El Enigma de Cambises
—Ya sé que no es lo reglamentario…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Un hombre con cabeza de animal de largo morro blandía una maza por encima de ellos. En la inferior había una sola figura, con el mismo fondo amarillo, y detrás un joven más alto que llevaba en la mano el símbolo de la anj, o crux ansata, como la llamaban los latinos, un símbolo de la vida en forma de cruz con asa, y un tocado en forma de flor de loto.
—Es una pintura narrativa —explicó Daniel-. Las figuras de la parte superior son soldados. Fíjate en las lanzas, los arcos y los escudos. Parecen marchar por el desierto. En la siguiente, esa imagen de la maza y de la cabeza de animal es Seth, el
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dios de la guerra y el caos. Y también está en el desierto, abatiéndolos.
De manera que parece representar la derrota en una batalla, aunque no hay nada que indique quién era el enemigo. Y en la parte inferior, con un tocado en forma de flor de loto, está representado Nefertum, dios de la regeneración y el renacimiento.
—¿Y qué significa?
Daniel se encogió de hombros.
—Quizá que el espíritu del ejército pervive a pesar de la derrota; o que algunos de los soldados sobrevivieron a la batalla. Es difícil saberlo dado el carácter de la simbología egipcia. Su mentalidad era muy distinta de la nuestra. Daniel siguió contemplando las pinturas por unos instantes. Por fin dio media vuelta y enfocó las paredes del pasadizo, cubiertas con columnas de jeroglíficos en negro. En la parte inferior de la pared que quedaba a su izquierda había un espacio vacío entre el texto.
—De ahí es de donde procede nuestra tablilla —dijo Daniel-. Fíjate. Las serpientes encajan en la hilera de la parte inferior.
Daniel y Tara se acuclillaron. La oscuridad era cada vez más densa, como si se sumergiesen en un líquido negro. El silencio era tan absoluto que Tara oía los latidos de su propio corazón.
—Vamos... compruébalo. Para eso hemos venido, ¿no? —lo apremió ella. Daniel la miró y sacó la caja del bolso. A continuación extrajo la tablilla y la encajó en el hueco. Era casi imposible notar que la habían desprendido.
—¿Qué dice el texto? —preguntó ella.
Daniel volvió a mirarla, se levantó y se alejó unos pasos enfocando los jeroglíficos.
—El texto comienza aquí —dijo—, a la izquierda de la entrada, y se lee de arriba abajo y de derecha a izquierda.
Empezó a leerlo recorriéndolo con el haz de la linterna, traduciéndolo con rapidez y seguridad. Su voz resonaba con solemnidad como si procediese de otro tiempo. Tara se estremeció.
—«Yo, Ib-wer-imenty, yazgo aquí en el año doce del rey del alto y bajo Egipto, Se-tut-ra Tar-i-ush...» Es la transcripción egipcia del nombre persa Darío —explicó, y prosiguió—: «En el cuarto día del primer mes del ajet.
Amado por Darío, fiel servidor de su afecto, protector de reyes amado por su señor, seguidor del rey, inspector del ejército, el justo, el fiel, el leal. En Grecia estuve a su lado. En Lidia estuve con él. En Persia no le fallé. Y
también estuve en Askalon».
Al llegar a la tercera columna, Daniel hizo una pausa.
—¿Qué significa todo esto? —preguntó Tara.
—Por lo pronto, significa que la tumba data del primer período persa.
Los persas conquistaron Egipto en tiempos de Cambises, hacia quinientos
veinticinco antes de Cristo. Darío sucedió a Cambises en quinientos veintidós. Y como el difunto murió el duodécimo año del reinado de Darío, significa que murió en quinientos diez. Debió de ser uno de los generales de Darío. Esto es lo que suelen significar títulos como shemsu nesu, «seguidor del rey», y mer-mesha, «inspector del ejército». No puedes imaginar la importancia de esto. Es la tumba de uno de los generales del rey. Y, además, del siglo VI antes de Cristo. Apenas se han encontrado enterramientos de esa época en Tebas. Es fabuloso.
—¿Y qué dice el resto?
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—«Destruí a los nubios por desafiar a mi señor, los reduje a polvo y gané gran fama. Hice que los griegos se inclinasen ante mí. Diezmé a los lidios produciendo una gran matanza y los expulsé hasta el más lejano horizonte. Mi espada fue poderosa. Mi fuerza extraordinaria. No conocí el miedo. Los dioses estaban conmigo» —Hizo una pausa enfocando con la linterna un poco más abajo y continuó—: Veamos; nuestro texto corresponde al principio de la columna siguiente. «En el tercer año bajo la persona del rey del alto y bajo Egipto, Kem-bit-jet» (Esto también es una transcripción, del nombre persa Cambises). «Antes de alcanzar gran fama, en el tercer mes del peret, yo, lb-wer-imenty, fui al desierto occidental, a Sejet-imit, para destruir a los enemigos del rey...»
Daniel se interrumpió con expresión de perplejidad.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Sejet-imit es...
Guardó silencio, pensativo, y luego, sin terminar la frase, empezó a traducir otra vez, con voz más queda, más pausada, como si midiese cada una de las palabras.
—«En el lugar de la pirámide, a noventa iteru, al sur y al este de Sejet-imit, en mitad del valle de arena, mientras tomábamos nuestra comida del mediodía, se desató una gran tormenta. El mundo se volvió negro. No se veía el sol. Cincuenta mil hombres fueron tragados por la arena. Sólo yo me salvé, por misericordia de los dioses. Caminé sesenta iteru por el desierto, al sur y al oeste, hasta la Tierra de las Vacas. Muy grande era el calor. Padecí mucha sed. Padecí mucha hambre. Morí
muchas veces pero llegué a la Tierra de las Vacas. Los dioses me acompañaban. Gozaba de su favor...»
La voz de Daniel se fue extinguiendo. Tara lo miró. Movía los labios pero no se le oía. Incluso sumidos en aquella oscuridad, Tara reparó en que su rostro reflejaba una luz blanquecina, espectral. Le temblaba la mano con la que sujetaba la linterna.
—Dios mío —musitó con voz ronca, como si se atragantase con las tinieblas.
—¿Qué?
Daniel no contestó.
—¿Qué te pasa, Daniel? —insistió ella.
—Es el ejército de Cambises —dijo Daniel con los ojos muy abiertos, exultante.
—¿Y qué es el ejército de Cambises?
Daniel no contestó, sino que siguió mirando la pared, sin hacer caso de la pregunta, como en trance. Al cabo de un minuto, sacudió la cabeza como para despejarse, tomó a Tara de la mano y cruzaron la cámara, hasta el fresco que habían estado mirando antes. Enfocó la linterna.
—El año quinientos veinticinco antes de Cristo —prosiguió—, Cambises de Persia conquistó Egipto, que pasó a formar parte del imperio persa. Poco después envió dos ejércitos desde Tebas; uno lo dirigió personalmente, marchando hacia el sur contra los etíopes; el otro lo envió al noroeste a través del desierto, para destruir el oráculo de Amón en el oasis de Siwa, que los egipcios llamaban Sejet-imit, que significa
«palmeral». —Enfocó la primera de las tres imágenes del fresco, el grupo que marchaba por el desierto y continuó— Según el historiador griego Heródoto, que escribió sus crónicas unos setenta y cinco años después, el ejército llegó al oasis llamado Isla de los Benditos que, probablemente, es el actual Al-Jarga. Pero, entre allí y Siwa, en el Gran Mar de Dunas, fue literalmente tragado por una tormenta de arena. Los cincuenta mil hombres que lo formaban perecieron.
—Dirigió la luz de la linterna hacia la segunda escena, la que representaba a los soldados aplastados por la
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maza de Seth—. Nadie ha logrado probar que la historia sea cierta, pero este texto demuestra que sí lo es. Y no sólo eso, sino que por lo menos una persona, el tal Ibwer-imenty, aquí enterrado, sobrevivió al desastre. Dios sabe cómo, pero sobrevivió.
—Enfocó la tercera escena y continuó—: Ib-wer-imenty con Nefertum, dios de la regeneración y del renacimiento. La escena significa que el ejército fue aniquilado, pero que un hombre sobrevivió.
—¿Y eso por qué es tan importante? —preguntó Tara.
Sin desviar la vista de la pared, Daniel sacó un puro del bolsillo y lo encendió. La llama disipó por un instante las sombras e iluminó toda la cámara.
—El solo hecho de que confirme el relato de Heródoto ya es importante
—
contestó—. Pero hay mucho más, Tara, mucho más. Fíjate —añadió tirando de su mano y acercándola al texto—. Ib-wer-imenty no se limita a decirnos que sobrevivió a la tormenta de arena, sino que precisa dónde quedó sepultado el ejército, o sea, a noventa iteru al sur y al oeste de Sejet-imit. No sé a qué se refiere con «en el lugar de la pirámide», pero probablemente se trate de una roca caliza de forma piramidal. Lo que sí sabemos es que un iteru es una antigua unidad de medida equivalente a dos kilómetros. Y el texto dice más: «Caminé sesenta iteru solo a través del desierto, al sur y al oeste hasta la Tierra de las Vacas». La Tierra de las Vacas es una traducción de ta-iht, antiguo nombre de Al-Farafra, otro oasis que se encuentra entre Jarga y Siwa. ¿No lo entiendes, Tara? Lo que tenemos aquí equivale a un mapa de la zona donde se perdió el ejército de Cambises. Sesenta iteru al noroeste de Al-Farafra, noventa iteru al sudeste de Siwa, en el lugar de la pirámide. Es lo más exacto que puede esperarse de un texto antiguo. Es fabuloso.
Hacía calor en el interior de la cámara mortuoria y el rostro de Daniel brillaba a causa del sudor.
—¿Tienes idea de lo que significa esto, Tara? —dijo tras dar una profunda calada al cigarro—. Hace miles de años que se busca al ejército de Cambises. Se ha convertido en una especie de santo grial de los arqueólogos. Pero el desierto occidental es muy extenso. Y todo lo que escribió Heródoto es que se perdió en ese desierto, que es lo mismo que no decir nada. Pero con estos datos, se puede localizar el lugar con gran precisión. Las distancias desde Siwa y Al-Farafra reducen la zona de búsqueda a un área de unos treinta kilómetros cuadrados. Si se explorase esa zona desde el aire no debería ser muy difícil localizar una roca de forma piramidal. Cualquier accidente del terreno de esas características debe de
asomar del desierto como un dedo. Se podría encontrar en un par de días, o acaso menos.
—Pero sólo si se tienen esos datos —dijo ella, que empezaba a comprender.
—Exacto. Por eso es tan importante el texto que nosotros tenemos.
Incluye la distancia desde Siwa, y parte del jeroglífico indica la distancia desde Al-Farafra. Sin eso, nadie tiene más probabilidades de encontrarlo que los centenares de exploradores que ya lo han intentado. No es extraño que Saif al-Thar se muestre tan interesado en conseguirlo.
Daniel guardó silencio, contemplando la pared. Tara empezaba a darle vueltas a la cabeza.
—¿Qué valor podría tener ese hallazgo? —preguntó.
—¿Un ejército entero de Cambises, formado por cincuenta mil hombres, totalmente equipados, enterrados en el desierto? ¡Joder! ¡Sería el mayor hallazgo de toda la historia de la arqueología! Y con mucha diferencia. En comparación, la tumba de Tutankamón parecería una tienda de baratijas. Piensa tan sólo que hace un par de años un peto de esa época se vendió en cien mil dólares. Si lo vendiese pieza a pieza y poco a poco, sin inundar el mercado... ¡Dios! Este hallazgo convertiría a Saif al-Thar 168
en el hombre más rico de Oriente Próximo. Tiemblo al pensar lo que sería capaz de hacer con semejantes recursos.
Ambos se callaron. La luz de la linterna se había debilitado, ya no era blanca y viva, sino opalina.
—¿Y qué pintan en esto la embajada británica, Squires y Yamal? —
preguntó
Tara.
—Han debido de enterarse del descubrimiento de la tumba. Si lo que Samali nos contó es cierto, tendrán tanto interés como los propios fundamentalistas en conseguir el fragmento de texto que falta. Hay en juego mucho más de lo que soy capaz de imaginar.
Siguieron mirando la pared. A pesar del calor, Tara tenía escalofríos.
—¿Qué dice el resto? —preguntó—. No has terminado de traducirlo.
—A ver... Nos quedamos aquí: «Pero llegué a la Tierra de las Vacas.
Los dioses me acompañaban. Gozaba de su favor». Aquí. —Entornó los ojos para concentrarse y prosiguió—: La siguiente palabra parece un nombre, pero no es egipcio, sino más bien una transcripción egipcia de un
nombre griego. Es difícil saberlo con exactitud, porque los egipcios no utilizaban vocales, sino sólo consonantes. Parece decir Demicos, o Dimacos, o algo así. «Me llamaba Dimacos, hijo de Menendos de Naxos.
Pero al conocerse mi hazaña me llamaron Ib-wer-imenty.» ¡Claro!
—¿Qué?
—Pues que Ib-wer-imenty viene a ser un juego de palabras. ¡Cómo no me he dado cuenta antes! Ib-wer, significa «gran corazón»; imenty, «del oeste». Pero ib-wer también puede significar «gran sed» o «sediento», algo apropiado para un hombre que acababa de recorrer ciento ochenta kilómetros en pleno desierto. Este hombre debía de ser de origen griego, un mercenario, probablemente. Egipto era un hervidero de mercenarios por entonces. Un soldado griego al servicio de un soberano persa, con un apodo egipcio.
Daniel enfocó las imágenes que habían visto antes: el hombre de piel pálida delante de la mesa cubierta de fruta; el hombre de barba y cabellera trenzada, arrodillado ante su rey; el de piel rojiza haciendo una ofrenda a la diosa Isis.
—Por eso estos frescos son de tres estilos diferentes, para destacar tres aspectos distintos de una misma persona: el griego, el persa y el egipcio —
explicó—. Es maravilloso. Absolutamente maravilloso.
Daniel tomó aliento antes de disponerse a leer las cinco últimas columnas de texto.
—«Cuando mi gesta fue conocida, como había regresado del mundo de los muertos, el rey del alto y bajo Egipto, Cambises, me situó a su diestra, me ascendió y me concedió su amistad y estima, porque había vuelto vivo del desierto y sabía que los dioses estaban conmigo. Me concedió tierras, títulos y riquezas. Bajo la persona del rey del alto y bajo Egipto, Darío, prosperé y me hice grande. Tomé esposa, engendré tres hijos. Fui grande en el consejo del rey. Siempre fiel. Fuerte de corazón. Verdadero protector. En Waset tuve mi hacienda...» Waset era el antiguo nombre egipcio de Tebas, la actual Luxor. «En Waset fui dichoso. En Waset viví mucho años. Nunca volví a Naxos, el lugar de mi nacimiento. Oh, quienes viváis en la tierra y acaso visitéis esta tumba, que amáis la vida y detestáis la muerte, acaso digáis: "Osiris, transfigura a Ib-wer-imenty...» Lo que sigue son plegarias de los libros del más allá. Su voz se convirtió en un susurro, y bajó la linterna. Meneó la cabeza y dio una calada al cigarro, cuya brasa de color anaranjado brillaba en la oscuridad.
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—Una historia increíble, ¿verdad? —dijo—. Un mercenario griego de bajo rango que marchó con el ejército de Cambises, regresó de entre los muertos y se convirtió
en amigo y consejero de reyes. Parece sacado de un mito homérico.
Podría pasar el resto de mi vida...
Se oyó un estrépito procedente del exterior. Daniel miró a Tara con los ojos desmesuradamente abiertos. Apagó la linterna, tiró la colilla del cigarro al suelo y la pisó. Todo volvió a sumirse en las tinieblas. Se oyeron susurros ahogados procedentes de la entrada y luego pasos. Se agacharon en un rincón, arrimados a la pared. Un pálido haz de luz iluminó el pasadizo y parte de la cámara. Se oyeron murmullos y sordas pisadas, casi en la entrada de la cámara. Un hombre con túnica negra saltó desde el borde del pasadizo a la cámara. Daniel soltó un grito, se abalanzó sobre él y lo derribó.
—¡Sal, Tara! —gritó—. Vamos, sal...
Otros dos hombres irrumpieron entonces en la cámara y lo derribaron.
—¡Daniel!
Tara corrió hacia él. Uno de los hombres la tiró al suelo, pero ella se levantó
rápidamente y lo atacó a puñetazos. Él le dio un golpe en la mejilla, con más violencia que antes, que la arrojó de nuevo al suelo y la dejó aturdida.
Oyó gritos y movimiento, y de pronto la cámara se inundó de una viva luz blanca que la deslumbró.
—Vaya, vaya... —dijo una voz en tono triunfal—. Las ratas han caído en la trampa.
Tara parpadeó. Cuatro tipos estaban frente ella; dos con sendas metralletas, uno con un fusil y otro con una porra. Y, junto al borde del pasadizo, sosteniendo una lámpara halógena con una mano, se hallaba Dravic, seguido de varios hombres, apretujados detrás de él en el angosto paso. Tara se levantó con esfuerzo. También Daniel estaba incorporándose, con la nariz ensangrentada. Se acercó a ella, que le preguntó:
—¿Estás bien?
Daniel asintió con la cabeza. Dravic miró alrededor, le pasó la lámpara al hombre que tenía más cerca y saltó al interior.
—Veo que nuestra amiga la cobra ya no está aquí —comentó—. Al parecer no ha sido un vigilante tan eficaz como pensábamos. Una lástima.
Me habría gustado verlos morir lentamente con su veneno.
Dravic se acercó a ellos. Su corpachón parecía ocupar la mitad de la cámara, bloqueando la luz de la lámpara. Tara retrocedió hacia la pared.
Hizo una mueca de dolor, a causa del golpe recibido en la mejilla.
—¿Cómo han sabido que estábamos aquí? —farfulló Daniel con la boca ensangrentada.
Dravic se echó a reír.
—No irá a creer en serio que la única precaución que tomamos fue meter aquí a esa maldita cobra, ¿verdad? ¡Qué imbécil! Teníamos un vigilante apostado. Al verlos, nos ha llamado y hemos vuelto enseguida.
—¿Qué van a hacer con nosotros? —preguntó Tara, y a punto estuvo de quebrársele la voz.
—Pues matarlos, naturalmente —contestó Dravic en tono displicente—.
Lo único que no he decidido es cuándo y cómo. Después de lo que voy a hacerte a ti, preciosa
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—añadió con una sonrisa. Sus labios húmedos semejaban dos lombrices sonrosadas—
. Y ten por seguro que son muchas las cosas que deseo hacerte.
Alargó una mano y deslizó un dedo por un pecho de Tara, que lo apartó con expresión de repugnancia.
—Usted mató a mi padre —le dijo entre dientes.
—Me hubiese gustado —replicó Dravic, echándose a reír—. Habría disfrutado mucho, pero por desgracia cayó fulminado delante de mí antes de tener oportunidad. Yo lo sentí tanto como tú.
Al notar el dolor que reflejaba la mirada de Tara, Dravic soltó otra risotada.
—Cayó redondo, retorciéndose como un cerdo degollado. Nunca he visto morir a nadie de manera tan patética.
Se volvió y les dijo algo en árabe a sus hombres, que se echaron a reír.
A pesar del miedo que sentía, Tara se enfureció tanto que echó la cabeza hacia atrás y lanzó
un escupitajo que alcanzó a Dravic en un ojo. El alemán dejó de reír.
Tara se armó de valor, dispuesta a recibir el inevitable golpe. Pero el alemán no le pegó. Siguió sin moverse unos momentos, con el escupitajo resbalando por su mancha de nacimiento. Luego se lo limpió con la mano.
—¿Nunca te han violado? —preguntó con voz queda mirándose los dedos manchados de saliva—. ¿Nunca han utilizado tu cuerpo como un juguete, penetrándote por la vagina, por el ano y por la boca? ¿No? Pues, créeme, ve contando con ello.
—Usted no hará nada de eso, Dravic —dijo Daniel.
—Oh, no se preocupe, Lacage, que usted tampoco se librará. —El alemán sacó
del bolsillo la letal paleta, cuyos afilados bordes relucían a la luz de la lámpara—. No todas las violaciones han de ser de naturaleza sexual —
añadió dándole un tajo en el brazo a Daniel, que hizo una mueca de dolor.
La sangre empezó a empapar la manga de su camisa—. Pero esos placeres quedarán para más tarde —agregó guardándose la paleta en el bolsillo—.
Primero debemos tratar unos asuntos. —Miró hacia los jeroglíficos de las paredes, le hizo una seña al hombre que portaba la lámpara y añadió—: Bueno... ya tenemos la pieza que faltaba del rompecabezas. Es una lástima que la sacasen de aquí. Si lo hubiesen dejado todo como estaba nos habrían ahorrado a todos mucho tiempo y muchos problemas. Y mucho dolor.
El alemán le dirigió a Tara una mirada llena de lascivia y a continuación se acuclilló frente a la pared, examinando el texto.
—Normalmente, cuando se descubre una tumba en estas colinas somos los primeros en enterarnos. Los lugareños saben que les conviene acudir enseguida a informarnos. De lo contrario, corren el riesgo de provocar la ira de Saif al-Thar; y la mía. Y saben que eso es un mal asunto. En este caso, sin embargo, la descubrió
alguien que optó por actuar por cuenta propia. Lo pagó muy caro, pero antes retiró
algunos objetos, incluyendo esa pieza vital. —Retiró la pieza de yeso desprendida del fresco y prosiguió—: Resulta irónico que retirase precisamente esa parte del texto, porque no tenía ni idea de su importancia.
Sólo quería llevársela para venderla como objeto decorativo. Aunque, claro, con el tiempo habría vaciado la tumba. Por desgracia para él, empezó por el fragmento que indica la posición del ejército, y con ello, labró su perdición y la de muchos otros.
Aunque estaba a casi tres metros de distancia, Tara percibió el olor acre que despedía el cuerpo de Dravic. Sintió ganas de vomitar.
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—Pero eso ya no importa —continuó el alemán—. Tenemos la pieza. Y
mañana a estas horas también tendremos los restos del ejército en nuestro poder. Y entonces...
—Volvió a dirigirle a Tara una mirada lúbrica y añadió—: Empezará la diversión. Dravic gritó algo en árabe y dos hombres que portaban sendos martillos neumáticos irrumpieron en la cámara. El alemán señaló hacia la sección del texto que antes había traducido Daniel. Sus dos secuaces dirigieron los martillos hacia el fresco, perforándolo y desprendiéndolo de la roca.
—¡Oh, Dios! —exclamó Daniel dando un salto hacia delante—. ¡No!
¡Deténganse!
Uno de los hombres de Dravic le dio un culatazo en el vientre que lo obligó a retroceder.
—¡No puede destruirla! —clamó con voz entrecortada—. ¡No puede hacerlo!
—Es una precaución lamentable pero necesaria —dijo Dravic—. El resto, que quede como está, pero no podemos correr el riesgo de que otros encuentren la tumba y lean la información sobre el ejército. Todavía no.
Grandes fragmentos de yeso cubiertos de jeroglíficos caían al suelo levantando nubes de polvo blanco. Y mientras uno seguía destrozando el fresco, su compañero hacía añicos los fragmentos grandes que ya habían caído. Daniel bajó la cabeza, desesperado. Cuando todo el fresco de la pared quedó destruido Dravic les indicó a sus hombres que se marchasen.
Apenas se podía respirar a causa del polvo. Tara empezó a toser.
—¿Y ahora qué? —dijo Daniel incapaz de desviar la vista del montón de yeso machacado.
Dravic fue hacia la entrada de la cámara, con la tablilla en la mano. Se la pasó a uno de sus hombres y otro lo ayudó a subir al borde del pasadizo.
—Pues ahora —dijo Dravic, volviéndose hacia ellos— os ocurrirá algo muy desagradable —añadió señalándolos con la mano y desapareciendo por el pasadizo. El hombre que estaba delante de Daniel alzó el arma.
—¡No! —gritó Tara, creyendo que iba a dispararle.
Pero no le disparó, sino que le dio un culatazo en la cabeza que lo hizo caer al suelo, inconsciente y sangrando. Tara fue a arrodillarse a su lado y le tocó la cabeza. Oyó que algo se movía a sus espaldas y se abalanzaba sobre ella, y de pronto tuvo la sensación de sumergirse en un insondable mar de tinieblas.
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En el norte de Sudán
El muchacho cruzó el campamento a la carrera con el mensaje en la mano. Las cabras de un rebaño se sobresaltaron al verlo acercarse y se dispersaron en todas direcciones. Pero él se despreocupó de ellas y siguió corriendo hasta la tienda de su maestro. Descorrió la cortina, jadeante, y entró.
No había más luz que el tenue resplandor de una lámpara de queroseno.
Saif alThar estaba sentado sobre la alfombra con las piernas cruzadas, inmóvil como una estatua y con un libro entre las manos.
El muchacho se acercó a él.
—¡La han encontrado! —gritó, incapaz de dominar su entusiasmo—. La pieza. ¡El doctor Dravic la ha encontrado!
La Espada Vengadora dejó el libro en su regazo y le dirigió una mirada inexpresiva.
—Está escrito que hay que ser moderado en todo, Mehmet —dijo en voz baja—, tanto en la alegría como en la desesperación. No hay por qué gritar.
—Sí, maestro.
El muchacho bajó la cabeza en actitud sumisa.
—Pero también está escrito que debemos congratularnos por la bondad de Alá. De modo que no tienes por qué avergonzarte de tu alegría. Pero domínate, Mehmet. Domínate siempre. Dios así lo quiere; quiere que seamos dueños de nosotros mismos. Saif al-Thar alzó la mano y Melonet le entregó el mensaje. Su maestro lo leyó y, cuando hubo terminado, lo dobló cuidadosamente y se lo guardó en un bolsillo de la túnica.
—¿No te había dicho que somos los elegidos de Dios? Siempre y cuando sigamos fieles y confiemos en Su grandeza, todo nos será dado.
Aquí tenemos la prueba. Hoy es un gran día, Mehmet.
Una amplia sonrisa iluminó el rostro de Saif al-Thar como una laguna que se abriese en una tierra reseca y cuarteada. Era la primera vez que Mehmet lo veía sonreír de aquella manera. Sintió el impulso de arrodillarse y besar los pies del maestro, de decirle cuánto lo amaba, lo agradecido que le estaba por todo lo que había hecho por él. Pero se contuvo. Alá quería que fuese dueño de sí mismo. Las palabras de su maestro aún resonaban en sus oídos. Había asimilado la lección y se limitó a sonreír, aunque le estallaba el pecho de alegría.
Saif al-Thar pareció leerle el pensamiento, porque se levantó y posó una mano en su hombro.
—Muy bien, Mehmet —dijo—. Alá recompensa siempre al buen discípulo, igual que castiga al malo. Ahora ve y diles a todos que se preparen. En cuanto conozcamos el lugar empezaremos a enviar el equipo.
El muchacho asintió con la cabeza y fue hacia la entrada caminando hacia atrás.
—Maestro —dijo antes de salir de la tienda—, ¿ahora ya no ocurrirán más cosas malas? ¿Acabaremos con los infieles?
—Por supuesto, Mehmet —respondió Saif al-Thar, con una sonrisa más amplia aún que antes—. ¿Cómo no vamos a destruirlos si disponemos de todo un ejército para ayudarnos?
—Allahu akbar! —exclamó el muchacho entre risas—. Dios es grande.
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—Cierto, Mehmet, muy cierto. Y su grandeza escapa a nuestra comprensión. Cuando el muchacho hubo salido, Saif al-Thar volvió a sentarse junto a la lámpara y cogió el libro que había estado leyendo. Era un pequeño volumen encuadernado en piel muy raída. No estaba escrito en árabe ni en inglés, sino en griego, y se titulaba HPOAOTOY IETOPIAI, la Historia de Heródoto. Aumentó la intensidad de la llama de la lámpara, se acercó el libro a los ojos y suspiró complacido al sumergirse en la lectura.
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Luxor
El tren de Jalifa llegó a Luxor poco antes de las ocho de la mañana.
Después de su pesadilla no había logrado conciliar el sueño. Estaba cansado y le pesaban los párpados. Decidió pasar por su casa y refrescarse antes de ir a la comisaría. Las fiestas de Abu Haggag empezarían por la tarde y ya se notaba un considerable bullicio en las calles, llenas de tenderetes en los que vendían golosinas y sombreros festivos. Normalmente, Jalifa habría estado deseando que empezasen las fiestas, pero ese día tenía otras cosas en la cabeza.
Encendió un cigarrillo y enfiló la calle Al-Mahatta, olvidándose del bullicio. A pie, su apartamepto estaba a quince minutos del centro de la ciudad, en un bloque de cemento encajado como una ficha de dominó en una hilera de otros bloques idénticos. Batah y Alí ya habían salido para ir a la escuela cuando él llegó, y el pequeño Yusuf dormía en la cuna. Se duchó y Zainab le preparó el desayuno a base de café, pan y queso. La miró
admirativamente mientras trajinaba en la cocina. Llevaba el cabello suelto y le llegaba hasta la cintura. Tenía los labios tersos y carnosos, provocativos.
Jalifa olvidaba a veces lo afortunado que era por tener una esposa como Zainab, cuyos padres se habían opuesto a su matrimonio, porque él era pobre y procedía de una familia más pobre aún. Pero Zainab era una mujer decidida.
Jalifa sonrió al recordar su lucha.
—¿Por qué sonríes? —le preguntó Zainab al tenderle una bandeja con rodajas de tomate.
—Pensaba en cuando estábamos recién casados; en lo tajantemente que se opusieron tus padres a nuestro matrimonio y... en lo tajante que fuiste tú:
«O él o nadie».
—Tenía que haberlos escuchado —dijo ella, sentándose a sus pies—.
De no haber sido tan terca ahora yo también tendría un Hosni.
Jalifa se echó a reír y la besó en la cabeza. Su cabello era cálido y fragante, y a pesar de lo cansado que estaba, se sintió excitado. Dejó a un lado la bandeja y rodeó
los hombros de Zainab con sus brazos.
—¿Qué tal ha ido todo en El Cairo? —preguntó ella, besándole los dedos.
—Regular. He visto al profesor.
—¿Cómo está?
—Parece que bien. Te envía todo su cariño.
Zainab se arrimó un poco más y posó una mano en una rodilla. Un tirante de su vestido se le había deslizado por el hombro y dejaba ver el nacimiento de sus pechos. Jalifa apartó un poco más la bandeja y atrajo a Zainab hacia sí.
—¿En qué caso estás trabajando? —preguntó ella quedamente deslizando los dedos por su muslo—. Es importante, ¿verdad?
—Sí, creo que sí.
—Cuéntamelo.
—Es complicado —dijo él, acariciándole el pelo.
Zainab sabía que aquélla era una manera de decir que no quería hablar del caso, y no insistió. Se arrimó un poco más a él, alzó la vista y lo besó suavemente en los labios.
—El niño está dormido —le susurró.
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Jalifa le acarició el cuello, aspirando la fragancia de su pelo.
—Tendría que irme ya a la comisaría.
Zainab volvió a besarlo, se levantó, se bajó el otro tirante y dejó que el vestido resbalase por su cuerpo. No llevaba nada debajo.
—¿De veras?
Jalifa alzó la vista y recorrió su cuerpo con la mirada. Zainab era estilizada y morena, con unos pechos firmes y unos muslos prietos. Era hermosa. Se puso de pie y la atrajo hacia sí.
—Imagino que el mundo no se hundirá porque llegue un poco tarde. Se besaron. Zainab lo tomó de una mano y fueron al dormitorio. Ella se sentó en la cama y le desabrochó la camisa y los pantalones, se los bajó y le rodeó la cintura con los brazos. Él la acostó con suavidad y se echó a su lado, acariciándole los pechos, el vientre y los muslos, besándole los hombros, excitándose con el contacto de su piel, con sus anhelantes jadeos...
Sonó el teléfono.
—Deja que suene —dijo Zainab, que se puso encima de él y empezó a besarle el pecho mientras que su melena le rozaba la cara. Estuvieron así unos momentos, acariciándose, pero de pronto, despertado por el timbre del teléfono, el bebé empezó
a llorar. Zainab se levantó refunfuñando y se acercó a la cuna. Jalifa se volvió hacia el otro lado de la cama y contestó al teléfono. Era el profesor Al-Habibi.
—Espero no ser inoportuno.
—¡Qué va! Sólo estaba echándole una mano a Zainab... —repuso Jalifa, sonriendo maliciosamente.
Zainab le dirigió una mirada jocosa, sacó al pequeño de la cuna y fue a la habitación contigua deteniéndose un instante a besar a su esposo en la frente.
—Escucha, Yusuf —dijo el profesor—, hay algo que creo que debes saber acerca de los objetos que me dejaste ayer.
Jalifa cogió los pantalones y sacó el paquete de cigarrillos.
—Dígame, profesor.
—Estuve examinándolos, después de que te hubieses marchado, y encontré una inscripción en la empuñadura de la daga, debajo de la tira de piel. Bueno, no es exactamente una inscripción, sino unas palabras toscamente grabadas en el hierro, escritas en griego.
—¿En griego?
—Eso mismo. Se trata de un nombre, probablemente el del dueño de la daga.
—Siga.
—El nombre es Dimacos, hijo de Menendos.
—¿Dimacos? ¿Y le dice algo ese nombre?
—Es muy curioso —contestó Habibi—. Estaba seguro de haberlo visto antes en alguna parte. Tardé bastante en recordar dónde, pero lo encontré.
El profesor hizo una pausa retórica para que sus palabras causaran mayor efecto.
—¿Dónde? —lo apremió Jalifa, impaciente.
—En el Valle de los Reyes, en la tumba de Ramsés VI. Las paredes están cubiertas de inscripciones antiguas, en griego y en copto, y una de ellas de la mano
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de un tal Dimacos, hijo de Menendos de Naxos. Lo he encontrado en mi ejemplar de un libro de Baillet.
—¿Es la misma persona?
—No puedo tener la certeza absoluta, pero me sorprendería que hubiese existido en Tebas un hombre llamado Dimacos con un padre llamado Menendos. Son nombres muy poco frecuentes.
Jalifa soltó un silbido de asombro.
—Increíble —dijo.
—Desde luego. Pero no tan increíble como lo que voy a decir a continuación. El profesor hizo una nueva pausa retórica y Jalifa volvió a apremiarlo.
—El tal Dimacos no dejó en la tumba sólo su nombre. También dejó una inscripción.
—¿Y qué dice esa inscripción?
—Bueno... está incompleta. Debieron de escribir otra cosa encima o se interrumpió a medio...
Jalifa oyó ruido de papeles al otro lado de la línea.
—La inscripción dice: «Yo, Dimacos, hijo de Menendos de Naxos, vi estas maravillas. Mañana marcharé contra los amonitas. Si yo ...». Y ahí se detiene. Jalifa seguía sin encender el cigarrillo.
—Los amonitas... —dijo, pensando en voz alta—. ¿No es ése el nombre que daban los griegos a los habitantes de Siwa?
—Exactamente; del nombre del dios Amón, que tenía su oráculo en el oasis. Y, que se sepa, sólo se envió una expedición militar contra los amonitas en aquella época.
—¿Cuál?
Otra pausa.
—El ejército de Cambises.
Jalifa rompió por la mitad el cigarrillo que tenía entre los dedos, sin percatarse de ello.
—¡El ejército de Cambises! El que se perdió en el desierto, ¿verdad?
—Así lo cree la historia.
—Pero no hubo supervivientes. ¿Cómo puede haberse encontrado una daga que perteneciese a uno de los soldados de aquel ejército?
—Bueno... ésa es la cuestión.
Jalifa oyó que el profesor chupaba su pipa. Sacó otro cigarrillo del paquete y lo encendió.
—Está seguro de que la daga procede de una tumba tebana, ¿no? —dijo Habibi.
—Creo que sí —contestó Jalifa—; o, mejor dicho: estoy seguro.
—En tal caso, caben varias explicaciones. Quizá Dimacos no llegase a marchar con aquel ejército; o quizá la daga hubiese pasado a manos de otra persona cuando Dimacos se unió a la expedición. O puede que Heródoto estuviese mal informado y el ejército no fuese aniquilado por una tormenta de arena.
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—Pero también es posible que el ejército fuese efectivamente aniquilado por una tormenta de arena y que Dimacos sobreviviese.
—Ésa es, creo yo, la posibilidad menos probable —repuso el profesor
—. Aunque, desde luego, la más apasionante.
Jalifa dio una profunda calada a su cigarrillo. Era consciente de que no debía fumar en el dormitorio mientras el niño durmiese allí, pero no podía evitarlo. Decidió
abrir la ventana. Los datos se habían agolpado en su cabeza tan rápidamente que no acertaba a encajarlos para dar forma a una hipótesis con sentido.
—Supongo que la tumba de un soldado del ejército de Cambises sería todo un hallazgo, ¿no?
—Si fuese auténtica, por supuesto que sí. Constituiría un hallazgo extraordinario.
¿Sería ése el motivo, que Abu Nayar hubiera descubierto la tumba de un soldado del ejército de Cambises? Tal como el profesor acababa de decir, supondría un gran hallazgo, uno de los más importantes que se hubiesen hecho en Egipto en muchos años. Sin embargo, eso no explicaba por qué Dravic se tomaba tantas molestias por un simple fragmento de texto jeroglífico, y no daba ninguna importancia a los otros objetos encontrados en la tienda de Iqbar. En efecto, ahí faltaba una «pieza». Tenía que haber algo más.
—¿Y el propio ejército? —preguntó Jalifa sin apenas reflexionarlo.
—¿Qué quiere decir?
—El ejército perdido de Cambises. Si se encontrase... también sería un hallazgo importante, ¿no?
—Me temo que eso es ya entrar en el terreno de la fantasía, Yusuf. El ejército quedó sepultado en el desierto. Nunca lo encontrarán.
—Pero ¿y si lo encontrasen?
—Pues... me parece que no es necesario que te diga lo importante que sería.
—No, claro... —dijo Jalifa, que arrojó el cigarrillo por la ventana y agitó la mano para disipar el humo.
—¿Yusuf?
—Sí, perdone, es que estaba pensando. ¿Y qué más puede decirme del ejército de Cambises, profesor?
—Me temo que no mucho. No soy especialista en esa época. Tendrías que hablar con el profesor Ibrahim az-Zahir, que ha consagrado casi toda su vida a estudiarla.
—¿Cómo puedo ponerme en contacto con él?
—Está ahí, en Luxor. Pasa seis meses al año en la residencia para los miembros de la misión arqueológica de la Universidad de Chicago. El año pasado tuvo un infarto y, aunque va mejorando, empieza a fallarle la cabeza.
Jalifa le dio las gracias al profesor, le prometió que iría a cenar con él la próxima vez que estuviese en El Cairo y colgó el auricular. Fue enseguida al salón. Zainab acunaba al bebé todavía desnuda. Jalifa los abrazó a los dos.
—He de marcharme ahora mismo.
—¡Y yo aquí intentando que vuelva a dormirse!
—Perdona, es que...
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—Bromeaba. Ya sé que tienes que marcharte —dijo ella con una sonrisa, y lo besó—. Anda, ve. Y no olvides que los niños tienen el desfile esta tarde. Les he dicho a Batah y Alí que iríamos a verlos. Es a las cuatro.
Sé puntual.
—No te preocupes —contestó Jalifa—. Volveré a tiempo. Te lo prometo.
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En el desierto occidental
Tara se despertó dos veces durante el trayecto. Pero sólo fueron atisbos de luz en medio de las tinieblas que envolvían su mente. Primero vio un espacio sofocante y atestado que apestaba a gasolina. A pesar de la oscuridad impenetrable y del mortificante dolor de cabeza, se apercibió de que estaba dentro del maletero de un coche, en posición fetal, amordazada y con las manos atadas a los tobillos. Dedujo que debían de circular por un firme asfaltado, porque el traqueteo no era brusco a pesar de que tenía la sensación de que iban a bastante velocidad. Pensó que, en muchas películas, los encerrados en un maletero deducían por dónde iban prestando mucha atención a los sonidos y sensaciones que tuviesen durante el trayecto. Y eso trataba de hacer ella en ese momento, prestar atención a todo ruido que pudiese orientarla. Sin embargo, aparte del ocasional sonido de un claxon y de la música a todo volumen de un coche, no oyó nada que la orientase, y no tardó en volver a perder el conocimiento.
La segunda vez que recuperó momentáneamente el conocimiento oyó un ruido fuerte y sonoro por encima de su cabeza. Trató de concentrarse para captar qué era y luego abrió los ojos. Estaba sentada y atada a un asiento. Daniel se encontraba a su lado, con la cabeza inclinada sobre el pecho y una mejilla y el cuello ensangrentados. Le extrañó no sentir ninguna preocupación por él. Sencillamente notó que estaba allí. Al volverse vio que cruzaban por una enorme extensión amarillenta, que se le antojó
un inmenso bizcocho, y se echó a reír. Casi de inmediato oyó voces y advirtió que le ponían una especie de saco en la cabeza. Antes de volver a verlo todo vidrioso, tuvo un instante de lucidez. «Estoy en un helicóptero
—se dijo—. Sobrevolando el desierto hacia el ejército perdido de Cambises.» Luego se sumió de nuevo en las tinieblas, y ya no recordó nada.
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Luxor
Jalifa se llevó dos sorpresas al llegar a la comisaría. La primera fue topar en el vestíbulo con el comisario Hassani, quien, en lugar de soltarle un rapapolvo por haber llegado tarde, lo saludó con un ademán que guardaba cierta similitud con la cordialidad.
—Me alegro de que ya haya llegado, Yusuf.
Si la memoria no le fallaba, era la primera vez que el comisario lo llamaba por su nombre de pila.
—Hágame un favor. En cuanto tenga un momento, venga a mi despacho. Pero no se preocupe. Al contrario. Tengo buenas noticias.
Hassani le dio una palmadita en el hombro y enfiló un pasillo.
La segunda sorpresa fue encontrar a Omar Abd el-Faruk sentado en su despacho.
—No ha querido esperar abajo —se justificó Sariya—. No quiere que lo vea nadie. Me ha dicho que tiene información acerca del caso de Abu Nayar. Omar estaba sentado en un rincón del despacho, haciendo tamborilear los dedos sobre una rodilla, visiblemente incómodo.
—Bien, bien —dijo Jalifa tras sentarse a su mesa—. No esperaba que llegara el día en que un Abd el-Faruk viniese aquí por propia voluntad.
—Le aseguro que no he venido por mi gusto —replicó Omar.
—¿Quiere té?
Omar negó con la cabeza.
—Y... quiero hablar a solas —dijo señalando a Sariya—. Lo que tengo que decir es exclusivamente para usted.
—Mohamed es mi compañero —repuso Jalifa—, es tan...
—Sólo hablaré con usted a solas, o no hablaré —lo interrumpió Omar.
Jalifa suspiró resignado y asintió mirando a Sariya.
—Sólo serán unos minutos, Mohamed. Luego le informaré.
Su ayudante salió del despacho y cerró la puerta. El inspector le ofreció un cigarrillo a Omar, que lo rechazó, diciendo:
—He venido a hablar, no a intercambiar cortesías.
Jalifa se encogió de hombros, se retrepó en su asiento y encendió un Cleopatra.
—Pues bien, Omar, hablemos.
El nerviosismo de El-Faruk iba en aumento.
—Creo que unos amigos míos están en peligro —dijo bajando la voz—.
Ayer vinieron a mi casa a pedirme ayuda. Y ahora han desaparecido.
—¿Y qué tiene eso que ver con Abu Nayar?
Omar miró alrededor como si quisiera asegurarse de que nadie lo oía.
—Hace dos días, cuando me citó usted aquí, me preguntó si se había descubierto otra tumba en las colinas.
—Y usted respondió que no sabía nada. ¿Debo deducir que, de pronto, ha recordado algo? —dijo Jalifa en tono sarcástico.
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—Ya veo que le resulta divertido que un El-Faruk venga a pedirle ayuda
—
masculló Omar, fulminándolo con la mirada. Jalifa dio una calada a su cigarrillo y permaneció en silencio. —Bien —continuó Omar—.
Efectivamente, Abu Nayar descubrió una tumba. No sé dónde, así que no se moleste en preguntármelo. Pero el hecho es que encontró una tumba. Se llevó una especie de tablilla, un trozo de yeso de la decoración. Mis amigos tenían esa pieza. Y ahora han desaparecido. Oyeron estallar un cohete y Omar se rebulló inquieto en la silla.
—¿Y quiénes son esos amigos?
—Un arqueólogo llamado Daniel Lacage y una inglesa.
—¿No será por casualidad Tara Mullray? —preguntó Jalifa.
Omar enarcó las cejas.
—¿La conoce?
—Al parecer, ella y Lacage estuvieron implicados en un tiroteo en Saqqara hace dos días.
—Ya sé lo que piensa, Jalifa, pero he trabajado con el doctor Lacage durante seis años, y es una buena persona.
—Le creo —dijo el inspector asintiendo con la cabeza—. Aunque nunca me imaginé haciendo semejante profesión de fe en un El-Faruk —agregó en tono irónico. Omar guardó silencio por unos instantes. Luego esbozó una sonrisa, algo más relajado.
—Bien... quizá sí le acepte un cigarrillo —dijo.
Jalifa se inclinó hacia delante y le tendió el paquete.
—¿Y qué ocurrió ayer exactamente, Omar?
—Como le he dicho, vinieron a casa a pedirme ayuda. Llevaban ese trozo de yeso en una caja. La inglesa dijo que su padre lo había comprado,
pero que Saif al-Thar lo quería, y la embajada británica también.
—¿La embajada británica?
—Eso dijo la inglesa: que la embajada británica también lo quería.
Jalifa sacó un bolígrafo de la chaqueta y empezó a hacer garabatos en un trozo de papel, preguntándose qué demonios estaba pasando.
—¿Qué más?
—Querían saber de dónde procedía la pieza. Les dije que era peligroso y que debían dejarlo correr, pero no quisieron. El doctor Lacage es mi amigo. Y, si un amigo me pide ayuda, yo no se la niego. Les prometí que haría averiguaciones. Salí de casa a las cuatro de la tarde y al regresar ya no estaban. No he vuelto a verlos desde entonces.
—¿Sabe adónde han ido?
—Le comentaron a mi esposa que querían subir al Qurn. Temo por su seguridad, inspector. Especialmente después de lo ocurrido a Abu Nayar. Y
a Suleimán al-Rashid. Jalifa dejó de garabatear.
—¿Suleimán al-Rashid?
—Lo han quemado vivo.
Jalifa palideció.
—¿Quemado vivo?
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Omar asintió con la cabeza.
—Oh, no, Dios mío. Suleimán... —musitó Jalifa sobrecogido.
—¿No lo sabía usted?
—He estado en El Cairo.
—Lo lamento —dijo Omar, bajando la cabeza—. He pensado que ya debía de haberse enterado. —Hizo una pausa y añadió—: Todo el mundo sabe lo que usted hizo por Suleimán.
—Le diré lo que he hecho yo por Suleimán... —Jalifa se tapó la cara con las manos—. ¿Sabe lo que he hecho? Matarlo. Si no hubiese ido a verlo aquel día...
¡Maldita sea! ¡Cómo pude ser tan estúpido!
Desde la calle les llegaban redobles de tambores. Guardaron silencio como si escuchasen.
—Quizá... debería marcharme ya, inspector —dijo Omar, levantándose lentamente—. Comprendo lo doloroso que ha de ser para usted... —agregó, poniéndose en pie.
—El trozo —lo interrumpió Jalifa.
—¿Cómo?
—El trozo de pared. ¿Lo ha visto?
—Sí —respondió Omar—. Lo he visto.
—¿Tiene una hilera de serpientes en la parte inferior, y jeroglíficos?
Omar asintió con la cabeza.
—Y... ¿recuerda alguno de esos signos jeroglíficos?
Omar reflexionó por un instante, se inclinó hacia delante y con el bolígrafo de Jalifa hizo un boceto en una hoja de papel que tenía delante. El inspector lo estudió.
—¿Está seguro de que es esto lo que vio?
—Creo que sí. ¿Sabe de qué se trata?
—El signo de una pirámide —repuso el inspector, que miró unos instantes el boceto y luego dobló el papel y se lo guardó en el bolsillo—.
Gracias, Omar —
concluyó—. Sé lo difícil que ha sido para usted venir aquí hoy.
—Encuentre a mis amigos, inspector. Es todo lo que le pido. Encuentre a mis amigos.
Omar sintió el impulso de tenderle la mano a Jalifa, pero se abstuvo.
Inclinó
cortésmente la cabeza y salió del despacho.
Jalifa dedicó veinte minutos a informar a Sariya sobre lo sucedido en El Cairo y a preguntarle por los detalles del brutal asesinato de Suleimán.
Después subió al despacho del comisario.
Normalmente, a Hassani le gustaba hacerlo aguardar por lo menos cinco minutos antes de recibirlo, pero ese día lo hizo entrar enseguida. Y no sólo eso, sino que por una vez le ofreció una silla decente.
—A mediodía tendré pasado a máquina un informe completo sobre la marcha de la investigación —dijo Jalifa adelantándose a las inevitables preguntas de Hassani.
—No se preocupe por eso. Tengo buenas noticias, Yusuf. —El comisario se retrepó en el sillón, adelantó el mentón y adoptó una pose similar a la del presidente Mubarak, cuya fotografía tenía colgada en la pared—. Me complace comunicarle que su solicitud de ascenso ha sido aprobada. Lo felicito.
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Hassani sonrió, aunque había algo en su expresión que indicaba que no estaba tan complacido como pretendía aparentar.
—Bromea... —dijo Jalifa.
—Nunca bromeo —replicó el comisario, dejando de sonreír—. Soy policía.
—Claro, señor comisario. Perdone.
Jalifa no sabía qué decir. Era lo último que esperaba oír de boca de Hassani cuando le pidió que subiera a su despacho.
—De modo que quiero que se tome el resto del día libre, que vaya a casa, se lo comunique a su esposa y lo celebren. Mañana irá al congreso de Ismailía.
—¿A Ismailía?
—Sí. Hay un congreso sobre la policía urbana en el siglo XXI. Dura tres días. Lo compadezco, pero no hay más remedio que apechugar con estas cosas si se quiere progresar en el cuerpo.
Jalifa guardó silencio. Estaba exultante, como es lógico, pero había algo que...
—¿Y el caso? —preguntó.
El comisario hizo otro ademán desdeñoso y le dirigió una sonrisa forzada.
—No se preocupe por el caso, Yusuf. Puede esperar un par de días.
Vaya a Ismailía y cuando vuelva reanude las investigaciones. No hay prisa.
—No puedo interrumpir la investigación en estos momentos, señor.
—Tranquilo, hombre, tranquilo, ¡acaban de ascenderlo! ¡Disfrútelo!
—Sí, pero...
El comisario soltó una risotada.
—Me temo que nuestro reglamento va a quedar en entredicho. ¡Pedirle a uno de mis hombres que trabaje un poco menos! No vaya a decírselo a nadie, ¿eh?
Perjudicaría mi reputación.
Jalifa sonrió pero no se desvió de la cuestión.
—Se trata de tres asesinatos, comisario. Y han desaparecido dos personas. He comprobado que existe un vínculo con Saif al-Thar, y tal vez también con la embajada británica. No puedo interrumpir la investigación en estos momentos. El comisario no dejó de reír mientras Jalifa justificaba su objeción. Pero su forzada risa dio paso al enojo. Empezaba a exasperarse.