El embalse 13

Jon McGregor · Capítulo 1 de 15

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El embalse 13

Capítulo 1

 

Se congregaron en el aparcamiento antes del amanecer y aguardaron a que les dijeran qué debían hacer. Hacía frío y apenas hablaban. En el aire, preguntas que nadie hacía. La niña desaparecida se llamaba Rebecca Shaw. La última vez que se la vio llevaba una sudadera blanca con capucha. Una niebla baja cubría el páramo y la tierra estaba congelada. Recibieron instrucciones y se fueron; el duro suelo crujía bajo sus botas y las huellas desaparecían tras ellos a medida que el brezo se erguía otra vez. Era una niña de un metro y medio de altura y pelo rubio oscuro. Hacía horas que había desaparecido. Nadie levantaba la mirada, nadie hablaba, pero todos se preguntaban qué se encontrarían. Solo se oían los pasos, los ladridos de los perros en la carretera y, a lo lejos, un helicóptero de los embalses. El helicóptero había pasado la noche volando, peinando el brezo con el reflector y agitando arroyos turbulentos, pero no había descubierto nada. Las ovejas de Jackson se habían asustado y se habían dispersado después de saltar una cancela rota, y el hombre tuvo que perder horas de sueño para devolverlas a su sitio. Ni las brigadas de salvamento de montaña, ni las de cuevas, ni la policía habían encontrado nada, y se convocó una búsqueda a medianoche. Enseguida se presentaron voluntarios. La mitad del pueblo ya había salido a buscarla y la gente hablaba de lo que podía haber sucedido. Mala época para subir al monte, decían, algunos excursionistas de los que vienen por aquí no saben lo bruscamente que puede cambiar el tiempo, lo deprisa que cae la oscuridad. Ni se les ocurre que hay lugares donde el móvil no funciona. La niña había ido con sus padres a pasar la Nochevieja en el pueblo, se alojaban en uno de los pajares reconvertidos de Hunter Place. La víspera, al final de la tarde, habían vuelto al pueblo gritando. Hacía demasiado frío para andar por el monte a esas horas. Estará escondida en cualquier parte, decían. Se habrá caído por un barranco. Se habrá torcido un tobillo. Querrá dar un susto a sus padres. Decían muchas cosas así. Únicamente hablaban por hablar, poco importaba lo que les saliera por la boca. La niebla se disipó al amanecer. Desde lo alto del páramo, si se daban la vuelta, veían el pueblo: el hayedo, las huertas, la torre de la iglesia y el campo de críquet, el río, la cantera y la cementera de la carretera principal que llevaba al pueblo. Había mucho terreno que explorar, muchos sitios en los que la niña podía estar. Siguieron adelante. De vez en cuando destellaba en el horizonte la luz de un coche que pasaba por la autopista. Los embalses eran una lisa lámina gris metálico. Se aproximaba una densa franja de lluvia. Ahora el suelo estaba más blando, y las botas absorbían el agua turbia y aceitosa. Un helicóptero de los informativos pasó en vuelo rasante por encima de los voluntarios. Costaba esfuerzo no mirarlo y saludar. Más tarde la policía celebró una rueda de prensa en el Gladstone, pero no anunciaron más que lo que ya se sabía. La niña desaparecida se llamaba Rebecca Shaw. Tenía trece años. La última vez que se la vio llevaba una sudadera blanca con capucha, un chaleco acolchado azul marino, vaqueros negros y zapatillas de lona. Medía un metro cincuenta y tenía una melena lisa hasta los hombros de color rubio oscuro. Si alguien veía a una niña que respondiera a la descripción, debía ponerse en contacto con la policía. Se reanudaría la búsqueda en cuanto el tiempo lo permitiera. Por la noche, en la plaza, flotaba un resplandor de televisores, humo de los generadores y vocerío procedente del patio trasero del pub. Empezaban a surgir dudas.

 

A medianoche, cuando llegó el Año Nuevo, los pueblos de más allá del valle lanzaron fuegos artificiales, pero estaban muy lejos para que llegara el ruido, así que nadie salió a verlos. El baile de la casa del pueblo se suspendió y, aunque el Gladstone estaba lleno de gente, el ambiente no era festivo. Tony cerró el bar al cabo de media hora y todo el mundo se fue a casa. En las calles solo quedaron los policías, algunos reunidos alrededor de sus vehículos y otros de vuelta a los montes. Por la mañana empezó a llover de nuevo. El agua que empapaba las turberas se precipitaba por los barrancos y los senderos pisoteados que descendían desde el borde del páramo. El río cargado de sedimentos saltaba por encima de las represas. En el páramo habían señalado con banderines los lugares por los que los padres dijeron que habían paseado. El viento los enrollaba y los azotaba. Las furgonetas de la televisión llenaban el aparcamiento de la oficina de información turística, en donde se congregaban los periodistas. En la casa del pueblo se dispusieron tazas y platillos verdes en las mesas de caballetes, las teteras hervían y el olor de los bollos con panceta se esparcía a través de la lluvia. En Hunter Place salían voces de los pajares reconvertidos en los que se alojaban los padres, tan altas que el policía las oía desde la calle. Jess Hunter salió del edificio principal con una taza de té. Un helicóptero que venía de los embalses pasó ladeado, despacio, por encima del río, la represa, la cantera y los bosques. Los buzos volvieron a rastrear el río. Detrás de un cordón que había al lado del puente de caballos de carga, un grupo de periodistas, sobre cuyas cabezas se formaba una nube de vaho, apuntaba con las cámaras al tramo vacío de río esperando el momento de disparar. En los pastos de la ribera dos hijos de los Jackson se arrodillaron junto a una oveja caída. Cuando apareció el primer buzo, una lustrosa cabeza cubierta de neopreno que se movía lentamente en el agua, se oyeron los clics de los obturadores. Después apareció otro por el meandro, y luego el tercero. Por turnos, se metieron bajo el ojo del puente y desaparecieron. Los fotógrafos desmontaron rápidamente las cámaras de los trípodes y empezaron a recoger sus equipos. Uno de los chicos de Jackson cruzó el campo botando en un quad y les dijo a los periodistas que se fueran. El río pasaba vacío y veloz. Cerraron la cementera para facilitar la búsqueda. Al cabo de una semana brotaron las primeras campanillas blancas en los márgenes de más allá del campo de críquet, aunque el invierno no había hecho más que empezar. En la sala de profesores del colegio, las maestras esperaban con el abrigo puesto. Cualquier cosa que se dijera habría parecido fuera de lugar. Las cañerías de la calefacción hacían unos ruidos que casi todas conocían muy bien, y el ambiente de la sala se distendió. La señorita Dale preguntó a la señora French si su madre se encontraba mejor y esta le resumió los aspectos en los que no había mejorado. La sala volvió a quedar en silencio, salvo por el golpeteo del radiador. Llegó la señora Simpson y agradeció que hubieran llegado más temprano. Todas respondieron que por supuesto, cómo no, dadas las circunstancias. La señora Simpson explicó que la idea era seguir con las clases con normalidad, pero que debían estar dispuestas a hablar de la situación si los alumnos hacían preguntas. Cosa que era de esperar. Llamaron a la puerta y entró Jones, el bedel, para anunciar que la calefacción empezaría a funcionar enseguida. La señora Simpson le pidió que no se olvidara de echar gravilla fina en el patio. Él respondió diciéndole con la mirada que no necesitaba que se lo recordara. Cuando los niños empezaron a llegar al colegio, la señora Simpson salió a la puerta a recibirlos. En cuanto entraron, los padres se quedaron en las inmediaciones hasta que vieron que cerraban las puertas con llave. Algunos parecían tener la intención de quedarse allí todo el día. Los niños mayores esperaban en la parada del autobús que los llevaría al instituto, en la ciudad. Ya eran adolescentes. Era el primer día después de las vacaciones, pero no hablaban mucho. Hacía frío y se habían calado la capucha todo lo posible. Los coserían a preguntas sobre la niña desaparecida durante todo el día, como si ellos supieran más de lo que habían oído en las noticias. Lynsey Smith dijo que seguro que la señora Bowman les preguntaría si querían hablar de ello. Puso la palabra «hablar» entre comillas con los dedos. Deepak dijo que así al menos se librarían de la clase de francés. Sophie desvió la mirada y vio a Andrew esperando en la otra parada con Irene, su madre. Tenía la misma edad que ellos pero iba a un colegio especial. Llegó el autobús del instituto y James advirtió a Liam que no se le ocurriera soltar gilipolleces de Becky Shaw. La nieve caía y cuajaba formando una capa espesa. En la iglesia se celebró un oficio. La vicaria pidió a la policía que no permitiera acercarse a los medios. Añadió que podía asistir todo el que lo deseara, pero que nada de fotografías, grabaciones ni libretas. No quería que convirtieran en un espectáculo el dolor de la plegaria en comunidad. Aunque los coadjutores sacaron más asientos, mucha gente tuvo que quedarse de pie en las naves laterales. Los hombres que no tenían costumbre de ir a la iglesia se apoyaban en los extremos de los bancos retorciendo el sombrero entre las manos. Algunos de brazos cruzados, expectantes. Los habituales les prestaron misales abiertos por la página correspondiente. La vicaria, Jane Hughes, dijo que esperaba que nadie hubiera acudido en busca de respuestas ni de consuelo. No existe consuelo para la situación en la que nos hallamos hoy, dijo. No hay consuelo posible para los padres de la niña ni para los familiares que han venido al pueblo para ofrecerles apoyo. Tampoco para los agentes de policía que han realizado las operaciones de búsqueda. Solo podemos confiar en encontrar a Dios entre nosotros en estos momentos de aflicción. Lo único que podemos pedir es que no nos abrume un dolor en el que no debemos recrearnos sino, al contrario, que la fe nos eleve y nos permita ayudar como se nos pida a esta familia que sufre. Hizo una pausa y cerró los ojos. Tendió las manos con la esperanza de que pareciera un gesto de llamada a la oración. Los hombres que estaban de brazos cruzados no cambiaron de postura. El coadjutor tocó la campanilla tres veces y el sonido viajó en la clara mañana por todo el valle, hasta la cantera vieja. A finales de mes salió el sol y los campos se esponjaron. La nieve de los tejados se deshacía y caía con un ruido sordo que conmovía el aire quieto. Corrían rumores, solo rumores, sobre el paradero de los padres. Se decía que estaban fuera de sí.

 

En febrero la policía organizó una reconstrucción de los hechos con actores de Manchester. No habían encontrado pistas y querían hacer un nuevo llamamiento a la población. Abrieron el acceso a la prensa hasta Hunter Place y dieron indicaciones sobre lo que se debía filmar. Hacía un día claro, ribeteado de escarcha. El agente de prensa pidió silencio. Se abrió la puerta del pajar reconvertido y apareció una pareja de unos cuarenta años y, detrás, una niña de unos trece. La mujer era delgada, rubia, con el pelo corto. Llevaba un impermeable azul oscuro y vaqueros negros, ceñidos, por dentro de unas botas de caña alta. El hombre era alto, huesudo, de pelo oscuro y áspero y gafas de montura negra. Vestía un anorak gris marengo, pantalones de excursionista y calzado negro. La niña parecía alta para su edad, tenía una melena rubio oscuro hasta los hombros y un gesto de fastidio muy logrado. Llevaba vaqueros negros, sudadera blanca con capucha, chaleco azul marino y zapatillas de lona. Se metieron los tres en un coche plateado que estaba aparcado a la puerta del pajar reconvertido y salieron despacio a la calzada. Los fotógrafos corrieron a su lado. En la oficina de información turística, los actores esperaron a que los fotógrafos se situaran y después se apearon del coche y se pusieron en marcha hacia el páramo. La niña se quedó atrás y los actores que hacían de padres volvieron la cabeza tres veces para decirle que se apresurara y que no se separara de ellos: las tres veces la niña respondió dando una patada en el suelo y aflojando la marcha un poco más. Los dos adultos se cogieron de la mano y siguieron andando, y la niña apretó el paso. Más tarde se confirmó que esta secuencia de acciones se había reconstruido según las entrevistas que había hecho la policía. Los dos adultos siguieron andando hasta culminar el primer repecho y perderse de vista; unos momentos después, también la niña desapareció. Las cámaras fotografiaron el aire vacío. El agente de prensa agradeció a todos su presencia. Los tres actores volvieron del monte. La cementera reanudó su actividad y las calles se llenaron de polvo plateado. Los trenes de mercancías iban y venían por el monte describiendo una larga curva entre los árboles. Una claridad mortecina se movía lentamente por el páramo, quedaba atrapada en zanjas y barrancos inundados, y fue declinando hasta que las nubes taparon todo el cielo. Al anochecer, en la orilla del río, cerca de la represa, una garza real se detuvo a mirar el agua. Una niebla lenta cayó de los montes. A las cuatro de la madrugada, Les Thompson estaba en pie, llevando a las vacas por el patio para ordeñarlas. Unas horas después se vio a la vicaria ir a Hunter Place en coche. Estuvo allí una hora con los padres de la niña desaparecida y después no habló con nadie. La investigación prosiguió. A finales de marzo el tiempo había mejorado y los padres seguían en Hunter Place. No había novedades. Una mañana, Jane Hughes volvió a hacerles una visita y, al pasar por casa de Jackson, lo vio con sus hijos a la puerta de la nave. Parecía que hubieran trabajado mucho y no entendieran la necesidad de que se notase. Bebían té y fumaban. De la casa salía el olor del almuerzo que estaban preparando. Will Jackson no se acordó de que tenía que ir a casa de la madre de su hijo a buscar al chico para llevarlo al colegio hasta que vio pasar a los primeros niños camino de la escuela. La furgoneta no arrancaba, así que cogió el quad; ya sabía que a la madre del chico no le haría ninguna gracia, que sería un argumento más contra él. Cuando llegaron al colegio, las puertas estaban cerradas y Will tuvo que llamar a Jones, que estaba en el cuarto de calderas, para que les abriera. Acompañó al chico hasta el aula. La señorita Carter aceptó sus disculpas, mandó sentarse al chico y preguntó a Will qué le parecería que organizara una visita escolar en la época de la paridera. Él respondió que la paridera ya había empezado y a ella le sorprendió. La maestra le preguntó si ya habían parido todas y él respondió que si quería organizar una visita escolar se lo pidiera a su padre por escrito. No lo había oído hablar tanto desde hacía semanas. Cuando volvió a la nave, sus hermanos estaban dentro. En su ausencia habían perdido una oveja. Se celebró una junta del concejo parroquial. A Brian Fletcher le costó lo suyo que la gente se ciñera al orden del día, aunque al final tuvo que reconocer que, dadas las circunstancias, era difícil centrarse en asuntos relacionados con el aparcamiento. La junta se aplazó. La policía celebró una rueda de prensa en el salón de actos del Gladstone y anunció que estaban tras la pista del conductor de una furgoneta LDV Pilot roja. Los periodistas preguntaron si se lo consideraba sospechoso y el inspector al cargo contestó que no desestimaban ninguna posibilidad. Los padres de la niña estaban sentados detrás del inspector sin decir nada. Por la tarde un fuerte viento se llevó las nubes rápidamente hacia el este. Un mirlo pasó volando bajo por el jardín del señor Wilson con un poco de paja seca en el pico para un nido. Al pie de las hayas de detrás del Close los colémbolos se alimentaban de fragmentos de hojas secas. Por la noche, desde el monte se veían las luces de la autopista, rojas y blancas, adelantándose unas a otras, y las nubes flotando en lo alto. Habían buscado a la niña desaparecida. La habían buscado por todas partes. La habían buscado en el patio de Thompson, entre las ortigas que crecían alrededor del roble caído. Antes de abandonar, buscaron hasta debajo de las losas de pavimentar y de las planchas de contrachapado. La habían buscado en Hunter Place, en la parte trasera de los pajares reconvertidos, en las cocheras, en las leñeras y en los talleres, en el soto, en los invernaderos y en los jardines vallados. La habían buscado en la cementera, recorriendo con inquietud los enormes edificios, asomándose un poco por detrás de las carretillas y los montacargas, en la sala del personal y en la cantina, y volvieron a salir sigilosamente, con las manos y la cara cubiertas de polvo blanco. Por la noche algunos soñaron con lugares a los que podría haber ido. Soñaron que la veían bajar del páramo empapada, casi morada de frío; soñaron con ser los primeros en acercarse a ella con una manta y llevarla a casa sana y salva.

 

En abril, cuando llegaron las primeras golondrinas, los excursionistas volvieron a los montes. Los oían hacer conjeturas en el aparcamiento, mientras cargaban mochilas. Hacia dónde se habría ido la niña, hasta dónde habría llegado. Hacia el norte, habría llegado a la autopista al anochecer. Hacia el este, habría topado con los embalses. Hacia el oeste, habría alcanzado las crestas, donde el brezo y la tierra se deshilachaban en el aire y la grava se precipitaba monte abajo. Con qué tiempo se habría encontrado. Y con ese calzado. Había tantos sitios por donde caerse… Cómo no la habían encontrado aún, ahora que los días eran más largos, el sol alcanzaba ya los últimos rincones del valle y los primeros helechos empezaban a desenroscarse en la tierra negra y fría al pie de los fresnos. Por las noches, en los noticiarios, se mostraban las mismas fotografías: una imagen aérea de la partida de búsqueda en el páramo; los buzos en el agua; cuando se llevaban a los padres del lugar; la fotografía de la niña. En la fotografía llevaba la misma ropa que en la descripción y tenía la cara en escorzo. Daba la sensación de que quisiera estar en otra parte, decía la gente. Los inspectores fueron a ver a la madre otra vez. A veces le hacían preguntas nuevas. En el colegio, antes de que llegaran los niños, la señorita Carter llenaba de agua unas jarras de aluminio del comedor y ponía en ellas ramas de sauce cargadas de brotes. En las huertas nacía el brócoli morado, los cogollos brotaban limpiamente, tan dulces al paladar que muy pocos llegarían a la época de cosecha. Se vieron peritos en el monte, alrededor de Stone Sisters. Corría el rumor de que trabajaban para una empresa de canteras. El baile anual de primavera estuvo a punto de suspenderse, pero Irene propuso que se celebrara en favor de una organización pro niños desaparecidos y nadie se opuso. Sally Fletcher se ofreció a colaborar después de que Irene la mirara fijamente el tiempo necesario. Los buzos se ataron las cuerdas de nuevo y se sumergieron en el embalse mientras las garzas reales sobrevolaban la falda del monte. Las hojas volvieron a los árboles. Una lluvia fina en forma de nubes de humo regaba los campos.

 

El fin de semana del Primero de Mayo había cola en la carnicería, pero ni mucho menos tan larga como otros años. Ni mucho menos tan larga como necesitaban Martin y Ruth para mantener abierto el negocio. Martin no había querido hablar de esto, aunque era cada vez más evidente y nadie hacía preguntas. Irene estaba al principio de la cola contando a todo el mundo lo que sabía sobre la situación en Hunter Place. Ella limpiaba allí y sabía un par de cosas. ¿Te imaginas lo que será para los padres?, decía. Tener que vernos a todos aquí, como si no hubiera pasado nada. Ruth opinaba que, desde luego, no esperarían que la vida del pueblo se paralizase. Llegó Austin Cooper con ejemplares del boletín Valley Echo y los dejó encima del mostrador. Ruth le dio la enhorabuena y él se quedó perplejo un momento, pero después sonrió y se dirigió otra vez a la puerta. Irene lo miró marcharse y preguntó si Su Cooper estaba embarazada. Ruth dijo que sí, por fin, y Gordon Jackson, que estaba al final de la cola, preguntó si sería posible que le sirvieran antes de que naciera el niño. Una grúa se acercaba lentamente por la estrecha calle cargada con una furgoneta LDV Pilot roja, seguida por un coche de policía. La furgoneta iba envuelta en plástico transparente. Martin se limpió las manos en el mandil y salió a verla pasar. Gordon salió con él y encendió un cigarrillo. Martin asintió. Esto cambia las cosas, dijo. Volvieron las golondrinas en gran número, se las veía entrar y salir volando por las puertas abiertas de la nave de los Jackson, de los establos de los Thompson y de los edificios anejos a las tierras de los Hunter. La comisión de la fiesta de los

pozos[1] no se ponía de acuerdo en si debían celebrarla o suspenderla, dadas las circunstancias. Nadie recordaba que se hubiera suspendido ni un solo año. Pero ningún año había sido como ese. Finalmente decidieron engalanar los pozos, pero sería una celebración discreta. Hubo quien afirmó haber visto a la niña. La primera fue Irene, en el puente peatonal cerca de los salones de té, cruzando hacia el otro lado. Iba sola, dijo Irene, volvió un poco la cara y no quiso mirarme de frente. Desapareció antes de que pudiera darle alcance y no sé hacia dónde se fue. Supe que era ella. Se informó a la policía y salieron en su busca, pero no encontraron nada. Ese día había muchas familias jóvenes en la zona, dijo el portavoz de la policía. Pero sé que era ella, insistió Irene. Llovía, el río venía crecido y los espinos de los prados de la ribera florecían como espuma blanca. Los senderos se cuajaban de perifollo silvestre y la sombra de los árboles se hacía más densa. Se llevaron el ganado más arriba, a los puertos, y los salones de té de la represa del molino inauguraron la temporada. En el cobertizo de Thompson los hombres trabajaban en la empacadora para tenerlo todo listo cuando llegara la siega. La hierba estaba alta, pero últimamente el tiempo no acompañaba. La lluvia repicaba con fuerza y constancia en el tejado. Los embalses se llenaron.

 

Habían hallado la furgoneta detrás de los almacenes del embalse número 7. Esa zona había sido registrada en los días posteriores a la desaparición de la niña, lo cual significaba que probablemente la habrían dejado allí en una fecha posterior. Tal vez alguien hubiera visto cómo la dejaban. Tal vez alguien recordara quién la conducía. La policía pedía la colaboración de cualquier posible testigo, y en esos momentos intentaba dar con el propietario. Las placas de matrícula eran falsas y habían limado el número del chasis. Se llevaron la furgoneta del lugar y la sometieron a un pormenorizado análisis forense. Estas ruedas de prensa empezaban a ser inquietantemente habituales. Se sacaban las sillas y se colocaban las cámaras en su sitio. La sensación de tedio iba en aumento. El volumen de lo que no se decía iba en aumento. La sala se vaciaba y se recogían las sillas. Barrían el suelo, apagaban las luces y Tony regresaba al bar. El hinojo silvestre crecía vistoso y abundante al abrigo de la cantera vieja, y cuando Winnie fue a recoger un poco encontró preservativos anudados por el suelo una vez más. Lo que le sorprendía era que los anudaran. En la otra orilla del embalse número 8 se vio a un hombre con anorak gris marengo y la capucha puesta, y estuvo allí un buen rato, hasta que dio media vuelta y se internó entre los árboles. Martin Fowler se presentó en el puesto que la policía había instalado en la plaza y les dijo lo que sabía sobre el conductor de la furgoneta roja. Eso fue después de hablar con Tony. Martin le había dicho que sabía que el hombre se apellidaba Woods y Tony le había preguntado por qué no se lo había contado ya a la policía. Martin explicó que no le gustaba hablar de esa clase de tipos con la policía. Tony lo convenció. En lo que Martin contó sobre Woods a la policía había ciertas lagunas relacionadas con metal de desecho, pesca furtiva y gasóleo B. Se sabía que Woods tenía algo que ver con esta clase de negocios, y Martin también había participado en alguna ocasión. A la policía eso no le interesaba: solo le interesaba el paradero de Woods, por qué había escondido la furgoneta y por qué la habían visto el día en que desapareció la niña. A pesar de sus reticencias, le sonsacaron la información. Después, en el pub, hablaba nervioso con Tony de las consecuencias. Para Woods es muy importante la discreción, dijo. Tiene contactos. Así que ya ves en lo que me has metido. Vamos, anda, Martin. Es una niña de trece años. Piénsalo. Pero es que tú no conoces a Woods, dijo Martin. Y si lo conociera habría ido a la policía antes que tú, replicó Tony. Se miraron mientras Martin apuraba el vaso y salieron. En las noticias de la noche mostraron un retrato robot. La policía dijo que querían descartar a ese hombre de la investigación. Los adolescentes habían quedado para beber en el pabellón de críquet. Sophie Hunter tenía una botella de vino que había cogido de la bodega de sus padres y dijo que tardarían años en darse cuenta de que faltaba. Estuvieron un buen rato intentando abrirla, hasta que al final Liam empujó el corcho hacia dentro con un destornillador. Hablaron de la niña otra vez. James Broad se preguntó si no sería mejor contar algo. Los otros dijeron que no tenía sentido. Ya habían hablado del asunto. No cambiaría nada, dijo Lynsey. La chica ha desaparecido. Solo conseguirías meternos a todos en un lío del copón. Pero tú no estabas allí, dijo James. No fue más que un malentendido, le dijo Deepak. No hiciste nada malo. Se sentaron en las escaleras del pabellón, bebieron vino y se preguntaron entre ellos si les hacía efecto. Ninguno sabía exactamente qué efecto esperar. Cuando el vino se terminó, hacía rato que habían dejado de hablar. Sophie escondió la botella debajo de los escalones del pabellón y se fueron todos a casa. El aire se había recalentado inesperadamente y chocaron unos con otros varias veces. Hablaban más alto de lo que creían.

 

Se vio a los padres de la niña en los alrededores de la oficina de información turística, subiendo la colina con un par de inspectores. Desde lejos, sus movimientos parecían rígidos y lentos. Dieron una amplia vuelta por la zona en la que se la había visto por última vez. Se habían retirado los banderines y ahora nada señalaba el lugar. Nadie lo habría notado a no ser que lo supiera de antemano. Se fueron por el viejo camino de herradura que conducía a los embalses pasando por Black Bull Rocks. Estuvieron casi toda la tarde en el monte y cuando volvieron había fotógrafos esperándolos en el aparcamiento. Habían pasado más de seis meses y todavía no se sabía nada. Ni huellas, ni prendas de ropa, ni presuntos implicados ni imágenes de alguna cámara de videovigilancia. Era como si se la hubiera tragado la tierra. Los periodistas usaban esta expresión a modo de metáfora o hipérbole; los del pueblo sabían que podían ocurrir esas cosas. La gente se preguntaba cuánto tiempo alargarían los padres la estancia en el pueblo. Los Hunter anularon todas las reservas para los pajares reconvertidos, pero ignoraban hasta cuándo podrían sostener la situación. Se los veía poco, y si sabían algo no lo decían. Se sabía que la reverenda Hughes iba a verlos. La gente seguía depositando flores y velas en la oficina de información turística y se planteó la cuestión de qué hacer con ellas. Habían visto al padre de la niña paseando. Se ignoraba qué pretendía. Irene dijo que el hombre no lo estaba encajando bien y alguien le preguntó cómo demonios se imaginaba ella que podía encajarse una cosa así. Localizaron a Woods trabajando en seguridad en un edificio de Manchester. Lo detuvieron y lo interrogaron largo y tendido. No encontraron nada que lo relacionara con la desaparición de la niña y tenía coartada para la noche de autos. Resultó que la furgoneta que habían visto no era la suya. Lo soltaron e inmediatamente volvieron a detenerlo por una serie de acusaciones de robo y venta de artículos robados. En el campo de heno situado al sur de la iglesia, unos faisanes silvestres se movían entre la hierba. Las madres dirigían a los polluelos a picotazos y gritos y las bandadas se dispersaban al menor ruido. Cathy Harris dio la vuelta al prado y cruzó el río con el perro del señor Wilson. Al llegar al bosque soltó al perro y se coló por el angosto paso abierto en el murete de piedra. La gente quería que la niña volviera y que les contara dónde había estado. Podía haber desaparecido de muchas formas y pensaban en ellas a menudo. Podía haber bajado del monte corriendo y haberse encontrado en la carretera con un hombre que la hubiera invitado a subirse al coche; este podía habérsela llevado y haberla enterrado en una densa arboleda junto a un cruce de la autopista cien kilómetros al norte, y allí estaría todavía, bajo la tierra fría y húmeda. Algunos soñaban que volvía andando a casa. Andando por el arcén de la autopista, andando por el páramo, saliendo de las aguas oscuras de uno de los embalses con el pelo chorreando y la ropa envuelta en largas algas verdes.

 

Los últimos días de agosto hacía un calor sofocante y todo lo que tenía que moverse se movía despacio. Las huertas reventaban de judías verdes y calabacines, las plantas se desparramaban hasta los senderos. Las gordas abejas tropezaban con las flores y las babosas se atiborraban. Los primeros corderos estaban listos para la venta y los chicos de Jackson tenían mucho trabajo seleccionándolos y cargándolos en el remolque. En el campo de críquet se perdió el partido anual contra Cardwell. La madre de la niña iba a la iglesia de vez en cuando. Llegaba justo antes de que empezara el oficio acompañada por la vicaria, que la llevaba hasta un asiento reservado para ella en la nave lateral, y se iba mientras cantaban el himno de despedida. Habían llegado a un acuerdo. En ocasiones Jess Hunter la esperaba fuera, en el coche. La gente comprendía que no había que molestarla. Cuando llegaba el momento de darse la paz, ella estrechaba brevemente la mano con una sonrisa que, a decir de unos, parecía defensiva, y a decir de otros, de agradecimiento. A finales de verano, los adolescentes organizaron su propia partida de búsqueda. Se le ocurrió a James. Podían ir andando por el páramo hasta el embalse número 13 y registrar todos los rincones que la policía sin duda habría pasado por alto. Si encontraban algo saldrían en las noticias. Liam dijo que podían llevarse unas latas y convertirlo en una partida festiva. Una partida de búsqueda festiva. Lynsey dijo que no tenía ninguna gracia tomárselo a broma. Salieron temprano. Liam, James, Deepak, Sophie y Lynsey; cada cual dio a sus padres una excusa distinta. Se reunieron en el aparcamiento junto a las huertas y atajaron por el hayedo con el aire aún fresco de la mañana. Tenían ideas sobre lo que le había sucedido a Becky, basadas en lo que sabían de ella, en lo que creían que habrían hecho ellos en la misma situación y en lo que conocían del paisaje. La habían visto el verano anterior, cuando la familia pasó quince días en Hunter Place, y habían estado con ella más tiempo del que la gente sabía. Por eso tenían la sensación de estar involucrados. A mediodía, cansados y acalorados, se detuvieron en un cruce de caminos. Al pie del monte había un cobertizo en ruinas en el que Jackson guardaba provisiones y aperos. Tenían sed y bebieron entre todos las dos únicas latas de cerveza que habían podido coger. Los grillos cantaban entre el brezo y un escarabajo trepó por la mano de Lynsey. Las ovejas entraban y salían del cobertizo buscando la sombra. ¿Habían registrado allí?, preguntó Deepak. Por supuesto, dijo Liam. Yo mismo registré todo esto. Cogí una cámara térmica de esas; nada. Deepak le dio el manotazo de rigor por soltar chorradas. Han buscado en todas partes, dijo James, ¿qué pintamos aquí? Nadie le respondió. Lynsey y Sophie ya habían cerrado los ojos, y esta empezaba a quemarse al sol del mediodía. Las mariposas libaban en el brezo. Pasó un avión. ¿Qué hora es?, preguntó Liam. Las doce, más o menos, dijo James con los ojos cerrados. El brezo empujaba con firmeza debajo de él. Estaban tumbados, más cerca unos de otros de lo que solían. A alguien le rugieron las tripas pero nadie dijo nada. A lo lejos se oía ruido de tráfico y de maquinaria agrícola. Se durmieron. Al cabo de un rato, James vio a un hombre subiendo por el camino hacia ellos, hurgando entre el brezo con un palo. Cuando llegó a su altura pasó de largo sin ver a los cinco, que seguían tumbados. Llevaba un anorak gris marengo. James se levantó y se saludaron con un movimiento de cabeza. Quería decirle que lamentaba mucho lo de su hija, pero lo único que le salió fue «lo siento». El hombre saludó de nuevo y siguió andando. Más tarde James no estaba seguro de si aquello había sucedido realmente. Hacía demasiado calor para llevar anorak. Por la tarde subieron los cinco hasta la cima del monte, desde donde se veía el embalse número 8, y resultó que Liam llevaba vodka. Encontraron la boca de una mina que no habían visto hasta entonces y entraron con linternas, dejando un rastro de huellas en el barro tras ellos y asustándose entre sí. Hubo un momento en que Lynsey se espantó y se agarró del brazo de Deepak. Cuando salieron de la mina ya era de noche y, confundidos, descendieron por otra cara del monte. Cuando por fin llegaron a casa las consecuencias fueron peores de lo que se imaginaban. Sus padres estaban furiosos y los agarraron con fuerza, y había agentes de policía esperando para interrogarlos.

 

Su Cooper cambió la decoración de la habitación pequeña del piso de los pajares reconvertidos en el que vivía para poner allí a los gemelos. Austin se ofreció a ayudarla, pero le dijo que bastante trabajo tenía con el Echo y que quería tenerla lista cuanto antes. Él le preguntó qué quería decir con eso. Su puso cortinas de animales en las ventanas, montó la segunda cuna con mayor facilidad que la primera y clavó ganchos en el techo para colgar móviles. Dobló la ropita blanca, la guardó en los cajones, dejó pañales encima del armario y ordenó los juguetes en una estantería. Era una habitación pequeña, pero parecía que cabía todo lo que los niños iban a necesitar. Era un piso pequeño. Había sido el dormitorio de los mozos de cuadras. Nunca se había considerado una vivienda apropiada para una familia. Pero Su y Austin se enamoraron de él desde el primer momento y estaban decididos a que aquello funcionara. Ella había comprado unas cestas que cabían perfectamente debajo de las cunas, para guardar cosas. Sabía que era arriesgado hacer tantos preparativos tan pronto. Algunas personas tenían ciertas supersticiones en torno al embarazo. Sabía que a su madre no le parecería bien. Pero ella quería hacerlo. Quería tenerlo todo listo. Todavía no conocía a la gente del pueblo lo suficiente para pensar que alguien la ayudaría. No sabía si Austin estaría a la altura de las circunstancias. Sospechaba que no. Sospechaba que sería de los que se quedan mirando dulcemente a su hijito sin darse cuenta de que necesita que le cambien el pañal u otra toma de biberón. Les proporcionaría cuanto necesitaran, eso lo sabía. Había esperado hasta estar segura de ello. Pero Austin no tendría ni idea de lo que había que hacer. Estaba preparada para eso. Era un hombre sentimental y sin el menor sentido práctico para todo lo que no fuera escribir, editar e imprimir. Dio cuerda a los móviles infantiles y se quedó escuchando las melodías, mirando a los caracoles y ranas girar alrededor del sol. Salió de la habitación y cerró la puerta antes de que la música terminara. Los tejones del hayedo se cebaban deprisa, engordando para el invierno. Hurgaban en familia en el suelo del bosque, olisqueando y chocando unos con otros, descubriendo lombrices y bayas caídas. Su manto de piel era cada vez más grueso. El río se arremolinaba al pasar por el puente de caballos de carga y seguía su camino hacia la represa del molino.

 

Se atrasaron los relojes y las noches ganaron la partida a los cortos días. Estaba oscuro cuando los adolescentes volvían a casa desde la parada del autobús. Vieron a un hombre que encajaba con la descripción del padre de la niña alejándose del pueblo a pie; en la otra punta del bosque de Ashbrook, más allá de los trece embalses. Se informó de la presencia de un hombre con anorak gris marengo caminado por el arcén de la autopista. Los helechos se iban secando en ringleras por todo el monte. Algunos soñaron que la niña desaparecida aparecía boca abajo en un charco de agua, o que se la llevaban

sana y salva. Pasó la Noche de Gamberradas[2], pero no fue nada en comparación con los años anteriores. Nadie estaba de humor, aparte del que llenó de globos la cabina telefónica. Los chicos de Jackson llevaron el rebaño al redil y pasaron el día esquilando traseros, preparando a las ovejas para la monta. En la escuela se encendían las luces temprano y salía humo negro del cuarto de calderas. En la sala de profesores, la señorita Carter repasaba el plan de clases semanal con la señora Simpson. Cuando terminaron, la señora Simpson le preguntó qué tal se estaba aclimatando. La señorita Carter asintió brevemente y dijo que bien, aunque no le resultaba fácil conocer gente. La señora Simpson se rio y dijo que la entendía perfectamente, y que si había probado a pegar una fotografía pequeña en la lista para refrescar la memoria. La señorita Carter dijo que no se refería a los niños. Creí que usted se refería a la aclimatación general en el pueblo, aclaró. La señora Simpson se disculpó y dijo que para evitar malentendidos debía saber que ella nunca preguntaba a los maestros sobre su vida privada. Lo único que nos interesa es lo que ocurre entre estas cuatro paredes, le dijo. Se inspeccionaron los embalses una vez más y se tomó nota de los posibles desperfectos. Al anochecer, las palomas torcaces se reunían para dormir juntas.

En noviembre, Austin Cooper y su mujer regresaron a casa con gemelos y los subieron por las escaleras hasta el piso de los pajares reconvertidos. Cuando se volvió para cerrar la puerta, Austin se quedó un momento en el umbral mirando la calle como esperando una ovación, o incluso como si la oyera. Le parecía que se la merecía. Nunca había creído que pudiera encontrar una amistad tan profunda como la que tenía con Su, y, diez años después, la llegada de los gemelos era un broche de oro que se había acostumbrado a no esperar hacía mucho tiempo. En algún momento, en alguna vida, debía de haber hecho algo bien. Irene lo vio cerrar la puerta, vio la luz profunda que brillaba en sus ventanas y se acordó de cuando había llegado a casa con su Andrew hacía ya catorce años. Pero cuando fue al Gladstone y se lo contó a la gente, lo único que le dijeron fue por todos los diablos, con esas escaleras, ¿cómo va a subir un cochecito de gemelos por esas escaleras? Esa primera noche, Austin no durmió. Preparó una bebida caliente para Su mientras ella llamaba por teléfono a sus padres y amigos y les contaba las novedades una y otra vez, y más tarde se dedicó a entrar y salir de la habitación para ver qué tal dormía la familia, hasta que se acostó al lado de su mujer y se quedó escuchando las diferentes respiraciones: la de Su, larga y mesurada; la de los gemelos, rápida y superficial, como si hubieran venido al mundo solo para coger aire. Por la noche hubo llantos y tomas y cambios de pañales, pero sobre todo hubo momentos en que lo único que se oía eran las respiraciones, y Austin tenía la sensación de que lo único que tenía que hacer para mantenerlos a salvo era seguir despierto, que eso era lo único que se esperaba de él en ese momento. Al anochecer, cuando Su hablaba por teléfono con sus padres, había intentado entender algo de lo que decía. Conocía las palabras «madre», «padre» y «niños», pero nada más. Creía que también sabía cómo se decía contenta, pero Su hablaba tan deprisa con sus padres que nunca estaba seguro. Suponía que estaba contenta. En realidad, parecía sobre todo cansada. Hacía mucho tiempo que lo esperaban; ella lo había intentado con muchas ganas y ahora toda aquella tensión de su cuerpo carecía de sentido. Parecía un cansancio cómodo, un alivio. Por la forma en que sostenía a los gemelos, la forma en que se movía en torno a ellos o se agachaba a hacerles pequeños retoques cuando él los cogía en brazos, Austin entendía que ella sabía exactamente lo que había que hacer. Y que saberlo no le causaba sorpresa siquiera. Esta serenidad era una de las cualidades de Su que siempre le habían encantado. Como si hubiera sabido desde el principio que la vida era así. La primera noche que pasaron juntos, la expresión de su cara por la mañana era como si dijera: bien, pues ha ocurrido lo que tenía que ocurrir. ¿Qué esperabas? A primera hora de la mañana se encendieron las luces de abajo, en los establos que Austin había convertido en la oficina del Valley Echo. La luz blanca de la oficina resultaba cruda en contraste con el amanecer y por la ventana se le veía justo la coronilla; estaba trabajando en las últimas páginas del nuevo número; añadió algo en la columna de anuncios, pero con discreción, para no aprovecharse de su posición. Y una semana después, cuando el número apareció en los buzones de las casas y en los mostradores de las tiendas, los pocos que no lo sabían ya solo pudieron leer: «Su Lin Cooper y Austin Cooper anuncian el feliz nacimiento de sus hijos gemelos, Han Lee Lin y Lu Sam Lin, y agradecen las felicitaciones que han recibido».

 

En la escuela, las luces del vestíbulo se encendieron temprano. Estaban haciendo los preparativos para la reunión de Navidad. Jones había recogido ramas de acebo y de abeto en el bosque y la señora Simpson, de rodillas, las colocaba alrededor del nacimiento. La señorita Carter le pidió a Jones que sujetara la escalera de mano mientras ella colgaba las tiras de espumillón. La señora French, que estaba terminando de colocar pastores y ovejas de algodón, levantó la vista y no pudo evitar fijarse en que la señorita Carter llevaba falda. Y en que Jones no miraba hacia abajo. No le gustaba entrometerse, pero le pareció que era mejor pedir a Jones que empezara a sacar las sillas. Cuando la señorita Carter bajó la vista y advirtió que no había nadie sujetándole la escalera, se quedó muy quieta mirando a la pared de enfrente, procurando no pensar en que hacía muy poco que Jones había encerado el suelo. Se sorprendió pensando en el padre de Tom Jackson, Will, y en que no parecía una persona capaz de alejarse de una escalera sin más. Aguantó lo mejor que pudo. En la iglesia cantaron villancicos, había velas encendidas y olía a tejo y acebo recién cortados. Olivia Hunter cantó un solo en «Noche de paz». Tenía ocho años y lo hizo con seguridad y alegría. Le tembló un poco la voz cuando entonó «todo duerme alrededor» y al terminar la estrofa sonrió esperando a que la congregación cantara con ella. Al final representaron Jack y las habichuelas mágicas en la casa del pueblo. El vestuario y los decorados eran los mismos del año anterior y casi todos los actores se alegraban de repetir personaje. La noche de la función la casa del pueblo estaba a rebosar. Lynsey Smith había crecido en el último año y ya casi no parecía un muchachito. Pero trepó por la planta con la temeridad justa y, cuando desapareció entre las vigas, ocultas detrás de un telón, Cathy Harris, en el papel de la madre de Jack, puso una convincente cara de desolación. Después recogieron las sillas, abrieron el bar y empezaron a sacar bandejas de tartaletas navideñas. Era la primera vez en mucho tiempo que se veía a Richard Clark entre el público. Iba a pasar unos días con su madre. Había llegado cuando sus hermanas acababan de irse, cosa a la que la madre ya estaba acostumbrada, y se fue al extranjero antes de Nochevieja. Era un hombre ocupado. Algunos años la madre podía darse por satisfecha si lograba verlo al menos una vez. Era como si viviera en una maleta, pero esa no era forma de vivir tanto tiempo como llevaba él. En los días que pasó en el pueblo no llegaron a sentarse a hablar con calma y cuando se fue al aeropuerto, la madre no sabía siquiera cuál era su siguiente destino. Lo único que sabía es que era asesor. Por lo visto tenía una amiga nueva, pero no llegó a decirle ni cómo se llamaba. Cuando Richard se fue, cambió las sábanas, abrió la ventana para orear la habitación y el tañido de las campanas entró en la casa. Iban a celebrar otro oficio por el aniversario de la desaparición de la niña. En esta ocasión no hicieron falta más sillas de las habituales, nadie se quedó de pie en la iglesia. Jane Hughes repitió muchas de las cosas que había dicho el año anterior. Y seguimos sin respuestas y lo único que podemos hacer es esperar. Cerró los ojos, tendió las manos y dejó que el silencio se aposentara. La niña desaparecida se llamaba Rebecca, Becky o Bex. El día en que desapareció tenía trece años. Llevaba una sudadera blanca con capucha y un chaleco azul marino, vaqueros negros y zapatillas de lona. Ahora mediría más de un metro y medio y era posible que llevara el pelo de otra forma y de otro color. Un portavoz de la policía confirmó que la investigación continuaba abierta. Vieron a la madre de la niña recorrer el páramo por los senderos y caminos de siempre. Amenazaba más lluvia o algo peor. Un viento frío empujaba las nubes ensombreciendo los embalses y en los montes caía una nieve fina sobre las copas de los árboles. Los reyezuelos se alimentaban afanosamente, ocultos entre las ramas del tejo del cementerio de la iglesia.