El juego de las horas
Capítulo I
–¿Qué haces aquí, Harry? – preguntó King.
–Bobby Battle y yo somos viejos amigos. Bueno, éramos viejos amigos. Además soy el abogado general del hospital.
Me han llamado a casa. Acabo de reunirme con ellos.
Tenemos un problema, eso está claro. Pero así son las cosas.
¿Habéis visto a Remmy?
–No; ya se había marchado cuando llegamos.
–Estoy al corriente de algunas de las cosas encontradas en la habitación de Bobby. Supongo que hay más -dijo Carrick.
–Sí. Pero todavía no sabemos de qué se trata exactamente.
–Bueno, no quiero entreteneros pero tenemos que volvernos a reunir pronto por el caso de Júnior.
–¿Qué tal va?
–Lo que habéis descubierto hasta ahora no resulta de gran ayuda para el caso. Tanteé al fiscal para llegar a algún acuerdo pero no se ha molestado ni en responder. Está claro que Remmy es quien tiene la última palabra. Ya estaba enfadada y ahora, con la muerte de Bobby, no creo que se ablande.
I
–Probablemente se endurezca más -comentó Michelle.
–Probablemente -convino Carrick-. Bueno, no os entretengo más. Si os enteráis de algo más sobre la muerte de Bobby, decídmelo.
Le observaron subir a un MG británico descapotable y alejarse en dirección al brillo rojizo del amanecer.
Michelle se volvió hacia King.
–Compadezco a Harry. Es amigo de los Battle y encima representa a Júnior Deaver y al hospital en que ha muerto Bobby.
King asintió.
–La demanda contra el Wrightsburg General está al caer.
Qué irónico, demandar a un lugar que tiene tu nombre en la
fachada.
–No creo que eso disuada a Remmy Battle.
–Yo tampoco. – Se desperezó y bostezó-. No sé si ir al despacho o volver al barco a dormir.
–Yo voy a correr un rato -dijo Michelle-. ¿Por qué no vienes conmigo? Las endorfinas son buenas para el cerebro.
–¿A correr? ¡Pero si acabas de hacer kickboxingl -exclamó King.
–Eso fue ayer, Sean.
–Hasta Dios se tomó un día libre, ¿lo sabías?
–Si hubiera sido mujer no lo habría hecho.
–De acuerdo, me has convencido.
Michelle sonrió.
–¿Vienes conmigo?
–No; vuelvo al barco a descansar. Si Dios descansó, yo haré lo mismo.
30
La oficina de correos había recibido instrucciones estrictas de enviar a la policía toda carta sospechosa dirigida a la Gazette. La carta sobre Hinson llegó después del asesinato de Bobby Battle. Estaba redactada de forma sencilla: «Un abogado menos, ¿qué más da? Confío en que esta vez sepáis quién no soy. Hasta pronto.»
Mientras tanto, Sylvia Diaz le había practicado la autopsia a Robert Battle.
En ese momento estaba sentada con King y Michelle en su consulta. Les informó de que tanto el jefe Williams como Chip Bailey habían presenciado la autopsia.
–Me parece que Todd ya no tiene problemas con las autopsias, desgraciadamente debido a la abundancia de ellas -comentó.
–¿Qué mató a Bobby? – preguntó King.
–No lo sabré hasta que reciba los análisis toxicológicos la próxima semana, pero parece que alguien inyectó una buena dosis de cloruro potásico en su suero. En unos diez
minutos llegaría a su organismo. En cuanto eso se produjo, el corazón sufrió una desfibrilación. Teniendo en cuenta que estaba débil, el final le llegó rápido y al menos sin dolor.
–Todo esto sugiere conocimientos médicos -dijo King.
Sylvia reflexionó.
–El cloruro potásico no suele utilizarse para matar, pero si la persona tenía conocimientos médicos, fue un poco descuidada.
–¿A qué te refieres?
–Battle tenía la típica colección de tubos intravenosos: heparína para licuar la sangre, una solución de azúcar salino, una NPT o solución nutritiva, un antibiótico para la infección pulmonar que contrajo por estar conectado tanto tiempo a la respiración asistida, y dopamina para controlar la presión arterial.
–De acuerdo, ¿y qué nos aporta todo eso? – preguntó King.
–Bueno, si la persona hubiera inyectado el cloruro potásico directamente en el tubo en vez de introducirlo en la bolsa de NPT, se habría producido el mismo desenlace fatal pero habría resultado indetectable. La solución de NPT
ya incluye cloruro potásico, igual que el organismo de Battle. Pude determinar que habían añadido cloruro potásico a la bolsa comparando los niveles con una solución de NPT normal. Había más del triple, suficiente para matarlo.
–¿Estás diciendo que si el cloruro potásico se hubiera inyectado directamente en el tubo y no en la bolsa nunca te habrías dado cuenta?
–Exacto. El residuo del tubo habría sido insuficiente para levantar sospechas. De hecho, sólo habría resultado sospechoso en caso de que no hubiera habido residuo de cloruro potásico. Como he dicho, Battle ya tenía cloruro potásico en el organismo. Se absorbe de forma natural, por eso la autopsia no habría revelado la sobredosis.
–¿O sea que es como si la persona tuviera conocimientos médicos pero no fuera experta? – sugirió King.
–O -dijo Michelle- porque quería que se descubriera que Battle había sido asesinado, como si el reloj y la pluma no bastaran.
–Casi no bastaron -le recordó King-. La pluma se había caído al suelo y el reloj estaba oculto entre los tubos y las pulseras de identificación del hospital.
–Pero eso no tiene sentido -dijo Sylvia-. Me refiero a que la primera regla cuando se comete un asesinato es intentar que sea perfecto. ¿Y qué mayor perfección puede existir que simular que no hubo tal asesinato?
Michelle y King menearon la cabeza, incapaces de encontrar una teoría que explicara el comportamiento del criminal.
Sylvia suspiró y dijo:
–No es que importe, pero Battle tenía indicios de arteriesclerosis. También presentaba unas arrugas extrañas en la superficie de la aorta. Y tenía un pequeño tumor en el pulmón derecho, quizás un cáncer incipiente. No es de extrañar en un fumador de su edad.
–¿Y la causa de la muerte de Diane Hinson? – preguntó King, y se apresuró a añadir-: Bueno, parecía bastante obvia.
–Hemorragia interna masiva. Le seccionaron la aorta y le perforaron la cavidad cardiaca y el pulmón izquierdo. Ella también murió en cuestión de minutos -añadió-, aunque su muerte no fue ni mucho menos tan indolora como la de Battle.
–¿Hubo violación o agresión sexual? – preguntó King.
–No; tal como comprobé en mi primer examen, no había indicios de ello. Por cierto, he oído lo de la similitud con Florence Nightinghell. Supongo que tendremos una carta al respecto.
–La carta de Hinson indicaba que lo veríamos pronto y así fue -observó Michelle-. Al menos es un hombre de palabra.
–Primero una bailarina de striptease, luego los jóvenes del instituto, después una abogada y ahora Bobby Battle -
dijo King.
–Es como si el asesino se arriesgara cada vez más -
comentó Sylvia.
–Pasar de una bailarina de striptease que pudo haber recogido en cualquier bar, dispararle y dejarla en el bosque, a envenenar a un hombre de negocios multimillonario que yace en estado de coma en una cama de hospital no parece tener mucho sentido -declaró King-. No quiero parecer insensible, pero ¿cómo elige a sus víctimas? ¿Son rollos de una noche o consulta el registro de personalidades?
–Como he dicho, este hombre va por libre -respondió Sylvia al tiempo que se restregaba los ojos enrojecidos.
King la miró.
–Tienes un aspecto terrible -dijo con una sonrisa encantadora-. Deberías estar en la cama.
–Gracias por fijarte. Intentaré hacerlo un día de éstos.
–¿Dónde está Kyle? – preguntó Michelle-. ¿No puede echarte una mano?
–Él no es patólogo; no sabe hacer autopsias. Además, ha llamado para decir que está enfermo. Ojalá yo pudiera hacer lo mismo. Me he pasado vomitando buena parte de la noche y tengo un montón de pacientes esperando. Gracias a Dios que existen los antibióticos.
–¿Qué opinas de que el asesino decidiera emular a Mary Martin Speck? – preguntó Michelle.
–¿Te refieres a que sea una mujer en vez de un hombre?
Michelle asintió.
–No lo sé -respondió Sylvia-. A Battle podría haberle matado una mujer. Está claro que no se necesita fuerza física para inyectar una solución en la bolsa del suero. Sin embargo, apuesto a que Rhonda Tyler y Diane Hinson fueron asesinadas por un hombre. Una mujer no habría podido recorrer tanta distancia por el bosque cargando con Tyler, y las heridas de cuchillo de Hinson eran muy profundas. Ha
sido un hombre o una mujer tan fuertes que no querría encontrármelos en un callejón oscuro.
–Entonces -dijo Michelle lentamente-, es posible que haya dos asesinos, un hombre y una mujer.
–No necesariamente -matizó King-. La única prueba al respecto es la relación que Bailey reveló con respecto a Speck y la pluma de pájaro. Hasta que recibamos la carta, no sabremos si el asesino imitaba a Speck. La pluma puede simbolizar otra cosa, algo específico del asesino.
–Es cierto -convino Michelle. Sylvia asintió.
King las miró.
–¿Queréis oír una sugerencia estrambótica?
–Me muero de ganas -ironizó Michelle.
–Bobby Battle era un hombre muy rico. Me pregunto quién sale beneficiado en su testamento.
Se produjo un largo silencio.
–¿Sugieres que un familiar lo mató por dinero e intentó hacer que pareciera uno de los asesinatos en serie? –
preguntó Sylvia finalmente.
–No pudo ser Eddie. Estuvo con nosotros en el Sage Gentleman hasta pasadas las once -dijo Michelle.
–Es verdad -dijo King-, pero Dorothea y Savannah estuvieron en el hospital con anterioridad. No pudieron poner el veneno entonces porque habría muerto antes de que llegara Remmy. Sin embargo, supongamos que una de ellas escondió el cloruro potásico en la habitación durante su visita y luego entró a hurtadillas al ver que Remmy se marchaba, hizo el trabajito y se marchó tranquilamente.
–Eddie dijo que Dorothea estaba en un ágape -le recordó Michelle.
–Tendremos que verificarlo.
–Bueno, el móvil de muchos asesinatos es el beneficio económico -dijo Sylvia-. Quizá tengas razón, Sean.
–Ya puestos, aquí hay otra opción: Remmy pasó horas en la habitación con Battle, por lo que dispuso de tiempo más
que suficiente para inyectar esa sustancia en la bolsa antes de marcharse.
–¿Qué motivos podría tener? – inquirió Sylvia-. Es rica.
–¿Y si Bobby había vuelto a las andadas con mujeres y Remmy se había hartado? Quizá no haya suficiente dinero en el mundo para aplacar una cólera así.
–Eso es otra historia, claro. ¿Tienes alguna prueba?
King pensó en el cajón secreto de Battle y en el hecho de que Remmy no llevara su anillo de bodas, pero decidió no mencionárselo a Sylvia.
–No digo que dispongamos de pruebas de ello -dijo-. Me limito a sugerir hipótesis. Una mujer despechada es uno de los móviles para asesinar más antiguos del mundo, quizás incluso más que el dinero. Se marcha con una coartada y deja
la pluma y el reloj para despistar. El modus operandi del asesino en serie ha salido en las noticias, así que ella sabe esa clase de detalles.
–Pero el hecho de que estuviera allí no la convierte en sospechosa, sobre todo teniendo en cuenta la tardanza de la muerte por envenenamiento -arguyo Sylvia-. Si hubiera querido hacer una cosa así, habría entrado en cualquier otro momento, lo habría hecho y se habría marchado sin que la vieran.
–Bueno -dijo Michelle-, si yo fuera el asesino de Battle e intentara colgarle el muerto al asesino en serie de la zona, me andaría con pies de plomo.
–¿A qué te refieres? – preguntó Sylvia.
–Si fuera el verdadero asesino, esto no me habría hecho ni pizca de gracia.
–No te sigo -insistió Sylvia.
–A ver si me explico: los asesinatos en serie se han planificado y ejecutado minuciosamente. Tenemos cartas de seguimiento del asesino en las que provoca a la policía. Está claro que este tipo es un obseso del control y que tiene algún plan magistral en mente. Ahora bien, si otra persona