El embalse 13
Capítulo 11
A medianoche, cuando llegó el Año Nuevo, se incendiaron tres cobertizos en las huertas y, una vez más, ya se habían quemado por completo cuando llegaron los bomberos. En el colegio se vieron luces encendidas a primera hora, y cuando la señora Simpson se apeó del coche y entró en la sala de profesores se sorprendió de que la señorita Dale ya estuviera allí, preparando la clase y comiendo una tostada. Se miraron y la señorita Dale le preguntó si se le habían pegado las sábanas. No sé, dijo la señora Simpson. No, no sé, la verdad. Parecía confusa. Helaba mucho por la noche. En el suelo helado de los páramos una oveja resbaló y se mató y las águilas ratoneras acudieron a comérsela. El olor a humo de carbón impregnaba el pueblo un día sí y otro también. Sentado en el sofá, Geoff Simmons miraba la última tanda de cacharros, que se habían secado demasiado rápido y empezaban a resquebrajarse. Tendría que haber encendido el horno mucho antes. Hacía semanas que no vendía nada y sabía que se acercaba otra mala temporada. Quería sacar a la lebrela a dar un paseo, pero le pesaba tanto todo que era incapaz de levantarse. En el fregadero había platos y cuencos por fregar. Ella había dicho que quería verlo otra vez, pero él todavía no había sabido decirle que se había cansado. Ella quería ir y quedarse para ayudarlo a organizar el espacio en el que vivía. Así lo había dicho. Le había preguntado si no se había planteado dar clases. Le proporcionarían unos ingresos más estables, le dijo. Últimamente no le parecía tan persuasiva como al principio. En casa de los Jackson, el personal de atención domiciliaria ya solo iba dos veces a la semana. Jackson volvía a tener grandes dificultades para levantarse de la cama, pero, más que al derrame, se debía sobre todo a lo mucho que había engordado. Las adaptaciones que habían hecho en la ducha no se usaban. Cuando el día tocaba a su fin, Maisie llenaba una palangana de agua caliente, añadía jabón y un poco de aceite y la llevaba hasta la salita con manoplas y una toalla.
Llegó un chatarrero para llevarse los restos de la caravana del huerto de Fletcher, rescató el chasis y las ruedas y dejó las renegridas piezas de plástico en el suelo. No tardaron en cubrirlas las zarzas, que habían vuelto a crecer alrededor de las paredes. Los zorzales ya habían empezado a marcharse. Irene dio un largo rodeo al volver en el autobús, por detrás de la oficina de Correos y hasta el final de las huertas. Hacía buen tiempo para la época y, al llegar arriba, se desabrochó el abrigo. Vio a Jones en la calleja. Esperaba que le diera la espalda, pero la saludó con un movimiento de cabeza y se acercó a ella. La llamó. Ella se paró. Él la miró sin pestañear, esperando. Qué tiempo, dijo él. Ya no es lo que era, dijo ella, dándole la razón. Él estaba trazando una raya en el suelo calizo de la calleja con la bota. ¿Andrew se ha ido en el autobús? Ella asintió. Le dijo que lo había acompañado a la parada, que no volvería del centro hasta la tarde. Así puedo ponerme al día con el trabajo de casa, dijo, sonriendo. Él asintió. La miraba sin pestañear. Pueden ayudarla, dijo. No sé muy bien a qué se refiere, dijo ella. La casa la llevo bien. Él hizo un gesto negativo con la cabeza. No. Quiero decir que pueden ayudarla si le hace daño. Irene tuvo la sensación de que le fallaban las piernas, pero en cuanto se le pasó vio que seguía de pie. Vio a Clive cavando en su huerta. Parecía que los estaba mirando. Pero no podría oírlos. No es eso, dijo ella en voz muy baja. Es que no entiende. No tiene mala intención. Jones se levantó el sombrero, se rascó la cabeza y se lo volvió a poner. Bueno, no es asunto mío, seguro, dijo. Pero ya tuvo usted bastante con Ted. No está obligada. Jones era la última persona con la que quería hablar de eso. ¿Adónde iría?, le preguntó. No tiene a nadie. No lo entendería. ¿Y usted a quién tiene?, preguntó él. Irene tomó una gran bocanada de aire, se cerró el abrigo y se lo abotonó. Es cierto, no es asunto suyo. No pudo decir nada más. Levantó una mano para indicar que ya bastaba y siguió andando. En qué pensaba ese hombre. Qué derecho tenía.
Si bajaba la cabeza lo suficiente de la almohada, Jackson podía ver la bandera de la torre de la iglesia por la ventana y saber la fuerza y la dirección del viento, y en marzo, cuando empezó a soplar del oeste, la bandera se veía entera y desplegada en el aire. Le recordaba a las que habían plantado en el páramo cuando buscaban a aquella niña. El seguro pagó a la comisión de las huertas por los incendios de los cobertizos y cuando los repusieron se armó revuelo. Ahora todo el mundo se dedicará a quemar cobertizos, si te lo compensan así, dijo Clive. Susanna Wright se quedó con la parcela de al lado de la de Clive. Había estado vacante poco tiempo, así que se encontraba en buen estado. La recorrieron y empezaron a hablar de un cobertizo, senderos de paso nuevos, una zona de césped con una mesa y sillas. Había un invernadero, aunque le faltaban algunos paneles y ella dijo que habría que reponerlos. Él asintió, pero puso una cara rara. Me da la impresión de que se está callando algo, dijo ella. Clive arrancó unos jirones de saco de plástico que se habían enredado entre los espinos de al lado del invernadero y empezó a enrollárselos en el puño. Una observación, nada más, dijo él. Susanna se quedó esperando. Ahora hay mucha gente que coge una parcela, dijo. Lo que más les gusta es limpiar, que esté bonita, estar ellos a gusto. Eso da mucho trabajo. Tanto que luego se les olvida sembrar. Susanna asintió. Había unos cristales rotos en el suelo, debajo de los espinos, y se agachó a recogerlos. Eso fue lo que hice mal la última vez ¿verdad? Es cuestión de prioridades, dijo él. Si se siembra a su tiempo, se coloca el mantillo, se desbroza, se riega…, es trabajo suficiente. Uno se lo pasa bien haciendo esas cosas. El mejor rincón que se puede tener en el mundo es una parcela llena de plantas sanas, cosechas para recoger y flores que nacen. No hay que preocuparse de bancos para sentarse, del césped ni de pasos despejados. ¿Fuentecitas y móviles de campanitas que suenan con el viento, Clive? La miró. Si la veo colgando por aquí uno de esos puñeteros móviles, lo descuelgo en un visto y no visto, dijo él. Susanna se rio, pero él no estaba de broma. Tomo nota. Y se lo agradezco. No quiero entrometerme, dijo él. No, por favor, entrométase cuanto quiera. La miró y le pasó los jirones de plástico enrollados. Los contenedores de basura, en el aparcamiento, dijo y, mientras daba media vuelta, ella lo oyó murmurar no sé qué de móviles que suenan con el viento. Se adelantaron los relojes y las tardes se alargaron. Los brotes de helechos asomaron lentamente en los montes y empezaron a desenroscarse hacia el cielo. Las faisanas de cría de la finca empezaron a poner y los huevos fueron transportados a la sala de las incubadoras para lavarlos y clasificarlos. La BBC prescindió de Su Cooper con una indemnización muy inferior a la que le habían ofrecido el año anterior.
Martin Fowler estaba trabajando en el mostrador de la carne del supermercado nuevo, su hija lo llamó, le dijo que fuera al hospital y cuando llegó allí era abuelo. ¿Es que nadie me va a explicar por qué yo no sabía nada?, repetía una y otra vez, con el pequeñín de cara arrugada entre sus grandes manos. Ahora ya lo sabes, papá, dijo Ammy. No queríamos que te preocuparas. Ruth se acercó y volvió a coger al recién nacido al tiempo que le besaba la mejilla. Enhorabuena, abuelo, dijo. Le temblaron las manos sin nada que sostener. Miró la habitación. El compañero de Amy estaba sentado a un lado de la cama, mirándose los pies. Era la primera vez que Martin lo veía. No estaba seguro de cómo se llamaba. No era así como había planeado que salieran las cosas. A la mierda los planes, soltó. No tenía intención de decirlo en voz alta. Tosió y dijo que salía a tomar un poco el aire. Al niño le pusieron Luke y a Martin le dijeron que podía ir a verlo cuando quisiera. Ruth insistió en que se lo dijeran. Amy y Luke se quedarían en casa de Ruth al principio, mientras su compañero buscaba donde vivir. Martin quería saber cómo es que no lo había solucionado ya. Pero no lo preguntó. Tardó quince días en ir a Harefield llevando de regalo ropa que ya era demasiado pequeña. Era como si hubieran cambiado al pequeño por otro. El palmo de niñito de ceño fruncido había desaparecido. Este otro tenía peso específico. Ruth se lo llevó arriba a dormir y Martin se quedó a solas con Amy. Era una buena ocasión para pedirle disculpas, pero la dejó pasar. Se sentaron y él se ofreció a hacer té.
Lo que Irene sabía hacer era limpiar. Por muchas cosas que pasaran o que no lograra comprender, ella seguía limpiando. Era su trabajo, naturalmente, pero además tenía el firme propósito de mantener su casa en orden. Hacía muchos años que no recibía visitas a causa de los desperfectos que había causado Andrew, y también porque no sabía cómo reaccionaría ante los invitados. Pero se esforzaba en mantener la casa como si fuera a recibir a alguien en cualquier momento. Porque era posible que viniera alguien y no pudiera impedir que traspasara el umbral ni fingir que salía en ese momento. Podía venir alguien y ver que el ordenador de Andrew y todo su equipo se habían apoderado de la salita, del pasillo y de la cocina, con cables por todas partes y un extraño sistema de luces en el dintel de las puertas. Vería que algunos marcos estaban rotos, y también las puertas del armario de la cocina. Pero nadie podría decir que la casa no estaba limpia. Eso sí que no. Había muchas cosas que no entendía. Pero de limpiar sabía un rato. En la orilla del río, cerca de la represa, había unos arbustos de grosellas rojas y cuando florecieron, a finales de mayo, bajó desde el sendero y llenó una cesta. Se las llevó a casa y la semana siguiente pudo saborear tranquilamente en la cocina, sentada sola a la mesa, la áspera infusión roja que se hacía con ellas y que le recordaba a la primera vez que la había probado, cuando era pequeña. Era una señal de la inminencia del verano. Volvieron a bajar las Muelas de Molino del Milenio de los pedestales, y esta vez una de ellas se partió. Hubo una pelea en el Gladstone y se decía que tenía que ver con algo de Facebook. En el televisor se veían imágenes de explosiones, incendios, derrumbamientos, colisiones. Empezaron a salir habas de las huertas por sacos, y después las sacaban de la acolchada vaina y las ponían en una cazuela. La suave vaina acolchada de las habas era uno de los excesos absurdos de la naturaleza. Desenvainarlas constituía un aburrimiento delicioso. Geoff Simmons cogió las piezas cocidas de la bandeja y las hizo pedazos una a una contra el suelo del taller. Lo hacía metódicamente. El ritmo lo tranquilizaba. Le había pedido que no volviera más y ella no había sabido encajarlo. Ya no había motivo para conservar el trabajo que había tocado ella. La lebrela estaba fuera, nerviosa, armando jaleo. Los fragmentos eran finos, blancos, limpios. Parecía que la mujer no había entendido el valor que tenía su trabajo para él. Estrelló los cacharros contra el suelo muy uniformemente. Fue un proceso minucioso. No perdió los estribos en ningún momento. Cuando terminó se llevó a la lebrela a dar un paseo lento y dejó la puerta abierta. ¿Qué esperaba esa mujer?, pensaba. El nivel del embalse estaba bajo y el río se remansaba entre las piedras de las orillas. Vieron a Tom Jackson paseando por ahí con Ashleigh Wright.
Por la mañana cubría los campos una bruma que en otros tiempos se habría interpretado como una señal. Jackson dio unos bastonazos en la pared y Gordon fue a ver qué le pasaba. Quería saber si nos hemos dado cuenta de que ya es tiempo de segar, informó a los demás. Le he dicho que ya nos habíamos dado cuenta. Maisie preguntó si había ayudado a Jackson a incorporarse y Gordon dijo que no, por supuesto. En su habitación, Jackson miraba la bruma que se levantaba alrededor de la torre de la iglesia y notó dolor en los hombros al pensar en una larga jornada de siega; en el olor de la savia en el campo, en los largos y serenos anocheceres que apenas se teñían de azul mientras las golondrinas salían a cebarse. Se contuvo y puso la radio. Qué fácil, ponerse nostálgico cuando no es uno el que tiene que hacer el trabajo. Mandó una oración a los chicos por la puerta. Les esperaba una jornada completa. Dejó de mirar por la ventana. La señora Simpson se jubiló del colegio antes de tiempo por motivos de salud. Se habló discretamente de lo que podía significar esto, pero no parecía oportuno hacerle una fiesta de despedida. Le mandaron muchísimas tarjetas y sus hijos le leyeron algunas en voz alta. Cooper escribió un artículo sobre ella en el Echo. Las semanas trascurrían, largas y sin nubes, y el sol dejaba un rastro de chamusquina en los días. La familia que vivía en Culshaw Hall puso la finca en venta. En el confín más elevado del hayedo, un tejón sujetó a un erizo panza arriba y lo desolló. Las armazones de engalanar aguantaron poco menos de una semana en los pozos, recibieron más visitas que otros años y la banda de metales que Jim Stephenson había montado en el instituto tocó todo el fin de semana. El jueves el aire había secado la arcilla y los pétalos empezaban a marchitarse. Se tomó la decisión de retirarlas. La madre de Richard volvió del hospital y Rachel pidió un permiso en el trabajo. Unos asistentes sociales iban dos veces al día para ayudarla a lavarse y vestirse, y también para comprobar que se tomaba la medicación y, aunque parecía que siempre tenían mucha prisa, Rachel se dio cuenta enseguida de que no la necesitaban. Irene y Winnie también iban casi todos los días y le ponían la cabeza como un bombo hablando de las cosas del pueblo. Tenía intención de quedarse hasta que llegara Richard, al mes siguiente, pero al final se fue antes. En el embalse número 2, unos buzos se sumergieron para trabajar en las válvulas de las compuertas al pie de las torres. La brigada de mantenimiento observaba las pantallas en la furgoneta mientras los buzos se abrían paso en el agua. Salieron burbujas y chorros de légamo a la blanca luz y entonces apareció la primera válvula. La voz del buzo llegaba clara y cercana desde el interior de la escafandra como si no se hubiera movido de al lado de la furgoneta. En el coronamiento de la presa los hombres sujetaban las cuerdas y miraban abajo, a la oscura superficie del agua.
Un anochecer de pleno verano, Gordon Jackson llevó a Susanna Wright a dar una vuelta en su Land Rover. Ella había dicho que le gustaría ver los aerogeneradores de cerca y él se lo había tomado como una insinuación para que la invitara. Así eran las cosas. Él nunca daba el primer paso. Esperaba a que surgieran las situaciones. Llevaba años esperando a Susanna. Una conversación rápida, una broma, una oferta de ayuda. Miradas. Pero nunca decía nada. No era propio de él. Tenía una cautela que no lo obligaba a pensar en nada. Nunca proponía nada; nunca se colocaba en situación de que lo rechazaran. Los rechazos daban que hablar, era lo que siempre le había parecido. Los que habían sufrido alguno tenían algo más que interés en ser discretos. Él se limitaba a conducir una situación hacia una posibilidad hasta que lo posible se convertía en probable y lo probable en un hecho. Un buen perro pastor nunca ladra, esa era su actitud. Miró a Susanna. Había llevado su tiempo pero por fin parecía interesada. Estaba mirando por la ventanilla con una expresión pensativa. Le habría gustado acercarse y besarle el cuello, pero se contuvo. Era una mujer atractiva y la había estado observando. Estaba sola desde hacía meses; Gordon se había sorprendido a menudo pensando en desayunar en su cocina, en pasar la noche viendo la televisión en su casa. Detuvo el Land Rover en la carretera, lo más cerca posible de los aerogeneradores, y le preguntó si así le parecía bien. Le preguntó si estaba preparada. Cruce de miradas, silencio prudencial. Seguían un esquema. Se apearon y se quedaron mirando hacia arriba, al aerogenerador. Hacía poco viento y las aspas giraban lentamente. El sol estaba bajo y las sombras se alargaban sobre la tierra. La miró. Percibía el olor de su piel cálida y sabía de antemano el sabor que tendría. Estaba a su lado y le dijo que la halagaba, pero que no sentía esa clase de interés. La respuesta lo conmocionó pero mantuvo el tipo. No fingió que no entendiera a qué se refería. Asintió e hizo un gesto con las manos como quien pierde una apuesta pequeña en las carreras. Se tocó la nariz como diciendo que podían guardarlo en secreto, pero ella se limitó a levantar una ceja y se alejó. Hizo fotos del aerogenerador con el móvil. Cuando volvían, monte abajo, el malestar de Gordon no se debía tanto a que lo hubiera rechazado como al temor de que ahora empezaran los rumores y se descubriera todo a pesar de su discreción. Eso no podía consentirlo. Los días ya empezaban a acortarse, pero todavía eran tan largos que en realidad nadie lo notaba. Los pichones de las palomas torcaces rompieron el cascarón y se alimentaron con leche de buche. A las ovejas empezaba a caérseles la lana del cuello y había que empezar a esquilarlas. Will Jackson fue a llevarlas a la nave con su hijo. El chico ya sabía manejarlas. Sabía acercarse y conducirlas desde atrás. Sabía que entendían lo que quería decir el ruido del caldero. Trabajaron juntos tranquilamente y a la hora de comer ya las tenían encerradas. Los esquiladores estaban preparados. Desde el otro lado del valle llegaba el ruido de las máquinas de ordeñar de la vaquería de Thompson, un murmullo grave en el pesado aire de verano. Cuando la madre de Richard murió, él estaba fuera del país y tardó dos días en llegar. Sus hermanas habían acudido antes y ya habían vaciado el dormitorio, oreado la casa y organizado las cosas con la funeraria. No quedaba mucho por hacer. Le dijeron que lo comprendían. Le dieron instrucciones para los de las pompas fúnebres y no se ofrecieron a ir con él. Había muerto en la cama, según el médico, seguramente mientras dormía. Se quedó hasta el día del entierro y la vio sepultada en la misma tumba que su padre. Nos esperan algunas conversaciones difíciles, logró decir a sus hermanas. Pero ahora no es el momento, replicó Sarah.
En agosto, los murciélagos jóvenes dejaron la leche de sus madres y las colonias de maternidad se dispersaron. Las vías aéreas que utilizaban eran complicadas e invisibles. Se lanzaban por los pastos llevándose por delante escarabajos peloteros y polillas mientras los adultos empezaban a buscar pareja. En el recocido camino de piedra que rodeaba el embalse número 5 se solazaba un lución y un águila ratonera se lo llevó para dar de comer a sus polluelos. Vieron de nuevo a Richard y Cathy comiendo juntos en el nuevo pub orgánico de Harefield. Algunos se preguntaban por qué les parecería necesario irse tan lejos. Y sacaron conclusiones. Se suspendió el críquet por causa del tiempo y el equipo de Cardwell no se quedó a tomar unos tragos, a diferencia de en años anteriores. Su y Austin Cooper celebraron su vigésimo aniversario de boda. Austin ya sabía que la reticencia de Su a celebrar esas fechas era profunda y real, pero este año lo sorprendió con una postal y una reserva en un restaurante de la ciudad. Susanna Wright aceptó quedarse con los gemelos. Cuando montaron en el coche para irse al restaurante, ambos un poco húmedos todavía y sonrosados por la ducha, Su se preparó para oír los recuerdos de Austin. Siempre se los contaba. A veces se lo imaginaba cerrando los ojos en algún momento en familia —en el bosque con los niños, en una cena con sus padres, en la función navideña del pueblo e incluso ellos dos en la cama—, guardando las imágenes para rememorarlas más adelante. Por lo visto, le gustaban más los recuerdos que los momentos en sí. Sin embargo, la miró y no dijo nada. Cruzaron el pueblo, el sol estaba bajo y refulgía entre los árboles, los últimos coletazos del verano entraban por las ventanillas. Se acordó del día en que se conocieron, cuando ella era auxiliar de producción en la emisora de radio y se presentó para colaborar en la confección de las armazones de engalanar los pozos; de pronto estaba hablando con este hombre torpe y vacilante que llevaba una bolsa llena de cámaras, dictáfonos y libretas. Le contó muchas más cosas de las que quería oír sobre el engalanado de los pozos, pero después se interesó por su labor de periodista radiofónica en la BBC y por los proyectos en los que estaba trabajando. Escuchaba mucho más que la mayoría de los hombres que conocía, en especial los periodistas. Terminado el trabajo se fueron a tomar algo y después de tomar algo se fueron a dar un paseo, y el paseo los llevó hasta la casita adosada en la que vivía él en la ciudad. La historia se había simplificado con los años, pero no había sido mucho más complicada. Ella lo miró y se preguntó si alguno de ellos podría volver a ser tan impulsivo. Aparcaron el coche y se acercaron al restaurante, y ella lo cogió de la mano. Y le hizo parar, se estiró y lo besó en la mejilla, y le dio las gracias al oído. A él lo pilló por sorpresa, la besó a su vez y siguieron andando.
En los últimos días del verano los huevos verde oscuro de las fritillarias del claro del hayedo se volvieron amarillos, después morados y finalmente grises antes de eclosionar. Las golondrinas se habían ido. Los nidos estaban en su sitio, deshaciéndose, con salpicaduras de barro, pero ahí seguirían cuando las golondrinas volvieran en primavera. La jabonera blanca medraba en los arcenes de la carretera de la ciudad y las perfectas flores blancas se arrugaban a medida que la cápsula de las semillas se hinchaba. En el hayedo, los zorros jóvenes se preparaban para ir a otra parte. Le tocaba a Martin organizar la exposición de la fiesta de la cosecha en la iglesia y, a pesar de sus reiteradas promesas de no dejar a nadie en la estacada, desapareció en el último momento. Irene y Winnie se pusieron en marcha. El río se arremolinaba al pasar por el puente de caballos de carga y seguía directo hacia la represa del molino. Lynsey Smith volvió de Leeds y se instaló de nuevo con sus padres. Era temporal, nada más, pero hizo falta un camión de mudanzas para trasladar todas sus cosas. Después de graduarse había vivido en pareja, pero la cosa no había salido bien. Él era mayor que ella y trabajaba en la universidad, y decidió que la relación había concluido. Le dijo que ella era demasiado joven para atarse, que tenía que tomarse un tiempo para descubrir quién era, para salir al mundo y vivir aventuras, no para estancarse en Leeds con un profesor de Salud Pública viejo y casposo. Cuando la conversación subió un poco de tono, le dijo también que era muy acaparadora y que le hacía sentirse atrapado. Ella tardó tiempo en contárselo a alguien. Le daba vergüenza, le dijo a Sophie. Tenía la sensación de haberlo decepcionado de alguna manera. Él le mandaba un mensaje de texto de vez en cuando, pero si ella le contestaba, él ya no respondía. Sophie le dijo que tenía que pasar página. Sus padres no hicieron preguntas, pero sabían que algo se había torcido. La madre era paciente, pero el padre quería saber de qué le había servido gastar tanto dinero en la universidad. Le ofrecieron trabajar en la tienda y lo más fácil era aceptarlo. La Asociación Educativa de Trabajadores repitió italiano por segundo año, y un miércoles por la tarde el alumno más entregado puso en marcha un club de conversación en el Gladstone. Tony pidió unas cajas de Peroni en su honor. Cathy llamó a la puerta del señor Wilson y le preguntó si quería que sacara a Nelson de paseo, y él la invitó a un té. Sin darle tiempo ni a sentarse, le entregó la hoja de inscripción de su campaña solidaria de natación y le dijo que tenía que contribuir. Ella preguntó si tenía alternativa y él la miró seriamente. Esa pobre gente no tiene alternativa, no tienen agua potable, le dijo. Ella le pidió un bolígrafo. Él le explicó que solo podría hacer cinco largos, como mucho, y que contribuyera con cinco libras por cada uno, al menos. Ella resopló y entonces se dio cuenta de que no bromeaba. Ya le había oído hablar varias veces de esa campaña por el agua potable, así que, sin darle más vueltas, se apuntó con cinco libras por largo. Bueno, ahora no se pase, le dijo. No hace falta que fuerce la cadera. El señor Wilson sirvió el té. No se preocupe. Las fisioterapeutas son buenas, pero no hacen magia. Catherine notó un olor distinto en él cuando le pasó la taza, y le preguntó si había fumado.
En las huertas, la pertinaz lluvia ennegrecía y pudría las anchas hojas de los calabacines, el perifollo silvestre se tronchaba en los setos y una alfombra resbaladiza de hojas otoñales procedentes del hayedo cubría la tierra. Clive estaba desbrozando otra vez y amontonando la maleza podrida con el rastrillo. Jones cavaba en su parcela y lo arrancaba todo. Ruth y Susanna charlaban en la de esta, bajo un gran paraguas, contemplando cómo maduraban las calabazas sobre el mantillo. La primera temporada de Susanna había sido buena. Los tomates y los pimientos del invernadero no eran gran cosa y las zanahorias no habían germinado, pero había recogido patatas, judías, calabacines y guisantes, y ahora, las brillantes y gordas calabazas. Su parcela no tenía mayor atractivo, pero ella hacía planes para el año siguiente y estaba preparada para lo que pudiera venir. Ruth la había ayudado. En casa, Ashleigh había rellenado la solicitud para la universidad y Susanna se acordó, por Rohan, de lo rápido que se le pasaría ese último año. Ashleigh había roto con el chico de los Jackson, así podía concentrarse mejor en los exámenes de acceso a la universidad, y a Susanna no le parecía que a ninguno de los dos le importara mucho. A medianoche las nubes se espesaron y la luz de la luna menguó. Hacía meses que no se veía al viudo, y Jones recogió toda la fruta que quiso. Estaban un tanto inquietos por si le había sucedido algo y hablaron de echar la puerta abajo, pero Jones confesó, cuando lo apretaron, que sabía que el hombre no estaba en casa y que él tenía la llave. Le habían ofrecido un trabajo de profesor en una universidad extranjera, informó Jones, y se había llevado a su hija con él seis meses. Por la experiencia educativa. Jones sabía muchas cosas de ese hombre, al parecer, pero no les contó nada más. La Noche de Gamberradas una chica de otro pueblo se puso una sudadera con capucha blanca, un chaleco azul marino, unos vaqueros negros y unas zapatillas de lona y se maquilló de zombi. La llevaron a casa de sus padres y tuvieron unas palabras. Había obras en Culshaw Hall y se rumoreaba que los nuevos propietarios lo convertirían en hotel y posada. Se llevó a cabo la inspección decenal de los embalses y resultó que tres de ellos presentaban desperfectos: las barras de hierro del hormigón armado estaban al aire y el hormigón se deshacía. El Valley Echo publicó un reportaje sobre la campaña solidaria de natación en el que decía que el señor Wilson había hecho gala de una resistencia inusitada nadando veintiún largos. Y le daban la más calurosa enhorabuena.
En noviembre llovió sin parar y al principio la gente se lo tomaba a broma, pero la tercera semana la gente empezó a asombrarse. El páramo estaba saturado y caía agua por todas partes. Los tablones del suelo olían a tierra húmeda y todo se cubrió de una desagradable luminosidad verdosa y oscura. Les Thompson sacó a las vacas del establo y cruzó con ellas el embarrado corral. Enseguida empezó a salir vaho del apretado rebaño hacia el aire saturado de humedad. En el río, cerca de las pozas de pesca, una garza real levantó el vuelo alzando las pesadas alas y arrastrando las zancas flácidas tras de sí. Rohan Wright había estado fuera, de viaje, pero volvió a vivir en casa de su madre. Esta le preguntó por sus planes pero él no le contó nada. Pasaba mucho tiempo con el ordenador portátil, trabajando en su música. A veces veía a Lynsey en la tienda de repuestos agrícolas de sus padres o detrás de la barra del Gladstone, y hablaban de sus amigos. Sophie estaba otra vez de becaria en Londres gracias a la mediación de un conocido de su padre, y la había invitado a ir a verla varias veces. Ahora se relaciona con otra clase de gente, dijo Lynsey. Se gastaron un montón de dinero en una noche, yo no puedo llevar ese tren de vida. Para intentar cumplir el objetivo de recortar el presupuesto que se había propuesto el concejo del condado, el parroquial aprobó apagar el alumbrado urbano entre la medianoche y las cinco de la madrugada, no sin un gran debate en el que se advirtió a Miriam Pearson que la expresión «agujero negro de Calcuta» ya no era aceptable. Por primera vez se cobró entrada para asistir al baile de la hoguera, pero no pareció que a nadie le molestara mucho. Las predicciones de que la valla del recinto se llenaría de tacaños para ver los fuegos artificiales resultaron infundadas: muy al contrario, asistió más gente que otros años. Cathy llamó a la puerta del señor Wilson y le preguntó si le daría la oportunidad de volver a sacar a pasear a Nelson en algún momento no muy lejano. El señor Wilson dijo que no tenía ni idea. Se quedó plantado en el umbral y no la invitó a entrar, y Nelson corría en círculos en el recibidor. Ella contestó que ya le había dicho que lo sentía, pero que nunca habría podido ofrecerle tanto dinero. Él replicó que era cuestión de principios, que ese dinero hacía muchísima falta y que estaba seguro de que, a la larga, ella podía prescindir de esa cantidad. Le contestó que él no sabía de qué cantidades podía prescindir ni a la larga ni a la corta y que no tenía ningún derecho a presuponer nada. Y que no se le había ocurrido pensar que firmaba un cheque en blanco. Él repitió que no era por el dinero, sino cuestión de principios y que en su juventud la gente sabía cumplir su palabra. Ella dijo: David, no soporto que vayamos a enfadarnos por esto. Él cerró la puerta, ella volvió a casa, se sentó en la cocina y unos minutos después oyó un portazo en casa del señor Wilson y lo vio cojeando por la calle con Nelson. Firmó un cheque por 105 libras a nombre de una campaña de solidaridad distinta, y lo metió en un sobre y lo metió en casa del señor Wilson por debajo de la puerta. Sabía que eso era una mezquindad, pero no mayor que la que había cometido él.
Un día templado de principios de diciembre, las pequeñas olmeras del cobertizo de Sally Fletcher terminaron la hibernación y las vieron cebándose en el seto de alheña, con las alas deslustradas y rotas, absorbiendo el desvaído sol. En el río, el guarda aclaró los alisos de las orillas a la altura del prado que había al pie del colegio. En el taller, Geoff Simmons preparó un baño vítreo y le añadió semillas de hierba y fragmentos de hojas que había recogido. En el banco de trabajo, bañó en la mezcla los últimos cacharros que había cocido metiéndolos y sacándolos varias veces. Imprimía al proceso un ritmo que lo tranquilizaba. Sujetaba las piezas con ligereza y después pasaba un pincel impregnado por los sitios que habían dejado secos el pulgar y el índice. Si había una forma de no dejar ninguna marca, la adoptaba. James Broad estaba trabajando en Manchester, pero se lo veía en el pueblo de vez en cuando. Venía a escalar y traía amigos de la universidad cargados con bolsas de cuerdas y arneses y mucho dinero para gastar en el Gladstone, y parecía que siempre adivinaba cuándo iba a estar Lynsey en la barra. Se estaba forjando un nombre como gran escalador. Era famoso por la paciencia con que estudiaba las rutas, pero después las subía a una velocidad como si el puro ímpetu lo llevara hasta la cima. Escala como si persiguiera a alguien con furia, decía una revista. Los más críticos decían que no tenía fuerza para aguantar un poco en ninguna posición. El ritmo de sus ataques conllevaba unos riesgos que suscitaban tanta admiración como crítica, pero todavía no se había caído. Llevó a su nueva novia a casa poco antes de Navidad y se la presentó a su madre, cosa que ella no esperaba. A lo mejor no es tan guapa como la otra, le dijo después a Cathy, pero al menos puedo pronunciar su nombre. Parece bastante agradable. Y es negra, cómo no, pero a mí eso me da igual. James la llevó al páramo y le contó lo que había pasado con la niña desaparecida. Ella lo escuchó y le dijo que no tenía la culpa. Él asintió y respondió que siempre se lo decían. Por la tarde se encontraron con Rohan en el Gladstone. Lynsey atendía la barra. En Nochebuena llevó a su novia de vuelta a Northampton. Su madre le contó a Cathy que en realidad le daba lo mismo. En la iglesia se cantaron villancicos y la música salió flotando en dirección a la plaza.
La madre de Richard había dejado sus asuntos en un desorden total. Richard tardó meses solo en clasificar lo más elemental para la lectura del testamento, dar de baja las cuentas del banco y cancelar la suscripción a numerosas revistas y boletines de instituciones caritativas que no dejaban de llegar por la puerta. Últimamente el tiempo entre contratos era más largo y todavía no había contado a sus hermanas que había dejado el piso de Balham, que era su base de operaciones cuando estaba en el país. Sabía que querían vender la casa y repartirse el dinero —Rachel había dicho que les hacía mucha falta el dinero, aunque costaba creerlo—, pero él les dijo que había que arreglarla un poco antes de ponerla a la venta. Lo habló una tarde con Cathy y le decepcionó no saber interpretar su reacción ni remotamente. Hubo un momento en el que podía haber dicho que le gustaría verlo más a menudo por el pueblo, o incluso que se quedara para siempre, pero se distraía con algo de su móvil y guardaba silencio. Más tarde se dio cuenta de que también podía haber aprovechado él ese momento para preguntarle si le gustaría, pero ya estaba descendiendo hacia el aeropuerto de Ginebra, abrochándose el cinturón y poniendo recto el respaldo del asiento. En Nochevieja, Cathy llamó a la puerta del señor Wilson y preguntó si quería que sacara a Nelson a dar un paseo. Tomaron té y bizcocho y después, a paso vivo, se llevó al perro hasta la iglesia, hasta pasado el huerto del puente de caballos de carga y hasta la orilla del río. Al llegar al bosque de los Hunter se paró y lo soltó, apoyó la mano en el murete; la piedra estaba lisa por el roce, con un brillo desvaído.