El juego de las horas

David Baldacci · Capítulo 88 de 101

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El juego de las horas

Capítulo 88

–¿Y ahora qué? – preguntó Michelle.

–Eddie comparecerá en el juzgado mañana.

–Habrá un cambio de tribunal, seguro -afirmó King-. Si es que llega tan lejos.

–¿Crees que alegará locura? – dijo Williams-. No lo conseguirá. El muy cabrón sabía perfectamente lo que hacía.

–En cierto modo estaba exorcizando los demonios que ha llevado dentro durante muchos años -replicó King-. No justifico lo que hizo, y si le condenan a muerte, así sea. Pero si Bobby no hubiera sido su padre creo que todo esto no habría ocurrido.

Todos se miraron entre sí en silencio.

–Le podría haber pasado a cualquiera -musitó Sylvia.

88

Cuando a la mañana siguiente condujeron a Eddie Battle hasta el juzgado en un convoy especial de la policía estatal con agentes uniformados del FBI, la multitud de curiosos y reporteros era tal que los vehículos no pudieron abrirse paso. Dado el interés nacional que había recibido el caso, al parecer habían acudido todos los ciudadanos de los cinco estados vecinos. Y estaban enardecidos.

–¡Mierda! – bramó Williams mientras observaba el gentío desde la furgoneta que encabezaba el convoy-. Me lo temía.

No hemos dejado de recibir amenazas de muerte contra Battle desde que su arresto se hizo público. – Contempló la turba que le cerraba el paso-. ¿ Cómo saber si alguien va armado? – Escudriñó a un grupo de hombres con aspecto belicoso, de pie junto a camionetas con materiales de construcción.

–Seguramente son los chicos de Júnior y no parece que hayan venido a darle una palmadita en la espalda a Eddie.

–¿No hay una entrada subterránea para acceder al juzgado? – preguntó Bailey, que iba en el asiento trasero, detrás de Williams.

–¿No crees que si la hubiera ya estaríamos allí? Quizá deberíamos llevarle de vuelta al calabozo y esperar a que las cosas se calmen.

–¡Que se calmen! Tardarán meses en calmarse. Lo mejor será que lleguemos hasta el final ahora que disponemos de la fuerza necesaria.

Williams observó de nuevo a la multitud.

–Bien, vayamos al centro de la calle -ordenó por el walkie-talkie-. Despacio, no quiero ningún pleito por haber atropellado a alguien. Nos detendremos justo delante de la escalinata de entrada. Despejad y asegurad el área. Quiero un escudo humano circular, ¿entendido? Luego llevaremos a Battle rápidamente hasta el tribunal, pero antes de que baje dispersaremos esta maldita multitud y haremos que los de la televisión se larguen.

–Tendrás un gran problema con la Primera Enmienda, Todd -dijo Bailey.

–¡Al cuerno con la Primera Enmienda! Tengo que mantener a salvo al detenido. Aunque sólo sea para que lo ejecuten.

Se aseguró la zona, la furgoneta aparcó delante del juzgado y finalmente introdujeron a toda prisa a Eddie Battle en el edificio mientras les saludaban con toda suerte de gritos y epítetos junto con botellas, latas, piedras y otros objetos, aunque por suerte ninguna bala.

Los abogados de Battle, designados por el tribunal, se reunieron con él fuera de la sala de audiencias. Mantuvieron una breve conversación, entraron de nuevo y Eddie negó las acusaciones. Los abogados no solicitaron la libertad bajo fianza, probablemente porque temían que Eddie quedase libre y fuese a sus casas a altas horas de la madrugada.

–Estaremos en contacto -dijo la abogada principal, una mujer alta y corpulenta.

–Ya lo creo -dijo Eddie, cuyo cuerpo musculoso parecía querer salirse del mono naranja del detenido-. ¿Crees que me soltarán por buena conducta?