El juego de las horas

David Baldacci · Capítulo 68 de 101

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El juego de las horas

Capítulo 68

tarde para llamarla. Lo haría por la mañana. Sin embargo, llamaría a King para contarle lo que había averiguado.

En el móvil no obtuvo respuesta, así que dejó un mensaje. En la casa flotante no tenía línea fija.

Probablemente estuviera durmiendo. Pensó qué hacer sin apartar la mirada del teléfono. Una parte de ella le decía que lo dejara por hoy y se marchara a casa, pero le embargaba una sensación muy extraña. Sean tenía el sueño ligero. ¿Por qué no había respondido? Por el visor del móvil habría sabido que era ella. ¡A no ser que no pudiera responder! Tomó las llaves y corrió al todoterreno.

68

King se revolvía incómodo en la cama. El barco se mecía y un pequeño gemido escapó de sus labios mientras el cerebro le ardía. Sin embargo, no se despertó. No se trataba de ninguna pesadilla. Su cuerpo se estaba quedando sin la capacidad de absorber oxígeno. Se estaba muriendo, lenta y silenciosamente.

Los faros cortaron la oscuridad cuando Michelle detuvo la Ballena y se apeó. Bajó rápidamente la escalerilla que conducía a la casa flotante.

–¿Sean? – llamó al tiempo que golpeaba la puerta-.

¿Sean? – Miró alrededor. El coche de él estaba allí. Él debía de estar en casa-. ¡Sean!

Probó la puerta. Estaba cerrada con llave. Recorrió la pasarela y miró por una de las ventanas laterales. No se veía nada. Llamó a la ventana del camarote en que él dormía.

–¿Sean? – Le pareció oír algo. Aguzó el oído. Un gemido.

Volvió corriendo a la puerta y empujó con el hombro, pero no se movió. Retrocedió, tomó carrerilla y lanzó una patada, destrozando el punto de unión de la jamba con la cerradura. Entró al interior pistola en mano. Notó una pesadez inmediata en los pulmones, lo cual no hizo más que

aumentar su sensación de pánico. Oía un zumbido e incluso al recorrer el interior oscuro sintió unos zarcillos fríos que la agarraban. Tropezó con varias cosas hasta encontrar el interruptor de la luz y la estancia se iluminó.

–¿Sean? ¡Sean! – gritó.

Se acercó a él e intentó despertarle pero estaba inconsciente. Lo sacó a rastras de la cama, tiró de él por todo el barco hasta salir a la cubierta. Cada vez le costaba más respirar. El yacía inmóvil con el rostro teñido de un preocupante morado. «Envenenamiento por dióxido de carbono.» Se inclinó sobre él, se apartó el pelo de la cara y empezó a hacerle el boca a boca.

–Respira, Sean, respira, maldita sea. ¡Respira!

No dejó de insuflarle aire, de darle todo el suyo hasta que empezó a marearse. Pero no cejó.

–Respira. Venga, Sean, ¡por favor, por favor! Hazlo por mí, Sean, hazlo por mí, cariño, por favor. Sean, no me hagas esto. No se te ocurra hacerme esto. ¡Venga, cabrón, respira de una vez!

Le tomó el pulso, le levantó la camiseta y escuchó los latidos de su corazón, apenas perceptibles. Le insufló más aire en los pulmones y luego dedicó unos segundos a llamar a la policía. Siguió intentándolo. Estaba preparada para practicarle la resucitación cardiopulmonar si sufría un paro cardiaco, pero el corazón le seguía latiendo, lo oía. Ojalá los pulmones empezaran a bombear. Continuó insuflándole aire hasta que pensó que iba a quedarse inconsciente. «Parece muerto. Ya está. He fracasado.»

–Por favor, Sean, por favor, no te mueras. No te rindas.

Estoy aquí, Sean. Venga, tú puedes. Tú puedes.

Siguió insuflándole aire sin parar, cada vez más rápido para que le llegara a los pulmones, los ensanchara, le gritaran al cerebro y le dijeran que la lucha no había terminado.

«No puedes hacer esto, Sean. Aún no te ha llegado la hora, maldita sea, aún no. No me dejes, Sean King. Ni se te

ocurra dejarme.»

Perjuraba y soplaba. Soplaba y perjuraba, gritaba palabras de aliento, intentando llegar a él dondequiera que estuviera, en la vida, en la muerte o a medio camino.

«Quédate conmigo, Sean. Quédate conmigo. No ha llegado tu momento. Todavía no. Créeme.»

Al final empezó a reaccionar. El pecho comenzó a expanderse y contraerse; el morado del rostro fue atenuándose. Michelle corrió a buscar agua a la cocina y le roció la cara. ¿Dónde estaba la ambulancia? Ya tenía que haber llegado. King estaba mejor pero su estado podía cambiar en cualquier momento. Además, si le había faltado oxígeno durante demasiado tiempo podría sufrir daños cerebrales. Apartó de su mente esa idea perturbadora y siguió ocupándose de él.

Michelle le vertió el agua restante por el rostro y se puso en pie para ir por más. Entonces bajó la mirada y se quedó inmóvil. Tenía el punto del láser entre los pechos, justo en el corazón.

No vaciló; estaba harta de jugar a pillapilla con un asesino que siempre les llevaba la delantera. Además, estaba furiosa porque la anterior vez se les había escapado.

Con una rapidez vertiginosa, saltó a un lado y, con el mismo movimiento, extrajo y disparó su arma. Vació el cargador, repartiendo los disparos por una superficie suficientemente amplia para alcanzar a aquel maldito cabrón.

Rodó por el suelo y se quedó agachada detrás de la barandilla del barco. Cambió el cargador. Vació un cartucho rápidamente y atisbo por encima de la borda. Entonces lo oyó: pies que corrían. Iba a lanzarse tras él cuando King gimió. Se acercó a él y se olvidó de perseguir al asesino.

King intentaba incorporarse, respiraba dando grandes bocanadas. Al cabo de un momento se puso a vomitar.

Michelle mojó un trapo en el lago, le limpió la cara y lo sostuvo.