curiosidad por la historia de aquella joven. Ella le había contado un fárrago la noche anterior, de lo que apenas guardaba memoria, aunque sí recordaba vagamente a una tía y un primo con cara de pez.
Giró un poco la cabeza, sin levantarla del deslucido respaldo del asiento, y con los párpados entornados observó la animada carita que tenía al lado. La señorita Creed escuchaba, al parecer muy interesada, una larga y enrevesada retahíla de las enfermedades que últimamente habían postrado al primogénito de la matrona. Negó con la cabeza, asombrada de la necedad del boticario; asintió, admirada de una eficaz y antiquísima panacea compuesta de extrañas hierbas; y ya se disponía a completar esa receta con una que usaba su familia cuando el pie de sir Richard encontró el suyo y se lo pisó.
Había llegado el momento de frenar a la joven. La matrona la miraba fijamente, mientras comentaba que resultaba asombroso encontrar a un joven caballero tan bien informado.
—Mi madre está inválida desde hace muchos años —mintió Pen, y se ruborizó levemente.
Entonces todos se mostraron muy interesados, y una mujer flaca y arrugada que iba sentada en el extremo opuesto aseguró que nadie podía saber más que ella de enfermedades.
Ese comentario hizo que Pen dejara de ser el centro de atención. Cuando la mujer acometió, triunfante, el relato de sus sufrimientos, la joven se recostó junto a su supuesto tutor y le lanzó una mirada traviesa a modo de disculpa.
El pasante, que todavía no había perdonado a sir Richard por sobornar al cochero, formuló algún comentario sobre las libertades que se permitían en aquella época a los jóvenes. Las comparó desfavorablemente con las que gozaba él en su juventud, y recalcó que, si algún día tenía un hijo, no lo mimaría asignándole un tutor, sino que lo enviaría al colegio. Pen replicó con aire sumiso que el señor Brown era muy estricto, y sir Richard, que se identificaba con el señor Brown, confirió credibilidad a dicha afirmación ordenando a Pen que se callara.
La matrona comentó que no podía negarse que el joven caballero los había animado a todos, y que le disgustaba la gente que trataba con dureza a los niños.
—Tienes razón —coincidió su esposo—. Nunca he hecho nada para aplacar a mis hijos: me gusta verlos felices.
Varios pasajeros miraron con reproche a sir Richard y, para que no cupiera duda acerca de su severidad, Pen permaneció callada, con las manos recogidas sobre el regazo y la cabeza gacha.
El caballero comprendió que durante el resto del viaje lo considerarían un opresor, así que se puso a ensayar mentalmente un discurso destinado a la edificación del espíritu de la señorita Creed.
Sin embargo, ella lo desarmó al quedarse dormida sobre su hombro. Durmió entre una parada y la siguiente, y cuando la sacudida de la diligencia al detenerse la despertó, sonrió adormilada a sir Richard y murmuró:
—Me alegro de que haya venido. ¿Usted también?
—Mucho. ¡Despierte! —exclamó él, temiendo que pudiera hacer otros comentarios imprudentes.
La joven bostezó y se enderezó. Por lo visto había un altercado entre el guardia y alguien que se hallaba en el patio de la posada. Un granjero que había subido a la diligencia en Calne, y que iba sentado al lado de Pen, comentó que el problema era que una persona pretendía subir sin billete.
—¡Es imposible, eso está claro! —señaló la mujer delgada—. ¡El coche ya va muy lleno!
—¿Dónde estamos? —preguntó Pen.
—En Chippenham —respondió el granjero—. Allí empieza la carretera de Bath, ¿lo ve?
Pen se inclinó para mirar por la ventanilla.
—¿En Chippenham, ya? ¡Ah, sí! ¡Reconozco el sitio!
Sir Richard la miró de reojo y murmuró:
—¿Cómo que «ya»?
—Bueno, me he quedado dormida. Por eso me parece que hemos llegado muy deprisa. ¿Está usted muy cansado, señor?
—No, en absoluto. Sólo estoy muy resignado.
En ese momento, el nuevo pasajero, que al parecer había llegado a un acuerdo con el guardia, abrió la puerta e intentó montar en la diligencia. Era un hombre menudo y enjuto que llevaba un chaleco de piel de gato y pantalones de algodón. En su rostro de facciones angulosas centelleaban unos ojos sin pestañas, hundidos bajo unas rubias cejas. Su intento de subir al coche halló una fuerte oposición. La mujer delgada gritó que no quedaba sitio; el pasante afirmó que era un escándalo cómo la Compañía sobrecargaba los vehículos; y el granjero sugirió al recién llegado que viajara en el techo.
—En el techo ya no cabe ni un alfiler —protestó el hombre—. ¡Pero si no ocupo tanto, caramba! ¡Arrímense un poco, amigos!
—¡Está lleno! —insistió el granjero—. ¡Pruebe en el portamaletas!
—Míreme bien, hombre: no ocupo más espacio que una aguja de jareta —replicó el desconocido—. Además, en el techo va una pandilla de petimetres y no me hace ninguna gracia viajar con ellos.
Sir Richard examinó al hombre con mirada experta y llegó a la conclusión de que los policías de Bow Street debían de conocerlo muy bien. Sin embargo, no le sorprendió que la señorita Creed se desplazara en el asiento para hacerle sitio, pues a esas alturas ya se había formado una idea del amistoso carácter de su protegida.
La joven se arrimó más a sir Richard y convenció al granjero de que todavía quedaba espacio para un pasajero más. El del chaleco de piel de gato le sonrió y subió.
—Vaya, y yo que pensaba que eras otro niño bonito —comentó apretujándose en el asiento vacante—. Te estoy muy agradecido, mozalbete. Jimmy Yarde nunca olvida los favores que le hacen.
El pasante, que debía de ser de la misma opinión que sir Richard respecto a Yarde, se sorbió la nariz y estrechó aún más la caja que llevaba sobre el regazo.
—¡Hombre, por Dios! —exclamó el recién llegado, observando el gesto con una sonrisa condescendiente—. ¡No soy ningún ganforro!
—¿Qué es un ganforro? —preguntó Pen con inocencia.
—¡Pero qué crío más gracioso! —comentó el hombre, casi desconcertado—. Un ganforro, joven caballero, es lo que confío que usted nunca llegue a ser. Un tipo de esos que suelen acabar en la gayola; siempre y cuando tengan suerte y antes no les hayan ceñido el collar de esparto.
Pen, muy intrigada, le pidió que tradujera esos extraños términos. Sir Richard, que había considerado y descartado la idea de ordenarle que le cambiara el sitio, se reclinó y se puso a escuchar con indolente regocijo la iniciación de la joven en los misterios de la jerga de los bajos fondos.
En Chippenham, la diligencia había recogido a un grupo de jóvenes que se dirigían a presenciar una pelea de gallos e iban montados en el techo del vehículo. A juzgar por los ruidos provenientes de arriba, resultaba evidente que estaban muy bebidos. Se los oía gritar, cantar y golpear el techo con los talones. La matrona y la solterona empezaron a alarmarse, al tiempo que el pasante declaraba que el comportamiento de aquellos jóvenes era lamentable. Pen se hallaba demasiado enfrascada en la conversación con Jimmy Yarde para prestar mucha atención al alboroto, pero cuando hubieron recorrido otros ocho kilómetros, de pronto el pesado vehículo aceleró y empezó a bambolearse sobre roderas y baches, oscilando peligrosamente hacia uno y otro lado. Entonces Pen interrumpió su fascinante charla y miró inquisitivamente a su tutor.
Una súbita sacudida la lanzó a sus brazos.
—¿No quería aventuras? Espero que esté disfrutando —dijo él con aspereza, devolviéndola a su asiento.
—Pero ¿qué está pasando?
—Creo que uno de esos lechuguinos que viajan en el techo ha decidido estrellar el coche.
—¡Que Dios se apiade de nosotros! —exclamó la matrona—. ¿Insinúa que uno de esos molestos borrachines está conduciendo la diligencia, señor?
—Eso mismo, señora.
La solterona soltó un gritito.
—¡Dios mío! ¿Qué va a ser de nosotros?
—Supongo que acabaremos en la cuneta —contestó sir Richard sin inmutarse.
De pronto se desató una babel. La solterona pedía a gritos que la dejaran salir de inmediato; la matrona intentó atraer la atención del cochero golpeando el techo con su sombrilla; el granjero asomó la cabeza por la ventanilla y prorrumpió en insultos y amenazas; Jimmy Yarde se echó a reír; y el pasante, encolerizado, le preguntó a sir Richard por qué no intervenía.
—¿Y qué puedo hacer? —repuso éste mientras sujetaba a Pen con un brazo reconfortante.
—¡Detenga el coche! ¡Deténgalo, se lo ruego! —suplicó la matrona.
—¡No tema, señora! ¡Ya se parará solo! —exclamó Yarde sonriendo.
Al cabo de un instante, una curva muy cerrada resultó una prueba excesiva para el inexperto cochero, que la tomó demasiado abierta: las ruedas exteriores subieron al pequeño terraplén de la cuneta y patinaron hacia la zanja. Todos los pasajeros se vieron lanzados de sus asientos. Las mujeres chillaron, el granjero lanzó juramentos; la madera crujió al partirse y algunos cristales se hicieron añicos. El coche quedó inclinado hacia un lado, y los tallos de espino entraron por las ventanillas rotas.
Con la cara cubierta por el sobretodo de sir Richard, Pen soltó un grito ahogado y forcejeó para librarse de un pliegue que la sujetaba contra el costado del caballero.
—¿Se ha hecho daño, Pen? —preguntó él soltándola.
—No, no. Muchas gracias por sujetarme. ¿Y usted? ¿Está herido?
Tenía un pequeño corte en la mejilla debido a una esquirla de cristal, pero como se había aferrado al reposabrazos del extremo del asiento, no había salido despedido como los demás viajeros.
—No; sólo estoy enojado —contestó—. ¡Haga el favor, señora! ¡Éste no es momento ni lugar para montar una escena! —soltó con mordacidad a la solterona, la cual, al encontrarse sentada encima del pasante, parecía presa de un ataque de nervios.
—¡Déjenme llegar a la puerta! —pidió Jimmy Yarde sujetándose al reposabrazos de enfrente para incorporarse—. La próxima vez que tome la diligencia, viajaré en el techo, con petimetres o sin ellos.
Como la diligencia no había llegado a volcar por completo, sino que la aguantaban el terraplén y el seto que bordeaban la zanja, no resultó difícil abrir la puerta para salir. A la solterona tuvieron que cogerla en brazos, porque se había quedado rígida, incapaz de hacer algo más que chillar y golpear con los talones. Pen bajó con agilidad, sin necesidad de ayuda, mientras la matrona refunfuñaba que, dado que ningún caballero se había ofrecido a ayudarla, saldría también por sus propios medios.
Aunque eran más de las nueve y ya se había puesto el sol, todavía había luz en el cielo y no hacía frío. Los viajeros se encontraron en un tramo desierto del camino, a unos tres kilómetros del pequeño pueblo de Wroxhall y a cincuenta de Bristol. Bastó una rápida inspección del coche para convencerlos de que necesitaría una reparación a fondo antes de poder reemprender el viaje. Sir Richard, que se había dirigido de inmediato hacia los caballos, al cabo de un momento volvió y le dijo a Pen que uno de los animales se había lastimado gravemente un tendón. No se había equivocado al suponer que habían cedido las riendas a uno de los pasajeros que viajaban en el techo. Llevar la diligencia constituía un pasatiempo habitual de los jóvenes que aspiraban a aprender a conducir, mas resultaba incomprensible que un cochero empleado por la compañía hubiera sido lo bastante necio para ceder su asiento a un aficionado borracho. Aunque acabó por entenderlo cuando reparó en el penoso estado del propio cochero.
Pen, que se hallaba sentada sobre la maleta de sir Richard, recibió la noticia de la gravedad de la avería con serenidad, pero los demás pasajeros protestaron ruidosamente, y acosaron al guardia con exigencias de que los condujeran enseguida a Bristol, por los medios que fuera. Paralizado por la indignación que sentía ante la mala conducta de su colega y la exasperación que le causaba que seis o siete personas le gritaran a la vez, el pobre hombre tardó en reaccionar. Pidió calma y paciencia, y aseguró que iría a caballo hasta Chippenham. Allí trataría de encontrar algún vehículo para trasladarlos a Wroxhall, donde tendrían que permanecer hasta que los recogiera la siguiente diligencia de Bristol, por la mañana.
Varios pasajeros decidieron ir caminando hasta Wroxhall, pero la solterona aún no se había recuperado del ataque de nervios, la matrona se lamentó de que sus callos no le permitieran andar tres kilómetros y el pasante insistió en que tenía derecho a que lo llevaran a Bristol esa misma noche. Hubo un par de personas que buscaron consejo en sir Richard, pues resultaba evidente que era un hombre acostumbrado a dar órdenes. Dicha propensión hizo que el caballero, nada complacido, se acercara a Pen y le dijera, en voz baja pero muy decidido:
—Creo que ha llegado el momento de separarnos de nuestros compañeros de viaje.
—¡Sí, tiene usted razón! —coincidió Pen, risueña—. Mire, he estado pensando y tengo un plan mucho mejor. ¡No vamos a ir a Bristol!
—Vaya. ¿Insinúa que ha decidido regresar a Londres?
—¡No, no! ¡Claro que no! Pero, después de lo ocurrido, sería absurdo esperar a la próxima diligencia, porque es muy probable que mi tía venga en ella. Además, mi intención nunca fue ir a Bristol.
—En ese caso, es una pena que hayamos recorrido todo este camino —ironizó sir Richard.
—¡No sea bobo! —lo reconvino Pen riendo—. Mi casa no está en Bristol, sino cerca, y creo que sería mejor que recorriéramos el resto del camino a pie. ¡Eso sí será una auténtica aventura!
—¿Dónde está su casa?
—Cerca de Queen Charlton; ya sabe, no muy lejos de Keynsham.
—No, no lo sé. Éste es su territorio, no el mío. ¿A qué distancia calcula que nos encontramos de Queen Charlton?
—No estoy muy segura. Tal vez unos veinticinco kilómetros, treinta a lo sumo, a campo traviesa.
—¿Pretende recorrer veintitantos kilómetros a pie?
—Bueno, no creo que sea tanto. En línea recta deben de ser unos quince.
—Pero ¿cómo vamos a ir campo traviesa? Y levántese de esa maleta, haga el favor.
—Me parece que podría caminar veinte kilómetros sin problemas —afirmó Pen levantándose—. Parando de vez en cuando, por supuesto. ¿Qué propone usted?
—Desandar el camino hasta encontrar una posada. Si no recuerdo mal, hay una no muy lejos de aquí. No tengo ninguna intención de seguir viajando con este lamentable grupo.
—La verdad es que también estoy un poco cansada de ellos —admitió Pen—. Pero ¡no quiero ir a una casa de postas!
—No se preocupe. Ninguna casa de postas respetable nos abrirá las puertas si nos presentamos de esta guisa.
Pen rió ante esa idea y ya no puso más objeciones. A continuación recogió la bolsa de viaje y echó a andar con su acompañante hacia Chippenham. Los otros pasajeros no los vieron partir, pues estaban muy entretenidos injuriando al cochero o planeando su siguiente movimiento.
—Y ahora ya puede darme esa bolsa —dijo sir Richard cuando se encontraron a cierta distancia de la diligencia, más allá de la primera curva del camino.
—Ni hablar —repuso la joven sujetándola con firmeza—. No pesa nada, y usted ya lleva su maleta. Además, estoy acostumbrándome al papel de hombre. ¿Qué haremos cuando lleguemos a la posada?
—Pedir la cena.
—Ya. ¿Y después?
—Acostarnos.
—¿No cree que deberíamos reemprender el viaje enseguida? —preguntó Pen tras un instante de reflexión.
—Por supuesto que no. Nos acostaremos como dos buenos cristianos, y por la mañana alquilaremos un coche para ir a Queen Charlton. Un vehículo privado — añadió.
—Pero…
—Pen Creed —dijo sir Richard con calma—, usted me propuso que fuera su acompañante y guía, y acepté. Luego ha hecho un retrato tan horrible de mí que ha conseguido que los pasajeros de esa diligencia me tomaran por un maltratador de menores. Ahora va a cosechar lo que ha sembrado.
—¿Va a maltratarme? —preguntó ella, riendo.
—¡No se imagina cuánto!
—Está bien, le obedeceré —aceptó la joven, cogiéndolo del brazo y pegando un saltito—. Me alegro mucho de haberlo conocido: estamos viviendo una extraordinaria aventura, ¿verdad?
Sir Richard soltó una carcajada y se quedó plantado en medio del camino. Ella lo miró desconcertada.
—Pero ¿qué le pasa? —preguntó.
—¡No importa! —exclamó él conteniendo la risa—. ¡Por puesto que estamos viviendo una extraordinaria aventura!
—Eso creo yo —afirmó ella colocándose de nuevo a su lado—. ¡Piers se va a llevar una sorpresa cuando me vea!
—Eso me temo. Supongo que no se arrepiente de haber venido en su busca, ¿verdad?
—¡Claro que no! ¡Piers es mi mejor amigo! ¿No le conté que cuando éramos niños juramos casarnos?
—Sí, algo recuerdo —admitió el caballero—. Pero también me acuerdo de que dijo que llevaba cinco años sin verlo.
—Sí, es cierto; pero eso carece de importancia, se lo aseguro.
—Ya —dijo sir Richard, reservándose sus inevitables reflexiones.
No habían recorrido más de tres kilómetros cuando llegaron a la posada que sir Richard había visto por la ventanilla de la diligencia. Era un establecimiento muy pequeño, con un viejo letrero que chirriaba prendido de unas cadenas, tejado de paja y un solo salón separado de la taberna.
Al enterarse del accidente de la diligencia, el posadero aceptó la inesperada llegada de los viajeros sin sorprenderse. Como oscurecía, mientras el caballero no entró en la posada y se acercó a una lámpara que colgaba del techo, el hombre no se formó una imagen clara del visitante. Para el viaje, sir Richard había elegido una sencilla chaqueta y unos bombachos viejos, pero el corte de la chaqueta azul, el lustre de sus botas, el nudo de su fular y las varias capas de su sobretodo proclamaban de forma inconfundible su categoría, de modo que el hospedero, conmocionado, miró alternativamente a los dos huéspedes con considerable respeto.
—Necesito una habitación para mí y otra para mi sobrino —explicó sir Richard —. Y también algo de cenar.
—Muy bien, señor. ¿Dice usted que viajaba en la diligencia de Bristol? — preguntó el hombre, incrédulo.
—Así es —afirmó sir Richard enarcando las cejas—. Eso he dicho. ¿Tiene alguna objeción?
—¡Oh, claro que no, señor! Y respecto a la cena… me temo que no solemos hospedar a clientes tan distinguidos, pero si acepta un plato de huevos con jamón, o quizá una loncha de tocino frío, me encargaré de que se lo sirvan enseguida.
Sir Richard aceptó los huevos con jamón, y entonces el hombre lo condujo al pequeño y abarrotado salón y dijo que les prepararían de inmediato las dos únicas habitaciones de huéspedes con que contaba la posada. Pen lanzó una mirada cómplice a sir Richard y subió tras el posadero, que acarreaba la maleta y la bolsa. Cuando la joven regresó abajo, una desaliñada sirvienta había servido la cena en la mesa del salón, y sir Richard había conseguido abrir dos de sus diminutas ventanas.
—¿Qué demonios ha estado haciendo tanto rato? —preguntó a Pen—. Empezaba a pensar que me había abandonado.
—¿Abandonarlo? Pero ¡qué dice! Lo que pasa es que he advertido que el posadero se fijaba en su ropa, así que me he inventado una historia que contarle. Por eso lo he seguido hasta las habitaciones. Sabía que intentaría descubrir por qué viajaba usted en la diligencia.
—¿Y lo intentó?
—Sí, desde luego. Le he contado que había sufrido usted un grave revés en la Bolsa y que se había arruinado —expuso Pen acercando la silla a la mesa.
—¡Oh! ¿Y eso ha satisfecho su curiosidad?
—Del todo. He asegurado que lo lamenta mucho. Y luego me ha preguntado adonde íbamos. Le he dicho que íbamos a Bristol, porque toda la familia había perdido su fortuna, de modo que habían tenido que sacarme del colegio.
—Posee usted una imaginación muy fértil. ¿Le ha preguntado en qué colegio estudiaba?
—Sí, y le he dicho que en Harrow, aunque enseguida he lamentado no haber dicho Eton, pues mi primo Geoffrey estudia en Harrow y le tengo mucha manía. Nunca iría a su colegio.
—Me temo que ya es demasiado tarde para cambiar de escuela —comentó sir Richard, pesaroso.
Ella lo miró, y el caballero desplegó su fascinante sonrisa.
—¿Está riéndose de mí?
—Sí. ¿Acaso le molesta?
—¡No, qué va! En casa de mi tía nadie se ríe. Me gusta.
—Me encantaría que me hablara de esa tía suya. ¿Es su tutora?
—No, pero me vi obligada a vivir con ella desde que murió mi padre. En realidad no tengo tutor, pero sí dos fideicomisarios. Por lo de mi fortuna, como le dije.
—Ah, por supuesto. Me olvidaba de su fortuna. ¿Quiénes son sus fideicomisarios?
—Bueno, uno es mi tío Griffin, el esposo de la tía Almería; pero sólo hace lo que le ordena mi tía. El otro es el abogado de mi padre, y tampoco pinta nada.
—¿Por la misma razón?
—Lo ignoro, aunque no me extrañaría. Todo el mundo teme a la tía Almería. Hasta yo, un poco. Por eso me escapé.
—¿La trata mal?
—No, no puedo decir que me trate mal, pero es de esa clase de mujeres que siempre consiguen lo que se proponen, ¿me entiende?
—Sí, por supuesto.
—Habla sin parar. Y cuando está disgustada contigo, se vuelve insoportable. Pero, para ser justos, no la culpo por estar tan empeñada en que me case con Fred. Verá, mis tíos no son muy ricos y, como es lógico, a ella le encantaría que Fred se hiciera con mi fortuna. De hecho, lamento mucho ser tan desagradecida, sobre todo después de haber vivido con los Griffin casi cinco años. Pero lo cierto es que no deseaba mudarme a su casa, y respecto a casarme con Fred, no es que no quiera, sino que no podría. Sin embargo, cuando expliqué a la tía Almería que prefería ceder mi fortuna a mi primo y no casarme con él, se puso hecha una furia y me tildó de cruel y desvergonzada. Lloró y aseguró que había estado alimentando a una víbora en su seno. Me pareció muy injusto por su parte, pues la mía era una oferta muy generosa, ¿no le parece?
—Ya lo creo —coincidió sir Richard—. Pero quizá un poco… ¿cómo expresarlo? ¿Burda?
—¿Qué? ¿Insinúa que a mi tía le desagradó que no fingiera que Fred estaba enamorado de mí?
—Es posible —contestó él con gravedad.
—Bueno, lamento haber herido sus sentimientos, pero lo cierto es que no tiene ni pizca de sensibilidad. Sólo dije lo que pensaba. Pero se enfadó tanto que no me quedó más remedio que escapar. Y eso hice.
—¿La encerraron en su habitación?
—¡No, qué va! Supongo que lo habrían hecho si mi tía hubiera sospechado mis planes, pero jamás se hubiera imaginado algo así.
—Entonces, disculpe mi curiosidad, ¿por qué salió por la ventana?
—¡Ah, fue por Pug! —contestó Pen, sonriente.
—¿Pug?
—Sí, es una criaturita espantosa. Duerme en un cesto en el recibidor y en cuanto sale alguien de la casa se pone a ladrar. Habría despertado a mi tía. No tuve más remedio que salir por la ventana.
Sir Richard la contempló sonriendo.
—Por supuesto… ¿Sabía, Pen, que estoy en deuda con usted?
—Ah, ¿sí? —replicó ella, complacida pero desconcertada—. ¿Por qué?
—Creía que conocía a las mujeres, pero ahora me doy cuenta de que estaba equivocado.
—¡Oh! ¿Lo dice porque no me comporto como correspondería a una joven bien educada?
—Sí, ésa es una forma de expresarlo.
—Así lo expresa la tía Almería.
—Claro, no me sorprende.
—Me temo que no me porto muy bien —reconoció Pen—. Ella se queja de que recibí una educación lamentable, pues mi padre me trataba como si fuera un chico, ya que le habría gustado tener un varón, es evidente.
—No estoy de acuerdo con usted. Si hubiera sido un chico, no tendría nada de extraordinario; en cambio, siendo mujer, es usted única, créame.
—Me parece que eso es un cumplido —repuso Pen, y se ruborizó ligeramente.
—Sí, lo es —confirmó sir Richard.
—Bueno, no estaba muy segura, porque todavía no me he presentado en sociedad, y los únicos hombres que conozco son mi tío y Fred, que por supuesto no me dedican cumplidos. Bueno, no de ese tipo. —Lo miró con timidez, pero entonces reparó en alguien al otro lado de la ventana y de pronto exclamó—. ¡Oh! ¡El señor Yarde!
—¿El señor qué? —preguntó sir Richard volviéndose.
—Acaba de cruzar frente a la ventana. ¿No se acuerda del señor Yarde? Es ese hombrecillo que ha subido a la diligencia en Chippenham y que hablaba de una forma tan rara e incomprensible. ¿Cree que piensa alojarse en esta posada?
—¡Espero que no!