El Puente Invisible
Epílogo
En primavera, las tardes que no tenía entrenamiento de fútbol, se saltaba la última clase, la de orquesta, y cogía el 6 para ir al edificio de su abuelo. Ella lo llamaba así, el edificio de su abuelo, aunque el hombre no vivía allí ni era de su propiedad. Era una casa de cuatro pisos que estaba un tanto inclinada con respecto a la calle; la fachada, formadas por cientos de pequeños rectángulos de cristal enmarcados en acero, se elevaba hacia el cielo con un impulso violento y asimétrico, como un biombo japonés reventado. En el pedazo de tierra trapezoidal que quedaba entre el edificio y la acera crecían unos esbeltos abedules. En el dintel de mármol de la entrada se leía MUSEO DE ARTE CONTEMPORÁNEO AMOS; el nombre de su abuelo estaba grabado en la piedra angular, sobre la palabra ARQUITECTO. El edificio albergaba una pequeña colección de pinturas, esculturas y fotografías que ella había visto miles de veces. En el patio central había una cafetería donde siempre pedía un café. A los trece años se consideraba ya una mujer madura. Se sentaba a una mesa y escribía cartas a su hermano, que estudiaba en Brown, o a sus amigos del campamento del Berkshires.
Pasaba largo rato allí, a veces hasta la hora de cenar, y entonces corría para coger el autobús, esperando llegar al piso antes de que sus padres volvieran del trabajo.
Sus abuelos no vivían en la ciudad, sino en el norte del estado, a cuatro pasos de su tío abuelo y a ocho kilómetros del hombre al que llamaba tío pero que era un amigo de su abuelo. Ella los visitaba algunos fines de semana. Tres horas de tren, que pasaban volando si tenía un asiento junto a la ventanilla. Su abuelo tenía un establo que había convertido en taller, con ventanas altas por las que entraba la luz septentrional. Los tres seguían trabajando allí, su abuelo, su tío abuelo y su tío no tío, aunque ya tenían edad de jubilarse. Le dejaban sentarse a sus mesas inclinadas y usar sus útiles manchados de tinta. Le gustaba dibujar entradas oblicuas, tejados fracturados, fachadas curvilíneas. Le prestaban libros de arquitectos que habían conocido, como Le Corbusier y Pingusson. Le enseñaban los nombres latinos de los arcos y cómo utilizar la plantilla y el compás de barra. Incluso había aprendido a dibujar de un solo trazo las letras romanas que usaban para rotular sus planos.
De vez en cuando el tema de la guerra salía a relucir en la conversación;
«Durante la guerra…», decían, y a continuación hablaban de lo poco que tenían para comer, de cómo habían sobrevivido al frío, o de cuánto tiempo habían pasado sin verse. Ella había estudiado aquella guerra en la escuela, por supuesto —quién había muerto, quién había matado a quién, cómo y por qué—, aunque sus libros no contaban mucho sobre Hungría. Había aprendido otras cosas de la guerra observando a su abuela, que guardaba las bolsas de plástico y los botes de vidrio, hacía acopio de botellas de agua por si había una catástrofe, preparaba los pasteles con la mitad de la mantequilla y el azúcar que indicaba la receta, y a veces se echaba a llorar sin razón aparente. Y había aprendido otras de su padre, que apenas era un bebé en aquella época, pero que recordaba haber caminado con su madre entre las ruinas.
Había otras historias más tristes. No sabía cuándo las había oído; pensaba que debía de haberlas absorbido a través de la piel, como un medicamento o un veneno. Algo sobre campos de trabajo. Algo sobre alguien a quien habían obligado a comer periódicos. Algo sobre una enfermedad que transmitían los piojos. Incluso cuando no pensaba en esos, aquellos retazos de historias seguían en su cabeza. Unas semanas antes había tenido un sueño del que había despertado gritando asustada. Ella y sus padres estaban en una habitación fría de paredes negras, vestidos con pijamas hechos con sacos de harina. En un rincón su abuela estaba arrodillada en el suelo de cemento, llorando. Su abuelo estaba delante de ellos, muy delgado, sin afeitar. Un guardia alemán salía de las sombras y lo obligaba a subir a una cinta transportadora elevada, como las cintas de equipaje de los aeropuertos. El guardia le ponía esposas en los tobillos y las muñecas, después se acercaba a una palanca de madera que había junto a la cinta y la empujaba hacia delante. Un chirrido mecánico, un rechinar de dientes de acero. La cinta empezaba a moverse. Su abuelo doblaba una esquina y desaparecía en un rectángulo de luz, donde sonaba una palmada ensordecedora, señal de que había muerto.
Fue entonces cuando gritó y se despertó.
Sus padres fueron a su habitación corriendo. «¿Qué pasa? ¿Qué pasa?»
Mejor que no lo supieran.
Ahora estaba sentada en el patio con su cuaderno y el café amargo; era la primera vez que iba allí desde el sueño. Era una tarde de un azul intenso, y la luz del sol caía oblicuamente al patio de una forma que le recordaba los bosques del norte y el campamento. Pero no podía dejar de pensar en la cinta transportadora y aquel ruido ensordecedor. No podía concentrarse para escribir a su hermano. No podía tomarse el café, ni siquiera respirar profundamente. Se recordó que su abuelo no estaba muerto. Su abuela no estaba muerta. Y tampoco su tío abuelo, ni el tío que no era tío; ninguno de ellos estaba muerto. Incluso su padre había sobrevivido, y la hermana de su padre, su tía Április, que había nacido en medio de todo aquello.
Pero estaba el otro tío abuelo, el que sí había muerto. Tenía una esposa, y su hijo tendría ahora la edad de su padre. Los tres habían muerto en la guerra.
Sus abuelos casi nunca hablaban de ellos, y cuando los mencionaban, bajaban la voz. Lo único que quedaba de aquel tío era una fotografía tomada cuando tenía veinte años. Era guapo, con una mandíbula fuerte y una abundante cabellera, y llevaba unas gafas con montura plateada. No parecía un joven que esperara morir. Parecía que fuera a vivir hasta ser un anciano de cabellos blancos como sus hermanos.
Sin embargo, de él solo quedaba aquella fotografía. Y su apellido, un homenaje.
Quería oír toda la historia: cómo era ese hermano de niño, qué asignatura se le daba mejor en la escuela, qué quería hacer con su vida, dónde había vivido, a quién había amado, cómo había muerto. Pensó que si su hermano muriera, ella le contaría a su nieta todo sobre él… Si su nieta se lo preguntara.
Quizá ese era el problema, que ella no había preguntado. O quizá era que ni siquiera ahora querían hablar de eso. Pero ella les preguntaría la próxima vez que los visitara. Era lógico que se lo contaran, ahora que tenía trece años. Ya no era una niña. Ya era bastante mayor para saberlo casi todo.
OceanofPDF.com
ACASO
Pudo haber sucedido.
Debió suceder.
Sucedió antes. Después.
Más cerca. Más lejos.
Pero no a ti.
Te salvaste por ser el primero.
Te salvaste por ser el último.
Por estar solo. Con gente.
A la izquierda. A la derecha.
Porque llovía. Porque había sombra.
Porque lucía un sol esplendoroso.
Por suerte había un bosque.
Por suerte no había árboles.
Por suerte, un raíl, un gancho, una viga, un freno, una repisa, una curva, un milímetro, un segundo.
Por suerte había a mano un clavo ardiendo.
A causa de, puesto que, sin embargo, pese a.
A saber qué hubiera ocurrido si la mano, si el pie, por un pelo, a un paso
de una coincidencia.
¿Estás, pues, aquí? ¿Salido de un instante aún entreabierto?
¿La red solo tenía una malla, y tú a través de la malla?
No logro salir de mi asombro ni articular palabra.
Escucha,
en mí late, desbocado, tu corazón.
WISŁAWA SZYMBORSKA, Paisaje con grano de arena, traducción de Ana María Moix y Jerzy Wojciech Sławomirski
OceanofPDF.com
OceanofPDF.com
Document Outline
- La rue des Écoles
- Una carta
- El Western Europe Express
- El Quartier Latin
- École Spéciale
- Théâtre Sarah-Bernhardt
- Trabajo
- Un almuerzo
- Gare d’Orsay
- Bois de Vincennes
- Rue de Sévigné
- Vacaciones de invierno
- Cristales rotos
- El estudio
- El visitante
- Un corte de pelo
- En las Tullerías
- La casita de piedra
- La sinagoga de la Victoire
- Café Bédouin
- Un callejón
- Un muerto
- Salidas y llegadas
- Una cena
- Signorina Di Sabato
- Club Deportivo Saint-Germain
- El «Île-de-France»
- El consulado húngaro
- El puente invisible
- Subcarpacia
- «El Ganso Azul»
- El permiso
- El campamento de Bánhida
- Barna y el general
- Tamás Lévi
- La estación de Szentendre
- Pasaje al este
- A fuego
- Turka
- «Los tártaros en Hungría»
- Una hoguera en la nieve
- Una huida
- Ocupación
- Despedida
- Pesadilla
- Los muertos
- Un nombre
- Epílogo
Terminaste El Puente Invisible
Julie Orringer
Libros como este
-
La carta del abuelo
-
Antes se secará la tierra
-
Mujeres en el frente
-
El secreto de las nubes
-
Stella
-
En una tierra ocupada
Después del libro
Páginas que venían con esta edición, guardadas aquí como referencia.