El Evangelio del mal

Patrick Graham · Capítulo 4 de 179

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El Evangelio del mal

Capítulo 4

Gaspar era quien conducía el carro, tirado por cuatro miserables mulos cuyo pelaje empapado de sudor humeaba en el aire glacial.

El valiente campesino se había enfrentado cien veces a la muerte para llevar a las religiosas los últimos víveres del otoño: manzanas y uva de la Toscana, higos del Piamonte, vasijas de aceite de oliva y un montón de sacos de densa harina de los molinos de Umbría, con la que las religiosas de Bolzano harían ese pan negro y granuloso que llenaba el estómago.

Orgulloso como un pavo real, Gaspar exhibió también dos botellas de un aguardiente de ciruela destilado por él mismo, un licor del diablo que enrojecía las mejillas y hacía blasfemar. La madre Yseult lo reprendió simplemente para guardar las formas, demasiado feliz ante la idea de usarlo para darse unas friegas en las articulaciones. Al inclinarse para coger un saco de habas vio una delgada figura acurrucada en el fondo del carro: era una vieja religiosa de una orden desconocida a la que Gaspar había encontrado agonizando a unas leguas del convento.

Sus pies y sus manos estaban envueltos en trapos, y su rostro iba cubierto con una redecilla. Llevaba un hábito blanco rasgado por las zarzas y manchado del barro de los caminos, así como una capa de terciopelo rojo con un escudo bordado.

Inclinada sobre ella en la parte trasera del carro, la madre Yseult limpió el polvo que cubría la insignia. El pavor paralizó sus dedos: ¡cuatro brazos bordados en oro y azafrán sobre fondo azul! ¡La cruz de las recoletas del Cervino! Unas religiosas que vivían retiradas y en silencio en medio de los montes que dominaban la población de Zermatt, en una fortaleza tan aislada que había que utilizar cestos y cuerdas para aprovisionarlas. Las guardianas del mundo.

Nadie había visto jamás sus rostros ni oído el sonido de sus voces, de modo que se decía de ellas que eran más feas y malas que el Diablo, que bebían sangre humana y que se alimentaban de repugnantes bazofias que les proporcionaban el don de los oráculos y el de la doble visión. Según otros rumores, eran brujas, practicaban abortos y las habían condenado a cadena perpetua entre aquellos muros por haber cometido el más horrible crimen: la antropofagia. También se decía que estaban muertas desde hacía siglos y que, transformadas en vampiros cuando había luna llena, planeaban por