El juego de las horas
Capítulo 3
que la mujer llevaba muerta algún tiempo, podían haberla dejado allí hacía poco y quizás el asesino estuviera cerca.
Michelle no tenía ninguna gana de correr la misma suerte que aquella desdichada.
El sol hacía brillar algo en la muñeca de la mujer.
Michelle
se acercó y vio que se trataba de un reloj. Miró la hora en el suyo: las dos y media. Se puso en cuclillas y llamó a la policía para informar de su hallazgo. Acto seguido llamó a Sean King.
–¿La reconoces? – preguntó él.
–No la reconocería ni su madre, Sean.
–Voy para allá. Entretanto ten cuidado. Quienquiera que lo haya hecho podría regresar para admirar su obra. Por cierto, Michelle…
–¿sí?
–¿No podrías correr en la cinta de algún gimnasio y no en el bosque?
Ella colgó, se colocó lo más lejos posible del cadáver sin perderlo de vista y se mantuvo alerta. El día agradable y la carrera en la que tantas endorfinas había liberado habían adoptado un tono sombrío.
Qué curioso que un asesinato tuviera ese efecto.
3
En el pequeño claro había una actividad considerable. La policía acordonó una zona amplia con cinta amarilla entrelazada entre los árboles. Dos funcionarios forenses buscaban pistas alrededor de la escena del crimen, analizando cosas que parecían demasiado pequeñas para resultar significativas. Otros se inclinaban sobre el cadáver de la mujer, mientras los demás rastreaban entre los árboles y sotobosque circundantes en busca de pistas así como de huellas del criminal. Un agente uniformado fotografió y grabó en vídeo toda la escena. Todos los policías
llevaban mascarilla para amortiguar el hedor y, no obstante, uno tras otro se turnaban para ir a vomitar al bosque.
Todo presentaba un aspecto muy eficiente y profesional, pero estaba claro que el malo les llevaba ventaja a los buenos. No encontraban absolutamente nada.
Michelle se mantenía a una distancia prudencial, observando. A su lado estaba Sean King, su socio en la agencia Investigaciones King Maxwell. King rondaba los cuarenta, medía ocho centímetros más que Michelle y llevaba el pelo corto y encanecido en las sienes. Era esbelto y ancho de hombros pero tenía las rodillas flojas y un hombro tocado, una bala se lo había desgarrado años atrás durante una redada como agente del servicio secreto.
También había sido oficial de policía voluntario en Wrightsburg, pero al final había decidido abandonar los cuerpos de seguridad para el resto de sus días.
Sean King había sufrido varias tragedias a lo largo de su vida: un final vergonzoso de su carrera en el servicio secreto después de que un candidato al que debía proteger fuera asesinado delante de sus narices; un divorcio complicado y enconado; y más recientemente un complot para incriminarle en una serie de asesinatos perpetrados en la localidad que había sacado a relucir los detalles más dolorosos de sus últimos días como agente federal. Estos sucesos lo habían convertido en un hombre muy cauto, receloso de todos, por lo menos hasta que Michelle Maxwell irrumpió en su vida. Aunque su relación se había iniciado en un terreno muy resbaladizo, ahora era la única persona en la que confiaba a ciegas.
Michelle Maxwell había empezado con buen pie: terminó la carrera en tres años, ganó una medalla de plata olímpica en remo y se convirtió en agente de policía en su Tennessee natal antes de ingresar en el servicio secreto. Al igual que King, su salida de la agencia federal no había sido agradable: había perdido a un protegido por culpa de un ingenioso secuestro. Era la primera vez en su vida que
fracasaba en algo y ese desastre casi la había destruido.
Cuando conoció a King, éste le había caído mal. Ahora, como socio, lo apreciaba por lo que era: la mejor mente investigadora con la que jamás había trabajado. Y su mejor amigo.
Sin embargo, eran completamente opuestos. Mientras que a Michelle le encantaba el subidón de adrenalina y llevar su cuerpo al límite con actividades físicas que sacaran el máximo rendimiento de su capacidad pulmonar y sus extremidades, King prefería pasar sus ratos de ocio buscando buenos vinos para su bodega, comprando obras de artistas locales, leyendo buenos libros, navegando y pescando en el lago a la orilla del cual estaba su casa. Era un hombre introspectivo por naturaleza, le gustaba analizar las cosas antes de actuar. Michelle tendía a moverse a la velocidad del rayo, cayera quien cayese. En cierto modo aquella asociación entre una supernova y un glaciar estable había sido fructífera.
–¿Han encontrado a los chicos? – le preguntó Michelle.
–Sí. Creo que estaban profundamente traumatizados.
–¿Sólo traumatizados? Probablemente necesiten terapia hasta su mayoría de edad.
Michelle ya había respondido a las preguntas de Todd Williams, el jefe de la policía local, a quien el pelo se le había encanecido desde el primer caso de King y Maxwell en Wrightsburg. Ahora iba y venía por la escena del crimen con una expresión resignada, como si fuera de esperar que se produjeran asesinatos y carnicerías en su pequeña jurisdicción.
Michelle observó a una pelirroja esbelta y atractiva de treinta y muchos años que, portando un maletín negro, se acercaba al cadáver para examinarlo.
–Es la forense suplente del condado -explicó King-. Sylvia Diaz.
–¿Diaz? Yo diría que se parece a Maureen O'Hara.