El Puente Invisible

Julie Orringer · Capítulo 39 de 43

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El Puente Invisible

Despedida

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Despedida

Esta vez Andras, József y Tibor estarían juntos. Polaner estaba exento, gracias a los documentos de identidad y el certificado médico falsos. Los batallones de trabajo se habían reorganizado, añadiendo trescientas sesenta y cinco compañías nuevas. Dado que Andras, József y Tibor vivían en el mismo distrito, los tres habían sido destinados a la 55/10. La despedida fue como un funeral en el que se ofrecía a los difuntos —los tres jóvenes—

todos los objetos que pudieran llevar al otro mundo. Toda la comida con que pudieran cargar. Ropa de abrigo. Mantas de lana. Píldoras de vitaminas y rollos de vendas. Y en el petate de Tibor, fármacos sustraídos del hospital en el que había trabajado. Ante la posibilidad de que los reclutaran, no había tenido escrúpulos en coger frasquitos de antibiótico y morfina, paquetes de material de sutura, agujas, tijeras y pinzas estériles: un botiquín que confiaba en no tener que usar.

Klara no los acompañó a la estación. Andras se había despedido de ella en casa por la mañana, en su dormitorio de Nefelejcs utca. Las primeras nueve semanas de su embarazo habían transcurrido sin novedad, pero la décima sufrió unas náuseas violentas que empezaban a las tres de la madrugada y duraban casi hasta el mediodía. Aquella noche había vomitado varias veces y Andras había estado a su lado mientras se inclinaba sobre la taza del váter, presa de fuertes arcadas, con la cara bañada en lágrimas. Ella le suplicó que se acostara, que durmiera un poco, ya que le aguardaba un duro viaje, pero él no quiso. A las seis de la madrugada Klara se hundió. Temblando de agotamiento, lloró y lloró hasta que se quedó ronca. Era intolerable, susurró, era imposible que Andras pudiera estar con ella un día, ileso y a salvo, y al siguiente se lo llevaran al infierno del que había regresado en primavera. Se lo daban y se lo quitaban. Se lo daban y se lo quitaban.

Cuando ya le habían quitado tanto de lo que amaba. Andras no recordaba ningún momento en que Klara hubiera manifestado tan claramente su miedo, su sensación de desconsuelo. Incluso en sus peores momentos en París se había contenido; siempre le había ocultado algo, y desde su boda las circunstancias habían impuesto la necesidad de reprimirse. Pero ahora,

vulnerable por el embarazo, con Andras a punto de marcharse y Hungría en manos de los nazis, había perdido las fuerzas para defender su reserva.

Lloró y lloró, inconsolable, sin importarle que la oyeran; mientras Andras la mecía en sus brazos, tuvo la sensación de que lo lloraba a él, como si ya hubiera muerto y fuera testigo de su aflicción. Sentados ambos en el suelo del baño, le acarició los cabellos húmedos y pronunció su nombre una y otra vez, con la extraña sensación de que por fin estaban casados, como si lo que había existido antes entre ellos solo los hubiera preparado para esta unión más profunda y dolorosa. Le besó la sien, la mejilla, el borde húmedo de la oreja. Y después él también lloró al pensar que tendría que enfrentarse sola a lo que pudiera venir.

Al amanecer, antes de vestirse, la llevó a la cama y se tumbó a su lado.

—No iré —dijo—. Tendrán que apartarme de ti a rastras.

—No me pasará nada —intentó decir ella—. Mi madre estará conmigo. E

Ilana y Elza. Y Polaner.

—Dile a mi hijo que su padre le quiere —pidió Andras—. Díselo todas las noches. —Cogió de la mesilla el reloj de bolsillo de su padre y lo puso en la palma de la mano de Klara—. Quiero que lo tenga él, cuando llegue el momento.

—No. No hagas eso. Ya se lo darás tú mismo.

Klara se lo puso en la mano. Ya era de día y Andras tenía que marcharse.

De nuevo los vagones. De nuevo la oscuridad y la presión de los hombres. József a su lado, siempre presente, y Tibor, su hermano, con su olor tan conocido como la cama donde dormían juntos de niños. Esta vez se dirigían a Debrecen, como si se adentraran en el pasado. Andras sabía exactamente qué había fuera: las colinas que daban paso a las llanuras, los campos, las granjas. Pero ahora los campos, si estaban cultivados, era porque los labraban las compañías de trabajos forzados, ya que los campesinos y sus hijos estaban todos en la guerra. Los pacientes caballos se asustaban al oír la voz desconocida de quienes tiraban de ellos. Los perros

ladraban a los forasteros, sin llegar a acostumbrarse a su olor. Las mujeres observaban a los trabajadores con desconfianza y no dejaban salir de casa a sus hijas. Maglód, Tápiogyörgy, Ujszász, pueblos de una sola calle cuyas estaciones de ferrocarril todavía tenían jardineras con geranios en las ventanas: los habían despojado de sus hombres cristianos en edad militar y de sus hombres judíos en edad de cumplir el servicio de trabajo, y pronto los despojarían del resto de sus habitantes judíos. Ya habían comenzado las concentraciones y las deportaciones…, las deportaciones, a pesar de que Horthy había jurado que nunca se deportaría a nadie. Döme Sztójay era ahora el primer ministro, y hacía lo que le decían los alemanes. Concentrar a los judíos de las ciudades pequeñas en guetos de las grandes ciudades.

Contarlos. Elaborar listas. Decirles que se les necesitaba para un gran proyecto de trabajo en el este; prometerles un reasentamiento, una vida mejor en otro lugar. Indicarles que solo llevaran consigo una maleta.

Transportarlos a la estación y subirlos a un tren. Los trenes salían a diario hacia el oeste, regresaban vacíos y se volvían a llenar. Un terror imposible de expresar se apoderó de los que aún quedaban y esperaban. Los pocos que, como Polaner, ya habían estado en campos alemanes y vivían para contarlo sabían que no habría reasentamiento. Sabían cuál era el propósito de esos campos; conocían el resultado del gran proyecto de trabajo.

Contaban sus historias y nadie les creía.

Para Andras, Tibor y József el viaje de cuatro horas hasta Debrecen duró tres días. El tren paró en los apeaderos de los pueblecitos; en algunos oían cómo se enganchaban más vagones, cómo se alimentaba la máquina de la guerra con más reclutas. Ni comida ni agua, salvo la que llevaban consigo.

Ningún sitio donde orinar aparte de la lata en un rincón del vagón. Mucho antes de que se detuvieran en la estación de Debrecen, Andras reconoció el cambio de agujas que señalaba su proximidad. En la penumbra, Tibor y Andras se miraron a los ojos. Andras sabía que su hermano estaba pensando en sus padres, quienes ya habían soportado muchas partidas, que ya habían perdido un hijo y cuyos otros dos vástagos se marchaban de nuevo al frente.

Dos semanas antes Béla y Flóra habían sido encerrados en un gueto que casualmente incluía su edificio de Simonffy utca. No habían tenido tiempo ni la oportunidad de decirse adiós. Ahora Andras y Tibor estaban en la estación de Debrecen, y habrían tardado menos de quince minutos en llegar

al gueto si hubiera habido algún modo de bajar de aquel tren, alguna manera de caminar por la ciudad sin que les descerrajaran un tiro.

El vagón permaneció en las vías de Debrecen toda la noche. Estaba demasiado oscuro para que Andras pudiera mirar el reloj de su padre; no había forma de determinar qué hora era, cuánto faltaba para el amanecer. No podían saber si se marcharían aquel día o los dejarían en aquella oscuridad pestilente mientras enganchaban más vagones al tren, mientras cargaban más hombres a bordo. Se sentaban en el suelo por turnos, dormitaban y se despertaban. De pronto, en la hora más silenciosa de la noche, oyeron pasos sobre la grava —no las pisadas fuertes de los guardias, sino pasos más tímidos—, seguidos de unos golpecitos suaves en el costado del furgón.

—¿Fredi Paszternak?

—¿Geza Mohr?

—¿Semyon Kovács?

Nadie respondió. Estaban todos despiertos, todos paralizados de miedo. Si los guardias descubrían a aquellos rastreadores, los matarían. Todos conocían las consecuencias.

Al cabo de unos minutos se oyeron más pasos. Se acercaban más rastreadores. ¿Rubin Gold? ¿György Törönyi? Nombres y más nombres; se oyeron susurros nerviosos en un vagón cercano, donde alguien había encontrado al hombre al que había ido a buscar. Y en la siguiente ola de rastreadores: ¿Andras Lévi? ¿Tibor Lévi?

Andras y Tibor corrieron hacia el costado del vagón y llamaron a sus padres en voz baja: anyu, apu. Los diminutivos que no utilizaban desde la infancia.

Andras y Tibor volvían a ser niños en un momento de necesidad por obra de la inconcebible cercanía y la imposibilidad de tocar a su madre, Flóra, y a su padre, Béla. Los hombres del vagón se apartaron para hacerles sitio, para proporcionarles un poco de intimidad en aquel espacio atestado.

—¡Andi! ¡Tibi! —La voz de su madre, desesperada de dolor y alivio.

—¿Cómo habéis podido venir? —preguntó Tibor.

—Tu padre ha sobornado a un policía —respondió su madre—. Hemos venido con escolta oficial.

—¿Estáis bien, hijos? —La voz de su padre otra vez, formulando una pregunta cuya respuesta ya conocía y a la que Andras y Tibor solo podían responder con una mentira—. ¿Sabéis adónde os envían?

No tenían la menor idea.

Había poco tiempo para hablar. Poco tiempo para hacer lo que Béla y Flóra habían ido a hacer. En los barrotes de la única ventana alta apareció un paquete unido a un gancho metálico sujeto al bramante marrón con que estaba atado. El paquete era demasiado grande para pasar entre los barrotes, de modo que hubo que bajarlo y dividir su contenido. Dos jerséis de lana.

Dos bufandas. Dos paquetes de comida bien envuelta. Un paquete de dinero: dos mil pengos. ¿Cómo habían logrado ahorrar tal cantidad? ¿Cómo habían conseguido esconderla? Y dos pares de botas resistentes que hubo que dejar, porque no había forma de introducirlas entre los barrotes.

Después, otra vez la voz de su padre, que recitaba la oración para los viajes.

Flóra y Béla caminaron presurosos por las calles a oscuras en dirección a casa, cada uno con un par de botas resistentes en la mano. Detrás de ellos, con una mano sobre sus hombros como si estuvieran arrestados, iba el policía sobornado, un antiguo miembro del club de ajedrez de Béla, que había organizado su salida por un sótano que unía un edificio del gueto con otro del exterior. Otros habían salido de la misma manera y habían vuelto sanos y salvos, pero algunos no regresaron y nunca más se supo de ellos.

Estaban totalmente a merced de ese policía con quien Béla había compartido algunas partidas de ajedrez, algunas cervezas, pero ya no temían lo que pudiera pasarles, no temían que los entregara a un miembro menos comprensivo de la policía de Debrecen; habían dado a sus hijos la comida, los jerséis, el dinero, habían cruzado unas palabras con ellos, los habían bendecido, y lo demás no importaba. Habría sido una lástima que los hubieran descubierto con el paquete encima, pero habían tenido suerte; las calles estaban prácticamente vacías cuando salieron del gueto. Las fuentes

de información de Béla, un capataz de la estación de ferrocarril conocido de toda la vida y el camarero llamado Rudolf, habían demostrado ser dignos de confianza. El tren estaba allí, como les habían indicado, y los guardias estaban disfrutando de las cervezas que Rudolf les había llevado. Rudolf recordaba a Andras de haberlo visto en la cervecería la noche en que discutió con su padre porque este desaprobaba que hubiera elegido como esposa a Klara. Qué lujo había sido, pensaba Béla el Afortunado, tener tiempo y ganas de discutir. Había admirado la defensa que su hijo había hecho de Klara. En efecto, tenía razón: Klara había sido una buena esposa para él, tan buena, al parecer, como Flóra lo había sido para Béla.

Afortunado. Sí, era afortunado incluso ahora. Flóra estaba a su lado, con la mano del policía en el hombro: su mujer, la madre de sus hijos, dispuesta a arriesgar la vida en plena noche, a pesar de sus protestas; reacia a dejarlo marchar solo.

El policía los dejó en el patio que conducía al sótano. Con una cortesía anticuada e incongruente, sostuvo la puerta para que entraran en aquel túnel de vuelta a su vida de encierro. Poco después estaban en su edificio, subiendo por la escalera hacia su piso, donde se desnudaron en la oscuridad sin decir palabra. Disponían de pocas horas para dormir antes de que se levantaran a la hora habitual para realizar las escasas tareas diarias que les estaban permitidas. Una vez en la cama, Flóra se tapó con el edredón hasta la barbilla y suspiró. No había nada más que pudieran decirse, nada más que pudieran hacer. Sus hijos, sus niños. Los tres pequeños, como siempre los habían llamado. Los tres a la deriva por el continente, como barcos de madera. Flóra se dio la vuelta y apoyó la cabeza sobre el pecho de Béla, y él le acarició los cabellos canosos.

Compartían esa cama un mes más, mientras los judíos de la región de Hajdú eran concentrados en Debrecen. Una mañana de finales de junio, cuando en la enredadera de la galería las capuchinas abrían sus pétalos y las cabras blancas balaban en el patio, bajaron por la escalera, cada uno con una maleta. Caminaron junto con sus vecinos hasta las puertas del gueto y recorrieron las calles hacia el oeste de la ciudad, donde los obligaron a subir a un tren casi idéntico al que había llevado a sus hijos a un lugar cuyo nombre nadie conocía. El tren, que se dirigiría al oeste, pasaría por estaciones con jardineras llenas de geranios en las ventanas y cruzaría

Budapest. Entonces se desviaría hacia el norte, y seguiría avanzando hacia el norte, hasta que las puertas de los vagones se abrieran en Auschwitz.

El tren que llevaba a Andras, Tibor y József se dirigió al este hasta la frontera del país. Allí, en una localidad de la Rutenia carpática cuyo nombre cambiaría dos veces al formar parte de nuevo de Checoslovaquia y después de la Unión Soviética, unos guardias armados los condujeron a un campamento situado a tres kilómetros del río Tisza. Su tarea consistiría en cargar madera en barcazas a fin de que fuera transportada hasta Austria a través de Hungría. Los mandaron a un barracón sin ventanas con cinco hileras de literas de tres pisos; fuera, a lo largo del barracón, había una hilera de lavabos donde podían asearse. Aquella noche, durante la cena, tomaron un café que no era café, comieron una sopa que no era sopa y recibieron un pedazo de pan arenoso, que Tibor les hizo guardar para el día siguiente. Era el 5 de junio, una noche tibia que olía a lluvia y a hierba nueva. Los combates todavía no habían llegado a aquella frontera. Les permitieron sentarse fuera después de la cena; un hombre que había llevado consigo un violín tocó melodías gitanas mientras otro cantaba.

Andras ignoraba —ninguno de sus compañeros lo sabría hasta al cabo de muchos meses— que aquella misma noche una flota de barcos aliados alcanzaría la costa de Normandía y miles de soldados tratarían de ganar la orilla bajo una lluvia de disparos. Aunque lo hubieran sabido, no habrían osado esperar que la invasión aliada de Francia pudiera librar a una compañía de trabajo húngara de los terrores de la ocupación alemana, o impedir que bombardearan su recodo del Tisza mientras cargaban las barcazas. Aunque hubieran estado al corriente de la invasión, sabrían que era imposible intentar determinar unas circunstancias a partir de otras, trazar líneas claras de causalidad entre una playa de Vierville-sur-Mer y un campo de trabajos forzados en la Rutenia carpática. Conocían su situación; sabían que podían estar agradecidos. Cuando Andras se tumbó aquella noche en su litera de madera, con Tibor arriba y József abajo, solo pensó que para bien y para mal estaban vivos.

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