El Evangelio del mal
Capítulo 80
los pecados han explotado sobre su pedestal. Más lejos, unas imágenes han sido cubiertas con telas negras. Carzo retira la que cubre a la Virgen. Se queda petrificado. A la luz trémula de las velas, ve los delgados hilillos de sangre que brotan de los ojos de la imagen, unos regueros rojos que serpentean por las estrías de mármol y se extienden por el suelo.
Al llegar al final de la nave, se detiene. Otra señal acaba de alertar sus sentidos. A ambos lados del altar, las lamparillas rojas indicadoras de la presencia divina están apagadas. Los ojos de Carzo escrutan la oscuridad.
Falta un olor en esa explosión de perfumes que asalta sus fosas nasales, un olor que debería imponerse a todos los demás, un olor tan bueno y generoso que cualquiera que lo percibe siente que su alma se abre como una flor: el olor de rosas que siempre acompaña la Sagrada Presencia. Allí, nada de eso, ni el menor rastro de las rosas de Dios ni del perfume ambarino de los arcángeles. Ni siquiera un ligero aroma de los santos o la lejana fragancia de azucena de la Virgen. Entonces comprende que, entregando a los jesuitas a la Bestia, Dios y su corte celeste han abandonado la catedral. Está a punto de dejarse llevar por la tristeza cuando un alarido lejano resuena desde los cimientos de la catedral. Carzo baja la vista y constata que se encuentra sobre una boca de ventilación; la reja traza arabescos de hierro forjado bajo sus sandalias. Se agacha y olfatea el fuerte olor de incienso y de violeta que emana de las entrañas del edificio. Otro alarido, amortiguado por la distancia, se abre paso a través de la reja: el combate prosigue en los sótanos.
Capítulo 80
Las oficinas del FBI están desiertas. Parks se acerca al cristal blindado que protege a la recepcionista. Le presenta su carnet y deja su arma reglamentaria en el cajón metálico que se abre ante ella. La ordenanza tira del cajón hacia ella, coge el arma y la guarda en un armario. Sin su Glock 9
mm, que solo ha utilizado un centenar de veces en once años de carrera, Marie se siente desnuda. La mujer de detrás del cristal le tiende un formulario para que lo firme.
–¿Dónde está el equipo de día?
–Tenemos cuatro agentes de guardia en los pisos. Los demás están investigando una serie de profanaciones que han tenido lugar últimamente.
Parece que todos los adoradores de Satán desde Colorado hasta Wyoming
se hayan pasado la consigna de desenterrar los muertos y degollar machos cabríos en los cementerios.
–¿Tienen muchos satanistas en la región?
–Hay una congregación numerosa en Boulder. Tipos vestidos de negro que dibujan estrellas de cinco puntas en las paredes y beben cerveza mientras eructan citas latinas al revés. En mi opinión, si Satanás existe, ese tipo de adoradores se la suda. Y a usted, ¿qué la trae por aquí?
–Un adorador de Satán.
–No fastidie.
–Sí. Pero el mío es además un asesino en serie y estoy convencida de que Satanás se lo toma totalmente en serio.
–Menudos tipos. Peor que asesinos de niños, ¿verdad?
–Necesito un ordenador y una conexión a internet de banda ancha.
Ofendida por la respuesta un poco seca de Parks, la ordenanza le señala la sala de informática, al final del pasillo, despacho 1.119.
Marie oye el ruido amortiguado que hacen sus zapatos sobre la moqueta. En los despachos que deja atrás, algunas pantallas de ordenador se han quedado encendidas y algunos walkie-talkie chisporrotean sobre su base. Aquí y allá suenan teléfonos que nadie coge.
Parks cierra la puerta del despacho 1.119 y enciende el ordenador que sobresale entre un montón de documentos y de vasos de plástico. Colgados en las paredes, los retratos de los criminales más peligrosos de Colorado y Wyoming se alternan con anuncios de búsqueda de niños desaparecidos desde hace años. En el centro, bajo la foto del presidente, la Constitución estadounidense destaca en un marco polvoriento. A la derecha, un cartel de papel satinado presenta la lista de los ten most wanted, los diez criminales más buscados del mundo. Las recompensas van desde cien mil dólares por un exterminador de los cárteles llamado Pablo Tomás de Limassol, hasta un millón por un traficante de componentes atómicos que responde al nombre de Robert S. Dennings. Parks emite un silbido. Si estuviera especializada en ese tipo de caza, podría comprarse un casino en Las Vegas.
Desgraciadamente, ella persigue asesinos itinerantes, por los que, curiosamente, el gobierno norteamericano no da ni recompensas ni entrevistas.
Se conecta con la base de datos de los laboratorios vigía que el FBI ha instalado en Estados Unidos, México y Europa. Ahí es donde convergen las