El Puente Invisible
Club Deportivo Saint-Germain
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Club Deportivo Saint-Germain
En primavera los estudiantes de la École Spéciale competían por el Prix du Amphithéâtre, cuyo ganador recibía una medalla de oro valorada en cien francos, la admiración de los demás alumnos y cierto prestigio para el currículum vitae. La hermosa Lucia había conseguido el premio del año anterior con su diseño de un edificio de apartamentos de hormigón armado.
Ese año los alumnos tendrían que concebir un gimnasio urbano para deportes olímpicos: natación, salto de trampolín, gimnasia, levantamiento de pesas, atletismo, esgrima. A Andras la idea de diseñar un gimnasio cuando Europa estaba al borde de una guerra le parecía absurda. En Francia no cesaban de entrar refugiados de la España desmembrada; el Marais se había inundado de personas que solicitaban asilo. Cientos de miles más habían sido detenidos en la frontera y enviados a campos de internamiento en las estribaciones de los Pirineos. Todos los días llegaban malas noticias, y las peores siempre eran las procedentes de Checoslovaquia. Hitler había adiestrado al ministro de Asuntos Exteriores checo para que la nación abordara de un modo más enérgico el problema judío; una semana después, el gobierno checo expulsó a hombres y mujeres judíos de las cátedras universitarias, del funcionariado y de la sanidad pública. En Hungría, y siguiendo su ejemplo, Horthy exigió un nuevo gabinete que apoyara una alianza más estrecha con los gobiernos del Eje. Los columnistas de los periódicos conjeturaban que el Parlamento húngaro no tardaría en aprobar leyes contra los judíos.
Ante estas noticias, ¿cómo podía Andras diseñar una piscina, un vestuario o un espacio para practicar esgrima? Aquella noche se sentó en el estudio con una carta abierta sobre la mesa y los útiles de dibujo todavía en el estuche.
La carta era de su hermano Mátyás y había llegado aquel mismo día.
12 de febrero de 1939
Budapest
Andráska:
Anya y apa acaban de contarme la magnífica noticia. Mazel tov! Debo conocer a la futura madame Lévi cuanto antes. Como parece que te quedarás en Francia en un futuro próximo, tendré que ir a verte. Ya estoy ahorrando. Supongo que sabrás por nuestros padres que he dejado el instituto.
Estoy viviendo en Budapest y trabajo como escaparatista. ¡Es un buen trabajo! Gano 20 pengos a la semana. Mi mejor cliente es la tienda de ropa de caballero de Molnár utca. Me enteré por un amigo de que su escaparatista se había marchado, así que al día siguiente fui a ofrecer mis servicios.
Me pidieron que arreglara el escaparate como prueba. Elegí el tema de la caza: dos trajes de montar, una capa, cuatro corbatas, una manta de caza, una gorra, un cuerno. Lo terminé en una hora, y al cabo de otra hora habían vendido todo lo del escaparate. Hasta el cuerno.
Budapest es maravillosa. Tengo muchos amigos aquí y quizá una novia.
También un fabuloso profesor de baile, un negro norteamericano que se hace llamar Kid Sneeks. Hace un mes lo vi en el Gold Hat con su grupo de claqué, los Five Hot Shots. Después del espectáculo me quedé para conocer a la estrella. Con la ayuda de mi novia, que habla un poco de inglés, le dije que era bailarín y le pedí que me tomara como alumno. Me dijo que quería ver qué sabía hacer. Se lo enseñé. Allí mismo me puso el apodo inglés de Lightning, o sea rayo, y aceptó darme clases mientras estuviera en Budapest. ¡Y su espectáculo tiene tanto éxito que se van a quedar un mes más!
Sé que me regañarás por haber dejado el instituto, pero te aseguro que ahora soy más feliz. No lo soportaba. Los profesores me castigaban por mi mala actitud. Los otros chicos eran idiotas. ¡Y Debrecen! Qué asco de sitio.
Ni pueblo ni ciudad, ni moderno ni pintoresco, ni mi hogar ni un lugar que me gustaría convertir en mi hogar. En Budapest hay un instituto judío mejor. Si puedo, trasladaré mi expediente y terminaré aquí mis estudios.
Después iré a París y me subiré a un escenario. Si te portas bien conmigo, te enseñaré a bailar claqué.
No te preocupes por mí, estoy bien. Me alegro de que tú también lo estés.
No te cases antes de que llegue yo. Quiero besar a la novia el día de la boda.
Con cariño,
MÁTYÁS
Andras leyó y releyó la carta. «Terminaré los estudios. Después iré a París y me subiré a un escenario.» ¿Cómo esperaba Mátyás realizar todos esos proyectos si Europa entraba en guerra? ¿Es que no leía los periódicos? ¿Esperaba que los problemas mundiales se solucionaran gracias al claqué? ¿Qué podía contestarle Andras?
Oyó pasos en el pasillo; alguien se acercaba. Era de noche y no había quedado con nadie. Sin pensarlo, abrió el estuche de los lápices y sacó la navaja afilada. Entonces los pasos adoptaron un ritmo conocido, y vio al profesor Vago apoyado en la jamba de la puerta, con un traje de etiqueta.
—Son las tres de la madrugada —dijo el profesor—. Si querías leer tu correo, ¿no podías hacerlo en casa?
Andras se encogió de hombros y sonrió.
—Aquí se está más calentito —respondió. Arqueó una ceja mirando el traje de Vago—. Un buen esmoquin.
Vago se alisó las solapas.
—Este es el último traje que tengo sin manchas de tinta o carboncillo.
—Así que ha venido a echarse un poco de tinta encima.
—Algo por el estilo.
—¿De dónde viene? ¿De la ópera?
Vago se quitó la rosa del ojal y la miró con expresión reflexiva.
—He ido a bailar con madame Vago, por si te interesa. A ella le gusta.
Pero se cansa antes del amanecer, mientras que a mí me cuesta dormir después de bailar. —Se acercó a la mesa de trabajo y se inclinó para mirar los dibujos de Andras—. ¿Son para el concurso?
—Sí. Polaner los ha empezado. A mí me toca terminarlos.
—Hiciste bien formando equipo con él. Es uno de los mejores.
—Él no hizo tan bien —respuso Andras—. Me eligió a mí.
—¿Me permites? —preguntó Vago. Cogió el cuaderno de Andras y miró los esbozos, deteniéndose en los dibujos de la piscina con techo replegable. Pasó la página para examinar el dibujo de la piscina con el techo abierto, y luego volvió al dibujo de la misma habitación con el techo cubierto.
—El funcionamiento es hidráulico —explicó Andras señalando el armario que ocultaría la maquinaria—. Los paneles son curvos y se superponen en el punto de unión, aquí, para que no entren ni el frío ni el calor.
—Se interrumpió y mordió la punta del lápiz, deseoso de conocer la opinión de Vago. Era un diseño inspirado tanto en los camaleónicos decorados de Forestier como en los elegantes edificios públicos de Lemain.
—Es un buen trabajo —afirmó Vago—. Has aprovechado las enseñanzas de tus mentores. Pero ¿qué haces aquí mirando a las musarañas en plena noche? Si vienes a la facultad a las tres de la madrugada, al menos que sea para trabajar.
—No logro concentrarme —dijo Andras—. Todo se está desmoronando.
Mire.
Sacó un periódico de la cartera y lo deslizó sobre la mesa hacia Vago. En la primera página, una fotografía mostraba a un grupo de estudiantes judíos apretujados ante la verja de una universidad de Praga. Las autoridades
habían anulado sus matrículas de un día para otro y no se les permitía entrar. Vago cogió el periódico y examinó la fotografía; después volvió a dejarlo sobre la mesa.
—Tú todavía estás en la facultad —dijo—. ¿Vas a hacer tu trabajo?
—Es lo que quiero —contestó Andras.
—Pues hazlo.
—Pero creo que debo hacer algo más que dibujar edificios. Quiero ir a Praga y manifestarme en la calle.
Vago cogió un taburete y se sentó. Se quitó el largo fular de seda y lo dobló sobre sus rodillas.
—Que se vayan al diablo esos cabrones de Berlín —dijo—. En París no pueden echar a nadie de la facultad. Eres un artista y tienes que prepararte.
—Pero un gimnasio… —dijo Andras—. En un momento como este.
—En un momento como este, todo es político —afirmó Vago—.
Nuestros compatriotas magiares no permitieron participar a los nadadores judíos en el treinta y seis, a pesar de que sus marcas eran mejores que las de los medallistas. Pero tú estás aquí, eres judío, estudiante de arquitectura, y estás diseñando un club deportivo que podría construirse en un país donde los judíos todavía pueden participar en los Juegos Olímpicos.
—Al menos por ahora.
—¿Por qué «por ahora»?
—No me ha pasado por alto que Daladier trajo aquí a Von Ribbentrop para firmar un pacto de amistad. ¿Y sabe que solo los ministros arios del gabinete estaban invitados al banquete que Bonnet ofreció después? ¿Sabe a quién no invitaron? A Jean Zay, a Georges Mandel. Ambos judíos.
—He oído hablar de esa cena, y sé quién asistió y quién no. No es tan sencillo como lo planteas. Más de uno declinó la invitación como protesta.
—Pero no invitaron a Zay ni a Mandel. Esa es la cuestión. —Abrió el estuche y sacó un lápiz y el sacapuntas—. Con el debido respeto —añadió
—, para usted es fácil hablar de esto en abstracto. Los que están ante la verja de esa universidad no son de los suyos.
—Son personas —repuso Vago—. Eso basta. Ese odio a los judíos disfrazado de nacionalismo es una mancha para la humanidad. Es una enfermedad. He pensado en ello a diario desde que aquellos cobardes fascistas agredieron a Polaner.
—¿Y esta es la conclusión a la que ha llegado? —preguntó Andras—.
¿Que debemos agachar la cabeza y seguir trabajando?
—Polaner lo hizo —contestó Vago—. Tú deberías hacer lo mismo.
18 de marzo de 1939
Konyár
Querido Andras:
Ya te imaginarás cómo nos sentimos tu madre y yo ante el destino de Checoslovaquia. El expolio de los Sudetes ya fue bastante ignominioso, pero ¡ver a Hitler apoderarse de Eslovaquia y después entrar en Praga sin que nadie se lo impidiera! En esas calles pasé mi época de estudiante,
¡y ahora están llenas de soldados nazis! Quizá fui un ingenuo al creer que podía ser de otro modo. Sin Eslovaquia, el país que Gran Bretaña y Francia aceptaron proteger había dejado de existir. Pero cabe pensar que estos continuos ultrajes no pueden seguir indefinidamente. Deben parar, o alguien tiene que pararlos.
Aquí la derecha está muy jubilosa pensando en el retorno de Rutenia a Hungría. Lo que nos robaron vuelve a ser nuestro, y todo eso. Sabes que
combatí en la Gran Guerra y no carezco del sentimiento de orgullo nacional. Pero ahora sabemos qué se esconde bajo el deseo de compensación de quienes ondean la bandera.
A pesar de las malas noticias, tu madre y yo estamos de acuerdo con el profesor Vago. No debes permitir que los sucesos recientes te distraigan de tus estudios. Debes seguir en la facultad. Si vas a casarte has de tener una profesión. Por ahora lo has hecho muy bien y serás un arquitecto estupendo. Y quizá Francia sea para ti un lugar más seguro que Hungría.
En cualquier caso, me enfadaré mucho si no aprovechas todo lo que se te ha dado. Una posibilidad como esta solo se tiene una vez en la vida.
Qué severo parezco. Sabes que te mando todo mi cariño. Adjunto una carta de tu madre.
APA
Querido Andráska:
¡Haz caso a tu apa! Y abrígate bien. Siempre has sido propenso a las fiebres de marzo. Mándame una fotografía de tu Klara. Me hiciste una promesa. Te la recordaré.
Besos,
ANYA
Cada carta contenía una carga provechosa de noticias y amor, cada una le recordaba que sus padres podían morir. El hecho de que hubieran superado otros dos inviernos en Konyár sanos y salvos a duras penas aliviaba su preocupación; cada invierno acarreaba mayores peligros. Pensaba en ellos a todas horas a medida que llegaban nuevas noticias, un auténtico diluvio durante la primavera. A finales de marzo el sangriento horror de la guerra civil española concluyó; el ejército republicano se rindió la mañana del 29 y
las tropas de Franco entraron en la capital. Era el comienzo de la dictadura prevista por Hitler y Mussolini, la auténtica razón por la que habían alimentado con armas y soldados aquel alto horno que era la contienda.
Andras se preguntaba si aquellas dos victorias —el desgarro de Checoslovaquia y el triunfo de Franco en España— eran lo que había infundido a Hitler el valor para desafiar al presidente estadounidense en abril. Todos los periódicos informaban de la noticia: el día 15 Roosevelt había mandado un telegrama a Hitler para exigirle garantías de que al menos durante diez años Alemania no atacaría ni invadiría ninguno de los treinta y un estados independientes que enumeraba, entre ellos Polonia, donde Hitler había propuesto construir una autovía y un corredor ferroviario que uniera Alemania con Prusia Oriental. Tras dos semanas de evasivas, Hitler respondió. En un discurso pronunciado en el Reichstag condenó el acuerdo naval de Alemania con Inglaterra, rompió el Tratado de No Agresión germano-polaco y ridiculizó el telegrama de Roosevelt. Acabó acusando al presidente estadounidense de inmiscuirse en asuntos internacionales mientras él, Hitler, se preocupaba solo del destino de su propia nación, a la que había salvado de la ignominia y la ruina de 1919.
En las aulas de la École Spéciale se desató el debate. Rosen no era el único que creía que Europa entraría en guerra. Ben Yakov no era el único que argumentaba que la guerra todavía podía evitarse. Había opiniones para todos los gustos. Andras estaba de acuerdo con Rosen, no veía otra manera de sacar a Europa de la telaraña en la que había caído. Mientras trabajaba en los planos con Polaner, recordaba lo que su padre le había contado sobre la Gran Guerra: el hedor y el derramamiento de sangre de los combates, la pesadilla de los aviones que lanzaban balas y fuego a los soldados de infantería, la confusión, el hambre y la suciedad de las trincheras, la sorpresa de haber logrado escapar con vida. Si estallaba la guerra, combatiría. No por su país, pues Hungría lucharía junto a Alemania, su aliada, que no solo le había entregado Rutenia sino también las Tierras Altas, que había perdido en el Tratado de Trianon. No, si estallaba la guerra Andras se enrolaría en la Legión Extranjera y lucharía por Francia. Se imaginaba presentándose ante Klara todo ufano con el uniforme, una espada al cinto, los botones de la guerrera deslumbrantes. Ella le suplicaría
que no fuera a la guerra, y él insistiría en que debía ir; debía proteger los ideales de Francia, la ciudad de París y a la propia Klara.
En mayo, sin embargo, dos sucesos inesperados hicieron que prestara menos atención al conflicto en ciernes. El primero fue una tragedia: la esposa de Ben Yakov perdió al bebé que durante cinco meses había llevado en su vientre. Fue Klara quien acudió al piso de Ben Yakov para cuidar a Ilana, quien llamó al médico cuando la encontró sangrando y delirando a causa de la fiebre. En el hospital, en un largo pasillo con el suelo de linóleo y las paredes decoradas con litografías de médicos franceses, Klara y Andras esperaron con Ben Yakov mientras un cirujano vaciaba la matriz de Ilana. Ben Yakov estaba aturdido y muy callado, todavía vestido con la camisa del pijama. Andras sabía que su amigo se culpaba de lo sucedido. Él no quería un hijo. Lo había confesado una semana antes en el estudio, una noche en que intentaban resolver un problema para la clase de estática.
«No estoy preparado —había afirmado tras dejar el lápiz hexagonal en la ranura de la mesa—. No puedo ser padre. No puedo mantener un hijo. No tenemos dinero. Y el mundo se está desmoronando. ¿Y si tengo que ir a la guerra?»
Andras había pensado entonces en la matriz de Klara, ese espacio sagrado que ambos habían procurado por todos los medios mantener vacío. Se obligó a pronunciar unas palabras de comprensión, cuando lo que habría querido era preguntar a Ben Yakov por qué se había casado con Ilana di Sabato si no deseaba tener hijos. Ahora el tema parecía planear en el ambiente aséptico del pasillo: Ben Yakov había deseado que el niño no existiera, y el niño ya no existía.
Por las ventanas del hospital se veía el cielo de levante, que se había teñido de azul con la llegada del alba. Andras sabía que Klara estaba agotada: la columna, que normalmente mantenía bien erguida, había empezado a encorvarse a causa del cansancio. Le pidió que se fuera a casa, le prometió que pasaría a verla en cuanto hablaran con el médico. Insistió: tenía que dar una clase a las nueve de la mañana. Ella protestó. Dijo que estaba dispuesta a quedarse todo el tiempo que hiciera falta, pero al final se avino a ir a casa para dormir un poco. Se despidió de Ben Yakov, quien le dio las gracias por
lo que había hecho. Ambos jóvenes la observaron mientras se alejaba por el pasillo, acompañada del repiqueteo rítmico de los tacones sobre el linóleo.
—Lo sabe —dijo Ben Yakov en cuanto Klara dobló la esquina.
—¿Qué sabe?
—Sabe lo que pensaba yo acerca de tener un hijo.
—¿Por qué crees eso?
—Porque apenas me ha mirado.
—Eso son imaginaciones tuyas —dijo Andras—. Sé que tiene muy buena opinión de ti.
—Pues no debería. —Ben Yakov se apretó las sienes con los dedos.
—Esto no es culpa tuya —afirmó Andras—. Nadie lo piensa.
—¿Y si yo creo que sí?
—Aun así no lo es.
—¿Y si ella, Ilana, cree que sí?
—Sigue sin ser culpa tuya. Además, ella no piensa eso.
Cuando el médico terminó, un par de camilleros trasladaron a Ilana a una sala, donde la acomodaron en una cama. Andras y Ben Yakov se acercaron y observaron a la joven dormida. Tenía la piel blanca como la cera por la pérdida de sangre y cabello oscuro echado hacia atrás.
—Creo que me voy a desmayar —dijo Ben Yakov.
—Siéntate —le aconsejó Andras—. ¿Quieres un poco de agua?
—No quiero sentarme. Llevo horas sentado.
—Pues ve a dar un paseo. A respirar aire fresco.
— No voy muy bien vestido.
—Anda, ve. Te sentará bien.
—De acuerdo. ¿Te quedas tú con ella?
Andras prometió no moverse de allí.
—No tardaré —dijo Ben Yakov.
Se remetió la camisa del pijama en los pantalones y se alejó por la larga avenida de camas. Justo cuando desaparecía por la puerta de la sala, Ilana soltó un gemido de dolor y movió las caderas debajo de la sábana.
Andras buscó una enfermera con la mirada. Tres camas más allá, una mujer de cabello cano con una cofia almidonada atendía a otra muchacha que estaba pálida como un muerto.
— S’il vous plaît —dijo Andras.
La enfermera acudió a examinar a Ilana. Le tomó el pulso y echó un vistazo a la gráfica colgada a los pies de la cama.
—Un momento —dijo, y salió corriendo de la sala.
Volvió un minuto después con una jeringuilla y un vial. Ilana abrió los ojos y miró alrededor, aturdida por el dolor. Parecía buscar algo. Cuando vio a Andras, fijó la mirada y las arrugas desaparecieron de su frente. Sus labios adquirieron un poco de color.
—Eres tú —dijo en italiano—. Has venido de Módena.
—Soy Andras. Te pondrás bien.
La enfermera destapó el hombro de Ilana y lo frotó con algodón empapado en alcohol.
—Voy a administrarle morfina para el dolor —explicó—. Enseguida se encontrará mejor.
Ilana contuvo el aliento cuando le clavó la aguja.
—Tibor —dijo volviendo la vista hacia Andras. Entonces la morfina surtió efecto y sus párpados aletearon y se cerraron.
—Váyase a casa —indicó la enfermera—. Yo cuidaré de su esposa.
Necesita descansar. Podrá visitarla esta tarde.
—No es mi esposa —repuso Andras—. Es una amiga. Le he dicho a su marido que me quedaría hasta que él volviera.
La enfermera arqueó una ceja, como si lo que Andras había dicho no fuera creíble, y volvió con la otra paciente.
Al otro lado de las ventanas el cielo seguía su lenta transición hacia el azul.
El silencio de la sala pareció acentuarse mientras Andras miraba a Ilana, cuyo pecho subía y bajaba bajo la sábana. El fármaco la había encerrado en una cápsula transparente de sueño, como la princesa del cuento, Hófehérke
—en francés debía de ser Blanche-Neige—, la princesa dormida en su ataúd de cristal en una colina, a la que cuidaban unos enanitos, los törpék.
Recordó una vez más el poema de Marot que había arrancado del libro de Klara. Puis que le feu loge secretement dedans la neige, où trouveray je place pour n’ardre point? «¿Si el fuego habita secretamente en la nieve, cómo encontraré un lugar donde no arda?» Se alegraba de que Ben Yakov estuviera ausente cuando Ilana había hablado, se alegraba de que no hubiera visto cómo sus labios recuperaban el color al creer que era Tibor quien estaba junto a su cama.
Ben Yakov volvió cuarenta minutos después. Olía a hierba recién cortada y tenía húmeda la espalda de la camisa del pijama. Se quitó la gorra y se alisó el cabello.
—¿Cómo está?
—Bien —respondió Andras—. La enfermera le ha puesto una inyección de morfina.
—Vete a casa —dijo Ben Yakov—. Yo me quedaré con ella hasta que se despierte.
—Deberíamos irnos los dos. La enfermera dice que Ilana debe descansar.
Regresaremos por la tarde.
Ben Yakov no protestó. Tocó la frente pálida de Ilana y salió con Andras de la sala. Caminaron en silencio hasta el Quartier Latin, con las manos en los bolsillos. Parecía una mañana especialmente cruel para perder un hijo, pensó Andras: de las jardineras de las ventanas y de los parterres de flores recién plantadas del parque emanaba un olor a abono mojado; las ramas de los castaños estaban repletas de hojitas húmedas. Acompañó a Ben Yakov hasta la puerta de su casa y se quedaron un momento en la acera.
—Eres un buen amigo —dijo Ben Yakov.
Andras se encogió de hombros y bajó la vista.
—No he hecho nada.
—Por supuesto que sí. Tú y Klara, los dos.
—Tú habrías hecho lo mismo por nosotros.
—No, soy un mal amigo —afirmó Ben Yakov—. Y peor marido.
—No digas eso.
—A las personas como yo no deberían permitirles casarse. —Incluso tras una noche en el hospital y una hora de sueño en un banco, seguía siendo elegante, con su rostro anguloso de estrella de cine. Torció la boca en una mueca de autodesprecio—. No la cuido —añadió—. Y, para ser sincero, le soy infiel.
Andras empujó el felpudo de la entrada con la punta del pie. No quería oír nada más. Quería darse la vuelta y caminar hasta la rue des Écoles, meterse
en la cama y dormir. Pero no podía fingir que no había oído lo que acababa de decir Ben Yakov.
—Infiel —repitió—. ¿Cuándo?
—Siempre. Cada vez que nos vemos. Es Lucia, por supuesto. De la facultad. —La voz de Ben Yakov era casi un susurro—. Nunca he tenido el valor de romper con ella. Incluso esta mañana ha venido; ha estado conmigo en el parque mientras tú hacías compañía a mi esposa. Estoy enamorado de ella, creo, o algo horrible por el estilo. Lo he estado desde que la conocí.
Andras se sintió indignado al pensar en la muchacha que yacía en la cama del hospital.
—Si estabas enamorado de ella, ¿por qué trajiste a Ilana?
—Pensé que ella me curaría —respondió Ben Yakov—. Cuando la conocí en Florencia, me hizo olvidar a Lucia. Me cautivó. Y, aunque me avergüenza decirlo, me excitó su inocencia. Creí que podía ser una persona diferente, y durante un tiempo lo fui. —Bajó la vista—. Me entusiasmaba la idea de casarme con ella. Sabía que no podía casarme con Lucia. Para empezar, no quiere casarse. Desea ser arquitecto y viajar por todo el mundo. Por otro lado, es negra. Mis padres…, bueno. No podría.
Andras pensó en el compañero de clase que había sido agredido en el cementerio, el muchacho de Costa de Marfil. Se suponía que esa clase de racismo correspondía al otro bando, pero no era así, por supuesto. ¿Acaso él mismo no había tenido miedo de hablar con Lucia debido a su raza y, al mismo tiempo, no se había sentido inexplicablemente excitado por ella? ¿Y
si se hubiera enamorado de la joven? ¿Se habría casado con ella? ¿Se la habría presentado a sus padres? Puso una mano en el hombro de Ben Yakov.
—Lo siento —dijo—. En serio.
—Es culpa mía —afirmó Ben Yakov—. No debería haberme casado con Ilana.
—Debes dormir un poco —le aconsejó Andras—. Esta tarde tienes que volver a su lado.
Un destello de miedo apareció por un instante en los ojos de Ben Yakov.
Andras reconoció la expresión; la había visto miles de veces en la cara de su hermano pequeño a la hora de acostarse, justo antes de que él apagara la vela. Era el pánico de un niño temeroso de quedarse solo en la oscuridad.
Miles de veces Andras se había tumbado al lado de Mátyás y había oído su respiración hasta que se dormía. Pero él y Ben Yakov eran adultos; el consuelo que podían esperar el uno del otro era limitado. Ben Yakov le dio las gracias de nuevo y se volvió para abrir la puerta.
Lo segundo que ocurrió aquel mes —el segundo hecho lo bastante importante para desviar la atención de Andras de los titulares cada vez más desalentadores— fue que el concurso de arquitectura se acercaba a su final. Tras una semana de noches en vela durante las cuales experimentó náuseas, alucinaciones y el cosquilleo vertiginoso de la inspiración de última hora, él y Polaner estaban en el anfiteatro, lleno a rebosar, a la espera de defender su proyecto. El profesor Vago había invitado a monsieur Lemain a presidir el tribunal, compuesto por tres jueces. Los otros dos, cuya identidad se había mantenido en secreto hasta el día de la concesión del premio, resultaron ser ni más ni menos que Le Corbusier y Georges-Henri Pingusson. Le Corbusier apareció vestido como si acabara de salir de una obra; los pantalones salpicados de yeso y la camisa con manchas de sudor parecían un mudo reproche dirigido a Lemain, que lucía un impecable traje negro, y a Pingusson, ataviado con una chaqueta gris perla de raya diplomática. Perret, que presidía el acto, se había encerado las guías del bigote y se había puesto su capa militar más espectacular. Los jueces recorrieron la sala examinando las maquetas expuestas en las mesas y los planos clavados en paneles de corcho, y los estudiantes los siguieron como una respetuosa manada.
Enseguida quedaron de manifiesto las profundas diferencias de opinión entre Le Corbusier y Pingusson. Lo que uno decía, el otro lo calificaba de total disparate. En cierto momento Le Corbusier llegó a golpear con el lápiz el pecho de Pingusson, quien en respuesta se puso a gritar a pocos centímetros de la cara enrojecida de aquel. El motivo de discusión era un
par de cariátides parecidas a la diosa Diana que ornamentaban la entrada de un club deportivo femenino diseñado por dos alumnas de cuarto curso. Le Corbusier tachó de kitsch neoclásico a las cariátides, y Pingusson aseguró que le parecían muy elegantes.
—¡Elegantes! —exclamó Le Corbusier—. ¡Tal vez habría dicho lo mismo de la monstruosidad de Speer en la Exposición Universal! Allí había basura neoclásica para todos los gustos.
—Disculpe —replicó Pingusson—, ¿acaso propone que olvidemos por completo a griegos y romanos solo porque los nazis se han apropiado de ellos? Los han corrompido, mejor dicho.
—Todo debe verse en su contexto —afirmó Le Corbusier—. En el momento político actual, esta opción parece indefendible. Aunque quizá debamos dejárselo pasar a las señoritas, porque al fin y al cabo son solo mujeres. —Fueron estas tres últimas palabras las que recalcó con unos golpecitos en el pecho de Pingusson.
—¡Tonterías! —gritó este—. ¿Cómo se atreve a calificarme de machista?
Al rechazar esta opción por considerarla kitsch, ¿no está usted renunciando categóricamente a la tradición del poder femenino en la mitología clásica?
—Un punto de vista interesante —terció Lemain—. Y ya que son ustedes tan progresistas, caballeros, ¿por qué no dejan que las mujeres defiendan su opción?
La alumna más alta, Marie-Laure, empezó a explicar en un francés claro y conciso que no se trataba de unas cariátides cualquiera; estaban inspiradas en Suzanne Lenglen, la campeona de tenis francesa recientemente fallecida.
Defendió a continuación otros aspectos del diseño, pero Andras perdió el hilo. Él y Polaner serían los siguientes en ser evaluados, y estaba demasiado nervioso para concentrarse en nada más. A su lado, Polaner estrujaba un pañuelo convertido ya en una bola; al otro lado de Andras se hallaba Rosen, cuyo rostro denotaba indiferencia y vago interés. No tenía por qué preocuparse: él no participaba en el concurso. Había estado demasiado ocupado con las reuniones de la Liga Internacional contra el Antisemitismo, de la que recientemente había sido elegido secretario.
La evaluación del club deportivo femenino concluyó, demasiado pronto para el gusto de Andras, y los jueces pasaron al siguiente proyecto. Los estudiantes se agruparon detrás de ellos alrededor de la mesa donde se exponía la maqueta de Andras y Polaner.
—Presenten su proyecto, caballeros —indicó Perret con un gesto de la mano.
Polaner fue el primero en hablar. Tiró del dobladillo de la americana y, en su francés con acento polaco, empezó a explicar la necesidad de un club deportivo integrador, que fuera un símbolo de los principios fundamentales de la República. El diseño estaría orientado hacia el futuro; los materiales principales del edificio serían el hormigón armado, el cristal y el acero, con paneles de madera oscura sobre puertas y ventanas.
Cuando acabó su exposición miró a Andras, que debía hablar a continuación. Andras abrió la boca y descubrió que había olvidado por completo el francés. En su lugar solo había un vacío pasmoso, un libro desprovisto de texto.
—¿Qué sucede, joven? —preguntó Le Corbusier—. ¿No sabe hablar?
Andras, que llevaba tres días sin dormir, sufría un bloqueo temporal.
El tiempo discurría con la lentitud de una tortuga. Observó el pestañeo de Le Corbusier, que le pareció eterno, tras los cristales salpicados de yeso de sus gafas. Al fondo de la sala alguien tosió con estruendo.
Quizá no habría recuperado el habla si Pierre Vago, maestro de ceremonias, no hubiera acudido rápidamente al rescate. Era él quien le había enseñado la lengua que debía emplear ahora; conocía las palabras que podían tranquilizarlo.
—¿Por qué no empiezas por la piste? —preguntó. Piste: el circuito de carreras, pálya en húngaro.
Habían hablado de eso dos días atrás en el estudio: cómo se decía «pista de atletismo» en francés, y en qué se diferenciaba de «camino», «sendero» y
«vía». Andras podía hablar de la piste; era el elemento más insólito del diseño, producto de una inspiración de última hora.
— La piste —empezó— est construite d’acier galvanisé…
Y estaría suspendida del tejado del edificio, como un halo, por unos cables de acero sujetos a vigas reforzadas. Las palabras habían vuelto a él; habló, y Le Corbusier, Lemain y Pingusson le escucharon, tomando notas en sus libretas amarillas. De ese modo la piste podía ser más larga que si la albergara el edificio. El club deportivo se construiría a mayor altura que los edificios circundantes, y la pista quedaría por encima de sus azoteas. El tejado del edificio era también el de la piscina; Andras se inclinó sobre la maqueta y demostró cómo podía retirarse en los meses de buen tiempo. Ambos elementos del diseño, la piste exterior y el tejado replegable, reflejaban los principios de integración y libertad del club deportivo.
Cuando terminó, hubo murmullos en la sala. Andras miró agradecido al profesor Vago, que se negó a reconocer que lo había ayudado. Entonces empezaron las preguntas de los jueces: ¿cómo se impediría que la pista suspendida rebotara con el peso de los corredores? ¿Qué sucedería cuando hiciera viento? ¿Con qué rapidez podía cubrirse la piscina en caso de tormenta? ¿Cómo pensaban solucionar el problema que entrañaba instalar un sistema hidráulico en el espacio abierto de la piscina?
Ahora las palabras le salían a Andras con más rapidez. Eran problemas de los que él y Polaner habían hablado y discutido durante horas en el estudio por las noches. Los cables de sujeción estarían envueltos en bandas finas de acero para dotarlos de rigidez sin eliminar por completo su elasticidad; cierto grado de elasticidad amortiguaría las pisadas de los corredores. La pista estaría asegurada al edificio con puntales de apoyo para impedir el balanceo. Y el sistema hidráulico quedaría oculto dentro de un recinto parecido a un armario. Después de responder a todas las preguntas, tuvo la impresión de que Pingusson, Lemain y Le Corbusier tardaban horas en inspeccionar los materiales y tomar sus notas. Hasta Perret insistió en mirarlo con mayor detenimiento, murmurando para sí mientras examinaba la sección transversal de una pared exterior.
—¿Y usted quién es, señor Lévi? —preguntó por fin Le Corbusier, al tiempo que se colocaba el lápiz detrás de la oreja.
—Soy húngaro, de Konyár —respondió Andras.
—Ah. Usted es el joven al que descubrieron en la exposición de arte.
Tengo entendido que le admitieron en la escuela gracias a unos grabados en linóleo.
—Sí —confirmó Andras, y se aclaró la garganta, cohibido.
—¿Y usted, señor Polaner? —preguntó Pingusson—. ¿De Cracovia?
Me han dicho que le atrae la ingeniería.
—Así es —contestó Polaner.
—Bien, creo que el diseño es soberbio, pero poco práctico —opinó Le Corbusier—. El problema es el emplazamiento. No lograrán jamás que los parisinos cuelguen una pista de atletismo del exterior de un edificio. Se parece un poco a eso que llevaban las damas debajo del vestido en el siglo dieciocho. Aquellos como se llamen. Una martingala, un nosequé.
—Más bien parece un sombrero extravagante —apuntó Pingusson—. En cualquier caso, es una forma increíblemente ingeniosa de utilizar el espacio urbano.
—Más bien extravagante —dijo Lemain—. No obstante, el edificio está bien diseñado. Y la ornamentación en madera es un elemento interesante.
Recuerda al parquet del gimnasio.
Entonces los jueces se dirigieron al siguiente conjunto de diseños. Se había acabado. Andras y Polaner intercambiaron una mirada de cansancio y satisfacción: su proyecto, aunque fuera imperfecto, al menos había merecido elogios. Mientras los demás alumnos pasaban a su lado, Rosen cogió a ambos por el hombro y les estampó un beso en la mejilla.
—Enhorabuena, chicos —dijo—. Habéis creado el primer nosequé arquitectónico de todos los tiempos. Si no estuviera tan arruinado, os invitaría a una copa.
A la mañana siguiente, cuando Andras cruzó las puertas azules del patio, fue recibido con vítores. En el patio los estudiantes aplaudieron y corearon su nombre. En una silla de madera astillada colocada en un rincón, estaba sentado Polaner en loor de multitudes: rodeado de alumnos y con una medalla de oro colgada del cuello. Alguien le había echado una bandera tricolor sobre los hombros. Un fotógrafo inclinado hacia una cámara sacaba fotos. Cuando Rosen oyó la nueva ronda de vítores, corrió hacia Andras y lo tomó del brazo.
—¿Dónde estabas? —preguntó—. ¡Todo el mundo te estaba esperando! Has ganado, tonto. Tú y tu adorable compañero. Habéis ganado el Grand Prix.
Vuestra medalla está expuesta en el anfiteatro.
Andras corrió al anfiteatro, donde comprobó que era cierto: sobre su Club Deportivo Saint-Germain había un certificado con un sello dorado, y al lado, una cinta tricolor con una medalla. En el certificado constaban las firmas de los jueces: Le Corbusier, Lemain y Pingusson. Se quedó un buen rato allí solo, intentando asimilarlo; cogió la medalla y le dio la vuelta en la mano. Era pesada y brillante, con un retrato de Émile Trélat en bajorrelieve.
«Grand Prix du Amphithéâtre», decía; al dorso estaban grabados los nombres de Andras y Polaner, y el año, 1939. Se puso la cinta tricolor y notó cómo el peso de la medalla la tensaba sobre su cuello. Necesitaba ver a Polaner y al profesor Vago.
—Lévi —dijo alguien, y él se volvió.
Eran dos alumnos de tercero que habían participado en el concurso.
Andras los había visto en la École Spéciale, pero no los conocía; ninguno de los dos había estado en su grupo de estudio ni entre sus mentores de tercer curso. El alto con el cabello oscuro se llamaba Frédéric algo; el del torso ancho con las gafas de montura de concha se hacía llamar Noirlac. El alto cogió la medalla de Andras y le dio un tirón.
—Bonita baratija —dijo—. Es una vergüenza que hayas tenido que hacer trampas para ganarla.
—¿Cómo dices? —preguntó Andras. No estaba seguro de haber entendido el francés del hombre.
—He dicho que es una vergüenza que hayas tenido que hacer trampas para ganarla.
Andras miró a Frédéric con los ojos entornados.
—¿De qué va esto?
—Todos sabemos que os la han concedido por lástima —afirmó el tal Noirlac—. Les daba pena tu amiguito, ese al que sodomizaron y apalearon.
No bastaba con que Lemarque se hubiera ahorcado por eso. Tenían que hacer una declaración pública.
—Todos sabemos que trabajas para Lemain —añadió el otro—. Y no creas que no estamos enterados de lo de Pingusson y la asignación económica.
Sabemos que estaba amañado. Vamos, reconócelo. Jamás habríais ganado con un engendro como este sin haber tenido un padrino.
Del patio llegó un rumor de vítores. Andras solo distinguió la voz de Rosen, que estaba pronunciando un discurso laudatorio.
—Si le hacéis algo a Polaner, os mato —dijo Andras—. A ambos.
El alto se rió.
—¿Defendiendo a tu amante?
—¿Qué sucede, caballeros? —Era Vago, que acababa de entrar en el anfiteatro con un fajo de planos bajo el brazo—. Están felicitando al ganador, imagino.
—Por supuesto —repuso Frédéric, e hizo ademán de estrechar la mano de Andras, que de inmediato la apartó.
Vago reparó en la expresión de Andras y en las sonrisas burlonas de los dos alumnos de tercero.
—Me gustaría hablar con monsieur Lévi —dijo.
—Por supuesto, profesor —dijo Noirlac, e inclinó la cabeza ante Vago.
Cogió a su amigo del brazo y se dirigieron hacia la puerta del anfiteatro, donde se volvieron para despedirse de Andras con la mano.
—Canallas —dijo Andras.
Vago puso los brazos en jarras y suspiró.
—Conozco a esos dos—dijo—. Los mataría yo mismo si supiera que no iba a perder mi empleo.
—Por favor, dígamelo. ¿Es cierto? ¿Nos han concedido el premio para mandar un mensaje?
—¿Qué mensaje?
—Sobre Polaner.
—Por supuesto —dijo Vago—. El mensaje de que es un diseñador y un dibujante excelente. Como tú. La entrada del edificio no es perfecta, claro que no, pero era con diferencia el proyecto más innovador y mejor desarrollado de los presentados al concurso. La decisión fue unánime. Por una vez todos los jueces estuvieron de acuerdo. Pingusson fue vuestro mayor defensor. Dijo que todo el dinero invertido en ti merecía la pena. De hecho, prometió aumentar la asignación para tu educación. Quiere que puedas dedicar más tiempo al estudio.
—Pero el diseño —dijo Andras deslizando un dedo por la pista colgante—
es absurdo, ¿no? Le Corbusier tenía razón al afirmar que nunca podría construirse algo así.
—En París puede que no —respuso Vago—, y tampoco en los próximos diez años, pero Le Corbusier ha estado tomando notas y realizando esbozos
para un proyecto en la India, y dice que le gustaría intercambiar ideas contigo y con Polaner.
Andras lo miró con expresión incrédula.
—¿Quiere intercambiar ideas con nosotros?
—¿Por qué no? A menudo las mejores ideas surgen en las aulas. Al fin y al cabo, vosotros no os habéis pasado años tratando con comisiones de urbanismo, juntas de distrito y asociaciones de vecinos. Es más probable que imaginéis algo imposible, que es como se conciben los edificios más interesantes.
Andras dio la vuelta a la medalla. Todavía recordaba los insultos de los alumnos de tercero, todavía le palpitaban las sienes por el exceso de adrenalina.
—Siempre habrá envidiosos que querrán hundirte —añadió Vago—.
Es la condición humana.
—Pues sí que estamos bien —dijo Andras.
—En efecto. No tenemos remedio. Algún día nos destruiremos. Pero mientras tanto necesitamos guarecernos, de modo que los arquitectos debemos seguir trabajando.
En aquel momento Rosen apareció en la puerta del anfiteatro.
—¿Qué pasa? —preguntó—. El fotógrafo está esperando.
Vago puso una mano en el hombro de Andras y lo acompañó al patio, donde se había formado un grupo en un rincón. Los jueces habían acudido para fotografiarse con los premiados. Polaner estaba de pie entre Le Corbusier y Pingusson, con una expresión solemne en su pálido rostro infantil; Lemain se hallaba al lado, orgulloso y serio. El fotógrafo situó a Andras junto a Le Corbusier, y a Vago al otro lado. Andras se colocó bien la medalla colgada al cuello e irguió los hombros. Mientras miraba hacia el objetivo de la cámara, todavía intentando sacudirse de encima la rabia, vio que Noirlac y
Frédéric lo observaban, con los brazos cruzados, recordándole lo que parecía ser una de las certezas absolutas de su vida: que todo momento de felicidad contiene una reminiscencia de amargura o tragedia. Y este sería el motivo por el que, aunque aquella fuera la única fotografía suya en la École Spéciale, nunca la colgaría de la pared. Cuando la mirara solo vería su propia rabia y a quienes la habían causado observándolo entre la multitud.
Aquel verano, el tema de conversación fue el destino de la ciudad libre de Danzig. Los periódicos informaban de que Alemania estaba introduciendo clandestinamente armamento y tropas por la frontera; se afirmaba que oficiales del Reich estaban entrenando a lugareños nazis en maniobras de guerra. Mientras Gran Bretaña y Francia no acababan de decidirse a firmar un acuerdo de ayuda militar con Rusia, la radio se hacía eco de los rumores que anunciaban una mayor cooperación entre Berlín y Moscú. A primeros de julio Chamberlain prometió a Polonia la ayuda de Gran Bretaña si Danzig se veía amenazada, y el 14 de Julio los Campos Elíseos estaban llenos de tanques franceses y británicos, coches blindados y artillería. Dos días después apareció misteriosamente la bandera polaca ondeando sobre las oficinas del Reich en Breslau. No era fácil imaginar cómo se había realizado tal acto de desafío; el edificio estaba repleto de guardias. Polaner, que aquel verano había recibido de sus padres un sinfín de cartas inquietantes, estaba desesperado por tener alguna buena noticia y aquella, por pequeña que fuera, lo animó a proponer que fueran todos a la Paloma Azul y le permitieran invitar. Era una tarde calurosa de julio y las calles estaban llenas de basura de la celebración de la fiesta nacional; las aceras estaban inundadas de bolsas grasientas, botellas de cerveza vacías y banderitas francesas y británicas. Cuando llegaron a la Paloma Azul encontraron a Ben Yakov sentado a una mesa con una botella de whisky delante. En su rostro había una expresión de resignación serena inducida por el alcohol.
—Buenas tardes, chicos —dijo—. Tomad una copa conmigo.
—Hoy invito yo —anunció Polaner—. ¿Te has enterado de lo de la bandera polaca?
—He oído decir que van a sustituirla —contestó Ben Yakov—, que se han decidido por algo blanco y negro con un fondo rojo. Bastante feo, a mi
parecer. —Vació la copa de un trago y volvió a llenarla—. Felicitadme, chicos. He quedado con el rabino.
Nunca habían visto a Ben Yakov borracho en público. Su atractiva boca parecía desdibujada en las comisuras, como si alguien hubiera intentado borrarla.
—¿Has quedado con el rabino? —preguntó Rosen—. ¿Por qué íbamos a felicitarte por eso?
—Porque después seré un hombre libre. Me van a conceder el divorcio.
—¿Qué?
—Un divorcio judío a la antigua. Puedo hacerlo porque tengo un certificado médico que dice que Ilana es estéril. Eso significa que podemos divorciarnos. Caballeroso, ¿no? Como no puede tener hijos, se me permite repudiarla. —Se inclinó hacia su copa y se frotó los ojos—. ¿No vais a tomar nada?
Andras ya estaba al corriente. Desde hacía un mes Ilana vivía de nuevo bajo el techo de Klara, que compartía con ella su cama. Klara se había ofrecido a cuidarla mientras se recuperaba; Ilana había ido a la rue de Sévigné al salir del hospital y no había regresado a casa. Le dijo a Klara que era desgraciada; había comprendido que Ben Yakov no la amaba, al menos no como antes. Comprendía que él se sentía atado por aquel matrimonio. Hacía tiempo que sospechaba que veía a otra. Cuando Ben Yakov la visitaba en casa de Klara, se sentaban en el salón y apenas cruzaban una palabra. ¿Qué podían decir? A menudo la joven era presa de una pena inconsolable por la pérdida del bebé, un dolor que Ben Yakov, para su sorpresa, compartía; él también sufría, según Klara, por la pérdida de una determinada idea de sí mismo. Y después estaba la pregunta sin respuesta de qué sería de Ilana.
Tras su recuperación había una página en blanco. Ya nada la retenía en París, pero ignoraba cómo la recibirían sus padres si volvía a casa. No habían respondido a sus cartas.
Andras no había mencionado la situación de Ilana en sus cartas a Tibor. No quería preocupar a su hermano, y tampoco alimentar sus esperanzas. Una
semana antes Ben Yakov e Ilana se habían visto en casa de Klara para hablar de cómo podían poner fin a su matrimonio. Ilana explicó a Ben Yakov que les concederían el divorcio si el médico aseguraba que ya no podía tener hijos. No estaba claro que eso fuera cierto, pero podían convencer al médico de que lo certificara. Ben Yakov aceptó intentarlo. Una vez tomada la decisión, los dos experimentaron cierto alivio. La salud de Ilana mejoró y Ben Yakov volvió al estudio para compensar el trabajo que no había realizado en primavera. Sin embargo, ahora que se acercaba la primera entrevista con el rabino, Ben Yakov se había desmoronado. La posibilidad del divorcio pronto sería una realidad, una confirmación del desastre en que había convertido la vida de Ilana y la suya propia.
Mientras los cuatro bebían, Ben Yakov se sinceró. No solo su matrimonio con Ilana se había ido a pique, sino que además la hermosa Lucia, cansada de esperar, también le había dejado. Estaba pasando el verano bajo la tutela de un gran arquitecto de Nueva York, y corrían rumores de que este se había enamorado de ella y la joven abandonaría la École Spéciale para entrar en una escuela de diseño de Rhode Island. Los rumores habían llegado a través de una serie de amigos comunes. Lucia ni siquiera había escrito a Ben Yakov desde su marcha de París.
Al final de la velada salieron de la Paloma Azul y Andras se ofreció a acompañar a Ben Yakov a casa. En la puerta, Ben Yakov tardó un rato en dar con la llave y, mientras la buscaba, estuvo a punto de echarse a llorar. Al final la encontró en el bolsillo de la camisa y Andras lo ayudó a subir. El piso estaba tal cual Andras lo imaginaba: como si la persona responsable de hacerlo habitable se hubiera marchado semanas atrás. El fregadero estaba lleno a rebosar de platos, los geranios del alféizar de la ventana se habían muerto, había periódicos y libros tirados por todas partes, y sobre la cama deshecha había restos de cruasanes y montones de ropa sucia. Andras sentó a Ben Yakov en una silla, retiró las sábanas de la cama y puso otras limpias.
Luego ayudó al amigo a quitarse la camisa manchada. Fue lo máximo que pudo hacer: aquel lugar lo entristecía y desanimaba. Lo peor era la mesita con las tazas vacías y las migas de pan: Andras reconoció el mantel con un ribete de nomeolvides bordados, regalo de boda de Klara para la novia.
Ben Yakov se metió en la cama y apagó la luz, y Andras se dirigió a tientas hacia la puerta. El cerrojo antiguo lo confundió. Se inclinó y palpó un pasador oxidado.
—Lévi —dijo Ben Yakov—, ¿sigues ahí?
—Sí —respondió Andras.
—Oye, escribe a tu hermano.
Andras se detuvo, con la mano en el pomo.
—No soy imbécil —añadió Ben Yakov—. Sé lo que pasó entre ellos. Sé lo que pasó en el tren.
—¿A qué te refieres? —preguntó Andras.
—Venga, no intentes protegerme o lo que sea que estés haciendo. Es ofensivo.
—¿Cómo sabes qué sucedió en el tren?
—Lo sé. Me di cuenta de que pasaba algo en cuanto llegaron. Y ella me lo confesó una noche en que peleamos. Pero ya era evidente. Lo intentó, intentó olvidarlo. Es una buena chica. Pero se enamoró de él. Es así. Yo no soy como él, Andras, tú deberías saberlo. —Se interrumpió—. Oh, Dios…
—Sacó el orinal de debajo de la cama y vomitó. Fue dando tumbos al baño del rellano y volvió secándose la cara con una toalla—. Escríbele —repitió
—. Dile que venga a verla. Pero no me cuentes nada, ¿entendido? No quiero saberlo. Y prefiero no verte durante una temporada. Lo siento, en serio. Sé que no es culpa tuya. —Se metió en la cama y se volvió de cara a la pared—. Vete a casa, Lévi. —La almohada amortiguaba el sonido de su voz—. Gracias por cuidarme. Yo habría hecho lo mismo por ti.
—Sí, lo sé —dijo Andras.
Volvió a toquetear el impertinente pestillo y esta vez la puerta se abrió. Andras se fue a la rue des Écoles, cogió una libreta y escribió una carta a su hermano.
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