El Puente Invisible

Julie Orringer · Capítulo 1 de 43

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El Puente Invisible

La rue des Écoles

PRIMERA PARTE

La rue des Écoles

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1

Una carta

Años después le diría a ella que su historia empezó en la Ópera Nacional de Hungría la noche antes de que se marchara a París en el Western Europe Express. El año era 1937; el mes, septiembre, y la noche, más fría de lo que correspondía a la estación. Su hermano se había empeñado en llevarlo a la ópera como regalo de despedida. La obra era Tosca y sus asientos estaban en el gallinero. No eran para ellos las puertas de entrada con tres arcos de mármol ni la fachada con columnas corintias y entablamiento heroico. La suya era una humilde entrada lateral con un portero de cara rubicunda, un suelo de madera rayada y paredes cubiertas de carteles de óperas medio despegados. Chicas con vestidos por la rodilla subían por la escalera cogidas del brazo de jóvenes con trajes gastados; unos jubilados discutían con sus esposas de cabellos canos mientras subían fatigosamente los cinco tramos de la estrecha escalera. En lo alto, un alegre barullo: un salón de descanso revestido de espejos, con bancos de madera, el aire turbio por el humo del tabaco. La puerta del otro extremo daba a la sala de conciertos, una gran caverna con luz eléctrica, un fresco de inmortales griegos en el techo y balcones decorados con volutas doradas. Andras nunca había esperado ver una ópera allí, y no la habría visto de no haber comprado Tibor las entradas. En opinión de este, toda estancia en Budapest debía incluir al menos una velada de Puccini en la Operaház. Tibor se inclinó sobre la barandilla para indicarle el palco del almirante Horthy, que aquella noche solo ocupaba un general anciano con una chaqueta de húsar. Mucho más abajo, unos acomodadores con esmoquin acompañaban a hombres y mujeres a sus butacas; los hombres con traje de etiqueta, las mujeres con el cabello centelleante de joyas.

—Ojalá Mátyás pudiera ver esto —dijo Andras.

—Lo verá, Andráska. Vendrá a Budapest cuando termine el bachillerato y al cabo de un año estará harto de este sitio.

Andras no pudo menos de sonreír. Él y Tibor se habían mudado a Budapest tras finalizar sus estudios en el gimnázium de Debrecen. Ambos se habían criado en Konyár, un pueblecito de la llanura oriental, y al principio la capital les había parecido el centro del mundo. Ahora Tibor pensaba ir a estudiar a una facultad de medicina de Italia, y Andras, que solo llevaba un año en la ciudad, se marchaba al día siguiente para estudiar en París. Hasta que recibieron la noticia de la École Spéciale d’Architecture, todos pensaban que Tibor sería el primero en marcharse. Desde hacía tres años trabajaba de dependiente en una zapatería de Váci utca, ahorraba para sus estudios y leía manuales de medicina por la noche como si le fuera la vida en ello. Cuando Andras había ido a vivir con él un año antes, la partida de Tibor parecía inminente. Ya había aprobado los exámenes y presentado la solicitud a la facultad de medicina de Módena. Creía que tardaría seis meses en recibir la confirmación y su visado de estudiante. Sin embargo, en la facultad de medicina lo pusieron en una lista de espera para estudiantes extranjeros y le dijeron que iban a pasar otro par de años antes de que pudiera matricularse.

Tibor no hablaba de su situación desde que Andras sabía lo de la beca, ni mostraba el menor asomo de envidia. Al contrario, había comprado aquellas entradas para la ópera y ayudado a su hermano a ultimar los preparativos.

Mientras la luz se atenuaba y la orquesta empezaba a tocar, a Andras le asaltó una sensación de vergüenza: aunque sabía que se habría alegrado por Tibor si la situación hubiera sido al revés, sospechaba que le habría costado mucho disimular la envidia.

Un hombre alto y flaco, con el pelo blanco y reluciente, salió por una puerta lateral del foso de la orquesta y se encaminó hacia un haz de luz. El público gritó entusiasmado mientras el hombre subía al podio. Tuvo que saludar tres veces y levantar las manos en señal de rendición antes de que se hiciera el silencio; entonces se volvió hacia los músicos y alzó la batuta. Tras un momento de silencio estremecedor, una tormenta de música emergió de los instrumentos de viento y cuerda y penetró en el pecho de Andras, llenándole la caja torácica hasta dejarlo casi sin aliento. El telón de terciopelo se alzó para dejar ver el interior de una catedral italiana, con todos los detalles representados con perfecta minuciosidad. Los vitrales irradiaban luz roja y azul, y un fresco a medio terminar de María

Magdalena resaltaba fantasmagórico en una pared enyesada. Un hombre con el atuendo carcelario de rayas se coló a hurtadillas en la iglesia y se ocultó en una de las capillas a oscuras. Entró un pintor para trabajar en el fresco, seguido de un sacristán empeñado en que recogiera sus pinceles y trapos antes de que comenzara la misa siguiente. A continuación entró Tosca, la diva de la ópera, la modelo de María Magdalena, con la falda color carmín arremolinándose en los tobillos. La canción se elevó y quedó suspendida en la cúpula pintada de la Operaház: la voz de tenor, como el sonido de un clarinete, del pintor Cavaradossi, el bajo rotundo del fugitivo Angelotti, el cálido albaricoque de soprano de Tosca, la diva ficticia, interpretada por Zsuzsa Toronyi, la diva húngara de carne y hueso. El sonido era tan consistente, tan tangible, que a Andras le pareció que si estiraba la mano por encima de la barandilla podría cogerlo a puñados.

Pensó que el propio edificio se había convertido en un instrumento: la arquitectura expandía el sonido y lo completaba, lo amplificaba y contenía.

—Nunca olvidaré esto —susurró a su hermano.

—Más te vale —susurró Tibor a su vez—. Espero que me lleves a la ópera cuando vaya a verte a París.

En el intermedio tomaron una tacita de café en el salón de descanso y comentaron lo que habían visto. ¿La negativa del pintor a traicionar a su amigo era un acto de lealtad altruista o una fanfarronada para la glorificación personal? ¿Su capacidad de soportar la tortura que vino a continuación debía interpretarse como una sublimación de su amor sexual por Tosca? ¿Habría esta apuñalado a Scarpia si su profesión no le hubiera instruido tan bien en las formas del melodrama? La conversación les producía un placer agridulce. De niño Andras había pasado horas escuchando a Tibor hablar de filosofía, deporte o literatura con sus amigos, y había suspirado por que algún día pudiera decir algo que su hermano considerara ingenioso o incisivo. Ahora que él y Tibor eran iguales, o más o menos iguales, Andras estaba a punto de marcharse, de subir a un tren que le llevaría a miles de kilómetros de distancia.

—¿Qué sucede? —preguntó Tibor poniéndole la mano en el brazo.

Andras tosió y apartó la mirada.

—Demasiado humo —dijo, y se ruborizó.

Se sintió aliviado cuando las luces parpadearon para indicar el final del intermedio.

Después del tercer acto, una vez concluidos los innumerables saludos —los difuntos Tosca y Cavaradossi milagrosamente resucitados, el malvado Scarpia sonriendo como un buenazo al recoger un gran ramo de rosas rojas

—, Andras y Tibor se abrieron paso hacia la salida y bajaron por las atestadas escaleras. Fuera, por encima del resplandor de las luces de la ciudad, se veían unas pocas estrellas desperdigadas. Tibor cogió del brazo a su hermano y lo condujo hacia la parte del edificio que daba a Andrássy, donde los espectadores de la platea y el anfiteatro salían por los tres arcos de mármol de la imponente entrada.

—Quiero que veas el vestíbulo principal —dijo—. Le diremos al portero que nos hemos dejado algo dentro.

Andras lo siguió por la entrada principal hacia el vestíbulo iluminado por arañas, donde una escalera de mármol desplegaba sus alas hacia una galería.

Por ella bajaban hombres y mujeres vestidos de etiqueta, pero Andras solo se fijaba en la arquitectura: las molduras de ovas y dardos en la escalera, la bóveda de cañón cruzada encima, las columnas corintias rosas que sostenían la galería. Miklós Ybl, un húngaro de Székesfehérvár, había ganado un concurso internacional para diseñar el teatro de la ópera. Cuando Andras cumplió ocho años, su padre le regaló un libro con los dibujos arquitectónicos de Ybl, y él había pasado muchas tardes estudiando aquel espacio. Rodeado por el público que se marchaba, contempló la bóveda, tan concentrado en conciliar aquella versión tridimensional con los dibujos lineales de su memoria que apenas se percató de que alguien se detenía ante él y le hablaba. Tuvo que pestañear y esforzarse por fijar la mirada en la persona, una mujer corpulenta y dulce con un abrigo de marta cibelina que parecía pedirle algo. Él hizo una inclinación y se apartó para dejarla pasar.

—No, no —dijo ella—. Está donde quiero que esté. ¡Qué suerte haber tropezado con usted aquí! No habría sabido cómo encontrarle.

Andras trató de recordar dónde y cuándo había conocido a aquella mujer.

En su cuello centelleaba un collar de diamantes, y por debajo del abrigo asomaba la falda de un vestido de seda rosa; sus cabellos oscuros estaban recogidos en un casquete de rizos prietos. La mujer lo tomó del brazo y lo condujo hacia los escalones de la entrada del teatro.

—Es usted el del banco del otro día, ¿verdad que sí? —dijo—. Usted es el del sobre con los francos.

Por fin la reconoció: era Elza Hász, la esposa del director del banco. Andras la había visto algunas veces en la gran sinagoga de Dohány utca, adonde él y Tibor iban de vez en cuando al servicio de los viernes por la noche. Unos días atrás él la había empujado sin querer cuando ella cruzaba el vestíbulo del banco; la mujer había dejado caer la sombrerera que llevaba, y a él se le había escurrido de la mano el sobre de los francos. El sobre se había abierto y había dejado salir los billetes verde y rosa, que habían caído a los pies de ella como confeti. Andras había limpiado la sombrerera y se la había devuelto, y después la había visto desaparecer por una puerta con la palabra PRIVADO.

—Debe de tener la edad de mi hijo —prosiguió ella—. Y a juzgar por los billetes que llevaba, diría que se va a estudiar a París.

—Mañana por la tarde —dijo él.

—Debe hacerme un gran favor. Mi hijo está estudiando en la Beaux -Arts y me gustaría que le llevara un paquete. ¿Sería un inconveniente para usted?

Andras tardó en responder. Acceder a llevar a París un paquete para alguien significaba que se marchaba de verdad, que iba a dejar atrás a sus hermanos, sus padres y su país para adentrarse en la inmensa y desconocida Europa occidental.

—¿Dónde vive su hijo? —preguntó.

—En el Quartier Latin, por supuesto —respondió ella entre risas—.

En una buhardilla de pintor, no en una villa espléndida como nuestro Cavaradossi. Aunque dice que tiene agua caliente y vistas al Panteón. ¡Ah, ahí viene el coche! —Un sedán gris se detuvo junto al bordillo y la señora Hász levantó el brazo para hacer señas al chófer—. Venga a verme mañana antes de mediodía, en el veintiséis de Benczúr utca. Lo tendré todo preparado.

—Se apretó más el cuello del abrigo y corrió hacia el coche sin volverse a mirar a Andras.

—¡Vaya! —dijo Tibor, que se puso a su lado en los escalones—. ¿Vas a contarme de qué iba esto?

—Voy a ser un mensajero internacional. Madame Hász quiere que le lleve un paquete a su hijo, que vive en París. Nos conocimos el otro día en el banco, cuando fui a cambiar pengos por francos.

—¿Y has aceptado?

—Sí.

Tibor suspiró y apartó la vista hacia los tranvías amarillos que pasaban por el bulevar.

—Esto va a ser de lo más aburrido sin ti, Andráska.

—Tonterías. Estoy convencido de que tendrás una novia en menos de una semana.

—Sí, claro. A las chicas les vuelven locas los dependientes de zapatería sin blanca.

Andras sonrió.

—¡Por fin un poco de autocompasión! Empezaba a cogerte manía por ser tan generoso e imperturbable.

—No lo creas. Te mataría por marcharte. Pero ¿qué ganaría? Entonces ninguno de los dos iría al extranjero. —Sonrió, pero la expresión de sus

ojos era seria tras las gafas de montura plateada.

Enlazó su brazo en el de Andras y bajó con él por los escalones, tarareando unos compases de la obertura. Estaban a solo tres travesías de su piso de Hársfa utca. Cuando llegaron a la entrada se detuvieron para tomar una última bocanada de aire nocturno antes de subir. El cielo por encima de la Operaház era de un naranja pálido por la luz reflejada, y las campanas de los tranvías resonaban en el bulevar. En la penumbra, a Andras le pareció que Tibor era tan apuesto como una estrella de cine, con el sombrero ladeado de una forma atrevida y el fular de seda blanca echado sobre un hombro. En ese momento parecía un hombre dispuesto a iniciar una vida emocionante y poco convencional, un hombre mejor preparado que él para bajarse de un vagón de tren en un país extranjero y reclamar su lugar en él.

Parpadeó y sacó la llave del bolsillo, y al cabo de un minuto estaban los dos corriendo escaleras arriba como colegiales.

La señora Hász vivía cerca del Városliget, el parque de la ciudad, con su castillo de cuento y sus inmensos baños rococó al aire libre. La casa de Benczúr utca era una villa de estilo italiano, con enlucido de estuco amarillo pálido, rodeada por tres lados por jardines ocultos; por encima del muro de piedra blanca asomaban rosales sostenidos por rodrigones. Andras distinguió el débil borbolleo de una fuente y el sonido de un rastrillo de jardinero. Le extrañó que unos judíos vivieran allí, pero había un mezuzah clavado en el marco de la puerta: un cilindro plateado envuelto en hiedra dorada. Cuando pulsó el timbre, sonó una campanada de cinco notas en el interior de la casa. Después se oyó un repiqueteo de tacones sobre mármol, seguido del ruido de unos gruesos cerrojos al abrirse. Una criada de cabello cano abrió la puerta y lo invitó a pasar. Andras entró en un vestíbulo abovedado con suelo de mármol rosa y una mesa de marquetería con un manojo de calas en un jarrón chino.

—Madame Hász está en el salón —dijo la criada.

Andras la siguió por el vestíbulo y un pasillo abovedado. Se pararon ante una puerta al otro lado de la cual se oían voces femeninas que subían y bajaban de tono. No acertaba a distinguir las palabras, pero era evidente que estaban discutiendo: una voz se elevó hasta llegar al cenit y disminuyó de volumen; otra, más tranquila que la primera, se alzó, porfió y se apagó.

—Espere un momento —indicó la criada antes de entrar para anunciar su llegada.

Cuando la mujer informó de la presencia de Andras, las voces intercambiaron otra breve andanada, como si la discusión tuviera algo que ver con él. La criada reapareció y lo invitó a entrar en una sala grande y luminosa que olía a tostadas con mantequilla y a flores. En el suelo había alfombras persas rosas y doradas; unas sillas de damasco blanco combinaban con un par de sofás de color salmón, y sobre una mesa baja descansaba un cuenco de rosas amarillas. La señora Hász se había levantado de su silla en el rincón. Sentada a un escritorio cerca de la ventana había una mujer mayor vestida de luto, con la cabeza cubierta con un chal de encaje. Tenía una carta lacrada en la mano; la dejó sobre una pila de libros y encima colocó un pisapapeles de cristal. La señora Hász cruzó el salón en dirección a Andras y le tendió la mano, grande y fría, para estrechar la suya.

—Gracias por venir —dijo—. Le presento a mi suegra, la señora Hász.

—Señaló con la cabeza a la mujer de negro. Esta era de constitución delicada, con la cara muy arrugada, que a Andras le pareció hermosa a pesar del aura de aflicción; sus grandes ojos grises irradiaban un dolor callado. Andras le hizo una reverencia y pronunció el saludo formal: Kezét csókolom; «le beso la mano».

La mujer mayor le devolvió el saludo.

—Así pues, ha aceptado llevar un paquete a József —dijo—. Es muy amable por su parte. Seguro que tiene mucho en que pensar.

—No es ninguna molestia.

—No le entretendremos —aseguró la más joven—. Simon está terminando de preparar el paquete. Mientras tanto, pediré que nos traigan algo de comer. Parece hambriento.

—Oh, no, por favor, no se moleste —repuso Andras.

De hecho, el olor a tostadas le había recordado que no había probado bocado en todo el día, pero le preocupaba que en aquella casa hasta el menor refrigerio exigiera una larga ceremonia cuyas reglas le fueran desconocidas. Además, tenía prisa: su tren salía al cabo de tres horas.

—Los jóvenes siempre tienen hambre —afirmó la señora Hász, y tras pedir a la criada que se acercara le dio unas instrucciones y le indicó que se fuera.

La señora mayor se levantó de la silla del escritorio e indicó a Andras que se sentara a su lado en uno de los sofás de color salmón. Andras tomó asiento, preocupado por si sus pantalones dejarían una marca en la seda; pensó que habría necesitado una vestimenta diferente para pasar una hora tranquilo en esa casa. Ella cruzó sus delgadas manos sobre el regazo y le preguntó qué iba a estudiar en París.

—Arquitectura —contestó él.

—Vaya. Entonces será compañero de József en la Beaux-Arts.

—Iré a la École Spéciale —repuso Andras—, no a la Beaux-Arts.

La más joven se sentó en el sofá de enfrente.

—¿La École Spéciale? —repitió—. No se la he oído mencionar a József.

—Es una escuela de formación más especializada que la Beaux-Arts —dijo Andras—, o eso tengo entendido. Estudiaré allí con una beca de la Izraelita Hitközség. Fue una feliz casualidad, de hecho.

—¿Una casualidad?

Y Andras se explicó: el director de Pasado y Futuro, la revista donde trabajaba, había presentado algunas de las portadas diseñadas por Andras en una exposición celebrada en París en la que se mostraba la obra de artistas jóvenes de Europa central. Las portadas habían sido elegidas y expuestas; un profesor de la École Spéciale que había visto la muestra preguntó por Andras. El director le contó que el joven quería ser arquitecto, pero que a los estudiantes judíos les resultaba difícil entrar en las facultades de

arquitectura de Hungría: un númerus clausus ya abolido, que en los años veinte había mantenido la cifra de estudiantes judíos en el seis por ciento, seguía planeando sobre las prácticas de admisión en las universidades húngaras. El profesor de la École Spéciale había escrito cartas y solicitado a la junta de admisiones que concedieran una plaza a Andras en el curso siguiente. La Asociación de la Comunidad Judía de Budapest, la Izraelita Hitközség, había abonado el dinero para la matrícula, el alojamiento y la manutención. Había sucedido todo en cuestión de semanas, y parecía que en cualquier momento los planes podían desbaratarse. Pero eso no había ocurrido y Andras se marchaba. Comenzaría las clases al cabo de seis días.

—Ah —dijo la señora más joven—. ¡Qué afortunado! ¡Y con una beca! —

Pero al pronunciar las últimas palabras bajó la vista, y Andras experimentó la misma sensación que lo embargaba cuando era un colegial en Debrecen: una vergüenza repentina, como si le hubieran dejado en ropa interior.

Algunas veces había pasado las tardes de los fines de semana en casa de otros niños que vivían en la ciudad, cuyos padres eran abogados o banqueros y que no tenían que hospedarse en casa de familias pobres; niños que dormían solos en su cama por la noche, llevaban camisas planchadas a la escuela y almorzaban en casa todos los días. Las madres de algunos de esos niños lo trataban con amabilidad y compasión; otras con cortesía y desagrado. En su presencia se había sentido igualmente desnudo. Se obligó a mirar a la madre de József mientras le decía:

—Sí, ha sido una suerte.

—¿Y en qué parte de París vivirá? —preguntó ella.

Andras se frotó las rodillas con las palmas de las manos, que tenía húmedas.

—En el Quartier Latin, supongo.

—Ya, pero ¿dónde se alojará cuando llegue?

—Supongo que preguntaré a alguien dónde alquilan habitaciones los estudiantes.

—Tonterías —intervino la señora mayor cubriéndole la mano con la suya

—. Irá a casa de József, por supuesto.

La señora joven tosió y se arregló los cabellos.

—No deberíamos poner en un compromiso a József —dijo—. Tal vez no tenga sitio para un invitado.

—Oh, Elza, eres rematadamente esnob —replicó su suegra—. El señor Lévi está haciendo un favor a József. Seguro que József podrá prestarle su sofá durante un par de días al menos. Le mandaremos un telegrama esta misma tarde.

—Ya llegan los emparedados —anunció la más joven, claramente aliviada con la distracción.

La criada entró en el salón empujando el carrito del té. Además del servicio de té había una fuente de cristal con pie que contenía emparedados tan blancos que parecían hechos de nieve. Junto a la base había unas pinzas de plata en forma de tijera, como para dar a entender que aquella clase de emparedados no debían ser tocados por manos humanas. La señora mayor cogió las pinzas y depositó varios emparedados en el plato de Andras, más de los que este se habría atrevido a servirse. Al ver que la más joven cogía un emparedado sin la ayuda de cubiertos o pinzas, Andras se atrevió a comerse uno de los suyos. Era de queso cremoso con eneldo untado sobre pan blanco y tierno sin corteza. Unas rodajas de pimiento amarillo finas como el papel eran la única señal de que el emparedado se hubiera preparado dentro de los confines de Hungría.

Mientras la señora joven servía una taza de té a Andras, la mayor se acercó al escritorio y cogió una tarjeta blanca en la que pidió a Andras que escribiera su nombre y la información relativa a su llegada. Telegrafiaría los datos a József, quien le estaría esperando en la estación de París. Le ofreció una pluma de cristal con una plumilla de oro tan fina que a Andras le dio miedo utilizarla. Se inclinó sobre la mesa baja y apuntó la información en letra mayúscula, aterrado por la posibilidad de romper la plumilla o dejar caer una gota de tinta en la alfombra persa. Lo que sí se manchó fueron los dedos, de lo que solo se apercibió cuando miró su último

emparedado y vio que el pan estaba teñido de violeta. Se preguntó cuánto tardaría el tal Simon en aparecer con el paquete para József. Oyó un sonido de martillazos procedente del otro extremo del pasillo y confió en que estuvieran cerrando la caja.

A la señora mayor le complació ver que Andras se había terminado sus emparedados. Le dedicó su sonrisa teñida de aflicción.

—Así pues, será su primera vez en París.

—Sí —confirmó Andras—. Mi primera vez fuera del país.

—No permita que mi nieto le ofenda —dijo la mujer—. Es un buen chico cuando se le conoce.

—József es todo un caballero —afirmó la señora joven al tiempo que se ahuecaba la raíz de sus rizos apretados.

—Son muy amables al enviarle un telegrama —dijo Andras.

—No es nada —repuso la señora mayor. Anotó la dirección de József en otra tarjeta y se la dio a Andras. Poco después un hombre con librea de mayordomo entró en el salón con una enorme caja de madera en las manos.

—Gracias, Simon —dijo la señora joven—. Déjela aquí.

El hombre la depositó sobre la alfombra y se retiró. Andras miró el reloj dorado de la repisa de la chimenea.

—Gracias por los emparedados —dijo—. Debo marcharme.

—Espere un momento, por favor —dijo la señora mayor—. Querría pedirle que se llevara otra cosa. —Fue al escritorio y sacó la carta lacrada de debajo del pisapapeles.

—Disculpe, señor Lévi —dijo la joven. Se levantó, cruzó la habitación hacia su suegra y le puso una mano en el brazo—. Ya hemos hablado de esto.

—Entonces no me repetiré —repuso la señora mayor bajando la voz—. Haz el favor de apartar la mano, Elza.

La más joven negó con la cabeza.

—György estaría de acuerdo conmigo. No es prudente.

—Mi hijo es un buen hombre, pero no siempre sabe lo que es prudente y lo que no lo es —afirmó la señora mayor. Apartó suavemente el brazo de la mano de la mujer joven, volvió al sofá de color salmón y entregó el sobre a Andras. Tenía escritos un nombre, C. MORGENSTERN, y una dirección de París.

—Es un mensaje para un amigo de la familia —explicó la señora mayor con la mirada clavada en Andras—. Tal vez le pareceré excesivamente cauta, pero para ciertos asuntos no me fío del servicio de correos húngaro. Las cosas pueden perderse o caer en malas manos. —Mantuvo la mirada fija en Andras mientras hablaba, como si le estuviera pidiendo que no le preguntara a qué se refería ni qué asuntos podían ser tan delicados para exigir tal grado de cautela—. Si es tan amable, le agradecería que no lo comentara con nadie. Especialmente con mi nieto. Cuando llegue a París, compre un sello y échela en un buzón. Me hará un inmenso favor.

Andras se guardó el sobre en el bolsillo interior de la chaqueta.

—Nada más fácil —dijo.

La nuera seguía rígida junto al escritorio, con las mejillas encendidas bajo la capa de polvos. Todavía tenía una mano sobre la pila de libros, como si pudiera hacer que la carta regresara y se posara de nuevo allí. Pero no había nada que hacer, en opinión de Andras; la señora mayor había ganado y la joven debía comportarse ahora como si no hubiera ocurrido nada fuera de lo normal. La mujer recompuso su expresión y se alisó la falda gris antes de volver al sofá donde estaba sentado Andras.

—Bueno —dijo cruzando las manos—. Parece que hemos resuelto el asunto. Espero que mi hijo le ayude en París.

—Sí, gracias por todo —dijo Andras—. ¿Es esta la caja que quiere que me lleve?

—En efecto —contestó la señora joven señalándola con un gesto.

La caja de madera era lo bastante grande para contener un par de cestas de picnic. Cuando Andras la levantó, sintió un fuerte tirón en los intestinos.

Dio unos pasos vacilantes hacia la puerta.

—Dios santo —exclamó la señora joven—. ¿Podrá con ella?

Andras asintió con la cabeza.

—Oh, no. Se va a deslomar. —Pulsó un timbre de la pared y Simon apareció poco después. Cogió la caja de manos de Andras y se dirigió hacia la puerta de la casa. Andras lo siguió, y la señora mayor lo acompañó hasta el camino de entrada, donde esperaba un largo coche gris. Por lo visto las señoras querían que regresara a casa en él. Era de fabricación inglesa, un Bentley. Andras esperaba que Tibor estuviera en casa para verlo.

La señora mayor le puso una mano en el brazo.

—Gracias por todo —dijo.

—No se merecen —repuso Andras, y se despidió con una inclinación.

La mujer le apretó el brazo y entró en casa; la puerta se cerró silenciosamente tras ella. Mientras el coche se alejaba, Andras se volvió para mirar el edificio. Observó las ventanas, sin saber muy bien qué esperaba. No vio movimiento alguno; ni cortinas que se apartaban ni el atisbo fugaz de una cara. Se imaginó a la señora joven regresando al salón con su muda frustración, y a la mayor retirándose más adentro tras aquella fachada de color mantequilla, entrando en una habitación cuyo excesivo mobiliario parecía sofocarla, una habitación cuyas ventanas no ofrecían una vista consoladora. Se volvió, apoyó un brazo sobre la caja destinada a József y dio su dirección de Hársfa utca por última vez.

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