El Enigma de Cambises
—Bueno, queda claro. La gasolina me la…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
—Yo habría ayudado —dijo Jalifa—. Más de una vez te rogué que me dejases echar una mano. No tenías por qué haber cargado tú solo con todo el peso.
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—Yo era el hermano mayor. Era mi deber.
—¿Igual que ahora es tu deber matar?
—El santo Corán dice: «Combate a los infieles hasta que no quede oposición».
—También dice: «No permitas que el odio hacia alguien te induzca a actuar injustamente» —replicó Jalifa.
—Y también: «Quienes se aparten del camino de Dios deberán sufrir un severo castigo». «Concentra todas tus energías contra ellos y aterroriza a los enemigos de Alá.» No querrás que sigamos a ver quién cita más versículos,
¿verdad? Me temo que perderías, Yusuf.
Jalifa miró al cigarrillo y luego a Alí.
—Sí, seguramente me ganarías. Estoy seguro de que podrías pasar un día entero citando versículos. Pero eso no serviría para hacer que tus actos fuesen mejores. —
Miró a Saif al-Thar a los ojos y añadió—: No te reconozco. La nariz, los ojos, la boca... sí son los de Alí. Pero no te reconozco aquí... —agregó llevándose la mano al corazón—, aquí eres un extraño; menos que un extraño, pues sólo hay un vacío.
—Sigo siendo tu hermano, Yusuf. Digas lo que digas, llevamos la misma sangre.
—No. Alí murió —replicó Jalifa—. Incluso le cavé una tumba con mis propias manos, aunque no tuviese un cuerpo que enterrar. —Se limpió la sangre del labio con la manga de la túnica y prosiguió—: Cuando pienso en Alí me siento orgulloso. Siento admiración. Amor. Por eso mi hijo mayor se llama Alí. Porque es un nombre que siempre me llena de gozo y alegría.
Pero tú... tú sólo me haces sentir vergüenza. Hace catorce años que convivo con la vergüenza. Catorce años casi sin atreverme a leer el periódico, por temor a enterarme de otra atrocidad. Catorce años ocultándome de mi pasado, de fingir no ser quien soy por ser el hermano de un monstruo. Los ojos de Saif al-Thar volvieron a emitir un fulgor de ferocidad. Sus manos se crisparon hasta que se le quedaron los nudillos blancos.
—Siempre fuiste débil, Yusuf.
—Confundes la debilidad con la humanidad.
—No. Eres tú quien confunde la humanidad con el sometimiento. Para ser libre hay que tomar decisiones desagradables. Pero ¿cómo ibas a entenderlo? Sólo comprende quien sufre, y yo siempre me esforcé por protegerte de todo sufrimiento. Quizá me haya equivocado por obrar así.
Hablas de vergüenza, Yusuf, pero ¿no se te ha ocurrido pensar en la vergüenza que puedo sentir yo? Mi hermano, al que yo quería y por quien velaba, por el que trabajé hasta descarnarme las manos a fin de alimentarlo, vestirlo y enviarlo a la universidad... convertido en un policía, un secuaz de quienes le hicieron esto a su hermano. —Se llevó la mano a la cicatriz de la frente y prosiguió—: ¿Para eso trabajé hasta la extenuación? ¿Para eso malgasté mi vida?
Créeme. Tú no eres el único que está decepcionado, ni tampoco el único que cree haber perdido un hermano. No pasa un día, un minuto, sin que estés en mis pensamientos; ni tampoco pasa un día sin que esos pensamientos se enturbien por el pesar, la ira y la amargura.
Saif al-Thar había bajado el tono de voz, que ahora era casi un susurro.
—Al comprender que eras tú quien rondaba por aquí —prosiguió—, pensé que acaso, sólo por un momento, después de todos estos años... Pero no. Por supuesto que no. No eres lo bastante fuerte. Me has traicionado. Has traicionado a Dios. Y por eso sufrirás tu castigo.
Alzó el arma y apuntó a Jalifa a la cabeza. Jalifa lo miró a los ojos.
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—Dios es grande —se limitó a decir—. Dios es bondadoso. Y no necesita matar a nadie para demostrarlo. Ésa es la verdad. Eso es lo que me enseñó mi hermano Alí. Se miraron a los ojos durante cinco, diez segundos, y luego, profiriendo un sonido gutural, sobrecogedor, Saif al-Thar apretó el gatillo. Pero apuntando al aire. Casi al instante, Mehmet llegó junto a ellos.
—Vigílalo —le ordenó Saif al-Thar—. No le quites ojo. Y no hables con él ni una palabra.
Dio entonces media vuelta y empezó a alejarse.
—Vas a destruirlo con esos explosivos, ¿verdad? —preguntó Jalifa señalando a las pilas de cajas.
Saif al-Thar se detuvo y se volvió hacia su hermano.
—Lo que hemos exhumado no vale nada si el resto del ejército no es destruido. Es una desgracia, pero no hay más remedio.
Jalifa guardó silencio y se limitó a musitar.
—Pobre Alí.
Siguieron avanzando a toda velocidad durante diez minutos. Tara miraba continuamente hacia atrás para comprobar si los seguían. Cuando creyeron estar seguros de que nadie iba tras ellos, Daniel aminoró la velocidad, giró a la derecha por una pendiente relativamente suave y, al llegar a la cima, se detuvo. Desde allí vieron el campamento tras unas columnas de humo que se elevaban hacia el cielo. La roca en forma de pirámide despedía un resplandor anaranjado. La contemplaron en silencio.
—No podemos dejarlo —dijo Tara.
Daniel se encogió de hombros, sin responder.
—Podríamos llamar para pedir ayuda —propuso Tara sacando el móvil del bolsillo—. A la policía, al ejército.
—Sería perder el tiempo —dijo Daniel-. Tardarían horas en llegar aquí.
Eso en caso de que nos creyesen —añadió jugueteando con la llave del contacto—. ¿Sabes?
Voy a volver.
—Di mejor que vamos a volver —señaló ella. Daniel sonrió.
—Me temo que ya hemos tenido antes una discusión por lo mismo.
—Pues entonces será mejor no reincidir. Volveremos juntos.
—¿Y luego?
—Ya lo pensaremos cuando estemos allí —contestó Tara encogiéndose de hombros.
—Inteligente plan, Tara. Muy sutil —dijo él, apretándole la rodilla.
Suspiró
resignado y luego puso primera y descendió por la pendiente—. En fin...
por lo menos hace un buen día para eso.
—¿Para qué?
—Para suicidarse.
Tras recorrer aproximadamente un kilómetro, Daniel se detuvo detrás de la segunda duna a partir del campamento. Luego volvió a dirigirse hacia el sur, en dirección a la roca piramidal, que ahora quedaba a su derecha.
—Iremos en paralelo al valle hasta llegar a la altura del campamento —
le explicó
a Tara—. Por lo menos así tendremos la oportunidad de acercarnos. Si hubiéramos
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desandado el camino nos habrían descubierto enseguida. No está de más procurar seguir vivos, ¿no crees?
Iban los dos muy alerta a cualquier movimiento que pudiesen detectar en las dunas. De pronto, Daniel se detuvo y paró el motor. Cerró los ojos y aguzó el oído, temeroso de que los hubiesen descubierto. Pero fue una falsa alarma.
—A veces creo que esto no es más que una pesadilla —dijo Tara.
—Ojalá lo fuese.
Siguieron durante otros cinco minutos hasta que Daniel calculó que se hallaban a la altura del campamento. Comenzó a ascender entonces por la duna que se elevaba a su derecha. La pendiente era muy pronunciada y el motor estuvo a punto de pararse antes de que llegaran a la cumbre. La gran roca piramidal se alzaba frente a ellos, un poco a la izquierda, a dos dunas de distancia, junto al yacimiento, que sin embargo aún quedaba fuera de su campo de visión. No vieron centinelas por ningún lado.
—¿Dónde estarán? —preguntó Tara.
—Ni idea. Todos han debido de ir al campamento.
Daniel redujo la velocidad y bajó por la pendiente. Cruzó el trecho llano que los separaba de la siguiente duna y ascendió por ésta. Sólo quedaba ahora una duna entre ellos y el ejército. Oyeron gritos y golpes metálicos, pero seguían sin ver a nadie.
—Es como si el desierto estuviese lleno de hombres invisibles —dijo Tara. Daniel cerró el contacto y volvió a escudriñar el paisaje hacia delante.
Luego, lentamente, soltó el freno y descendió en punto muerto. La inercia los llevó hasta unos cincuenta metros de la base de la duna, en el trecho llano. Bajaron de la motocicleta y Daniel la dejó montada en el caballete.
—Seguiremos a pie. No quiero arriesgarme a que oigan el motor. Si nos descubren... no creo que podamos hacer gran cosa. Correr, a lo sumo.
Fueron hasta el pie de la duna y empezaron a ascender, sin apartar la mirada de la cima, temiendo que de un momento a otro asomase alguien. Pero no apareció
nadie, y con el corazón en un puño, jadeantes, llegaron a la cumbre y se arrojaron de inmediato al suelo. Se arrastraron por la gélida arena hasta asomarse por el otro lado al valle.
Se hallaban justo frente al cráter y la gran roca piramidal. El campamento quedaba a su izquierda.
La actividad era febril. Varios grupos de hombres iban de un lado a otro embalando espadas, escudos, lanzas y armaduras, y cargando luego las cajas a lomos de los camellos.
—Al parecer han decidido marcharse —dijo Daniel, e hizo una mueca de desagrado al ver cómo trataban los objetos exhumados—. Ni siquiera se molestan en protegerlos con paja. Lo meten todo en las cajas de cualquier manera. Siguieron sin moverse de allí, observando. Un tipo altísimo gesticulaba y gritaba órdenes a los hombres. Era Dravic. Tara sintió tanto asco que no pudo evitar desviar la mirada.
—¿Qué es eso? —preguntó entonces señalando a un hombre que estaba al borde del cráter, cerca de la base de la roca, manipulando algo en lo que parecía una caja de color gris con una maraña de cables.
—¡Oh, Dios! —exclamó Daniel.
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—¿Qué es?
—Un detonador.
—¿Quieres decir que...?
—Que van a volarlo todo —la interrumpió Daniel, dándose un puñetazo en la palma de la mano—. Eso es lo que Saif al-Thar quiso decir la otra noche. Sólo así
pueden garantizar el valor de lo que han desenterrado. El mayor hallazgo de la historia de la arqueología, ¡y van a volarlo! ¡Dios mío!
Hizo una mueca como si sintiese dolor físico.
—¿Y qué podemos hacer? —preguntó ella.
—No lo sé, Tara —repuso él meneando la cabeza—. La verdad es que no lo sé. Si bajamos, nos verán de inmediato. —Se irguió un poco, miró hacia su izquierda y añadió—: Quizá podríamos acercarnos más dando un rodeo,.pero es peligroso. En cuanto alguien levantase la cabeza nos descubriría.
—Pero, si hay alguna probabilidad, deberíamos intentarlo.
—¿Y qué haríamos? ¡No tenemos ni idea de dónde está el inspector!
Hay centenares de tiendas.
—Da igual, bajemos.
Daniel sonrió, muy a su pesar.
—Eso es lo que me encanta de ti, Tara. Jamás contestas a una pregunta hoy si puedes dejarlo para mañana.
Daniel miró hacia el campamento y, luego, se apartó del borde, se levantó y echó a caminar por la falda de la duna. Tara lo siguió. A los pocos metros oyeron algo a sus espaldas, una especie de sordo redoble de tambores. Se detuvieron y se volvieron. El ruido aumentó en intensidad.
—¿Qué es eso? —inquirió Tara.
—No lo sé. Suena como... ¡Joder! —exclamó Daniel, agarrándola del brazo y obligándola a arrojarse al suelo—. ¡Helicópteros!
Se quedaron inmóviles, con la cara pegada a la arena, mientras el estruendo crecía. Los rotores empezaron a levantar rociadas de arena. El primer helicóptero pasó a no más de diez metros por encima de sus cabezas, seguido de una nutrida formación que oscureció el cielo. Parecía una bandada de langostas gigantescas. Cuando hubieron pasado todos, Daniel y Tara siguieron sin moverse durante unos instantes. Después se arrastraron hasta el borde de la duna y se asomaron. Tres helicópteros sobrevolaban el valle en círculo. Los demás aterrizaron, unos al sur y otros al norte del campamento. De inmediato, un enjambre de hombres de Saif alThar se aprestó a cargar las cajas. Pero cuando subían las primeras se oyó un furioso tableteo de ametralladoras entre llamaradas que brotaban de los costados de los aparatos.
—¿Qué demonios es eso...?
Los hombres de Saif al-Thar retrocedieron. Las cajas y su contenido quedaron hechos trizas por los disparos. Las descargas se intensificaron, procedentes ahora de los helicópteros que sobrevolaban el valle. Los hombres de Saif al-Thar se dispersaron en todas direcciones, pero muchos de ellos cayeron abatidos. Otros trataron de responder al ataque, pero sin éxito. Las camellos emprendieron la desbandada pisoteando a todo el que se interponía en su camino.
—¡Esto es una matanza —exclamó Tara—, una carnicería!
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Se oían gritos y explosiones por todas partes. Hombres armados de uniforme color caqui saltaron de los helicópteros, abriéndose en abanico a la vez que disparaban. El suelo estaba sembrado de cadáveres vestidos de negro, que semejaban manchas de tinta. Daniel se levantó.
—Voy a bajar —anunció.
Tara fue a levantarse también, pero él se lo impidió sujetándola por el hombro.
—¡Quédate aquí! Intentaré localizar al inspector y ponerlo a salvo.
Antes de que ella pudiese replicar, Daniel bajó corriendo por la cuesta en dirección al campamento. Al llegar abajo, uno de los hombres de Saif alThar fue corriendo hacia él. Le apuntó con su fusil, pero cayó abatido por una ráfaga procedente de arriba. La arena se tiñó de rojo alrededor del
cuerpo caído. Daniel se agachó a recoger el arma del muerto, se adentró en el campamento y desapareció
tras la humareda.
Tara se asomó un poco más por el borde de la duna, tratando de ver hacia dónde había ido Daniel. Pero, de pronto, notó un fuerte tirón en el pelo y quedó mirando al cielo.
—Me parece que tenemos algo pendiente, señorita Mullray. Confío de todo corazón en que no lo disfrute.
—Tú lo quieres, ¿verdad? —dijo Jalifa en tono amable—. Me refiero a Saif alThar. Estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas. A pocos pasos de él, junto a la entrada de la tienda, se hallaba Mehmet, con el fusil apoyado en un muslo y los ojos fijos en el inspector.
—Yo también lo quise mucho, ¿sabes? —prosiguió Jalifa—. Más que a nadie en el mundo.
El muchacho permaneció en silencio.
—Yo era como tú. Me habría dejado matar por él. Y con alegría. Pero ahora... —
Jalifa bajó la cabeza—, no siento más que dolor. Espero que tú nunca te sientas así. Porque amar a alguien y después tener que odiarlo es algo terrible. Siguieron inmóviles. Jalifa se miraba las manos y Mehmet no apartaba la vista de él. Se oyó un estruendo. El muchacho se levantó y, sin dejar de apuntar a.su prisionero, descorrió la cortina y se asomó un poco.
—Me parece que no tardaréis en marcharos de aquí —dijo Jalifa.
Varios hombres pasaron corriendo por delante de la tienda. El estruendo de los rotores se oía cada vez más cerca y hacía vibrar el aire. El muchacho se asomó un poco más, miró hacia arriba y sonrió. Su prisionero tenía razón. No tardarían en marcharse. Él y Saif al-Thar. Y, pronto, todos los males del mundo se remediarían. Para eso habían ido allí. Para convertir la Tierra en un paraíso. Para hacer la voluntad de Dios. Se sintió exultante de esperanza y felicidad.
—Yo nunca lo odiaré —dijo Mehmet mirando a Jalifa, pese a saber que sus órdenes eran no hablar ni una palabra con él. Pero no pudo evitarlo—.
Nunca. Me diga usted lo que me diga. Es un hombre bueno. Es el único que se ha preocupado por mí
—añadió sonriente—. Lo quiero. Siempre estaré a su lado. Nunca le fallaré. El muchacho bajó la vista. Sus ojos rebosaban amor e inocencia y, de pronto, se oyó un ruido ensordecedor y algo rasgó la lona de la tienda.
Mehmet cayó de rodillas; había perdido un costado de la cabeza y la sangre y trozos de masa encefálica caían sobre su hombro. Permaneció en la misma postura por unos segundos, temblando, con la sonrisa aún en la boca, ensangrentada. A continuación, se desplomó de bruces 260
sobre Jalifa, que cayó hacia atrás. Otra ráfaga perforó los miembros y el torso de Mehmet, sacudiendo su cuerpo como si de una marioneta se tratara. Y al fin quedó
inmóvil, con los dedos crispados, como si se aferrase al borde de un precipicio. Jalifa tardó unos instantes en reaccionar, sobrecogido. Por fin, se quitó de encima el cadáver de Mehmet y se levantó. El techo de la tienda estaba hecho trizas y el suelo parecía un colador escarlata. Si el muchacho no hubiese caído encima de él, Jalifa habría muerto sin remedio.
El inspector se inclinó sobre el cuerpo y, casi como un acto reflejo, le tomó el pulso. Era inútil. Luego, posó las yemas de sus dedos en los párpados y los cerró.
—No te merecía —musitó.
Las llamas habían llegado ya a la parte trasera de la tienda, que estaba llenándose de un humo denso. Jalifa empezó a toser. Se quitó la túnica, empapada de sangre, recogió del suelo el fusil del muchacho y, tras dirigirle una última mirada, salió de la tienda.
El campamento se había convertido en un infierno. Todo era humo y llamas. Los hombres de Saif al-Thar parecían espectros; unos corrían despavoridos y otros yacían muertos. Desde tres helicópteros seguían disparando contra todo el recinto. Un barril de gasóleo explotó produciendo un estruendo ensordecedor.
En cuanto vio el panorama, Jalifa echó a correr. Pero apenas había recorrido treinta metros cuando una ráfaga, procedente de su derecha, perforó el suelo a escasos centímetros de sus pies, obligándolo a parapetarse detrás de una caja. Fue a asomarse, pero tuvo que agacharse de nuevo al ver a dos hombres con máscaras antigás y uniforme color caqui a pocos metros de la caja. Por un instante pensó que lo habían visto, pero enseguida uno de ellos le hizo una seña al otro y volvieron a desaparecer en el torbellino.
Jalifa contó hasta tres, se levantó y echó a correr de nuevo. Rodeó una hilera de barriles en llamas, saltó por encima de un cadáver que ardía y alzó la vista para observar la posición de los helicópteros. Uno de los hombres de Saif al-Thar se tambaleó delante de él y se desplomó en la arena,
sujetándose el vientre. La sangre le manaba a borbotones. Jalifa se arrodilló a su lado. —¡Saif al-Thar! —le gritó—.
¿Dónde está Saif al-Thar?
El hombre lo miró. Por las comisuras de sus labios empezaba a rezumar sangre.
—¡Por favor! ¿Dónde está Saif al-Thar? —insistió Jalifa.
El herido movió los labios, pero no consiguió emitir sonido alguno. Se agarró a la camisa de Jalifa manchándosela de sangre.
—¿Dónde está? —insistió el inspector, tomándole una mano—. Por favor... El herido lo miró como si no comprendiese. Después, con un esfuerzo supremo, señaló hacia atrás, en dirección a la excavación.
—¡En la roca! —balbuceó—. ¡En la roca!
Fueron sus últimas palabras. Cayó hacia atrás, muerto. Jalifa musitó una breve plegaria, se levantó y echó a correr, desentendiéndose del caos que lo rodeaba. Llegó
al borde del cráter y se parapetó detrás de una bala de paja, escrutando frenéticamente la gran roca piramidal, que se alzaba a su izquierda.
—¿Dónde estás, hermano? —musitó para sí—. ¿Dónde estás?
Era tal la confusión que reinaba a su alrededor, que no lo vio hasta que una cortina de humo se rasgó y apareció una silueta acuclillada junto a la base de la pirámide. Tenía una caja gris a sus pies, de la que partía un grueso cable negro que
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llegaba hasta la zanja a unos cien metros de distancia. A Jalifa no le cupo duda de quién era, ni de lo que estaba haciendo.
—¡Ya te tengo! —gritó echando a correr.
Vio que algo se movía a su izquierda, se volvió y disparó. Un hombre vestido de negro cayó de espaldas sobre un montón de escudos. Otro asomó desde detrás de una caja de madera y Jalifa le disparó también, alcanzándolo en el pecho. No disponía más que de unos segundos. De pronto se vio envuelto en una humareda tan densa que le impidió ver, y tropezó. Consiguió mantener el equilibrio, y, aunque sin saber si iba en la misma dirección, siguió corriendo. La humareda era tan densa que temió asfixiarse. Pero el humo se disipó de pronto como por ensalmo. Y, allí, a sólo unos metros, estaba Saif al-Thar con una mano junto al botón del detonador, dispuesto a destruir los restos del ejército de Cambises.
Jalifa se arrojó de un salto sobre su hermano y lo hizo caer de espaldas contra la roca.
Por un instante, Saif al-Thar se quedó inmóvil, inerte. Un hilo de sangre brotó de su sien derecha. Pero se rehízo y embistió a Jalifa como una fiera.
—¡Te mataré! —gritó—. ¡Te mataré! —Lo cogió por la cabeza y se la golpeó
repetidamente contra la roca—. ¡Me has traicionado, Yusuf! ¡Mi hermano! ¡Mi propio hermano! —Lo puso de rodillas y le dio un puñetazo en la boca—. ¡No puedes luchar contra mí! ¡Soy demasiado fuerte! Siempre lo he sido. Dios está conmigo. Volvió a golpearlo, una y otra vez, hasta lograr tumbarlo en la arena. Entonces se volvió hacia el detonador. Pero Jalifa le lanzó una patada que le hizo doblar la rodilla. Saltó entonces encima de él y le sujetó las manos contra el suelo.
—¡Yo te quería! —le gritó entre lágrimas—. Eras mi hermano. ¿Por qué tuviste que convertirte en esto?
—Porque son malvados —repuso Alí, forcejeando desesperadamente para soltarse—. Todos ellos. Malvados.
—¿Y las mujeres y los niños inocentes? ¿También son culpables?
—¡Sí! ¡Mataron a nuestro padre! —Saif al-Thar logró soltarse una mano y trató
de meterle los dedos en los ojos a Jalifa—. ¿Es que no lo ves? Mataron a nuestro padre. ¡Destrozaron nuestras vidas!
—¡Fue un accidente, Alí! ¡No fue culpa suya!
—¡Sí que lo fue! ¡Destrozaron a nuestra familia! Son malvados. ¡Todos ellos!
¡Demonios! —Con tremenda fuerza se quitó a Jalifa de encima, se levantó y le dio una patada en las costillas—. ¡Los mataré a todos! ¿Me oyes? ¡No voy a dejar ni uno con vida!
Siguió dándole patadas hasta el mismo borde de la zanja. Desesperado, Jalifa miró alrededor en busca de algo que pudiese utilizar como arma. Vio una daga de aquel milenario ejército, con la hoja mellada y verdosa. La empuñó y trató de mantener a Saif al-Thar a distancia, pero éste se arrojó rápidamente sobre él, le cogió
la muñeca y, arrodillándose encima de su pecho, fue acercando la hoja de la daga al cuello de Jalifa.
—Creen que pueden tratarnos como a animales —gritó Alí—. Creen que están por encima de la ley. Pero no están por encima de la ley de Dios.
Dios ve su maldad.
¡Y Dios clama venganza!
Seguía acercando la punta de la daga al cuello de Jalifa, que porfiaba por desviarla. Pero Alí era demasiado fuerte y no pudo impedir que la punta de la daga llegase a rozar su nuez y le rasgase la piel.
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De pronto, Saif al-Thar apartó el arma y lo miró a los ojos. El clamor de la batalla había cesado y al parecer sólo ellos dos seguían peleando.
—Adelante. ¡Hazlo! —le gritó Jalifa.
Aunque Jalifa ya no tratase de impedírselo, Alí empuñaba la daga como si aún le sujetase la muñeca, atenazado por una fuerza invisible.
—¡Hazlo! —repitió Jalifa—. Ya es hora. Quiero librarme por fin de ti.
Sé de nuevo mi hermano. Mi buen hermano. Anda, ¡hazlo!
Jalifa hizo acopio de valor y cerró los ojos. La hoja penetró una décima de milímetro más en su piel y un hilo de sangre se deslizó por su cuello.
Pero Saif al-Thar volvió a apartar la hoja. Se levantó y, al notarlo, Jalifa abrió los ojos. Los dos hermanos se miraron fijamente, como si ambos buscasen la respuesta a tantas cosas que no comprendían. Al cabo, Saif alThar dio media vuelta y fue hacia la caja del detonador. Cuando apenas había dado cuatro pasos, una ráfaga lo alcanzó en un costado y lo arrojó contra la roca. Quedó sentado al pie de ésta, sangrando por la nuca. Al instante, otra ráfaga le perforó el pecho.
Saif al-Thar cayó hacia delante y rodó hasta la zanja, mezclándose con una maraña de brazos y piernas, como si los soldados de Cambises le acogiesen como uno de los suyos.
Jalifa alzó la vista, aterrorizado. A diez metros de él estaba Daniel, que, empuñando un fusil, avanzó lentamente, se agachó y arrancó el cable del detonador. Jalifa se dejó caer hacia atrás y miró al cielo, cegado por las lágrimas.
—¡Oh, Dios! —musitó—. ¡Oh, Alí!
Dravic alejó a Tara del borde de la duna. El campo de batalla desapareció de su vista. Ella empezó a darle puñetazos y a arañarlo, pero el alemán era demasiado fuerte y la zarandeaba como si fuese una muñeca de trapo. Tara no se molestaba en gritar, consciente de que nadie podía oírla entre el estruendo de las explosiones y el fragor de las armas automáticas.
—Te daré una lección que nunca olvidarás —masculló él—. Lo has destrozado todo, y vas a pagar por ello.
Dravic siguió tirando de Tara hasta que se hubieron alejado un buen trecho de la cima. Entonces la obligó a ponerse boca abajo, hundió el pie derecho en la arena y la rodilla izquierda en la rabadilla de Tara, que lanzó el puño hacia atrás para golpearlo en la entrepierna. Pero Dravic era muy alto, y no hizo más que rozarle el muslo. El alemán le tiró entonces del pelo y le echó la cabeza hacia atrás. Tara sintió náuseas al oler su apestoso sudor.
—Cuando haya terminado contigo desearás que te hubiese violado.
—Eres muy valiente —dijo ella con la voz entrecortada—. Todo un héroe que asesina a mujeres y a niños.
Dravic se echó a reír y le llevó la cabeza aún más hacia atrás haciéndole crujir las cervicales.
—No voy a matarte —dijo—. Eso sería demasiado amable por mi parte.
Sólo voy a rajarte un poquito —añadió a la vez que sacaba la paleta del bolsillo y la esgrimía ante sus ojos—. Me conformaré con saber que cada vez que te mires al espejo recordarás este ratito de intimidad —añadió mostrándole el afilado canto de la paleta—. Aunque tendrás que suplicarme para que te deje un ojo con el que puedas mirarte.
Deslizó el filo de la paleta por la mejilla derecha de Tara y luego hasta el pecho. Le dio con la punta en el pezón, que se endureció ligeramente.
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—Bueno, bueno... —dijo Dravic entre risas, a la vez que apartaba la tela de la blusa con la paleta y descubría el pecho—. Eres una zorra, ¿eh? Te va la marcha,
¿verdad?
—¡Que te jodan, Dravic!
Tara trató de escupirle pero tenía la boca tan reseca que no le quedaba saliva. Dravic se inclinó hacia ella casi rozándole la cara con la suya, con los labios húmedos y temblorosos.
—¿Con qué quieres que empecemos? ¿Con una oreja? ¿Con un ojo?
¿Con un pezón?
Dravic se llevó la paleta a la boca, la lamió y se la acercó a un pezón, echándose ligeramente hacia atrás para evitar que ella le metiese los dedos en los ojos. Tara notó el roce de la paleta y, al comprender que estaba decidido a rajarla, agarró un puñado de arena y se la echó a la cara.
—¡Maldita zorra! —bramó él, soltándole el pelo y llevándose las manos a los ojos—. ¡Maldita zorra!
Tara se escabulló y rodó hacia un costado. Él estaba en cuclillas, con los ojos llorosos a causa de la arena. Tara aprovechó para hacer acopio de todas sus energías y le dio una patada en los testículos. El alemán profirió un grito agudo y se dobló
hacia delante retorciéndose de dolor.
—¡Te voy a rajar la puta cara! —le gritó.
Trató de darle un tajo en una mejilla, pero Tara lo esquivó y empezó a gatear a lo largo de la falda de la duna. Dravic fue tras ella. Saltó hacia delante sin lograr alcanzarla. Volvió a saltar y consiguió agarrarla de la blusa. Ambos rodaron cuesta abajo, envueltos en una nube de arena, a través de la cual se entreveían fugazmente retazos de cielo y de la zanja llena de cadáveres.
Al llegar abajo, Tara se quedó inmóvil, aturdida y desorientada. Pero enseguida reaccionó y se puso en pie. Dravic, que había ido a parar a unos diez metros de ella, también reaccionó al instante y se irguió esgrimiendo la afilada paleta. Sangraba por la nariz.
—¡Hija de puta! —bramó—. ¡Maldita zorra!
Avanzó hacia ella hundiéndose hasta los tobillos en la arena, sorprendentemente profunda. Tara retrocedió y fue a dar media vuelta para echar a correr, pero se detuvo al ver que, al dar una larga zancada, el alemán se hundía aún más, ahora hasta las rodillas. De pronto, Dravic dejó de mirarla. Echó el cuerpo hacia atrás e intentó levantar una pierna, pero algo parecía tirar en sentido contrario, hacia abajo.
—¡Oh, no! —clamó Dravic—. ¡Esto no, por favor! —añadió mirando a Tara con expresión de pánico—. ¡No, por favor!
Permaneció inmóvil por unos instantes, con expresión de súplica. Luego empezó
a forcejear, con el rostro contorsionado por el terror. Saltaba hacia arriba intentando liberar las piernas, pero sólo conseguía hundirse más en las arenas movedizas, que ya le llegaban hasta los muslos. Y siguió hundiéndose; hasta la entrepierna, hasta la cintura. Volvió a echar el cuerpo hacia atrás, se apoyó con las manos en la arena e intentó tirar hacia arriba, pero se le hundieron también las manos. Las sacó rápidamente, empuñando aún la paleta, y volvió a intentarlo, en vano.
La arena le llegaba ya a las costillas. Dravic empezó a llorar.
—¡Ayúdame! —le gritó a Tara—. ¡Por el amor de Dios, ayúdame! —
añadió
alargando una mano hacia ella—. ¡Por favor! ¡Ayúdame!
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Le rodaban las lágrimas por las mejillas y agitaba los brazos frenéticamente. Gritó como una fiera herida, golpeando la arena con los puños. Su torso daba unas espantosas sacudidas, como si lo electrocutasen.
Pero el desierto se negó a soltar a su presa, y siguió tragándoselo lentamente, hasta las axilas; hasta los hombros. Al cabo de unos segundos sólo asomaba de él la cabeza y un brazo. Pero seguía sin soltar la paleta.
Tara desvió la mirada, espantada.
—¡Oh, no! —volvió a gritarle él—. ¡No! ¡No me dejes solo! ¡Ayúdame!
¡Sácame de aquí!
Tara empezó a ascender por la duna.
—¡Por favor! —persistió él, implorante—. ¡Te pido perdón por lo que te hice! ¡Por favor, no me dejes así! ¡No me dejes solo! ¡Vuelve! ¡Vuelve, maldita puta! ¡Te mataré! ¡Te mataré! ¡Oh, Dios, ayúdame! ¡Ayúdame!
Tara continuó subiendo hasta que, de pronto, ya no lo oyó. Al llegar cerca de la cima se volvió y miró hacia abajo. Sólo se veía la coronilla de Dravic, junto a la paleta. Tara se estremeció y siguió ascendiendo.
La batalla casi había terminado cuando Tara llegó a lo alto de la duna.
Todo era humo y fuego, pero los disparos habían cesado y los tres helicópteros habían aterrizado. Varias figuras vestidas de color caqui, obviamente soldados, recorrían metódicamente las ruinas del campamento.
De vez en cuando se detenían a rematar a los heridos. Los camellos vagaban desorientados.
Tara no vio un solo hombre de Saif al-Thar en pie. Pero sí divisó a dos hombres de pie junto a la base de la gran pirámide de roca. Estaban bastante lejos de donde ella se encontraba, pero tuvo la certeza de que el de la camisa blanca era Daniel. Echó a correr cuesta abajo. Al llegar a la base de la duna, se cubrió la cabeza con la blusa para protegerse del humo y echó a andar entre los cadáveres. Había soldados por todas partes. Trató de parar a uno para preguntarle qué había ocurrido, pero hizo caso omiso de ella. Tara volvió a intentarlo, con el mismo resultado. De modo que siguió adelante, en dirección a la roca, bordeando la zanja hasta llegar junto a los dos hombres que había visto desde lejos. Daniel estaba sentado, mirando hacia la zanja con el fusil en bandolera. Jalifa se hallaba un poco más allá, recostado contra la base de la pirámide, con un cigarrillo en la boca, el
rostro tumefacto y la camisa manchada de sangre. Ambos alzaron la vista al verla aproximarse, pero ninguno de los dos dijo nada.
Tara se acercó a Daniel, se acuclilló a su lado y le apretó una mano. Él hizo otro tanto, pero siguió en silencio. Jalifa inclinó la cabeza hacia ella.
—¿Está usted bien? —le preguntó.
—Sí, gracias. ¿Y usted?
El inspector asintió con la cabezal dio una profunda calada al cigarrillo.
Ella iba a preguntar qué había ocurrido, quiénes eran esos soldados y, en definitiva, qué
significaba todo aquello, pero intuyó que Jalifa no se sentía con ánimo de hablar, y optó por guardar silencio.
Un camello ramoneaba paja de una bala a pocos pasos de ellos. La caja que llevaba atada al lomo estaba cubierta de agujeros de bala. El sol estaba alto en el cielo y el calor aumentaba por momentos.
Estuvieron los tres casi diez minutos callados, y al cabo oyeron el estruendo de los rotores de un helicóptero que, pocos segundos después, asomó por el borde de la duna que tenían enfrente. El aparato sobrevoló el valle y fue a posarse a unos
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cincuenta metros de donde ellos se encontraban. Una lluvia de arena los salpicó al mirar hacia allí. El camello se alejó al trote.
El piloto paró el motor y los rotores comenzaron a girar cada vez más despacio. Varios soldados corrieron hacia el aparato. Oyeron descorrer la puerta lateral del lado opuesto a donde se encontraban y varias voces. Poco después, cuatro hombres asomaron por el morro del helicóptero. Tara reconoció a tres de ellos: Squires, Yamal y Crispin Oates. Al cuarto, un hombre obeso y calvo que se enjugaba la frente con un pañuelo, nunca lo había visto. Avanzaron por la arena, incongruentes con su traje y su corbata, y se detuvieron a unos metros. Tara y Daniel se levantaron.
—Buenos días a todos —saludó Squires en tono jovial-. Esto sí que ha sido toda una aventura, ¿eh?
Durante unos segundos nadie dijo nada. Luego, el calvo se decidió a hablar.
—Se lo dejo a usted, Squires. Yo tengo otras cosas en que ocuparme.
—Podrían presentarme, al menos.
—¡Por el amor de Dios! ¡Esto no es una fiesta campestre! —replicó el calvo, que escupió en el suelo y se alejó secándose el sudor del cuello con
el pañuelo. Squires lo siguió con la mirada.
—Deben excusar a nuestro amigo estadounidense. A su manera, es de lo más amable, pero algo maleducado.
Squires sonrió a modo de excusa. Se metió la mano en el bolsillo y sacó un caramelo. Empezó a desenvolverlo con sus largos dedos, que semejaban las patas de una araña. Se produjo un largo silencio que Jalifa al fin se decidió a romper.
—Ha sido una trampa, ¿verdad? —dijo a la vez que arrojaba la colilla a la zanja—
. La tumba, el texto jeroglífico, todo esto... —añadió señalando alrededor con un amplio ademán—. Una encerrona. Un señuelo para atraer a Saif al-Thar de nuevo a Egipto, y así poder atraparlo.
Squires enarcó las cejas, pero no respondió. Terminó de desenvolver el caramelo y se lo introdujo en la boca. Tara sintió un escalofrío.
—¿Quiere decir que...? —dijo ella mirando al inspector, tan desconcertada que no acertó a terminar la frase.
—La tumba era falsa —dijo Jalifa—. Pero los objetos eran auténticos.
La decoración de las paredes, los jeroglíficos... Todo era falso. El cebo para atraer a Saif al-Thar. Una idea brillante, sin duda.
Tara miró fijamente a Squires, entre sorprendida y confusa. Daniel estaba pálido, tenso, como si temiera que de un momento a otro alguien fuese a darle un golpe.
—Y.. ¿quiénes son ustedes, exactamente? —preguntó Jalifa—.
¿Militares?
¿Miembros del Servicio Secreto?
Squires se pasó el caramelo de un lado a otro de la boca, pensativo.
—Un poco de las dos cosas, en realidad —repuso—. Pero es mejor no concretar demasiado. Baste decir que cada uno de nosotros representa a su propio gobierno, en lo que podríamos considerar un trabajo de inteligencia
—añadió sacudiéndose el polvo de una manga—. ¿Cómo lo ha adivinado?
—¿Que la tumba era falsa? —Jalifa se encogió de hombros—. Por lo pronto, por las estatuillas funerarias de la tienda de Iqbar. Eran auténticas, desde luego, pero de una época posterior a la de la tumba en la que supuestamente se encontraron. Todo lo demás era del primer período persa.
Y en cambio, las estatuillas eran del segundo. De haber sido de un período anterior yo habría interpretado que, simplemente, habían 266
sido robadas de una tumba más antigua y vueltas a utilizar. Pero, de un período posterior, no tenía sentido. ¿Cómo iban a aparecer objetos del siglo IV antes de Cristo en una tumba sellada y tapiada ciento cincuenta años antes? Aunque existiesen varias explicaciones posibles, me olí que ocurría algo extraño. Y al ver la tumba ya no me cupo duda.
—Tiene usted buen olfato, y buen ojo —dijo Squires—. Creíamos haberlo hecho todo bien.
—Y lo hicieron. Todo perfecto. Y eso precisamente fue lo que los delató. Así me lo hizo ver un profesor que tuve. Ninguna pieza de arte egipcio antiguo es perfecta. Siempre presentan algún defecto, por pequeño que sea. Me tomé la molestia de inspeccionar hasta el último milímetro de la tumba y no había un solo error. Ni tinta que hubiese goteado; ni jeroglíficos mal alineados, ni tachaduras. Estaba impecable. Demasiado impecable. Y los egipcios nunca fueron tan meticulosos. Tenía que ser falsa.
Daniel se soltó de la mano de Tara y se alejó unos pasos meneando la cabeza, esbozando una sonrisa de amargura. Tara fue a retenerlo y a decirle que él no podía haberlo adivinado, pero notó que Daniel rehuía el contacto.
—Sin embargo, aún no estaba seguro de qué era lo que ocurría —
prosiguió
Jalifa—. Saltaba a la vista que alguien se había tomado muchas molestias para falsificar la tumba. Y el propósito parecía ser atraer a quienquiera que la encontrase hasta este lugar del desierto. Sospeché que algún servicio de inteligencia andaba detrás del asunto. Advertí que me seguían hasta Luxor, y que también lo hacía un funcionario de la embajada británica —añadió mirando a Oates—. Con todo, no acababa de encajar las piezas. Y, en realidad, no lo he visto claro hasta hace media hora, al llegar los helicópteros.
Se oyeron unos disparos procedentes del otro lado del campamento.
Una brisa caliente pasó entre ellos.
—Todo esto encierra un curioso sarcasmo —continuó el inspector—, porque con todo el dinero que han debido de gastar para llevar a cabo el plan, habrían podido solucionar la mayor parte de los problemas creados por la gente de Saif al-Thar.
¿Cuánto les ha costado enterrar todo eso aquí? ¿Millones? ¿Decenas de millones? ¡Han debido de vaciar las salas de todos los museos de Egipto!
Squires no respondió. Pero de pronto se echó a reír.
—¡Dios mío, querido inspector! Me temo que, curiosamente, ha hecho usted una lectura perfecta, sólo que inversa. Ciertamente, la tumba era falsa, como usted dedujo con tanta sagacidad. Y, como también comprendió, el objetivo era atraer a quienquiera que la encontrase hasta este lugar del desierto. Pero... no hemos tenido que enterrar nada. Todo estaba aquí. —Al ver la cara de azoramiento de Jalifa, se echó a reír de nuevo y añadió—: Sí, amigo mío, éste es el ejército perdido de Cambises. El auténtico. Tal como quedó sepultado hace dos mil quinientos años. Todo lo que hicimos fue concebir el plan a partir de este hallazgo.
—Pero yo creía que...
—¿Que nosotros lo habíamos puesto todo aquí? Me temo que sobreestima usted nuestra capacidad. Dudo de que ni siquiera con los recursos combinados de los gobiernos egipcio, británico y estadounidense hubiésemos podido hacer algo de semejante envergadura.
Jalifa estaba atónito, mirando hacia la zanja con expresión de incredulidad. Los restos del antiguo ejército se extendían hasta donde alcanzaba la vista, formando una
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maraña de brazos, piernas, cabezas y torsos; un amasijo de carne y tendones osificados; rostros apergaminados, cuencas vacías, y bocas abiertas.
—¿Cuándo lo descubrieron? —preguntó Jalifa.
—Hace poco más de un año —repuso Squires con una sonrisa—. Lo encontró un joven estadounidense, John Cadey. Pasó todo un año trabajando aquí por su cuenta, solo. Muchos lo tachaban de loco, pero él tenía el convencimiento de que el ejército estaba aquí. Es uno de los hallazgos más importantes de la historia de la arqueología, y puede que el más importante. Ha sido una pena que no haya vivido lo bastante para disfrutar de su éxito.
Yamal había sacado del bolsillo su rosario y hacía entrechocar las cuentas en la mano, produciendo un sonido que, en aquel silencio, resultaba desproporcionado.
—¿Qué tal vamos de tiempo, Crispin? —preguntó Squires. Oates miró el reloj.
—Unos veinte minutos.
—En tal caso, creo que lo mínimo que podemos hacer es darles una cumplida explicación a nuestros amigos, ¿no cree? —propuso a la vez que
metía las manos en los bolsillos y se dirigía hacia el borde de la excavación.
El británico se detuvo frente al cuerpo de Saif al-Thar, que yacía rodeado de brazos y piernas.
—Supongo que todo empezó con un joven llamado Alí Jalifa —
prosiguió Squires contemplando el cadáver—. Sí, inspector, sabemos lo de su parentesco. Y me siento muy solidario con usted. De verdad se lo digo.
No ha tenido que ser nada fácil: un honrado ciudadano respetuoso con la ley, hermano del terrorista más buscado de Egipto. No ha debido de ser nada fácil.
Jalifa se limitó a mirar a Squires en silencio. Se oyó la explosión de un barril de gasóleo, procedente del otro lado del campamento.
—Empezó a llamar nuestra atención a mediados de los ochenta —
precisó el diplomático—. Hasta entonces había pertenecido a una serie de grupos fundamentalistas menores; nada especialmente preocupante para nosotros. Sin embargo, en 1987 se separó de esos grupos, adoptó el nombre de Saif al-Thar y fundó su propia organización. Empezó a matar extranjeros. Y, lo que al principio era un asunto interno, se convirtió de pronto en un problema internacional. Yo intervine en representación del gobierno británico y Massey, a quien antes han conocido, en representación de los estadounidenses.
Varios grupos de soldados empezaron a sacar cadáveres de la zanja y a depositarlos en hileras junto al borde de ésta. Tara los observaba. La voz de Squires parecía llegarle de muy lejos. Con el rabillo del ojo vio que Daniel miraba más allá de los restos, inexpresivo, con el fusil aún en bandolera.
—Hicimos cuanto pudimos por detenerlo —continuó el británico—.
Pero era listo. Siempre nos ganaba por la mano. En 1996 estuvimos a punto de detenerlo, en una emboscada que le tendimos en Asyut. Y volvió a escabullírsenos. Cruzó la frontera con Sudán y a partir de entonces nos fue imposible apresarlo. Detuvimos a muchos de sus seguidores, pero nos servía de muy poco si no lo teníamos a él. Y mientras estuviese fuera de Egipto no habría forma de capturarlo.
—Y por eso le pusieron una trampa para que regresase, ¿no?
—Bueno... Quizá fuese más exacto decir que la trampa apareció sola —
repuso Squires, sonriente—. Nosotros nos limitamos a añadir algunos detalles. —Sacó un pañuelo y empezó a limpiarse los cristales de las gafas, mientras Yamal seguía haciendo entrechocar sus cuentas, cada vez más deprisa—. El detonante se produjo
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hace aproximadamente un año, cuando estuvo a punto de asesinar al embajador estadounidense. Cundió la alarma. Y nos sometieron a fortísimas presiones para que lo apresáramos. Se concibieron los planes más disparatados. Incluso se habló de arrojar sobre el norte de Sudán una bomba nuclear de acción limitada. Pero, entonces, el doctor Cadey hizo este extraordinario descubrimiento, y empezamos a enfocar nuestros planes de un modo completamente distinto.
Se oyó a lo lejos un grito, seguido de una ráfaga de fusil automático.
—Llevábamos vigilando a Cadey hacía algún tiempo —explicó Yamal-.
Estaba trabajando cerca de la frontera libia y queríamos evitar que hiciese nada que perjudicase la seguridad nacional. Un día interceptamos un paquete que envió desde Siwa. Contenía fotografías: de un cadáver, de armas, de ropas. Y una nota con esta única frase: «El ejército perdido de Cambises ha dejado de estar perdido».
—En un primer momento no reparamos en la importancia del hallazgo
—intervino Squires—. Fue Crispin quien nos alertó. ¿Qué nos dijo usted, Crispin?
—Que era una suerte que Saif al-Thar no lo hubiese descubierto, pues de lo contrario sería lo bastante rico para financiar un verdadero ejército propio —repuso Oates con una sonrisa, visiblemente satisfecho de sí mismo.
—Entonces se nos ocurrió una idea —explicó Squires—. ¿Y si fuera Saif al-Thar quien lo encontrase? Algo de tal envergadura constituía una oportunidad demasiado extraordinaria para dejarla escapar. Significaba la total independencia económica. Todos sus problemas de financiación se habrían terminado. Se trataba de un regalo llovido del cielo. Y sin duda querría verlo por sí mismo. Era inconcebible que un hombre tan obsesionado por la historia como él permaneciera tranquilamente en Sudán mientras sus hombres exhumaban un hallazgo de tal magnitud. De ninguna manera iba a quedarse sentado a esperar. Vendría y, cuando viniese... —Se acercó las gafas a la boca, le echó el aliento a los cristales y empezó a limpiarlos con el pañuelo. Entretanto, los cuerpos de los soldados de Cambises seguían alineándose junto al borde de la zanja como grandes fichas de dominó—. Nos pusimos en contacto con Cadey y le pedimos su cooperación, pero no se mostró nada receptivo, y al final no nos quedó más alternativa que... eliminarlo de la ecuación. Lamentable. Había demasiado
en juego para dejar que un solo hombre lo desbaratase todo. Tara lo miró meneando la cabeza, entre horrorizada e incrédula. El inglés no pareció reparar en su mirada, y volvió a alzar las gafas, las examinó y siguió limpiándolas.
—El problema que tuvimos que abordar entonces fue cómo hacer para atraer a Saif al-Thar hacia el ejército de Cambises, sin que sospechase que se trataba de un señuelo. Ésa era la clave: tenía que creer que era él quien hacía el descubrimiento. Si por un instante hubiese sospechado que podía ponerse en peligro, no habría dado un solo paso.
—Pero ¿para qué tomarse la molestia de inventarse una tumba? —
preguntó
Jalifa—. ¿Por qué no haberse limitado a infiltrar a alguien en su organización que le asegurase que sabía dónde estaba el ejército?
—Porque no le habría creído —repuso Squires—. Esto no es como las colinas de Tebas, donde aparecen yacimientos de continuo. Este lugar es tan remoto que no es concebible que nadie lo descubriese por casualidad.
—Pero Cadey lo descubrió.
—Cadey era un arqueólogo profesional. Los hombres de Saif al-Thar son fellaghas, campesinos. Ninguno de ellos hubiese tenido el menor motivo para venir aquí. No habría parecido verosímil.
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—¿Y sí lo tenía la tumba de un superviviente del ejército?
—Por extraño que parezca, sí. Resultaba tan extraordinario que no podía por menos que ser cierto. Sabíamos que Saif al-Thar recelaría. Claro.
¿Quién no? Pero no tanto como de alguien que le hubiese asegurado que había descubierto el ejército. Comprobó que los cristales estuviesen bien limpios y se guardó el pañuelo. Jalifa fue a encender un cigarrillo con una astilla de un cajón de madera que aún ardía.
—¿No tiene otra manera de encender el cigarrillo, inspector? —dijo Squires risueño.
—Dravic me quitó el mechero —repuso Jalifa, encogiéndose de hombros.
—¡Qué desconsiderado! —exclamó el británico mirando a Yamal-. Sea buen chico y dele las cerillas al inspector, ¿quiere?
Yamal sacó una caja de cerillas del bolsillo y se la lanzó a Jalifa.
—Por cierto, ¿ha visto alguien por aquí a nuestro amigo Dravic? —
preguntó
Squires—. Parece que se muestra muy discreto —ironizó.
—Está muerto —contestó Tara sin apartar la vista de la hilera de cadáveres, en voz tan baja que apenas la oyeron—. Al otro lado de la duna.
Se lo han tragado las arenas movedizas.
—Bueno, pues... un problema menos —dijo Squires. Sacó otro caramelo, empezó
a desenvolverlo y añadió——: ¿Por dónde iba?
—Por lo de la tumba —repuso Jalifa.
—Ah, sí, por lo de la tumba. No era factible excavar una nueva. Por fortuna, dimos con una que nos venía al pelo. Del período y estilo adecuados. Estaba vacía. Sin decoración. Y, sobre todo, desconocida para todos, salvo para un puñado de especialistas en necrópolis tebanas. Los hombres de Saif al-Thar no habrían oído hablar de ella, lo cual, como estoy seguro que reconocerá, era crucial para que el plan funcionase.
Parte del caramelo no acababa de desprenderse del envoltorio y el británico hizo una pausa para retirar el celofán.
—Pero, a pesar de contar con una tumba hecha a medida, tardamos casi un año en completarla —continuó—. Decir que fue una labor penosa constituye un pálido reflejo de la realidad. La decoración tenía que ser falsificada y envejecida con productos químicos, para que pareciese que tenía dos mil quinientos años de antigüedad. Y, por supuesto, había que hacerlo todo en el más absoluto secreto. Créanme: fue una operación de enorme envergadura. Hubo momentos en los que creímos que no llegaríamos a terminarla.
Logró al fin desprender el caramelo del envoltorio y se lo llevó a la boca. Luego hizo una pelotita con el papel y se la metió en el bolsillo.
—En fin... el caso es que logramos terminar el trabajo. Completamos la decoración e introdujimos en la tumba una serie de objetos funerarios, procedentes de los museos de Luxor y de El Cairo, junto a algunos del propio ejército de Cambises. Todo lo que restaba por hacer entonces era filtrar la información a Saif al-Thar y aguardar a que sus hombres descifrasen la inscripción.
—Pero alguien se les adelantó —señaló Jalifa.
—Eso era con lo que no contamos —reconoció Squires, meneando la cabeza—. Había una probabilidad entre un millón; una entre diez millones.
Pero aun así, la cosa no tenía por qué terminar en desastre. Podía haberse
limitado a llevarse unos cuantos objetos y dejar la decoración intacta, pero resultó que se llevaron el fragmento de
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texto jeroglífico más revelador, de manera que cuando los hombres de Saif al-Thar llegaron allí, la tumba era, por lo menos desde nuestro punto de vista, completamente inútil. Todo un fiasco. Una verdadera desgracia.
—Pero no tan grave como para Nayar y para Iqbar —apuntó Jalifa.
—No, desde luego —admitió Squires—. Sus muertes fueron muy lamentables. Al igual que la de su padre, señorita Mullray.
Tara alzó la vista y le dirigió una mirada de odio.
—Ustedes nos utilizaron —le espetó—. Dejaron que matasen a mi padre, y no les importó arriesgar nuestras vidas. No son ustedes mejores que Saif al-Thar.
—Quizá exagera usted un poco —dijo Squires en tono condescendiente
—. Aunque, dadas las circunstancias, es perfectamente comprensible. Por desgracia, la muerte de su padre fue algo que escapó a nuestro control. Pero sí es verdad que los utilizamos a ustedes. Al igual que en el caso del doctor Cadey, concluimos que el bienestar de una persona debe subordinarse a los más amplios intereses de la sociedad. Es desagradable, pero necesario. —
Guardó silencio unos momentos, chupando el caramelo—. Al principio no teníamos ni idea de qué era lo que fallaba en nuestro plan. Sabíamos que Dravic había descubierto la tumba, pero, por la razón que fuese, no picaba.
Y al descubrir que faltaba un fragmento esencial del texto jeroglífico nos vimos ante un grave dilema. Era demasiado tarde para renunciar al plan, pero tampoco podíamos hacer nada abiertamente para ayudar a Saif al-Thar.
No nos quedó
más remedio que dejar que los acontecimientos siguieran su curso. Una ráfaga de viento más fuerte que la anterior hizo susurrar la duna. El ruido de las cuentas de Yamal remitió por unos segundos y luego se intensificó.
Daniel se mordisqueaba el labio inferior.
—Su intervención, señorita Mullray, complicó la situación, pero también nos brindó una salida —dijo Squires asintiendo con la cabeza—.
Era obvio que usted sospechaba de la muerte de su padre, y existía el peligro de que empezase a averiguar ciertas cosas. Sin embargo, cabía la posibilidad de que, si nos conducíamos del modo correcto, pudiese ayudarnos a encontrar el fragmento de texto jeroglífico que faltaba, para restituírselo a Saif al-Thar sin que él llegase a sospechar que nosotros
estábamos implicados. Y así resultó. Lo hizo usted muy bien —añadió con un dejo de ironía.
Tara lo fulminó con la mirada. Se sentía burlada, y maltratada. Daniel la observó
por un instánte, pero enseguida bajó la vista.
—Hay que reconocer que corrimos un gran riesgo durante unos días —
prosiguió
Squires—. Si usted llega a dejar el fragmento en Saqqara todo hubiese sido más fácil, pero al llevárselo nos obligó a entrar en un juego muy delicado. De haber recurrido usted a las autoridades egipcias o a nuestra embajada, Saif al-Thar se habría retirado de inmediato. No tuvimos más remedio que inducirla a actuar por su cuenta. De ahí que montásemos la farsa de la existencia de un grupo mafioso que se dedicaba a robar antigüedades y a sacarlas del país.
—A través de Samali —aventuró Tara.
—En efecto. Es uno de nuestros agentes. Y lo hizo de maravilla.
—¡Dios santo! —exclamó ella tan exasperada como abatida. Jalifa sintió el impulso de acercarse para confortarla, pero comprendió que no era el momento.
—Pese a ello, todo pendía de un hilo aún —continuó Squires—.
Todavía podíamos fracasar. El inspector nos creó bastantes problemas y controlarla a usted no fue tarea fácil, señorita Mullray. Por suerte, contábamos con alguien entre bastidores que nos fue de gran ayuda —
añadió sin extenderse en detalles.
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Los soldados habían terminado de depositar los cadáveres de los hombres de Saif al-Thar junto a la zanja y charlaban en el límite del campamento. La actividad en éste había cesado por completo.
Las últimas palabras de Squires habían estremecido a Tara. «Alguien entre bastidores... Alguien entre bastidores.» Alzó la cabeza lentamente.
—Oh, no —exclamó con voz ahogada—. ¡Oh, Dios mío! —añadió mirando a Daniel-. Eras tú, ¿verdad?
Daniel palideció. Miró hacia los restos retorcidos de los cadáveres de la zanja.
—Lo sabías, ¿verdad? —agregó entre dientes—. Lo sabías todo desde el principio,