El Evangelio del mal
Capítulo 114
Monseñor Ballestra se incorporó a la fila de prelados que recorría los pasillos del palacio apostólico para rendir homenaje al difunto. Al besar la frente del muerto, le sorprendió la tibieza de su piel. Seguramente se debía a la calefacción que habían encendido y que retrasaba la aparición de la rigidez cadavérica. Luego, cuando iba a incorporarse, notó que un soplo de aire le rozaba el cuello a la altura de los labios del muerto, inmóviles y entreabiertos. Contempló un momento la boca del difunto en espera de una señal que no se produjo. Sin duda había sido una corriente de aire. Sin embargo, aunque Su Santidad parecía efectivamente muerto, Ballestra tenía la impresión de que su envoltorio no estaba… vacío. Los últimos segundos de la presencia del alma. Ese contraste sutil entre los cuerpos que acaban de morir y los cadáveres que se entierran. Eso es lo que Ballestra había sentido al besar la frente del anciano. Como si el Papa estuviera todavía vivo. O
más bien como si no consiguiera morir.
Mientras se incorporaba lentamente, observó que una extraña capa de ceniza cubría las ventanas de la nariz de Su Santidad. La misma que la que se utiliza para trazar la señal de la cruz en la frente de los fieles cuando empieza la cuaresma. Luego, al notar que la mano del camarlengo se cerraba sobre su hombro, Ballestra se alejó preguntándose si lo que había visto no había sido fruto de su imaginación. Salió de los aposentos del Papa en el momento en que los embalsamadores llegaban. Iban a vaciar a Su Santidad antes de exponer sus restos sobre un catafalco de terciopelo instalado en el centro de la basílica. Porque, lo quisiera Ballestra o no, el Papa había muerto y otra página del gran libro de la Iglesia estaba pasando.
Una página sombría en esas horas en que las fuerzas del Mal estaban desatándose.
En todo eso es en lo que el prelado piensa mientras intenta borrar los restos de su pesadilla. Se dispone a tumbarse de nuevo para arañar unas horas de sueño cuando un timbre desgarra el silencio. Ballestra busca a tientas el teléfono sobre la mesilla de noche y descuelga.
–Prefectura de los Archivos del Vaticano, monseñor Ballestra al aparato
-masculla.
Un chisporroteo. Una voz entrecortada y lejana.
–Monseñor, soy el padre Alfonso Carzo.
Capítulo 114
Monseñor Ballestra enciende la lámpara de la mesilla de noche y se pone las gafas.
–Alfonso, ¿dónde demonios te habías metido? El cardenal Camano está buscándote por todas partes. Estábamos preocupadísimos.
–Le llamo desde el aeropuerto internacional de Denver. Voy a tomar un avión que despega ahora mismo hacia Europa.
–La Santa Sede está vacante, Alfonso. Su Santidad nos dejó ayer al término de una breve agonía.
–Estoy al corriente y es una noticia todavía peor de lo que usted puede imaginar.
–¿Cómo podría ser peor?
–Escúcheme atentamente, monseñor. Han asesinado a los jesuitas de Manaus. Justo antes de morir, su superior tuvo tiempo de revelarme la existencia de una conspiración en el seno del Vaticano. Una cofradía secreta que al parecer se hace llamar el Humo Negro de Satán.
Silencio de Ballestra.
–Es una historia muy antigua, Alfonso. Y no creo que sea el momento de resucitarla.
–Yo creo, por el contrario, que no puede haber un momento más oportuno, monseñor. Pero primero necesito que abra los archivos secretos de los papas. Necesito saber sin falta lo que las recoletas de la Edad Media descubrieron justo antes de la matanza de su comunidad del Cervino.
–Alfonso, esos archivos son absolutamente secretos, tanto como las revelaciones de la Virgen o los siete sellos del fin de los tiempos. Nadie puede acceder a ellos, salvo Su Santidad. Y de todas formas, nadie sabe dónde están.
–En la Cámara de los Misterios, monseñor, es ahí donde hay que buscar.
–Hijo, esa cámara es una fantasía. Todo el mundo habla de ella, pero nadie sabe si alguna vez existió.
–Existe. El superior de los jesuitas de Manaus me indicó el lugar donde se encuentra y la combinación para abrirla.
–¿La combinación?
–En este momento estoy enviándosela por fax.
Ballestra se levanta de la cama y se acerca a su mesa de trabajo. La telecopiadora se pone en marcha. Por el aparato sale una hoja de papel que el archivista lee en diagonal.