El Enigma de Cambises

Paul Sussman · Capítulo 3 de 4 · parte 3/4

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El Enigma de Cambises

—Ya sé que no es lo reglamentario…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

—¿No quiere usted ese ascenso, Jalifa?

—¿Por qué no voy a quererlo?

—Es que... no me parece que se haya alegrado mucho; ni tampoco que lo agradezca demasiado.

El comisario puso especial énfasis en las dos últimas palabras, como si invitara a Jalifa a tomar buena nota.

—Lo agradezco, señor comisario, pero la vida de dos personas corre peligro. No puedo desaparecer por las buenas, ir a Ismailía y quedarme allí tres días. Hassani asintió con la cabeza, como si supiese perfectamente a qué se refería el inspector.

—¿Cree que no podremos arreglárnoslas sin usted? —le dijo.

—No, señor comisario. Es que...

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—¿Supone que la brigada no sabrá qué hacer en su ausencia?

—Señor comisario...

—¿Acaso cree que es usted el único que vela por la ley y el orden, que se preocupa por el bien y el mal? —le espetó Hassani en un tono de voz cada vez más alto. Estaba tan exasperado que se le marcaba una vena del cuello—. Pues déjeme que le aclare una cosa: he consagrado toda mi vida al bien de este país, y no voy a tolerar que un mierda como usted pretenda ser el único que se preocupa por él —

añadió jadeante—. Ya ha conseguido lo que quería. Ha logrado su puto ascenso. Mañana, si sabe lo que le conviene, irá usted a Ismailía. Y no hay nada más que hablar.

El comisario echó el sillón hacia atrás, se levantó y fue hasta la ventana.

Se detuvo a mirar hacia el exterior de espaldas a Jalifa, haciendo crujir los dedos de una mano.

Jalifa encendió un cigarrillo sin molestarse en pedirle permiso.

—¿Quién le ha mandado... hacer esto, señor?

Hassani no contestó.

—Ése ha sido el trato, ¿eh? Me ascienden y, a cambio, me olvido de la investigación. Ése ha sido el pacto, ¿no? O sea, un soborno.

Hassani hacía crujir los nudillos con tal fuerza que parecía que fuesen a dislocársele los dedos. Se volvió lentamente.

—No me gusta usted, Jalifa —masculló—. Nunca me ha caído bien, ni nunca me caerá. Es usted arrogante, insubordinado; un puto incordio. —Dio un paso hacia el inspector apretando los dientes como un boxeador que saltase al ring y añadió—: También es usted el mejor detective del cuerpo.

No crea que no lo sé. Y, aunque no se lo crea, nunca le he deseado ningún

mal. De modo que escúcheme con atención: acepte el ascenso, vaya a Ismailía y olvídese del caso. Porque, créame, si no lo hace, no tendré modo alguno de protegerlo.

Miró fijamente a Jalifa por unos momentos y a continuación volvió a darle la espalda, mirando hacia la ventana.

—¡Y cierre la puerta al salir!

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En el desierto occidental

Lo primero que notó Tara fue el calor. Era como si ascendiese desde las profundidades de un gélido lago y el agua fuese aumentando de temperatura hasta hervir al llegar a la superficie. Estaba segura de que si seguía allí mucho tiempo se cocería viva. Trató de nadar hacia abajo, de sumergirse hacia las frías profundidades del lago. Pero su cuerpo parecía haber adquirido una insólita capacidad de flotación y, por más que lo intentaba, no conseguía sumergirse más que unos centímetros. Forcejeó durante unos momentos, porfiando por descender, pero inútilmente, hasta que al fin desistió y poniéndose boca arriba se resignó a cocerse. Abrió los ojos.

Estaba en el interior de una tienda. A su lado, mirándola, se encontraba Daniel, acariciándole la cabeza.

—Bienvenida —le dijo.

A Tara le dolía la cabeza. Sentía la boca seca como si la tuviese llena de papel. Permaneció inmóvil por unos segundos y luego trató de incorporarse.

A dos metros de ellos, junto a la entrada de la tienda, vio a un hombre sentado con una metralleta en el regazo.

—¿Dónde estamos? —musitó Tara.

—En el desierto occidental —contestó Daniel-. En el Gran Mar de Dunas, creo que entre Siwa y Al-Farafra.

Tara casi no podía respirar. El aire le abrasaba la boca y la garganta como si bebiese lava. Apenas veía nada a través de la entrada de la tienda, sólo una franja de arena. Oía gritos y el ruido de unos generadores. Estaba sedienta.

—¿Qué hora es? —preguntó. Daniel miró el reloj.

—Las once —respondió.

—Me han traído en el maletero de un coche —dijo Tara tratando de poner en orden sus ideas—. Y luego en un helicóptero.

—Yo no recuerdo nada —dijo él encogiéndose de hombros—, sólo la tumba. Levantó la mano lentamente y se tocó el lado derecho de la cabeza.

Le habían limpiado la sangre que Tara le había visto en la mejilla y en el cuello, a no ser que lo hubiese soñado. Tara deslizó una mano por la alfombra y le tocó los dedos.

—No sabes cuánto lo lamento, Daniel. No debería haberte mezclado en esto.

—Me he mezclado yo solo —dijo él con una sonrisa—. No ha sido culpa tuya.

—Tendría que haberte hecho caso y dejar la tablilla en Saqqara.

—Quizá —dijo él, y le dio un beso en la frente—, pero no te habrías divertido tanto. Trabajando en las excavaciones nunca me lo he pasado tan bien. Además, no viene mal estar mezclado en el mayor descubrimiento arqueológico de la historia. Merece la pena, aunque sea a costa de un buen coscorrón.

Tara comprendió que trataba de animarla y procuró que Daniel creyese que sus palabras surtían efecto. Pero lo cierto era que estaba asustada y desesperanzada; y, aunque bromease, tenía la certeza de que Daniel se sentía igual. Lo veía en sus ojos y en cada uno de sus gestos.

—Van a matarnos, ¿verdad? —dijo Tara.

—No necesariamente. Tenemos muchas probabilidades de que, una vez que encuentren al ejército...

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Tara lo miró fijamente.

—Van a matarnos, ¿verdad? —repitió.

—Sí —repuso Daniel al cabo de unos segundos, con la cabeza gacha—.

Es lo más probable.

Ambos se sumieron en un largo silencio; Daniel inclinado hacia delante, abrazándose las piernas y con el mentón apoyado en las rodillas. Tara se levantó y estiró las piernas. Le palpitaban las sienes. El centinela no les quitaba ojo, impasible. No se molestaba en apuntarles, y por un instante Tara pensó que podían desarmarlo y escapar. Pero desechó la idea casi de inmediato, porque, aunque lograsen salir de la tienda, ¿adónde podrían ir?

Se hallaban en pleno desierto. Aquel centinela tenía una misión sólo disuasoria, pues sus auténticos carceleros eran la arena y el calor. Sintió ganas de echarse a llorar, pero tenía los ojos tan secos que no le habrían salido las lágrimas.

—Estoy muerta de sed —musitó.

—Ehna aatzanin. Aazin mayya —le dijo Daniel al centinela, que los miró y después, sin apartar la mirada de ellos, le gritó algo a un compañero que debía de estar vigilando fuera. Al cabo de unos minutos, un hombre entró en la tienda con una jarra de barro y se la tendió a Tara, que se la acercó a la boca. El agua estaba caliente y sabía a arcilla, pero bebió con avidez. Dio cuenta de la mitad de la jarra y luego se la pasó a Daniel, que bebió el resto.

Oyeron el sonido de los rotores de un helicóptero, cuyo paso hizo vibrar la tela de la tienda.

A medida que avanzaba la mañana arreciaba el calor. El sudor de la cara y del cuello de Tara se secaba casi al instante de brotar. Daniel estuvo dormitando un rato con la cabeza recostada en el regazo de Tara.

Más helicópteros sobrevolaron el campamento. Al cabo de aproximadamente una hora relevaron a su centinela y les llevaron comida (verdura cruda, queso y pan sin levadura, agrio, seco y difícil de tragar), pero ni Tara ni Daniel tenían apetito, y apenas comieron. El nuevo centinela era tan taciturno e impasible como el compañero al que había relevado.

Tara se dijo que debía de haberse quedado dormida, porque de pronto advirtió

que les habían retirado la comida y que había vuelto el primer centinela.

Lo miró

fijamente a los ojos tratando de establecer alguna comunicación, pero él se mostró

tan impasible y frío como antes.

—Me parece que es inútil tratar de comunicarse —dijo Daniel-. Para ellos somos como animales. Peor aún: somos kufr, infieles.

Tara volvió a acostarse, dándole la espalda al centinela, y cerró los ojos.

Trató de pensar en su apartamento, en el terrario del zoo donde trabajaba, en Jenny, en el vivificante frío de las tardes de diciembre en Brockwell Park, en cualquier cosa que la distrajese del presente; pero no lograba concentrarse en nada. Las imágenes que se formaban en su mente se disipaban casi al instante, salvo una: el rostro de Dravic devorándola con los ojos, con su mirada repugnante y lasciva. Se removió varias veces, inquieta. Finalmente, se incorporó y hundió la cara entre las manos, desesperada.

A primera hora de la tarde, con un calor y un aire tan sofocantes que Tara creyó

que ya no lo soportaría más, un hombre asomó la cabeza por la entrada de la tienda y le dijo algo al centinela, que se levantó y, apuntándoles con la metralleta, les indicó

que saliesen.

Daniel y Tara se miraron, se pusieron en pie y salieron de la tienda.

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La luz del sol era tan intensa que tuvieron que entornar los ojos para evitar que los deslumbrara.

La tienda formaba parte de un gran campamento instalado en el centro de un valle que se extendía entre dos dunas; la que quedaba a su izquierda era mucho más empinada que la que había a su derecha. Por todas partes había bidones de petróleo, sogas, balas de paja y cajones de madera para embalaje. Un helicóptero los sobrevoló

a baja altura, con una red llena de cajones y bidones colgando de su panza. El aparato fue descendiendo hasta posarse en un rodal de arena, donde una docena de hombres con túnicas negras se arremolinaron alrededor, descargaron el equipo y se alejaron.

Tara apenas reparó en nada de todo ello, porque lo que llamó su atención de inmediato no fue el helicóptero ni el campamento, sino una peña de forma piramidal que se alzaba delante de ella. Su campo visual quedaba parcialmente bloqueado por las tiendas y los cajones, de modo que sólo podía ver la parte superior de la peña. Pero eso bastaba para hacerse una idea de su enorme tamaño. Producía desasosiego ver aquella roca negra emerger de la arena en pleno desierto. Tara se estremeció. Notó que los hombres del campamento procuraban no mirar aquella roca. Se adentraron en el campamento escoltados por tres centinelas, uno por delante y dos por detrás, y ascendieron hasta un montículo, en lo alto del cual, bajo una sombrilla, estaba Dravic con un sombrero de paja.

—Espero que hayan dormido bien —dijo entre risas al verlos acercarse.

—Que te den por el culo —le espetó Daniel.

Desde lo alto del montículo se veía todo el valle, que se curvaba suavemente por la vertiente norte como entre gigantescas olas de arena. La roca negra quedaba justo enfrente de ellos, alzándose desde la base de la duna de la izquierda como la punta de una aguja que asomase de una tela amarilla. Al pie, varios hombres iban de un lado para otro con palas. De la base partían cinco largos tubos que llegaban hasta la cima de la duna y

desaparecían por el otro lado. El ruido de los generadores era ahora casi ensordecedor.

—He pensado que les gustaría verlo —dijo Dravic en tono sarcástico—.

Al fin y al cabo, no van a tener oportunidad de contárselo a nadie.

Tara vio que la desnudaba con los ojos. Asqueada, retrocedió detrás de Daniel. Dravic profirió un sonido ininteligible y se volvió hacia el valle.

Sacó un puro del bolsillo de la camisa y se lo llevó a la boca.

—Encontrar el lugar ha sido más fácil de lo que pensábamos —alardeó

—. Temía que las distancias que indicaban en la tumba sólo fuesen burdas aproximaciones, como suele ocurrir en muchos textos antiguos; pero nuestro amigo Dimacos sólo se equivocó por cinco kilómetros, todo un logro, teniendo en cuenta que carecía de los instrumentos de la moderna tecnología. —Encendió el puro y añadió—: Hemos empezado el reconocimiento aéreo temprano por la mañana, y al cabo de una hora hemos localizado el lugar. Después de las complicaciones de los últimos cuatro días, ha sido un paseo... Esperaba algo más excitante.

A su izquierda, dos motocicletas de trial remontaban la ladera de la duna, forzando los motores. Los profundos surcos que dejaban sus neumáticos en la arena daban la impresión de que estuvieran descorriendo sendas cremalleras en la ladera.

—Por lo demás —prosiguió Dravic muy ufano—, todo ha ido a la perfección. Hemos transportado un equipo completo: combustible para los generadores, cajones de embalaje y paja para proteger las piezas. Y llegará otro cargamento en una caravana de camellos. Ya hemos localizado varias inscripciones en una cara de la

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roca, lo que significa que el ejército debe de estar cerca. Todo lo que tenemos que hacer ahora es... —Hizo una pausa para dar una profunda calada a su puro y añadió—

: Encontrarlo. Espero que dentro de un par de horas lo hayamos conseguido.

—Quizá no les resulte tan fácil como cree —dijo Daniel, fulminándolo con la mirada—. Estas dunas se desplazan y se hunden continuamente. Dios sabe a qué

nivel debió de estar la superficie del desierto hace dos mil quinientos años. El ejército podría encontrarse sepultado a cincuenta metros de profundidad, o más. Cavarían durante semanas sin encontrarlo.

Dravic se encogió de hombros.

—Con los métodos tradicionales, tal vez —admitió—, pero por suerte disponemos del equipo más moderno.

Dravic señaló los cinco tubos que partían de la base de la roca. Tara reparó en que habían situado a dos hombres junto a cada tubo, uno a cada lado de la boca. Sujetaban lo que parecían asas a la vez que rastreaban la arena, que era absorbida hacia el interior de los tubos.

—Son aspiradores gigantescos —explicó Dravic—. Al parecer es el último grito en los países del golfo Pérsico. Las utilizan para limpiar las pistas de los aeropuertos, oleoductos e instalaciones similares. Funcionan básicamente por el mismo principio que los aspiradores caseros. Absorben la arena, que pasa a través de un tubo y queda depositada en un compartimento. En este caso, en uno bastante más grande, al otro lado de la duna. Pueden absorber casi cien toneladas de arena por hora. De modo que me parece que encontraremos a nuestro ejército antes de lo que usted supone.

—Los descubrirán —dijo Daniel—. No podrán mantener esta operación en secreto durante mucho tiempo.

Dravic se echó a reír a la vez que describía un amplio arco con el brazo derecho.

—¿Quién va a vernos aquí —exclamó—, en pleno desierto? ¡No me haga reír! El enclave más cercano se encuentra a ciento cincuenta kilómetros, y por aquí no hay pasillos aéreos para la aviación comercial. Lo que usted hace es confundir los deseos con la realidad, Lacage —agregó, echándole el humo a la cara y soltando otra risotada—. Imagino que se debate en un curioso dilema. Por un lado, debe de estar deseando que yo fracase; y, por otro, como arqueólogo seguramente desea que tenga éxito.

—A mí ese ejército me importa una mierda —le espetó Daniel.

—Miente, Lacage. Miente descaradamente. Anhela tanto como yo saber qué hay ahí abajo. Somos iguales.

—No se halague.

—Sí, Lacage, somos iguales. Ambos vivimos del pasado. Sentimos la irresistible necesidad de ahondar en él. No nos basta con saber que en algún lugar de este desierto está sepultado un ejército. Tenemos que encontrarlo.

Tenemos que verlo. Tenemos que apoderarnos de él. Para los dos es intolerable que la historia nos oculte sus secretos. Lo conozco, Lacage,

mejor de lo que se conoce usted mismo. Le importa más lo que yace ahí abajo que su propia vida, y más de lo que pueda importarle su amiga.

—¡No diga memeces, Dravic! —le espetó Daniel.

—¿De verdad? —dijo Dravic—. Yo creo que no. Podría degollarla delante de usted, y una parte de usted seguiría deseando que tenga éxito. Es una adicción, Lacage; una adicción para la que no hay cura. Y ambos la padecemos.

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Daniel lo miró fijamente, y por un instante a Tara le pareció que las palabras de Dravic habían hecho mella en él. Notaba cierta confusión en su mirada, casi una contrariedad, como si acabaran de revelarle una parte de sí mismo que habría preferido ignorar. Pero esa mirada desapareció casi de inmediato y, meneando la cabeza, Daniel se metió las manos en los bolsillos en actitud desafiante.

—Que le den por el culo, Dravic.

El alemán sonrió.

—Le aseguro que si han de darle por el culo a alguien aquí, seré yo quien lo haga.

Dravic miró a Tara y luego hizo una seña con la cabeza a tres centinelas, que alzaron sus armas y obligaron a Tara y a Daniel a descender por el montículo en dirección al campamento.

—Y no sueñen con escapar —les gritó Dravic desde arriba—. Porque si no acabase con ustedes el calor, lo harían las arenas movedizas. Las hay por todas partes en esta zona del desierto. Quizá sea precisamente el medio que utilice para deshacerme de ambos. Es mucho más entretenido que un balazo.

Dravic sonrió y miró hacia la excavación mientras los obreros empezaban con sus cánticos.

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Luxor, colinas de Tebas

Cuando necesitaba pensar, Jalifa solía ir a las colinas de Tebas, a la sombra del Qurn. Y hacia allí encaminó sus pasos en esta ocasión.

Había descubierto aquel lugar hacía años, al poco de llegar a Luxor. Era una especie de silla natural tallada en un saliente hacia la mitad de una ladera. Desde ese lugar, la vista del Valle de los Reyes era espectacular.

Podía quedarse allí sentado durante horas, en paz y soledad, y por confuso que se sintiese, por abatido o descorazonado que estuviese, se le aclaraban

las ideas y se le levantaba el ánimo. La llamaba su «silla de pensar». No había otro lugar en el mundo donde se sintiese más en sintonía consigo mismo y con Alá.

El sol ya había rebasado su cenit cuando llegó al saliente. Se sentó y recostó la espalda en la fresca roca caliza, mirando hacia las ardientes colinas. A lo lejos veía gente cruzar el valle. Desde aquella distancia parecían hormigas. Encendió un cigarrillo.

La conversación con Hassani lo había crispado. Más aún: lo había exasperado. Su reacción inmediata, por supuesto, fue rechazar el ascenso y seguir con el caso. Corría peligro la vida de dos personas, si es que aún no habían muerto, y no podía darles la espalda. Tampoco podía olvidar el horrible final que habían tenido Suleimán, Nayar, Iqbar... Ni tampoco, en cierto sentido, lo que le había ocurrido a su hermano Alí. Y, sin embargo, tenía dudas, muy a su pesar. Aquello no era una película con final feliz garantizado, sino la realidad, y aunque se lo reprochaba hasta el punto de despreciarse, tenía miedo.

Actuar en contra de los intereses de Saif al-Thar ya era bastante peligroso, pero por lo visto también tenía enemigos en su propio bando.

Aunque ignoraba quiénes podrían ser y qué interés los movía, sabía que eran lo bastante poderosos para amedrentar a Hassani, algo nada fácil.

El comisario le había dicho que no podría protegerlo, y no se había referido a su carrera profesional, sino a su vida, y acaso también a las vidas de sus hijos y de su esposa. ¿Era justo poner en peligro a sus seres más queridos? Al fin y al cabo, nada les debía a Nayar, Iqbar y Suleimán, ni tampoco a aquellos dos ingleses. ¿Y a Alí? Eso nunca dejaría de atormentarlo, pero ¿merecía la pena pagar tan alto precio? Quizá lo más sensato fuese abandonar el caso; aceptar el ascenso e ir a Ismailía. Luego tendría remordimientos de conciencia, pero por lo menos pondría a salvo su vida y la de los suyos.

Tiró el cigarrillo al vacío y alzó la vista hacia unos toscos jeroglíficos garabateados en aquella cara de la colina, junto a su «silla». Representaban respectivamente a Horemheb, Ramsés I y Seti I, y debajo de ellas había una breve inscripción, dejada por alguien que se autodenominaba «el escriba de Amón, hijo de Ipu». Probablemente fuese uno de los obreros de la antigua necrópolis. Debía de haberse sentado en aquel mismo saliente hacía más de tres mil años, disfrutando de la misma vista que Jalifa, sumido en el mismo silencio y acaso sintiendo lo mismo. Alargó una mano y tocó la inscripción.

—¿Qué debo hacer? —se preguntó en voz alta, pasando los dedos por las toscas imágenes—. ¿Qué es lo más acertado? Dime, hijo de Ipu. Dame una señal. Porque estoy seguro de que...

Lo interrumpió el ruido de unas piedras que caían. Volvió la cabeza y alzó la vista. Un hombre esquelético y mugriento lo miraba fijamente desde otro saliente que estaba un poco más arriba.

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—Perdón, perdón... apiádate de mí, Alá —farfulló el pordiosero, dándose manotazos en la cabeza—. Torpe, estúpido, loco, descarriado... —

Se descolgó por el borde hasta el saliente inferior—. ¡Usted le habla a los espíritus! —exclamó—. Yo también hablo con los espíritus. Las colinas están llenas de espíritus, de miles, de millones de espíritus, unos buenos y otros malos. Algunos son terribles. Los he visto.

—Empezó a gatear hacia Jalifa y prosiguió—: Vivo con los espíritus.

Los conozco. Están por todas partes. Ahí hay uno, y allí otro; y allí, y allí, y allí. ¡Hola, espíritus! —

exclamó saludando con la mano—. Me conocen. Tienen hambre, como yo. Todos tenemos hambre, mucha hambre.

Rebuscó bajo su galabeya y sacó un paquete envuelto con un papel.

—¿Quiere un escarabeo? —preguntó—. Es de la mejor calidad.

—No, hoy no, amigo mío —repuso Jalifa meneando la cabeza.

—Mire, mire; es de lo mejor, no los hay mejores en Egipto. Sólo échele un vistazo, por favor.

—Hoy no —repitió Jalifa.

El pordiosero miró alrededor y se acercó un poco más a él.

—¿Le interesan las antigüedades? —le preguntó en voz baja—. Tengo antigüedades. Muy buenas.

—Soy policía —dijo Jalifa—, así que ve con cuidado.

Al pordiosero se le heló la sonrisa en el rostro.

—Me refiero a antigüedades falsas —se corrigió—. Las hago yo mismo. Las falsifico. ¡Ja, ja, ja!

Jalifa asintió con la cabeza, sacó un cigarrillo y lo encendió. El pordiosero se lo quedó mirando como un perrillo aguardando una golosina.

Al inspector le dio pena y le lanzó el paquete de cigarrillos.

—Ten. Y déjame en paz. Quiero estar solo.

—Gracias —dijo el pordiosero—. Muy amable. Usted les gusta a los espíritus. Me han pedido que se lo diga. Usted les gusta mucho —añadió,

simulando que aguzaba el oído—. Dicen que si alguna vez tiene problemas venga aquí a hablar con ellos, que le darán muy buenos consejos y lo protegerán. —Se guardó el paquete bajo la galabeya, se irguió y agregó—:

¿Quiere un guía?

—Lo que quiero es que me dejes en paz.

El pordiosero se encogió de hombros y, sonándose con una manga de la galabeya, siguió por el saliente hasta donde éste enlazaba con un empinado sendero. Comenzó a descender por las piedras.

—Podría enseñarle el Valle de los Reyes —le gritó a Jalifa volviendo la cabeza—. Hatshepsut, las tumbas de los nobles... Conozco todos estos lugares. Le cobraría muy poco.

—Quizá otro día —repuso Jalifa—. Hoy no.

El pordiosero se detuvo, sin perder la esperanza.

—Le enseñaré lugares que nadie ha visto; lugares especiales.

Jalifa meneó la cabeza. El pordiosero echó de nuevo a andar, trastabillando, hasta desaparecer detrás de una peña.

—¡Lo llevaré a lugares secretos! —gritó.

Jalifa siguió haciendo caso omiso de él.

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—Una nueva tumba que nadie ha visto...

De pronto, como si algo lo impulsara a ello, Jalifa se levantó.

—¡Espere! —llamó al pordiosero—. ¡Espere! —Bajó por el sendero corriendo tras él, que al oírlo volvió a asomar por detrás de la peña—. ¿Ha dicho una nueva tumba que nadie conoce?

—¡La he encontrado! —gritó el pordiosero—. Es muy secreta. Los espíritus me llevaron allí. ¿Quiere verla?

—Sí —respondió Jalifa impaciente—. Quiero verla. Me interesa mucho.

Condúzcame hasta allí.

El inspector le dio una palmada en el hombro y subieron por un sendero adentrándose en las colinas.

Al principio, Jalifa dudó de que aquella tumba fuese la misma que Nayar había encontrado. Como Al-Masri había comentado, aquellas colinas estaban llenas de antiguas fosas. Y era más que posible que aquel pobre hombre hubiese dado con una completamente distinta, que no tuviese la menor relevancia para el caso. Después, logró convencer al pordiosero de que le mostrase las antigüedades de las que le había hablado, y sus dudas quedaron disipadas. Había tres figuritas funerarias y una jarra de cerámica

para ungüentos en la que aparecía grabado el rostro de Bes. Las cuatro piezas eran idénticas a la que había encontrado en la tienda de Iqbar. Estaba claro que procedían del mismo lugar.

Jalifa metió una mano en el bolsillo para sacar el paquete de Cleopatra, pero de inmediato reparó en que se lo había regalado al pordiosero.

—Dame un cigarrillo, por favor —pidió Jalifa.

—¡No, son míos!

Tardaron más de una hora en llegar al final de la garganta, y otra media hasta la entrada de la tumba. La última parte del descenso, los seis metros que separaban el borde de la garganta del saliente donde estaba la entrada, fueron especialmente difíciles para Jalifa, que tenía un poco de vértigo. En cambio, el pordiosero bajó como si tal cosa. El inspector necesitó casi cinco minutos para armarse de valor antes de descender, y cuando al fin se decidió, lo hizo con tanto miedo y precaución que parecía moverse a cámara lenta.

—Que Alá me proteja —musitó pegado como una lapa a la cara de la roca— Ten piedad de mí, Alá.

—Vamos, vamos, vamos... —lo apremió el loco, riendo a carcajadas—.

Aquí está

la tumba. ¿No tenía tanta prisa por verla?

Jalifa entró a gatas en la tumba y se recostó contra la pared, jadeante.

—Dame un cigarrillo, y sin discutir, si no quieres ir a la cárcel por posesión de antigüedades robadas.

El pordiosero le tendió el paquete a regañadientes y Jalifa extrajo un cigarrillo y lo encendió. Cerró los ojos e inhaló el humo profundamente.

Después de un par de caladas se sintió más tranquilo, y volvió a abrir los ojos.

La luz que penetraba por la entrada bastaba para iluminar el pasadizo y el ensanchamiento donde se hallaba la cámara mortuoria.

—¿Cómo la has descubierto? —preguntó Jalifa mirando alrededor.

—Me guiaron los espíritus —repuso el loco—. Hace siete días, o diez...

No sé. No hace mucho. Me dijeron que bajase aquí, que había algo importante. Bajé, y aquí

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está. Es una tumba muy bonita, muy secreta, muy importante —añadió señalando hacia el boquete por el que habían entrado—. Ahí había una tapia que ocultaba la entrada, pero yo la eché abajo, tal como los espíritus me

dijeron. Estaba muy oscuro y llegaba hasta muy abajo. Tenía miedo.

Temblaba. Pero bajé porque quería verla, como si alguien me empujase. —

Hizo una pausa y se adentró por el pasadizo seguido de Jalifa—. Era una sala, oscura, muy oscura —prosiguió—. Encendí una cerilla y vi que había muchas cosas, cientos de cosas, cosas maravillosas y cosas terribles. Muy mágicas. Es la casa de los espíritus.

Ya habían llegado a la entrada de la cámara. A medida que sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, Jalifa empezó a distinguir colores e imágenes en la pared de enfrente.

—Tesoros, tesoros, muchos tesoros —farfulló el loco—. Pasé aquí una noche; dormí con los tesoros, ¡como un rey! Tuve muchos sueños. Muchas cosas extrañas pasaron por mi cabeza, como si volase por el mundo y lo viese todo, incluidos los pensamientos de la gente —agregó saltando a la cámara—. Después se lo conté a mi amigo.

—¿A tu amigo? —inquirió Jalifa.

—A veces sube a estas colinas, cuando ha bebido, y hablamos, y me da cigarrillos —explicó—. Lleva un tatuaje aquí.

Se señaló la muñeca donde Nayar llevaba el escarabeo tatuado. Jalifa empezó a comprender.

—Le conté a mi amigo lo que los espíritus me habían enseñado —

prosiguió el loco—, y me pidió que lo trajese aquí. Y lo traje. Y se echó a reír a carcajadas.

«¡Vamos a ser ricos!», gritó, «¡Viviremos como reyes!». Y me dijo que lo dejase de su cuenta, que se llevaría cosas para enseñárselas a unas personas, que me compraría un televisor, pero que yo no debía volver aquí nunca más ni decirle nada a nadie. Y

estuve esperándolo... Pero no ha vuelto. Y entonces, una noche, llegaron los otros. Y

estoy solo. Y no tengo televisor. Y tengo hambre. Y sólo los espíritus son mis amigos. El loco sorbió por la nariz y empezó a recorrer la cámara con expresión taciturna, pasando la mano por las paredes. Jalifa saltó al interior de la cámara y enseguida reparó en que parte de la pared que quedaba a la izquierda de la entrada había sido destruida. Se acuclilló frente al montón de fragmentos de yeso, meneando la cabeza, apesadumbrado ante aquel acto de vandalismo.

Empezó a ver con claridad cuál había sido la secuencia de los hechos.

Aquel pobre hombre había descubierto la tumba. Se lo había contado a

Nayar, que se había llevado varios objetos, incluyendo probablemente una parte del fresco que ahora estaba hecho añicos a sus pies. Saif al-Thar se había enterado y eso había supuesto el fin de Nayar. El resto ya lo sabía.

Jalifa se incorporó y estudió la cámara. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra, y aunque había zonas sumidas en una oscuridad impenetrable, como si estuviesen cubiertas por cortinas negras, distinguía la mayor parte de la decoración. El loco se sentó en el suelo mirando a Jalifa con expresión contrita, mientras canturreaba.

—¿No habías vuelto aquí desde que la descubriste? —preguntó Jalifa.

—No. Pero los vi. Me escondí detrás de las rocas, muy callado, como si fuese una piedra. Vienen por las noches, como los chacales. Se llevan cosas de la tumba, una noche, dos noches, tres noches, todas las noches se llevan cosas.

—¿Estuvieron anoche?

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—Sí. Y se marcharon, y luego vinieron otros.

—¿Otros?

—Un hombre y una mujer. Ya los había visto antes. Entraron en la tumba. Y se los comieron.

—¿Los mataron?

El pordiosero se encogió de hombros.

—¿Los mataron? —repitió Jalifa.

—Quién sabe. No los he visto con los espíritus. Quizá estén vivos, quizá estén muertos. El hombre que vi...

—¿Qué?

El loco no contestó y empezó a trazar dibujos con el dedo en el polvo que cubría el suelo. Jalifa volvió a examinar las paredes. Fue recorriendo la cámara lentamente, alumbrándose con el encendedor allí donde no llegaba la luz del exterior. Estuvo un largo rato frente al tríptico que tanto había interesado a Daniel, observando con sumo detenimiento las tres secciones, y luego siguió explorando la cámara. Se detuvo frente a la hornacina canopea, a contemplar las imágenes de los dos persas, del griego ante su mesa cubierta de fruta, de Anubis pesando el corazón del difunto. No dejó un centímetro cuadrado de las paredes por examinar.

La llama del encendedor empezó a debilitarse hasta que, justo cuando acababa de recorrer la cámara, se apagó.

Jalifa se guardó el encendedor en el bolsillo y volvió a la zona iluminada por la luz del exterior.

—Es perfecta —dijo en voz baja—. Absolutamente perfecta.

—Había arena —musitó el loco, mirándolo—. Arena, hombres, un ejército, todos sepultados.

—Lo sé —dijo Jalifa posando una mano en su hombro—. Y ahora necesito saber dónde.

La casa de la misión arqueológica de la Universidad de Chicago se hallaba en un frondoso recinto de hectárea y media en Corniche el-Nil, a mitad de camino entre los templos de Luxor y Karnak. El extenso edificio, de estilo rural, con muchos patios, senderos y arcos, era, durante los seis meses al año en que estaba abierto, el hogar de un variopinto grupo de egiptólogos, pintores, estudiantes y conservadores; unos estudiaban y la mayoría trabajaba al otro lado del río, en el templo de Medinet Habu. La misión de la Universidad de Chicago llevaba casi tres cuartos de siglo registrando con infinita paciencia los relieves e inscripciones del templo.

Era media tarde cuando Jalifa llegó a la verja de la entrada y mostró su placa a los centinelas, que llamaron a las oficinas. Al cabo de tres minutos, una joven estadounidense salió a recibirlo.

El inspector le explicó el motivo de su visita y la joven lo acompañó por el recinto.

—El profesor Az-Zahir es encantador —dijo la joven mientras cruzaban los jardines—. Viene todos los años. Pasa el día en la biblioteca; casi forma parte del mobiliario.

—Tengo entendido que ha estado delicado de salud.

—A veces parece un poco confuso, aunque, ¿conoce a algún egiptólogo que no lo esté? Pero se encuentra bien.

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Pasaron por un sendero flanqueado de árboles y luego por una columnata paralela al edificio. El aire olía a hibisco, jazmín y hierba recién cortada. A pesar de su proximidad a Corniche, el recinto era tranquilo y no se oían más que los pájaros y el siseo de las bocas de riego por aspersión.

La joven lo condujo a través de la columnata, cruzaron un patio y llegaron a la parte trasera del edificio.

—Allí lo tiene —dijo señalando a un hombre que se hallaba sentado en un sillón blanco de madera, a la sombra de una acacia—. Está dando su

cabezada de todas las tardes. Pero no le importe despertarlo. Le encanta recibir visitas. Pediré que les traigan té.

La joven dio media vuelta y regresó a la casa. Jalifa se acercó al profesor, que estaba repantigado en el sillón, con la cabeza gacha. Era un hombre menudo, calvo y arrugado como una pasa, con las manos y la calva cubiertas de manchas marrones. Tenía las orejas grandes y se le transparentaban con la luz del sol. A pesar del calor llevaba un grueso traje de lana. Jalifa se sentó en el sillón contiguo y posó una mano en su brazo.

—¿Profesor Az-Zahir?

El anciano farfulló algo, tosió y, lentamente, abrió los ojos y miró a Jalifa, quien por un instante pensó que el profesor tenía aspecto de tortuga.

—¿El té? —preguntó con un hilillo de voz.

—Enseguida lo traen.

—¿Qué?

—Que enseguida lo traen, profesor —repitió el inspector elevando el tono de voz. Az-Zahir miró el reloj.

—Es demasiado temprano para el té.

—Es que he venido a hablar con usted —le explicó Jalifa—. Soy un amigo del profesor Mohamed al-Habibi.

—¡Habibi! —exclamó el anciano—. Habibi cree que estoy senil. Y..

¡tiene razón!

—añadió echándose a reír y tendiéndole la mano, temblorosa—. ¿Con quién tengo el honor...?

—Soy Yusuf Jalifa. Fui alumno del profesor Habibi. Y ahora soy policía. El anciano asintió con la cabeza, rebulléndose un poco en el sillón.

Jalifa reparó

en que mantenía la mano izquierda en el regazo, en una extraña postura, como si no pudiese moverla. AzZahir notó que se había fijado en ello.

—Del infarto —dijo el profesor.

—Perdone...

—Cosas peores ocurren en la vida —dijo Az-Zahir en tono desenfadado

—, como ser alumno del bobalicón de Habibi —añadió echándose a reír de nuevo y dejando ver su desdentada boca—. ¿Y cómo está ese viejo zorro?

—Me ha pedido que lo salude de su parte.

—Me extraña.

En aquel momento llegó un joven con dos tazas de té en una bandeja, que dejó

encima de una mesita entre ambos. Az-Zahir no acertó a cogerla, y el inspector se la acercó. El profesor bebió un sorbo. Desde una pista cercana les llegaba el ruido del peloteo de un partido de tenis.

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—¿Cómo me ha dicho que se llama usted?

—Yusuf, Yusuf Jalifa. Me gustaría hablar con usted sobre el ejército perdido de Cambises.

El profesor tomó otro sorbo de té.

—El ejército de Cambises, ¿eh?

—El profesor Habibi me ha dicho que nadie sabe más de eso que usted.

—Bueno... desde luego sé más que él, pero eso no es decir mucho. AzZahir se terminó el té y le tendió la taza a Jalifa para que la dejase en la mesa. Una avispa revoloteó por encima de la bandeja. Estuvieron unos momentos en silencio y la cabeza volvió a vencérsele al profesor hacia el pecho, como si estuviese hecho de cera y empezara a derretirse con el calor de la tarde. El inspector temió que volviera a quedarse dormido, pero de pronto el anciano estornudó y la sacudida pareció despejarlo.

—Bueno... —refunfuñó. Sacó un pañuelo del bolsillo y se sonó—. El ejército de Cambises. ¿Qué es lo que quiere usted saber?

Jalifa sacó el paquete de cigarrillos que había comprado de camino desde la orilla oeste y encendió uno.

—Pues... cualquier cosa que pueda usted decirme. Se perdió en el Gran Mar de Dunas, ¿verdad?

Az-Zahir asintió con la cabeza.

—¿Es posible precisar más el lugar? —preguntó el inspector.

—Según Heródoto ocurrió a mitad de camino entre un lugar llamado Oasis, o Isla de los Benditos y la tierra de los amonitas. —El profesor volvió a estornudar y hundió

la nariz en el pañuelo—. Que sepamos, con «Oasis» se refiere a Al-Jharga —explicó

con la voz amortiguada por el pañuelo—. Pero algunos sostienen que se trata de AlFarafra. A decir verdad, nadie lo sabe. La tierra de los amonitas es Siwa, que está

entre los dos oasis. Eso es lo que Heródoto dijo.

—¿Y Heródoto es la única fuente?

—Bueno... Ctesias menciona ese ejército, y también Plutarco y Estrabón, pero no entran en detalles.

El profesor terminó de sonarse la nariz y deslizó una mano por un lado de la chaqueta, tratando de guardarse el pañuelo. Pero no acertaba. Terminó por desistir y se lo remetió en la manga de la chaqueta. Oyeron pisadas por la gravilla; eran dos tenistas que, después de terminar el partido, pasaron junto a ellos en dirección a la casa.

—El tenis es un juego ridículo —farfulló Az-Zahir—. Pasarse la pelota de un lado a otro de la red... Qué bobada. Eso sólo han podido inventarlo los ingleses. —Meneó la cabeza con expresión de desagrado y añadió—: Quizá no me vendría mal un cigarrillo.

—Perdone, debería haberle ofrecido.

Jalifa le pasó uno y se lo encendió. El anciano dio una profunda calada.

—Me gusta. Después del infarto los médicos me dijeron que no debía fumar, pero estoy seguro de que uno no va a hacerme daño.

Az-Zahir estuvo fumando unos momentos en silencio, sujetando el cigarrillo con los dedos muy cerca de la brasa, inclinado hacia delante como si estuviese muy concentrado en algo. Casi se había terminado el cigarrillo cuando volvió a hablar.

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—Probablemente fue el jasim, el viento del desierto, lo que los sepultó

—dijo—. A veces es espantoso, sobre todo en primavera. Espantoso —

repitió, ahuyentando una mosca—. Llevan tratando de encontrar ese ejército prácticamente desde que desapareció. El propio Cambises envió una expedición en su busca; y otro tanto hicieron Alejandro Magno y los romanos. Se ha convertido en algo místico, como El Dorado.

—¿Lo ha buscado usted?

El anciano refunfuñó por lo bajo.

—¿Qué edad cree que tengo? —preguntó. Jalifa se encogió de hombros, un poco violento. —Vamos, ¿cuántos años me echa? —insistió el viejo.

—¿Setenta?

—Me halaga usted. Tengo ochenta y tres, y he pasado cuarenta y seis de ellos en el desierto occidental, buscando ese condenado ejército. ¿Y sabe lo que he encontrado en esos cuarenta y seis años? —Hizo una pausa y añadió

—: Arena. Eso es lo que he encontrado. Miles y miles de toneladas de arena. Más arena que ningún otro arqueólogo de la historia. Me he convertido en un experto. —Rió con aire melancólico inclinándose hacia delante. Apuró el cigarrillo, lo apagó en el brazo del sillón y echó la colilla

en la taza del té—. No hay que tirar las colillas al suelo, pues ensucian el jardín. Y es un jardín muy bonito, ¿no cree usted?

Jalifa asintió con la cabeza.

—Es la razón principal de que viniese aquí —agregó Az-Zahir—. La biblioteca es maravillosa, por supuesto. Pero es el jardín lo que realmente me encanta; tan apacible. Me gustaría morir aquí.

—Estoy seguro de que...

—Ahórrese los tópicos, joven. Soy viejo, estoy enfermo y, cuando me llegue la hora, espero que sea en este sillón a la sombra de esta maravillosa acacia. El anciano tosió. El joven que les había llevado el té se acercó a retirar la bandeja.

—O sea que nunca se ha encontrado rastro de aquel ejército, ¿no? —

dijo Jalifa—. No hay pistas sobre dónde pudo quedar sepultado.

Az-Zahir parecía no escucharlo. Pasaba la mano por el brazo del sillón, musitando algo para sí.

—¿Profesor?

—¿Sí?

—Nunca se ha encontrado ningún rastro de ese ejército, ¿verdad?

—Oh, no faltan quienes aseguran saber dónde está —contestó Az-Zahir

—. A principios de este año una expedición creyó haberlo encontrado. Pero no son más que chaladuras, teorías disparatadas. Si se les pide pruebas tangibles, nunca las aportan.

—Se metió el índice en la oreja y empezó a escarbar—. Pero un estadounidense...

—¿Un estadounidense?

—Un buen hombre. Joven. Muy independiente, y buen conocedor del tema —dijo el profesor sin dejar de hurgar en su oreja—. Estuvo trabajando allí por su cuenta. En el desierto. Y tenía una teoría sobre una pirámide.

—¿Una pirámide? —exclamó Jalifa, vivamente interesado.

—No exactamente una pirámide, sino una gran roca en forma de pirámide. Eso es lo que decía. Aseguraba haber encontrado inscripciones en la roca. Estaba

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convencido de que las habían hecho los soldados del ejército de Cambises. Me llamó

desde Siwa y me dijo que había encontrado rastros, y que me enviaría fotografías. Pero nunca las recibí. Y luego, al cabo de un par de meses,

encontraron su jeep carbonizado. Y a él dentro. Una tragedia. Se llamaba John Cadey. Un buen hombre. Muy independiente.

Dejó de escarbar en su oreja y se miró el dedo.

—¿Recuerda dónde estaba excavando? —preguntó Jalifa.

Az-Zahir se encogió de hombros, algo cansado ya.

—En el desierto —contestó tras soltar un suspiro—. Pero... el desierto es muy grande, ¿no? He pasado muchos años allí. Junto a una gran roca en forma de pirámide. Eso es lo que me dijo. Un buen hombre. Por un instante pensé que quizá

hubiese encontrado algo. Y luego, tuvo aquel accidente. Muy triste.

Nunca lo encontrarán. Me refiero al ejército. Nunca. Es oro falso. Un espejismo. Cadey. Se llamaba Cadey.

La voz del profesor se debilitaba por momentos, hasta que dejó de hablar. Jalifa lo miró. Tenía la cabeza inclinada sobre el pecho. Su brazo bueno colgaba por un lado del sillón y empezó a roncar. Permaneció unos segundos observándolo, luego se levantó, lo dejó en su sopor y volvió a la casa.

La biblioteca de la casa de la misión arqueológica, la mejor biblioteca de egiptología de Egipto después de la de El Cairo, ocupaba dos salas de la planta baja del edificio, sendos espacios de techo alto y estanterías que olían a barniz y a papel. Jalifa le mostró su placa al bibliotecario y le explicó lo que deseaba. El bibliotecario, un joven estadounidense que llevaba unas gafas redondas y una poblada barba, se frotó el mentón, pensativo.

—Bueno... tenemos algunos libros que podrían serle útiles. ¿Sabe alemán?

Jalifa meneó la cabeza.

—Es una pena. Drei Monate in der Libyschen Wüste, de Rohlfs, es muy bueno. Probablemente sea lo mejor que se ha escrito acerca del desierto occidental, pese a que ya tiene cien años. Pero nunca se ha traducido. De modo que supongo que no va a servirle de nada. Sin embargo, hay otras muchas cosas, en árabe y en inglés. Y

también tenemos buenos mapas topográficos, algunos de ellos aéreos. A ver qué

puedo encontrarle.

El bibliotecario desapareció por una puerta y dejó a Jalifa junto a una estantería cubierta de volúmenes sobre los primeros tiempos de la egiptología: entre ellos el de Belzoni sobre sus investigaciones en Egipto y

Nubia; Monumenti dell'Egitto e della Nubia, de Roselini, y los doce volúmenes de Denkmdler aus Aegypten und Aethiopien de Lepsius.

El inspector pasó los dedos por los lomos, sacó un ejemplar de Ancient Egyptian Paintings de Davies, lo apoyó en la estantería y lo abrió con sumo cuidado. Veinte minutos después, cuando regresó el bibliotecario, que le dio una discreta palmadita en.el hombro, aún estaba leyendo.

—Le he dejado varios libros en la sala de lectura, encima de la mesa que está

junto a la ventana. No es todo lo que tenemos sobre el tema, pero puede servirle. Llámeme si necesita algo más.

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El joven volvió a su mesa. Jalifa dejó el libro de Davies en la estantería y pasó a la sala contigua, donde había una hilera de mesas flanqueadas por estanterías. En la mesa del fondo, junto a la ventana, que daba a los jardines, había dos filas de libros. Fue hasta allí, se sentó y empezó a hojear uno de los volúmenes. Tardó tres horas en encontrar lo que quería. Lo localizó en un pequeño volumen titulado Viaje a través del Gran Mar de Dunas, escrito en 1901 por el explorador inglés John de Villiers, que se propuso rehacer, a la inversa, la expedición topográfica de Rohlfs de 1874, partiendo de Siwa con guías nativos y una caravana de quince camellos hacia el oasis de Dajla, seiscientos kilómetros al sudoeste. Veinte días de enfermedad y de abastecimiento insuficiente los obligaron a desviarse a AlFarafra, donde desistió de su objetivo. Sin embargo, lo que le interesaba a Jalifa no era cómo había terminado la expedición, sino algo que había sucedido ocho días después de emprenderse:

La mañana del octavo día, Abu, el muchacho del que ya he hablado, señaló hacia algo extraordinario que se avistaba a lo lejos entre las dunas, al este de nuestra caravana. Mi primera impresión fue que la pirámide —

porque eso es lo que era—

debía de ser un espejismo, una ilusión óptica.

Jalifa hizo una pausa, reflexionando sobre las poco familiares palabras, y luego se levantó y se dirigió a la biblioteca para pedir un diccionario inglés-árabe. El bibliotecario le señaló uno. Jalifa lo cogió del estante, regresó a su mesa y pasó las páginas rápidamente.

—¡Ah! —dijo al encontrar las palabras—. Sirab. Tawahhum basar¡. Ya veo... Y volvió al texto, manteniendo el diccionario abierto a su lado para hacer frecuentes búsquedas.

No parecía posible que se tratara de un accidente natural, tanto por la extraordinaria regularidad de su forma como por algo que resultaba aún más revelador: la ausencia de cualquier otra formación semejante en la zona. No obstante, a medida que nos acercamos tuve que reconsiderar mi impresión inicial. La pirámide parecía ser ambas cosas: un accidente del terreno y una pirámide. Ignoro cómo pudo surgir y cuándo, porque mis conocimientos no abarcan, por desgracia, cuestiones geológicas. Todo lo que puedo decir es que era algo incongruente con el paisaje, una mole que emergía de las dunas como la punta de una jabalina o, en un símil quizá más apropiado, una punta de tridente, como el que se atribuye a Poseidón (al fin y al cabo estábamos en un «mar» de arena).

Jalifa supuso que se trataba de algún tipo de broma.

Tardamos casi todo el día en llegar a aquella fantástica mole, y tuvimos que desviarnos bastante de nuestra ruta. Varios nativos se resistieron a marchar hacia allí, convencidos de que era un mal presagio y nos acarrearía toda clase de males. La aprensión de los nativos es muy propia de la creencia en esas candorosas, aunque encantadoras, supercherías a las que la mentalidad de los árabes egipcios parecen tan proclives (en muchos aspectos, como lord Cromer señaló tan acertadamente, son poco más que una nación de niños).

Jalifa meneó la cabeza con una expresión entre enojada y risueña. ¡Qué arrogantes eran esos ingleses!

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Escuché los argumentos de los nativos e hice lo que pude para tranquilizarlos. Les dije que reconocía que las grandes peñas podían resultar amedrentadoras, pero que, como había tenido ocasión de comprobar, sólo para quienes tuviesen una personalidad infantil o femenina, pero no para hombres tan duros como ellos. Esto pareció surtir el efecto deseado y, aunque oí a varios refunfuñar por lo bajo, seguimos adelante, llegamos a nuestro objetivo a media tarde y allí plantamos el campamento. Convendrán conmigo en que no se puede decir gran cosa de un afloramiento de roca, ni siquiera de uno tan curioso como aquél. Y creo haberlo dicho casi todo en los párrafos precedentes. Pero quiero llamar la atención sobre un aspecto concreto de la peña: unas marcas que descubrimos cerca de la base, en la cara sur, y que, al examinarlas con mayor detenimiento, resultaron ser jeroglíficos rudimentarios. Mi conocimiento de la antigua lengua egipcia es tan limitado como el de la

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