El Enigma de Cambises

Paul Sussman · Capítulo 4 de 4 · parte 2/4

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El Enigma de Cambises

—Bueno, queda claro. La gasolina me la…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.

en el que se amontonaban cadáveres y armas antiguas. En aquellos momentos, sin embargo, Saif al-Thar no miraba hacia el cráter sino la columna de humo que se elevaba a lo lejos. Hacía una hora, una de las patrullas había comunicado por radio que había localizado huellas de neumáticos. La humareda indicaba, probablemente, que habían logrado interceptar y neutralizar el vehículo que se acercaba. Debería haber sentido alivio pero, en lugar de ello, tuvo un negro presentimiento.

Mehmet se acercó a él.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Saif al-Thar.

—Han encontrado un todoterreno, maestro. Y lo han destruido.

—¿Y el conductor?

—Ha logrado escapar. Ha matado a uno de nuestros hombres. El otro viene de regreso.

Saif al-Thar guardó silencio. La columna de humo seguía elevándose hacia el cielo.

—Avísame cuando llegue el motorista. Y que despegue el helicóptero.

El conductor del todoterreno no puede haber ido muy lejos.

—Sí, maestro.

El muchacho dio media vuelta y echó a correr pendiente abajo. Saif alThar empezó a pasear de un lado a otro, con las manos a la espalda, una de ellas vendada a causa de la quemadura que se había producido en su intento de impresionar a los occidentales.

Se preguntó quién debía de ser el intruso, qué habría ido a hacer allí, en pleno desierto, y si estaría solo o acompañado. Cuantas más vueltas le daba al asunto más se inquietaba, y no por temor a que los hubiesen descubierto, sino por algo mucho más elemental. Era como un mal presagio. Tenía la sensación de que una mano se alargaba hacia él desde el pasado. Siguió mirando en dirección a la columna de humo, y de pronto se le antojó que tenía forma humana y se elevaba en el desierto como un genio. Distinguía una cabeza, unos hombros, un brazo, e incluso dos ojos allá donde el viento había perforado la humareda. Parecían mirarlo con fijeza, fulminarlo con la mirada. Dio media vuelta, furioso consigo mismo por imaginar tales cosas, pero la impresión de que la negra forma se erguía malévolamente a sus espaldas no lo abandonó. Cerró los ojos y empezó a rezar.

—Apenas te oigo, Abdul. Hay demasiadas interferencias. Es imposible... Jalifa se acercó más el móvil a la boca e hizo un ruido que confió que sonase a estática y a continuación desconectó el móvil. Por un

instante se preguntó si debía llamar para pedir ayuda, pero desechó la idea de inmediato. ¿A quién iba a llamar? ¿Al comisario Hassani? ¿A Mohamed Sariya? ¿A Hosni? Aunque le creyesen, ¿qué podían hacer?

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No. Tendría que arreglárselas solo. Volvió a guardar el móvil en la bolsa y ascendió hasta lo alto de la duna. El aire olía a gasolina y a goma quemada. Seguían asomando llamas de las ventanillas del todoterreno.

Debajo de él, al pie de la pendiente, se hallaba el cadáver del hombre al que había matado, boca arriba en la arena, con un brazo en una postura antinatural debajo de la cabeza. Fue hacia el cuerpo y se detuvo por unos segudos a examinar el perforado bidón de agua, que se había derramado casi por completo. Sólo quedaba un poco en el fondo. Se llevó el recipiente a la boca y bebió el agua que quedaba.

El rostro del muerto era una horrible máscara de sangre y arena. Tenía una brecha en la frente que dejaba ver el hueso y la masa encefálica.

Tratando de no mirar, Jalifa cogió el fusil y desnudó al cadáver. Lamentaba hacerlo, pero si quería llegar al campamento de Saif al-Thar sin llamar la atención necesitaba aquella ropa. Hizo un lío con la túnica y el turbante, se colgó el fusil al hombro y volvió a ascender por la ladera de la duna. Pero cuando hubo ascendido unos diez metros, su conciencia lo hizo detenerse.

Dio media vuelta y cavó rápidamente una fosa. No sería una verdadera tumba, pero no podía dejar el cuerpo allí a merced de los buitres, los chacales, o cualesquiera que fuesen las alimañas que vivían en aquella desolación. Aunque se trataba de un enemigo, merecía una mínima muestra de respeto. Su gesto, sin embargo, estuvo a punto de costarle caro, porque al volver a lo alto de la duna oyó el lejano pero inconfundible sonido de los rotores de un helicóptero. Si hubiese tardado veinte segundos más, lo habrían descubierto. Tuvo el tiempo justo para escabullirse hacia la grieta del otro lado, antes de que el aparato sobrevolase la duna levantando una lluvia de arena. El helicóptero permaneció unos minutos volando en círculo, escudriñando el paraje. Luego se elevó y se alejó en dirección noroeste.

El plan inicial de Jalifa había sido alejarse de aquel lugar lo más rápidamente posible, pero con aquel helicóptero en misión de reconocimiento por la zona era peligroso aventurarse a alejarse de allí. De modo que decidió seguir donde estaba hasta que oscureciese. Introdujo en la pistola el último cargador que le quedaba, metió las ropas del muerto en la bolsa y se echó boca arriba en la grieta. Encendió un cigarrillo mirando

hacia el mar de dunas que se iba difuminando a medida que menguaba la luz del día. Debía de faltar una hora, o acaso menos, para que oscureciese por completo, y confiaba en que aquella noche no brillase demasiado la luna.

El sol se había puesto y las primeras estrellas empezaban a titilar en el cielo cuando la motocicleta saltó por el borde de la duna. Se dirigió derecho al campamento y fue a detenerse junto a una pila de cajas. El motorista se apeó sujetándose el hombro izquierdo con la mano derecha, y se desplomó.

Varios compañeros se acercaron a él seguidos de Mehmet, que se arrodilló a su lado y cogió algo que el herido tenía en una mano. Luego se abrió paso entre los reunidos y corrió hacia la duna en lo alto de la cual se hallaba su maestro.

—¿Qué ocurre? —preguntó Saif al-Thar.

—El compañero de la patrulla que acababa de llegar ha encontrado esto

—dijo Mehmet, jadeante—: Estaba dentro del todoterreno —añadió tendiéndole la cartera y las credenciales de Jalifa. —¿Y el helicóptero?

—Ha estado rastreando la zona, pero no lo ha encontrado. Ha desaparecido. Saif al-Thar meneó la cabeza.

—No puede andar muy lejos. Lo presiento. Que el helicóptero siga buscándolo hasta que oscurezca. Y que redoblen la vigilancia alrededor de la zona de excavación. Por fuerza tendrá que venir aquí, de modo que diles a todos que estén muy alerta.

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—Sí, maestro.

—Y que el doctor Dravic venga a verme de inmediato.

—Sí, maestro.

El muchacho dio media vuelta y bajó corriendo la pendiente. Saif alThar siguió

donde estaba, mirando hacia la columna de humo, cada vez menos distinguible en el crepúsculo. Luego estudió las credenciales de Jalifa, donde aparecían los datos y la fotografía de éste. Su expresión permaneció impasible, pero sus ojos delataron su sorpresa y su nuez se movió como si tragase con dificultad. Estuvo mirando aquellas credenciales durante casi un minuto. Después se las guardó en el bolsillo y empezó a examinar lo que contenía la cartera. Sacó una fotografía de la esposa de Jalifa, otra de sus tres hijos y una tercera de sus padres, que estaban de pie frente a las pirámides cogidos del brazo. Había una tarjeta telefónica, doce libras

egipcias y un librito en miniatura con versículos del Corán. En otro compartimento encontró otra foto. Estaba agrietada y borrosa y con los bordes doblados, pero el joven apuesto que aparecía en la fotografía era perfectamente reconocible, guardaba un gran parecido con Yusuf Jalifa, aunque sus facciones eran más duras y graves, tenía ojos muy penetrantes y un mechón de pelo negro caía sobre una frente ancha, de persona inteligente. Miraba a la cámara, con un brazo caído y una mano posada en la cabeza de una pequeña esfinge de piedra. Al dorso se leía: «Alí, frente al Museo de El Cairo». A Saif al-Thar empezó a temblarle la mano.

Todavía estaba mirando la foto cuando Dravic llegó a lo alto de la duna.

—¿Qué ocurre? —preguntó, sin resuello.

—Mañana mismo nos llevaremos los objetos por aire —dijo Saif alThar.

—¿Cómo?

—Quiero que los helicópteros estén aquí al amanecer.

—Creía que había dicho que no íbamos a utilizar helicópteros.

—Han cambiado los planes. Nos llevaremos todo lo que podamos en los helicópteros y el resto en la caravana de camellos. Quiero que abandonemos este lugar dentro de veinticuatro horas.

—Pero... ¡no podemos...!

—¡Haga lo que le digo! —le espetó Saif al-Thar.

Dravic lo fulminó con la mirada. Sacó un pañuelo del bolsillo y se secó el sudor de la frente.

—Es imposible tenerlo todo listo para mañana. Hace sólo un rato que localizamos la retaguardia, a casi tres kilómetros de la pirámide.

Necesitamos por lo menos dos días para desenterrarlo todo.

—Pues ponga más hombres a trabajar. A todos. Que empiecen a hacer los preparativos para la partida.

—¿Se puede saber qué ha ocurrido?

Saif al-Thar miró la fotografía.

—Hay una persona que está al corriente de todo. Un policía. Y está rondando por aquí, no muy lejos.

Dravic lo miró con expresión de incredulidad y luego se echó a reír.

—¿Y por eso se ha asustado usted? ¿Porque hay un policía rondando por aquí?

¡Por Dios! No tenemos más que enviar una patrulla para que lo liquide.

Dudo de que encuentre muchos sitios donde ocultarse.

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—Nos marcharemos mañana.

—Ya le he dicho que no hay tiempo material. Necesitamos por lo menos dos días más. Si no hacemos las cosas bien, lo que hemos desenterrado no valdrá nada. Entiéndalo. ¡No valdrá nada!

—Nos marcharemos mañana —insistió Saif al-Thar mirándolo con dureza—. No hay más que hablar.

Dravic fue a replicar pero comprendió que era inútil. Dio media vuelta, lanzó un escupitajo al suelo y se alejó.

Se oyó el motor de un generador y los focos se encendieron iluminando la zona de excavación. Saif al-Thar volvió a mirar la fotografía.

—Alí —musitó para sí torciendo el gesto, como si pronunciar aquel nombre le amargase en la boca—. Alí Jalifa.

Permaneció inmóvil por unos instantes y después, violentamente, hizo pedazos la fotografía y los lanzó al viento. Los fragmentos se esparcieron por la duna y algunos fueron a aterrizar a sus pies, como añicos de un espejo roto.

Ya era de noche cuando Jalifa se decidió a salir de la grieta de la duna.

Pero no estaba totalmente a oscuras, porque en el desierto eso nunca ocurre, sino que es más bien una penumbra densa, como si hubiesen cubierto el paisaje con un tul pardusco. Dirigió la mirada hacia las dunas. Tal como esperaba, la luna no brillaba demasiado. Miró alrededor. Lo aguardaba un largo camino a pie y no podía entretenerse. Por lo pronto, debería descender por la ladera opuesta que aunque sólo tenía unos treinta metros, era muy empinada, casi vertical. Miró a un lado y a otro para averiguar si había algún punto por el que la pendiente fuese menos pronunciada, pero no lo había. De modo que, musitando una plegaria, arrojó la bolsa cuesta abajo; se sentó con el fusil en bandolera y se dejó deslizar. Enseguida su cuerpo adquirió una tremenda velocidad, y aunque trató de frenar con los pies, sólo consiguió que los zapatos se le llenasen de arena. A mitad de la pendiente chocó con una roca que lo hizo rodar mientras el arma le golpeaba el pecho y el mentón. Llegó al fondo de bruces y con la boca llena de arena.

—Ibn sharmoota —musitó—. ¡Mierda!

Permaneció inmóvil, y por fin, escupiendo arena, se levantó y miró hacia lo alto de la duna. Desde abajo la pendiente parecía aún más empinada que desde arriba. Musitó otra breve plegaria para dar gracias por

seguir vivo y, sacudiéndose la arena del pelo, recogió la bolsa y se dispuso a cruzar el desierto.

Caminó durante toda la noche sin oír más que el ruido de sus pisadas y su respiración. Era consciente de que estaba dejando un rastro fácil de seguir incluso a oscuras, pero no podía hacer nada para evitarlo. De modo que procuró no pensar en ello y continuó avanzando. Llevaba el GPS en la mano y lo miraba de vez en cuando para ver a qué distancia estaba.

Aunque, en cuanto a la dirección a seguir, no necesitaba ningún instrumento, puesto que la pirámide de roca era claramente visible y resplandecía misteriosamente pese a la oscuridad. Jalifa dedujo que debía de estar iluminada desde la base. Poco a poco fue cogiendo el ritmo más adecuado para su larga caminata. Ascendía por las dunas con pasos firmes pero lentos, descendía con rapidez y luego a grandes zancadas desde la base de una duna a otra, repitiendo una y otra vez la misma secuencia de pendientes y trechos llanos.

Le faltaban veintiocho kilómetros por recorrer, y durante la primera mitad del trayecto logró estar muy alerta, atento a la menor señal de que lo estuviesen siguiendo. Pero a medida que pasaron las horas, empezó a distraerse. Pensaba en Zainab, en cuando se habían conocido, poco después de que él ingresase en la

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universidad. Había ido a pasar la tarde al zoo con un grupo de compañeros, y una de las chicas era Zainab, amiga de una amiga. Habían estado recorriendo el recinto y Jalifa, siempre tímido, no se había atrevido a hablar con ella hasta llegar frente al foso del oso polar, que nadaba, no muy animado, en su estanque de agua turbia.

—Pobre animal —había exclamado Jalifa—. Con lo bien que estaría él en su tierra, allá en la Antártida.

—En el Ártico —lo había corregido Zainab, que estaba justo detrás de él—. Los osos polares proceden del Ártico —añadió—. En la Antártida hay pingüinos, no osos polares.

Él se había ruborizado, turbado por su melena, su hermoso rostro y sus grandes ojos.

—Ah, pues no lo sabía —había admitido, cohibido.

Eso había sido todo. Atenazado por su timidez no había vuelto a hablarle en toda la tarde.

Jalifa sonrió al recordarlo. ¿Quién iba a decir que con un principio tan poco prometedor...?

Una estrella fugaz cruzó el cielo como una exhalación. Jalifa siguió con su dura caminata, pensando en sus hijos, en Batah, en Alí y en el pequeño Yusuf. Recordaba el nacimiento de cada uno de ellos como si hubiese sido el día anterior. Batah había tardado casi diecinueve horas en llegar.

—La primera y la última —había dicho Zainab al poco de dar a luz—.

No pienso volver a pasar por esto.

Pero unos años después había llegado Alí, y después Yusuf. Y quizá la cosa no acabara ahí. En eso confiaba Yusuf, que quería tener muchos hijos y verlos jugar alrededor de la fuente que esperaba terminar algún día; llenando de risas el apartamento.

Se había levantado un poco de viento que hacía sisear las dunas como si hablasen de él, que sin detenerse sacó del bolsillo del pantalón un paquete de Cleopatra y encendió un cigarrillo. Se acordó de sus padres. Aún le parecía ver a su padre levantándolo en brazos y a su madre sentada en la azotea de su casa pelando judías tiernas. Luego pensó en el profesor Al-Habibi y en Abdul el Gordo; en el Museo de El Cairo; en cuando trabajaba como ayudante de camellero; en los casos que había llevado, y en los que había resuelto. Las imágenes de sus recuerdos pasaban velozmente por su mente, como si estuviese en el cine viendo un documental de su vida, lo cual, de manera inevitable, lo llevó a pensar en su hermano, en los buenos recuerdos de su infancia y adolescencia; en sus juegos y en sus aventuras; en el barco abandonado y varado en la orilla del Nilo y desde cuya cubierta se zambullían en el agua. Y después en el cambio que poco a poco había ido experimentando Alí, que había empezado a endurecerse y distanciarse para terminar por crearse problemas y cometer actos reprobables.

Inevitablemente también, se retrotrajo al día en que la vida de su hermano había quedado destrozada, y con ella la suya propia. Todo había sucedido de modo tan rápido como inesperado. Los fundamentalistas llegaron una tarde al pueblo buscando extranjeros para matarlos. Hubo un tiroteo en el que murieron siete personas, incluyendo tres terroristas. Jalifa estaba en la universidad por entonces y se enteró por la radio. Volvió a casa de inmediato, convencido de que su hermano estaba implicado. Encontró a su madre sola en casa, sentada en una silla mirando a la pared.

—Tu hermano ha muerto —le dijo sin rodeos, blanca como la cera—.

Mi Alí ha muerto. Tengo el corazón destrozado, Yusuf.

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Jalifa estuvo luego vagando por las calles. Los cadáveres de los fundamentalistas aún no habían sido retirados y yacían uno junto al otro sobre el asfalto, cubiertos con mantas. Varios agentes de policía estaban junto a los cadáveres, charlando y fumando. Él contempló los cuerpos tratando de asociarlos con el hermano que tanto quería y luego desvió la mirada. Subió hasta el llano de Gizeh, hasta las pirámides y luego más arriba, hasta lo más alto de la pirámide de Keops, hasta el lugar en el que él y Alí solían sentarse de pequeños, para admirar el mundo que se extendía a sus pies como un mapa gigantesco. Y allí, en lo que se le antojaba la cima del mundo, se desmoronó y se echó a llorar, abrumado por la vergüenza y el horror, sin acabar de creer lo que había ocurrido, incapaz de entenderlo, mientras el sol púrpura del crepúsculo declinaba por encima de su cabeza, que parecía a punto de estallar de tanto que le dolía.

Su hermano Alí. El hermano que había sido un padre para él; que lo había convertido en lo que era, que había sido su fuente de inspiración para todas las cosas. Tanta fortaleza. Tanta bondad. Hacía ya catorce años que había muerto, pero el desconsuelo de Jalifa no había remitido, ni remitiría hasta que no pudiese estar cara a cara con el responsable de su muerte. Por eso había ido hasta allí. Para mirar a Saif al-Thar a los ojos, aunque le costase la vida. Para enfrentarse al hombre que había destruido a su familia.

Jalifa trepó con dificultad hasta lo alto de una duna y reparó con sorpresa en que casi había llegado a destino. A menos de dos kilómetros se alzaba la roca piramidal, tan enorme que intimidaba. El neblinoso halo que la rodeaba resultaba sobrecogedor. Las siluetas negras que se veían en las lomas que se alzaban en torno a ella debían de ser vigías. Por si acaso, Jalifa se arrojó al suelo. Miró el reloj. Faltaba media hora para que amaneciese.

Como tantas otras veces durante aquel duro trayecto, se deslizó por la pendiente y, al llegar abajo, se descolgó el fusil, sacó la pistola de la bolsa y se la remetió bajo el cinturón. Luego sacó la túnica negra y el turbante y se los puso. El roce de la sangre reseca, adherida a varios puntos de la tela, lo hizo estremecerse. Metió el móvil y el GPS en sendos bolsillos, arrojó a un lado la bolsa y, tras colgarse nuevamente el fusil en bandolera, ascendió hasta lo alto de la siguiente duna y bajó

por la pendiente opuesta en dirección adonde se encontraban sus enemigos.

—Por Alí —musitó.

Tara cruzó el campamento seguida de un centinela armado. Hacía frío y se abrazaba los hombros intentando darse calor, aún dolorida por los golpes que le había propinado Dravic. Se oían gritos, golpes de herramientas y berridos que sonaban como estridentes trompetazos. Respiró hondo y con alivio tras su encierro en la tienda con Daniel.

Se preguntó cuántos días llevarían prisioneros. ¿Dos? ¿Tres? Buscó señales que le permitieran medir el paso del tiempo. Saif al-Thar había estado en la tienda la noche anterior. Y Dravic la había agredido una noche antes. Eso significaba que debía de ser su tercer día en el desierto. Pero tenía la sensación de que habían transcurrido muchos más.

Siguieron andando entre tiendas, rodearon varias pilas de cajas y por fin llegaron al lado sur del campamento. A su derecha vio una hilera de camellos, que eran los responsables de los berridos que acababa de oír. Un nutrido grupo de hombres se afanaba en la carga y descarga de cajas.

Al llegar a unos cincuenta metros de donde se encontraban los camellos, se detuvieron. Tara se bajó los tejanos, se acuclilló y orinó. Hacía sólo unos días no se le

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habría pasado por la cabeza hacer semejante cosa delante de un extraño.

Pero ya le daba igual.

El centinela desvió la mirada al instante. Era muy joven, casi un muchacho, y nunca antes lo había visto.

—¿Le gusta a usted el Manchester United? —le preguntó de pronto el joven guardián.

Tara se quedó de una pieza. Era la primera vez que uno de aquellos hombres le hablaba.

—El equipo de fútbol —añadió el joven.

Tara alzó la vista hacia él sin dejar de orinar y no pudo evitar echarse a reír.

¿Acaso cabía una situación más absurda que orinar en mitad del desierto junto a un fanático religioso, armado con un fusil, que quería hablar de fútbol? Siguió riendo, al borde de la histeria.

—¿Qué es lo que le hace tanta gracia? —preguntó el guardián.

—Esto. Todo esto —repuso ella, señalando alrededor—. No puede ser más cómico.

—¿No le gusta el Manchester United?

Tara se irguió, se subió los pantalones y dio dos pasos y avanzó hacia el guardián, hasta quedar a sólo unos centímetros del joven.

—Me importa una mierda el puto Manchester United —le espetó entre dientes—.

¿Lo has oído? Una mierda. Me han secuestrado, pegado y, dentro de poco, van a matarme. De modo que al Manchester United pueden darle por el culo. Y a ti también. El joven guardián bajó la vista, visiblemente amedrentado, pese a ser él quien iba armado.

—El Manchester United es bueno.

Era jovencísimo. Tara calculó que no debía de tener más de quince años.

Y, de pronto, sintió una inexplicable compasión por él.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó en tono amable. El joven dijo algo ininteligible para ella. —¿Cómo?

—Mehmet.

—¿Y por qué estás aquí, Mehmet?

El muchacho pareció muy confuso.

—Por Saif al-Thar —repuso no obstante.

—Y si Saif al-Thar dice que me mates, ¿me matarás?

El muchacho siguió con la cabeza gacha, visiblemente turbado.

—Mírame, mírame a la cara —lo urgió ella.

Mehmet alzó la vista de mala gana.

—Si Saif al-Thar te dice que me mates, ¿me matarás? —insistió Tara.

—Saif al-Thar es bueno —farfulló Mehmet—. Y me quiere.

—Pero ¿me matarías? ¿Me matarías si Saif al-Thar te lo ordenase?

El muchacho miró alrededor con expresión de nerviosismo.

—Debemos volver —se limitó a contestar.

—No, hasta que no me contestes.

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—Debemos volver —repitió Mehmet.

—¡Contéstame!

—¡Sí! —le gritó él, apuntándole a la cara—. Sí, la mataría. La mataría.

Por Alá, la mataría. ¿Entendido? ¿Quiere que la mate ahora mismo?

Mehmet jadeaba. Le temblaban las manos. Tara no cometió la tontería de seguir provocándolo.

—De acuerdo —dijo en tono pausado—. Volvamos.

Tara dio media vuelta y echó a andar, seguida de Mehmet. Caminaron en silencio hasta llegar a las primeras tiendas.

—Perdone —dijo el muchacho—. Lo siento mucho.

Tara aminoró el paso y se volvió. ¿Qué podía decirle? No era más que un niño. En cierto sentido, todos aquellos hombres eran como niños, simples, inocentes a pesar de los actos que cometían. Eran niños que habían descubierto ser más poderosos que los adultos.

—Soy seguidora del Chelsea —dijo Tara.

—El Chelsea es malo —dijo el muchacho con una sonrisa—. No es tan bueno como el Manchester United. El Manchester United es muy bueno.

Y, sin más, siguieron adentrándose en el campamento.

Echado boca abajo, Jalifa observaba las siluetas negras que tenía delante. Sólo una duna lo separaba de ellos. Estaba ya tan cerca que oía perfectamente el ruido del generador y de las herramientas.

No podía seguir avanzando sin ser descubierto. En lo alto de la siguiente duna había una hilera de hombres armados, y, en el valle, separados por intervalos regulares, había otros tantos. No tenía modo de internarse en el campamento sin ser visto. Quizá lograse dar un rodeo, pero tardaría mucho, y ya se veía una franja grisácea en el horizonte. Tenía que estar en el recinto antes de que amaneciese o, de lo contrario, los helicópteros, que casi con toda seguridad reanudarían la patrulla al alba, lo descubrirían. Descendió por la pendiente, se echó boca arriba y encendió un cigarrillo mientras reflexionaba sobre qué hacer.

Fue Alí quien le inspiró. O, mejor dicho, un consejo que Alí le había dado la primera vez que habían visitado el museo de El Cairo. Al llegar ante la entrada, su hermano se había detenido para explicarle cómo iban a hacer para colarse.

—Simularemos que vamos con un grupo de escolares —le dijo—, y entraremos como si tal cosa por la puerta principal.

Jalifa le preguntó si no sería mejor tratar de entrar por una puerta lateral, pero Alí negó con la cabeza.

—Si nos ven dar un rodeo, lo más probable es que nos paren —dijo—.

Tú mira siempre al frente. Con confianza, como si tal cosa. Nunca falla. Y

nunca había fallado. Que funcionase en ese momento era otro cantar, pero también lo único que se le ocurría. De modo que apuró el cigarrillo, se ajustó el turbante, se levantó y, tras ascender por la duna y bajar por el otro lado, les hizo señas a los centinelas que montaban guardia en aquel sector.

—Salaam! —los saludó—. ¿Todo bien?

Tres de ellos corrieron hacia él apuntándolo. Lo interceptaron al pie de la duna.

«Muéstrate confiado —pensó Jalifa—. Siempre confiado.»

—¡Eh! —exclamó entre risas—. Tranquilos, que soy de los vuestros.

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Pero los hombres de Saif al-Thar siguieron encañonándolo.

—¿Qué pasa? —preguntó uno de ellos—. ¿De dónde vienes?

—¿De dónde demonios creéis que vengo? De patrullar.

—¿De patrullar?

—Una pérdida de tiempo. Me he pasado toda la noche caminando y no he visto nada. ¿Tenéis un cigarrillo?

Uno de ellos buscó en un bolsillo de la túnica y sacó un paquete de Cleopatra. El compañero que había hablado primero lo atajó con un ademán.

—No se patrulla de noche. Sólo vigilancia alrededor del recinto. Ésas son las órdenes. Nada de patrullas.

—Pues podían habérmelo dicho antes —masculló Jalifa tratando de conservar su aplomo—. He debido de andar treinta kilómetros.

El hombre lo miró fijamente y luego, alzando el arma, le indicó que se descubriese el rostro.

«Muéstrate ofendido si empiezan a hacerte preguntas —le había dicho Alí aquel día en el museo—. Enfurécete si es necesario. Nunca dudes.»

—¡Por el amor de Dios! —exclamó Jalifa—. Me he pasado toda la noche al raso y estoy helado.

—¡Descúbrete el rostro!

Refunfuñando, Jalifa se retiró el pañuelo de la cara procurando que no se le viese la frente.

—No te conozco —dijo el otro.

—Ni yo a ti. No conozco a la mitad de los compañeros —replicó Jalifa

—. Pero no voy por ahí encañonándolos. ¡Qué estupidez! —Hizo una pausa y luego decidió

arriesgarse—: Si no me crees, ¿por qué no vas a preguntarle a Dravic?

Él me conoce. Yo estaba con él cuando se cargó al viejo en El Cairo. Lo rajó con su paleta, el muy bestia.

Los hombres de Saif al-Thar se miraron y bajaron las armas. El de los cigarrillos se acercó a él y le ofreció el paquete. Jalifa sacó uno y se lo llevó a la boca confiando en que no advirtieran que le temblaba la mano.

—¿Vas al campamento? —le preguntó el que lo había interrogado.

Jalifa asintió con la cabeza.

—Pues di que manden el relevo de una vez.

—De acuerdo. Ah, y hacedme un favor: lo que acabo de decir de Dravic, que quede entre nosotros, ¿eh?

Los hombres de Saif al-Thar se echaron a reír.

—No te preocupes. Nosotros pensamos lo mismo de él.

Jalifa sonrió, los saludó con la mano y empezó a alejarse. Al cabo de pocos pasos, sin embargo, lo llamaron.

—Eh, ¿no olvidas algo?

Jalifa se detuvo en seco. ¿Qué podía haber olvidado? ¿Una contraseña?

Debería haber pensado que podría necesitar algo así. Se volvió y vio que los tres lo miraban con las armas en ristre.

—¿Y bien? —dijo el que le había dado el cigarrillo.

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Jalifa se quedó con la mente en blanco. El corazón le latía con fuerza.

Esbozó una sonrisa bobalicona al tiempo que, instintivamente, acercaba el índice de la mano derecha al gatillo de su fusil y los miraba como si calculase sus probabilidades de salir con vida. Se produjo un largo y opresivo silencio. A Jalifa se le antojó como la calma que precede a la tormenta, y, de pronto, el del cigarrillo se echó a reír a carcajadas.

—¡El cigarrillo, idiota! ¿No quieres fuego?

Jalifa tardó un segundo en reparar en lo que quería decir y al instante respiró

hondo, con profundo alivio. Alzó la mano y tocó el cigarrillo que llevaba en la boca.

—Eso es lo que le ocurre a uno por pasar una noche al raso en el desierto —dijo, uniéndose a sus risas—. Te deja lelo.

El del cigarrillo sacó un encendedor y le dio fuego.

—Estoy loco por largarme de este lugar dejado de la mano de Dios —

dijo tras dar una calada.

Los hombres de Saif al-Thar asintieron con la cabeza.

Jalifa exhaló el humo, volvió a despedirse de ellos y se alejó de nuevo.

Ya no volvieron a llamarlo. Había logrado infiltrarse. La franja grisácea que asomaba por el este era cada vez más ancha y luminosa. Jalifa cruzó el valle y ascendió a lo alto de la siguiente duna. La enorme roca en forma de pirámide se alzaba a su izquierda, silenciosa e inmutable, como un pivote

sobre el que se apoyase el cielo. Al llegar a la cima pasó entre dos centinelas, que no le prestaron la menor atención, y miró hacia el caótico panorama que se extendía a sus pies: el cráter, las tiendas, los camellos, las pilas de cajas y los objetos esparcidos por el suelo aguardando a ser embalados. Varios grupos de hombres vestidos de negro iban de un lado para otro, la mayoría cargando cajas y el resto excavando entre los cadáveres. Un hombre alto y fornido con camisa blanca parecía supervisarlos.

El inspector dedujo que se trataba de Dravic. Siguió observando durante unos minutos y luego volvió a fijar su atención en el campamento, justo a tiempo de ver a una mujer rubia que entraba en una de las tiendas.

Memorizó el lugar exacto, entre una hilera de bidones y una pirámide de balas de paja, y bajó por la pendiente.

«Allahu akbar! Allahu akbar!», oyó a través de unos altavoces. Era la llamada para las oraciones matinales. Apresuró el paso y volvió a cubrirse el rostro con el pañuelo.

Los hombres de Saif al-Thar asomaron desde distintos puntos del campamento, se dirigieron hacia una explanada que estaba junto al lado sur y formaron en filas mirando hacia el este. Saif al-Thar se encaminó hacia un lado del campamento y entró

en una tienda por encima de la cual asomaba una antena. Un hombre que estaba ante un aparato de radio se puso en pie al verlo entrar, pero él le hizo seña de que volviera a sentarse.

—¿Qué hay de los helicópteros? —preguntó.

El operador le pasó un trozo de papel y dijo:

—Acaban de despegar.

—¿Sin problemas?

—Sin problemas. Estarán aquí en menos de una hora.

—¿Se sabe algo de los centinelas?

El operador negó con la cabeza.

—Téngame informado —ordenó Saif al-Thar, y salió de la tienda.

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A medida que los hombres llegaban a la explanada, el campamento iba quedando vacío. Los centinelas seguían en sus puestos, pero también miraban hacia el este, con la cabeza inclinada.

Saif al-Thar los observó. Parecían buitres posados en lo alto de las dunas. Aguardó unos instantes y se encaminó hacia el campamento. El

clamor de los rezos llegaba hasta el último rincón del recinto. Al descorrer la cortina de su tienda y agacharse para entrar, se detuvo en seco. Se incorporó lentamente mirando a un lado y a otro. Dio un paso escudriñando el laberinto de bolsas y aparatos y, al comprobar que no había nada anormal, sacudió la cabeza y entró.

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Cerca de la frontera libia

Los helicópteros volaban bajo. Eran una veintena y semejaban una bandada de aves carroñeras. Uno iba ligeramente más adelantado que los demás, que seguían todos sus movimientos, hacia arriba, hacia abajo, a la derecha y a la izquierda, como si realizasen un ejercicio de acrobacia aérea.

Eran aparatos grandes y pesados cuyo tamaño contrastaba con sus ágiles maniobras. La silueta de los pilotos apenas se veía en las cabinas. Se dirigían hacia la línea del amanecer. El cielo empezaba a teñirse de un color rojizo.

En el desierto occidental

Jalifa estaba escondido detrás de una hilera de barriles. Permaneció allí hasta que el campamento quedó completamente desierto. Entonces se apresuró a cruzar el laberinto de tiendas y cajas buscando la tienda en la que había visto entrar a la mujer. Calculaba que disponía de quince o veinte minutos. Desde lo alto de la duna la distribución del campamento le había parecido perfectamente clara. Pero, ahora, al nivel del suelo, no le resultaba tan fácil orientarse. Todo tenía el mismo aspecto y los puntos de referencia que antes había observado (las hileras de bidones y las pilas de balas de paja) se repetían por todos lados. Asomó la cabeza en un par de tiendas, y al no ver a nadie empezó a desesperarse. Pero de pronto identificó la tienda que buscaba. Entró blandiendo el arma, pero era innecesario porque no había centinela. Tampoco estaba la mujer. Sin embargo, de espaldas a la entrada vio a uno con la frente pegada al suelo. Jalifa fue a retroceder, pensando que había vuelto a equivocarse de tienda. Algo lo detuvo. Todo lo que veía del orante era la silueta de su túnica negra, pero tuvo el presentimiento de que se trataba de Saif al-Thar. Alzó el arma con el dedo en el gatillo, dispuesto a disparar.

Si el orante reparó en la presencia del inspector no dio muestras de ello y siguió

rezando. Jalifa ciñó más el dedo al gatillo. A aquella distancia era imposible fallar. Le latía el corazón con tal fuerza que parecía resonar en la

tienda. El hombre se incorporó, musitó nuevamente una oración y volvió a arrodillarse. Jalifa no tenía más que decidirse y apretar el gatillo, y al pensar en Alí apuntó a la cabeza. Respiró hondo y se mordió el labio inferior. Pero a continuación bajó el arma, dio media vuelta y salió de la tienda.

Se detuvo a mirar la raída lona de la cortina y sintió un nudo en la boca del estómago. Aunque sólo había estado observando a aquel hombre unos segundos, el cielo estaba ahora mucho más claro que al entrar. El amanecer avanzaba con rapidez. Pronto terminarían los rezos matinales. Volvió a adentrarse en el laberinto de tiendas.

—Me gustaría saber cómo está Joey —dijo Tara.

Se hallaba sentada en el suelo de la tienda, abrazándose las rodillas y balanceando hacia delante y hacia atrás. Daniel estaba echado a su lado, haciendo tamborilear los dedos contra el suelo. De vez en cuando miraba el reloj.

—¿Quién es Joey?

—La cobra de cuello negro que tenemos en el zoo. No se encontraba muy bien últimamente.

—Imaginaba que ya estabas harta de cobras.

Tara se encogió de hombros.

—Joey nunca me ha caído demasiado bien. Pero, en fin... cuando pienso que no voy a volver a verla... Confío en que Alexandra no deje de administrarle los

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antibióticos. Y en que le quite la piedra del terrario. Ha pillado una enfermedad de la piel de tanto restregarse contra ella.

Tara hablaba por hablar, como si de ese modo pudiese posponer el momento en que los sacasen de la tienda para... ¿Para qué? ¿Para fusilarlos?

¿Para decapitarlos?

¿Para degollarlos?

Miró al centinela, que ya no era Mehmet sino un hombre mayor. Lo imaginaba apuntándola a la cabeza y disparando. Incluso le pareció oír la detonación y ver brotar su propia sangre. Empezó a retorcerse las manos.

—¿Y se puede saber por qué te dio por las serpientes? —preguntó Daniel, que se incorporó y se sentó—. Nunca he entendido la atracción por esos bichos. Tara se encogió de hombros.

—Aunque de un modo muy curioso, en realidad fue mi padre quien hizo que me interesase pór las serpientes. Él las odiaba. Era su punto flaco. Y

eso me daba la sensación de tener cierto poder sobre él. Recuerdo que, en cierta ocasión, unos alumnos le metieron una serpiente de goma en su bolsa, y cuando la abrió... —Tara se detuvo a mitad de la frase, como si se percatase de que no merecía la pena, porque ninguno de los dos iba a reír.

Tras un silencio tenso, y esforzándose por que la conversación no decayese, preguntó—: ¿Y tú? Nunca me has contado por qué decidiste hacerte arqueólogo.

Daniel estaba atándose el cordón de una de sus botas.

—Sólo Dios lo sabe. Nunca me he parado a pensar en ello. Supongo que me hice arqueólogo porque siempre me había gustado excavar. Recuerdo que antes de que mis padres muriesen, cuando vivíamos en París, teníamos jardín y yo me pasaba la vida cavando hoyos, buscando tesoros enterrados.

Los hacía enormes, como cráteres. Mi padre me decía que cualquier día iba aparecer en Australia. Supongo que así

empezó mi afición. Luego me regalaron un libro con ilustraciones de los tesoros de Tutankamón y, a partir de entonces, las excavaciones y Egipto...

Un centinela entró de pronto en la tienda. La madrugada era fría, y llevaba el pañuelo muy ceñido al rostro. El centinela que estaba en el interior fue a levantarse, pero sin mediar palabra el recién llegado lo golpeó con la culata del fusil en la cabeza y lo dejó sin sentido. Daniel y Tara se levantaron de un salto. Jalifa se descubrió el rostro.

—Tenemos muy poco tiempo —les dijo a la vez que se agachaba a recoger el fusil del centinela—. Soy policía. He venido a liberarlos —

agregó tendiéndole el arma a Daniel-. ¿Sabrá utilizarlo?

—Creo que sí.

—¿Cómo ha conseguido llegar hasta aquí? —preguntó Tara—.

¿Cuántos son ustedes?

—Sólo yo —contestó Jalifa—. Pero no hay tiempo para explicaciones.

En muy pocos minutos habrán terminado sus oraciones y volverán al campamento. Deben huir ahora que tienen la ocasión de hacerlo. —Se cercioró de que no había nadie cerca de la entrada de la tienda, y les indicó

—: Vayan en dirección norte, valle arriba, al otro lado de la excavación, y sigan tan arrimados como puedan a la base de la duna. Así quedarán fuera del campo de visión de los centinelas que tienen apostados. Dense toda la prisa que puedan.

—¿Y usted? —preguntó Tara.

Jalifa no hizo caso de la pregunta y sacó del bolsillo el móvil y el GPS.

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—Tomen esto; y, en cuanto estén fuera del alcance de estos tipos, llamen y pidan ayuda. Sus coordenadas aparecerán aquí, en esta pantallita.

No tienen más que pulsar...

—Ya sé cómo funciona —lo interrumpió Daniel, que cogió el GPS y le pasó el móvil a Tara.

—¿Y usted? —repitió ella.

—Tengo cosas que hacer aquí —repuso Jalifa mirándola—. No es asunto suyo.

—No podemos dejarlo aquí solo.

—Váyanse —insistió él, empujándolos hacia la entrada—. Márchense enseguida. Hacia el norte y pegados a la base de la duna que queda a su izquierda.

—No sé quién es usted —dijo Daniel-, pero gracias. Espero que volvamos a vernos algún día.

—Inshallah. Y ahora, váyanse.

Daniel y Tara salieron de la tienda, pero ella dio entonces media vuelta, se acercó a Jalifa y lo besó en la mejilla.

—Gracias —susurró.

Jalifa asintió con la cabeza y la empujó delicadamente hacia fuera al tiempo que le decía:

—He lamentado mucho lo de su padre, señorita Mullray. Asistí a una de sus conferencias, y fue magnífica. Pero, por favor, no se entretengan más.

Se miraron a los ojos por un instante y, luego, Tara y Daniel echaron a correr. Jalifa los vio alejarse hasta que hubieron desaparecido. Después dio media vuelta y corrió en la dirección opuesta.

Jalifa se dirigió hacia el lado sur del campamento, deteniéndose de vez en vez y aguzando el oído, calculando cuánto faltaría para que terminasen las oraciones. Un par de minutos, se dijo. No mucho más. Una franja translúcida de color rosado había aparecido por encima de la duna que se alzaba al este. Iba ensanchándose y su resplandor se imponía poco a poco al de los focos.

Jalifa siguió andando hasta llegar casi al final de las hileras de tiendas.

Más allá, a unos cincuenta metros, los hombres de Saif al-Thar estaban arrodillados en la arena, musitando sus plegarias.

Se situó detrás de unas cajas y reflexionó, intentando imaginar alguna maniobra de diversión. A unos pasos de donde se encontraba había unas

balas de paja junto a un bidón. Miró las cajas de madera que estaban detrás de él, todas ellas con una calavera y dos tibias pintadas. Fue hacia el bidón y desenroscó el tapón. El olor le indicó que, tal como había supuesto, se trataba de gasóleo. Cogió el bidón y roció la bala de paja contigua hasta que estuvo bien empapada. Luego acercó la bala a las cajas. Repitió la operación otras dos veces, sin poder evitar que el gasóleo le salpicase la túnica y los zapatos.

Cuando estaba arrimando la tercera bala, un clamor le indicó que las oraciones habían terminado. Acto seguido oyó gritos procedentes de lo alto de la duna más cercana. Se volvió empuñando el arma, convencido de que lo habían descubierto, pero al oír disparos procedentes del otro lado del campamento comprendió que no era a él a quien habían descubierto sino a Tara y a Daniel.

—¡Mierda! —musitó.

Se volvió hacia las balas de paja empapadas, hurgó en un bolsillo y sacó el encendedor. Los disparos se intensificaron. También oyó, delante de él, los gritos de

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los hombres que rompían filas y echaban a correr hacia el campamento.

Se acuclilló y acercó el encendedor a la base de una de las balas de paja.

—Yo que usted no lo haría —dijo una voz a sus espaldas—. Suelte el encendedor y levántese. Y muy... despacio.

Por un instante Jalifa permaneció inmóvil. El mundo pareció condensarse a su alrededor. A continuación cerró los ojos, respiró hondo y encendió el mechero. Brotó

una chispa, pero ninguna llama. Una ráfaga perforó la arena junto a sus pies.

—¡Suelte ese encendedor! ¡No lo repetiré!

Jalifa se resignó y dejó caer el mechero. Volvió a oír disparos, procedentes del otro lado del campamento.

—Vuélvase. Lentamente y con los brazos en alto.

El inspector obedeció. A diez metros de él estaba Dravic, apuntándole con un fusil automático.

—¡Maldito imbécil! —le espetó el alemán.

De pronto aparecieron hombres de Saif al-Thar por todas partes. Dravic dio una orden y tres de ellos sujetaron a Jalifa y lo obligaron a arrodillarse.

—Muy bien... De modo que éste es nuestro policía, ¿verdad? —dijo Dravic, acercándose al inspector—. Nuestro pequeño Omar Sharif. —Se detuvo frente a él, le dio un bofetón que le partió un labio y añadió—: ¿Qué pretendía hacer? ¿Detenernos a todos sin ayuda de nadie? Está visto que ustedes los policías son más estúpidos de lo que yo imaginaba.

Jalifa no replicó. Se limitó a mirarlo fijamente. Un hilillo de sangre se deslizó

hasta su mentón. Los disparos proseguían, cada vez más intensos. Uno de los hombres de Saif al-Thar se acercó corriendo a decirle algo a Dravic, que fulminó con la mirada al inspector.

—¡Esto le va a costar caro! ¡Muy caro! —Señaló a uno de los hombres, que recogió del suelo el encendedor y se lo tendió—. ¿Qué es este olor? —

exclamó, olisqueando el aire—. ¿Qué es este delicioso olor que desprende su túnica? ¿Será

gasóleo? —Esbozó una sonrisa sarcástica y los hombres que los rodeaban se echaron a reír—. Hemos sido algo descuidados, ¿verdad?

Dravic retrocedió un poco, y acercó el mechero al pecho de Jalifa, y brotó una llamita de color azul amarillento.

—¿Lo ve? No puede ser más sencillo. Todo lo que hay que hacer es apretar. Movió el encendedor hacia atrás y hacia delante cerca de la tela salpicada de gasóleo. Jalifa forcejeó para soltarse, pero lo sujetaban entre tres y le resultaba imposible. La llama del encendedor casi tocaba la túnica.

—¡Deténgase! ¡Deténgase de inmediato!

La voz procedía del otro lado del grupo que se había congregado. Era una voz áspera y autoritaria. Dravic volvió la cabeza, mascullando algo ininteligible. Apartó el encendedor de la túnica y retrocedió unos pasos. Los hombres se apartaron para dejar paso a Saif al-Thar, pero éste siguió donde estaba, mirando a Jalifa.

—Hola, Yusuf —dijo al fin, avanzando hacia él.

—¿Lo conoce usted? —preguntó Dravic, sorprendido.

—Por supuesto —contestó Saif al-Thar—. Es mi hermano.

Echaron a correr entre las tiendas del campamento en dirección a la duna que quedaba a su izquierda, tal como Jalifa les había indicado. Daniel iba delante, seguido

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de Tara, a quien la adrenalina que circulaba por sus venas le había hecho olvidar lo dolorido que tenía todo el cuerpo.

Al llegar al límite norte del campamento se detuvieron. A pocos metros estaba la zanja de la excavación. La luz del día, ya muy intensa, iluminaba los artefactos, esparcidos por el suelo como los restos de un enorme avión estrellado. Podía ver hombres armados a lo largo de la cima de la duna que quedaba a su derecha, pero miraban hacia el este, en dirección al sol.

—¿Te encuentras bien, Tara?

—Sí.

Siguieron adelante arrimados a la base de la duna. Frente a ellos se alzaba la imponente pirámide de roca. Cuanto más se alejaban del campamento, menos posibilidades tenían de que los descubriesen, pensaba Tara, pero más tentaban a la suerte. Hacía muchos años que no rezaba, desde pequeña, y en ese momento, sin apenas reparar en ello, rezó una plegaria, rogándole a cualquier poder que existiese que los protegiese, que les permitiese escapar.

—Que no nos vean, por favor —musito—. Que no nos vean. Que no nos vean, por favor.

Continuaron unos cincuenta metros y entonces, al llegar a la altura de la excavación, oyeron disparos y gritos procedentes de la duna.

—¡Mierda! —exclamó Daniel.

Siguieron otros gritos y más disparos. Cuarenta pares de ojos se dirigieron hacia ellos. Daniel se volvió y disparó su fusil. —¡Retrocede! —

le indicó a Tara—. ¡Tenemos que retroceder!

—¡No!

—Aquí no hay donde cubrirse.

Daniel la cogió de un brazo y volvieron sobre sus pasos. Varios hombres bajaban corriendo por la pendiente, sin dejar de dispararles. Las balas pasaron casi rozándolos y fueron a incrustarse en algunas cajas y en una armadura. Daniel disparó otra ráfaga y, tras recorrer unos metros, volvieron a estar entre las tiendas. Sus perseguidores los perdieron momentáneamente de vista en aquel laberinto de lona.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Tara, jadeante.

—No lo sé. No lo sé —repuso Daniel, desesperado.

Volvieron a echar a correr, zigzagueando entre las tiendas. Los gritos de sus perseguidores se oían cada vez más cerca. Pero no sólo por detrás, sino también por delante. Estaban rodeados. No tenían escapatoria. Tara sintió tal pánico que se le nubló la vista. Y, de pronto, junto a una de las tiendas, vieron una motocicleta con las llaves en el contacto. Sin decir palabra,

Daniel le lanzó el fusil a Tara, montó en la motocicleta y le dio una patada al pedal de arranque. El motor petardeó pero no arrancó. Volvió a intentarlo, otra vez sin éxito.

—¡Vamos! ¡Arranca, cacharro de mierda!

Los gritos les llegaban ahora desde un par de tiendas de distancia, pero por todos lados, como un inmaterial nudo corredizo. Tara alzó el fusil y disparó

frenéticamente, al azar. El retroceso estuvo a punto de arrojarla al suelo, pero la ráfaga perforó varias tiendas y cajas de madera. Volvió a apretar el gatillo, en dirección contraria esta vez, hasta vaciar el cargador. Pero había otro fijado a la culata con cinta aislante. Retiró el vacío e introdujo el otro.

justo en ese instante la motocicleta se puso en marcha.

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—¡Sube! —le gritó Daniel.

Tara saltó al asiento trasero y Daniel aceleró. Una rociada de granos de arena brotó de la rueda trasera a la vez que la motocicleta salía hacia delante como una exhalación. Uno de los hombres de Saif al-Thar trató de cortarles el paso, pero Daniel lo apartó de una patada. Aparecieron más hombres, y Tara, cerrando los ojos como si prefiriese no verlo, apretó el gatillo. Oyó una explosión y, al abrir los ojos, vio que uno de los hombres se tambaleaba con la túnica en llamas.

Siguieron zigzagueando a toda velocidad entre las tiendas hasta llegar al límite norte del campamento. Enfilaron hacia el montículo al que subieron la noche en que habían descubierto el ejército. Pero seguían viendo hombres de Saif al-Thar que trataban de cercarlos.

Daniel redujo la velocidad y miró alrededor.

—¡Sujétate bien!

Aceleró hacia el montículo. Varios hombres se interpusieron en la trayectoria de la motocicleta, pero se apartaron al advertir que Daniel no reducía la velocidad. Cuando Tara comprendió lo que éste se proponía hacer, tiró el fusil y se abrazó con fuerza a su cintura.

—¡No lo conseguirás! —gritó Tara.

Al llegar a la base de la duna la motocicleta se vio frenada durante unos metros por la pendiente, pero Daniel aceleró a fondo, logró remontar la pendiente y, con un salto que lo hizo estremecer, apareció por el otro lado, con lo que, al menos por el momento, el montículo los protegía de los disparos de sus perseguidores. La rueda trasera daba tales bandazos que

Daniel temió que de un momento a otro acabarían en el suelo. Sin embargo, consiguió dominar la motocicleta y acelerar por el valle. Continuaban disparándoles, aunque no desde lo alto de las dunas, porque la mayoría de los centinelas habían dejado sus puestos y habían echado a correr hacia el campamento en cuanto empezó el tiroteo.

—¡Dios mío! ¡Fíjate en todo eso! —exclamó Daniel al ver la multitud de cuerpos y objetos esparcidos en la zanja de la excavación.

—¡No mires y acelera! —lo urgió ella abrazándose con más fuerza a su cintura. En el desierto occidental

—Tú no eres mi hermano —dijo Jalifa mirando fijamente al hombre que estaba frente a él—. Mi hermano está muerto. Murió el día en que él y sus secuaces irrumpieron en el pueblo y asesinaron a siete personas inocentes. El día en que adoptó el nombre de Saif al-Thar.

El parecido entre Jalifa y Saif al-Thar era innegable. Ambos tenían los pómulos salientes, la boca pequeña y la nariz ganchuda. Sus ojos, en cambio, eran muy distintos. El primero los tenía de color azul claro, mientras que los de Saif al-Thar eran de un vivo color verde.

Permanecieron inmóviles. Por fin, Saif al-Thar dijo dirigiéndose a Dravic.

—Deme el fusil —le dijo.

El alemán dio un paso hacia él y le tendió el arma. Saif al-Thar apuntó a la cabeza de Jalifa.

—Usted vuelva con los hombres al trabajo —le ordenó a Dravic—. Y

que los centinelas bajen de las dunas. Los helicópteros llegarán dentro de treinta minutos y aún queda mucho por hacer.

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—¿Y los prisioneros?

—Déjenlos escapar. No los necesitamos.

—¿Y éste?

—Ya me encargo yo de él.

—No podemos...

—He dicho que ya me encargo yo de él.

Dravic dio media vuelta jurando por lo bajo y se alejó. Al quedarse a solas, Saif al-Thar le indicó a Jalifa que se levantase.

—Deberías haberme matado cuando tuviste la oportunidad. Hace un rato, en el momento en que entraste en mi tienda. Porque eras tú, ¿verdad?

Lo presentí. ¿Por qué no apretaste el gatillo, si era lo que querías hacer?

—Me pregunté qué habría hecho mi hermano Alí en esa situación —

repuso Jalifa—, y me dije que él nunca le hubiese disparado a nadie por la espalda. Sobre todo si estaba rezando.

—Hablas como si yo no fuese tu hermano —dijo Saif al-Thar con acritud.

—Y no lo eres. Alí era un buen hombre. Tú eres un carnicero.

Los generadores dejaron de funcionar súbitamente y los focos se apagaron, dejando el campamento sin más luz que el tenue resplandor del alba. Por el norte se alzó una negra y densa humareda.

—¿Por qué has venido aquí, Yusuf?

Jalifa tardó unos segundos en contestar.

—No he venido a matarte—dijo al fin—. No. Aunque no te equivocas al pensar que eso es lo que hubiese querido hacer. Es lo que he deseado hacer durante catorce años. Acabar para siempre con Saif al-Thar.

El inspector rebuscó en un bolsillo de la túnica y sacó su paquete de Cleopatra. Pero entonces recordó que Dravic le había quitado el encendedor. De modo que se quedó con un cigarrillo entre los dedos, apagado.

—He venido porque quería comprender —prosiguió Jalifa—. Para mirarte a la cara y tratar de entender qué sucedió durante todos aquellos años. Por qué cambiaste de esa manera. Por qué Alí tuvo que morir y dejar que aflorase... tanta maldad. Saif al-Thar lo fulminó con la mirada y apretó el dedo contra el gatillo del fusil. Sin embargo, lo apartó enseguida y sonrió.

—Abrí los ojos, Yusuf. Eso es todo. Miré alrededor y vi el mundo tal como es; un mundo lleno de maldad y corrupción, un mundo en el que la sharia ha sido olvidada y el kurf ha asolado la tierra. Lo vi y me juré hacer algo. De modo que tu hermano no murió, sencillamente maduró.

—Convertido en un monstruo.

—No. En un servidor de Dios —replicó Saif al-Thar, crispado—. Para ti era fácil, Yusuf. No eras el hermano mayor. No tenías que afrontar lo mismo que yo, ni cargar con las mismas responsabilidades. Trabajaba dieciocho y a veces hasta veinte horas al día para alimentaros a ti y a nuestra madre. Y sentí que la vida se me iba escapando. Mientras en torno a mí veía a los millonarios occidentales en sus lujosos hoteles, gastando más en una sola comida de lo que yo ganaba en un mes. Estas cosas cambian a un hombre. Le muestran el mundo tal como es.

Seguir: parte 3 de 4