El juego de las horas

David Baldacci · Capítulo 33 de 101

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El juego de las horas

Capítulo 33

tranquilizándose. Fue lentamente hasta un mueble apoyado contra una pared, lo abrió y extrajo otro farol, uno de queroseno. Buscó una cerilla a tientas en el bolsillo, encendió la mecha, alzó la luz, miró alrededor y encontró el periódico. Se sentó de nuevo a la mesa y leyó el artículo, evitando mirar la foto del difunto.

Aquello era un revés, sí, un revés importante, pero la vida estaba llena de reveses. Se limitaría a hacer lo que siempre había hecho: sacarle partido a los obstáculos que se le presentaban. El gran Bobby Battle podía estar muerto pero quedaba trabajo por hacer. Había más gente que matar, no, ejecutar, se corrigió.

Observó el titular. «Las sospechas recaen en el asesino en serie.» Ese imitador le había tomado la delantera de la peor forma posible, y luego le había echado la culpa. En cierto modo no le quedaba más remedio que admirar el profesionalismo del muy cabrón. Admirar sí, perdonar no.

Extrajo un papel en el que había escrito en código el nombre de sus víctimas, las que ya estaban muertas y las que mataría en el futuro. Tomó un lápiz y trazó un signo de interrogación en la última línea de la página. Encontraría a ese imitador antes que la policía y lo mataría. Era de justicia.

33

–Kyle, ¿qué estás haciendo? – preguntó Sylvia al entrar en la oficina de su consulta y verlo sentado frente al ordenador.

Él se volvió rápidamente en la silla.

–Oh, hola, doctora, no te esperaba tan temprano.

–Eso parece. ¿Qué estás haciendo exactamente?

–Conectándome a Internet.

–Ya te he dicho otras veces que no puedes utilizar este ordenador para asuntos personales.

–No son asuntos personales. Iba a pedir unas batas nuevas y mascarillas quirúrgicas que necesitamos. He

encontrado una oferta en Internet mucho más barata que la de nuestro proveedor.

–Kyle, está bien para la consulta, pero el depósito de cadáveres depende del gobierno. En las compras hay que cumplir ciertos requisitos muy estrictos. No puedes pedir algo por tu cuenta y pretender que el gobierno te extienda un cheque para pagarlo.

–Vaya, doctora, lo único que quería era ahorrarnos unos pavos.

–Aprecio tu iniciativa. Lo único que te estoy diciendo es que hay que seguir ciertos pasos.

–A veces me pregunto por qué me molesto. Sólo hay burocracia.

–¿Crees que a mí me gusta? Mira, envíame un mensaje de correo electrónico con la comparación de costes y lo in troduciré en el sistema. Si las condiciones son buenas, lo tendremos en cuenta.

Kyle se animó.

–De acuerdo, doctora. Ya va bien.

Ella cruzó los brazos y lo miró de hito en hito.

–Pareces completamente recuperado de tu enfermedad.

Debió de ser un virus muy rápido.

–Sí. ¿Y tú? ¿Te sientes mejor?

–No. Pero no me queda más remedio que venir a trabajar.

–Venga ya, doctora, los muertos no se enteran si llegas tarde.

–En los depósitos de cadáveres suelen apilarse los cadáveres y con cada minuto que pasa los cuerpos se deterioran, se pierden pruebas de vital importancia y aumentan las posibilidades de que los criminales queden en libertad. Me niego a que aquí suceda lo mismo.

–Entendido, doctora. Eres la mejor.

–Aja. Termina lo que estás haciendo. Hemos de acabar los informes de las autopsias de Hinson y Battle y tenemos una lista de pacientes por atender.

–Ahora mismo.