El Evangelio del mal

Patrick Graham · Capítulo 5 de 179

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El Evangelio del mal

Capítulo 5

encima de los Alpes para devorar a los viajeros extraviados. Leyendas que los montañeses reservaban para contar durante las veladas haciendo el signo de los cuernos para ahuyentar el mal de ojo. Desde el valle de Aosta hasta los Dolomitas, la simple evocación de su nombre bastaba para que se cerraran las puertas a cal y canto y se oyeran los ladridos de los perros.

Nadie sabía cómo renovaba esa orden misteriosa a sus siervas. Todo lo que los habitantes de Zermatt habían llegado a observar era que, cuando una de ellas moría, las recluidas soltaban una bandada de palomas mensajeras que tomaban la dirección de Roma tras haber dado algunas vueltas en círculo sobre las altas torres del convento. Unas semanas más tarde, una carreta-celda escoltada por doce caballeros del Vaticano aparecía a lo lejos en el camino de montaña que llevaba a Zermatt. La carreta estaba provista de esquilas, para alertar de su llegada; cada vez que oían ese sonido agudo, los habitantes de los alrededores cerraban las contraventanas y apagaban las velas. Luego, apretados los unos contra los otros en la fría penumbra, esperaban a que el pesado vehículo se hubiera adentrado en los caminos de mulas que conducían al pie del Cervino.

Una vez allí, los caballeros del Vaticano tocaban la trompa. En respuesta a esa señal, una cuerda bajaba acompañada de un chirriar de poleas. En el extremo, había un talabarte de cuero que los caballeros ceñían en torno al cuerpo de la nueva recoleta antes de tirar cuatro veces de la cuerda para indicar que estaban a punto. Suspendido en el otro extremo de la cuerda, el ataúd que contenía a la difunta descendía lentamente mientras la nueva recoleta ascendía por la pared, de modo que la monja viva que subía al convento se cruzaba a medio camino con la muerta que bajaba.

Después de haber cargado a la difunta en la carreta para enterrarla en secreto, los caballeros tomaban de nuevo el camino de Zermatt; los habitantes sabían, mientras oían alejarse ese ejército de fantasmas, que no existía ningún otro medio de salir del convento. Y que las desdichadas que entraban nunca saldrían de allí.

Capítulo 5

Levantando el velo por encima de la boca de la recoleta, pero no más arriba para no profanar su rostro, la madre Yseult colocó un espejo sobre aquellos labios contraídos por el dolor. Una aureola de vaho se formó en la superficie, lo que indicaba que la religiosa todavía respiraba.

Desgraciadamente, por los ronquidos agónicos que apenas levantaban su pecho y las arrugas que surcaban su cuello, Yseult supo que la recoleta estaba demasiado delgada y era demasiado vieja para esperar que pudiera sobrevivir y que, poniendo un fin de mal agüero a siglos de una tradición inmutable, la infeliz moriría fuera de los muros de su congregación.

Pendiente de su último suspiro, la madre superiora rebuscó en su memoria para hallar las demás cosas que sabía de esa orden misteriosa.

* * *

Una noche que los caballeros del Vaticano llevaban a una nueva recoleta al Cervino, unos adolescentes y unos descreídos de Zermatt siguieron a hurtadillas al convoy para ver el ataúd que habían ido a buscar. Ninguno regresó de aquella expedición nocturna, salvo un joven cabrero un poco simple que vivía en las estribaciones y al que encontraron por la mañana balbuciendo aterrorizado y medio enloquecido.

Aseguraba que, de lejos y a la luz de las antorchas, vio que el ataúd surgía de la bruma agitándose en el extremo de la cuerda, como si la religiosa que se hallaba dentro todavía no estuviera muerta. Después vio cómo se elevaba por los aires la nueva recoleta, izada hacia la cima por las hermanas invisibles. A cincuenta metros del suelo, el cáñamo se rompió y el ataúd se soltó; la tapa, al chocar contra el suelo, se resquebrajó. Los caballeros trataron de coger a la otra recoleta, pero en vano; la desdichada cayó sin proferir un grito y se estrelló contra las rocas. En el mismo momento, un aullido de animal se elevó del ataúd desvencijado y el cabrero vio unas manos viejas, arañadas y sanguinolentas que salían de la caja para ensanchar la grieta. Horrorizado, afirmó que uno de los caballeros desenvainó la espada y que, aplastando aquellos dedos bajo su bota, hundió la mitad de la hoja en la oscuridad del ataúd. El grito cesó. Luego, mientras los demás clavaban la tapa a toda prisa y cargaban en la carreta el ataúd con el cadáver de la nueva recoleta, el caballero limpió la hoja con el reverso de su capa. El resto de lo que aquel pobre loco creyó ver se perdía en una verborrea balbuciente de la que no hubo forma de sacar nada en limpio, salvo que el hombre que había rematado a la recoleta se había quitado el casco y que su rostro no tenía nada de humano.

No hizo falta más para que empezase a correr el rumor de que un oscuro pacto unía a las recoletas del Cervino con las fuerzas del Mal y que por lo