El embalse 13
Capítulo 5
A medianoche, cuando llegó el Año Nuevo, había fuegos artificiales en el televisor del pub y baile en la calle. La noche era templada y no llovía. No había nadie en la casa del pueblo y cuando sonaron las campanas hubo animación por primera vez en años. Richard Clark llegó a casa el día de Año Nuevo y cuando su madre le abrió la puerta vio que todos los muebles del dormitorio materno estaban amontonados en la salita. Vinieron los chicos de Jackson a bajarlos, dijo ella, a modo de explicación. Me llevé un buen susto, le contó después Richard a Cathy, paseando por la orilla del río con el perro del señor Wilson. No se había dado cuenta de hasta qué punto su madre había perdido movilidad. Sus hermanas no le habían dicho nada. Se preguntaba si sabrían siquiera lo mucho que tardaba en levantarse de la silla, ir a la cocina y poner el agua a hervir. Se preguntaba cómo se las arreglaría para ir a la compra. Probablemente la ayudaría alguien. Los vecinos. Irene. A Cathy le disgustó reconocer que no tenía ni idea. Apoyó una mano en el murete de piedra para colarse por el angosto paso y se agachó para soltar al perro. Se quedó mirando a Richard hasta que también cruzó por el paso angosto. A él le pareció que lo miraba de una forma peculiar, pero seguramente no sería nada. Todo aquello había pasado hacía mucho tiempo. Siguieron andando. Lo entendía. Ahora eran dos personas muy diferentes. Se acordaba de la inquietud que sentían en aquella época, cuando tenían diecisiete años y creían que estaban enamorados. Él siempre se impacientaba por todo y lo único de lo que hablaban era de irse del pueblo; ir a la universidad, viajar por el mundo. No es que no le gustara el pueblo o la gente. Simplemente parecía natural tener ganas de irse a otra parte y querer hablar de ello incluso cuando se estaban desnudando el uno al otro y aprendiendo lo que se podía hacer con el brezo rascándolos y cediendo bajo su cuerpo. Ahora se preguntaba si en realidad Cathy hablaba de ello igual que él o simplemente le dejaba explayarse a su gusto. Patrick nunca había dicho que quisiera irse. De eso sí se acordaba. Nunca hablaba del futuro. No era necesario. Sencillamente seguía trabajando en la serrería de su padre después de las clases, mientras se le ensanchaban los hombros, le salían callos en las manos y su cartera engordaba. Todo el mundo sabía que heredaría el negocio cuando se jubilara su padre. Era una de esas certidumbres que se tienen y que a algunas personas les resultan atractivas. Miró a Cathy, que iba delante, a pasos largos, sin esfuerzo. Se preguntó si estaría pensando en esas cosas. Le pareció que no. Ella miró atrás y aminoró el paso para decirle que no se rezagara.
Martin le contó a Tony que no iba a mandar a Ruth una tarjeta por San Valentín. Sabía que lo suyo había terminado, aunque no entendía muy bien qué era lo que se había torcido. El año anterior no le había dicho nada de la que le mandó. Sabía que sus intentos de arreglarlo solo servían para que se compadeciera de él. Definitivamente, no le mandaría la tarjeta. El día 14 compró una y la mandó a su casa por correo, y en el dorso del sobre le decía que esperaba que no le molestara recibirla con retraso. Había actividad de nuevo en la cantera. Estaban trabajando en otra cara del monte y las explosiones menudeaban. Los árboles de la carretera se cargaron de polvo y hacía semanas que nadie tendía la colada en el exterior. Hacía falta que lloviera para que se limpiara el ambiente. Si Andrew estaba en casa cuando sonaba la sirena, Irene tenía que asegurarse de estar con él. Le entraba una ansiedad semejante a la de los pájaros, que echaban a volar, o a la de las ovejas, que echaban a correr hasta el otro extremo del campo. De pequeño se tapaba los oídos y chillaba. Ahora más bien movía la cabeza de un lado a otro y daba grititos para sí, pero si ella estaba cerca, no pasaba de ahí. Se preguntó si tendría ese ruido almacenado en la cabeza en el mismo sitio que a su padre. No sabía muy bien qué recuerdos tenía de él. Pero nunca era fácil. Lo que sabía y lo que no. A veces le daban explicaciones sobre las capacidades del chico, pero casi siempre se equivocaban. Cuando sonaba la sirena de la cantera, quería abrazarlo, pero él no se dejaba. Lo único que podía hacer era estar cerca. Hacía años que el chico tenía fuerza suficiente para apartarla. Algunos días la sirena sonó cinco o seis veces. Empezaron a verse los primeros murciélagos, que salían del alero de la iglesia al anochecer, hambrientos después del largo sueño del invierno, aguzando el oído en busca de comida.
En el páramo, los guardabosques de la finca quemaban parcelas cuadradas de brezo. Era un trabajo que hacía sudar y obligaba a estar atento. Habían esperado a que la vegetación se secara y la turba estuviera húmeda todavía, y a que soplara algo de viento; entonces marcaron las parcelas y ahora se movían por detrás de la línea del fuego, apagándolo con palas planas de caucho y empujando las llamas monte abajo, hasta llegar al final de la parcela, que ya habían cortado. El olor del humo llegaba hasta el pueblo. Cooper abrió las ventanas del piso de encima de los pajares reconvertidos y dejó que entrara. No había nadie en casa. Su se había ido con los gemelos a Manchester, a casa de sus padres. Lo habían hablado a menudo y, cuando por fin tomaron la decisión, ella hizo que pareciera que estaban de acuerdo. Era por motivos prácticos y sería solo una temporada. Estaba agotada y necesitaba descansar. Sus padres se alegrarían de pasar unos días con los pequeños. Tenía que comprometerse con algunos proyectos en la BBC antes de que le cerraran las puertas de la carrera profesional para siempre, y así su madre podría cuidar a los niños mientras ella trabajaba. Comprendía que Austin tenía mucho que hacer con la revista del pueblo, él no pudo negarlo. En casa de sus padres no había sitio para él. Seguro que a los dos les venía bien un poco de distancia. Sería solo una temporada. Austin quería creerla, pero no era tonto. Estaba solo en el piso. Ella se había llevado la ropa de los niños, los pañales, los juguetes. Le resultaba difícil aceptarlo. El piso parecía mucho más grande. No tenía nada que ver con ellos dos, había dicho ella. No lo dejaba, quería volver a verlo pronto. Sencillamente necesitaba un respiro. Necesitaba que alguien la cuidara una temporada. Encontrarían la forma de superarlo. Su primera mujer había dicho las mismas cosas, y no había vuelto. Austin no consentiría que le volviera a pasar lo mismo. Sabía lo mucho que se jugaba. Durmió muy poco y por la mañana estaba a la puerta de la agencia inmobiliaria antes de las nueve, esperando a que abrieran.
Después de una semana de lluvia vinieron unos días templados y tranquilos, y las parcelas de las huertas se desmadraron. Brotaron ringleras de ortigas y perifollo silvestre, la correhuela medraba entre los setos y los habituales de la comisión tomaron nota. Clive enmacetó calabacines y judías blancas y se quedó mirando a Susanna Wright, que se dirigía a su parcela con un par de tijeras de podar. Ashleigh corría alrededor de ella con un palo, descabezando ortigas y abriendo el camino a su madre. Susanna se paraba a menudo para estirar la espalda, se retiraba el pelo de la cara y se lo recogía. Ponía la espalda muy recta cada vez que se estiraba de esa forma. Una de las veces lo vio y lo saludó con entusiasmo. Clive hizo un gesto de asentimiento. Hacía calor en el invernadero bajo el sol de la tarde, así que roció las macetas a conciencia. Después, ella se acercó a saludar y a contarle la cantidad de mala hierba que tenía que arrancar. Parecía que buscaba comprensión. La última vez que vine no había nada de qué preocuparse, le dijo. Y de pronto esto parece la selva. Se reía, sorprendida al parecer. Clive asintió. Es lo que pasa con los hierbajos, dijo. No le llevará mucho tiempo. Hacía dos semanas que no iba a la parcela, qué esperaba. Es que había pasado aquella tarde pintando un banco. Por eso. Cooper pasaba más tiempo en el Gladstone mientras Su y los gemelos estaban en Manchester. Procuraba quitarle importancia a la situación diciendo que era comprensible que quisiera estar con su madre en los momentos difíciles, que sin duda volverían pronto, pero en general se entendía que el hombre estaba hecho trizas. Una noche en el bar por fin reconoció ante Tony que se le hacía difícil soportarlo. Que tenía el estómago revuelto constantemente, que temía que las cosas se quedaran así. Martin le preguntó si había probado a tomar Rennie para el estómago revuelto y Tony le dijo que se callara. Ni siquiera sé qué me pasa, dijo. ¿Adrenalina? No me puedo relajar. No puedo pensar en otra cosa. ¿Lo has intentado con el yoga?, preguntó Martin, y Tony le lanzó una mirada asesina. Te lo agradezco, dijo Cooper. Gracias. Pero, en serio, esto es nuevo para mí. No sentía esto cuando se fue mi primera mujer. Cuando dijo que se iba. No recuerdo que me pusiera de esta forma. Sé que solo tengo que darle tiempo, de acuerdo, eso dicen todos, dale tiempo. Pero ¿y si el tiempo no es suficiente? ¿Y si no vuelve? ¿Y si ha conocido a otro? Martin indicó a Tony que sirviera un whisky y se lo pasó a Cooper. Tómate esto, chico, le dijo. Sinceramente, ¿crees que servirá de algo?, preguntó Cooper. La verdad es que no, dijo Martin. Pero al menos te callarás un rato. Se rieron un poco, Cooper vació el vaso de un trago y se quedó en silencio unos minutos frotándose el estómago revuelto. Por las noches caían chaparrones intermitentes que barrían el valle arrastrando tras de sí la promesa de un sol brillante. Se oía pasar un tren de carga, que tomaba la curva alrededor del hayedo con los vagones vacíos, que traqueteaban en el puente.
Habían buscado a la niña en la cantera inundada. Comprobaron si había desperfectos en la valla, señales de que alguien hubiera saltado por allí. Los buzos aseguraron las cuerdas y se adentraron en la oscuridad. La habían buscado en las cuevas de la orilla del río y en los espacios precintados, en los que solo encontraron latas, botellas y puñados de pañuelos de papel deshechos. En el dique, río arriba, el guarda fluvial desatascó la acequia de desagüe. Alguien se había tomado la molestia de meter la basura en bolsas antes de tirarla al agua allí donde la acequia discurría por debajo de la carretera. Como de costumbre, hubo que cortar la maraña de zarzas invasoras. Llovía mucho y se empapó, pero fue gratificante volver a oír el paso del agua por las tuberías de debajo de la carretera. Cuando llegara el verano, el río estaría en buenas condiciones. El guarda fluvial no era de los que silban mientras trabajan, pero estaba de buen humor. Al atardecer, Susanna preparó la sala para la clase de yoga. Había costado un poco, pero ahora acudía a las clases más gente de la que algunos habían supuesto. Siempre insistía en que estaban abiertas a todo el mundo, pero cada vez que se presentaba un hombre, era el único y enseguida decidía no volver. La mayoría de las mujeres que asistían lo hacían con regularidad y, al cabo de unos meses, algunas se desilusionaron porque solo habían aprendido a hacer unas pocas posturas. Susanna insistía en que en el yoga no había metas de esa clase, que allí no se expedían certificados ni se ganaban medallas; se trata únicamente de que cada cual encuentre su propio estiramiento, decía. Siempre hablaba con voz suave, también cuando pasaba entre las mujeres para corregirles levemente la postura de los brazos, los hombros o las piernas. Las tocaba con delicadeza, pero firmemente. Aquella a la que colocaba se convertía en el centro de atención por un momento, y algunas sospechaban que las otras lo hacían mal a propósito. En el soto del río asomaban las pimpinelas, que se extendían por ambas orillas, hojas verdes inmersas en la sombra y flores amarillas como puntos de luz. En los altos nidos de las garzas reales había polluelos nuevos y se oía el batir de alas de los progenitores, que iban y venían con alimento para los picos abiertos. Cooper había ido a menudo a Manchester para ver a Su cuando ella estaba con sus padres, y después de dos meses de idas y venidas la convenció de que volviera a casa con los niños. Por la forma en que Su lo contó después, no parecía que la hubiera convencido de nada, sino que simplemente había insistido mucho. A veces la seguridad es muy tentadora, le dijo a Cathy. Y, la verdad, mi madre me ponía mala. Encontraron comprador para el piso casi inmediatamente, pero encontrar otra vivienda que pudieran permitirse les costó bastante más. Al final se decidieron por una casa del Close que ya no era de protección oficial; no tenía el encanto de los establos, pero sí una habitación más, jardín con columpio, tendal y una cancela que daba al bosque. Pidieron dinero prestado a la familia para pagar la diferencia y Cooper trasladó la oficina de la revista a un cuarto anejo a la iglesia. En el río, las brillantes hojas nuevas de los sauces destellaban al sol. James Broad por fin contó a Rohan lo que había pasado con Becky Shaw. Estaban en el embalse número 9, dentro del coche de Sophie, fumando hierba. James había llevado el coche hasta allí y Sophie ya estaba en el asiento de atrás, pálida e iluminada, y, aunque parecía medio dormida, no dejaba de participar en la conversación. El ambiente del coche estaba blancuzco, por el humo. Lynsey se había dormido al lado de Sophie, pero se despertaba cada poco y hablaba de ir a la universidad. Rohan no había preguntado por Becky, pero a James le pareció que ya era hora de contárselo. La habían conocido el verano anterior a su desaparición, dijo. Su familia había ido a pasar unos días y ella empezó a salir con ellos. No hacían nada especial. Cosas de críos. Construir refugios. Bañarse en el río. Ir a las cuevas. Ella siempre quería hacer algo más, llevar las cosas más allá. No era mucho mayor que ellos, pero parecía mucho más madura. Era muy guapa, dijo Sophie, y encendió la pipa otra vez. ¿A que era guapa, James? James la miró por el retrovisor. Tenía los ojos cerrados y sonreía. James miró a Rohan y asintió. Les gustaba a todos, dijo, aunque no quisieran reconocerlo en aquel momento. Tenía algo excitante, añadió. Nos convenció de saltar la verja de la cantera, y fue la primera que se tiró de la cuerda al agua. Era tremenda. Y lista, añadió Sophie desde el asiento de atrás. Lynsey se enderezó otra vez. Tendríamos que ir todos a la misma uni, dijo. ¿No os parece? Podríamos vivir en la misma residencia y tal; James le pasó la pipa y se quedaron escuchando el chasquido del mechero y el ruido de la chupada, y la pausa larga antes de que echara el humo. Tanto James como Sophie se acordaron, como si lo vieran en ese instante, de cuando Becky se dejó caer al agua desde la cuerda, esa chica a la que ninguno conocía en realidad, el sol brillando en sus largas piernas desnudas mientras volaba por el aire y algo los agitaba por dentro a todos. Yo fui el único que siguió en contacto con ella, dijo James, cuando volvió a Londres. Unos correos electrónicos, unas postales y nada más. Yo no tenía teléfono y aún no existía Facebook. Pero seguimos en contacto. Es que…, joder. Nos gustábamos, ¿vale? Ella a mí y yo a ella. Se volvió hacia atrás y cogió la pipa de manos de Lynsey, que se estaba quedando dormida otra vez. La llenó de hierba que sacó de una bolsa del salpicadero. Becky convenció a sus padres para que volvieran aquí por Año Nuevo, o eso nos contó. Dio una gran calada de la pipa y empezó a toser al soltar el humo. Y así empezó la cosa. Rohan cogió al pipa. Y luego, cuando vino, quedábamos todos y nos íbamos a alguna parte, aunque hacía frío y en realidad no había adónde ir. Pero molaba verla otra vez. Conectábamos o algo así. Y había crecido mucho desde el verano. Se refiere a que había madurado físicamente, dijo Sophie, adormilada. No seas tímido, James. Quieres decir que le habían salido las tetas, ¿no? A Lynsey y a mí nos daba envidia, ¿verdad, Lyns? Lynsey abrió los ojos y miró a Sophie. Edimburgo, dijo. Iremos todos a Edimburgo. Yo haré Lengua y Literatura y vosotros, chicos, lo que sea. Allí es barato. Sophie le acarició el brazo y le dijo sí, iremos todos a Edimburgo, no te preocupes; iremos juntos, si nos admiten, y seremos una pandilla. Lynsey cerró los ojos. No me refería solo a eso, dijo James. Pero en parte sí, murmuró Sophie. El coche quedó un momento en silencio. Ahora, cuando hablaban de Becky, era difícil recordar su rostro. La foto de las noticias nunca les había parecido acertada, pero había sustituido la imagen que tenían de ella. Becky desaparecía por segunda vez. Fuera del coche hacía una noche serena y la luz se reflejaba suavemente en el embalse. De todos modos, dijo James, una vez nos íbamos todos a casa y ella me retuvo y nos besamos o lo que fuera y después quedamos para vernos los dos solos el día siguiente por la tarde. Rohan lo miró, Sophie preguntó si Becky besaba bien. James dijo que no se acordaba, que no se trataba de eso. Eso es que no, dijo Sophie. Rohan preguntó qué había pasado cuando se encontraron, si es que había pasado algo. Sophie se adelantó en el asiento y apoyó la cabeza en el hombro de James. Lo que pasó es que no se presentó, dijo James. Fue cuando desapareció. Seguro que iba de camino a donde habíamos quedado. Debió de ocurrir algo. Estuve esperándola en el embalse número 7, en las antiguas casetas de deportes acuáticos, pero no apareció. Silencio en el coche, y después el largo suspiro de humo que expulsaron los pulmones de Rohan. El ambiente del coche era pura niebla, y las ventanas estaban húmedas con la condensación. Fuera, empezaba a levantarse viento y a llegar la lluvia. Sophie se miraba la mano derecha con perplejidad. Creo que tendríamos que irnos ya, susurró. Rohan bajó el cristal de la ventanilla, el humo salió volando a la noche y desapareció.
Vieron a Ashleigh Wright en la huerta de su madre, trabajando con la azada entre las hileras como le había enseñado Clive unas semanas antes. Cuando terminó, cubrió las patatas, quitó babosas de los calabacines y plantó unas verduras de invierno en unas macetas que, según Clive, sobraban. Después se dirigió al campo de críquet y saludó brevemente a Clive al pasar. Este le devolvió el saludo y siguió regando. No había querido entrometerse. Pero parecía que la niña le había hecho caso. En los largos márgenes de alrededor del campo de críquet una mariposa descendió por un tallo de hierba seca hasta que encontró un hueco en el que depositar los huevos. Los mirlos jóvenes ya tenían plumas de adulto. Ahora, muchos días, Tom Johnson pasaba un par de horas con sus abuelos. A veces Maisie conseguía convencerlo de que se sentara en la mesa de la cocina a hacer los deberes, pero casi siempre iba detrás de ella ofreciéndose a ayudarla, cuando en realidad lo que hacía era estorbar, hablando todo el tiempo del colegio, de la televisión o de las largas partidas que jugaba con sus amigos. Siempre hacía partícipe a Jackson de estas conversaciones, entraba y salía corriendo de la salita si Jackson estaba en cama. En otros tiempos, a Jackson le habrían molestado esas visitas, pero Maisie estaba convencida de que ahora eran el mejor momento del día para él. Y para ella, en honor a la verdad. Tom era una de las pocas personas que entendía el habla entrecortada e indistinta de Jackson, y prácticamente el único que podía hablar con él sin ser indulgente. Había mejorado mucho en el habla en los últimos años, pero tampoco tenía ganas de decir gran cosa. Era evidente que le frustraba lo mal que sonaba su voz. Sin embargo, con Tom parecía dispuesto a charlar de cualquier cosa, e incluso Maisie le había oído algo tremendamente parecido a «joder» o «cojones» que había hecho reír a Tom a carcajada limpia. Hasta ella sonrió cuando vio que Tom no la miraba. Pensar en la reacción que habría tenido Jackson si hubiera oído decir a los chicos semejantes palabrotas cuando eran jóvenes… Había mucha disciplina en la casa en aquellos tiempos. Era necesario. Cinco hijos en diez años, y una casa tirando a pequeña. Cinco bocas que alimentar, limpiar, vestir y llevar de un lado a otro. Cinco conjuntos de prendas que remendar, apedazar y heredar. Diez botas llenas de barro que dejar fuera de casa. Mucho ruido a todas horas. Jackson creía que lo que sucediera en casa no era asunto suyo, a menos que alguno de ellos se pasara de la raya. Y ella procuraba que ninguno de los cinco se le pusiera a tiro y los protegía de su ira cuando lo irritaban. Le dolía la espalda al recordarlo. Esperaba que Claire tuviera la sensatez de considerar que con uno más era suficiente. Ella se preguntaba si sería niña. Se preguntaba cuándo podrían contárselo a la gente.
Los últimos días de agosto fueron muy calurosos y los setos estaban quebradizos. El nivel de los embalses bajó rápidamente y se decía que a lo mejor llegaban a verse otra vez los pueblos anegados. La cancha del campo de críquet estaba dura y agrietada y propició algunos momentos bruscos en el encuentro anual con Cardwell. Unos niños del camping jugaban a tirar ramitas, como Winnie the Pooh, desde el puente peatonal de los salones de té, y se alarmaron mucho cuando no encontraron a sus padres. En los últimos turnos del críquet James Broad estaba situado casi fuera del campo. Estaba hablando con Lynsey Smith, que se había sentado justo detrás de la cuerda que marcaba el límite exterior con la última botella de vino de la comida. Cardwell se preparaba para una jugada defensiva y James solo tenía que poner cara de prestar atención. No sabía que te interesara tanto el críquet, dijo él, hablándole por encima del hombro y con la mirada en el juego. Es que no me interesa, dijo ella, y aunque James no se movió se puso en alerta como si fuera a atrapar una pelota. Perdieron el partido y por la noche los vieron salir juntos y pronto del pabellón y cruzar la plaza. Cooper publicó un artículo en el Valley Echo sobre la acampada de protesta en Stone Sisters. Ya llevaba un año allí y no parecía que fueran a levantarla. Se decía que tenían su propio inodoro de compostaje. No se sabía muy bien qué hacían allí todo el día, aunque a veces se oía percusión. Corrían rumores de unos túneles. El brezo estaba cuajado de mariposas —saltarinas, fritillarias y polillas— y Sally Fletcher pasaba las tardes haciendo recuentos para el Parque Nacional. Los zorros correteaban por el hayedo toda la noche. Los cachorros eran ya tan grandes como los padres y salían por su cuenta. No tardarían en hacerles la competencia. Jugaban, pero con cierta fiereza, y algunas escaramuzas terminaban con sangre. Conocían los confines del territorio. Por las noches había más barullo a la puerta del Gladstone debido a la prohibición de fumar y, por muchos carteles que pusiera Tony, el concejo parroquial seguía quejándose. Algunas personas no eran conscientes de lo mucho que se oía su voz. Había una camarera nueva en la barra y Gordon había hablado con ella. Se llamaba Phillippa y solo iba a quedarse el verano. Estaba haciendo un voluntariado en la oficina de información turística para adquirir algo de experiencia en conservación. Se alojaba en casa de un amigo, en la ciudad, y hacía el trayecto en coche todos los días. Llevaba tatuado en un hombro un martín pescador del tamaño del pulgar de Gordon, y una campanilla azul delicadamente dibujada al final de la espalda, y situada de forma que el bulbo y las raíces solo se veían si se bajaban los pantalones. A él le gustaba mirarla y a ella le gustaba que la mirase, y eso fue todo durante un tiempo. Todas las noches, cuando Phillippa volvía a la ciudad, se proponía contarle a su amigo que había conocido a ese hombre, pero siempre sucedía algo que se lo impedía. Se preguntaba por qué ocultaba esas cosas. Su amigo ni siquiera sabía lo del tatuaje de la campanilla azul, ni del hombre con el que estaba cuando se lo hizo. Cathy llamó a la puerta del señor Wilson y el hombre tardó mucho en abrir. Últimamente pasaba a menudo. Oía ladrar a Nelson, oía los golpes que daba contra la puerta, y de pronto se imaginó que un día podía suceder: tendría que ir a buscar a alguien para echar la puerta abajo y Nelson estaría en medio. Últimamente el señor Wilson tenía dificultades graves con la cadera y respiraba más fuerte; algunas noches oía, a través de la pared, los terribles accesos de tos que le daban. Al principio, la primera vez que le pidió que sacara a Nelson a pasear, sospechó que exageraba su estado de salud porque consideraba que sería bueno para ella salir de casa y establecer una rutina. Cuando Patrick murió. Y lo cierto es que la conmovió tanta consideración por su parte y la forma de intentar ocultarla. Aunque en realidad pasear al perro no había aliviado nada su sensación de pérdida. Pero consiguió que saliera de casa. La gente dejó de preguntarle qué tal se las arreglaba sola. Y de vez en cuando veía pasar al señor Wilson con Nelson como si nunca se hubiera quejado de dolores de cadera. Sin embargo, hacía una temporada que se le notaba mucho y empeoraba. Estaba en la lista de espera para operarse. Algunas tardes tardaba mucho en abrir, como si cualquier día no fuera a volver a abrirla, y no estaba preparada para eso. Los ladridos de Nelson subieron un poco de tono, la puerta tembló cuando el perro chocó contra ella y por fin el señor Wilson la abrió y sonrió. Junto al puente de caballos de carga una garza real paseaba por el barro a la orilla del río moviendo la cabeza, levantando mucho las zancas, con torpeza. Se paró y se quedó mirando el agua. En cuanto entrara el otoño, los zorzales todavía tardarían un mes o más en volver. Hacía buen tiempo en los montes, para ser septiembre, y los pulidos peñascos amontonados que formaban las Black Bull Rocks estaban calientes al tacto. En un hueco profundo entre las piedras James y Lynsey habían encontrado un rincón cómodo en el que recuperar el tiempo perdido. Después de besarse un buen rato, Lynsey bajó los pantalones a James hasta los tobillos y se agachó entre sus muslos. Lo habían intentado un par de veces, pero ahora a James le parecía que iba a funcionar. Quería decirle algo animoso pero de pronto se quedó sin habla. Se recostó apoyándose en los codos y miró a un lado: vio una mariposa que abría y cerraba las alas en una piedra plana. Iba a decírselo a Lynsey, pero entonces se dejó llevar, inmensamente, se quedó sin aire. Era como meterse en el embalse en pleno verano, en el agua helada, con la piel caliente y, de repente, silencio. Descendió lejos de la superficie, hacia la oscuridad, hasta el légamo y los cimientos de piedra de los pueblos anegados, hasta que lo atrajo la imparable fuerza succionadora de la esclusa. No podía respirar. El sol estaba en todas partes. Abrió los ojos y Lynsey estaba mirándolo con una sonrisa un poco confusa. Pero él estaba atónito. Ella le preguntó por qué temblaba. Después, ella quería hablar, pero él no podía. Quería que la besara, pero estaba cohibido. Lynsey se preguntó si había hecho algo mal. Él quería decirle que le había gustado mucho, pero solo fue capaz de darle un golpecito en el brazo y decirle ha estado bien, colega. Tuvieron que volver al pueblo por separado, por si alguien los veía. Rohan todavía no sabía nada. Les parecía que no valía la pena contárselo hasta que ellos mismos supieran qué pasaba.
Las castañas se dieron bien esa temporada y en los bosques de la finca los erizos caían al suelo y se quebraban al pisarlos. Los ojeadores abrieron las jaulas de la faisanería y llevaron a los faisanes hacia las escopetas. En el embalse número 5 la brigada de mantenimiento se puso el traje de buceo y bajó por la grada a sacar una oveja que se había ahogado. Pesaba mucho con la lana embarrada y el olor era difícil de soportar. En el colegio se celebraron sesiones informativas del Servicio de Admisión Universitaria; James, Rohan, Lynsey y Sophie empezaron a hablar de irse a otra parte. Todos decían que se echarían de menos, pero no volvieron a plantearse solicitar plaza en la misma universidad. Lynsey encontró oposición en casa cuando dijo que quería solicitar plaza. Su padre preguntó quién le lavaría la ropa si ella se iba, y después hizo como si todo fuera una broma. Sus hermanos preguntaron para qué iba a irse a Edimburgo a estudiar inglés si allí ni siquiera lo hablaban. Su madre preguntó con delicadeza si no podría al menos pensar en estudiar algo de ciencias. Te gusta la biología, ¿no?, le dijo. Eso tiene más salidas. Tu padre lo entendería. No está dispuesto a gastar dinero en que vayas allí a leer libros. Lynsey lo sabía, y también sabía que, cuando se fuera, su madre tendría que hacerse cargo de todas las labores domésticas que hacía ella. Y que no podía hablar de esto con los demás porque no lo entenderían. Los murciélagos se apareaban por la noche en los bosques y a la orilla del río y engordaban cuanto podían para acumular grasas a medida que el año empezaba a ralentizarse. Se atrasaron los relojes y las noches ganaron la partida a los cortos días. Les Thompson fue a la iglesia un domingo, por una vez, y, después del oficio, le oyeron preguntar a Jane si podía pasarse un día por la granja. Ella supo no alargar la conversación y le dijo que si le parecía bien el martes al final de la tarde, antes de ordeñar. Él asintió y se fue, y el martes vieron el coche de la vicaria sorteando baches lentamente por el camino del otro lado del río, el que llevaba a casa de Thomson. Siempre había vivido allí, que ella supiera, y era la primera vez que iba a su casa de visita. Su hermana había vivido allí también hasta hacía quince años y, desde entonces, trabajaba él solo en la granja. Cuando le abrió la puerta, vio que el hombre se había esforzado. Llevaba una camisa limpia, tenía un pequeño corte de la cuchilla de afeitar y se había limpiado las uñas. Vicaria, dijo, e hizo un gesto de asentimiento. Tenía la voz profunda, y siempre parecía que hablara desde muy lejos. Daba la sensación de que gritara, pero sin volumen. La vicaria esperó. ¿Puedo pasar?, preguntó. Él entró hasta la cocina y ella lo siguió. Estuvo allí casi una hora, mientras Les intentaba decirle que su hermana se estaba muriendo y no sabía lo que haría después, sin ella. Se llamaban por teléfono casi todas las noches y él iba a verla muchos domingos, y todo iba a cambiar. Le costó lo suyo terminar de decirlo y cuando por fin lo soltó, las vacas estaban alborotadas en el establo. La vicaria se quedó hablando con él un poco más, mientras ordeñaba, y se ofreció a ayudarlo, pero él no quiso. La gente le hacía esta clase de confidencias a la vicaria, y tenía que cargar con ellas. Era como amontonar piedras en el maletero del coche, le dijo una vez a su deán, tarde o temprano hay tantas que la suspensión roza el suelo en todos los baches de la carretera. El deán sonrió y le dijo que comprendía lo difícil que era. Rezaron juntos y ella siguió cargando con las piedras.
Irene fue andando desde la parada del autobús hasta la iglesia y se puso a arreglar las flores. Habían vaciado y lavado los jarrones y las flores frescas estaban en agua en el fregadero. Mucho helecho verde, gran cantidad de flores amarillas y blancas. Extendió los tallos en la mesa y empezó a confeccionar los ramos. Intentaba no preocuparse por Andrew. Estaba algo raro por la mañana. Algo lo inquietaba. En el colegio llegarían al fondo de la cuestión, fuera lo que fuese. No valía la pena estar sufriendo todo el día. Había aprendido a dejar de preocuparse siempre que el chico estaba en otra parte. Ya gastaba bastantes energías en preocuparse por él cuando estaban juntos. La gente no lo sabía. Algunos creían que podían hacerse una idea, pero no. En realidad ni siquiera sabían lo que significaba vivir con él. Cuando nació no le encontraron nada malo. No, «malo» no. Siempre les desaconsejaban que usaran esa palabra. Los padres, en el centro de día, en el colegio. Preferían la palabra «diferente». En cualquier caso, no le habían encontrado nada. Los ojitos le brillaban y lloraba como cualquier recién nacido. Precioso. Hasta Ted se había enternecido al verlo. No empezó a notar nada raro hasta más tarde. Porque no jugaba como los otros niños. Porque no intentaba coger cosas. Porque era imposible sostenerle la mirada. Porque empezó a morder. A este niño le pasa algo, decía Ted, y ella le hacía callar. Nunca le había llevado la contraria de esa forma y no le gustó. Este niño necesita disciplina, dijo Ted; lo mimas demasiado. A veces tenía que ponerse en medio y recibir lo que fuera. Pero cuando cumplió cuatro años y seguía sin hablar, hicieron algunas visitas al médico, al hospital. Le hicieron pruebas y lo observaron, fueron a grupos de apoyo. A ella no le servían de mucho. Las otras madres eran más jóvenes y se encontraba fuera de lugar. Pero empezó a aprender un lenguaje nuevo, una forma distinta de ser madre con un hijo que tenía una forma distinta de estar en el mundo. Procuraba no pensar en lo que se perdía. Rezó mucho, pero aprendió a no rezar por que fuera normal. A no decir palabras como «normal». Ted no participaba. Creía que el niño lo hacía a propósito, con malicia. Lo irritaba tanta sobreprotección. Le fastidiaba gastar tanto dinero. Le fastidiaba no tener un hijo que diera patadas al balón y pusiera trampas para cazar conejos. Una vez, Irene creyó sorprenderlo llorando, pero no estaba segura. No era de los que muestran sus emociones de esa forma. Por lo general lo hacía bebiendo, gritando, dando portazos. Y lo demás. Andrew tenía siete años cuando murió Ted. Tosió los pulmones a pedacitos y nunca se supo si había sido por el tabaco o por el polvo de la cantera. Él siempre decía que fumaba tanto para aplastar el polvo. Tenía cincuenta y cinco años y la gente insistía en que había sido una tragedia. Lo único que ella no podía reconocer era la especie de alivio que le suponía. La hacía sentirse mala persona. Pero lo cierto es que las cosas cambiaron desde el momento en que lo enterraron. Había más tranquilidad. Llenó el último jarrón y los dejó todos en la mesa para que Winnie los distribuyera por la iglesia. Cogió medida docena de tallos que habían sobrado y los llevó a la tumba de Ted.
Richard Clark llegó a casa por Navidad. Al cruzar el pueblo vio a Cathy a la puerta de la oficina de Correos y se paró para invitarla a tomar té en su casa. La pilló por sorpresa, pero aceptó la invitación, subió al coche de alquiler y se fueron. La puerta de la casa de su madre no estaba cerrada con llave y entraron juntos. Su madre estaba tumbada en el suelo de la cocina. Les sonrió y preguntó a su hijo qué tal el viaje. La levantaron del suelo entre los dos y la sentaron en una silla. No te preocupes tanto, hombre, le dijo. Me habría levantado yo sola enseguida, pero te he oído entrar por la puerta y he preferido ahorrarme el esfuerzo. Richard le preguntó si le había pasado más veces y ella le dijo que pusiera el agua a calentar. ¿Te quedas a tomar el té, Cathy? Cathy había retrocedido un poco, hacia la puerta, como si no quisiera molestar. Se llevó la mano a la cremallera del abrigo. Sí, señora Clark, muchas gracias. Cuánto tiempo, ¿verdad?, dijo la madre de Richard. Pues sí, dijo Cathy, y Richard oyó el crujir del abrigo al deslizarse sobre sus hombros. Era una bobada, pero algo se le removió por dentro. Cayó la niebla y no escampó en una semana; incluso a mediodía, la única luz que se veía en la calle era el tenue resplandor amarillento que salía por las ventanas de las casas, a pesar de las cortinas corridas. No era día para trabajar al aire libre, si se podía evitar. Probaron el licor de endrinas del año anterior. Las huertas estaban desnudas, salvo alguna que otra hilera de col rizada o de puerros. En la iglesia se cantaron villancicos con las velas encendidas y el acostumbrado olor de ramas de tejo, abrillantador y abrigos húmedos. Había menos gente, pero aun así las voces resonaban entre los fríos muros de piedra.
Jane Hughes celebró un oficio en la iglesia por la niña desaparecida hacía cinco años, y esta vez la madre se las arregló para asistir. Se tuvo cuidado de no llamarlo oficio conmemorativo, aunque pocas personas del pueblo creían que pudiera seguir con vida. Se anunció como «Plegarias por Rebecca Shaw y familia», que parecía suficientemente genérico. La prensa reseñó que tanto el padre como la madre se habían reincorporado a sus respectivos puestos de trabajo y que sin duda la madre tenía mejor color que la última vez. Pero la mujer no habló durante el oficio y después, cuando algunos se le acercaron, se limitó a darles la mano y agradecerles la preocupación. Vieron al padre andando por el monte, detrás de la oficina de información turística, dirigiéndose hacia Black Bull Rocks. Cathy Harris pidió a Richard que pasara por su casa antes de irse al aeropuerto, la víspera por la mañana. Se había quedado muy pocos días y prácticamente no había salido de casa de su madre. Ven a tomar café o algo, le dijo, en el umbral de la casa de la madre, mientras se subía la cremallera del abrigo. Tenemos que hablar. Richard se preguntó si pretendía que se sintiera culpable por dejar a su madre o si tendría algún otro argumento para convencerlo de que se quedara. Cargó el coche de alquiler y bajó por la calle de Cathy antes de que saliera el sol. Al aparcar la vio en la cocina, de pie junto a la mesa, mientras sus hijos desayunaban. La cocina era un cuadrado brillante sobre la silueta oscura de la casa. La vio estirar un brazo por encima de la mesa para coger una tostada. Los chicos comían sin pausa, hablaban y se reían al tiempo que se llenaban la boca de comida. Se fijó en sus anchos hombros, en sus gestos expansivos. Llenaban todo el espacio de la cocina. Como si no cupiera nadie más. Vio que Cathy les pedía silencio y subía el volumen de la radio. Seguramente estaban oyendo las noticias. Él encendió la del coche. Vio que Cathy, que estaba de espaldas a él, se recogía el pelo y se hacía un moño. Recordó haberla visto hacer ese mismo gesto muchos años antes. Procuró no pensar en ello. Había pasado mucho tiempo desde entonces. Suponía que había sido feliz en su matrimonio, y él también había tenido algunas relaciones buenas. Quería contárselo; quería decirle que había tenido otras relaciones, que no se había quedado solo. Quizá ella lo supiera o lo supusiera. Quizá no hiciese falta decir nada. Cuando dio media vuelta, hacia la ventana, sujetaba una cinta del pelo entre los labios, tal como él esperaba. En la radio hablaban de la niña. La policía pedía información nueva. No había pistas. La investigación seguía abierta, a pesar del tiempo que había pasado.