El Enigma de Cambises
—Bueno, queda claro. La gasolina me la…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
¿no?
Daniel siguió mirando hacia la zanja por unos instantes, y al fin, lentamente, volvió la cabeza hacia ella. Sus ojos reflejaban sentimiento de culpabilidad y pesar, pero también una frialdad brutal. Tara tuvo la sensación de que no lo conocía.
—Lo siento, Tara —dijo él en tono inexpresivo—. Pero me jugaba mi licencia. Prometieron devolvérmela, lo que me permitiría dirigir de nuevo excavaciones. Ella lo miró fijamente, demasiado afectada para mover un solo músculo. Por un instante se sintió como si sólo ellos dos estuvieran allí. Apenas notaba la presencia de nadie más, ni siquiera de Jalifa, que se le había acercado un poco. Era como si estuviese en un túnel, con Daniel junto a una de las entradas y los demás fuera. Quiso decir algo, pero no logró articular palabra. Daniel volvió a mirar hacia los cadáveres desmembrados que yacían en aquella tumba gigantesca.
—¿Cuándo? —logró musitar ella al fin.
—¿Cuándo me involucré? —preguntó él—. Hace cosa de un año. Se pusieron en contacto conmigo. Me contaron lo del ejército y que querían utilizarlo como señuelo para que Saif al-Thar volviese a Egipto. Me dijeron que, si los ayudaba, podría volver a excavar en el Valle de los Reyes. Por entonces ya hacía seis meses que había perdido la licencia. Y habría hecho lo que fuera por recuperarla. Lo que fuera. —Un súbito rubor tiñó su rostro, como si una parte de él se avergonzase de lo que acababa de decir. Pero el rubor desapareció de inmediato y su cara volvió a reflejar una frialdad sobrecogedora. Se agachó y recogió del suelo la daga que Jalifa había esgrimido hacía unos momentos—. Fui yo quien dio la idea de hacerles creer que uno de los soldados de Cambises había sobrevivido al desastre.
Recordaba la inscripción de Dimacos en la KV9, e inventé la historia. Sabía que existía una tumba en perfecto estado de conservación en las colinas. Yo hice todo el trabajo de decoración de las paredes. Me embargaba una extraña sensación de felicidad, por estar allí solo, pintando los jeroglíficos, creando el texto, forjando la historia. Estaba exultante. Y el resultado final...
me sorprendió incluso a mí. Recuerdo que, el día que terminé, me senté a contemplar con orgullo mi obra maestra. Aunque ahora comprendo que era demasiado perfecta. Debería haber reparado en que las estatuillas funerarias pertenecían a otro período. Fue una estupidez por mi parte. Un grave descuido. Miró a Jalifa, que le devolvió la mirada, impertérrito.
—¿Y la daga? —preguntó el inspector.
—La vio usted, ¿verdad? —dijo Daniel con una sonrisa—. No pude resistir la tentación. La tira de piel de la empuñadura estaba un poco suelta.
De modo que la retiré y grabé «Dimacos hijo de Menendos» en la empuñadura, con caracteres griegos. La verdad es que me lo pasé en grande añadiendo ese detalle para que todo pareciese auténtico.
Jalifa dio una calada, meneó la cabeza y le dirigió una mirada de desprecio.
272
—Eso era todo lo que querían que hiciese —dijo Daniel-. Sólo crear una tumba. Pero entonces desapareció el fragmento de texto jeroglífico, entraste tú en escena y ellos descubrieron que te conocía. De modo que me pidieron que me pusiera en contacto contigo y te vigilase. No fue una misión de mi gusto, pero ¿qué podía hacer?
Me jugaba la licencia. Y, si he de ser sincero, me sentía tan intrigado como ellos por lo que había ocurrido. Yo había creado la tumba. Me sentía totalmente implicado. De modo que dejé la nota en el apartamento de tu padre, seguro de que reconocerías mi letra.
Las lágrimas habían empezado a rodar por las mejillas de Tara, quien se sentía como si le hubiesen rasgado la ropa y la hubiesen dejado completamente desnuda. Se abrazó como para protegerse de su imaginaria desnudez.
—Si hubieses dejado el fragmento en Saqqara todo habría ido bien —
dijo Daniel. Intenté convencerte, pero no quisiste escuchar. Después... —
Alzó las manos con expresión de impotencia. Tara no podía contener el llanto. Tenía el rostro irreconocible, como si sus facciones se hubiesen fragmentado y dispuesto en otro orden.
—¿Sabías lo de Samali? —preguntó con acritud. Daniel asintió con la cabeza.
—En cuanto descubrí lo que era el fragmento llamé a Squires —explicó
—; desde el zoo, cuando te dije que iba a telefonear a mi hotel. Y él me dijo lo que tenía que hacer.
—Y, cuando fuimos a Luxor, cuando subimos a las colinas... sabías que Dravic estaría allí, que íbamos a meternos en una trampa, ¿no?
—¿Qué podía hacer? Tenía que devolverles el texto. Era el único modo.
De pronto, Tara tuvo la sensación de oír la voz de su padre: «Daniel siempre da la impresión de que sería capaz de cortarse una mano si eso
sirviera para averiguar más acerca de un tema. Y de cortarle la mano a otro también. Es un fanático».
—¿Y por qué no me lo contaste todo? —preguntó ella con voz entrecortada. Daniel se acuclilló y volvió a dejar la daga en el suelo con sumo cuidado.
—Lo intenté —repuso—. Cuando estábamos en lo alto del Qurn, ¿lo recuerdas?, pero no me atreví. Estaba demasiado involucrado —añadió con un dejo de sincero pesar—. Nunca he querido herirte, Tara. Cuando vimos a Dravic en las colinas... incluso entonces tuve dudas. Sabía que la tumba estaba vigilada, que si bajábamos nos apresarían. Por eso insistí en ir solo, para no ponerte en peligro. Pero te negaste. Insististe en acompañarme.
—Y todo lo que me decías...; toda esa comedia, asegurando que me querías y que temías por mí... —dijo ella, temblorosa.
—No era comedia, Tara. Lo sentía de verdad. Sólo que...
Se la quedó mirando un momento y luego se levantó. De pronto, como si se le hubiese apagado una luz interior, la momentánea calidez de sus ojos desapareció y no quedó más que una intensa frialdad.
—¿Sólo qué, Daniel? —dijo ella entre dientes.
—Pues que mi licencia era más importante —admitió él, encogiéndose de hombros.
Tara lo miró con expresión de furia y abatimiento a la vez. Luego, soltando un grito de dolor y frustración, se abalanzó sobre él y le arañó la cara.
—Pero... ¿qué clase de persona eres tú? —le gritó fuera de sí—. ¿Qué clase de monstruo puede ser capaz de hacer algo semejante? ¡Estuvieron a punto de violarme,
273
hijo de puta! ¡Podrían haberme matado! ¿Y para qué? ¿Por tu maldita licencia? ¿Por eso has tenido el estómago de quedarte mirando mientras estaban a punto de matarme? ¡Estás enfermo! ¡No eres humano! ¡Eres repugnante! ¡Me das asco! ¡Asco!
Daniel le sujetó las muñecas y forcejeó con ella. Tara se resistió por unos segundos hasta que su furia remitió; entonces retrocedió hacia la roca, jadeante y llorosa.
—¡Eres un hijo de puta! —balbuceó—. Un hijo de puta y un mentiroso.
¡Podrían haberme matado!
Jalifa se acercó a ella y posó una mano sobre su hombro, pero ella la retiró. Oates y Squires se miraron. Yamal siguió haciendo entrechocar las cuentas del rosario. Daniel se tocó los arañazos del rostro y fulminó a Tara con la mirada. En ese momento vieron acercarse a Massey.
—¿Me he perdido algo? —dijo el estadounidense mirando alrededor.
—El doctor Lacage y la señorita Mullray acaban de tener... una discusión sobre los acontecimientos de la última semana —repuso Squires con una sonrisa. Massey reparó en los arañazos que Daniel tenía en la cara y se echó a reír a carcajadas.
De nuevo empezó a levantarse viento en el valle, arrojando arena contra sus piernas. Oates miró el reloj.
—Ya tendríamos que marcharnos, señor.
—Sí, es hora —Squires asintió—. Sólo me queda ultimar un par de detalles. ¿Por qué no me esperan los tres en el helicóptero?
Oates, Yamal y Massey dieron media vuelta y se dirigieron hacia el aparato. Squires se alisa el pelo, que se le había alborotado con el viento.
—No es que realmente tenga mucho más que explicarles —dijo Squires
—. Una vez que Dravic hubo localizado la posición del ejército, Saif alThar empezó a hacer llegar hombres y equipo por helicóptero desde Libia.
No se lo impedimos y nos limitamos a observar la operación por satélite.
Supimos que había cruzado la frontera hace un par de días, e inicialmente planeamos irrumpir aquí mañana por la noche. Pero la pequeña odisea del inspector Jalifa nos obligó a adelantar el plan un día. Las Fuerzas Aéreas egipcias interceptaron sus helicópteros al acercarse a la frontera. Ocupamos su lugar y... bueno, creo que el resto ya lo conocen. Saif al-Thar está muerto, su organización destruida, y por el momento el mundo es un lugar más seguro.
Jalifa miraba la hilera de cadáveres depositados junto al borde de la zanja.
—¿Qué harán con ellos? —preguntó.
—¿Con los cuerpos? Pues... enterrarlos en el desierto. En algún lugar donde nadie los encuentre.
—¿Y con el ejército? —inquirió Jalifa señalando los cadáveres de la zanja.
—Lo dejaremos todo tal como está ——contestó Squires en tono displicente—. Que el desierto vuelva a sepultarlo. Dentro de unos meses habrá desaparecido. Y
luego, quién sabe, puede que algún día alguien haga el mayor descubrimiento de la historia de la arqueología. O el más grande redescubrimiento, si lo prefieren. Squires le guiñó un ojo a Daniel, que lo miró impasible. A Jalifa se le había apagado el cigarrillo, por lo que sacó las cerillas para volver a encenderlo. Pero el viento soplaba con fuerza y apagó la llama. Lo intentó hasta tres veces más, en vano.
274
—Y eso es todo —concluyó Squires—. No ha sido nada fácil, pero todo ha resultado bien. Puede que de un modo un tanto curioso la historia del fragmento de texto que faltaba nos haya ayudado. Saif al-Thar estaba tan obsesionado por conseguirlo que nunca se le ocurrió pensar que la tumba fuese una falsificación. De modo que, en muchos aspectos, tenemos con usted una deuda de gratitud. —Sonrió
y, mirando a Daniel, añadió—: Le dejo a usted pronunciar el último adiós. No quiero ser entrometido. Señorita Mullray, inspector Jalifa, ha sido un verdadero placer. Los miró a ambos, los saludó con la mano y se encaminó hacia el helicóptero. Una ráfaga de viento alborotó su pelo.
—¿Y ahora qué? —preguntó Tara.
—Pues ahora... —contestó Jalifa—, creo que el doctor Lacage va a matarnos.
275
En el desierto occidental
Daniel se descolgó el fusil automático del hombro y les apuntó.
—No pueden dejarnos vivos —agregó Jalifa—. Después de decirnos todo lo que nos han dicho, no pueden permitir que vivamos y arriesgarse a que lo contemos todo.
—¿Daniel? —dijo Tara con voz ronca.
—Como ha dicho el inspector, sabéis demasiado —dijo él en tono inexpresivo—. No puedo dejar que deis al traste con todo. Ya he ido demasiado lejos. No hay vuelta atrás. —Dirigió el cañón del fusil hacia la zanja, indicándoles que fuesen hacia allí—. Quizá debería haberme negado cuando me pidieron que los ayudase, pero ¿quién iba a pensar que todo iba a terminar de esta manera? Si ese fragmento no hubiese faltado, todo habría marchado bien. Y, quién sabe, Tara, acaso hubiésemos podido reencontrarnos en otras circunstancias.
Ya habían llegado al borde de la zanja. Les indicó con ostensibles ademanes que se volviesen. Un mar de cadáveres desmembrados se
extendía frente a ellos. Tara oyó que Jalifa musitaba una plegaria y, en un acto reflejo, le cogió la mano.
—No espero que lo entendáis —dijo Daniel-. Ni siquiera yo me entiendo. Todo lo que sé es que se me hacía insoportable resignarme a no poder volver a dirigir una expedición; a limitarme a observar mientras otros obtenían licencias para excavar en el valle. En mi valle. Gente que no sabe ni la mitad que yo, que no tiene ni la mitad de mi entusiasmo. Una panda de estúpidos e ignorantes. Eso... unido al temor de que, pese a todo, hiciesen un descubrimiento, que encontrasen una nueva tumba. No podía soportarlo.
Era... horrible.
El viento había arreciado y alborotaba el cabello de Tara, quien ni siquiera reparaba en ello.
«Me va a disparar —pensó Tara—. Voy a morir.»
—Es mi sueño, ¿sabéis? —dijo Daniel-. Descubrir una nueva tumba.
Dravic tenía razón. Es como una adicción. Pensadlo: entrar en una cámara mortuoria sellada quinientos años antes de Cristo. Imaginad la emoción que debe de sentirse. Dudo de que haya nada comparable.
A lo lejos, a su derecha, se oyó el estruendo de los rotores del helicóptero, que acababan de ponerse en marcha. Otros aparatos también se disponían a levantar el vuelo. Los soldados corrían a embarcar.
—Es curioso —prosiguió Daniel elevando mucho la voz para que se le oyese por encima del estruendo—. Cuando tú y yo estábamos en la tumba, Tara, y miraba las imágenes de las paredes mientras traducía el texto, pese a saber que todo era una falsificación hecha por mí, tenía la sensación, sin embargo, de que era auténtico; como si hubiese descubierto algo verdaderamente único y maravilloso. —Se echó a reír—. Eso es lo que dijo Carter, cuando vio por primera vez la tumba de Tutankamón. Carnarvon le preguntó: «¿Qué ve?». Y Carter contestó: «Cosas maravillosas». Por eso tenía que recuperar mi licencia y seguir excavando. Porque quedan aún muchas cosas maravillosas por descubrir.
Se oyó un clic cuando Daniel echó hacia atrás el cerrojo del arma, y Jalifa le apretó la mano a Tara.
—No tenga miedo, señorita Mullray —dijo—. Dios está con nosotros.
Y nos protegerá.
—¿De verdad lo cree?
276
—No tengo más remedio. De lo contrario, ¿qué nos quedaría? Sólo desesperación
—repuso, mirándola con una sonrisa—. Confíe en Dios, señorita Mullray. Confíe en lo que sea. Pero nunca desespere.
Los helicópteros empezaron a elevarse, dando bandazos a causa del viento. Tara y Jalifa se miraron. Ella no sentía miedo, sino algo parecido a la resignación. Iba a morir. Punto. No tenía sentido porfiar ni forcejear.
—Adiós, inspector—dijo ella, que le apretó la mano mientras el viento los azotaba con furia—. Gracias por tratar de ayudarme.
Una cortina de arena le dio en la cara y oscureció el sol. Volvió la cabeza, cerró
los ojos y aguardó a que Daniel disparase.
El desierto tiene muchos recursos para someter a quien viola sus secretos. Puede recurrir a un calor tan abrasador como para hacer que la piel arda igual que el papel, disolver los ojos o licuar los huesos. Puede ensordecer a uno con el silencio, aplastarlo con su desolación, modificar el tiempo y el espacio de manera tal que quienes lo crucen pierdan el sentido de la orientación hasta el punto de no saber dónde están ni quiénes son.
Puede inventar espejismos de sobrecogedora belleza, como una cascada, o un frondoso oasis, y hacerlos desaparecer en cuanto parece que uno está a punto de tocarlos, de volverlo loco de frustración. Puede alzar dunas montañosas para bloquear el paso, adoptar formas laberínticas de las que no exista la más remota esperanza de escapar. Sin embargo, de todas las armas de que dispone el desierto, ninguna es más poderosa ni más contundente por su capacidad de destrucción que la que llaman la Ira de Dios: la tormenta de arena.
Y acababa de desatarse. Súbitamente, como por ensalmo. El viento que se había levantado arreció de tal manera que hizo que, de pronto, el desierto estallase lanzando millones de toneladas de arena, semejantes a géiseres gigantescos que se elevaban hacia el cielo y oscurecían el sol. El aire pareció solidificarse. Su fuerza era descomunal. Las cajas de madera rodaban a tal velocidad por el suelo que parecían pelotas esféricas; las balas de paja se desintegraron; los barriles de gasóleo salieron disparados como impulsados por una descomunal catapulta. Uno de los helicópteros quedó aplastado contra la pendiente de una duna; dos chocaron, explotaron en una enorme bola de fuego que se extinguió en cuestión de segundos bajo un manto de arena. Los soldados, los camellos y las cabezas de los cadáveres
de la excavación rodaban por el suelo creando un espectáculo dantesco en medio de un estruendo ensordecedor.
Tara salió despedida hacia la zanja y cayó entre los cadáveres. Oyó crujir huesos y piel reseca bajo su peso. Saltaban dientes de las bocas de los muertos. Fue rodando por la zanja; los esqueletos la golpeaban con sus brazos y sus piernas. Al fin quedó de bruces, con la cabeza dentro de la cavidad de un estómago osificado, mientras una boca milenaria se ceñía a su cuello como si le diese el beso de la muerte. Ella permaneció inmóvil, aturdida y horrorizada. Al cabo de unos segundos reaccionó, se arrodilló y trató de ponerse en pie. Pero el viento era demasiado fuerte y la hizo caer de nuevo. Entonces empezó a gatear sobre pechos y espaldas, apoyando los pies sobre fémures y columnas vertebrales, como si fuesen peldaños de una macabra escalera que se partían bajo su peso. La arena laceraba su carne; se le metía por las fosas nasales y las orejas, como si se hundiese en ella.
Llegó a lo alto de la zanja y pegó el vientre al suelo, tapándose la boca con la pechera de la blusa. Detrás de ella el ejército estaba desapareciendo, tragado por olas de arena. Al mismo tiempo, alrededor de la zanja, aparecían docenas de nuevos cadáveres. Una mano disecada asomó justo frente a su cara con los dedos extendidos, como si pretendiese agarrarse a ella. Sobresalían puntas de lanza, un caballo saltó desde lo alto de la duna, emergió una cabeza que al instante quedó
277
sumergida de nuevo. El viento era ensordecedor, como si miles de lobos aullasen a la vez.
Tara buscó con la mirada a Daniel y a Jalifa, pero no vio más que una cegadora cortina de arena. Oyó un ahogado estruendo a su izquierda y levantó la cabeza, tensando los músculos del cuello al máximo para vencer la descomunal resistencia del viento. El estruendo arreció y apareció un helicóptero que empezó a girar sin control por encima de su cabeza. Por un instante, Tara entrevió el rostro de Squires a través de una ventanilla, tenía la boca abierta, como si gritara. El helicóptero siguió girando y fue a estrellarse contra la gigantesca roca. Se vio un fogonazo, una llamarada, acompañados de una explosión. Y después, nada. Tara se arrodilló con la cabeza gacha y gateó hacia delante.
Al cabo de tres o cuatro metros se detuvo y trató de volverse; el rugido de la tormenta era tal que aunque gritase no oía su propia voz. Siguió gateando, volvió a detenerse y esta vez vio moverse algo a su derecha. Fue
hacia allí. Se encontraban más cerca de lo que suponía, y enseguida topó con ellos. Daniel estaba a horcajadas encima de Jalifa, sujetando el fusil con ambas manos y tratando de encañonar al inspector, que a su vez sujetaba el cañón del arma y porfiaba por dirigirlo hacia el cuello de Daniel.
Ninguno de los dos reparó en ella, que cogió a Daniel del pelo y tiró hacia atrás, haciéndolo caer de espaldas. Quedaron los tres de bruces, aplastados por el viento, con los ojos y la boca llenos de arena. Por un instante Tara y el inspector lograron inmovilizar a Daniel, pero una furiosa ráfaga de viento y arena tumbó de espaldas a Jalifa. Daniel fue a recoger el fusil, que había quedado a un metro a su izquierda. Tara lo intentó también, pero Daniel le soltó un manotazo que la arrojó al suelo, casi rozando la punta de una espada que asomaba. Jalifa había conseguido arrodillarse de nuevo y gateaba hacia ellos frenado por el viento. No pudo evitar que Daniel se apoderase del arma y lo golpease con la culata en la cabeza, haciéndolo caer encima de Tara.
Otra ráfaga de arena los cegó a los tres. Cuando alzaron de nuevo la vista, Daniel se les había escabullido. Lo vieron arrodillarse, desafiar el vendaval y levantarse tambaleante, como si estuviese ebrio, tratando de apuntar hacia ellos. Jalifa miró alrededor. Descubrió a su lado un fémur desprendido de un esqueleto. Lo cogió y se lo lanzó a Daniel. No era un arma muy contundente a aquella distancia, pero el viento le imprimió una endiablada velocidad, y fue a estrellarse contra el cuello de Daniel con la fuerza de un martillo. Daniel se tambaleó y desapareció en una nube de arena. Jalifa saltó hacia delante para ir tras él, y Tara lo siguió. No lo veían por ninguna parte. Lograron avanzar unos diez metros y, de pronto, Jalifa le sujetó el brazo a Tara y señaló hacia delante. Ella hizo pantalla con la mano para protegerse los ojos y siguió la dirección que indicaba él. Allí, en el suelo, entrevistas como detrás de una cortina de finísimas cuentas, estaban las perneras de los tejanos de Daniel. No se veía nada de cintura para arriba.
Se detuvieron un momento, vacilantes, y a continuación, tras dar unos pasos más, vieron el resto.
—¡Oh, Dios! —exclamó Tara—. ¡Oh, Dios mío!
Daniel estaba boca arriba, ensartado en una espada que sobresalía de su esternón. Era una espada corta que tenía grabada una serpiente, ahora ensangrentada, con los colmillos ceñidos a la hoja, como si hubiese participado en el letal ataque.
—¡Oh, Dios! —repitió ella desviando la mirada—. ¡Oh, Daniel!
278
Se sentó, atónita y ajena al caos que la rodeaba. Todo en su vida parecía haberse roto y desintegrado. Su padre había muerto; Daniel también. Era como si la envoltura de su pasado se hubiese desprendido para dejarla en carne viva. Había condicionado durante muchos años su vida a aquellos dos hombres, y ya no existían.
¿Qué quedaba de ella? Estaba destrozada. No creía que alguna vez fuese capaz de rehacerse de aquellos golpes.
—¡Señorita Mullray! —le gritó Jalifa al oído—. ¡No podemos seguir aquí, señorita Mullray! La arena nos sepultaría. ¡Debemos irnos como sea!
Tara no reaccionó.
—¡Por favor, señorita Mullray! —volvió a gritar Jalifa—. Hemos de salir de aquí de inmediato. Es nuestra única posibilidad.
Advirtió que ella se había sumido en un estado que anulaba su voluntad y que estaba a punto de abandonarse a la muerte. Le cogió la cara con ambas manos y la obligó a mirarlo.
—¡Por favor! —le gritó con la voz semiahogada por la furia del viento y la arena—
. Sea fuerte. ¡Debe ser fuerte!
Tara lo miró. La arena le azotaba el rostro con tal violencia que temió que la desfigurase. Pero asintió con la cabeza. Él tiró de su mano y, lentamente, empezó a gatear hacia delante. Al cabo de unos metros Tara miró hacia atrás, en dirección al cadáver de Daniel, que yacía con la boca abierta y llena de arena. Al instante, se formó a su alrededor un remolino semejante a un tornado, y Daniel desapareció de su vista. Se obligó a volver la cabeza y fue tras el inspector, dejando atrás toda aquella locura.
Era increíble que la tormenta pudiese arreciar aún más. Pero, cuando parecía haber alcanzado su punto de máxima violencia, aulló con tal fuerza y desencadenó su furia de tal modo que sus embestidas anteriores parecían un suave preludio. Fuerzas descomunales rugían a su alrededor. Tara se sintió como si le arrancasen la ropa, la piel, la carne; le triturasen los huesos. No tenía ni idea de hacia dónde iba ni por qué. Había perdido la noción de todo. Avanzaba como una autómata, impulsada por algo ajeno a toda racionalidad. Sólo era consciente de que tenía que seguir adelante. Al llegar al pie de la duna empezaron a ascender a gatas, con exasperante lentitud. Cada movimiento era una tortura para cada uno de sus músculos y tendones. El aire era tan denso a causa de la arena que, de haber
entreabierto mínimamente los párpados, se le habrían salido los ojos de las órbitas. De modo que se resignaron a avanzar con los ojos cerrados, orientándose sólo por la inclinación de la pendiente. Iban cogidos de la mano, alzando y bajando los brazos acompasadamente, mientras que con la otra mano se tapaban la boca con la camisa, aspirando breve e intensamente.
Era tal la violencia del viento que incluso de rodillas era difícil mantener el equilibrio.
A Tara se le hacía imposible seguir ascendiendo. Estaba extenuada.
Habría dado cualquier cosa por detenerse y quedarse tumbada e inmóvil.
Pero siguió avanzando. Cuando ya se le doblaban las rodillas la pendiente dejó paso a una superficie llana. Había llegado a la cima. Oyó la voz de Jalifa, que le sonó muy lejana.
—Agache la cabeza, señorita Mullray y... contonéese. Contonéese cuanto pueda para que no se le acumule la arena en el cuerpo.
Tara le apretó la mano para indicarle que lo había oído y apoyó la cara en su brazo. La tormenta seguía aullando, asaeteándole el cuerpo como si millones de mosquitos se cebasen en ella.
279
«Debo contonearme —pensó—. Pues muy bien, nena, contonéate.»
Empezó a mover las caderas, pero estaba demasiado agotada y al cabo de un instante se desplomó y quedó inmóvil. Se apoderó de ella una súbita y deliciosa sensación de paz, como si la envolviese una tela de terciopelo negro. Por su mente pasaron imágenes fugaces de sus padres, de Daniel, de Jenny, de la gargantilla que su padre le había regalado al cumplir los quince años. Recordó que al levantarse había encontrado un sobre sobre la repisa de la chimenea. Y que había seguido las claves de la senda del tesoro hasta la buhardilla; recordó también su risa jubilosa al abrir el viejo baúl y encontrar la gargantilla oculta en su interior. Y rió ahora también, con una risa cada vez más sonora que emergió de la tormenta y llenó el universo entero. Se abandonó a la risa, dejando que la lavase y la cubriese, y entonces, de pronto, vio un resplandor intenso y no recordó nada más.
280
EPÍLOGO
El inspector Jalifa estaba dormido junto a su esposa. Una cascada de pelo negro y suave le cubría el rostro. Zainab tenía unos cabellos suaves y fragantes y, como hacía siempre que estaban juntos en la cama, él le abría la
melena como quien descorre un cortina y aspiraba su fragancia. Pero entonces, en lugar de llenarlo de una sensación apacible y deliciosa, le provocó un ataque de tos, tan incontrolable que tuvo que volverse y levantarse. Llovía arena sobre su espalda y sobre sus hombros; su esposa y su cama se habían evaporado. Estaba de pie encima de una duna, en mitad del desierto, bajo un sol abrasador y con la boca llena de arena. Al parecer, la tormenta había cesado.
Escupió en el suelo y tuvo otro acceso de tos. Se aclaró la garganta y, de pronto, reparó en que Tara había desaparecido. Estaba a su lado cuando llegaron a la cima. No le cabía la menor duda. Pero ahora no había rastro de ella. Se arrodilló y empezó a escarbar alrededor, por si acaso estaba cubierta de arena y sin sentido. Al no ver la menor señal de que su cuerpo se encontrase por allí, pensó que quizá el viento la hubiese lanzado hacia delante o cuesta abajo. Escarbó un poco más allá y, cuando ya empezaba a desesperar, su mano chocó con algo sólido. Excavó furiosamente hasta que dio con un pie. Lo cogió por el tobillo y tiró hacia arriba. El cuerpo estaba muy hundido, y tuvo que seguir excavando hasta dar con la pierna, y luego con la otra.
—¡Vamos! —se apremió—. ¡Cava más deprisa!
Tiró de ambos tobillos, pero tampoco consiguió que asomase el cuerpo.
Cambió
de ángulo, tirando desde la parte superior, en lugar de hacerlo desde un lado. Asomó
entonces un hombro, la nuca y a continuación el brazo izquierdo. De inmediato le tomó el pulso. No latía.
—¡Por favor, Alá! —clamó—. ¡No permitas que muera!
Le limpió la arena que tenía en la cara y la echó boca arriba.
Tenía los ojos cerrados y los labios y la boca llenos de granitos amarillentos, semejantes a migas de bizcocho. Volvió a tomarle el pulso, y, como tampoco notó
nada, la volvió boca abajo. Le pasó un brazo por la cintura y tiró del torso hacia atrás. Repitió varias veces la operación, tirando con todas sus fuerzas para devolverla a la vida.
—¡Vamos! —le gritó—. ¡Respire! ¡Respire, joder!
Lo intentó de nuevo, y de pronto el cuerpo de Tara se movió convulsamente, como si acabase de recibir una descarga eléctrica. Por un instante, permaneció
inmóvil, colgada de los brazos de Jalifa como de un columpio, y acto seguido empezó
a toser y a escupir. El inspector tiró de su torso hacia atrás una vez más y le provocó
un vómito mezclado con arena. Tara abrió la boca en busca de aire y cuando logró
normalizar la respiración, Jalifa la posó con suavidad en el suelo.
—Gracias, señor —musitó—. Gracias.
A Tara le llevó unos instantes recuperarse. Tosía, escupía y respiraba hondo. Luego se pasó un brazo por la boca, se sentó y miró a Jalifa, que estaba en cuclillas cerca de ella. Ambos asintieron con la cabeza, sonrieron y dirigieron la mirada hacia el valle. El ejército había desaparecido. Todo se había esfumado; las tiendas, los helicópteros, las cajas, los cadáveres. No quedaba nada. Todo había quedado sepultado como si nunca hubiese existido. Sólo asomaba la enorme pirámide de roca, erguida hacia el pálido cielo de la mañana, rodeada de nuevo por un resplandeciente mar de dunas.
Parecía irradiar satisfacción, como si hubiese presenciado la representación de un drama y hubiera encontrado satisfactorio el desenlace.
281
Permanecieron un rato en silencio, mirando hacia la lejanía, tratando de asimilar la experiencia por la que acababan de pasar.
—¿Y el móvil? —preguntó Jalifa.
Tara se palpó los bolsillos. Pero no lo tenía.
—Ha debido de caerse.
—¿Y el GPS?
—Lo tenía Daniel.
Jalifa asintió con la cabeza y se recostó contra la falda de la duna.
—Pues entonces me temo que vamos a tener un pequeño problema para regresar.
—¿A qué distancia estamos?
—No muy lejos. A unos ciento cincuenta kilómetros del enclave más próximo. Pero no tengo ni idea de en qué dirección. Un error de un grado bastaría para llevarnos a Sudán.
—Dimacos lo consiguió.
—Sólo en la imaginación del doctor Lacage.
—Claro ——dijo ella con una sonrisa—. Lo olvidaba.
Jalifa hurgó en los bolsillos, sacó el paquete de Cleopatra y le ofreció uno a Tara.
—¿No tendrá por ahí unos cubitos de hielo? —dijo ella.
—¿Cubitos de hielo?
—Es que estoy tratando de dejar de fumar, y cuando tengo muchas ganas, me calmo chupando cubitos.
—Ah, ya. Pues me temo que no me quedan cubitos de hielo.
—En ese caso, no tendré más remedio que aceptar un cigarrillo —dijo ella, sacando uno del paquete y llevándoselo a los labios. Jalifa tendió el brazo y le dio fuego.
—Esto me va a costar tener que pagarle cien libras a mi mejor amiga —
dijo ella cerrando los ojos e inhalando el humo con fruición—. Apostamos a ver si era capaz de estar un año sin fumar. Llevaba once meses y dos semanas.
—Impresionante —dijo Jalifa—. Yo fumo un paquete diario desde que tenía quince años.
—¡Dios! ¡Se va a matar!
Se miraron y se echaron a reír.
—Me parece que en adelante va a importar muy poco cuántos cigarrillos fume —
dijo Jalifa.
—No cree que tengamos ninguna posibilidad de salir de aquí, ¿verdad?
—Pues no.
—¿No me ha aconsejado usted que nunca hay que desesperar?
—Sí. Pero en este caso, no veo salida.
Volvieron a echarse a reír con ganas. No fue una risa forzada. Tara dio otra calada. No recordaba que ningún cigarrillo le hubiese sabido tan bien como aquél.
—Le parecerá extraño —dijo ella—, pero me siento feliz. Voy a morir de sed en mitad del desierto y todo lo que se me ocurre es reír. Es como...
282
—Como si se hubiese quitado un peso de encima —la interrumpió Jalifa.
—Exactamente. Me siento limpia, libre, dueña de mi propia vida.
—Lo entiendo. Porque a mí me ocurre igual. Hemos saldado cuentas con el pasado y ahora podemos mirar hacia delante.
—Aunque no muy lejos.
—No, desde luego. No muy lejos. Pero hacia delante —dijo él aspirando de nuevo el humo del cigarrillo—. Echaré de menos a mi esposa y a mis hijos. Volvieron a dirigir la mirada hacia la lejanía, fumando en silencio. El sol ascendía lentamente y el aire empezaba a reverberar. La ondulación del mar de dunas se extendía hasta el horizonte. Era curioso pensar que, hasta hacía sólo un rato, todo había sido un caos, y en cambio ahora todo parecía plácido y ordenado. Tara pensó en lo hermoso que era aquel paisaje; aquella simetría de líneas onduladas y los cambiantes matices de la arena. Antes el desierto se le había antojado una prisión. Pero ahora, aunque fuese a morir, se sentía en plena armonía con él. Apuró la colilla y la tiró. Después de casi un año sin fumar, el tabaco la había mareado un poco, y al mirar hacia abajo, tuvo la sensación de que la arena temblaba. O, por lo menos, un pequeño rodal, cerca de la base de la pirámide. Respiró hondo por dos veces, cerró los ojos y, al volver a mirar, vio de nuevo el temblor y una especie de hoyo que se abría y cerraba, como si el desierto abriese la boca para respirar. Le dio un leve codazo a Jalifa y señaló hacia la pirámide. El inspector frunció
el entrecejo y se puso de pie.
—¿Qué es eso? —preguntó ella, levantándose también.
—No lo sé. Es raro. Como si hirviese agua.
—¿Será a causa del calor?
—No lo parece.
—¿Arenas movedizas?
—No lo creo.
Jalifa siguió mirando y, luego, con suma precaución, empezó a descender por la pendiente seguido de Tara. El rodal de arena se movía cada vez más, y de pronto se oyó un berrido estridente, y emergió una silueta entre una lluvia de arena. Jalifa profirió un grito de asombro y echó a correr pendiente abajo.
—¡Yamal! —exclamó echándose a reír—. ¡Gracias Alá! ¡Yamal! ¡Un camello!
Al llegar al pie de la duna aminoró el paso para no espantar al animal, que pareció desconcertado por su presencia, pero lo dejó acercarse y asió el ronzal.
—Bienvenido, amigo mío —dijo el inspector acariciándole el morro—.
Me alegro de que te reúnas con nosotros. —Se volvió hacia Tara y añadió
—: Parece que mi pesimismo ha sido prematuro, señorita Mullray. Este
amigo mío es capaz de oler el agua a ciento cincuenta kilómetros de distancia. Dondequiera que esté el oasis más próximo, nos llevará hasta allí.
Se puso de puntillas y susurró algo al oído del camello. El animal resopló y luego, lentamente, dobló las patas delanteras y a continuación las traseras. Jalifa procedió a liberarle de las cajas que llevaba en el lomo.
—En mi juventud fui camellero —dijo el inspector mirando a Tara—. Y
hay cosas que nunca se olvidan.
Dejó las cajas en el suelo y le ajustó los arreos al camello, que le mordisqueó la oreja.
283
—Son animales maravillosos, incansables, fieles y hermosos —agregó
—. El único inconveniente es que les huele el aliento. Pero, en fin... nadie es perfecto, ¿no cree?
¡Ajá! —exclamó alzando la cantimplora que acababa de encontrar en las alforjas—. No queda mucha agua, pero quizá baste para que no muramos de sed.
Le indicó a Tara con un ademán que montase y luego montó él detrás.
—Mi amiga me advirtió de que no me acercase a los camellos —dijo Tara entre risas—, porque al parecer todos los camelleros son unos pervertidos.
—Soy un hombre casado, señorita Mullray.
—Bromeaba.
—Ah, ya entiendo —dijo él—. Humor inglés... a lo Benny Hill. Muy divertido. —Le dio una palmada al camello en la grupa y le gritó algo ininteligible. El animal se levantó, haciendo cabecear a Tara. Jalifa sujetó las riendas pasando los brazos por ambos lados de la cintura de Tara—. Si no nos entretenemos podemos llegar en dos días —añadió—; tres a lo sumo. Pero, aunque digan que el camello es el yate del desierto, me temo que éste no va a ser un crucero de lujo.
—Podré soportarlo —dijo ella, risueña.
—No me cabe duda, señorita Mullray. Es usted una mujer extraordinaria. Me encantaría presentarle a mi esposa y a mis hijos.
Jalifa le dio una palmada al camello en un costado y el animal se puso en marcha.
—Palla besarah! —le gritó—. Yalla nimsheh! ¡Deprisa! ¡Vamos!
Llegaron al enorme monolito piramidal de edad incalculable que surgía de las entrañas del desierto. El tiempo, ese centinela, parecía latir a causa
del calor, produciendo un sonido gutural, como si refunfuñase y los autorizase a pasar a condición de no volver jamás.
Se alejaron de la negra pirámide adentrándose en el valle.
—Estoy construyendo una fuente, ¿sabe? —dijo Jalifa al cabo de un rato—. Quiero que mi casa se llene con el murmullo del agua.
—Suena maravilloso —dijo Tara.
—Pondré baldosas azules y verdes, y conchas marinas. Todo rodeado de plantas. Y por la noche, la iluminación hará titilar el agua como si las gotas fuesen diamantes. Será preciosa.
—Sí —dijo ella entornando los ojos—. Estoy segura de que sí.
Jalifa sacudió ligeramente las riendas y el camello emprendió un trote bastante vivo. La pirámide de roca fue quedando atrás, como si retrocediese hacia la Antigüedad. En torno a ellos el desierto reverberaba con el calor de la mañana.
—Besarah! Besarah! —gritó Jalifa— ralla nimsheh, yalla nimsheh!
284
OceanofPDF.com
NOTA DEL AUTOR
El enigma de Cambises fue escrito y editado antes de los horrorosos sucesos del 11 de septiembre de 2002. Aunque el tema del terrorismo en Oriente Próximo es central en el argumento, el libro constituye un trabajo de ficción y como tal debe ser leído. De ningún modo intenta reflejar hechos reales.
285
OceanofPDF.com
GLOSARIO
Abu el-Haggag. Patrón de Luxor (nacido en Damasco c. 115 o). Todos los años se celebra en Luxor un moulid en su honor, dos semanas antes del Ramadán. Abu Sir. Grupo de pirámides del sur de Gizeh que datan de la quinta dinastía (c. 2465 a.C. — 2323 a.C.)
Ajet. Una de las tres estaciones. en las que se dividía el año egipcio (las otras eran Peret y Shemmu). Ajet era la estación de la crecida del Nilo, y abarcaba aproximadamente de junio a septiembre.
Ajetaten. Ciudad construida por el faraón Akenatón a orillas del Nilo, aproximadamente a mitad de camino entre las actuales El Cairo y Luxor. Su nombre significa «Horizonte del Aten».
Akenatón. Faraón de la decimoctava dinastía. Reinó hacia 1353 a.C. —
1335 a.C. Padre de Tutankamón.
Al-Abram. Popular diario egipcio que significa «Las Pirámides». AlFarafra. Oasis del desierto occidental.
Amarna. Nombre moderno de las ruinas de Ajetaten.
Amenofis I. Fue faraón de comienzos de la decimoctava dinastía (c.
1525 a.C.—
1504 a.C.)
Amenofis III. Faraón de la decimoctava dinastía (c. 1391 a.C. — 1353
a. C.), padre de Akenatón y abuelo de Tutankamón.
Amonitas. Antiguo nombre de los habitantes del oasis de Siwa. El nombre procede del antiguo dios egipcio Amón, que tenía un oráculo en Siwa. Anubis. Antiguo dios egipcio, representado como un chacal sedente o como un hombre con cabeza de chacal. Dios de la necrópolis y de la momificación. Babariya. Oasis del desierto occidental.
Basbousa. Pasta dulce hecha con sémola, nueces y miel.
Beit. Casa, hogar.
Belzoni, Giovanni Batista (1778—1823 ). Explorador. Descubrió la tumba de Seti I en el Valle de los Reyes.
Bes. Dios enano, protector de las embarazadas.
Cambises. Hijo del emperador persa Ciro el Grande. Nació hacia 560
a.C.; sucedió a su padre como rey de Persia en 519 a.C. Tras conquistar Egipto en 525
a.C., se convirtió en el primer faraón de la vigesimoséptima dinastía.
Murió hacia 522
a.C. en Acbatane, Siria, posiblemente asesinado o por su propia mano.
Retratado en las crónicas contemporáneas como un déspota demente.
Caria. Antigua región de Oriente Próximo, en el sudoeste de la moderna Turquía, colonizada por los griegos. Famosa por sus mercenarios.
Carnarvon. George Edward Stanhope Molyneux Herbert, quinto conde de Carnarvon (1866—1923). Coleccionista y egiptólogo aficionado.
Patrocinador de Howard Carter.
Carter, Howard (1874—1939). Egiptólogo, descubridor de la tumba de Tutankamón (1922).
Cartouche. Óvalo con una línea horizontal en la base, en el que se escribía el nombre del faraón en los jeroglíficos.
286
Colosos de Memnón. Colosales estatuas sedentes que se alzan en Luxor, en la orilla occidental del Nilo. Antiguamente formaban parte del templo funerario de Amenofis III.
Corán. Libro sagrado del islam, revelado por Dios al profeta Mahoma.
El nombre procede de un término árabe que significa «leer».
Corniche el-Nil. Nombre de la carretera que discurre paralelamente a la orilla del Nilo, entre El Cairo y Luxor.
Cromer, Evelyn Baring (1841—1917). Primer conde de Cromer, cónsul general inglés y gobernante de facto de Egipto desde 1883 hasta 1907.
Ctesias. Historiador y médico griego, nacido en Asia Menor hacia 416
a.C. Vivió
durante muchos años en la corte y escribió una historia de Persia, en gran parte perdida.
Cuneiforme. Escritura mesopotámica antigua, con caracteres en forma de cuña. Dahsur. Zona en la que se encuentran numerosas pirámides, al sur de Saqqara; y entre ellas, la pirámide «inclinada» de Snofru.
Dajla. Oasis del desierto occidental.
Danishaway. Pueblo de la región del delta del Nilo, en el norte de Egipto, escenario de un infamante hecho ocurrido en 19o6: cuatro egipcios inocentes fueron ejecutados después de un altercado con los soldados británicos. Davies, Nina Mc Pherson (1881—1965). Artista. Publicó varios volúmenes sobre antiguas pinturas de tumbas egipcias.
Decimoctava dinastía. Primera de las tres dinastías del Imperio Nuevo.
Duró
desde 1550 a.C. hasta 1307 a.C.
Escarabeo. Representación del escarabajo, animal considerado sagrado en el Antiguo Egipto.
Estela. Monumento conmemorativo con imágenes o textos grabados.
Faience. Material hecho de cuarzo glaseado y esmaltado al fuego, muy utilizado en el antiguo Egipto en joyería, pequeñas vasijas, estatuillas funerarias, etcétera. Fallah (pl. fallaheen). Campesino.
Galabeya. Prenda de vestir tradicional egipcia, llevada por hombres y mujeres. Hadj. Peregrinación a La Meca, uno de los «cinco pilares» de la fe musulmana. Los otros cuatro son: la shahada, profesión de fe; la salah, oración recitada cinco veces al día; la zakah, o limosna; y la observancia del ayuno en el Ramadán. Hatshepsut. Reina de la decimoctava dinastía, esposa de Tutmosis II, que gobernó Egipto (c. 1473 a.C. — 1458 a.C.) con su hijastro Tutmosis III. Su templo funerario, que se encuentra en la orilla occidental del Nilo, en Luxor, es uno de los monumentos más espectaculares de Egipto.
Heródoto. Historiador griego, conocido como «el padre de la historia».
Vivió
hacia 485 a.C.—415 a.C. Famoso por sus crónicas, en las que esboza las causas y los hitos de las guerras entre griegos y persas.
Horemheb. Último faraón de la decimoctava dinastía (aunque algunos historiadores lo consideran el primer faraón de la decimonovena dinastía).
Ex comandante en jefe del ejército egipcio bajo el reinado de Tutankamón.
Imán. Hombre que dirige las oraciones en la mezquita. Teóricamente, cualquier varón adulto puede realizar esta función. Pero suele hacerlo alguien versado en la ley islámica.
287
Imhotep. Médico y arquitecto del antiguo Egipto. Diseñó la primera verdadera pirámide egipcia, mandada construir por el faraón de la tercera dinastía Djoser, que reinó hacia 2630 a.C.—1611 a.C. Adorado como un dios después de su muerte, su tumba nunca ha sido hallada.
Imma. Turbante.
Imperio Antiguo (c.1575 a.C.—1134 a.C.). La historia antigua egipcia se dividide en tres «imperios», el antiguo, el medio y el nuevo, separados por períodos intermedios.
Isis. Diosa del antiguo Egipto, esposa de Osiris y madre de Horus, protectora de los muertos.
Iteru. Antiguo nombre egipcio del Nilo. Es también una antigua unidad de medida, que equivale aproximadamente a dos kilómetros.
Jamsin. Fuerte viento del desierto.
Jan al Jalili. Gran bazar de El Cairo, en el que venden desde joyas hasta pipas shisha.
Jarga. Oasis del desierto occidental.
Jutbar. Sermón.
Kaaba. Santuario de La Meca, de forma cúbica, el lugar más sagrado del mundo musulmán. Contiene una piedra que, según la tradición, el arcángel Gabriel le entregó
a Abraham. Todos los musulmanes oran mirando en dirección a La Meca. Karkady. Infusión de flores de hibisco, muy popular en Egipto.
Karnak. Extenso recinto monumental situado al norte de Luxor, con edificios que abarcan casi dos mil años de historia egipcia, conocido antiguamente como Ipet-isut,
«El más selecto de los lugares».
Kufr. Nombre dado a quienes no profesan el islam, o infieles.
KV39. Tumba de las afueras del Valle de los Reyes, considerada por algunos egiptólogos como la del faraón de la decimoctava dinastía Amenofis I, que reinó hacia 1525 a.C.—1504 a.C.
KV22. Misteriosa tumba del Valle de los Reyes, descubierta en 1907.
Provocó una gran controversia acerca de quién estaba realmente enterrado allí. Algunos egiptólogos aseguran que se trata de Akenatón y otros de Smenjare. Lepsius, Karl Richard (1810—1884). Egiptólogo alemán, director del Museo de Berlín. Publicó un exhaustivo estudio de doce volúmenes sobre los monumentos y yacimientos arqueológicos de Egipto.
Libros del Más Allá. Serie de textos egipcios antiguos que describen el más allá. En su mayor parte datan del Imperio Nuevo, aunque algunos se remontan a los Textos de las Pirámides del Imperio Antiguo. Sus títulos (el Libro de las Puertas, el Libro de los Muertos, el Libro de las cavernas, etcétera) son modernos. Lidia. Antiguo reino de Oriente Próximo, en la moderna Turquía. Lineal A. Escritura o inscripción cretense aún no descifrada.
Machimos. Guerrero.
Malqatta. Lugar en el que se encuentra el antiguo palacio de Amenofis III en Luxor, en la orilla occidental del Nilo.
Mariette, Franlois Auguste Ferdinand (1821—1881). Egiptólogo francés, fundador del Departamento de Antigüedades egipcio y del Museo de El Cairo.
288
Mastaba. Tumba ovalada, hecha de piedra o adobe. El término procede de una palabra árabe que significa «banco».
Medinet Habu. Pueblo de la orilla occidental del Nilo, en Luxor, y lugar en el que se encuentra el templo funerario de Ramsés III.
Menfis. Capital del Imperio Antiguo e importante centro administrativo a lo largo de toda la historia del antiguo Egipto.
Midan Tahrir. Centro del moderno El Cairo. El nombre significa «Plaza de la liberación».
Mihrab. Espacio de una mezquita orientado en dirección a La Meca.
Minoica. Cultura de la edad del bronce originaria de la isla de Creta.
Mizmar. Instrumento musical de viento semejante al oboe.
Molochia. Plato egipcio hecho de hojas de hibisco estofadas.
Moulid. Fiesta en honor a un santo local o persona venerada. También significa
«festival» y «feria».
Muecín. Funcionario de una mezquita que, cinco veces al día, llama a los fieles a la oración.
Munshid. Cantor sacro.
Museo John Soane. Pequeño museo situado en el centro de Londres, en la mansión del arquitecto sir John Soane (1753—1837). Alberga varias colecciones de objetos, entre los que figuran el féretro del faraón de la decimonovena dinastía Seti I. Museo Petrie. Museo del University College, en Londres, que alberga objetos reunidos por William Petrie durante sus excavaciones.
Necrópolis. Literalmente, «Ciudad de los muertos».
Nefertiti. Gran esposa real del faraón Akenatón. Algunos egiptólogos creen que a la muerte de éste tomó el nombre de Smenjare y gobernó como faraón. Inmortalizada en el famoso Busto de Nefertiti que se encuentra en el Museo de Berlín. Osiris. Antiguo dios egipcio del inframundo.
Ostrakon. Pieza de cerámica o de piedra caliza con una imagen o un texto grabados. En la práctica, era el equivalente a un moderno bloc de
notas. Pectoral. Medallón que se lleva colgado del cuello.
Pendlebury, John Devitt Stringfellow (1904—1941). Egiptólogo.
Excavó en Amarna. Murió en Creta, a manos de los alemanes, en la Segunda Guerra Mundial. Peret. Una de las tres estaciones en que se dividía el antiguo año egipcio (las otras eran Ajet y Shemmu). El Peret era la estación de la siembra y del crecimiento, y duraba aproximadamente de octubre a febrero.
Período tardío. Período de la historia del antiguo Egipto que abarca desde 712
a.C. a 332 a.C., cuando el país fue conquistado por Alejandro Magno.
Persépolis. Capital de la antigua Persia, en el actual Irán.
Petosiris. Nombre de una familia noble enterrada en Tuna el-Gebel. Su tumba es única por la utilización de los estilos egipcio y griego para representar la vida cotidiana en Egipto.
Petrie, William Matthew Flinders (1853—1942). Arqueólogo y egiptólogo que trabajó intensamente en Egipto y Palestina.
Piastra. Centésima parte de la libra egipcia.
289
Pilar de Djed. Antiguo símbolo egipcio de estabilidad, representado como un pilar coronado por cuatro ramas horizontales. Se cree que trataban de representar un árbol, o la columna vertebral del dios Osiris.
Plutarco. Historiador y biógrafo de la antigua Grecia (c. 46—120 de nuestra era). Puertas de los Muertos. Antiguo nombre egipcio del Valle de los Reyes. Qurn. Pico en forma de pirámide situado en la parte alta del Valle de los Reyes. Significa «el cuerno» en árabe. Los antiguos egipcios lo llamaban Dehenet. Ra (o Re). Antiguo dios egipcio del sol.
Rais. Capataz o supervisor de trabajos.
Ramesseum. Templo funerario de Ramsés II, situado en la orilla occidental del Nilo, en Luxor.
Ramessid. Nombre dado al período que abarca las dinastías decimonovena y vigésima.
Ramsés I. Primer faraón de la decimonovena dinastía, aunque algunos creen que fue Horemheb el primero. Reinó hacia 1307 a.C.—1306 a.C.
Ramsés II. Tercer faraón de la decimonovena dinastía. Reinó hacia 1290
a.C.—
1224 a.C. Uno de los más grandes faraones.
Ramsés III. Faraón de la vigésima dinastía. Reinó hacia 1194 a.C. —
1163 a.C. Su templo funerario de Medinet Habu es uno de los más hermosos monumentos de Egipto.
Ramsés VIII. Faraón de la vigésima dinastía. Reinó hacia 1136 a.C. —
1131 a.C. Re-Harajti. Antiguo dios egipcio que combinaba los atributos de Ra y de Horus. Dios oficial del Estado durante el Imperio Nuevo.
Usualmente representado como un hombre con cabeza de halcón.
Rejmire. Visir de Tutmosis III (c. 1479 a.C.—1425 a.C.) y de Amenofis II (c. 1427 a.C.—1401 a.C.)
Rekah. Ciclo de oraciones.
Rohlfs, Gerhard (1831—1896). Explorador alemán. Viajó incansablemente por el desierto occidental, y en 1874, marcó un hito al atravesar el Gran Mar de Dunas. Roselini, Niccolo Francesco Ippolito Baldessare (1800—1843). Egiptólogo italiano, fundador de la egiptología en Italia.
Saidee. Natural del Alto Egipto.
Saqqara. Necrópolis de la antigua capital egipcia de Menfis. Es un extenso cementerio que se encuentra en el desierto. Tiene casi siete kilómetros cuadrados e incluye la pirámide de Djoser, la primera verdadera pirámide de Egipto. Seth. Deidad egipcia, hermano de Osiris, asociado con los desiertos, la guerra y el caos. Representado por un animal no identificado.
Seti I. Faraón de la decimonovena dinastía, padre de Ramsés II. Reinó hacia 1306 a.C.—1290 a.C.
Shabti. Figurilla funeraria de cerámica o madera que se colocaba en las tumbas para rendirle pequeños servicios al difunto en el más allá.
Sharia. Ley islámica.
Shepseskaf. Último faraón de la cuarta dinastía. Reinó hacia 2472 a.C.
—2467
a.C.
290
Siga. Juego de mesa, conocido también como Tab-es-Siga, similar a las damas. Se cree que procede del antiguo juego egipcio de mesa llamado senet. Smenjare. Faraón de la decimoctava dinastía. Reinó de 1335 a.C. a 1333 a.C. Algunos egiptólogos han sugerido que Smenjare era en realidad Nefertiti, que gobernó
como faraón tras la muerte de su esposo Akenatón.
Snofru. Primer rey de la cuarta dinastía. Reinó hacia 7575 a.C. —2551
a.C. Strabo. Historiador y geógrafo griego (c. 63 a.C.—23 a.C.) Sura. Capítulo del Corán. Cada una de las 114 suras está dividida en varias ayat o secciones.
Susa. Ex capital del antiguo imperio persa, en el actual Irán.
Tebas. Nombre dado por los griegos a la antigua Waset, la actual Luxor.
Templo funerario. Templo en el que se oraba y se ofrecían sacrificios por el bienestar de un difunto, por lo general un rey.
Termous. Variedad de judía.
Toth. Antiguo dios egipcio de la escritura y de la aritmética. Usualmente representado con cuerpo humano y cabeza de ibis.
Touria. Azada.
Tuna el-Gebel. Antiguo lugar del centro de Egipto, cerca de la ciudad de Mallawi. Tutmosis II. Faraón de la decimoctava dinastía. Reinó hacia 1492
a.C.—1479
a.C.
Vasos canopeos. Las cuatro jarras que contenían las vísceras del cuerpo momificado. Consagradas a los cuatro hijos de Horus: Imseti, Hapi, Qebehsennuef y Duamutef.
Waset. Antiguo nombre egipcio de la moderna Luxor.
Yuya y Tjuju. Matrimonio noble que vivió en el siglo XV a.C. Abuelos de Tutankamón. Su tumba en el Valle de los Reyes (KV46) fue descubierta en 1905, y hasta el descubrimiento de la de Tutankamón en 1922 fue considerado el mayor hallazgo de la historia de la arqueología en Egipto.
Zamalek. Distrito de El Cairo. Abarca la parte norte de la isla de Gezira.
Zikr. Grupo de devotos musulmanes que, por lo general, pertenecen a alguna de las hermandades místicas sufíes, y que llevan a cabo una danza devocional que propicia que los ejecutantes entren en trance.
291
OceanofPDF.com
Terminaste El Enigma de Cambises
Paul Sussman