El Puente Invisible
Salidas y llegadas
TERCERA PARTE
Salidas y llegadas
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21
Una cena
Aprincipios de diciembre madame Gérard ofreció una fiesta para celebrar su cumpleaños. Klara recibió una invitación en una tarjeta gruesa de color crema impresa con tinta dorada; Andras estaba invitado como acompañante.
La noche de la fiesta se puso una camisa blanca inmaculada y una corbata de seda azul, humedeció y cepilló su mejor traje y sacó brillo a los zapatos que Tibor le había llevado el año anterior de Budapest. Se dijo que no había nada extraordinario en que Marcelle lo hubiera invitado. De todos modos, sería la primera vez que la veía desde que la actriz había abandonado el Théâtre Sarah-Bernhardt, y la primera vez que él aparecería en público como futuro marido de Klara, entre personas que podían considerarlo inferior. Lo que le asustaba no era lo que los amigos de Klara pensaran de él, sino lo que pensara ella al verlo por primera vez entre las personas de su círculo. Al lado de aquellos coreógrafos, bailarines y compositores que a veces le regalaban su música, ¿qué parecería él, sino un novato, un aspirante, un quizá-algún-día-pero-todavía-no? Se preguntó si sería eso lo que Marcelle pretendía. Sin embargo, Klara lo distrajo de sus preocupaciones. Cuando llegó a la rue de Sévigné aquella noche, estaba alegre y cariñosa. Caminaron por los fríos bulevares hacia el nuevo piso de Marcelle en el distrito once, por calles que olían a leña y al frío que se avecinaba. Costaba creer que estuvieran a principios de diciembre, que hubiera transcurrido un año desde que se habían conocido. Pronto los estanques de patinaje del Bois de Vincennes y el Bois de Boulogne estarían helados otra vez.
En casa de madame Gérard los recibió una muchacha con un delantal blanco almidonado que cogió sus abrigos y los acompañó a un salón con suelo de madera. El edificio pertenecía a la belle époque, pero madame Gérard había decorado el piso en estilo moderno: en el salón había sofás bajos de piel negra, máscaras africanas y jarrones de malaquita veteada en estantes de cristal. De las ventanas colgaban cortinas verdes y delante de los sofás había dos mesas de acero que semejaban galgos de patas esbeltas. Sobre estas descansaban sendas obras de Brancusi, dos
tensas llamas de mármol negro. Todo aquello era el fruto de sus recientes éxitos; había conquistado París con todos los papeles que había interpretado desde La madre, y acababa de recibir críticas entusiastas por su Antígona en el Théâtre des Ambassadeurs, donde Andras y Forestier habían instalado un elaborado decorado surrealista. Madame Gérard, ataviada con un vestido de noche de seda verde claro, cruzó la sala para dar la bienvenida a Andras y a Klara. Los besó y, después de intercambiar saludos, condujo a Andras hacia una consola negra lacada donde se servían las bebidas.
—Mira qué guapo estás —comentó, y le tocó la solapa—. Todo un caballero. Te sienta bien el traje. Voy a tener un ataque de celos esta noche.
—Ha sido muy amable al invitarme —dijo Andras. Notó la calma forzada de su voz y creyó ver un asomo de sonrisa en la comisura de los labios de madame Gérard.
—Y tú eres muy amable al celebrar conmigo mi cumpleaños —repuso ella.
Y a continuación, con toda intención, añadió—: Creo que disfrutarás de la compañía. Nuestro amigo monsieur Novak está aquí con su esposa.
¿Sabías que tienen previsto regresar a Hungría? —Señaló con la cabeza un rincón de la sala, donde Novak y su esposa conversaban con un hombre de cabello plateado con un pañuelo al cuello—. Debo decir que ha mostrado cierta sorpresa al enterarse de que vendríais tú y Klara. Supongo que sabes todo…
—Sí, lo sé todo —la interrumpió Andras—, aunque imagino que usted habría preferido que no estuviera al corriente para poder explicármelo personalmente.
—Siempre he procurado tu bienestar —afirmó madame Gérard—. Te advertí que no te liaras con Klara. Debo decir que me quedé atónita al enterarme de que lo vuestro iba tan en serio. Estaba segura de que Klara te consideraba una especie de divertimiento.
Andras notó que se acaloraba.
—¿Y esta es la idea de diversión que tiene usted? —preguntó—. ¿Invitar a gente a su casa para después insultarla?
—Baja la voz, cariño —dijo madame Gérard—. Me consideras demasiado inteligente. ¿Cómo es posible estar al día de las intrigas románticas de todo el mundo? Si solo hubiera invitado a los amigos cuyas relaciones no fueran complicadas, ¡no habría podido invitar a nadie!
—La conozco —dijo Andras—. No creo que haga nada por casualidad.
—Vaya, veo que me tienes muy idealizada —repuso la actriz francamente complacida—. Eres un encanto.
—¿Y cuándo se marcha a Hungría monsieur Novak? —preguntó Andras.
Madame Gérard soltó una risotada grave y disonante.
—En enero —respondió—. Supongo que no te entristecerá su marcha, pero no estoy segura de cómo se lo tomará Klara. Eran muy íntimos, tú ya me entiendes. —Le tendió un vaso de whisky con hielo y se volvió para mirar a Klara, que se había sentado junto a Novak en un sofá—. Por cierto, no debes preocuparte por lo que diga la gente de vosotros dos, por vuestro compromiso, me refiero. Todos adoran las excentricidades de Klara. Hasta a mí me parece estupenda la situación. ¡Es como un cuento de hadas! Solo hay que verte. Klara ha convertido una rana en un prín cipe.
—Si ha terminado —dijo Andras—, le llevaré una copa a Klara.
—Sí, será mejor que vayas —aconsejó madame Gérard—. Si no, Novak se sentirá obligado a ir a buscarle una.
Dirigió de nuevo la mirada hacia el sofá negro, donde Novak explicaba algo a Klara con tono apremiante. Esta negaba con la cabeza con una sonrisa triste. Novak pareció insistir, y Klara bajó la vista.
Andras cogió una copa de vino y se abrió paso entre un grupo de invitados con traje de noche; pasó junto a Edith, la esposa de Novak, una mujer alta y morena con un vestido largo de terciopelo, que olía a perfume de jazmín. La
última vez que la había visto, hacía casi un año en el Sarah-Bernhardt, ella le había pedido que aguantara su bolso para buscar un pañuelo en los bolsillos. No le había prestado más atención que si hubiera sido un colgador de la pared. Ahora estaba muy erguida mientras otra mujer le cuchicheaba algo al oído; era evidente que le estaba describiendo la evolución del tête-à-tête de Novak y Klara. Cuando Andras llegó al sofá, monsieur Novak se puso en pie y le tendió una mano rojiza y húmeda. Tenía los ojos enrojecidos y su respiración era trabajosa. Tras las palabras de saludo, fue incapaz de sacar un tema de conversación.
—Tengo entendido que vuelve a Budapest —dijo Andras.
Novak sonrió haciendo un esfuerzo visible.
—Sí, en efecto. ¿Con quién voy a compartir el almuerzo esta vez? Madame Novak prefiere el vagón restaurante.
—Seguro que le alegrará la vida a algún joven tonto que vaya de París a Budapest.
—Tonto sin duda, si es joven y se va a Budapest.
—Budapest es una ciudad estupenda para un joven —afirmó Andras.
—Entonces tal vez deberías haberte quedado allí —repuso Novak, inclinándose demasiado hacia Andras.
Este se dio cuenta enseguida de que estaba borracho. Klara también se había percatado, por supuesto; se levantó y puso una mano en el brazo de Novak. En el pecho de Andras se encendió una chispa de resentimiento. Si Novak quería ponerse en evidencia, Klara no debería sentirse obligada a protegerlo. Sin embargo, ella le lanzó una mirada para pedirle paciencia y Andras se calmó. Por otro lado, no podía criticar a Novak. Al fin y al cabo, hacía solo tres meses él mismo se había emborrachado en el piso de József Hász.
—Monsieur Novak me estaba hablando de su nuevo empleo en la Ópera Nacional de Hungría —comentó Klara.
—Ah, sí. Son afortunados de tenerle —dijo Andras.
—Bueno, París no me echará de menos —comentó Novak con segunda intención mirando a Klara—. Es evidente.
Madame Gérard, que había cruzado la sala para unirse al grupo, tomó las manos de Novak.
—Todos te echaremos muchísimo de menos —aseguró—. Es una gran pérdida para todos. Una gran pérdida para mí. ¿Qué voy a hacer sin ti?
¿Quién presidirá mis cenas?
—Tú presidirás tus cenas, como siempre —contestó Novak.
—No «como siempre» —repuso ella—. Antes era demasiado tímida.
Tú solías conducir las conversaciones por mí. Pero quizá ya no te acuerdes.
Quizá ya no te acuerdes de que tuviste que emborracharme con vino en tu despacho para convencerme de que sustituyera a madame Villareal-Bloch.
—Ah, sí, pobre Claudine —dijo Novak levantando la voz—. Era magnífica y lo echó todo por la borda por aquel muchacho. Aquel agregado de prensa de Brasil. Se marchó con él a São Paulo y él la dejó por una fulana joven.
—Lanzó una mirada furiosa a Andras—. Y ella estaba convencida de que la quería. Pero el tipo la engañó. —Vació la copa de un trago, se acercó a la ventana y se quedó mirando la calle.
El silencio de Novak se contagió al resto de los invitados; las conversaciones empezaron a decaer de grupito en grupito. Era como si todos hubieran estado observando el intercambio de palabras entre Andras, Klara y Novak; era casi como si les hubieran avisado previamente de la situación para que prestaran especial atención. Al final una mujer mayor con un vestido de noche negro de Mainbocher se aclaró la garganta delicadamente y, tras infundirse ánimos con un sorbo de ginebra, anunció que acababa de enterarse de que los cuarenta mil ferroviarios despedidos por monsieur Reynaud iban a organizar una protesta, y que lo único positivo de eso era que retrasaría la partida de monsieur y madame Novak.
—Ah, sería terrible —dijo madame Novak—. Mi madre quiere ofrecernos una fiesta de bienvenida y ya ha mandado las invitaciones.
Madame Gérard rió.
—Nadie podrá acusarte nunca de populista, Edith —apuntó, y enseguida se reanudaron las conversaciones.
En la cena, Andras estaba sentado entre madame Novak y la mujer mayor del vestido de Mainbocher. El perfume de jazmín de la mujer era tan penetrante que impregnaba todos los platos que le servían; tomó sopa de tortuga al jazmín, sorbete de jazmín, faisán al jazmín. Klara estaba sentada junto a Novak más allá, a la derecha de Andras, de modo que le resultaba imposible verle la cara. Al principio la conversación giró en torno a madame Gérard: su profesión, el piso nuevo y su inalterable belleza. Marcelle escuchó con modestia mal fingida y una sonrisa de satisfacción en los labios. Cuando se cansó de oír alabanzas, cambió de tema y pasó a hablar de Budapest, su encanto y sus problemas, y cómo todo había cambiado con respecto a los tiempos en que los húngaros sentados a la mesa eran jóvenes y vivían en la ciudad. Comenzaba todas las frases con las palabras «Cuando teníamos la edad de monsieur Lévi». El capitán no sé qué, sentado frente a Andras, declaró que Europa no tardaría en entrar en guerra, que Hungría tendría que participar en la contienda y que Budapest sufriría profundos cambios antes de que finalizara aquella década. Madame Novak manifestó la esperanza de que al menos el parque donde jugaba de niña no cambiara; deseaba que su hijo también jugara allí.
—¿Verdad que sí? —preguntó a su marido, sentado enfrente—. Pediré a la niñera de János que lo lleve allí en cuanto lleguemos a la ciudad.
—¿Adónde, cariño?
—Al parque de Pozsonyi út, a orillas del río.
—Por supuesto —dijo Novak distraídamente, y se volvió de nuevo hacia Klara.
La cena concluyó con quesos y oporto, y los invitados se retiraron a una sala de paredes beige que tenía sofás de terciopelo y un fonógrafo Victrola.
Madame Gérard propuso que bailaran. Apartaron los sofás, pusieron un disco en el Victrola y los invitados comenzaron a moverse al ritmo de la canción americana «They Can’t Take That Away From Me». Monsieur Novak cogió a Klara por la cintura y la llevó al centro de la habitación. Bailaron torpemente, Klara con las manos sobre los brazos de Novak, que intentaba apoyar la cabeza en su hombro. Madame Novak, feliz en su ignorancia, bailaba con pasos espasmódicos con el capitán Von no sé qué, y Andras se encontró emparejado con la mujer mayor del vestido negro. The way you wear your hat, le cantaba ella al oído. The way you sip your tea. The memory of all that, no, they can’t take that away from me.
—¡Habla de un amor perdido! —explicó la mujer cuando Andras le indicó que apenas sabía inglés. Parecía creer que debía gritarle al oído para hacerse oír por encima de la música y las conversaciones—. El hombre ya no está con la mujer, pero ¡no la olvidará nunca! ¡Ella aparece en todos sus sueños!
¡Le ha cambiado la vida!
A todos les encantaba la canción. Madame Gérard aseguró que era su favorita. La pusieron cuatro veces antes de que se cansaran de oírla. Andras bailó con madame Gérard, y con Edith Novak, y con la mujer mayor otra vez; pero Zoltán Novak no soltó a Klara. Pronto se marcharía de París para siempre; nada podría impedirlo: ni una huelga de trenes, ni la amenaza de guerra ni la fuerza del amor. Klara intentó zafarse de sus brazos, pero cada vez que se apartaba él protestaba tan ruidosamente que tenía que quedarse para evitar una escena. Por fin, demasiado borracho para tenerse en pie, Novak se dejó caer en un sofá y se secó la frente con un gran pañuelo blanco. Madame Gérard quitó el disco del fonógrafo y anunció que a continuación se serviría el pastel de cumpleaños. Klara indicó con una seña a Andras que saliera al pasillo.
—Vámonos —cuchicheó—. No deberíamos haber venido. Tendría que haber imaginado que Marcelle montaría algún espectáculo.
Andras estaba deseando marcharse. Recogieron los abrigos en el dormitorio rojo y se encaminaron a hurtadillas hacia el recibidor. Pero Novak había reparado en la ausencia de Klara y oyó bajar el ascensor, o quizá
simplemente no soportaba el calor que hacía en el salón. Cuando salieron a la calle, estaba en el balcón; llamó a Klara mientras esta y Andras caminaban cogidos del brazo. Andras, lejos de sentirse victorioso, se compadeció de él. Pensó que bien podría haber sido él quien se despidiera de Klara para siempre, quien se marchara a Hungría sin ella, y lo que sintió fue tan fuerte que tuvo que sentarse en un banco y apoyar la cabeza sobre las rodillas. Sentirla cerca, notar su mano enguantada en el hombro, lo hizo revivir. Permanecieron largo tiempo sentados en el frío banco, sin pronunciar una sola palabra.
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