El Enigma de Cambises

Paul Sussman · Capítulo 3 de 4 · parte 4/4

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El Enigma de Cambises

—Ya sé que no es lo reglamentario…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

geología, pero aún así me basta para aventurar que los signos eran una transcripción de un nombre: Net-nebu. No me cupo duda de que un viajero, que debía de haber pasado por allí varios miles de años antes que nosotros, se había detenido junto a la peña.

Aquella misma noche, mientras Azab, el cocinero, nos servía la cena, propuse un brindis (lamentablemente con té) a la salud del intrépido Net-nebu, deseándole una retrospectiva buena salud y confiando muy sinceramente en que hubiese llegado sano y salvo a su destino. Los nativos secundaron el brindis, repitiendo solemnemente mis palabras, que parecieron levantarles el ánimo, porque durmieron toda la noche con suma placidez.

Jalifa releyó atentamente la descripción y la anotó. Después pasó a un apéndice del libro que incluía extractos del diario de la expedición de Villiers, con detalles sobre las distancias cubiertas cada día y lecturas de la brújula. Comparándolas con las de un mapa básico de la zona occidental de Egipto, logró hacerse una idea bastante aproximada de la zona en la que se alzaba la gran roca en forma de pirámide. El inspector fue a pedirle mapas más detallados al bibliotecario, y se dispuso a concretar la posición de la peña con la mayor precisión posible. El cálculo fue más lento de lo que él imaginaba. Utilizó un mapa a escala de 1:100.000, pero no ubicó la peña.

Había algo que quizá podía tomarse por ésta en un mapa trazado por satélite en el que aparecía realzado el Mar de Dunas, pero no se veía nada bien; y un mapa militar topográfico, a escala de 1:50.000, en el que sin duda habría aparecido la peña, terminaba justo al oeste de la zona que a él le interesaba.

De modo que empezó a temer que no conseguiría localizarla.

Al final, no obstante, dio con ella en una carta de navegación de los pilotos de la RAF, que databa de la Segunda Guerra Mundial. La biblioteca la conservaba más como un recuerdo histórico que por la información geográfica que pudiese ofrecer. Sin embargo, proporcionaba una detallada imagen topográfica de la zona entre los 26

grados de longitud y los 30 grados de latitud y allí, casi equidistante de Siwa y de AlFarafra, en un paisaje sin otro accidente del terreno, se alzaba un pequeño triángulo y, debajo, la leyenda «Formación rocosa piramidal».

Jalifa dio una palmada en la mesa que resonó en el silencio de la biblioteca como un disparo. Estaba exultante.

—Perdone —musitó mirando al bibliotecario, que había asomado la cabeza por la puerta para ver qué ocurría.

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Jalifa anotó las coordenadas de la posición de la roca y las comprobó varias veces para asegurarse de que eran correctas.

Y, luego, preguntándose si su amigo Abdul aún organizaría viajes turísticos por el desierto, se levantó y se estiró.

Hasta entonces no reparó en que había oscurecido. Miró el reloj. Eran las ocho y había prometido asistir a las cuatro al desfile de los niños.

—Maldita sea —masculló.

Recogió su bloc de notas, fue a darle las gracias al bibliotecario y salió a toda prisa. Zainab debía de estar muy enfadada.

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En el desierto occidental

Al anochecer seguían sin encontrar rastro del ejército. Dravic se impacientaba. Llevaba un día entero supervisando los trabajos, esperando que de un momento a otro alguien soltase un grito de júbilo que indicara que había encontrado algo. Llevaba muchas horas bajo un sol abrasador, espantando a los enjambres de moscas mientras la mole, cuya silueta reverberaba a causa del calor y de la intensa luminosidad, seguía ocultando su secreto.

Los gigantescos aspiradores no habían parado ni por un momento.

Habían profundizado más de diez metros en torno a la base de la peña pero no habían encontrado nada; sólo arena, miles y miles de toneladas de arena, como si el desierto estuviera burlándose de ellos.

Salvo un par de veces que bajó hasta donde se encontraba el equipo, empuñando su paleta y maldiciendo a todo aquel con quien se cruzaba, Dravic había pasado todo el día bajo la sombrilla, fumando, secándose el sudor que le chorreaba por la frente hasta los ojos; cada vez más frustrado y nervioso. Al ocultarse el sol y oscurecerse el cielo, la temperatura descendió considerablemente y les dio un respiro del insoportable calor. Pero no interrumpieron el trabajo. Alrededor del lugar de la excavación instalaron unos gigantescos focos que iluminaron intensamente un amplio sector. La probabilidad de que la luz fuese detectada en la inmensidad del desierto era despreciable, y en cualquier caso suponía un riesgo que tenían que correr si querían acelerar los trabajos. Disponía de un auténtico ejército de obreros que trabajaban febrilmente para encontrar aquel otro ejército, pero hasta el momento no habían conseguido nada.

Dravic empezaba a temer que Lacage tuviese razón. Quizá el ejército se hallase mucho más abajo de lo que él suponía. Según sus cálculos, debía de encontrarse entre cuatro y siete metros bajo la superficie, diez como máximo. Eso era lo que le había dicho a Saif al-Thar; pero ya estaban excavando por debajo de los diez metros y seguían sin encontrar nada, absolutamente nada.

No le cabía duda de que lo encontraría, pero el tiempo apremiaba. No podía seguir allí indefinidamente. Las probabilidades de que los vieran aumentarían con cada día que pasase. El desierto era un lugar remoto, pero no tanto como para ocultarse eternamente. Podían permanecer allí una semana, a lo sumo, y si el ejército estaba a cincuenta metros de profundidad y tardaban cinco días en encontrarlo, no iban a poder sacar gran cosa en los dos días restantes.

—¿Dónde demonios estará? —exclamó para sí, mordisqueando el cigarro—. Ya deberíamos haber dado con él.

Cerró los puños y se oprimió las sienes con los nudillos. Tenía un horrible dolor de cabeza, algo nada sorprendente porque llevaba doce horas allí de pie, supervisando la excavación. Necesitaba tranquilizarse, desconectar. Informó a uno de sus hombres de que iba a ir a su tienda y que, si había alguna novedad, lo llamasen de inmediato. Luego dio media vuelta y se encaminó hacia el campamento.

Llevaba una botella de vodka en su equipaje. Con unos cuantos tragos se sentiría mucho mejor. Quizá lograse dormir un par de horas. Le bastarían. Pero mientras se dirigía a su tienda se le ocurrió otra idea que lo hizo sonreír. Sí, pensó, aquello sí que lo haría desconectar. Se lavaría, bebería unos tragos, comería y luego...

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Llegó al campamento y, pasando entre cajas y piezas de maquinaria, entró en una tienda. Tara y Daniel yacían en el suelo hechos un ovillo. Se incorporaron al oírlo entrar. Dravic miró a Tara y luego le dijo algo en árabe al centinela.

—Es usted un animal, Dravic —le espetó Daniel-. Lo mataré.

—Para eso tendrá que regresar de entre los muertos —replicó el alemán, que se echó a reír a carcajadas y, tras dirigirle unas palabras al centinela, salió de la tienda.

—¿Qué quería? —preguntó Tara.

Daniel guardó silencio y bajó la cabeza, sin atreverse a contestar.

—¿Qué ha dicho? —insistió ella. Daniel musitó algo ininteligible. —

¿Qué?

—Que te conduzcan a su tienda dentro de dos horas.

Tara miró el reloj. Eran las ocho y cuarto. Se estremeció.

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Luxor

Tal como Jalifa había supuesto, Zainab estaba enfadada. Se encontraba viendo la televisión con Alí y con Batah cuando él llegó. Lo fulminó con la mirada.

—No has venido a verme, papá —dijo Alí en tono quejumbroso—. Iba en la carroza de Tutankamón. Era uno de los abanderados.

—Lo lamento, hijo —se excuso Jalifa, que se acuclilló junto a Alí y le alborotó el pelo—. Tenía que terminar un trabajo. Me hubiese gustado mucho ir. Pero te he comprado una cosa. Y a ti también, Batah.

Jalifa metió la mano en la bolsa de plástico que llevaba, sacó un collar de conchas para su hija y una trompeta de plástico para Alí.

—¡Gracias, papá! —exclamó el pequeño, que empezó a soplar produciendo un ruido estridente.

Batah fue enseguida a mirarse al espejo, y Alí corrió tras ella.

—Es sólo una vez al año, Yusuf —le recriminó Zainab cuando estuvieron a solas—

. Una tarde al año, para ser más exactos. Y les hacía mucha ilusión que los vieses.

—Lo lamento —repitió Jalifa, que fue a tocarle la mano pero ella la retiró. Zainab se levantó y se dirigió hacia la puerta del salón. Antes de cruzarla, se volvió hacia su esposo y dijo:

—Esta mañana ha llamado el comisario.

Jalifa guardó silencio y sacó el paquete de cigarrillos.

—Me ha dicho que está muy contento por tu ascenso —prosiguió ella

—; que eso significa aumento de sueldo, derecho a un apartamento subvencionado y un colegio mejor para los niños. Yo he respondido que era la primera noticia que tenía, y él me ha dicho que pronto llegarías a casa y me lo anunciarías; que era un paso muy importante en tu carrera. Y me lo ha repetido qué sé yo cuántas veces.

—¡Será cabrón!

—¿Qué?

—Me está presionando, Zainab. Trata de presionarme a través de ti.

Hablándote de las ventajas que tiene el ascenso, espera que me convenzas de que lo acepte.

—¿Es que no vas a aceptarlo?

—Es complicado, Zainab.

—¡No fastidies, Yusuf! ¿Qué es lo que ocurre?

Alí empezó a aporrear la puerta.

—¡Mami! ¡Quiero ver la tele!

—Tu padre y yo estamos hablando. Ve a jugar con Batah.

—No quiero jugar con Batah.

—¡Que vayas a jugar con Batah te he dicho, Alí! Y no hagas ruido, no vayas a despertar a Yusuf.

Se oyó un desafiante solo de trompeta y un portazo. Jalifa encendió un cigarrillo.

—Debo volver a El Cairo esta misma noche, Zainab.

Zainab guardó silencio y se arrodilló a su lado, dejando que su melena cubriese sus muslos.

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—¿Qué es lo que ocurre, Yusuf? —preguntó al fin—. Nunca te había visto así. Cuéntamelo, por favor. Tengo derecho a saberlo, sobre todo tratándose de algo que afecta tanto a nuestras vidas. ¿De qué va ese caso?

¿Por qué no quieres aceptar el ascenso?

Jalifa la rodeó con sus brazos y apoyó la frente en su cabeza.

—No es que no quiera decírtelo, Zainab. Es sólo que estoy asustado. Me asusta involucrarte. Es muy peligroso.

—Pues en ese caso aún tengo más derecho a saberlo. Soy tu esposa. Y

lo que te afecte a ti me afecta a mí; y a nuestros hijos. Si se trata de algo peligroso, debo saber qué es.

—Mira, se trata de algo que ni yo mismo acabo de entender con claridad. Lo que sé es que la vida de personas inocentes corre peligro, y soy el único que puede salvarlas.

—Hay algo más, ¿verdad? —preguntó ella al cabo de unos segundos, mirándolo a los ojos.

Jalifa no contestó.

—¿Qué pasa? —insistió Zainab.

—No es lo que supones.

—¿De qué se trata entonces, Yusuf?

—De Saif al-Thar —contestó él.

—Oh, no, Dios mío —exclamó Zainab bajando la cabeza—. Eso pasó.

Se terminó.

—Nunca se ha terminado del todo —replicó él, bajando la vista—. Me he dado cuenta al llevar este caso. Nunca he logrado olvidarlo. Debería haberlos detenido. Debería haber ayudado a Alí.

—Ya lo hemos hablado muchas veces. No habrías podido hacer nada.

—Pero por lo menos debería haberlo intentado. Y no lo hice. Dejé que se lo llevasen. —Jalifa tuvo que hacer un esfuerzo para contener las lágrimas—. No puedo expresarlo con palabras, Zainab. Es como si no consiguiese quitarme un gran peso de encima. Nunca dejo de pensar en Alí, en lo que ocurrió, en que podía haber hecho mucho más de lo que hice. Y

ahora, con este caso, tengo la oportunidad de dejar las cosas en su sitio. Ya sé que eso no va a devolverme a Alí, pero por lo menos remediará parte del mal que se hizo. Y hasta que no lo consiga no acabaré de sentirme...

completo. Una parte de mí seguirá atrapada en el pasado.

—Prefiero tener medio esposo que un esposo muerto.

—Por favor, intenta comprender. He de reflexionar sobre el caso. Es importante.

—¿Más importante que yo y que tus hijos? Te necesitamos, Yusuf —

dijo ella tomando su mano entre las suyas—. No me importa el ascenso. No necesitamos más dinero ni un apartamento mejor. Salimos adelante con lo que tenemos. Lo que me preocupa eres tú, mi esposo, el hombre al que amo. No quiero que te maten. Y te matarán si sigues con esto. Lo presiento.

—Se echó a llorar y hundió la cabeza en el regazo de Jalifa—. Te quiero aquí, con nosotros, a salvo. Quiero que nuestros hijos crezcan y que nosotros envejezcamos juntos.

Desde el dormitorio de Batah les llegaron los estridentes trompetazos de su hijo y, desde la calle, el estruendo de las tracas. Jalifa le acarició la cabeza.

—Para mí no hay nada más importante en este mundo que tú y nuestros hijos —

le susurró—. Nada; ni el pasado ni mi hermano ni, desde luego, mi propia vida. Te

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quiero más de lo que nunca sería capaz de expresar. Haría cualquier cosa por ti; cualquier cosa —añadió alzándole la cabeza—. Dime que deje

el caso, Zainab; dime que lo deje y lo dejaré sin vacilar un momento.

Dímelo.

Zainab le sostuvo la mirada por unos momentos. Luego, se levantó lentamente.

—¿A qué hora sale el tren? —le preguntó.

—El último, a las diez —respondió él.

—Pues entonces tienes el tiempo justo para cenar.

Zainab se echó el pelo hacia atrás y fue derecha a la cocina.

Jalifa salió de casa a las nueve y cuarto. Llevaba una bolsa de viaje con una muda, algo de comer y su revólver, un Helwan 9 mm, el arma reglamentaria del cuerpo de policía. También llevaba ochocientas cuarenta libras egipcias, sus ahorros para hacer el viaje a La Meca. Sentía remordimientos por habérselo llevado, pero era el único dinero en metálico que tenían en casa. Lo necesitaba para ir a donde quería ir. Al margen de lo que ocurriese en los próximos días, se prometió reponerlo cuanto antes.

Giró a la izquierda al llegar a la esquina de su bloque de viviendas y se dispuso a ir a pie a la estación, que estaba a quince minutos andando. Se oían los cohetes y las tracas típicos de las fiestas de Abu Haggag. Por un instante pensó pasar por la comisaría para recoger más cargadores, pero desistió. Corría el riesgo de tropezarse con alguno de sus compañeros, y necesitaba ir a El Cairo sin que nadie lo supiese. Miró el reloj. Eran las nueve y veinte.

A medida que se acercaba al centro de la ciudad las calles estaban más intransitables, sobre todo las de las inmediaciones del templo de Luxor. Los niños, con sombreros festivos, correteaban lanzando petardos; bandas improvisadas, con predominio de tambores y mizmars, tocaban en las aceras. Los vendedores de golosinas no daban abasto. En un pequeño parque contiguo al templo actuaba un grupo de bailarines zikr, dos hileras de hombres que, frente por frente, se movían rítmicamente al compás de los cánticos de un munshid que los dirigía. Una multitud se había congregado para verlos, y Jalifa aminoró el paso, no para observar a los bailarines sino para echar un vistazo a los hombres que lo seguían. No sabía cuántos eran ni desde cuándo, pero no le cabía duda de que iban tras él. A uno de ellos lo identificó al detenerse a comprar cigarrillos; a otro, al apartarse a un lado para no obstaculizar el paso de unos jinetes. Le bastó una fugaz mirada para ver que se escabullían enseguida entre la multitud. Pero, aunque los hubiese descubierto notó que eran expertos, probablemente agentes del Servicio

Secreto, o del Servicio de Inteligencia Militar. No le habría extrañado que lo hubieran estado siguiendo todo el día.

Al llegar al centro del parque miró alrededor. A unos diez metros de él un hombre estaba apoyado en una barandilla. Miraba una y otra vez a Jalifa, quien pensó

que quizá fuese uno de los agentes. Pero enseguida vio que se le acercaba una mujer y que echaban a caminar tomados del brazo.

Jalifa encendió un cigarrillo. Eran las nueve y media y reemprendió el camino. Debía despistarlos antes de llegar a la estación. No tenía modo de estar seguro de quiénes eran ni de lo que querían. Pero estaba seguro de que si sospechaban adónde iba tratarían de impedírselo, y en ese caso no volvería a tener otra oportunidad. Estaba obligado a despistarlos.

Siguió caminando durante un minuto, giró por una esquina y pasó junto a un grupo de niñas que miraba la televisión en la acera. Avivó el paso y giró a la derecha al llegar a otra calle. Dos viejos jugaban al siga en el suelo, utilizando piedras como

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fichas. Aceleró y de nuevo giró a la izquierda al llegar a otra calle, muy sinuosa. A unos veinte metros más adelante había una motocicleta apoyada contra la pared y Jalifa aprovechó para mirar por el retrovisor. Al no ver a nadie, echó a correr. Estuvo zigzagueando unos diez minutos por el barrio sin dejar de mirar hacia atrás hasta llegar a Midan al-Mahatta, la plaza que estaba frente a la estación, con su obelisco rojo y su fuente que nunca parecía funcionar.

Jalifa respiró con alivio y avivó el paso por la avenida sin dejar de mirar hacia todos lados. Junto a una de las entradas de la terminal vio que un hombre vestido con traje lo miraba directamente.

—¡Maldición! —masculló para sí.

El tren de El Cairo ya estaba en la vía. Los pasajeros se apresuraban a subir y los mozos a acercar los equipajes a las puertas. Era imposible subir al tren sin que lo viesen. Miró el reloj. Eran las nueve y cuarenta y tres.

Faltaban diecisiete minutos para que saliese el tren.

Se detuvo por un instante, sin saber qué hacer. Echó de nuevo a andar pero alejándose de la estación, en dirección a Sharia al-Mahatta. Era una idea disparatada pero no se le ocurría nada mejor. Tenía que volver a casa.

Atajó por el laberinto de callejas sin molestarse en mirar atrás, seguro de que lo seguían. En diez minutos llegó al bloque donde vivía. Subió las

escaleras de dos en dos y entró en su apartamento como una exhalación.

—¿Yusuf? ¿Cómo es que has vuelto? —exclamó Zainab al asomarse al salón.

—No tengo tiempo para explicártelo —repuso él, jadeando, a la vez que la llevaba hacia la cocina cogiéndola del brazo. Jalifa consultó el reloj. Eran las 9.53. Abrió la ventana de la cocina y miró hacia el callejón. Tal como supuso, dos hombres montaban guardia entre las sombras, vigilando la entrada trasera del edificio. Tragó

saliva al pensar en los veinte metros que había desde la ventana a la calle. Miró a la azotea de la casa de enfrente, que quedaba justo un poco más abajo del nivel de su ventana, a unos tres metros. Había un largo tendedero de alambres y una puerta que daba a la escalera interior de la casa. Muchas veces se había preguntado si conseguiría saltar de una casa a otra. No tardaría en averiguarlo. Volvió a mirar hacia abajo maldiciendo para sus adentros y luego lanzó a la azotea su bolsa de viaje, que hizo bastante ruido al caer y espantó a unas palomas, que echaron a volar hacia la noche.

—¿Qué vas a hacer, Yusuf? —preguntó Zainab apretándole el brazo—.

¿Por qué

has arrojado la bolsa a la azotea?

Él le acercó la cara con las manos y la besó en la boca.

—No preguntes, porque si me detengo a pensarlo, no lo hago.

Jalifa subió al alféizar y, sujetándose del marco, miró a su esposa.

—Esta noche cierra bien las puertas con llave. Si llama alguien di que me he acostado temprano porque mañana debo ir a Ismailía.

—Yo no quiero...

—¡Por favor, Zainab! No tengo tiempo para discutir. Si llaman, di que no puedes despertarme. Y, por la mañana, ve con los niños a la casa de Hosni y Sama. Quédate allí hasta que me ponga en contacto contigo.

¿Entendido?

Zainab asintió con la cabeza.

—Te quiero, Zainab —susurró él. Volvió a besarla y miró hacia la azotea. Le pareció que estaba más lejos que antes—. Y cierra la ventana enseguida —añadió.

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No tenía tiempo ni para armarse de valor. Musitó una breve plegaria, contó hasta tres y saltó, impulsándose con todas sus fuerzas. Por un instante

tuvo la sensación de detenerse en el aire y luego, con un ruido sordo, aterrizó en la azotea de bruces, haciéndose un rasguño en el codo.

Permaneció inmóvil unos momentos y luego se irguió y miró hacia atrás.

Zainab lo miraba desde la ventana, estupefacta. Jalifa le lanzó un beso, recogió la bolsa y corrió hacia la puerta de la escalera. Volvió a mirar el reloj. Eran las 9.54. Bajó por las escaleras de dos en dos, como un adolescente. La entrada delantera de aquella casa estaba orientada en sentido opuesto a la de la suya. Jalifa pensó que si estaban vigilando la parte delantera y la trasera de su casa, no era lógico que también vigilasen aquélla. No tenía tiempo para cerciorarse de que no había nadie en la calle, y en cuanto llegó a la acera echó a correr hacia el centro de la ciudad. La estación estaba a un kilómetro y medio de allí, y sólo faltaban cinco minutos para la salida del tren. La adrenalina fluía por sus venas como lava.

Al cabo de dos minutos sintió un intenso dolor en el costado izquierdo y, al poco, empezó a faltarle el aire. Pero siguió corriendo, sacando fuerzas de flaqueza. Salió al fin del laberinto de callejas y fue hacia un paso a nivel. A doscientos metros de allí el tren de El Cairo acababa de arrancar y empezaba a salir lentamente de la estación, con el característico chirrido de las ruedas y los topetazos de los parachoques en los primeros metros.

—¡Maldita sea! —exclamó, furioso—. ¡Debe de ser la primera vez que el tren de Luxor sale puntual! ¡Y ha tenido que tocarme a mí!

Siguió donde estaba, recobrando el aliento hasta que el tren llegó casi al paso a nivel. Entonces pasó por debajo de la barrera y echó a correr junto al convoy, entre un alto muro de cemento que quedaba a su izquierda y las enormes ruedas del tren, que le llegaban casi al pecho, a su derecha. Se asió a la barra metálica de una de las puertas pero no logró resistir el tirón y tuvo que soltarse. La distancia que separaba el tren del muro era cada vez menor, y cincuenta metros más adelante ya no quedaba espacio para pasar. Se agarró desesperadamente a la barra de otra puerta y logró saltar al estribo. Con un supremo esfuerzo, abrió la puerta, la cerró al instante e irrumpió en la plataforma. Pasó al vagón trastabillando y se dejó caer en un asiento, jadeante.

—¿Se encuentra bien? —le preguntó el hombre que iba sentado enfrente.

—Sí —contestó Jalifa sin resuello. Le ardían los pulmones—. Sólo necesito... Necesito...

—¿Un poco de agua?

—No, un cigarrillo.

A través de la ventanilla se veían los edificios de Luxor retroceder hacia la noche, a medida que el tren aceleraba rumbo a El Cairo.

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En el desierto occidental

—No voy a dejar que me viole, Daniel.

Las dos horas casi habían pasado. Habían sido las peores de su vida, una tortura que se recrudecía a medida que el reloj desgranaba los minutos y la acercaba a la hora del encuentro con Dravic. Se sentía como si la corriente de un río la arrastrase hacia una catarata, y no tuviese de dónde asirse.

Comprendió cómo debía de sentirse un condenado a muerte a medida que se acercaba la hora de su ejecución.

—No voy a dejar que me viole —repitió poniéndose en pie, pues estaba demasiado nerviosa para seguir sentada—. Antes muerta.

Daniel guardó silencio. La miró al resplandor de la llama de la lámpara.

Quería decirle algo, pero no le salían las palabras. El centinela los miró, impasible. Tara empezó a pasear de un lado a otro de la tienda, mirando continuamente el reloj, con impotencia. Hacía frío en la tienda, y Tara empezó a temblar.

—Tal vez no lo haga —dijo él tratando de tranquilizarla.

—¡Lo hará! —le espetó ella en tono áspero—. ¿Acaso crees que me quiere para que hablemos de arqueología? —añadió, sarcástica.

Daniel bajó la vista.

—Perdona —se excusó Tara—. Es que estoy aterrada.

Daniel se levantó, la rodeó con los brazos y la atrajo hacia sí con fuerza.

Ella se aferró a él como una niña, desesperada, con los ojos llenos de lágrimas.

—Cálmate —le susurró él—. No te preocupes.

—No, Daniel. Nada volverá a ser igual entre nosotros si me viola. No podría soportarlo. Me sentiría sucia durante el resto de mi vida.

Daniel estuvo tentado de decirle que poco podía importar, puesto que iban a matarlos a los dos. Pero se abstuvo. Le acarició el pelo y la abrazó.

Tara no dejaba de temblar. Siguieron abrazados hasta que oyeron pasos.

Alguien descorrió la cortina de la entrada y le dijo algo al centinela, que se levantó y le indicó

a Tara por señas que saliese.

Daniel se interpuso entre ella y el centinela, que apremió a Tara. Pero al ver que no se movía alargó una mano hacia ella. Daniel fue a sujetársela, pero el centinela le dio un culatazo y lo derribó. Se echó encima de él y le apuntó al pecho. Su compañero agarró a Tara de un brazo y tiró de ella en dirección a la entrada.

—Oh, Tara, lo siento —exclamó Daniel en tono quejumbroso—. Lo siento.

—Te quiero —dijo ella con un hilo de voz—. Siempre te he querido.

Siempre. La sacaron a la fuerza de la tienda y la llevaron a rastras a través del campamento. Uno de los centinelas le tiraba de un brazo y el otro la empujaba por detrás con la culata del fusil. Tara forcejeaba con furia, lanzando patadas y tratando de morderles. Pero todo resultaba inútil. Eran demasiado fuertes para ella. Más adelante, la gran roca en forma de pirámide resplandecía con la luz de los focos.

Llegaron a otra tienda, más grande que la que les había servido de celda.

Uno de los centinelas dijo algo y la empujaron al interior. Tuvo la sensación de entrar a la más lóbrega mazmorra.

—Buenas noches —la saludó Dravic en tono sarcástico—. Encantado de verte.

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El alemán estaba sentado en una silla con asiento de lona junto a una mesa de caballete, de madera. Con una mano sujetaba un vaso y con la otra un puro a medio fumar. Encima de la mesa tenía una botella de vodka por la mitad. Su mejilla pálida estaba ahora colorada, como si el melanoma que le cubría la otra empezara a extenderse. La tienda apestaba a humo de cigarro y a sudor. Tara se estremeció, asqueada y aterrorizada.

Dravic dijo unas palabras en árabe y los centinelas se alejaron de la tienda.

—¿Una copa?

Tara meneó la cabeza. Notaba tal opresión en el pecho que temió que le fuese a estallar. Dravic apuró el vaso y se sirvió otro, que vació de un trago.

Luego dio una profunda calada al puro.

—Pobrecita Tara —dijo con una sonrisa—. Apuesto a que darías cualquier cosa por no haberte mezclado en esto. ¿A que sí? Dentro de unos minutos lo veremos —

agregó, y se echó a reír.

—¿Por qué me han traído aquí? —preguntó Tara con aspereza. Dravic advirtió lo aterrorizada que estaba y soltó otra carcajada.

—¿De verdad es necesario que te lo diga?

Volvió a llenarse el vaso y de nuevo se lo bebió de un trago. Tara miró alrededor en busca de algo que pudiese utilizar como arma. Vio la chaqueta de Dravic, de uno de cuyos bolsillos asomaba la paleta, y movió ligeramente el cuerpo hacia ella.

—Adelante —dijo él—. Inténtalo. Me encantaría. Si no hay lucha no tiene gracia. Tara se abalanzó hacia la chaqueta y agarró la paleta, a la vez que retrocedía, dirigiendo la punta hacia el alemán.

—Si se acerca a mí, lo mataré —masculló.

Dravic dejó el vaso a un lado y se levantó, tambaleándose un poco. Tara reparó

en el bulto de su entrepierna. Se le hizo un nudo en la garganta, como si la estrangulasen. Él se le acercó haciendo humear el cigarro.

—Lo mataré —repitió ella, amenazándola con la paleta.

Lo tenía casi encima. Su cabeza apenas le llegaba al pecho. Los brazos del alemán eran casi tan gruesos como sus muslos. Tara siguió retrocediendo hacia el fondo de la tienda, sin dejar de amenazarlo.

—¡Apártese de mí! —exclamó, frenética.

—Voy a hacerte sufrir —dijo él entre dientes—. Voy a hacerte sufrir mucho. Tara fue a clavarle la paleta, pero él le sujeto el brazo con facilidad y se lo retorció hasta obligarle a soltarla. Ella se arrimó a la lona, desesperada, pensando en darle un rodillazo en la entrepierna, pero el terror la paralizaba. Dravic inclinó la mole de su cuerpo hacia ella, alargó una mano y le rasgó el delantero de la blusa, dejando sus pechos al descubierto.

Ella se apartó a un lado protegiéndoselos con los brazos.

—¡Animal! —le gritó—. ¡Horrible y repugnante animal!

Dravic le propinó un puñetazo en un lado de la cabeza que la arrojó al suelo. Aturdida, advirtió que iba a echársele encima, y a continuación notó el peso de su cuerpo, a horcajadas de su cintura. No la dejaba respirar.

Él se quitó el puro de la boca, se inclinó hacia delante y le tocó el cuello con la brasa. Tara gritó y forcejeó para quitarse a Dravic de encima, pero pesaba demasiado. El alemán volvió a acercarle la brasa y se la aplicó a un antebrazo y un pecho. Tara gritaba, y con cada grito él soltaba una carcajada. Luego dejó el cigarro a un lado y 211

empezó a sobarle los pechos, apretándoselos. Acto seguido, gruñendo como un cerdo, empezó a morderle el cuello y los hombros hasta hacerla sangrar. Pero Tara se las arregló para soltarse una mano y, con todas sus fuerzas, le metió el pulgar en un ojo. Dravic echó el cuerpo hacia atrás, rugiendo de dolor.

—¡Puta asquerosa! —gritó—. ¡Lo vas a pagar!

La abofeteó tres veces, con tal violencia que la dejó sin aliento. Tara notó que la embestía por la entrepierna y oyó el ruido de la hebilla del cinturón al desabrochársela, aunque el sonido le llegó extrañamente amortiguado. Se sentía como si hubiese salido de su cuerpo y estuviese a su lado, mirando, presenciando la violación más que siendo víctima de ella.

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Dravic se bajó la cremallera, la agarró por las nalgas y empezó a bajarle los tejanos.

«Me va a violar —pensó Tara—. Dravic me va a violar y no podré evitarlo.»

Vio la paleta en el suelo, a tres metros de donde estaban, y estiró un brazo tratando de cogerla, aunque sabía que era imposible. «Será espantoso», se dijo, aterrada.

Dravic la agarró por el pelo y le tiró la cabeza hacia atrás al tiempo que le bajaba los pantalones y las bragas. Ella cerró los ojos y apretó los dientes, aguardando el asalto final.

Pero no se produjo. Notaba el peso de Dravic encima de ella, sus dedos crispados en sus nalgas. Pero advirtió que quedaba inmóvil.

—Vamos —dijo Tara—, termine de una vez.

El alemán seguía sin moverse. Tara abrió los ojos y al volver la cabeza lo vio mirar hacia la entrada, como si escuchase algo atentamente. También ella prestó

atención. Sólo se oía un confuso runrún. Luego, gradualmente, como si sintonizasen una radio, el sonido llegó con más claridad. Eran gritos; voces estentóreas. Dravic continuó inmóvil por un instante y luego, maldiciendo entre dientes, se levantó y se abrochó el cinturón. Los gritos aumentaban de intensidad por momentos. Tara no entendía lo que decían. Dravic recogió la paleta del suelo, miró a Tara y salió

de la tienda.

Tara tenía la cara tumefacta y tres dolorosas quemaduras, en un antebrazo, en el cuello y en un pecho. Pero se sobrepuso al dolor, se levantó y se subió los tejanos. Siguió allí sin atreverse a moverse, y al cabo de unos minutos entró un centinela, que le dirigió una mirada condolida, como si desaprobase lo que Dravic había hecho y quisiera que lo supiese. A continuación le indicó por señas que saliese de la tienda. No vio a Dravic.

Ni a nadie. El campamento había quedado desierto como por ensalmo. El centinela señaló con el cañón de su fusil hacia el montículo al que habían subido antes. Al llegar a lo alto de éste vio que Daniel ya estaba allí, flanqueado por dos hombres.

—¡Oh, Dios! —exclamó él al verla y reparar en que llevaba la blusa rasgada y tenía la cara tumefacta—. ¿Qué te ha hecho ese hijo de puta? —

Pasó entre los centinelas, corrió hacia ella y la abrazó—. ¡Lo mataré!

¡Mataré a ese animal!

—Estoy bien, Daniel —lo tranquilizó ella—. Estoy bien...

—¿Te ha...?

Tara negó con la cabeza.

—Te he oído gritar. Quise hacer algo, pero me tenían encañonado. Lo lamento, Tara.

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—No ha sido culpa tuya, Daniel.

—¡Lo mataré! ¡Los mataré a todos!

Daniel la oprimía con tal fuerza que le hacía daño, y lo apartó.

—Estoy bien —repitió—. De verdad. ¿Qué han sido esos gritos? ¿Qué ocurre?

Daniel observaba sus quemaduras con expresión de culpabilidad.

—Creo que han encontrado algo —musitó—. Dravic ha bajado a la fosa. Tara lo cogió de la mano y dieron dos pasos hacia donde se hallaban los centinelas. Desde que estuvieron allí por la tarde, habían excavado un profundo cráter que dejaba ver la roca de la base de la pirámide, que semejaba la cara de una muela. Veían a Dravic de perfil, arrodillado, excavando con su paleta. Sus hombres lo miraban expectantes. La tibia y blanca luz de los focos confería a la escena un aire espectral.

—¿Qué han encontrado? —preguntó Tara.

—No lo sé —respondió Daniel-. Estamos demasiado lejos.

Dravic dio una voz y uno de sus hombres le lanzó un cepillo. El alemán lo cogió

al vuelo y empezó a retirar arena de un rodal que tenía delante de las rodillas. Al cabo de un minuto dejó el cepillo a un lado y siguió excavando con la paleta. Fue alternando ambos útiles para retirar gravilla y arena, hasta dejar al descubierto algo que Tara no lograba ver.

Minutos después el objeto asomó un poco más y Tara observó que tenía una forma semicircular. Dravic siguió retirando gravilla y arena hasta que, al fin, dejó a un lado sus instrumentos, agarró el objeto con las manos y tiró hacia arriba. Sin embargo, no consiguió moverlo. Tuvo que volver a echar mano del cepillo y la paleta. A pesar de lo que Dravic acababa de hacerle, Tara permanecía expectante. Daniel se había olvidado de su furia y estiraba el cuello intentando ver de qué se trataba. El alemán volvió a dejar a un lado los útiles, y de nuevo tiró del objeto, que seguía resistiéndosele.

Entonces retrocedió un paso y lo agarró con ambas manos. Echó el cuerpo hacia atrás con tal fuerza que se le hincharon las venas del cuello. Tara tuvo

la sensación de que lo que estaba viendo no era real, sino una fotografía.

Lentamente, centímetro a centímetro, el objeto empezó a surgir de su prisión de arena. Daniel dio un paso hacia delante. El desierto parecía reacio a revelar su tesoro, hasta que, de pronto, entre una lluvia de arena apareció un escudo, enorme, redondo, pesado, cuya cara convexa reflejaba la luz de los focos. Dravic lo sostuvo en alto y sus hombres prorrumpieron en gritos de júbilo.

—¡Os he encontrado, cabrones! —bramó Dravic—. ¡El ejército de Cambises! ¡Al fin lo he encontrado!

Sostuvo en alto el escudo con expresión triunfal y a continuación procedió a impartir órdenes a gritos. Sus hombres corrieron hacia la fosa.

Se llevaron el escudo y volvieron a conectar los aspiradores.

—¡Vamos! ¡Rápido! —bramó Dravic.

Durante unos minutos no extrajeron más que arena. Empezaron a temer que el escudo sólo fuese un objeto aislado, dejado allí por el desierto para seducirlos y tentarlos. Pero luego empezaron a aparecer otras formas. Al principio sólo montículos y crestas, bultos irreconocibles en la lisa superficie. Pero, a medida que los aspiradores absorbían más arena, las formas empezaron a ser reconocibles. Eran cuerpos, docenas de cuerpos, centenares de cuerpos, con la carne seca y endurecida tras permanecer sepultados durante milenios. Más que cadáveres parecían ancianos arrugados; un ejército de ancianos, indescriptiblemente viejos, asomando de la arena

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con los petos ceñidos. Lo más extraordinario era que sus caras tenían expresión; de terror, de dolor, de pánico, de furia. Uno de ellos parecía estar gritando, otro llorando, otro riendo enloquecido con la boca abierta y la garganta llena de arena, mirando al cielo.

—¡Dios santo! —musitó Tara—. Es...

—Fabuloso —dijo Daniel, entusiasmado.

—Es... espantoso.

La mayoría de los cuerpos yacían aplastados por el descomunal peso de la arena. Pero algunos estaban de rodillas y otros de pie, protegiéndose la cara con los brazos, sepultados tan súbitamente que ni siquiera habían tenido tiempo de caer. A medida que sacaban los cuerpos, varios hombres vestidos con túnicas negras se acercaban al borde de la fosa, como buitres.

Les quitaban el peto y se lo pasaban haciendo cadena hasta donde habían

dispuesto cajas para cargarlo todo. Algunos cuerpos se partían literalmente al ser izados sin contemplaciones, y saltaba un brazo o una pierna, igual que si se tratara de ramas rotas.

—¡Quitádselo todo! —gritó Dravic—. ¡No les dejéis nada! ¡Lo quiero todo! ¡Todo!

Al cabo de una hora, los hombres de Dravic excavaban en todas direcciones, exhumando más cuerpos. El alemán iba de un lado a otro dando órdenes, examinando objetos, dirigiendo a los que manejaban los aspiradores.

—Ya le dije que lo encontraría, Lacage —gritó en tono de júbilo mirando a Daniel y a Tara—. ¡Se lo dije!

Daniel guardó silencio. No pudo evitar dirigirle una mirada cargada de odio y también (o por lo menos eso le pareció a Tara) de cierta envidia.

—No podía matarlo sin darle la oportunidad de verlo. No soy tan cruel

—dijo el alemán, que se echó a reír y ordenó a sus hombres que volvieran a conducirlos a la tienda—. Ah, señorita Mullray.. Nuestra pequeña velada no ha sido anulada, sólo pospuesta. Volveré a mandar llamarla. Después de tanto trabajo necesitaré dormir con algo cálido y terso a mi lado.

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En el norte de Sudán

El muchacho lo vio de pie en lo alto de una duna, mirando la oscuridad nocturna, hacia el este. Se acercó a él y dijo:

—Han encontrado el ejército, maestro. El doctor Dravic acaba de comunicarlo por radio.

Saif al-Thar continuó mirando la lejanía. La luz de la luna hacía resplandecer las dunas, que semejaban un mar de mercurio.

—Esto es el final del principio, Mehmet —dijo la Espada Vengadora con voz queda—. En adelante, cambiarán muchas cosas; tanto, que a veces me asusta.

—¿Le asusta, maestro?

—Sí, Mehmet. Incluso yo, soldado del Señor, puedo sentir miedo. Me asusta la responsabilidad que me ha sido encomendada. Muchas son las tareas que hay que cumplir, y a veces me gustaría echarme y dormir. Hace mucho que no duermo, Mehmet. Años. Desde que era niño.

Saif al-Thar cruzó las manos a la espalda. Empezaba a levantarse viento. El muchacho tenía frío.

—Mañana atravesaremos la frontera. A media mañana. Informa al doctor Dravic.

—Sí, maestro.

Mehmet dio media vuelta y empezó a descender la duna; pero al llegar a la mitad de la pendiente se detuvo y miró hacia atrás.

—Saif al-Thar —dijo—. Eres como un padre para mí.

—Y tú eres como un hijo para mí —correspondió Saif al-Thar sin desviar la mirada.

Su voz era apacible, apenas un susurro, y sus palabras se desvanecieron en la noche sin que Mehmet llegase a oírlas.

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El Cairo

La capital egipcia era, en la práctica, el único punto de partida para el viaje que Jalifa pretendía emprender. La alternativa habría sido ir en coche desde Luxor a Ezba el-Gaga y de ahí seguir por la autopista del desierto, pasar por los oasis de Al-Jarga y de Dajla, antes de desviarse hacia AlFarafra por carreteras pésimas y muy vigiladas por la policía, y que a menudo resultaban impracticables a causa de los deslizamientos de arena.

De modo que optó por partir de El Cairo, entre otras cosas porque allí era donde estaba Abdul.

Su tren entró en la estación Ramsés poco después de las ocho de la mañana. Jalifa saltó al andén antes de que el convoy se hubiese detenido por completo y, cruzando a toda prisa el amplio vestíbulo de mármol, paró un taxi y pidió al conductor que lo llevase a Midan Tahrir.

Había dispuesto de diez horas para pensar bien lo que iba a hacer, y más de una vez lo habían asaltado las dudas. Pero las desechó y se centró en el viaje que iba a emprender, siempre y cuando Abdul siguiese organizando viajes por el desierto, claro estaba.

Cruzó la plaza, esquivando el tráfico al ir de una isleta a otra y enfiló Sharia Talaat Harb. Se detuvo frente a un local en cuyo escaparate se leía

«Abdul Wassami Tours. Los mejores de Egipto». Debajo, en un expositor, figuraba la lista de los distintos viajes que ofrecía, incluyendo, para alivio de Jalifa, uno que anunciaba con estas palabras: «Sensacional aventura de cinco días por el desierto, con acampada bajo las estrellas y exóticas danzas del vientre».

Estaba visto que Abdul no había perdido su talento de vendedor. Jalifa abrió la puerta y entró.

Abdul Wassami el Gordo era amigo del inspector desde sus tiempos de Gizeh. Allí

habían vivido casi puerta con puerta y habían crecido juntos. Habían asistido a la misma escuela donde, desde temprana edad, Abdul había dado muestras de tener grandes aptitudes para los negocios: en vísperas de exámenes había llegado a venderles a los compañeros un tónico milagroso, hecho a base de Coca-Cola y jarabe para la tos; y a cobrarles diez piastras por visitas acompañadas al dormitorio de su hermana mayor, Fátima, que, a diferencia de él, era alta, estilizada y muy bonita. Los años lo habían hecho menos dado a las artimañas, pero no menos avispado; y, tras una temporada durante la que se dedicó a exportar dátiles libios a la ex Unión Soviética, se había establecido por su cuenta y fundado una agencia de viajes. Ahora, Jalifa sólo lo veía muy de vez en cuando, pero eso no impedía que se sintieran buenos amigos, y al entrar en el local oyó una exclamación de júbilo procedente de detrás del mostrador.

—¡Yusuf! ¡Qué maravillosa sorpresa! ¡Eh, chicas, saludad a Yusuf Jalifa, uno de mis más antiguos e íntimos amigos!

Tres chicas, todas ellas jóvenes y bonitas, apartaron la vista de sus ordenadores y sonrieron. Abdul se acercó a Jalifa y le dio un asfixiante abrazo.

—Fíjate en Rania —le susurró Abdul al oído—, la de la izquierda, con esas grandes... ya sabes. Tiene la mollera más dura que la basbousa, pero...

¡qué

cuerpazo! ¡Mírala!

Abdul soltó a Jalifa y se volvió hacia las chicas.

—Rania, encanto, tráenos té, por favor.

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La joven se levantó con una sonrisa y fue a la trastienda contoneándose provocativamente. Abdul la siguió con la mirada como hipnotizado, hasta que hubo desaparecido por la puerta de la trastienda donde tenía una cocinilla.

—La puerta del Paraíso —dijo Abdul tras soltar un suspiro—. ¡Menudo trasero!

Abdul condujo a Jalifa hacia una hilera de sillones y se sentaron.

—¿Qué tal está Zainab? —preguntó.

—Bien, gracias. ¿Y Yamila?

Abdul se encogió de hombros.

—Supongo que bien —respondió—. Últimamente se pasa todo el tiempo en casa de su madre. Comiendo. ¡Dios, cómo come! A su lado, tengo la sensación de estar haciendo huelga de hambre. Ah, ¿sabes qué?

Voy a abrir una sucursal en Nueva York. Jalifa sonrió. Porque, desde que lo conocía, Abdul siempre estaba a punto de abrir una sucursal en Nueva York.

El inspector encendió un cigarrillo justo en el momento en que Rania se acercaba con una bandeja. La joven dejó dos vasos de té en la mesa de centro que estaba frente a los sillones y volvió a su ordenador. Abdul la siguió de nuevo con la mirada, admirando las bondades de su físico.

—Verás, Abdul, necesito un favor —dijo Jalifa.

—Cuenta con ello —repuso Abdul distraídamente.

—Necesito que me prestes un todoterreno.

—¿Que te lo preste? —exclamó Abdul, sobresaltado.

—Sí, que me lo prestes.

—Dirás que te lo alquile.

—No. Que me lo alquiles, no; que me lo prestes.

—O sea, ¿gratis?

—Exactamente. Lo necesito durante cuatro o cinco días. Uno que esté equipado para circular sin problemas por el desierto.

Abdul frunció el entrecejo. No le hacía ninguna gracia hacer nada gratis.

—¿Y para cuándo lo necesitas?

—Ahora mismo.

—¡Ahora mismo! —exclamó Abdul, y soltó una carcajada—. Me encantaría ayudarte, Yusuf, pero es imposible. Los cuatro todoterrenos que tengo están en Bahariya. Cualquiera de ellos tardaría por lo menos un día en llegar a El Cairo, o más, si están haciendo alguna excursión, y creo que los cuatro están ocupados ahora. Si tuviese uno aquí, te lo prestaría. Por algo somos amigos. Pero, como verás, es imposible.

Se inclinó hacia delante y bebió un sorbo de té.

—Está el del garaje —dijo Rania tras un breve silencio. Abdul estuvo a punto de atragantarse.

—El nuevo que nos enviaron el lunes —añadió la joven—. Tiene el depósito lleno y está listo para partir.

—Sí, pero ése no puede ser —dijo Abdul—. Está alquilado.

—No, no lo está —replicó Rania.

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—¡Ya lo creo que está alquilado! —insistió Abdul, fulminándola con la mirada—. A... ese grupo de italianos.

—Creo que no, señor Wassani. Espere, que lo miraré en el ordenador.

—Ya te he dicho que es imposible, porque ése.... —dijo Abdul mirando a Jalifa.

—¡Aja! —exclamó Rania en tono triunfal-. Ya sabía que no estaba alquilado. Y no lo estará en los próximos cinco días, que es justo lo que necesita su amigo. ¿A que es una suerte?

La joven les dirigió una abierta sonrisa; y también sonrió Abdul, aunque forzadamente.

—Sí, encanto, estupendo. —Se llevó las manos a la cara, suspiró y luego añadió

en tono casi inaudible—: Lo dicho, tiene la mollera más dura que la maldita basbousa. El todoterreno, un Toyota, estaba en un garaje a dos manzanas de la agencia. Un vehículo de forma cúbica, de color blanco, con parachoques muy sólidos en la parte delantera, dos ruedas de recambio en la parte trasera y ocho latas sujetas con un pulpo en la baca. Era justo lo que Jalifa necesitaba. Abdul lo sacó del garaje y lo estacionó junto al bordillo.

—Cuídamelo, ¿eh? —le suplicó a Jalifa—. Es nuevo. Hace sólo dos días que lo tengo. Prométeme que lo tratarás bien.

—Por supuesto.

—Me ha costado cuarenta mil dólares. Y eso con descuento. Cuarenta mil dólares. Debo de estar loco por dejártelo; loco de remate.

Abdul bajó del vehículo y mostró a Jalifa las distintas características de su nueva adquisición, insistiendo una y otra vez en lo intranquilo que se quedaba por el temor a que no se lo devolviese entero.

—Tiene tracción a las cuatro ruedas, claro está; dirección manual, motor refrigerado por agua, bomba de combustible eléctrica. Es de lo mejor que hay —

explicó con el talante de un vendedor de coches—. Te lo presto completamente equipado, con latas de combustible, bidones de agua, caja de herramientas, mapas, raciones de comida para casos de.emergencia, bengalas, prismáticos y... —Abdul se acercó a la guantera y sacó lo que parecía un teléfono móvil grande con pantalla de cristal líquido y antena—.

Un GPS portátil.

—¿Un GPS? —dijo el inspector en tono inquisitivo.

—Son las siglas de Global Positioning by Satellite. Te indica tu posición exacta en cualquier momento y, si introduces las coordenadas de un lugar al que quieras llegar, te indica a qué distancia está y en qué dirección. Hay un manual de instrucciones en la guantera; son muy sencillas. Hasta yo sé manejarlo. —Abdul volvió a dejar el GPS

en la guantera y, a regañadientes, le entregó las llaves a Jalifa—. No esperarás que pague la gasolina, ¿verdad?

—No, claro que no, Abdul —repuso Jalifa subiendo al vehículo.