El embalse 13

Jon McGregor · Capítulo 2 de 15

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El embalse 13

Capítulo 2

 

A medianoche, cuando llegó el Año Nuevo, los pueblos de más allá del valle lanzaron fuegos artificiales, pero estaban muy lejos para que llegara el ruido, así que nadie salió a verlos. Se celebró el baile en la casa del pueblo y los asistentes se divirtieron. Un año era tiempo más que suficiente. Las calles estaban en silencio y no había policías, pero todo parecía aún reciente en el cortante aire nocturno. Vieron a Will Jackson con la maestra de la clase de su hijo. Nevó copiosamente por la noche, parecía que iban a cortar la carretera. A mediodía salió el sol y la nieve derretida de la carretera corría hacia los sumideros. Un mirlo avanzaba a pasitos por la hojarasca húmeda de debajo del seto del jardín de la señora Clark, buscando algo que comer. En el alero de la iglesia, los murciélagos hibernaban replegados sobre sí mismos y el ambiente era tranquilo. Llovió torrencialmente una semana y el río se desbordó. El puente peatonal de los salones de té se derrumbó por la cantidad de desechos acumulados por la corriente. Después de la tormenta, el guarda fluvial dragó lo que quedaba y cerró el paso del puente por ambos lados. Trabajaba por cuenta de la finca Culshaw, propietaria de los derechos de pesca, pero no había consenso sobre quién era responsable de los puentes y caminos. La familia que vivía en Culshaw Hall ya no era de los Culshaw, y todo el mundo consideraba que estaban fuera de lugar. El mantenimiento del edificio era una lucha constante, por no hablar de la gestión de las tierras. Se gastaban casi todo el dinero en guardas, porque solo sacaban beneficios de la caza y la pesca. Lo demás se les iba en abogados, para demostrar que ellos no tenían obligación de pagar por lo que los Culshaw habían hecho en su momento. El rugido de los embalses, que rebosaban por primera vez en muchos años, era tremendo y constante, y se oía en todo el valle. Los oficios de la iglesia quedaron a cargo de predicadores itinerantes todo el mes, nadie parecía saber adónde se había ido la vicaria. El coadjutor dijo que se había tomado unas vacaciones, pero se entendía que eso no significaba que no fuera a volver. La palabra «estrés» salió a relucir y, cuando la vicaria volvió, no se habló más del asunto. En Hunter Place se tenía la sensación de que la vida estaba en suspenso. Se cancelaron de nuevo las reservas del año y todo estaba tranquilo. Jess Hunter no se hizo amiga de la madre de la niña en la forma que esperaba. Estaba claro que la mujer deseaba quedarse allí de momento, aunque su marido estaba casi siempre en Londres, y Jess había intentado que participara de la vida familiar. Pero quizá le resultaba difícil convivir con Sophie y Olivia. A veces comían juntas o tomaban algo, pero la mujer era muy cerrada. Uno no sabía cómo reaccionar. Jess se enorgullecía de su facilidad para conseguir que la gente se abriera. Sus hijas se lo contaban todo, aunque no podía decirse lo mismo de su marido. Ese mes también se había ausentado y Jess tenía una idea imprecisa del motivo. Un foro de política de alto nivel. Algo que ver con la gestión de las tierras. Las respuestas de ese hombre eran siempre muy ambiguas. Jess estaba en la cocina, mirando al otro lado del patio, a los pajares reconvertidos. La madre de la niña estaba en la puerta fumando un cigarrillo. Jess se preguntó si vería el interior de la cocina desde allí. En el pueblo se preguntaban cuánto tiempo se quedaría. La gente tenía ganas de que encontraran a la niña y se acabara todo. A lo mejor se había metido en una de las cuevas que se adentraban en la profundidad del monte. A lo mejor se había acurrucado en un rincón y todavía estaba allí.

 

El martes de carnaval, después de que Jones barriera la nieve del patio del colegio y echara gravilla fina, la señorita Carter organizó allí una carrera de tortitas. No todos estaban de acuerdo en las veces que los participantes debían girar la tortita en el aire y algunos niños lo pasaron mal. A Lucy Williamson tuvieron que llevarla a casa porque se hizo daño en un pie. Los chicos de Jackson llegaron por la carretera, pasaron por delante del colegio y Simon preguntó a Will si no iba a dejar allí una tarjeta de San Valentín. Will contestó que no sabía a qué venía eso y que más les valía no abrir la boca porque no había nada que decir. No era nada serio. Si la gente empieza a hablar, las cosas se complicarán con la madre del niño, dijo. No se sabía cuándo había empezado a llamarla «la madre del niño», en vez de «mi novia» o Claire. Seguramente cuando ella volvió a casa de su madre. Al principio era un plan temporal, pero ya se sabe que estas cosas siempre acaban igual. Cuando llegaron a los pastos de la ribera y empezaron a descargar forraje del remolque, sus hermanos todavía se reían de su forma de negar lo evidente. Will les dijo que si no lo dejaban de una vez contaría a Jackson lo del gasóleo B. Ellos contestaron que no sería capaz pero se callaron. Mientras les echaban el forraje, las ovejas se acercaron embistiendo contra las piernas de los chicos. Los hermanos continuaron con su trabajo: inspeccionaron la lana, las patas, los traseros y las orejas, concentrados de pronto en la tarea con toda naturalidad, como si las bromas de hacía un momento nunca hubieran existido. Manejaban a los animales con firmeza, con rapidez, haciendo comentarios en voz baja entre ellos, y, si su madre hubiera pasado casualmente por la vereda, habría reconocido la influencia paterna en esa forma de trabajar y de mover sus cuerpos jóvenes bajo el cielo encapotado. Por la tarde, la nieve derretida volvió a helarse y luego cayó encima otra capa de nieve tardía. Fue una noche fría. De madrugada, en la otra orilla del río, Les Thompson cruzó el patio con su rebaño para conducirlo a la sala de ordeño, y el cielo todavía se veía muy encapotado por encima de los árboles. El aire se llenó de vaho alrededor del apretado rebaño y Les se movía entre los animales, que iban poniéndose en fila. Era un tipo alto y fuerte, y las vacas se apartaban enseguida para dejarlo pasar. Todavía faltaba un buen rato para que llegara el día y cuando llegó amaneció húmedo. Jackson sufrió un derrame cerebral, se lo llevaron al hospital y durante unas semanas se dio por sentado que no volvería a casa.

 

En el hayedo, las zorras parían ocultas en la oscuridad de sus profundas madrigueras, debilitadas por el esfuerzo; los cachorros ciegos se apretaban contra la madre buscando calor. Los machos salían en busca de comida. Las prímulas amarilleaban en los bosques y en los márgenes de la carretera. El agua de los embalses, de un brillante gris plateado que el viento rizaba, lamía los muros de contención. Al anochecer, un corredor solitario bajó del páramo a velocidad regular, blanco contra el monte oscuro. Gordon Jackson volvía en coche de una venta de ganado cuando vio a un lado de la carretera a un hombre que levantaba el brazo como pidiendo ayuda. Aunque no llevaba el anorak gris marengo, parecía el padre de la niña desaparecida. Se detuvo a preguntarle si quería subir al coche. El hombre lo miró pero no dijo nada. En el concejo parroquial se registraron más excusas que asistentes y Brian Fletcher quería aplazar la reunión. Sin embargo, era necesario tomar una decisión sobre algunos asuntos, así que la celebraron. Por la noche, el viento sopló muy fuerte y movía el alumbrado público de la plaza. Ese mismo mes, unos días después, la señorita Carter llevó a sus alumnos a la granja de Jackson para que vieran la paridera. Cruzaron la carretera en parejas y se apelotonaron contra las vallas a la puerta de la nave. Will había dicho que hablaría él y los estaba esperando después de haberse limpiado la sangre del mono. Sus hermanos no tenían el menor interés en participar y cada cual encontró algo que hacer en los pesebres del fondo. La señorita Carter le dio las gracias otra vez por permitirles hacer la visita, pero entonces Will se dio cuenta de que no tenía ni idea de qué decir. Casi todos los niños vivían en los alrededores y sabían más de la paridera que la propia señorita Carter. Will le preguntó por dónde quería empezar y ella le preguntó a su vez si había nacido algún cordero por la noche. Tres, solamente, dijo él. No intervenimos mucho. Dejamos que las ovejas se las arreglen lo mejor que puedan. Cuando la madre termina de limpiarlos, miramos qué tal están, les ponemos el crotal y vemos si empiezan a comer bien. Ella preguntó si podían ver alguno de los recién nacidos pero, antes de que Will pudiera responder, Gordon dijo que no desde los pesebres del fondo. Will le explicó que no convenía alejarlos de la madre los primeros días. La señorita Carter pareció decepcionada. Le pidió que le contara lo que sucedería las siguientes semanas y meses, y él le dijo que no tardarían en salir al prado y que algunas ovejas habían parido fuera de la nave; le explicó cómo movían el rebaño para que siempre estuviera en los mejores pastos, cómo se seleccionaban y apartaban los corderos a finales de verano. ¿Apartar?, preguntó ella. Él no entendió la pregunta. Una niña tiró de la manga a la señorita Carter y le explicó lo que era apartar los corderos. Algunos niños se dedicaban a recoger cagarrutas de oveja y a tirárselas unos a otros. La señorita Carter repartió sujetapapeles y les mandó hacer un dibujo. Mientras los niños estaban ocupados, ella preguntó a Will si pensaba ir al baile de primavera de la casa del pueblo. Las demás maestras dicen que van a ir, le contó. Will respondió que todavía no lo había pensado. Dependía del trabajo que tuviera. Pero esas cosas suelen estar bien. Podría ser divertido, dijo Will. Si me lo pidieras, a lo mejor me lo plantearía, dijo ella. Algo en la expresión de su cara le dio que pensar. Oyeron los balidos quejumbrosos de una oveja y Gordon indicó a Will que, si ya había terminado, se pusiera a limpiar. Will explicó que tenía que volver al trabajo y que a lo mejor la señorita quería llevarse ya a los niños de allí. Ella le dijo que quizá se verían en el baile. Desde luego que sí, dijo él.

 

En el taller, Geoff Simmons se lavó las manos en el hondo fregadero de piedra; el agua limpia disolvió la arcilla formando un riachuelo lechoso que se coló por el sumidero hasta el filtro, más abajo. Los cacharros húmedos se estaban secando en la bandeja y el horno empezaba a calentarse. En el seto que había junto a la ventana del señor Wilson, un mirlo montaba guardia en el cuenco de hierbas que contenía los huevos azul verdoso que los polluelos empezaban a romper. En el televisor aparecían imágenes de inundaciones por todo el norte de Europa: hombres con impermeables que tiraban de botes neumáticos por las calles, puentes derrumbados, ganado ahogado. Cuando los salones de té inauguraron la temporada, todavía no se había reconstruido el puente peatonal. El concejo parroquial escribió a Culshaw Hall con carácter de urgencia y la propiedad respondió que eso era competencia del Parque Nacional. El Parque Nacional discrepaba. El guarda fluvial dijo que él únicamente podía hacer lo que le mandaran. Las mariposas olmeras empezaban a aparearse, volaban unas tras otras por encima de las ortigas hasta que las hembras encontraban un escondrijo en el que esperar a que acudieran los machos. El guardabosques que atendía la oficina de información turística del Parque Nacional disfrutó un buen rato observándolas y tomando notas y, cuando volvió a la oficina, las archivó en su sitio. En el embalse número 11, la brigada de mantenimiento inspeccionaba el coronamiento de la presa buscando grietas y hundimientos en la superficie. En el terraplén de hierba había toperas que eliminar. Por la noche, un gran número de murciélagos revoloteaba por la orilla del río, bajaban desde sus perchas a cazar los insectos que salían del agua. Se movían con silenciosa destreza y desaparecían tan pronto como se los veía. El baile de primavera terminó pronto, cuando Liam Hooper y un mozo de Cardwell se enzarzaron en una pelea que desembocó en la calle por la puerta de incendios. Los separaron enseguida, pero ya habían causado destrozos y se pidió a los mozos de Cardwell que se fueran. En el aparcamiento vieron otra vez a Will Jackson con la señorita Carter, la maestra del colegio.

 

Martin Fowler estaba trabajando en el mostrador de la carnicería cuando entró un hombre del banco y le dijo que había vencido el plazo. ¿De qué habla?, le preguntó Martin, y le clavó una mirada que en otras ocasiones le había servido para arreglar las cosas. El del banco llevaba unas carpetas bajo el brazo y dijo que Martin tenía que entregarle las llaves. Había otros dos hombres esperando en la puerta. Bastante más fornidos. Pues no, señor, respondió Martin. Se oyó un tintineo metálico a su espalda y apareció Ruth preguntando qué pasaba. El hombre del banco repitió lo de antes. Pero no hemos recibido ninguna notificación, dijo Ruth, nada de nada. Notó que Martin, que estaba a su lado, flaqueaba, y el hombre del banco puso cara de compasión. Hemos agotado todas las fases del proceso, dijo. Se enviaron los documentos por correo certificado y se recibió el acuse de recibo. Lo que más la irritaba era la cara de compasión del hombre. No había de qué compadecerse. Sacó el dinero de la caja registradora mientras el hombre estaba de espaldas e hizo salir a Martin procurando que no perdiera la poca dignidad que le quedaba. A la hora de comer, el hombre del banco había mandado cambiar la cerradura y había puesto anuncios en el escaparate. Y ahí terminó todo. Se fueron a casa, se sentaron y la mujer no tenía fuerzas ni para pedir a Martin una maldita explicación. De la otra orilla del río llegaba el ruido de la piedra de amolar de Sean Hooper, un repique de campana seco y regular que sonaba siempre un segundo después de que bajara el brazo. Las golondrinas entraban y salían del cobertizo constantemente. Sacaron del almacén las armazones de engalanar los pozos y las llevaron a remojar al río. La madre de la niña seguía en Hunter Place y se sabía que Jane Hughes iba a verla de vez en cuando. Nunca se quedaba mucho rato y a nadie se le ocurría preguntarle qué tal iban esas visitas. Ella tampoco habría contado nada, desde luego. En ocasiones pensaba que le gustaría que se lo preguntaran, aunque fuera su marido o un colega de la iglesia tolerante. Pero así eran las cosas. Aparcó el coche, entró y poco después volvió a salir. Habían buscado a la niña. La habían buscado en todos los embalses, alrededor de las piedras del rompeolas y más allá del límite forestal, aparte de en todos los edificios y cobertizos condenados con tablones. Podía haberse caído al agua y haberse ahogado. Podía haberse quedado atrapada en una compuerta o esclusa de las profundidades. Los buzos no habían encontrado nada. Todos querían saber. Todos se sentían involucrados.

Cuando Jackson regresó del hospital lo llevaron en silla de ruedas desde la ambulancia hasta la cama motorizada que habían instalado en la salita de abajo. Habían hecho muchos preparativos para su vuelta, pero cuando los de la ambulancia se fueron, a Maisie le invadió el pánico ante la cantidad de cosas que quedaban por hacer. Aunque Gordon y Alex se habían ocupado de preparar el dormitorio, era difícil saber si a Jackson le parecía bien. La debilidad de la cara había mejorado lo suficiente para permitirle hablar, pero tenía una expresión fija que no transmitía lo que sentía. Habían orientado la cama hacia la ventana para que pudiera ver la calle de la iglesia. En un lado había una mesa con cuñas y medicamentos, y una radio cerca de la cama. Vendrían cuidadores, enfermeras y fisioterapeutas, pero aun así la lista de cosas que tendrían que ayudarle a hacer era muy larga. La primera noche hubo una discusión porque el enfermo empezó a protestar cuando iban a darle de comer. En el hospital, con las enfermeras, no había puesto objeciones, pero con su mujer era demasiado. Consiguió derramar un cuenco de sopa solo volviendo la cabeza rápidamente, con furia, y, cuando Maisie terminó de limpiarlo todo, quiso decirle un par de cosas. No fue un discurso largo. Si no dejas que te demos de comer, te morirás en una semana, así que piénsalo. Por la mañana, Jackson comió huevos revueltos. Por la ventana vio a Les Thompson, que iba por sus campos del otro lado del río comprobando la madurez de los pastos. Pronto aparecerían las flores y las hojas perderían vigor. Había que segar. Necesitaban unos días secos para poder hacerlo a tiempo. Se habló de la estacada que habían levantado cerca de Stone Sisters. Cooper hizo indagaciones en la oficina de planificación y publicó un artículo en el Echo sobre los planes de abrir otra cantera. Los zorzales reales se habían ido a Escandinavia a construir nidos y a poner huevos. Un grupo de viajeros fue a la cantera vieja por la carretera principal. Tony preguntó a Martin si había sabido algo más de Woods; Martin le dijo que no. También le preguntó si no se había puesto un poco paranoico con el asunto, y, como ya había transcurrido casi un año, Martin reconoció que tal vez. Eso ya era agua pasada, dijo.

 

El último día del trimestre, James, Liam y Deepak se saltaron las clases y se fueron en bicicleta por el sendero del embalse número 3. Tuvieron que empujarlas andando casi todo el camino. Había fragmentos sueltos de pizarra y surcos profundos, y avanzaban lentamente. Cuando llegaron arriba sacaron bebidas y patatas fritas de las mochilas. A mi padre le ha salido trabajo en Newcastle, dijo Deepak. ¿En Newcastle? ¿Cómo es eso?, preguntó James. Newcastle no está mal, dijo Liam. Lo conozco, mi tío tiene una tienda de deportes allí. Una vez estaba ayudándolo en la tienda y vino Alan Shearer a comprar unas botas de fútbol. Hace un tiempo que busca trabajo, dijo Deepak. Ha sido idea de mi madre. Se puso muy plasta con las botas, dijo Liam. ¿Tu madre quiere irse a Newcastle? En realidad, no. Pero quiere irse, a donde sea. ¿No le gusta esto? Desde lo de Becky no acaba de encontrarse a gusto aquí, dijo Deepak. Qué curioso eso de Alan Shearer, ¿no? Si vierais qué pequeños tiene los pies. Liam, cierra la boca. Tu tío vive en Cardwell. No, ese es mi otro tío. Eres un gilipollas. Y tu madre también. James se adelantó y arrebató el paquete de patatas a Liam de un tirón. Liam se montó en la bicicleta y empezó a descender. Lo vieron bajar botando y derrapando, levantando nubes de polvo. ¿No fue tu madre la que quiso venir a vivir aquí? Sí, pero dice que ahora todo es distinto. Ya sabes. Dice que quiere estar más cerca de la familia. ¿Tienes familia en Newcastle?, preguntó James. No, pero… ¿Tu padre va a coger ese trabajo? No sé. Me parece que no quiere. Pero mi madre lo está pasando muy mal. No habla de otra cosa. Newcastle, joder, dijo James. Pues sí. Terminaron las patatas fritas. James se cargó la mochila y cogió la bici. ¿Vamos a bajar por aquí? Liam estaba casi abajo del todo. No se había caído todavía. Deepak montó en la bici y miró a James. Aquel verano… ¿llegaste a enrollarte con ella, con Becky? James lo miró. Pues…, no, no, la verdad, dijo. Joder, Deepak, ¿y tú? No, dijo este. Aunque lo intenté. ¿Bajamos la cuesta o hablamos del tema o qué?, dijo James. Déjalo de una vez. Vamos. Bajaron por el sendero con la cabeza saturada del ruido que hacían las bicicletas en los surcos. Cuando llegaron abajo pasaron al lado de Will Jackson, que llegaba tarde a recoger a su hijo en el colegio. Era el último día del trimestre y, cuando entró en el aula, los otros niños se habían ido. Le pareció un buen momento para hablar con la señorita Carter. Tom no paraba de preguntarle qué harían cuando volvieran a casa y la señorita Carter estaba ocupada recogiéndolo todo, así que se fue con Tom por el pasillo pensando que ya hacía casi tres meses que no se decían nada. Seguramente no tenían nada que decirse. Ella le había escrito algunas notas, pero él le pidió que no lo hiciera. No quería complicaciones. Se preguntó si se habría equivocado con la palabra «complicaciones». Tal vez se hubiera ofendido. A veces era imposible saberlo con seguridad. Se preguntó qué habría hecho con sus calzoncillos, si los habría guardado o los habría tirado a la basura. No le habría costado nada mandárselos por correo, pero no lo había hecho. Se los había pedido prestados por la mañana, mientras se los probaba; eran de rayas azules y blancas y le quedaban mucho mejor de lo que jamás le quedarían a él. «Cómodos» sería la palabra. Nunca se le había ocurrido lo bien que podían quedarle a una mujer unos calzoncillos. Pero allí se había plantado ella, al pie de la cama, con las rayas azules y blancas que se doblaban en todos los sentidos, una taza de té en cada mano y una expresión en la cara que habría hecho saltar los plomos a cualquiera. Y después, cuando se fue de casa con toda discreción, por el jardín de atrás e internándose en la arboleda para que no la vieran, él pensó por un momento que aquello podía ser el comienzo de algo. El sabor de ella cuando se sentó con otra taza de té que no se bebió. Will Jackson y la señorita Carter, maestra del colegio: sonaba bien, pero daría que hablar. Y la madre del chico lo utilizaría en su contra. No tenía por qué pasar. Él podía irse a cualquier otra parte. Aunque también estaba la forma en que cedió el colchón bajo su cuerpo cuando ella volvió a la cama. La fuerza de ella. Tuvo que contenerse para no salir zumbando por la puerta trasera y seguirla por el bosque. Y después de esas notas no hubo nada más. Un silencio incómodo. Un seguir con la rutina. Sin embargo, ella aún tenía sus calzoncillos, y eso tal vez significaba que aquello no había acabado. Debía hablar con ella.

 

Graham Thorpe, el guardabosques del Parque Nacional, organizó un safari de mariposas y, a pesar del interés general, la única que acudió fue Sally Fletcher. Él masculló algo así como que seguramente tendría mejores cosas que hacer un domingo, pero ella respondió que estaba emocionada. Fueron por la orilla del río, cruzaron las canteras, subieron al monte de detrás del embalse número 8 y le enseñó dónde podía haber mariposas saltarinas, varias clases de fritillarias, polillas, olmeras y niñas celestes. Encontraron unas seis especies, pero parecía que Graham hablara de doce o más al explicarle el ciclo vital, las migraciones, la alimentación y la forma de aparearse de cada una. Estaba muy locuaz, y Sally escuchaba como en trance. No tenía ni idea de que hubiera tanto que contar. Las dos horas pasaron demasiado rápido y por la noche, durante la cena, descubrió que no le apetecía contárselo a Brian. Se lo guardaría para ella. Las dedaleras crecían altas en la linde del hayedo y en los muretes de los márgenes de la carretera; las abejas entraban y salían de las copas de las llamativas flores. Un águila ratonera acechaba en el poste de una cerca del borde de la carretera. El equipo de críquet fue a Cardwell y, aunque llovió casi todo el día, hubo overs suficientes para que ganaran los locales. Aparecieron los arándanos en el brezal que había detrás de Stone Sisters, y el segundo domingo de agosto un grupo del pueblo fue a recogerlos. Las bayas no abundaban, así que tuvieron que andar y agacharse por todo el terreno. No podía decirse que hubieran ido a cogerlos propiamente, sino más bien a cosecharlos. Empezó la temporada del urogallo. En la faisanería del confín de la finca Culshaw, los faisanes se escondían o se desperdigaban al menor ruido. Los días eran largos y tranquilos. Salir al monte bajo el sol ardiente despertaba un sentimiento de culpa que algunos se esforzaban en neutralizar para no privarse de hacerlo. Evitar el camino de Hunter Place ayudaba, o eso parecía. La madre de la niña seguía allí. Apenas se dejaba ver, pero se notaba su presencia. El camino que arrancaba de la parte de atrás de los pajares reconvertidos se había llenado de maleza porque muy pocos se atrevían a transitarlo. Solamente algún que otro fotógrafo lo hacía a la hora del rocío, pero enseguida lo veían y lo obligaban a bajar, y volvía con los pantalones húmedos y llenos de vilanos y abrojos. Estos siempre eran hombres. No había motivo para detenerlos. Normalmente era Stuart Hunter quien los encontraba. Aunque no le gustaban los conflictos, en ese punto no estaba dispuesto a transigir. Nunca tenía que decírselo dos veces. Jess Hunter se preguntaba de dónde sacaría tanta determinación, cuando en general le faltaba. Quizá albergara algún sentimiento por la madre de la niña, más allá de sus responsabilidades como anfitrión. Pero no parecía probable. No era dado a esas cosas. Después de obligarlos a bajar, volvía a casa midiendo el ritmo y sin aliento, y a veces ella debía abrazarlo para que se tranquilizara. Le recordaba a las descargas de adrenalina que tenía en las competiciones de remo de la universidad. A veces, toda esa energía los arrastraba al dormitorio, aunque lo habitual era que la descargara trabajando febrilmente todo el día con hojas de cálculo, llamadas telefónicas y encendidas conversaciones con el personal. Aparte de Hunter Place, había otros recordatorios de la desaparición de la niña por el monte: los ramos de flores de la oficina de información turística, las vallas nuevas alrededor de los pozos de las minas, los ladridos de los perros en la carretera. La mayoría no se acercaba para nada y se iba de excursión a los embalses, a los alrededores de la cantera o más allá, a los valles calcáreos del sur, donde las mariposas se levantaban como ceniza en la brisa y adonde todavía llegaban las camionetas de helados.

 

Hubo muchos días nubosos en verano, pero septiembre llegó con cielos despejados, días brillantes como bayas y surcos de barro endurecido en las veredas. En las huertas se recogió la cosecha principal de patatas, revolvieron la tierra oscura y los tubérculos gordos y amarillos salieron a la luz. Le tocaba a Irene encargarse de adornar la iglesia para la celebración de la fiesta de la cosecha, así que se pasó una semana en la mesa del comedor de su casa haciendo gavillas de trigo con Winnie. Aunque eran amigas desde que Irene llegó al pueblo, en realidad solo hacía siete años, desde la muerte de Ted, que hacían cosas juntas. Winnie tenía mejor ojo para eso. Entre otros motivos, porque le sacaba unos años. Y había nacido en el pueblo, mientras que Irene aún conservaba cierto aire de ciudad. Además Winnie se concentraba, cosa que Irene intentaba aprender. A veces, cuando estaban juntas, le daba la sensación de que hablaba demasiado. Pero tenía algo que añadir tan a menudo… Cuando terminaron, llevaron los adornos a la iglesia y los colocaron como motivo principal en lugares que llamaran la atención, lejos del montón de latas y paquetes que traían los escolares, y la gente dijo que era la decoración más bonita que habían visto en años. El río se deslizaba bajo el puente de caballos de carga y lentamente mandaba remolinos a la orilla. Los cuidadores iban a ver a Jackson una vez al día, lo lavaban, le daban la vuelta y lo animaban a salir de la cama. Ahora ya podía comer solo y hablaba mejor, pero todavía tenían que sujetarlo entre los dos para que se incorporara un rato sobre las piernas, blancas y pelonas. Ayudaban mucho cuando estaban allí, pero el resto del tiempo Maisie tenía que ocuparse de ponerle y quitarle la cuña, llevarle la comida y ayudarlo a cambiarse de pijama. Le habían dicho que, si podía mejorar la movilidad, sería en esos primeros meses, y que tenía que estar preparado para la fisioterapia en cuanto hubiera terapeutas disponibles. A juzgar por la forma en que manejaba los controles de la cama, con los motores gimiendo suavemente cada vez que la subía o la bajaba, no parecía que fuera a tener fuerza suficiente para hacerla. Los chicos estaban construyendo un porche acristalado en la parte trasera de la casa, para que contara con un espacio cómodo en el que pasar los días y no morirse de asco en la cama. Era una obra considerable. Unos adolescentes cruzaban por el campo de detrás de la casa en dirección al hayedo, iban a beber, seguro. Will Jackson reconoció la voz del chico de Broad y al hijo de Liam Hooper, el cantero. También iban chicas. En el hayedo, Deepak y los demás se acomodaron en el refugio que habían construido hacía tres años. Su familia se mudaba al día siguiente. Llevaban mantas y Liam empezó a hacer una hoguera. Ya casi no quedaba sidra. La conversación decayó. Lynsey y Sophie estaban sentadas en un tronco, con una manta sobre los hombros, y James notó algo en su mirada. Era como si tuvieran algo que decir pero ninguna intención de hacerlo. Parecían contentas e indecisas. James las observaba y ellas miraban a Deepak. Liam estaba agachado junto al fuego, soplando la leña. Las chicas se levantaron y dijeron a Deepak que iban a hacerle un regalo de despedida. Él pareció complacido y desconcertado. ¿Qué es? Está allí, dijo Sophie. Ven con nosotras. Se alejaron entre los árboles y Deepak miró a James y se encogió de hombros. Liam se apartó del fuego. Seguramente lo convertirán en virgen, dijo. James se rio de él. Lo has entendido al revés, dijo. Liam sopló la hoguera otra vez. Lo que tú digas, respondió. Tu madre lo entiende al revés. La primera que volvió fue Lynsey, y no miró a ninguno a la cara. Apartó a Liam de en medio y avivó la hoguera. Se tocaba los labios continuamente. Sophie tardó más y, cuando volvió, se fueron las dos rápidamente, de la mano. Deepak salió de entre los árboles y se agachó junto al fuego; tenía una mirada de aturdimiento a la luz temblorosa de la hoguera. Liam y James no le quitaban ojo. Sonrió. No voy a contaros nada, así que, imaginaos lo que queráis, dijo riéndose mientras los otros lo tiraban al suelo. Por la mañana, cuando llegó el camión de mudanzas, las brasas seguían humeando.

En octubre vieron a la madre de la niña desaparecida en Hunter Place cargando en una furgoneta cajas y bolsas, además de dos sacas grandes de lo que Jess Hunter dijo que eran mensajes solidarios que había recibido. Se suponía que no volverían a verla. En la entrada abrazó a Jess y a Stuart Hunter, y también a Jane Hughes, que se acercó a despedirla. El hombre que la acompañaba encendió el motor de la pequeña furgoneta blanca y se pusieron en marcha. La verja se abrió automáticamente cuando se acercaron y, antes de que se cerrara con un ruido metálico, el vehículo ya se había perdido de vista. Jane Hughes se quedó unos minutos más hablando con los Hunter antes de irse por el mismo camino. Al pasar por el pueblo se detuvo a hacer una visita a Jackson. Maisie le había dicho que ninguno de los dos rezaba mucho. Jane le había respondido que lo comprendía, pero que de todos modos pasaría a verlos, y ahora estaba en la cocina diciéndole a Maisie que la llamara Jane en vez de vicaria, mientras esperaban a que hirviera el agua. No dijo gran cosa, se limitó a dejar hablar a Maisie de cómo llevaban la granja, del trabajo que hacían sus hijos y de los planes que tenían de ampliar uno de los edificios. Jane tenía la impresión de que Maisie estaba nerviosa. Cuando se calló un momento, le preguntó por Jackson. No quiere verla, dijo Maisie. No quiere verla. Jane le dijo que no tenía importancia, que lo entendía. Se enfada sin motivo, creo, dijo Maisie. Se enfada pero no tiene a quién echar la culpa. Jane repitió que lo entendía. Y usted, ¿qué tal?, preguntó. Nos las vamos arreglando, dijo Maisie. Saldremos adelante. También nos ayudan. Los chicos estaban sacando al carnero para que montara a las ovejas. El animal llevaba un arnés con una pastilla de pintura ocre rojizo, y las ovejas lucieron enseguida ese color en los lomos. Había jaleo en el prado mientras se desarrollaba la operación. Volvieron las mañanas oscuras y Su Copper, en el piso de encima de los pajares reconvertidos, se levantaba a menudo antes del amanecer con los gemelos, que berreaban, cada cual en su alfombra de juego, mientras ella llenaba el hervidor de agua y se metía la mano en la boca para no llorar también. Sabía que tenía que ser más fuerte, pero algunas mañanas se sentía completamente sola. Sus padres estaban muy lejos. Sus amigos estaban muy lejos. No tenía a nadie en este pueblo, nadie con quien poder contar. Por la noche los mapaches se peleaban en el hayedo. Los viajeros se fueron de la cantera vieja por la carretera principal y, aunque se llevaron casi toda su basura, dejaron allí un par de coches averiados. Antes de que terminara la semana los habían quemado. Llegó la Noche de Gamberradas y hubo más movimiento que el último año, aunque nada semejante a los anteriores. Irene estaba en la plaza mirando a los jóvenes, que se echaban espuma de afeitar unos a otros, le preguntó a Martin si le había contado alguna vez que, de joven, su difunto marido había conseguido esconder un rebaño de vacas entero la Noche de Gamberradas. A partir de entonces, dejaron a los animales al margen de las bromas, dijo con orgullo. Martin contestó que no estaba seguro, pero que la historia le sonaba vagamente. Se atrasaron los relojes y las noches ganaron la partida a los cortos días.

 

 

Los gemelos Cooper cumplieron un año en noviembre. El piso de encima de los pajares reconvertidos era muy pequeño para más de seis personas, así que la fiesta se celebró en la sala de actos del Gladstone. Era la primera vez que abría al público desde que la policía había dejado de dar allí sus conferencias de prensa, pero Tony colgó tantos globos y serpentinas que fue fácil olvidar aquellas escenas: las filas de sillas, los agentes de policía, las fotografías gigantescas de la niña desaparecida. Aunque los gemelos todavía no andaban, hacían mucho ruido y disfrutaban con la atención que se les prestaba. Presidían una larga mesa sentados en sendas tronas adornadas y recibían encantados toda la comida que les ponían al alcance. Estaban los padres de Su, unos primos de Manchester y unas doce personas del pueblo a las que Cooper quiso invitar en particular para agradecerles el apoyo que les habían dado. Había sido un año muy largo. Estaban los dos extenuados. Él creía que no iban a sobrevivir con tan pocas horas de sueño, pero lo habían conseguido. Y los niños eran preciosos. Aún no había asimilado del todo que eran sus hijos. Estaba perdidamente orgulloso de ellos, incluso cuando tiraron las bebidas al suelo y empezaron a chillar en el momento de presentarles las tartas de cumpleaños; orgulloso de su hambre de vida y de variedad, de cómo su cerebro y su personalidad parecían expandirse a ojos vistas. Además, había llegado a creer que eso no iba a sucederle nunca. Lo había aceptado. Había cumplido los cincuenta con solo un par de relaciones fracasadas y lejanas, y se había acostumbrado a tolerar otra forma de vida: amigos, conocidos e independencia. Había aprendido a valorar la libertad de viajar, de ir de un lado a otro, de entrar o salir cuando le apeteciera. Lo cierto es que no había viajado nada. Siempre lo dejaba para más adelante, ni siquiera tenía el pasaporte. Pero podía sacárselo en cualquier momento. Había conseguido convencerse de que vivir solo no significaba estar solo. Y entonces, Su. No entendía cómo había sucedido. Al cabo de una semana, ella dijo que deberían tener hijos, él se echó a reír y ella replicó que ninguno de los dos volvería a ser más joven. Al mes dijo que tenían que casarse y se lo llevó a Manchester a conocer a sus padres. Él se limitó a asentir a todo. Había sido un sencillo y gran placer ir diciendo que sí a todo. Y durante los años en que parecía que al final no tendrían hijos, había seguido diciendo que sí a todo: sí, vamos a intentar tal cosa; sí, vamos a gastar estos ahorros; sí, vale la pena intentarlo otra vez. No había sido fácil, pero juntos lo habían superado. La dura tarea de cuidar a los niños era casi una recompensa. Su volvería a trabajar pronto, pero en la BBC le habían dicho que podía empezar a tiempo parcial e incluso hacer parte del trabajo en casa, así que parecía que, efectivamente, se las podrían arreglar. Ella estaba ansiosa por volver a trabajar en lo que fuera, lo sabía. Estaba mirándola cuando sacó a Han Lee de la trona y lo llamó para que cogiera a Lu Sam para las fotos. Se pusieron juntos, muy juntos, con los niños en brazos, y la familia se amontonó alrededor de ellos mientras les sacaban fotos y todo el mundo les decía que sonrieran.

 

Jones, el conserje, vivía con su hermana al final del camino sin asfaltar de al lado de las huertas, cerca de la vieja casa de los Tucker. No se sabía qué edad tenía, pero llevaba treinta años trabajando en el colegio. Su hermana era menor que él y nunca se la veía. Se suponía que sufría algún trastorno. Casi todos los padres del pueblo lo conocían de cuando ellos mismos iban al colegio. Hacía las cosas a su manera, una manera más antigua que la de cualquier otro miembro de la plantilla. Era el único que tenía llaves de algunas cerraduras del edificio. El resto de la plantilla pertenecía a una categoría superior, pero no le importaba y trabajaba según su propio horario. Se regía por determinados límites, algunos de ellos, conocidos. El cuarto de calderas era también su sala privada y allí no entraba nadie más. A veces se veía un sillón desde el umbral; una radio, un hervidor de agua, una pila de revistas de pesca. Pero la puerta estaba cerrada casi siempre. La caldera se estropeaba continuamente. A mediados de diciembre volvió a estropearse y la señora Simpson fue a buscar a Jones. Lo encontró en el terraplén boscoso de detrás del edificio, encaramado entre el saúco y el avellano con una bolsa de basura. Estaba enrollando una cinta policial descolorida que se había enredado entre los árboles. Tardó un rato y ella se quedó mirándolo. Hacía ya dos años y parecía que hubiera sido ayer. Jones vio a la señora Simpson y subió por el terraplén. Habrá llegado volando de la vereda, dijo. Qué descuidada es la gente. Ella miró la cinta enrollada y asintió. ¿La caldera?, preguntó él. Eso me temo, respondió ella. No hemos tenido calefacción en toda la mañana. Jones se dirigió a los cubos de basura y ella lo acompañó. Se habrán atascado las válvulas otra vez, dijo. ¿Lo demás está bien? Sí, sí. Todo bien. Sacó una petaca de tabaco y lio un cigarrillo. Parecía que la señora Simpson tuviera algo más que decir. Con un movimiento de cabeza, Jones señaló un banco de nubes que se iban acumulando sobre el páramo. Tormenta, dijo, y echó a andar. Señor Jones, lo llamó, ¿me dejará avisar a un técnico para que venga a echarle un vistazo? Jones se detuvo. La caldera está bien, dijo. Yo lo solucionaré. Un reyezuelo se movía entre los altos abetos del fondo del patio picoteando velozmente insectos que comían entre las agujas. Un grueso frente de lluvia se acercaba desde los montes de detrás de las huertas. Los embalses eran una lisa lámina gris metálico. En la iglesia cantaron villancicos, había velas encendidas y los niños del colegio tocaban la flauta y abrían mucho la boca para cantar. «Quédate a mi lado, Jesús.» La iglesia estaba llena. «Quédate, te lo pido.»

 

Richard Clark estuvo en casa entre Navidad y Año Nuevo, cuando sus hermanas ya se habían ido, y en Nochevieja se lo vio de paseo con Cathy Harris. Se conocían del colegio, pero llevaban años sin hablarse apenas. En realidad habían estado prácticamente comprometidos hasta que él se fue a la universidad y ella no. Cuando él se licenció, Cathy se había casado con Patrick, que había crecido con ellos y había sido muy amigo de ambos. Todo habría sido distinto si ella hubiera ido a la universidad con él. Richard casi no había vuelto a dirigirles la palabra. Ahora hacía cinco años que Patrick había muerto. Por aquel entonces, Richard estaba fuera del país. La niebla se cernía sobre el páramo y la tierra estaba congelada. Había llovido mucho por la noche y soplaba un aire frío y húmedo. No era un buen día para pasear por el monte, pero ellos habían quedado. Richard se subió la bufanda hasta la boca y siguió andando detrás de Cathy, cuidando por dónde pisaba. El primer repecho hasta la cumbre era más empinado de lo que recordaba. Empezó a sudar. Se detuvo para desabrocharse la chaqueta. Cathy miró atrás y se quedó esperándolo. No jadeaba, o eso parecía. No se había ido del pueblo, conservaba la forma física que él había perdido. La niebla empezaba a disiparse. Siguieron andando. Le preguntó cuánto tiempo se quedaría en casa esta vez y él respondió que iba a coger un vuelo por la mañana, que tenía una reunión a la hora de comer, hora local. Le preguntó por sus dos hijos y ella dijo que estaban bien. El mayor, Ben, empezaría a preparar las pruebas de acceso a la universidad el próximo curso. Nathan acababa de empezar la secundaria. Al final se las habían arreglado bien. Él le dijo lo mucho que lamentaba no haber podido asistir al entierro de Patrick. Ella hizo un gesto negativo con la cabeza y dijo que tampoco lo esperaba. Habría tenido que hacer un viaje muy largo. Sabía que no era fácil; cambió de tema. Le contó que había subido hasta allí con la partida de búsqueda, recorriendo el terreno sin pausa, deseando encontrar algo, pero temiendo qué podrían descubrir. Richard dijo que creía que no había subido hasta allí desde la adolescencia. Ella replicó que eso era ya historia antigua y se echó a reír. Siguieron andando. Cada cual pensaba en sus cosas. La niña desaparecida se llamaba Rebecca, o Becky o Bex. En el vídeo que habían emitido hacía poco, la madre la llamaba Bex. La niña se reía, pero no se entendía bien lo que decía. Resultaba raro oír su voz. Según algunos, en aquellas imágenes no parecía ella. Llevaba el pelo más largo que en la fotografía, recogido en una trenza gruesa que se movía de un lado a otro mientras ella cantaba y daba vueltas frente a la cámara y señalaba a la persona que estaba filmando. La policía seguía tratando el caso como una desaparición.