El Puente Invisible

Julie Orringer · Capítulo 12 de 43

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El Puente Invisible

Cristales rotos

SEGUNDA PARTE

Cristales rotos

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12

El estudio

Las clases se reanudaron el primer lunes de enero con dos jornadas intensivas. En un plazo de cuarenta y ocho horas los alumnos tendrían que diseñar un espacio habitable independiente de cincuenta metros cuadrados, con una pared móvil, dos ventanas, un baño y una cocina americana.

Debían presentar un alzado frontal del edificio, un plano de planta y una maqueta. Cuarenta y ocho horas, durante las cuales aquellos que desearan realizar un buen proyecto no dormirían, no come rían como es debido ni saldrían del estudio. Andras se tomó el proyecto como una droga del olvido y sintió el apremio del tiempo en las venas. Inclinado sobre su mesa de trabajo, convirtió el plano en el paisaje de su mente. La evaluación de la Gare d’Orsay había hecho mella en él; juró que no volverían a humillarlo ante el resto de la clase, ante el pedante de Lemarque, ante los alumnos de clase alta. Cuando llevaba treinta horas en vela, observó su diseño y vio que lo que había dibujado era la casa de sus padres en Konyár, con algunos detalles cambiados. Un dormitorio, no dos. Un baño dentro, en lugar de la bañera de aluminio y el retrete fuera. Una cocina moderna. Una pared exterior se había convertido en pared móvil, que podía abrirse en verano para que la casa se comunicara con el jardín. La fachada era lisa y blanca, con una ventana con varias hojas. Durante la segunda noche que pasó en vela dibujó la pared móvil como una curva; cuando estuviera abierta ofrecería un hueco sombreado. Dibujó un banco de piedra en el jardín, un estanque circular que reflejaba la luz. La casa de sus padres convertida en un refugio en el campo. Temía que fuera una idea absurda, que todos lo vieran como lo que era: el diseño de un chico hajdú, basto y primitivo.

Entregó el proyecto en el último minuto y, para su sorpresa, recibió un gesto apreciativo y un párrafo elogioso escrito con la apretada letra de Vago, e incluso la aprobación reticente de los alumnos de quinto más severos.

En el Bernhardt retiraron los decorados de La madre y empezaron las pruebas de selección de actores para Fuenteovejuna, de Lope de Vega. A pesar de las súplicas de Zoltán Novak, madame Gérard no interpretaría ningún papel en la nueva obra. Ya le habían ofrecido el de lady Macbeth en

el Théâtre des Ambassadeurs, donde cobraría más de lo que Novak podía pagarle. Andras se alegró de su partida. No podía mirarla sin pensar en Klara, sin preguntarse si sabía lo que había sucedido entre ambos. La víspera de su marcha al Ambassadeurs la ayudó a guardar en cajas todo cuanto tenía en el camerino: la bata china, el servicio del té, los artículos de maquillaje, un millar de cartas, postales y pequeños regalos de sus admiradores. Mientras tanto ella le hablaba de los miembros de la compañía a la que iba a unirse; dos de ellos habían aparecido en películas norteamericanas, y uno había actuado con Helen Hayes en El pecado de Madelon Claudet. A Andras le costaba prestar atención. Deseaba contarle lo que había pasado. No había mencionado a nadie su relación con Klara, ni siquiera a sus amigos de la facultad, porque eso la habría degradado en cierto sentido, la habría convertido en una aventura pasajera y superficial.

En cambio, madame Gérard conocía a Klara; comprendería lo que significaba. Tal vez incluso le brindara alguna esperanza. Así pues, finalmente cerró la puerta del camerino y se lo confesó todo, omitiendo solo lo relativo a la carta.

Madame Gérard lo escuchó con semblante serio y, cuando Andras terminó, se puso en pie y se paseó por la alfombra ante el espejo del tocador como si se dispusiera a recitar un monólogo. Por fin se volvió y apoyó las manos en el respaldo de la silla.

—Lo sabía —afirmó—. Lo sabía y debería haber dicho algo. Cuando os vi en el Bois de Vincennes, lo adiviné. A ti no te interesaba la chica. Solo tenías ojos para Klara. Reconozco que, no obstante mi edad —añadió con una risita de pesar, apartando la vista de Andras—, me puse un poco celosa.

Sin embargo, nunca pensé que actuarías de acuerdo con tus sentimientos.

Andras se frotó los muslos con la palma de las manos.

—No debería haberlo hecho —admitió.

—Es mejor que Klara haya puesto fin a vuestra relación —aseguró madame Gérard—. Sabe que no estaba bien. Te invitó a su casa pensando que podrías trabar amistad con su hija. Deberías haber dejado de visitarlas en cuanto te diste cuenta de que Elisabet no te gustaba.

—Pero entonces era demasiado tarde —repuso Andras—. No podía dejarla.

—No conoces a Klara —dijo madame Gérard—. No puedes conocerla después de solo unos cuantos almuerzos y una relación de una semana.

Nunca ha hecho feliz a ningún hombre. Ha tenido muchas oportunidades de enamorarse, y, perdona que te lo diga, de hombres adultos, no de estudiantes de primero de arquitectura. Ha tenido numerosos pretendientes.

Si algún día se toma en serio a algún hombre, será porque desea casarse, es decir, porque quiere tener a alguien que le haga la vida más fácil y cuide de ella. Algo que tú, cariño, no estás en condiciones de hacer.

—No es necesario que me lo recuerde.

—Pues, por lo visto, alguien debe hacerlo.

—Pero ¿ahora qué? —preguntó él—. No puedo actuar como si no hubiera ocurrido nada entre nosotros.

—¿Por qué no? Lo vuestro ha terminado. Tú mismo lo has dicho.

—No para mí. No puedo quitármela de la cabeza.

—Te aconsejo que lo intentes —dijo madame Gérard—. Klara no te conviene.

—¿Eso es todo? ¿Debo olvidarla?

—Sería lo mejor.

—Imposible —aseguró Andras.

—Pobrecillo. Lo siento. De todas formas, lo superarás. Los hombres jóvenes siempre superan los desengaños. —Madame Gérard se puso de nuevo manos a la obra. Empezó a colocar las barras doradas y plateadas de maquillaje en una caja con docenas de cajoncitos. Sonrió para sí; hizo girar un tubo de colorete entre los dedos y se volvió hacia Andras—. Ahora que

Klara te ha dejado, has entrado a formar parte de un club ilustre, por si no lo sabías. La mayoría de los hombres no han llegado tan lejos.

—Por favor —dijo él—. No me gusta que hable así de ella.

—El padre de la chica… Creo que todavía está enamorada de él.

—¿El padre de Elisabet? ¿Vive en París? ¿Sigue viéndolo?

—Oh, no. Murió hace años, según tengo entendido, pero eso no es obstáculo para el amor, como descubrirás algún día.

—¿Quién era?

—Me temo que no lo sé. Klara mantiene esa historia en secreto.

—Entonces no hay esperanza. Debo abandonar porque está enamorada de un muerto.

—Tómalo como lo que ha sido: un episodio bonito. La satisfacción de una curiosidad mutua.

—Para mí no ha sido solo eso.

La actriz ladeó la cabeza y esbozó una sonrisa resabiada.

—Supongo que soy la persona menos adecuada para dar consejos sobre el amor. A menos que desees que te desengañe de tus ideas románticas.

—Entonces me disculpará si no la ayudo a terminar de recoger.

—Mi querido amigo, no tienes por qué disculparte.

Madame Gérard se levantó, lo besó en ambas mejillas y lo acompañó al pasillo. Andras no tuvo más remedio que volver a su trabajo. Realizó sus tareas con callada consternación, arrepentido de haberse confiado a ella.

Hubo un gran motivo de alivio, una noticia asombrosa que llegó en un telegrama procedente de Budapest: Tibor iba a visitarlo. Comenzaría las

clases en Módena a finales de enero, pero antes de ir a Italia pasaría una semana en París. Cuando recibió el telegrama, Andras vociferó la noticia en la escalera del edificio, de tal modo que la portera salió y le riñó por molestar a los demás inquilinos. La acalló besándola en la frente y enseñándole el telegrama: ¡Tibor venía! Tibor, su hermano mayor. La portera manifestó que esperaba que su hermano mayor tuviera mejores modales que él y lo dejó en el rellano para que disfrutara solo de su alegría.

Andras no había mencionado a Klara en sus cartas a Tibor, pero le parecía que este lo sabía todo, como si hubiera intuido que él estaba sufriendo y hubiese decidido ir por ese motivo.

La ilusión por la visita —solo faltaban tres semanas, después dos, después una— lo acompañaba de casa a la facultad y de la facultad al trabajo.

Ahora que La madre había terminado y madame Gérard se había marchado, las tardes en el Sarah-Bernhardt pasaban con una lentitud desesperante.

Andras lo había organizado todo tan bien detrás del escenario que tenía poco que hacer mientras los actores ensayaban. Se paseaba por detrás del telón, cada vez más temeroso de que monsieur Novak descubriera cuán superflua era su presencia. Una tarde, tras supervisar la entrega de un cargamento de madera para el decorado de Fuenteovejuna, se acercó al jefe de carpinteros y se ofreció para ayudar a montar del escenario. El hombre lo puso a trabajar. A partir de entonces Andras clavaba tablones por la tarde y estudiaba el diseño de los nuevos escenarios por la noche. Esta era otra clase de arquitectura, pura ilusión y efecto: había que aplanar la perspectiva a fin de que los espacios parecieran más profundos, ocultar las puertas por las que los actores podrían materializarse o desaparecer, concebir piezas que se pudieran desplazar o girar para crear nuevos decorados. Empezó a reflexionar sobre eso en la cama por las noches, en un intento de no pensar en Klara. Las falsas fachadas podían ponerse sobre ruedas y girarse, pensó; la parte posterior podía pintarse para representar el interior de las casas.

Hizo varios esbozos que mostraban cómo podría conseguirse, y más tarde los dibujó como planos. En su segunda semana como ayudante de tramoyista fue a hablar con el jefe de carpinteros y le enseñó su trabajo. El carpintero le preguntó si creía que tenía un presupuesto de un millón de francos. Andras le dijo que costaría menos que construir las parejas de

bastidores necesarias para crear exteriores e interiores por separado. El jefe de carpinteros se rascó la cabeza y dijo que consultaría con el escenógrafo.

Este, un individuo alto de hombros redondeados, con un bigote mal recortado y un monóculo, examinó los planos y preguntó a Andras por qué seguía trabajando de recadero. ¿Quería un empleo con el que cobraría tres veces más de lo que le pagaban ahora? El escenógrafo tenía un taller independiente en la rue des Lombards y normalmente contaba con un ayudante, pero el último acababa de terminar sus estudios en la Beaux-Arts y había aceptado un empleo fuera de la capital.

Andras quería el trabajo. Sin embargo, Zoltán Novak le había salvado la vida; no podía marcharse sin más del Sarah-Bernhardt. Aceptó la tarjeta de visita del escenógrafo y estuvo mirándola toda la noche, preguntándose qué debía hacer.

La tarde siguiente fue al despacho de Novak para plantearle la situación.

Llamó y, tras un largo silencio, oyó voces masculinas discutiendo. La puerta se abrió de golpe y Andras vio a dos hombres con traje de raya diplomática, un maletín en la mano y el rostro encendido, como si Novak les hubiera insultado con los términos más difamatorios. Se calaron el sombrero en la cabeza y pasaron junto a Andras sin saludarlo ni mirarlo. Novak, de pie junto a su escritorio, con las manos sobre el papel secante, observó cómo los hombres salían al pasillo. Cuando desaparecieron, se apartó del escritorio y se sirvió una copa de whisky de una botella del aparador. Se volvió hacia Andras y señaló otra copa. El joven levantó una mano y negó con la cabeza.

—Por favor —dijo Novak—. Insisto. —Sirvió un whisky y le añadió agua.

Andras no lo había visto nunca beber antes del anochecer. Aceptó la copa y se sentó en uno de los decrépitos sillones de piel.

— Egéségedre —dijo Novak. Levantó la copa, bebió un buen trago y lo dejó sobre el secante— ¿Sabes quiénes eran los que acaban de marcharse?

—No —respondió Andras—, pero parecían bastante cabreados.

—Son nuestros promotores. Los que siempre se las han arreglado para convencer al ayuntamiento de que el teatro debía seguir abierto.

—¿Y?

Novak se recostó en su sillón y unió las manos formando un triángulo.

—Cincuenta y siete personas —dijo—. Son las que tengo que despedir hoy, según esos hombres. Incluidos tú y yo mismo.

—Pero son todos los trabajadores —señaló Andras.

—En efecto. Cierran el teatro. Hemos terminado hasta la próxima temporada, como mínimo. No pueden seguir subvencionándonos, a pesar de que hemos obtenido beneficios durante todo el otoño. Como sabes, La madre tuvo más éxito que ninguna otra función de París, pero no ha sido suficiente. Este teatro es un pozo sin fondo. ¿Sabes cuánto cuesta la calefacción de cinco pisos?

Andras tomó un sorbo de whisky y sintió su falsa calidez en el pecho.

—¿Qué piensa hacer? —preguntó.

—¿Qué piensas hacer tú? —inquirió Novak a su vez—. ¿Qué van a hacer los actores? ¿Y madame Courbet? ¿Y Claudel, Pély y todos los demás?

Es un desastre. Aunque no somos los únicos. Van a cerrar cuatro teatros.

—Se reclinó y se acarició el bigote con un dedo mientras miraba la estantería—. La verdad es que no sé qué voy a hacer. Madame Novak está delicada, por decirlo de algún modo. Añora a sus padres. Seguro que considera que esto es una señal de que deberíamos volver a Budapest.

—Pero usted preferirá quedarse —aventuró Andras.

Novak soltó un suspiro que brotó de las profundidades de su amplio pecho.

—Comprendo a Edith. Este no es nuestro país. Hemos logrado hacernos un rinconcito, pero nada de esto nos pertenece. Somos húngaros, al fin y al

cabo, no franceses.

—Cuando le conocí en Viena, pensé que no podía parecer más parisino.

—Pues ya ves lo inocente que eras —repuso Novak con una sonrisa triste

—. Pero ¿qué vas a hacer tú? Sé que tienes que costearte los estudios.

Andras le habló de la oferta de empleo como ayudante del escenógrafo, monsieur Forestier, y le dijo que precisamente había ido allí para pedirle consejo.

Novak juntó las manos para dar una única palmada.

—Habría sido una pena perderte —aseguró—. Es una oportunidad excelente, y llega en el mejor momento. Por supuesto que debes aceptar.

—No sé cómo darle las gracias por lo que ha hecho por mí —dijo Andras.

—Eres un buen muchacho. Has trabajado de firme aquí. Nunca me he arrepentido de haberte contratado. —Apuró su bebida y deslizó la copa vacía sobre la mesa—. Sírveme otro whisky, por favor. Tengo que dar la mala noticia a los demás. Espero que vengas mañana a trabajar. Habrá mucho que hacer para cerrar el teatro. Tendrás que decirle a Forestier que no puedo dejarte marchar hasta finales de mes.

—Nos veremos mañana, a la hora de siempre —dijo Andras.

Esa noche se encaminó hacia su casa con una aterradora sensación de vacío en el pecho. Adiós al Sarah-Bernhardt. Adiós a monsieur Novak.

Adiós a Claudel, a Pély; adiós a Marcelle Gérard. Y adiós a Klara, adiós a Klara. La concha blanca y dura de su vida se había pinchado y vaciado.

Ahora era una concha vacía, hueca, endeble. Caminó con paso cansino bajo el viento de enero. En el 34 de la rue des Écoles subió tramos y tramos de escaleras —¿cuántos cientos habría?— sintiendo que no tenía energía para mirar sus libros aquella noche, ni siquiera para lavarse la cara y ponerse el pijama. Solo quería tumbarse en la cama con los pantalones, los zapatos y el abrigo, taparse con el edredón hasta la cabeza y dejar que pasaran las horas

hasta el amanecer. Sin embargo, al llegar arriba vio que por debajo de su puerta se filtraba una línea de luz, y cuando puso una mano en el pomo la encontró abierta. La empujó y dejó que rebotara. Fuego en la chimenea, pan y vino sobre la mesa, y en la única silla, con un libro en las manos, Klara.

— Te —dijo—. Tú.

—Y tú —dijo ella.

—¿Cómo has entrado?

—Le he dicho a la portera que era tu cumpleaños y que quería darte una sorpresa.

—Y a tu hija ¿qué le has dicho?

Ella bajó la vista y la posó en la cubierta del libro.

—Le he dicho que iba a ver a un amigo.

—Lástima que no fuera verdad.

Klara se levantó, se aproximó a él y le puso las manos sobre los brazos.

—Por favor, Andras, no me hables así.

El joven se apartó y se quitó el abrigo y la bufanda. Durante un rato que le pareció muy largo no pudo decir nada más. Se acercó a la chimenea y, cruzando los brazos, se quedó mirando la pirámide vacilante de brasas.

—Era terrible no saber si volvería a verte o no —dijo—. Me repetía que habíamos terminado, pero no lograba convencerme de que fuera cierto.

Finalmente me confié a Marcelle. Tuvo la amabilidad de revelarme que no estaba solo en mi desgracia. Me dijo que pertenecía a un club ilustre de hombres a los que habías abandonado.

Los ojos de Klara se ensombrecieron.

—¿Abandonarte? ¿Crees que es eso lo que he hecho?

—Abandonarme, echarme, mandarme a paseo. No creo que importe cómo lo llames.

—Decidimos que era imposible.

—Lo decidiste tú.

Ella se acercó y deslizó las manos por sus brazos. Cuando la miró a la cara, Andras vio que tenía lágrimas en los ojos. Horrorizado, se dio cuenta de que él también estaba a punto de llorar. Ahí estaba Klara, cuyo nombre había llevado consigo desde Budapest; Klara, cuya voz oía en sus sueños.

—¿Qué quieres? —preguntó mirándole el cabello—. ¿Qué debo hacer?

—He estado muy deprimida —dijo ella—. No puedo dejarte marchar.

Quiero conocerte, Andras.

—Y yo quiero conocerte a ti —afirmó él—. No me gustan los secretos.

Sin embargo, al decirlo sabía que lo que ocultaba la hacía más atractiva.

Había algo de tormento en su inaccesibilidad, en las salas que estaban más allá de aquellas en que lo recibía.

—Deberás tener paciencia conmigo. Deberás dejar que confíe en ti.

—Sabré ser paciente —aseguró Andras. La tenía tan cerca que notaba las crestas afiladas de sus caderas contra los muslos. Habría querido introducirse en su cuerpo y cogerla por los huesos—. Claire Morgenstern.

Klárika.

Pensó que Klara sería su perdición. Pero no podía dejarla marchar, del mismo modo que no podía prescindir de la geometría en la arquitectura, del frío de enero ni del cielo invernal que se veía al otro lado de la ventana.Se inclinó y la besó. Después, por primera vez, la poseyó en su propia cama.

Cuando salió de casa al día siguiente, el mundo era un lugar transformado.

La opacidad de las semanas que había pasado sin ella se había desvanecido.

Volvía a ser humano, había recuperado su carne y su sangre, y las de ella.

Todo resplandecía con mayor intensidad bajo el sol invernal; todos los detalles de la calle le llamaban la atención como si los viera por primera vez. ¿Cómo no se había fijado nunca en la forma en que la luz del cielo incidía sobre las ramas desnudas del tilo que se alzaba junto a su casa, la forma en que se rompía y esparcía sobre las piedras mojadas del suelo y creaba agujas blancas en los pomos de bronce de las puertas de la calle? Saboreó el sonido vigoroso de sus suelas sobre la acera, se enamoró de la cascada de hielo en la fuente helada del Luxembourg. Deseaba dar las gracias en voz alta por el elegante y largo pasillo del boulevard Raspail, que le conducía a diario entre su hilera de edificios de la era Haussmann hasta las puertas azules de la École Spéciale. Admiró el patio solitario bañado por la fría luz del sol, sus bancos verdes vacíos, la hierba helada, los caminos mojados por la nieve derretida.

Subió corriendo al estudio y buscó entre los dibujos la serie de planos en que había trabajado con Polaner. Pensaba que podía dedicarles unos minutos antes de acudir al despacho de Vago para su clase matinal de francés.

Pero los planos no estaban; Polaner debía de habérselos llevado a casa.

Cogió el libro de vocabulario de arquitectura que estudiaría aquella mañana con Vago y bajó a la carrera para pasar por el servicio. Abrió la puerta de golpe y en el oscuro interior palpó la pared en busca del interruptor de la luz. Desde el otro rincón llegó a sus oídos un gemido jadeante.

Encendió la luz. En el suelo de cemento, arrimado a la pared del fondo, más allá de los urinarios y los lavabos, vio a alguien ovillado en una Gapretada.

Una forma pequeña, la de un hombre, con una chaqueta de terciopelo. A su lado, varios planos arrugados y pisoteados.

—¿Polaner?

Aquel sonido otra vez. Un resuello que se transformaba en un gemido. Y

después, su nombre.

Andras se acercó y se arrodilló a su lado. Polaner no quiso mirarlo, o no pudo. Tenía la cara llena de magulladuras, la nariz rota, los ojos ocultos por

pliegues morados. Mantenía las rodillas apretadas contra el pecho.

—Dios mío —exclamó Andras—, ¿qué ha pasado? ¿Quién te ha hecho esto?

Ninguna respuesta.

—No te muevas —le indicó Andras, y se puso en pie. Salió corriendo del servicio, cruzó el patio, subió por la escalera hasta el despacho de Vago y abrió la puerta sin llamar.

—Lévi, ¿qué demonios sucede?

—A Eli Polaner le han dado una paliza brutal. Está en el servicio, en la planta baja.

Bajaron corriendo. Vago intentó examinar a Polaner, pero este se resistía.

Andras le suplicó. Cuando Polaner dejó caer los brazos y su rostro quedó al descubierto, Vago respiró hondo. Polaner se echó a llorar. Había perdido un diente inferior y escupió sangre en el suelo.

—Quedaos aquí los dos —ordenó Vago—. Llamaré a una ambulancia.

—No —pidió Polaner—. Una ambulancia no.

Pero Vago ya había salido dando un portazo y cruzaba el patio a la carrera.

Polaner se tendió de espaldas, con los brazos flácidos a los costados. Bajo la chaqueta de terciopelo, tenía la camisa desgarrada y algo escrito con tinta negra en el pecho.

Feygele. Judío marica.

Andras tocó la camisa rota y la palabra. Polaner se estremeció.

—¿Quién ha sido? —preguntó Andras.

—Lemarque —contestó Polaner. A continuación murmuró algo más, una frase que Andras oyó solo a medias y no supo traducir: J’étais coin…

— Tu étais quoi?

— J’étais coincé —dijo Polaner, y lo repitió hasta que Andras lo entendió.

Le habían tendido una trampa. Lo habían engañado. En un susurro añadió

—: Me pidió que quedáramos aquí anoche. Y se presentó con tres más.

—¿Que quedarais aquí de noche? —preguntó Andras—. ¿Para trabajar en los planos?

—No. —Polaner apartó sus ojos amoratados e hinchados—. No era para trabajar.

Feygele.

Andras tardó un momento en comprender. Encontrarse de noche: una cita.

Así que era eso, y no la muchacha que Polaner había dejado en Polonia, la supuesta prometida que le había escrito aquellas cartas, lo que le había impedido mostrar interés por las mujeres en París.

—Oh, Dios mío —dijo Andras—. Yo lo mato. Haré que se trague sus propios dientes.

Vago entró en el servicio de caballeros con un botiquín de primeros auxilios. Un grupito de alumnos se apiñó en la puerta.

—Marchaos —gritó volviendo la cabeza, pero los alumnos no se movieron.

Las cejas de Vago se unieron formando una tensa uve—. ¡Que os larguéis!

—vociferó, y los estudiantes se retiraron murmurando entre sí. La puerta se cerró de golpe.

Vago se arrodilló junto a Andras y puso una mano en el hombro de Polaner.

—Ya viene una ambulancia —dijo—. Te pondrás bien.

Polaner tosió y escupió sangre. Intentó cerrarse la camisa con una mano, pero el esfuerzo fue demasiado para él y el brazo cayó sobre el suelo de cemento.

—Cuéntaselo —le indicó Andras.

—¿Contarme qué? —preguntó Vago.

—Quién le ha hecho esto.

—¿Un estudiante? —inquirió Vago—. Lo llevaremos ante el consejo disciplinario. Será expulsado. Presentaremos una denuncia.

—No, no —suplicó Polaner—. Si mis padres se enteran…

Entonces Vago vio la palabra escrita a tinta en el pecho de Polaner. Todavía acuclillado, se echó hacia atrás y se tapó la boca con una mano. Estuvo un buen rato sin hablar ni moverse.

—Está bien —dijo por fin—. Está bien.

Apartó los jirones de la camisa de Polaner para ver mejor las heridas.

El pecho y el abdomen del joven estaban negros de magulladuras. Andras apenas podía mirar. Le entraron náuseas y tuvo que apoyar la cabeza contra uno de los lavabos de porcelana. Vago se quitó la chaqueta y la extendió sobre el pecho de Polaner.

—Está bien —repitió—. Irás al hospital y te curarán. Ya hablaremos del resto más tarde.

—Nuestros planos —dijo Polaner tocando las hojas arrugadas de papel de dibujo.

—No te preocupes por eso —dijo Vago—. Los arreglaremos.

Recogió los planos y se los entregó con cuidado a Andras, como si hubiera alguna posibilidad de aprovecharlos. Entonces se oyó la ambulancia y salió corriendo para ir a buscar a los enfermeros y llevarlos hasta el servicio de caballeros. Dos hombres con uniformes blancos entraron portando una camilla. Cuando levantaron a Polaner para tenderlo encima, este se desmayó a causa del dolor. Andras mantuvo la puerta abierta para que lo sacaran al patio, donde se había reunido un grupo de mirones. Se había corrido la voz entre los estudiantes que llegaban para las clases de la mañana.

Los enfermeros tuvieron que abrirse camino entre ellos para transportar a Polaner por el camino de losas.

—No hay nada que ver —exclamó Vago—. Todos a sus clases.

Pero todavía no había clases, eran solo las ocho menos cuarto. Ni un solo alumno se marchó hasta que los enfermeros hubieron subido a Polaner a la ambulancia. Andras se quedó en el patio, con los planos de su amigo en la mano como si fueran el cuerpo sin vida de un animal. Vago le dio una palmada en el hombro.

—Ven a mi despacho —dijo.

Andras lo siguió. Sabía que aquel era el mismo patio que había cruzado al llegar, con la misma hierba helada, los mismos bancos verdes, los mismos senderos húmedos, brillantes bajo el sol. Lo sabía, pero ahora no era capaz de ver lo que había visto antes. Le asombró pensar que el mundo pudiera trocar aquella belleza por esta fealdad en apenas un cuarto de hora.

Una vez en su despacho, Vago le habló de otros casos. En febrero del año anterior alguien había estarcido en alemán las palabras «escoria» y

«cerdo» en los proyectos finales de un grupo de alumnos judíos de quinto, y en primavera un estudiante de Costa de Marfil había sido sascado a rastras del taller por la noche y apaleado en el cementerio que había detrás de la facultad. A aquel estudiante también le habían pintado un insulto en el pecho, un epíteto racista. Sin embargo, no se había identificado a los responsables. Si Andras disponía de alguna información, estaría ayudando a todos.

Andras dudó. Estaba sentado en su silla de siempre, acariciando con el pulgar el reloj de su padre en el bolsillo.

—¿Qué pasará si los cogen?

—Se les interrogará. Tomaremos medidas disciplinarias y emprenderemos acciones legales.

—Y entonces sus amigos harán algo peor. Sabrán que Polaner los ha denunciado.

—¿Y si no hacemos nada? —preguntó Vago.

Andras dejó caer el reloj en el bolsillo.

—Polaner ha mencionado a Lemarque —reconoció. Lo dijo en un susurro, y a continuación repitió el nombre en voz más alta—. Lemarque y otros. No sé quiénes son.

—¿Fernand Lemarque?

—Eso ha dicho Polaner. —Y contó a Vago todo lo que sabía.

—Entendido —dijo el profesor—. Hablaré con Perret. Mientras tanto… —

añadió abriendo el libro de vocabulario de arquitectura por la página que describía la estructura interna de los tejados, con sus poinçons verticales, los contre-fiches de apoyo, los arbalétriers en forma de costilla—, quédate aquí y estudia. Y dejó a Andras solo en el despacho.

Como es lógico, Andras no podía estudiar. No podía quitarse de la cabeza la imagen de Polaner. Lo veía una y otra vez tendido en el suelo, con la palabra escrita con tinta negra en el pecho y los planos arrugados al lado.

Andras comprendía la desesperación y la soledad; sabía qué era estar a miles de kilómetros de casa; sabía qué era guardar un secreto. Pero ¿hasta qué grado de angustia había tenido que llegar Polaner para imaginar a Lemarque como amante, como una persona con quien podría compartir un momento de intimidad, de noche, en el servicio de caballeros?

No habían transcurrido ni cinco minutos cuando Rosen irrumpió en el despacho de Vago, con la gorra en la mano. Ben Yakov apareció tras él, avergonzado, como si hubiera intentado en vano impedir que su amigo subiera en tromba.

—¿Dónde está ese cabrón? —gritó Rosen—. ¿Dónde está esa comadreja?

Si lo tienen escondido aquí, ¡juro por Dios que los mataré a todos!

Vago salió del despacho de Perret y se acercó corriendo.

—Baja la voz —ordenó—. Esto no es una cervecería. ¿Dónde está quién?

—Ya sabe a quién me refiero —contestó Rosen—. Fernand Lemarque.

Es él quien cuchichea sale juif. Es él quien puso los carteles del Frente de la Juventud. Ya los vio; «Venid y uníos, jóvenes de Francia», y todas esas estupideces, en la Salle des Sociétés Savantes, nada menos. Están en contra del Parlamento, en contra de los judíos, en contra de todo. Él es uno de sus esbirros. Son muchos. Alumnos de tercero, de quinto. Aquí, en la Beaux-Arts, en otras facultades de la ciudad. Lo sé. He asistido a sus reuniones.

He oído lo que quieren hacernos.

—De acuerdo —dijo Vago—. ¿Por qué no me lo cuentas después de las clases?

—¡Después de las clases! —Rosen escupió en el suelo—. ¡Ahora mismo!

Quiero que venga la policía.

—Ya la hemos llamado.

—¡Mentira! No han llamado a nadie. No quieren un escándalo.

En aquel momento el mismísimo Perret se acercó por el pasillo, con su capa gris ondeando tras él.

—Ya es suficiente —dijo—. Nosotros nos encargaremos de esto. Vayan a sus clases.

—No pienso ir —replicó Rosen—. Yo mismo encontraré a ese cabrón.

—Joven —dijo Perret—, hay elementos de esta situación que usted no entiende. No es un vaquero. Esto no es el salvaje Oeste. Este país tiene un sistema judicial, que ya está en marcha. Si no baja la voz y se comporta como un caballero, me veré obligado a expulsarle de esta facultad.

Rosen se volvió y bajó por la escalera maldiciendo para sí. Andras y Ben Yakov lo siguieron hasta el aula, donde Vago apareció diez minutos después. A las nueve reanudaron la lección del día anterior, como si diseñar la maison particulier perfecta fuera lo más importante del mundo.

Aquella tarde Andras, Rosen y Ben Yakov fueron al hospital y encontraron a Polaner en una sala estrecha y larga en la que entraba la luz invernal.

Yacía en una cama alta, con las piernas apoyadas sobre almohadas, la nariz enyesada y los ojos completamente morados. Tres costillas fracturadas. La nariz rota. Numerosas contusiones en el torso y las piernas. Señales de hemorragia interna: hinchazón abdominal, pulso inestable y fiebre, coágulos de sangre bajo la piel. Síntomas de crisis nerviosa. Secuelas de hipotermia.

Eso fue lo que les dijo el médico. A los pies de la cama, una gráfica mostraba la evolución de la temperatura, el pulso y la tensión arterial, tomados cada cuarto de hora. Cuando se situaron alrededor del lecho, abrió los ojos hinchados, les llamó por unos nombres polacos desconocidos y perdió el conocimiento. Llegó una enfermera con dos bolsas de agua caliente, que colocó debajo de los pies de Polaner. Le tomó el pulso, la tensión y la temperatura, y apuntó las cifras en la gráfica.

—¿Cómo está? —preguntó Rosen levantándose de la silla.

—Aún no lo sabemos —respondió la enfermera.

—¿No lo saben? ¿Esto es un hospital? ¿Es usted enfermera? ¿Su trabajo no es saberlo?

—Ya está bien, Rosen —terció Ben Yakov—. Ella no tiene la culpa.

—Quiero hablar de nuevo con el médico —exigió Rosen.

—En este momento está haciendo su ronda.

—Por Dios —exclamó Rosen—. Es nuestro amigo. Solo quiero saber en qué estado se encuentra.

—Ojalá pudiera decírselo yo misma —repuso la enfermera.

Rosen volvió a sentarse y apoyó la cabeza en las manos. Esperó a que se alejara la enfermera.

—Lo juro por Dios —masculló—. Juro por Dios que si cojo a esos cabrones no me importará lo que pueda pasarme. Me da igual que me expulsen de la facultad. Iré a la cárcel si es necesario. Quiero que se arrepientan de haber nacido. —Miró a Andras y a Ben Yakov—. Me ayudaréis a encontrarlos, ¿verdad?

—¿Para qué? —preguntó Ben Yakov—. ¿Para romperles la cabeza?

—Ah, perdona —dijo Rosen—. Supongo que no quieres arriesgarte a que te rompan tu bonita nariz.

Ben Yakov se puso en pie y lo cogió por la camisa.

—¿Crees que me gusta verlo así? —dijo—. ¿Crees que no deseo matarlos yo también?

Rosen se zafó de las manos de Ben Yakov.

—No se trata solo de él. Quienes le han hecho esto no dudarían en hacérnoslo también a nosotros. —Cogió su abrigo y se lo echó sobre el brazo—. Me da igual que vengáis conmigo o no. Voy a buscarlos, y cuando los encuentre responderán de lo que han hecho. —Se caló la gorra y salió de la sala.

Ben Yakov se llevó una mano a la nuca y se quedó de pie mirando a Polaner. Después suspiró y se sentó al lado de Andras.

—Fíjate cómo está. Dios mío, ¿por qué se le ocurriría quedar con Lemarque por la noche? ¿En qué estaría pensando? No puede ser cierto lo que dicen de él.

Andras vio que el pecho de Polaner subía y bajaba, un mínimo movimiento bajo las sábanas.

—¿Y qué, si es cierto? —preguntó.

Ben Yakov negó con la cabeza.

—¿Tú lo crees?

—No es imposible.

Ben Yakov apoyó el mentón en el puño y se quedó mirando los pies de la cama. Ahora no se parecía a Pierre Fresnay; tenía los ojos tristes y húmedos, los labios apretados.

—Una vez… —dijo lentamente—, un día que habíamos quedado contigo y con Rosen en el café, Polaner comentó algo sobre Lemarque.

Dijo que no creía que fuera antisemita, sino que se odiaba a sí mismo, no a los judíos; que tenía que hacer toda esa comedia para que la gente no lo viera como en realidad era.

—¿Qué dijiste tú?

—Que, por mí, Lemarque podía irse a tomar por saco.

—Eso habría dicho yo.

—No —repuso Ben Yakov—. Tú le habrías escuchado. A ti se te habría ocurrido algo inteligente que decir. Habrías preguntado por qué pensaba eso.

—Polaner es muy reservado —apuntó Andras—. Posiblemente no te habría dicho nada si le hubieras preguntado.

—Pero yo sabía que le pasaba algo —afirmó Ben Yakov—. Tú también debiste de notarlo. Trabajabas con él en el proyecto. Se veía a la legua que no dormía bien, y cuando Lemarque estaba cerca se quedaba muy callado, más que de costumbre.

Andras no supo qué decir. Había estado ocupado pensando en Klara, ilusionado con la visita de Tibor, con su propio trabajo. Veía a Polaner

como una presencia constante en su vida; sabía que era prudente y circunspecto, incluso sabía que a veces se ponía melancólico, pero nunca había pensado que las tragedias personales de su amigo fueran mayores que las suyas. Si la relación con Klara había sido difícil, ¿cómo habría sido para Polaner sentirse secretamente atraído por Lemarque? No había dedicado mucho tiempo a imaginar cómo debía de sentirse un hombre al que le gustaran los hombres. En París había muchos hombres afeminados y mujeres masculinas, por supuesto, y todos conocían los famosos clubes en los que se reunían: el Magic City, el Monocle, el Bal de la Montagne-Sainte-Ge -

ne viè ve, pero ese mundo parecía muy alejado de su vida. ¿Qué indicios había tenido de él? En el gimnázium pasaban cosas; algunos niños mantenían amistades que parecían románticas por sus intrigas y traiciones; en ocasiones él y sus compañeros de clase se ponían en fila, con los pantalones cortos en los tobillos, y se tocaban a sí mismos en la penumbra; había un alumno del que todos decían que le gustaban los chicos, un tal Willi Mandl, un chiquillo rubio y desgarbado que tocaba el piano y llevaba calcetines blancos bordados, y al que una tarde habían visto en una tienda de artículos de segunda mano acariciando con expresión soñadora un bolso de seda azul. Pero todo eso formaba parte de la nebulosa de la infancia, no parecía guardar relación con su vida actual.

Polaner abrió los ojos y miró a Andras. Este tocó el brazo de Ben Yakov.

—Polaner —dijo—, ¿me oyes?

—¿Estáis aquí? —preguntó Polaner de forma casi ininteligible.

—Estamos aquí —respondió Andras—. Duérmete. No te dejaremos solo.

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