El embalse 13

Jon McGregor · Capítulo 12 de 15

Páginas del PDF

El embalse 13

Capítulo 12

 

A medianoche, cuando llegó el Año Nuevo, había fuegos artificiales en las ciudades de más allá del valle, pero en el pueblo nadie levantó la cabeza siquiera para verlos. Los de los dos años anteriores habían puesto nerviosa a la gente. No había nadie en la casa del pueblo, todo el mundo estaba en la calle, a la puerta de casas y cobertizos; media docena de agentes de policía patrullaba por las calles y los bomberos estaban en alerta. Media hora más tarde pasó la tensión. Algunos lanzaron sus propios fuegos artificiales y cantaron, con retraso, la «Canción de las despedidas». Se produjo una explosión en la cantera vieja y los almacenes vacíos saltaron por los aires. Los bomberos acudieron rápidamente pero no pudieron acercarse por temor al material que pudiera quedar en los alrededores. Los edificios ardieron hasta los cimientos y por la mañana todavía se veía una fina columna de humo. Corrió el rumor de si el autor del incendio habría sido el padre de la niña desaparecida, pero al parecer tenía coartada. La policía lo comprobó. A nadie le haría gracia ser el que le pregunta una cosa así al tipo, comentó Martin. Irene tenía la casa en obras, ahora que Andrew se había ido definitivamente. Había mucho que hacer y, entretanto, se instaló con Winnie. Había que cambiar marcos de puertas y reparar la instalación eléctrica, pero sobre todo había que pintar mucho. La casa entera necesita un cambio, le dijo a Winnie. Y había que someter la cocina a una inspección de la junta de turismo. Tenía intención de abrir un Bed and Breakfast. Porque ¿qué voy a hacer, si no, con una casa tan grande para mí sola?, preguntó a Winnie. Me aburriré como una ostra. Me vendrá bien un poco de compañía.

 

Cathy llamó a la puerta del señor Wilson y le preguntó si quería que sacara a Nelson de paseo, y él estaba ya casi fuera de la casa antes de que ella terminara de hablar. Creo que esta mañana iremos los dos, dijo, mientras Nelson, con la correa puesta, se le adelantaba dando saltos. Iba mejor vestido que nunca y había algo distinto en él; la raya de los pantalones más marcada, tal vez, o el pelo recién cortado. A la altura de la iglesia se desviaron a la izquierda, dejaron atrás el huerto y los prados al pie del puente de caballos de carga y, en cuanto cruzaron el río, Cathy le preguntó si quería parar un poco a recobrar el aliento. Él empezó a decir que no hacía falta, pero enseguida cambió de opinión; estaban al lado de un banco y, con un gesto, le indicó que se sentara ella primero. Se sentaron los dos y se quedaron escuchando el agua que se arremolinaba al pasar por el puente de caballos de carga y a los cuervos que subían y bajaban de los sicomoros. Nelson husmeaba entre la larga hierba de la orilla. El sol estaba alto y casi hacía calor al abrigo de las grandes peñas. Cathy levantó la cabeza hacia el cielo para admirarlo. Era el primer día del año que disfrutaba de un paseo. Se dio cuenta de que el señor Wilson estaba muy quieto a su lado. Estaba como preparado para algo. Se habían sentado más juntos de lo que creía ella, y de pronto él levantó una mano del regazo y se la puso en la rodilla. Un poco más arriba de la rodilla. Allí la dejó, relajada, y los dos se quedaron mirándola. Por un momento parecieron igual de asombrados. Ella le levantó la mano, más blanda y cálida de lo que habría imaginado, y se la colocó suavemente en el regazo otra vez. Se quedaron un rato en silencio. Mis disculpas, dijo él. Pero no se puede culpar a un hombre por probar, ¿verdad? Ella sonrió e hizo un gesto negativo con la cabeza. Es que a veces está uno muy solo, dijo, mirando al río. Lo sé, David, dijo ella en voz baja; nos pasa a todos. El río se arremolinaba al pasar por el puente de caballos de carga. Nelson agachó los cuartos traseros entre la larga hierba y Cathy metió la mano en el bolsillo del abrigo buscando la bolsita de plástico.

 

Lynsey Smith se trasladó a casa de su nuevo novio, una de nueva construcción en el otro lado del pueblo. Era mayor que ella y trabajaba de supervisor en la empresa de la cantera. Su casa era de propiedad y tenía dos coches y, aunque al principio ella creía que no durarían mucho, se había encariñado con la seguridad que emanaba. La casa estaba ordenada y sabía cocinar, y era detallista con los regalos. La animaba a solicitar plaza en la escuela de enfermería de la que tanto hablaba desde que se había graduado. Se llamaba Guy y lo había conocido trabajando en el Gladstone. Se lo contó a Rohan una noche que fue solo al bar. Le dijo que tenía cierto encanto aunque no lo pretendía, ¿sabes a qué me refiero? Rohan asintió, aunque no tenía ni idea de por qué se lo contaba. Sabía que le interesaba, pero era como si le interesara yo, no lo que pudiera sacar de mí, ¿entiendes? Parece majo, por lo que dices, contestó Rohan. Me alegro por ti. ¿Te parece muy repentino? Creo que tienes que fiarte de tu instinto, Lynsey. Exacto, en este momento creo que es justo lo que tengo que hacer. A nuestra edad, a veces sabes estas cosas así, sin más. Por si fuera poco, me vendrá muy bien irme de casa, ha sido una tortura tener que volver. Y tú ¿qué tal? ¿Cómo va todo? ¿Qué tal está tu madre? Tu madre, dijo Rohan automáticamente. Los fondos que se recaudaron en el baile de primavera se destinaron al arreglo de las tapias del cementerio y transcurrió sin mayores incidentes que de costumbre. Se cortaron otros escalones en el terraplén que bajaba al puente peatonal nuevo de los salones de té y al cabo de unas semanas la tierra de los peldaños, a base de pisarla, estaba otra vez más hundida que los tablones con la que la habían sujetado. Una pareja de reyezuelos construyó un nido en el abeto del final del jardín del señor Wilson, pero tan alto que él no podía ver cómo entretejían hierbas y musgo.

 

La madre de Richard había guardado casi todas las cosas de su marido cuando él murió y, por lo tanto, Richard tuvo que clasificarlas también, además de las de su madre. Cathy le echó una mano; entre los dos vaciaron encima de la cama las cajas de papeles que había en el armario. Creo que la mayor parte de esto lo puedes tirar sin mirarlo siquiera, le dijo. En el tejado, unos obreros retejaban y rejuntaban la chimenea. Se los oía arrastrar los pies precariamente. De vez en cuando tiraban por un lado una pieza de pizarra rota, que al caer pasaba por delante de la ventana y se estrellaba en el contenedor que habían colocado a la puerta de la casa. El recuerdo del padre saltaba por todas partes: en la letra manuscrita, en el nombre de los proveedores con los que trabajaba, incluso en un ligero olor a aceite de motor y tabaco. Y, aunque ya hacía casi veinte años, Richard todavía pensaba en el día del entierro. Había ido solo a pasar el día y se sentía ajeno a todo. Cuando se iba, vio a Cathy y a Patrick juntos por primera vez, y no pudo discernir si estaban cohibidos por eso o porque no encontraban palabras para darle el pésame. Sabían que nunca se había llevado bien con su padre. Para facilitar las cosas preguntó a Patrick por su trabajo y a ambos por sus hijos. Cathy lo abrazó con rigidez y Patrick le dio un apretón de manos. Fue la última vez que lo vio. Unos años después su madre lo llamó para decirle que Patrick se había desplomado en la calle y se ofendió bastante cuando él le respondió que seguramente quería decir «desmayado». Ni siquiera lo viste, le replicó, ¿cómo vas a saberlo? Cayó otra pieza de pizarra desde el tejado, se estampó contra el contenedor, y Cathy empezó a revisar los papeles extendidos encima de la cama. Supongo que habrá algunas cartas, dijo. A lo mejor hay algo que quieran ver tus hermanas. Sin darse cuenta siquiera, Richard le puso la mano levemente en la espalda y le recorrió la columna con los dedos por encima de la fina chaqueta de lana, saltando en cada vértebra. Ella no se puso tensa ni se apartó, como habría esperado él si hubiera pensado antes de hacerlo. Al contrario, le pareció que se relajaba con el contacto, que le acercaba la espalda un poco más. Tenía edad suficiente para ser abuela. Debería ser tarde ya para esas cosas. En el tejado, los obreros seguían sacando piezas de pizarra y tirándolas por un lado.

 

A principios de mayo un grupo de estudiantes que hacían una caminata solidaria se perdieron en la espesa niebla cuando volvían de Stone Sisters. Fueron a parar detrás de la cementera y cuando les señalaron el lugar en el mapa no se lo podían creer. Se produjeron incendios en los henares de los Hunter y en los contenedores de basura de detrás de los salones de té, pero no guardaban ninguna relación con los de Nochevieja. Todavía no había pruebas de que aquellos los hubiera provocado la misma persona. Los faisanes silvestres empezaban a salir del cascarón cerca del hayedo. Salían encogidos y se alejaban del nido picoteando en busca de comida y sin prestar atención a la llamada de las madres. Los gemelos fueron con el colegio a ver la oficina de información turística y, al volver, Lee quería saber lo que le había pasado a Rebecca Shaw. Lo preguntó con toda naturalidad, con una mano en la lata de galletas, y Su tuvo que mantener un tono de voz animado para contárselo. El chico asentía mientras ella hablaba y Su pensó que ya lo habría oído todo en el colegio. Entonces, ¿qué le pasó?, preguntó el niño. No se sabe. No la han encontrado. Pero entonces no está muerta, ¿no?, dijo Lee con la boca llena. Puede que sí, dijo Su. Parece probable. Tendría que haber aparecido ya. Nadie se queda escondido tanto tiempo. Yo podría, anunció Lee alegremente. Sam y yo lo hemos descubierto. Debajo del monte hay muchos túneles, minas y demás. Puedes esconderte ahí y salir de noche a buscar comida. Puedes salir por un sitio distinto cada vez y nadie se enteraría. Puedes vivir ahí dentro muchos años si quieres. Por ejemplo, si hubiera una guerra o algo, o si te persiguieran. A lo mejor es lo que hace ella, esperar el momento oportuno para salir y darle una sorpresa a todo el mundo. ¿Cuántos años crees que tendrá ahora, mamá? Su sintió un escalofrío. Se sentó a la mesa y le puso una mano en la mejilla a Lee para que la mirase y se concentrara. Le dijo con mucha calma que no entrara jamás en las minas ni en las cuevas. Jamás. Le pidió que se lo prometiera. El chico se asustó al ver la expresión de su madre. Le prometió que no volverían a hacerlo nunca. Llovía, el río venía crecido y los espinos de los prados de la ribera florecían como espuma blanca. Los senderos estaban cuajados de perifollo silvestre y la sombra se hacía más densa al pie de los árboles. El río corría debajo del puente de caballos de carga. Richard y Cathy se asombraron bastante por la tranquilidad con que se habían llevado a la cama el uno al otro. Se imaginaron que, si lo hubieran pensado un poco —cosa que Cathy reconoció haber hecho someramente, y Richard, que se le había pasado por la cabeza—, habrían subido las escaleras a toda prisa, quitándose la ropa y chocando contra los muebles. Pero no fue así. Se planteó una pregunta con delicadeza y la respuesta fue sopesada, y después colgaron la ropa bien doblada en el respaldo de la silla del tocador, retiraron las sábanas y se taparon con ellas. Más lentos y cohibidos que adolescentes cegados en el páramo, haciéndolo todo a toda prisa. A pesar de todo no fue menos encantador. A Richard le pareció que, como hacía tanto tiempo que lo esperaban, ahora no tenían necesidad de apresurarse. No sabía si Cathy pensaría lo mismo. Cuando ella se corrió lo hizo murmurando con voz grave unas palabras que él no logró entender, con la cabeza arqueada hacia la pálida luz de la ventana. Después, Richard quiso decir algo pero ella le puso un dedo en los labios, sonrió y se quedó mirando a la ventana otra vez. Fuera, las golondrinas o los vencejos revoloteaban inquietos. Él se dio cuenta de que a estas alturas ya debería saber distinguirlos. Sabía que ella los distinguiría. No sabía si debía preguntárselo.

 

En junio, Austin Cooper cumplió sesenta y cinco años y, a modo de regalo, Su aceptó ir tres días con él a caminar por Greystone Way mientras los niños estaban en la ciudad con una amiga del colegio. Hacía años que intentaba convencerla de hacer esa excursión pero ahora, que por fin había cedido, se puso más nervioso que ella. Por la mañana revisó el equipaje por tercera vez y le preguntó si estaba segura. Su se echó a reír y respondió que era ella la que tenía que preguntar eso. Le dijo que no estaba rejuveneciendo y lo empujó por la puerta para que saliera de una vez. Se detuvieron en la oficina de información turística a hacerse una foto y después se pusieron en marcha por la alargada y baja loma. Fueron de la mano un rato, pero Austin enseguida notó que necesitaba usar los dos palos que llevaba para andar. Tardaron una hora en llegar al final del primer repecho y se detuvieron a hacer fotos de nuevo. El día era claro y se veía todo el pueblo, el río y los bosques a lo largo de la carretera principal. Ante ellos, una fila de losas se extendía por el páramo, con los embalses a un lado, la autopista en el horizonte y, a lo lejos, otra fila de aerogenerador cuyas hélices giraban en un altozano. Usted primero, anciano, dijo Su sonriendo y empujándolo por la espalda, y por un momento Cooper sintió ganas de cogerla en brazos y llevársela a cualquier hondonada cubierta de brezo. Pero tenían que recorrer un gran trecho antes del anochecer y no había tiempo para esas cosas. No estaba seguro de que su espalda pudiera resistirlo. Por primera vez en diez años había pasto en Stone Sisters, la hierba nueva, verde y espesa, sin la menor señal de que el terreno hubiera sido ocupado por aquellos jóvenes con sus pancartas, sus hogueras y sus bailes. Lynsey Smith se comprometió, cosa que le sorprendió incluso a ella. Las cosas iban bien, pero no se había planteado nada más allá. Sin embargo, estaba muy a gusto con él y, cuando se le declaró, vio que él no esperaba que le dijera que no, y eso bastó para que le dijera que sí. Se hablaba mucho de la boda, que no tardaría en celebrarse. Daba la sensación de que todo iba muy rápido. Se sabía muy poco de Guy, pero Lynsey tenía fama de mujer equilibrada que no haría ninguna tontería. ¿Os divertís juntos?, le preguntó Sophie cuando Lynsey le dijo que le preocupaba lo deprisa que iba todo. Es muy amable, dijo Lynsey. Es considerado. Retiraron las armazones de engalanar los pozos, las restregaron a conciencia y arrojaron los restos de arcilla y demás a un rincón del prado. Después las lavaron y las secaron, y dos de los chicos de Jackson se las llevaron al cobertizo de Hunter Place para guardarlas hasta el año siguiente. Olivia Hunter terminó el bachillerato y no hubo fiesta para celebrarlo. Ya sabía que la iban a suspender y había conseguido frenar a sus padres diciendo que haría un año de voluntariado en el extranjero. En realidad no tenía intención de irse, pero todavía no se le había ocurrido un plan mejor. Pasaba mucho tiempo en su dormitorio haciendo vídeos para YouTube. En las tierras de Thompson terminaron de hacer las balas y los grandes rollos verde claro salpicaban los campos.

 

Los embalses estaban secos y los aliviaderos se levantaban en el aire como chimeneas, buscando un nivel de agua que era difícil de imaginar que se volviera a alcanzar algún día. El sol calentaba implacable y resquebrajaba la tierra. En el hayedo, un jabalí observaba a una jabalina que daba vueltas frente a él. Los dos gruñían gravemente, como cuando comían. El macho la cubrió unos minutos al tiempo que le mordía el cogote. Había muchas huellas entremezcladas en la tierra desnuda. Algunos pichones de paloma torcaz se cayeron del nido. Otros iniciaron su primer vuelo. En la cantera vieja de la carretera principal, las linarias estaban en plena floración, bajas y amarillas como la mantequilla al pálido sol del ocaso. Rohan Wright se fue de casa por segunda vez. Llevaba meses buscando trabajo, al parecer, pero no había encontrado nada hasta que Susanna se sentó con él a rellenar algunas solicitudes. Le preguntó si quería librarse de él y ella dijo que sabía perfectamente lo mucho que lo quería, pero que no les gustaría que fuera un chico raro de esos que a su edad todavía viven con su madre. Cuando Susanna se lo contó a Cathy se rieron las dos y después Susanna, cambiando de tema bruscamente, le preguntó por Richard. Cathy agachó la cabeza para ocultar una sonrisa y dijo que bien. Que estaba bien. Que iba bien. Susanna esperaba que añadiera algo. ¿Qué?, preguntó Cathy. No hay más. Va bien. Es un buen hombre. Pero no hay para tanto. Aunque. Susanna seguía esperando. ¿Aunque qué?, preguntó. Creo que está dándole más importancia de la que tiene, dijo Cathy. Es decir, lo pasamos bien, es un cielo, pero me da la impresión de que está a punto de hacer una tontería, como proponerme matrimonio o algo así. ¿Tan malo sería?, preguntó Susanna. Cathy puso los ojos en blanco. Ya he estado casada, dijo. No quiero repetir. Prefiero no tener que dar cuentas a nadie, ¿sabes? Quiero ser dueña de mi casa, de mis hijos, de mi tiempo. Es posible que él tenga otra idea, creo. Rohan se presentó a la entrevista, le dieron el trabajo y se trasladó a Manchester con unos amigos. Los murciélagos adultos volaban velozmente por el río y la vereda con silenciosa destreza y desaparecían tan pronto como se los veía.

 

En agosto, Lynsey Smith se casó por lo civil en la ciudad. El banquete se celebró en el hotel Culshaw Hall. Asistieron James, Rohan y Sophie y, después de la sesión de fotos, se quedaron en el césped intentando recordar cuándo había sido la última vez que habían estado juntos. Tuvo que ser el verano de la graduación, concluyó Rohan. Yo no llegué a graduarme, puntualizó Sophie. Cierto, dijo él, y fíjate adónde has llegado, el nuevo fenómeno de los medios. Talento natural; no existe titulación oficial para el talento natural. ¿Así lo llaman ahora? Vieron a Liam entrar en el edificio con un niño pequeño en brazos y otro un poco mayor de la mano. Los saludó desde lejos pero no se acercó a hablar. Tuvieron que esperar a que terminaran los discursos para poder empezar a comer; en cierto momento, Sophie tocó la copa de James indicándole que frenara. Él le devolvió una extraña mirada cortante. Siguió bebiendo a toda velocidad y más tarde, al anochecer, Sophie tuvo que pedir a Will Jackson que se lo llevara a casa de Rohan, donde iba a alojarse. En Cardwell se jugó el partido de críquet de una tirada por primera vez en tres años y, para no romper con la tradición, ganó el equipo de casa. Los chicos de Jackson subieron a separar a los corderos de las madres para llevarlos a un campo aparte, y los balidos se oyeron en todo el pueblo durante tres días. A mediados de mes, las noches eran más largas y frías. El rocío que se evaporaba por las mañanas traía olor a almizcle. Todavía no habían puesto a la venta la casa de la madre de Richard y él intentaba explicar a sus hermanas que, si querían conseguir un buen precio, tenían que esperar a que las cosas mejoraran. Habían ido allí con sus maridos a pasar un fin de semana largo, ahora que los hijos ya tenían edad suficiente para quedarse con amigos, y después de una velada comiendo, bebiendo y poniéndose al día, por fin salió a colación el tema de la casa. Rachel soltó un suspiro hondo como los que Richard le había oído aprender a soltar a los doce años y Tim, su marido, proclamó que todo el mundo estaba harto de tocar esa mierda de cuestión con pinzas. Richard le dijo que si podía ser un poco más franco y Tim tardó un poco en captar el sarcasmo. Sarah dijo que no hacía falta ponerse así y Tim replicó con bastante brusquedad que lo cierto era que sí. ¿Dónde voy a vivir?, preguntó Richard. ¿Adónde voy a ir? Esta ha sido mi casa siempre. Nadie quiere echarte, dijo Tim. Pero ya va siendo hora de hablar de dinero. Además, nunca estabas aquí, murmuró Sarah. Todos conocían el valor de la casa, que los ricos y el mercado de viviendas de segunda mano habían inflado desproporcionadamente; y suponía que también sabían que, como trabajador autónomo, jamás conseguiría una hipoteca tan elevada. ¿Por qué me hacéis esto?, dijo. Salió de casa, cruzó la plaza y se dirigió al hayedo. Quería contárselo a Cathy, pero antes tenía que tranquilizarse. Si pudieran esperar un poco más, unos meses, un año. Si las cosas seguían como hasta ahora con Cathy, se irían a vivir juntos. Parecía inevitable. Después de tantos años. Pero aún era pronto para planteárselo. No quería que pensara que lo hacía solo por la casa. Quería que supiera lo mucho que ella significaba para él. Le parecía que sí podía decírselo, que estaba preparada para oírlo. Ella misma había dicho algo semejante. Si al menos sus hermanas dejaran de presionar con lo de la casa… No les había dicho nada de Cathy, desde luego. Si les contara algo, no se lo tomarían en serio.

 

Lynsey dejó de trabajar en el Gladstone en parte porque Guy había dicho que no le hacía ninguna gracia que estuviera siempre a la vista de todo el mundo detrás de la barra, todas las horas del día. Había solicitado plaza en la escuela de enfermería de Derby. Guy le regaló un coche más nuevo para que pudiera ir a diario sin preocuparse. Eran muchas horas de trayecto, pero ella disfrutaba de esos ratos de soledad. Las adelfas estaban en pleno apogeo en las canteras y en los caminos, el borde de las flores moradas de largos tallos se rizaban sobre sí mismos y las semillas volaban en pequeños remolinos. Irene recibió a sus primeros huéspedes y le contó a Winnie que el fin de semana había salido bien. No hablaban mucho, dijo. Es más, me parece que no tenían ningunas ganas de hablar, una lástima. Pasaron mucho tiempo en su habitación. Pero a la hora de despedirse fueron muy halagadores. Winnie le preguntó si tenía más reservas e Irene le dijo que, desde que Andrew le había hecho la página web, la agenda se había llenado rápidamente. Seguro que lo hizo muy bien, dijo. Andrew se encontraba en una vivienda tutelada de la ciudad y, al parecer, muy satisfecho, y estudiaba un curso en la universidad. Irene iba a verlo casi todas las semanas y él le mandaba mensajes electrónicos. Ese mes, un poco más tarde, Ashleigh Wright se fue a la universidad y Susanna se quedó sola en una casa de tres dormitorios. Todo sucedió de repente y era inevitable. Fue a informarse, a ver si podía cambiarse a una vivienda más pequeña y, aunque no había nada disponible, tenía que seguir pagando el impuesto por los tres dormitorios. Pasaba mucho tiempo en la huerta recogiendo judías y las primeras calabazas y preparando la tierra para el año siguiente. En las frías tardes, a veces Ruth iba a buscarla a la huerta para cenar con ella y, si bebía demasiado vino para ponerse al volante, se quedaba a dormir. En la plantación de coníferas que estaba por encima de Hunter Place, los reyezuelos jóvenes empezaban a cebarse para pasar el invierno.

 

En octubre pusieron en venta la vieja casa de los Tucker y la oferta no duró ni un mes. Llegó un camión de mudanzas y vaciaron la casa. Jones cogió toda la fruta que se le antojó. Se oyeron motores de dos tiempos en las tierras de los Hunter, el silbido de motosierras cortando madera y el estrépito de ramas al caer otro árbol. En el hayedo, los zorros jóvenes huyeron en busca de territorio nuevo y muchos murieron en las carreteras. En el río, el guarda fluvial sacó los reteles del agua. Los cangrejos arañaban furiosos con las pinzas y trepaban unos sobre otros. Se oyó un repiqueteo cuando los echó en un saco húmedo. Era un lujo comerlos, aunque sus hijas ni los tocaban. En realidad, resultaba laborioso pelarlos y extraer la carne, pero, en su opinión, valía la pena. Las golondrinas, que se habían ido hacía unos días, casi habían llegado ya a Sudáfrica y pasarían el invierno alimentándose en otros campos hasta que emprendieran el camino de vuelta en primavera. Vieron a Richard pasar varias noches en casa de Cathy, pero nadie sintió la necesidad de comentarlo. Los dos estaban en su derecho. Por la mañana, Richard se levantaba primero y circulaba por la casa sin hacer ruido mientras hacía café. Volvía a la cama, quería más. Se deseaban de una forma que él había olvidado que fuera posible, o que quizá no había conocido nunca. Estaba inquieto hasta que encajaba el cuerpo con el de ella. Cuando lo hacían en la adolescencia, arriba, en la parte más alejada del monte que dominaba el embalse número 12 y la autopista, les parecía que se volvían ingrávidos, que se sostenían el uno al otro en el aire, murmurando. Ahora, treinta años después, ambos tenían más sustancia, pero no sentían menos placer. Con el peso de ella encima de su cuerpo y completamente entregado se dio cuenta de cuántas veces, hasta entonces, se había reservado algo. Con las otras, incluso en las relaciones más serias, siempre pensaba en lo que vendría después. Siempre había dado por sentado que no durarían. Se había convencido de que no estaba esperando a Cathy, pero ahora lo veía muy claro. Eso era lo que había estado esperando. El reencuentro, maduros los dos, sorprendidos por lo que todavía eran capaces de hacer. Lo que eran capaces de hacer mucho mejor de lo que habrían podido de jóvenes. Cuando lo empujaba contra el alféizar de la ventana del dormitorio y lo atraía dentro de ella, las manos enlazadas y la ventana traqueteando en el marco, veía en sus ojos que ella también pensaba en esas cosas. No hacía falta decirlas en voz alta. Así era como se lo había imaginado. Aceptación de la realidad. Mientras ella dormía, él preparaba algo de comer, se lo comían y volvían a la cama. Habría que resolver cosas, llegar a acuerdos en los meses venideros, pero de momento todo eso podía esperar. Aquella noche, cuando se estaban quedando dormidos, ella le dijo que debían tener cuidado. Se lo susurró al oído. Él creyó entender lo que quería decir.

 

En lo alto del páramo depositaron una corona de amapolas junto a los restos del bombardero Lancaster. Quedaban pocos en el pueblo que recordaran los años de los bombardeos, los aviones que araban el cielo, el resplandor de las ciudades incendiadas más allá del horizonte… y el olor. En la Noche de la Hoguera sucedió un accidente con los fuegos artificiales: un par de cohetes se torcieron en el blando suelo después de que encendieran la mecha y salieron disparados a la altura de las cabezas del público. Nadie resultó herido y decidieron seguir con el espectáculo. En el taller, Geoff Simmons metió las vasijas vidriadas en el horno para la segunda cochura. Llovía y caía agua por una pared. Había puesto cubos debajo de casi todas las goteras, pero las alfombras estaban mojadas. Olía a papel rancio y los cacharros tardaban más en secarse. La lebrela se había ido y no sabía qué hacer mientras los cacharros se cocían. Abrió la puerta para que entrara aire y una cortina de agua barrió el umbral. No pasaba nadie por la calle. El río se arremolinaba al pasar por el puente de caballos de carga y seguía su camino hacia la represa del molino. Casi nadie hablaba de la niña desaparecida, pero pensaban en ella a menudo. Qué le habría ocurrido. A lo mejor sus padres le habían hecho daño sin querer, un empujón, un tropezón inintencionado y quizás, enloquecidos por el pánico, antes de echar a correr hacia el pueblo en busca de ayuda, la llevaran a un sitio en el que sabían que estaría en paz. O tal vez sus padres le hicieran daño a propósito, la empujaran, la hicieran tropezar o la golpearan una y otra vez por la espalda, y se hubiera caído para no levantarse más, y se la llevaran arriba del todo y la depositaran en algún sitio en el que sabían que jamás la encontrarían.

 

Richard y Cathy estaban en la cama cuando ella le dijo que creía que no debían seguir así. Lo primero que pensó él fue si no podía haber esperado a estar vestidos. Había tenido suficientes conversaciones como esa para saber por dónde iban los tiros, pero en la cama, nunca. Últimamente, ni siquiera en el mismo país que su interlocutora; y, por lo general, el argumento principal era la geografía. El de Cathy era más escurridizo. Estaban intentando recrear el pasado, le dijo. Las cosas no funcionaban así. Los dos habían cambiado mucho y, sin embargo, seguían pensando el uno en el otro como si tuvieran dieciocho años, y a la larga, los dos se reprocharían los cambios. Ella lo sabía, por lo visto. Veía que iba a darles problemas. Pero ¿está dando problemas?, preguntó él. No, pero los dará. Quiero evitarnos a ambos que ocurra eso, quiero proteger nuestra amistad, le dijo. Él no sabía cómo llevarle la contraria. Cuando iba a vestirse, de pronto se sintió cohibido y se fue con la ropa hecha un bulto al cuarto de baño. Abrió los grifos. Cuando bajó, le dijo que no se quedaba a tomar café. Le repitió que por supuesto lo entendía. Saludó al señor Wilson, que estaba a la puerta de casa con Nelson, y se fue andando hasta el final de la calle. Un coro iba cantando villancicos de puerta en puerta para recoger fondos para el hospicio del pueblo, con farolillos en palos largos, echando nubecillas de vaho a la luz amarilla de las velas; las voces subían por el aire denso. Richard se quedó un momento atrapado entre ellos y tuvo que unirse a sus voces. O little town of Bethlehem. How still we see thee lie.

 

En la sala de ordeño de la vaquería de los Thompson entraron las últimas vacas del día. Los hombres estaban cansados. La poca conversación que había entre ellos había decaído y en los últimos diez minutos solo se oían los rítmicos sorbeteos y chasquidos de las máquinas, y algún que otro bufido o coz de las vacas. En el embalse, una garza real se lanzó de repente al agua y se detuvo en el momento en que iba a tocarla con el pico; enseguida se enderezó y se quedó quieta otra vez. En el hayedo gruñían los zorros. Se acercaba la época de celo y había peleas por las hembras. Aullaban y ladraban y, en la noche, sus voces despertaban un miedo ancestral. Marcaban el territorio y luchaban hasta establecer las parejas. Había colémbolos en la tierra del campo de críquet, un millón o más, mudando la piel, comiendo, moviéndose hacia la luz, y, entre ellos, una hembra puso el último huevo de su vida. Los reyezuelos se cebaban afanosamente, ocultos entre las ramas del tejo del cementerio. Vieron a Richard y Cathy en el páramo con el perro del señor Wilson, paseando mucho más allá de lo que Nelson solía. Parecía que le daba igual. Richard explicaba a Cathy por qué no era mala idea intentar mantener una relación. Eran económicamente independientes; ya habían estado juntos y había funcionado, y eso todavía duraba; los dos eran del pueblo, ese era su sitio, y ambos tenían una idea de qué casa podrían compartir. Enumeró estos motivos contándolos con los dedos. Llevaba ya un rato hablando. Ella lo hizo callar. Richard, le dijo. Esto no es como presentar una licitación para un contrato. Lo sabes, ¿verdad? Richard se echó a reír y entonces comprendió que se lo había dicho en serio y no supo adónde mirar. Todavía tenía doblado el meñique para señalar el quinto argumento. Empezaba a dolerle, pero no podía aflojar.