El embalse 13

Jon McGregor · Capítulo 10 de 15

Páginas del PDF

El embalse 13

Capítulo 10

 

A medianoche, cuando llegó el Año Nuevo, se incendió la caravana del huerto de Fletcher. Tardaron en darse cuenta, y pasó una hora más hasta que llegaron los bomberos, cuando la caravana ya estaba completamente calcinada, y, con ella, una docena de árboles. Por la mañana todavía humeaba y el pueblo estaba impregnado de olor a plástico quemado. No cabía duda de que había sido provocado, pero eran escasas las esperanzas de dar con el culpable. Fletcher pasó varios días recorriendo el huerto, inspeccionando los árboles carbonizados como si hubiera posibilidades de recuperarlos. Los campos del lado sur de la iglesia rebosaban de zorzales. Muchas noches entraba una niebla espesa que se posaba y se quedaba. Andrew tuvo un nuevo incidente con su madre. Ella se había puesto a limpiar otra vez y no paraba de pedirle que recogiera la ropa del suelo. El chico estaba en plena ejecución de un código nuevo. No quería perder el hilo. La madre sabía que no debía entrar en su habitación, pero insistía. Él intentaba no perder el hilo, pero ella no paraba de asomarse por la puerta. Andrew lo habría hecho después si ella le hubiera dado tiempo. Le dijo que estaba ocupado, pero la respuesta fue que estaba a punto de poner una lavadora. Él se levantó a cerrar la puerta, pero ella cruzó el embellecedor metálico que había entre la moqueta del pasillo y la del dormitorio. Pues déjame que la coja yo, le dijo. Hay que lavarla. Pasó de largo por delante de él y se agachó a recoger la ropa, y él le clavó el codo en la nuca. La madre hizo un ruido que el chico no entendió y después se arrodilló y recogió la ropa. Él se disculpó después, pero solo porque sabía que era lo que se solía hacer.

 

Brian Fletcher seguía dándole vueltas a lo del incendio y Sally sabía que tenía que dejarlo en paz. La casa de los Fletcher era grande y había sitio de sobra para no estorbarse. Lo habían desheredado, pero había podido quedarse con la casa. No podían permitirse mantenerla en mejor estado, hacían cuanto podían. Era una casa georgiana, cuadrada, que no tenía nada que ver con los demás edificios de la calle. En otra época había sido la vicaría. Tenía cuatro dormitorios, tres salones y una cocina enorme, y era el triple de espaciosa que la casa en la que se había criado Sally. Disponía de un estudio para sus libros de naturaleza y sus acuarelas, y Brian tenía un taller atestado de piezas sueltas de coche. Se sabía que dormían en habitaciones separadas. Él se había tomado lo del incendio como algo personal. Mientras lo asimilaba, ella procuraba no interferir. Brian tenía la sensación de que el incendio significaba que la habían tomado con él. Localizó un garaje en la ciudad en el que podía guardar los coches. Llegó a preguntarse si su familia estaría involucrada, pero al final le pareció que podía tratarse de algún socio de Ray o Flint. Esa gente siempre busca a quién echarle la culpa, dijo. Después de unos días inquietos, fue a buscarla y le preguntó si quería quedarse esa noche con él. Siempre lo hacían así. La posibilidad de negarse existía, y por eso era más fácil decir que sí. Cada cual tenía sus motivos para proteger su soledad, pero algunas noches necesitaban sentirse a salvo. No tenían relaciones sexuales a menudo, pero tampoco les parecían que estuvieran perdiéndose algo. En una ocasión, Sally le contó todo esto a Cathy Harris, y después se arrepintió. Era algo que la gente no entendía. Con las nevadas de finales de mes se rompió un canalón de hierro fundido, que arrastró consigo un plafón al caer al suelo. Siempre había cosas que arreglar y era difícil llegar a todas. En el páramo, las ovejas parecían de color amarillo nicotina, en contraste con la nieve reciente. Nevaba mucho y se descarriaban. Will Jackson dijo a Tom que no fuera al colegio y se lo llevó a buscar ovejas perdidas. Había bajado del monte a casi todas la noche anterior, pero faltaban seis. Posiblemente habría muerto alguna a esas alturas, y a Will le pareció que Tom ya tenía edad para verlo. A Claire no le gustaría, y eso le parecía bien. Fueron en el quad hasta donde pudieron y lo dejaron mirando cuesta abajo antes de apearse. Llevaban estacas, palas, sacos, forraje y botellas de leche. Se repartieron la carga antes de empezar a andar por el monte. Tom ya le llegaba a Will por los hombros y era tan ancho como él, y a Will le costaba mantener el paso de su hijo. Le dijo que aflojara un poco. Voy a paso normal, abuelo, respondió Tom gritando contra el viento. Will lo mandó a la mierda y Tom se echó a reír. Siguieron adelante con dificultad, pues las botas se hundían mucho en la nieve, que había cuajado, en dirección a un barranco estrecho en el que Will creía que podían haberse cobijado las ovejas. En la junta del concejo hubo desacuerdo sobre quién debía arreglar el puente peatonal. Se aceptó la denuncia de la finca contra la última manifestante de la cantera y la expulsaron. Dos agentes de policía la llevaron en coche a la estación de tren con una mochila que había llenado hasta el límite de lo que podía cargar. Pidió que todo lo demás lo guardaran en un almacén y le dijeron que no podía ser. Ella se angustió. A los agentes de policía no les parecía que la mujer tuviera idea de adónde ir. Unos hombres de la finca fueron al campamento con un remolque y lo cargaron todo a cambio de la propina. Los embalses se llenaron enseguida en cuanto volvieron las lluvias, los montes se saturaron y el agua se desbordaba por los aliviaderos y volvía al río. Empezaron a salir los primeros macizos de ortigas en el camino y en las esquinas de los campos. Winnie era de las pocas que todavía cortaban las hojas más tiernas para hacer sopas y salsas. Ahora las recogía un tanto cohibida, por si alguien la veía. Los del Parque Nacional montaron en la casa del pueblo una exposición en torno a la prevención de incendios, casi toda sobre incendios provocados, para refrescar la memoria a la gente sobre la seguridad en las instalaciones y la necesidad de guardar bajo llave el material inflamable. Brian Fletcher se lo tomó personalmente y preguntó qué más se suponía que tenía que haber hecho. Hubo recortes en la BBC y a Su Cooper le propusieron un retiro voluntario. Pasó tres largas noches hablándolo con Austin. Si se quedaba, era posible que volvieran a recortar personal más adelante, y con indemnizaciones muy inferiores a las que ofrecían en ese momento. Si se iba ahora lo lamentaría toda la vida: con lo que había trabajado para llegar a donde estaba y el tiempo que había dejado de pasar en casa con los niños. Si se quedaba, algunos de sus mejores colegas se irían de todos modos, la carga de trabajo sería mayor y el ambiente cambiaría por completo. Si se iba, ¿qué haría? Podían tomárselo como un año sabático, viajar con los niños. Los niños eran muy pequeños para eso, no se los podía sacar del colegio. Podía involucrarse más en la vida del pueblo, hacer un voluntariado, buscarse un hobby. ¿Un hobby?, dijo ella. Menuda mierda. No se podía hablar de esto sin acabar discutiendo. No tenía solución. Los hobbies son una mierda, repitió ella, y decidió mantener el puesto de trabajo. Se adelantaron los relojes y las tardes se alargaron. Brotaron yemas en las ramas. Gordon Jackson llevó un pedido a la tienda de Ruth, en Harefield, y llegó después de la hora de cierre a propósito. Después de descargar y de que ella firmara el recibo, se lavaron las manos y fueron arriba. Había un sofá, se desnudaron y ella se le puso encima. Nunca hablaban mucho. Eso no sucedía siempre. Él no sabía si sucedería hasta que ella le mandaba lavarse las manos. Hacía ya meses que era así, pero no pasaba a menudo y siempre lo pillaba por sorpresa. Era mayor que él, pero era fuerte. A veces se hacían cardenales. Luego, si él intentaba hablar, ella no quería. Le daba un poco igual, pero le habría gustado saber algunas cosas. Quería saber qué era eso. Nada, quizá, pero sería difícil de aceptar. Ella se recostó en el brazo del sofá y apoyó los pies en su regazo. Le pareció que se estaba quedando dormida, pero empezó a hacerle cosquillas con los dedos de los pies en el vientre de una forma que lo puso en marcha de nuevo. Cuando se fue ya era de noche y se preguntó si llegaría muy tarde para un té. Desde lo alto del páramo se veían las luces de los coches de la autopista, sin ruido, veloces, mientras el pueblo dormía.

 

En abril, los padres de Su Cooper fueron a pasar una temporada con ellos y, en cuanto cruzaron el umbral, los niños se les echaron encima. ¿Les traían golosinas, les traían galletas? Al padre de Su le hizo gracia la franqueza de los pequeños y se rio; se agachó a coger en brazos a Han Lee y después a Lu Sam. Austin ya estaba fuera sacando las maletas del coche. Su miraba a su padre, observando el esfuerzo que le costaba tener a los niños en brazos. La madre esperó, hasta que se agachó a abrazarlos cuando los dejaron en el suelo. ¡Dentro de poco no tendré que agacharme!, exclamó, como hacía todos los años. Su dio un abrazo a sus padres y les dijo que pasaran a la salita en el momento en que Austin entraba por la puerta con las maletas. ¿Dónde las dejo?, preguntó, y le dijeron que las subiera directamente arriba. Los faisanes habían escarbado nidos entre la alta hierba de las lindes del hayedo y, cuando empezaron a aparecer huevos, los zorros, los tejones y los cuervos se los llevaron casi todos. Los Hunter estaban levantando un nuevo murete de piedra seca a la entrada de su casa y Liam Hooper llevaba un mes trabajando con ellos. Sean Hooper pasaba por allí casi todos los días a ver cómo iba la obra y, al darse cuenta de que Olivia Hunter bajaba a menudo con tazas de té y platos de galletas o se quedaba por allí haciendo preguntas, se propuso recordar a Liam la edad de la chica. Liam lo miró atónito y murmuró algo sobre que, al menos, eso era legal. Sean se rio a su pesar, pero le pidió a Liam que no se complicara. No vale la pena, le dijo. En el mercadillo del Instituto de las Mujeres, Winnie preguntó a Irene qué tal estaba. Lo dijo levantando la barbilla, como dando por sentado que, desde luego, estaba bien, pero Irene se puso en tensión. No me puedo quejar, dijo. Me las arreglo, ¿y tú qué tal? Winnie dijo que se encontraba bien. Añadió que se echaban de menos sus bizcochos y sus mermeladas, que hacía tiempo que no llevaba nada al mercadillo. A Irene se le subieron los colores a la cara y tardó un poco en contestar. No podéis esperarlo, dijo. No podéis esperarlo siempre. Winnie le puso la mano en el brazo a su amiga. Nadie espera nada, le dijo. Pero si puedo ayudar en algo… Irene hizo un gesto negativo con la cabeza y se separó un poco, de manera que Winnie se quedó con la mano en el aire. Gracias, añadió. Me las arreglo. Te agradezco el interés. Pero lo que hay que aguantar. Un par de águilas ratoneras describieron un círculo en el cielo, la una alrededor de la otra, sobre el páramo del embalse número 5, sujetándose por las garras y descendiendo entre aletos caóticos. Los ecologistas habían puesto en marcha un plan de control de la vegetación en las bárcenas, que consistía en llevar vacas cuernilargas a pastar, y habían ofrecido a los Jackson un contrato para gestionarlo. Los chicos estaban a favor. Habría que construir una nave nueva y comprar un tráiler grande para mover el ganado, pero les habían dado a entender que, si aceptaban, habría más contratos en el futuro. Jackson dijo que no. Cuando intentaron explicarle la importancia de diversificar la producción, hizo una gran demostración de lo mucho que le costaba hablar y al final escupió la palabra «ovejas». Lo… nuestro… son… las… ovejas, dijo. Era inútil seguir hablando. Media luna iluminaba el campo de críquet y la luz plateada se colaba entre las hojas del castaño de Indias.

 

En mayo nevó en las cumbres, aunque los excursionistas que pasaban por el pueblo iban en pantalones cortos. Los helechos nuevos se extendían por los montes que coronaban los embalses, densos, de color verde claro, y se trazaron planes para fumigarlos y podarlos. En el colegio, las luces de la sala de profesores estuvieron encendidas toda la noche y al día siguiente se rumoreaba que iba a ir un inspector. Cuando todo pasó, parecía que la señora Simpson hubiera pasado un mes de paridera y la señorita Dale tuvo que coger una semana de baja por enfermedad. Se recaudaron fondos para arreglar la casa del pueblo y las actividades se trasladaron a la iglesia hasta el final de las obras. Se planteó suspender las clases de yoga por lo que este pudiera tener de orígenes ocultistas, a decir de Clive. Se debatió la cuestión. Jane Hughes habló con el consejo de la iglesia sobre la mejor forma de organizarse cuando se produjera la vacante. La diócesis atiende a las necesidades de las parroquias rurales, pero deben ustedes estar preparados para un largo periodo sin vicario. Asentían, pero se daba cuenta de que les entraba por un oído y les salía por otro. Habló de la necesidad de organizar turnos de lectores y servidores de la comunión, de apalabrar ministros itinerantes, de la posibilidad de recurrir a clérigos jubilados de los alrededores. Volvió a casa y le dijo a su marido que estas gentes no estaban preparadas, que quizá no debería irse. Él le dijo que quizá debían madurar un poco, que tendrían que esforzarse una temporada, pero que ella no podía hacerse responsable de ellos eternamente. Le contestó que decir «madurar un poco» era un tanto despectivo y él levantó las manos en el aire. En el río, el guarda metió las botellas de muestreo en el agua desde el puente de la represa. Siempre en el mismo sitio y a la misma hora. Subían burbujas a la superficie mientras las botellas se llenaban, y después levantó la caja y sacó las botellas. Se quedó mirando un par de libélulas que se encontraron en la orilla. Habían visto a la niña desaparecida en la oficina de información turística, conectada a una audioguía, concentrada, con los ojos cerrados y las piernas colgando en el banco. Por lo visto llevaba zapatillas de lona.

 

En junio el anochecer era largo y claro. El sol, más que ponerse, se alejaba por el horizonte dejando un rastro de luz veraniega que parecía durar hasta la mañana. No apetecía irse a dormir. Se charlaba. En los prados, los hombres de Thompson pasaban por las hileras de hierba segada con la empacadora, que reunía grandes montones de verde y les daba forma de paca apretada. El tractor se paraba cada pocos cientos de metros, la máquina hacía sus movimientos y después dejaba caer al suelo suavemente una bala perfectamente enrollada. Las palomas torcaces ponían huevos en sus nidos del hayedo y del castaño de Indias cercano al campo de críquet. Se turnaban para empollar los huevos, pero de todos modos las urracas y los cuervos les robaban muchos. En el terraplén de encima de los pozos de la mina de plomo abandonada, los tejones empezaban a salir de la tejonera antes del anochecer. Las jabalinas que tenían crías buscaban alimento y los jabalíes buscaban pareja. Hubo encontronazos. En el pueblo, algunos todavía recordaban las conversaciones de sus abuelos sobre el negocio de las minas de plomo, sobre hombres que se pasaban la vida descendiendo por pozos abiertos a mano para extraer las vetas de mineral tóxico, sobre los campos cubiertos de desechos y sobre el humo de la fundición, que a todo el mundo se le pegaba a los pulmones. El señor Wilson ingresó en el hospital para operarse de la cadera y, en su ausencia, Nelson se quedó en casa de Cathy. En la casa del pueblo ya casi habían terminado las armazones de engalanar los pozos. Winnie e Irene los rociaban para que la arcilla no se secara y, cuando por fin retrocedieron para verlos bien y sonrieron complacidas, el alivio fue general, el ambiente se animó y mandaron recado al Gladstone de que preparara salchichas y puré de patata. Los chicos de Jackson cercaron a las ovejas para desparasitarlas. Will Jackson, con la jeringa dosificadora en una mano, iba cogiendo a las ovejas por el pescuezo de una en una para introducir el tubo por un lado de la boca, a fondo. Esto a veces le recordaba a cuando le administraba la medicina rosa a Molly, cada vez que se despertaba bañada en sudor. Por lo visto, la chica pasaba muchas noches en blanco. Se preguntaba si a él también le ocurría, de pequeño. Suponía que su madre no habría tenido tiempo para esas cosas. Las ovejas iban pasando en fila y enseguida se formó una fina capa de lanolina en la piel. Winnie recibió la visita de sus nietos a finales de mes y se los llevó a coger flores de saúco a la vieja cantera de la carretera principal; llenaron una bolsa de basura de esponjosas florecillas blancas y se la llevaron a casa al hombro. Los sentó en la cocina a rallar las naranjas y limones que había comprado mientras ella limpiaba las flores y las ponía en remojo toda la noche. Al día siguiente, los niños habían perdido el interés y no quisieron apagar el televisor cuando ella añadió azúcar y zumo de fruta y lo calentó todo a fuego lento. Cuando su hija vino a buscarlos, Winnie les dio un frasco del jarabe que había hecho. Todavía estaba templado y traslúcido, y supo que no se lo tomarían. Su hija le dio un abrazo suave y un beso en la mejilla, y le dijo que volverían a verse pronto. Los niños dijeron adiós con la mano por la luna trasera del coche.

 

Geoff Simmons cargó el horno para la primera cochura y sacó a la lebrela a dar un paseo lento. Había sido una gran corredora, pero ahora tenía las caderas gastadas. Bajaron por la calleja en dirección a la casa de Jackson y a la carretera. Él también se rezagaba lo suyo. Entró en el pub y salió con una pinta de cerveza y un cuenco de agua. Se sentó en un banco a leer el Valley Echo mientras la perra bebía. Conocía a todos los que nombraba el Echo, pero había mucha gente a la que no situaba si la veía por la calle. No eran muy sociables. Nunca se había imaginado que fuera a quedarse tanto tiempo en el pueblo, así que no se había esforzado. Había pasado una semana en Devon con la mujer con la que salía y ella le había dicho que se quedara más tiempo. Él había contestado que tenía cosas que hacer y que debía volver. Terminó la cerveza y fue a buscar otra. Lo del horno todavía tardaría horas. Había más cosas que hacer, pero podían esperar. La lebrela se acomodó y se quedó dormida. Jane Hughes vio a Jones en el río, sentado en el banco de la entrada vallada de la cueva. Aquí, descansando un poco, vicaria, le dijo. Es un sitio bonito para sentarse, dijo ella, y abrigado. Se sentó a su lado. En el otro lado del río hubo una conmoción entre los espinos. Hay que matar a las urracas, dijo él. Se meten ahí por los reyezuelos. Jane sabía que no tenía que entrar en esa clase de cuestiones y se limitó a asentir. ¿Qué tal está su hermana? Dicen que va tirando, que se va acostumbrando. Les dije que podían mandarla aquí otra vez, pero les pareció que de momento mejor que no. Se oía ruido de maquinaria en la plantación de los Hunter y unas grajillas sobrevolaban el bosque en círculos. La tarde declinaba. Jones señaló la verja cerrada de las cuevas con un movimiento de cabeza. Pues a lo mejor fue a parar ahí, dijo. ¿Quién?, preguntó Jane. La niña, dijo él. Registraron a fondo antes de poner la verja, ¿no? Imposible registrar a fondo, dijo él. Jane se quedó un momento mirándolo. Ya sabe, si alguna vez quiere hablar de algo, dijo en un tono ligero, mirando a la otra orilla del río. Hubo una pausa, el río discurría por encima de las piedras y entre los juncos. Míreme bien, vicaria, dijo él al tiempo que se ponía de pie. Ella miraba a las urracas, que sacaban a los polluelos de los reyezuelos del seto mientras los padres revoloteaban, alborotados, por encima. Jones empezó a alejarse, pero se volvió. No fui yo, dijo. Yo no hice nada de lo que decían. Se equivocaron. Ese ordenador estaba estropeado. Yo no soy de esos. Alguien puso esas cosas allí. Ahí se pudran todos juntos. Estaba tenso, inclinado hacia Jane, que por un momento sintió miedo.

 

Hubo baños en la cantera inundada y ataron otra cuerda para tirarse al agua. En la junta del concejo se presentó una moción para poner alambre de espino, además de la valla. Brian Fletcher se opuso. Encontrarán la forma de entrar hagamos lo que hagamos, dijo. Los jóvenes se creen invencibles, pero les queda mucho por aprender de nosotros. Algunos entran allí una y otra vez solo porque no paramos de decirles que es peligroso. Algún día aprenderán. Solo aprenderán si se ahoga alguien, puntualizó otra persona. Brian se encogió de hombros. Estaba en minoría y se aprobó el alambre de espino. En Cardwell suspendieron el partido porque no estaban de humor. Detuvieron al hijo de Will Jackson y a unos amigos suyos del colegio en un coche robado en el embalse número 8. Tom no se había puesto al volante en ningún momento e insistió en que no sabía que el coche era robado, pero de todos modos Will pidió a Claire que lo castigara una semana sin salir de casa. Entre la hierba seca que rodeaba el campo de críquet, los huevos de las mariposas cambiaron del blanco al amarillo y las larvas tejieron su capullo. En el embalse número 12, la brigada de mantenimiento segó la hierba del dique de la presa soltando y recogiendo una máquina segadora atada con una cuerda por la empinada cuesta. La tarea tenía algo de diversión infantil que ninguno de ellos habría querido reconocer. Cathy llamó a la puerta del señor Wilson antes de abrir con su llave y entrar. Por si acaso, dijo cuando él se lo preguntó. La miró desde la cama. ¿Qué se imagina que podría estar haciendo para que no quisiera que me pillara?, dijo. Ella respondió que simplemente le parecía de buena educación y le preguntó si necesitaba algo antes de llevarse a Nelson de paseo. Contestó que le encantaría tomar un té, pero que no quería tener que soportar las consecuencias. Le preguntó también qué tal evolucionaba y él contestó que todo iría bien si la enfermera no se empeñara en sacarlo de cama para hacer los ejercicios. Seguro que sabe lo que hace, dijo Cathy. Seguro que lo ponen en condiciones de salir a pasear al perro en menos que canta un gallo, le dijo, mientras ataba la correa a Nelson y salía a la calle; pasó por el campo de críquet y el colegio, torció a la izquierda a la altura de la iglesia y continuó hacia el puente de caballos de carga. Cuando llegó al bosque de los Hunter apoyó la mano en la lisa piedra para colarse por el angosto paso del murete.

 

En septiembre se fueron las golondrinas; una mañana levantaron el vuelo desde los cables en dirección sur y cogieron velocidad rápidamente a medida que salían del valle en una formación lineal larga y regular. Una llovizna mansa llegó desde el río y remojó el pueblo, roció los campos y llegó hasta el primer embalse. El río venía remansado y con poca agua y, cuando pasó la llovizna, el sol se desvió hasta la orilla al entrar en el agua. Ian Dowsett estaba a la húmeda sombra de un haya y lanzó una mosca parda a una poza de la otra orilla. Allí había una trucha marrón, la había visto subir. La mosca se posó con suavidad en el agua y se deslizó sana y salva. Ian recogió el carrete de nuevo y esperó a que la luz cambiara un poco para intentarlo otra vez. Jane Hughes se había ido a finales de agosto y el oficio de la fiesta de la cosecha se celebró sin ella. Le tocó a Susanna Wright encargarse de la exposición. Recogió productos de las huertas, hizo gavillas de trigo y, con flores del mercado de la ciudad, arregló dos ramos muy bonitos. A pesar de la sobreabundancia de latas y paquetes, que se mandaron al nuevo banco de alimentos, la gente dijo que había sido una de las exposiciones más vistosas de los últimos años. Después del oficio, Clive la encontró y le preguntó si no sería ya el momento de volver a intentarlo con el huerto. Ella se quedó un tanto perpleja o cohibida. ¿Después del último desastre? No creo, Clive, le dijo. Ahora tiene usted más tiempo, creo, replicó él. Todavía no me he jubilado, Clive, así que espero que no esté insinuando que soy lo otro. Bueno, la oferta sigue en pie. Hay otros que a lo mejor la cogen. Dio media vuelta para irse. Susanna le dijo que lo pensaría, le dio las gracias por el ofrecimiento y le puso la mano en el brazo. Él miró la mano como si Susanna se estuviera limpiando aceite en su manga. A William Pearson volvieron a invitarlo a salir de la junta del concejo. A veces, por la noche, se veían hogueras en los montes y no se sabía quién las encendía ni qué se quemaba en ellas.

 

La Noche de Gamberradas, un nutrido grupo de adolescentes mayores de Cardwell se las arregló para arrancar la marquesina de la parada del autobús y llevársela a medio camino páramo arriba. Al día siguiente proliferaban las fotografías de la marquesina en Facebook y los chicos de Jackson tardaron media mañana en volver a bajarla. Todos se preguntaban cómo había podido llegar una amoladora angular a manos de esos mozalbetes, y por qué nadie había oído nada. Irene dijo que le recordaba a aquella vez en que su difunto marido, cuando era joven, había escondido todo un rebaño de vacas. Le dijeron que ya conocían esa anécdota. En el huerto de Fletcher se recogieron muy pocas manzanas. Los frutales habían producido mucho y los habían cuidado bien una temporada, después de que se fuera el hermano de Sally, y habían sido motivo de orgullo para Brian. La pérdida de los árboles que se llevó el incendio le arrebató también el placer de cuidarlos. Se reprochó no haber superado la pereza que le daba retirar la caravana. Les Thompson salió con el quad a las cuatro de la tarde para recoger el rebaño y llevarlo a ordeñar. Las vacas oyeron el ruido del motor y, cuando las encontró, ya se dirigían hacia él parpadeando contra el sol bajo de la tarde. Dio media vuelta y las vacas lo siguieron; notaba el aire caliente a la espalda. No era un sentimental, pero las echaría de menos si tenía que renunciar a ellas. La suya era una de las últimas vaquerías en muchos kilómetros a la redonda. Los precios eran ridículos. Los supermercados los estaban matando. En la televisión se vieron imágenes de inundaciones, tormentas e incendios. Los gemelos Cooper preguntaron si podían apuntarse al equipo local de fútbol, que entrenaba y jugaba partidos en los campos de la orilla del río, en la ciudad. Un sábado por la mañana, Austin los llevó allí, se fue a hacer unas compras hasta la hora de recogerlos y Su se quedó en casa, remoloneando en la cama. Fue pronto a buscarlos y, desde el aparcamiento, se quedó mirando cómo corrían con los otros niños, haciendo ejercicios suaves de recuperación. No dijeron nada cuando montaron en el coche y, cuando les preguntó qué tal les había ido, le dijeron que bien. La semana siguiente le dijeron que no querían volver y él les soltó un discurso sobre la importancia de perseverar. La tercera semana lo estaban esperando en el aparcamiento cuando volvió de las compras, mientras el entrenamiento estaba en pleno apogeo a su espalda, e insistieron en que definitivamente no querían volver más. Se negaron a darle explicaciones. Dijeron que no era por nada. Lee lo miró fijamente y le dijo que no lo entendería. Se retrasaron los relojes y las noches vencieron a los breves días. Se oían disparos de escopeta en los bosques, de dos en dos. En casa, cuando Andrew se durmió por fin, Irene llenó la bañera de agua caliente, humeante, tanto como se atrevió, puso sales y se estremeció al entrar en el baño. En el agua, siempre tenía una sensación de ligereza. Las sales dieron al baño un tono verde oscuro que casi ocultaba los cardenales de los brazos. Apoyó la cabeza en el borde de la bañera y se quedó escuchando los ruidos sedantes de la casa. El crujido de las vigas, el agua de las cañerías, la respiración ansiosa de Andrew, que dormía.

 

La Noche de la Hoguera se levantó una niebla espesa mezclada con el humo de la leña; los fuegos artificiales se veían en lo alto brevemente, como flashes de una cámara de fotos. En el hayedo, los zorros preparaban sus madrigueras. Las zorras cavaban en guaridas abandonadas, las reclamaban para sí y las forraban de hierbas y hojas. En el alero de la iglesia, los murciélagos, gordos, se disponían a hibernar. En la orilla del río los sauces se deshacían de las últimas hojas. Por la noche, los trenes de carga circulaban más a menudo, con una sola luz en cabeza que arrastraba tras de sí la sombra de los pesados vagones. El viudo pidió consejo sobre la poda de sus frutales a Clive y a este lo sorprendió el estado en que se encontraba todo. Los ciruelos tenían hojas plateadas de las que había que prescindir por completo. Los arbustos frutales necesitaban un recorte concienzudo. La madera que había usado para las cajas elevadas se partía y no había rastro de gallinas nuevas. Los calabacines se habían dado bien esa temporada, le dijo a Clive. Estaba pensando en poner unas colmenas. Ese mes, unos días más tarde, Brian y Sally Fletcher invitaron a algunas personas a tomar unas copas en el Gladstone y anunciaron que celebraban su decimoquinto aniversario. A algunos los asombró que les pareciera digno de celebración, pero no dijeron nada y se sumaron a los aplausos y enhorabuenas. Pidieron otra ronda. Ellos dos se fueron pronto y, cuando iban hacia casa, empezó a caer la primera nieve del invierno, revoloteando en la luz anaranjada de las farolas y disolviéndose en el pavimento, y no parecía que fuera a cuajar en mucho tiempo. La víspera de su boda también había nevado, le recordó Sally a Brian. Cuando fijaron la fecha, la vicaria los llamó para hablar con ellos. Sabían que su boda había dado mucho que hablar, así que iban preparados para lo que la vicaria tuviera que decirles. No conocían a Sally, eso era una parte de la cuestión. Otra era la diferencia de edad. Algunos tenían la sensación de que ella se aprovechaba de él. Su familia lo había dicho abiertamente y había tomado las medidas necesarias para blindarse contra el riesgo que ella representaba. Así se lo explicaron. Le dijeron que no era nada personal, pero que tenían que pensar en las generaciones de la familia. Él no entendía lo que creían que querían decir con eso, pero le daba igual. Sally se preocupaba por él como jamás lo había hecho ninguno de ellos. Esto fue lo que le dijo a Jane Hughes cuando fueron a hablar con ella, y la vicaria batió palmas de contento. Él se avergonzó y le pidió que no contara a nadie lo que acababa de decir. No les hizo ninguna de las preguntas que temían. A ella no le interesaba saber de dónde era Sally, ni cómo se habían conocido ni por qué creía él que el matrimonio iba a funcionar. Les había hecho un rico bizcocho de limón glaseado y les preguntó si habían elegido los himnos. Hacía solo unos meses que la vicaria se había ido y los dos la echaban muchísimo de menos.

 

La madre de Richard Clarke ingresó en el hospital de Sheffield y algunos pensaron que no volvería a casa. Irene se hizo cargo de que no le faltaran visitas mientras su familia no estuviera en el pueblo. Organizó turnos. Vieron a Ruth y a Susanna juntas en las huertas, cortando acebo y ramas de abeto. Jones había podado su seto a la altura de las rodillas, estaba quemando los recortes a fuego lento y el humo húmedo se derramaba sobre el pueblo. Clive estaba en su invernadero. Cayeron unos mansos copos de nieve desde un cielo plomizo, pero nadie les prestó atención. Al final de la tarde la nieve empezó a cuajar, y cuando Jones se echó los aperos al hombro ya formaba una alfombra limpia que crujía al pisarla. Había colémbolos en las planchas de conglomerado apiladas contra la pared del huerto de Fletcher y los más jóvenes hacían la primera de sus muchas mudas. Vieron a Gordon Jackson hablando con una periodista que había llegado de Londres para hacer un reportaje con motivo del décimo aniversario de la desaparición de la niña, que hablaría más del impacto que había tenido en el pueblo que de la propia desaparecida. Nuestros lectores ya saben lo que le pasó. Se imaginan lo que sufrirían los padres. Lo dudo, dijo Gordon. La periodista sonrió. Bien, de acuerdo, pero se lo pueden imaginar. Se llamaba Emma. Llevaba un abrigo largo, un pañuelo de seda y botas altas. Iba muy bien peinada, pero no paraba de colocarse el pelo detrás de la oreja. Gordon se preguntó si se quitaría el pañuelo. Le enseñó la granja, la invitó a té, le contó la situación por la que atravesaba la cría de ovejas. Cada vez que se tocaba el pelo podía oler el perfume que despedía. Cuando pareció que la conversación terminaba, él dijo que tenía cosas que hacer. Pero llámeme si puedo ayudarla en algo más mientras esté aquí. Se miraron a los ojos. Silencio respetuoso. La cosa se repetía, pero no era una rutina establecida. Más tarde le mandó un mensaje de texto y quedaron para tomar algo en la ciudad, en su hotel. Tenía más preguntas que hacerle, pero a él le pareció que el rumbo que tomaban las cosas estaba claro. Hacia el final de la tarde, Emma le dio las gracias por el tiempo que le había dedicado y dijo que tenía que madrugar. La acompañó hasta las escaleras y fue entonces cuando cayó en la cuenta de que se había equivocado. Ella sonrió y le dio las buenas noches. Él se volvió. No sabía qué hacer. Esto era nuevo.

 

La madre de Richard seguía en el hospital después de Navidad y, cuando llegó él para quedarse una semana, pasó casi todo el tiempo con ella. La madre no se había acostumbrado a la vida allí. Parecía que la estancia hospitalaria la había empequeñecido. Algunas mañanas, cuando llegaba, le parecía que la cama estaba vacía. Se sentaba con ella, la mujer se dormía a menudo y él aprovechaba para ponerse al día con el correo electrónico. El personal ya lo conocía y le invitaban a té y café, y le maravillaba el buen trato que dispensaban a su madre: la llamaban señora Clarke, le hablaban en un tono que podía considerarse cariñoso, aunque sabía que no podía ser cariño de verdad. En el valle no paraba de llover. El río venía cargado de sedimentos de los montes y saltaba por encima de las represas. Se veían arañazos alrededor de la tejonera, en los montoncitos de tierra, y un rastro de hojas y hierbas hasta donde los tejones habían excavado madrigueras nuevas en el suelo. En la función representaron Dick Whittington, con Susanna Wright en el papel principal. El equipo de producción había elegido una versión bastante moderna, y cuando terminó hubo algunas protestas. Clive sacó el tema en la

junta del concejo diciendo que le preocupaba el uso de la palabra «dick»[4]. Janice Green se excusó y salió un rato de la sala; cuando volvió le preguntó a Clive cómo quería que recogiera eso en el acta. Tal cual, secretaria, dijo él. Tal cual. Llovía y hacía viento. En los embalses, la lluvia batía el agua y la llenaba de crestas blancas. Hacía ya diez años que la niña había desaparecido y, aunque se hablaba poco de ella, nadie la había olvidado. Se llamaba Rebecca, o Becky o Bex. Llevaba una sudadera blanca y un chaleco azul marino. Ahora tendría veintitrés años. La habían visto en el hayedo, trepando a un árbol. La habían visto en la estación de tren. La habían visto en la cuneta de la carretera. La habían buscado por todas partes. A lo mejor había quedado con alguien y se había ido en coche sana y salva. Podía haberse caído por una sima. Podía ser que sus padres le hubieran hecho daño cometiendo un error fatal. Podía haber desaparecido a propósito o porque no tenía más remedio. La gente todavía quería saberlo.