El Evangelio del mal
Capítulo 41
Aprieta el paso para alejarse lo más deprisa posible de la boca oscura de la escalera. A lo lejos, ve la luz amarilla de una antorcha.
Dejándose guiar por esa luz como una mariposa en las tinieblas, avanza a tientas por la galería. El olor de pudridero se vuelve cada vez más asfixiante. Marie tiene la sensación de que avanza en medio de una espesa niebla que impregna su ropa y gotea hasta el fondo de su garganta.
A medida que se acerca al halo de la antorcha, empieza a distinguir el brillo de la humedad en el suelo y el grisáceo de las paredes. También distingue la cabellera que forman las raíces que se han abierto paso a través de las piedras del techo. Al bajar los ojos, ve unas gotitas de sangre fresca sobre las baldosas. Por eso las arañas estaban desenfrenadas: han percibido toda la sangre que manaba de Rachel mientras el asesino la transportaba por la escalera; han percibido ese olor de carne fresca y se han precipitado sobre ella para beberla. Marie está temblando. Sabe que las arañas no la dejarán salir.
Ya está, por fin ha llegado a la luz. Al final de la galería, una puerta de calabozo provista de pesadas barras de hierro. Marie la empuja. La puerta chirría al girar sobre sus goznes. Y la antorcha oscila al recibir la corriente de aire templado que escapa por el hueco.
Capítulo 41
Marie acaba de entrar en una amplia cripta. El resplandor vacilante de cientos de velas medio fundidas proyecta unas sombras alargadas que parecen flotar sobre las paredes.
Todavía cegados por la oscuridad de la escalera, los ojos de Marie empiezan a acostumbrarse a la movediza penumbra de la cripta. Frente a ella, una nave pavimentada con mosaicos, y a uno y otro lado, dos hileras de bancos de madera. Entrecerrando los ojos, Marie distingue unas formas sobre los reclinatorios. El corazón le da un vuelco: hay personas arrodilladas en la cripta, inclinadas, con las manos juntas, desplomadas las unas sobre las otras. Son cadáveres descompuestos de cabellos largos y uñas ganchudas, notables con levita y ancianas resecas que llevan bolsos de mano, rosarios y misales polvorientos. La misa de los difuntos. De aquí procedía el pestilente hedor.
Marie recorre la nave central. Sus pasos resuenan en el silencio, sus manos tiemblan. Se ha equivocado: ese asesino no es un señor de las
muñecas, es un religioso, un asesino místico. La voz de Dios. Levanta el percutor del arma y retrocede de espaldas para escrutar mejor la penumbra.
A medida que avanza por la nave, observa que los cadáveres que encuentra están mejor conservados. Carne negra arrancada del silencio de las sepulturas.
Nubes de insectos zumban en la claridad vacilante de las velas. Marie levanta los ojos y se queda petrificada. Enjambres de moscas dormidas cubren las bóvedas de la cripta, mientras que otras succionan los cadáveres.
Pero eso no es todo, hay también cinco cruces gigantes pegadas a las paredes que quedan detrás del altar. Una, vacía e iluminada por antorchas, en el centro. Dos a cada lado de esa, rodeadas de moscas.
Marie se ha quedado inmóvil al pie del altar, sin conseguir apartar la mirada de las cuatro formas humanas clavadas en las cruces. Las antorchas iluminan sus rostros: Mary-Jane Barko, Patricia Gray, Sandy Clarks y Dorothy Braxton, las cuatro desaparecidas de Hattiesburg. A juzgar por su estado de descomposición, las mataron el mismo día de su desaparición.
Un gemido en las tinieblas. Marie se vuelve y ve una forma desnuda arrodillada en el primer banco, que, salvo por esta presencia, está vacío. Los demás bancos están llenos de muertos que se apretujan para escuchar el silencio.
Marie se acerca. Es Rachel, con la frente apoyada en las manos, pegada al montante de madera del reclinatorio. Se acerca un poco más, toca los cabellos de Rachel. Las ondas rubias se enrollan en sus dedos y caen sin hacer ruido, como si fuera el pelo de una muñeca. Rachel ha pasado tanto miedo que se le cae el cabello. Sus hombros se mueven. Levanta la cabeza.
Marie se muerde los labios. Las órbitas están vacías; solo son dos agujeros sangrientos que contemplan la negrura. Su vocecita aterrorizada resuena en la oscuridad.
–Papá, ¿eres tú?
–Rachel, soy yo, Marie.
–¿Marie? Ah, Marie, no te veo.
Sin dejar de barrer las tinieblas con su automática, Marie dice
«chisss…» junto al oído de Rachel. Luego le pasa un brazo alrededor de los hombros e intenta levantarla. Rachel deja escapar un sollozo de dolor.
Entonces Marie comprende. Ve los clavos hundidos en las muñecas y en los