El Puente Invisible

Julie Orringer · Capítulo 6 de 43

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El Puente Invisible

Trabajo

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Trabajo

En La madre actuaban veintisiete actores: nueve mujeres y dieciocho hombres. Trabajaban seis días a la semana y en ese tiempo ofrecían siete funciones. Entre bastidores tenían algunos momentos de descanso y una sorprendente cantidad de peticiones. Había que zurcir y planchar sus trajes, sacar a pasear a sus perros falderos, echar cartas al buzón, servirles té para que se les suavizara la voz, pedirles la cena. De vez en cuando necesitaban los servicios de un dentista o un médico. Debían repasar sus diálogos y echar una breve siesta para recuperarse. Tenían que cultivar sus idilios fuera del escenario. Dos de los actores estaban enamorados de dos de las actrices, y las dos mujeres amadas amaban al hombre que no les correspondía. Entre las parejas enamoradas volaban las notas. Se mandaban, se recibían y se destruían flores; se mandaban y se consumían bombones.

Andras se sumergió en aquella olla de grillos dispuesto a trabajar; el ayudante del director de escena lo instó a ponerse de inmediato manos a la obra. Si a monsieur Hammond se le rompía un cordón de los zapatos, Andras debía encontrar otro. Si el bichon frisé de madame Pillol necesitaba comer, Andras debía darle de comer. Había que transmitir los mensajes que intercambiaban el director y los protagonistas, el director de escena y el ayudante del director de escena, y los amantes fuera del escenario. Cuando la reemplazada Claudine Villareal-Bloch se presentara en el teatro para exigir que le devolvieran su papel, habría que apaciguarla colmándola de elogios, pero según le explicó a Andras el ayudante del director de escena, en realidad la habían despedido, pues Marcelle Gérard estaba cosechando un éxito apabullante con su interpretación. El Bernhardt colgaba el cartel de «agotadas las localidades» todas las noches por primera vez en cinco años.

Andras ignoraba cómo se las apañaban tras las bambalinas en el Sarah-Bernhardt antes de que lo contrataran. En su primer día de trabajo, cuando empezó la función, estaba demasiado agotado para verla desde un bastidor lateral. Se quedó dormido en un sofá que no sabía que se necesitaba para el

segundo acto, y se despertó sobresaltado cuando dos tramoyistas lo alzaron para llevarlo al escenario. Se levantó justo cuando los actores salían de escena después del primer acto, y todos se precipitaron sobre él con innumerables peticiones de ayuda.

Aquella noche se quedó en el teatro mucho después de que la representación hubiera terminado. Claudel, el ayudante del director de escena, le había dicho que debía permanecer siempre en su puesto hasta que se hubiera marchado el último actor; esa noche fue Marcelle Gérard la rezagada. Andras aguardó ante su camerino a que acabara de conversar con Zoltán Novak. A través de la puerta oía el entusiasmo con que hablaba en un francés trepidante. Le gustaba el sonido de su voz, y pensó que no le importaría hacer algo por ella antes de marcharse. Por fin salió monsieur Novak, con una leve arruga de preocupación en la frente. Se sorprendió al ver a Andras allí.

—Es medianoche, muchacho —dijo—. Es hora de volver a casa.

—Monsieur Claudel me ha ordenado que me quedase hasta que todos los actores se hubieran marchado.

—Ah. Bien hecho, pues. Toma esto para la cena, un adelanto de tu primera paga semanal. —Novak le entregó unos billetes doblados—. Come algo más nutritivo que un pretzel —añadió, y se alejó por el pasillo en dirección a su despacho frotándose la nuca.

Andras desdobló los billetes. Eran doscientos cincuenta francos, cantidad suficiente para cenar durante dos semanas en el comedor de estudiantes.

Soltó un silbido quedo y se los guardó en el bolsillo de la chaqueta.

Madame Gérard salió del camerino. Su cara ancha estaba pálida y resultaba poco atractiva sin el maquillaje que lucía en escena. Llevaba unamaleta turca marrón y la bufanda apretada para ir bien abrigada durante el trayecto a casa. Claudel había dicho que madame Gérard tenía que tomar un taxi, de modo que Andras le pidió que esperara en la puerta de los artistas mientras buscaba uno en el quai de Gesvres. Los cazadores de autógrafos ya habían desaparecido. Andras la tomó del brazo mientras caminaban por la acera.

Notó que el abrigo de tweed estaba gastado en el codo. La actriz se paró

ante la portezuela abierta del taxi y le miró a los ojos, con el rostro enmarcado por la bufanda. Tenía la frente ancha y abombada, y las cejas finas; los huesos marcados le daban un aire de nobleza que le habría ido bien para interpretar el papel de una reina, pero que también resultaba adecuado para el personaje de madre proletaria.

—Eres nuevo aquí —dijo—. ¿Cómo te llamas?

—Andras Lévi —respondió él con una leve inclinación de la cabeza.

Ella repitió su nombre un par de veces, como si quisiera memorizarlo.

—Mucho gusto, Andras Lévi. Gracias por buscarme un taxi. —Entró en el vehículo, se tapó las piernas con el abrigo y cerró la portezuela.

Mientras observaba el taxi que se alejaba por el quai des Gesvres en dirección al puente d’Arcole, Andras reprodujo para sí el breve guión de su conversación. Mentalmente la oyó decir très heureux de faire votre connaissance, que significaba örülök, hogy megismerhetem en húngaro.

¿Cómo era posible que le hubiera parecido oír un eco de örülök tras su très heureux? ¿En París todos eran húngaros camuflados? Se rió al pensarlo: todas las mujeres de la orilla derecha con sus abrigos de pieles, los espectadores del teatro con sus coches largos, los estudiantes de arte amantes del jazz con sus chaquetas raídas, todos ellos abrigaban el deseo secreto de comer páprika y pan rústico mientras engullían las bullabesas y las baguettes. Al cruzar el río sintió una ligereza cada vez mayor en el centro del pecho. Tenía un empleo. Ganaría su cincuenta por ciento. En su mesa de trabajo lo esperaban lápices nuevos, y no parecía imposible que pudiera acabar sus dibujos de la Gare d’Orsay antes del amanecer.

Trabajó toda la noche sin parar y logró mantenerse despierto durante las clases de la mañana. Luego se quedó dormido en un rincón de la biblioteca.

Cuando despertó varias horas después, encontró una nota prendida en su solapa con la letra de Rosen: «Hemos quedado en la Paloma Azul a las cinco, dormilón». Andras se incorporó y se frotó los ojos. Sacó del bolsillo el reloj de su padre y miró la hora. Las cuatro. Al cabo de tres horas tendría que volver al trabajo. Lo único que le apetecía era irse a casa a dormir. Se arrastró por el pasillo hasta los servicios, donde descubrió que, mientras

dormía, le habían pintado con tinta un bigote a lo Clark Gable sobre el labio superior. Se dejó el bigote, se peinó con los dedos y se alisó la chaqueta.

La Paloma Azul se hallaba a media hora larga a pie. Andras recorrió el boulevard Raspail y cruzó el Quartier Latin. Fue el primero en llegar al local; se sentó a una mesa del fondo, cerca de la barra, y pidió lo más barato de la carta: una tetera. El té se servía con dos galletas de mantequilla, cada una con una almendra en el centro. Esa era la razón por la que a los estudiantes les gustaba la Paloma Azul: allí eran generosos. En el Quartier Latin era infrecuente recibir dos galletas con una tetera, y mucho más galletas con almendras. Cuando llegaron Rosen, Polaner y Ben Yakov, Andras ya se había terminado el té y las galletas. Los tres jóvenes se quitaron las bufandas y tomaron asiento.

Rosen besó a Andras en ambas mejillas.

—Un bigote precioso —dijo.

—Creíamos que te habías muerto —comentó Ben Yakov—. O al menos que estabas en coma.

—Estaba casi muerto.

—Hemos hecho apuestas —explico Ben Yakov—. Rosen ha apostado que dormirías toda la noche; yo, que vendrías aquí, y Polaner se ha abstenido porque está sin blanca.

Polaner se ruborizó. De los tres, él era el que procedía de una familia más acomodada, pero el reino de su familia era una tienda de ropa en Cracovia y su padre no tenía ni idea de lo que costaban las cosas en París. La cantidad que le enviaba todos los meses era insuficiente para vestirse y comer.

Consciente de la deuda que estaba contrayendo con su padre, Polaner no se atrevía a pedirle más. Como hijo de buena familia, jamás había trabajado, y no parecía considerar la posibilidad de buscar un empleo a fin de aliviar su situación. En lugar de eso pedía agua caliente en los cafés, remendaba sus zapatos con cartón grueso que le sobraba de las maquetas que construía y se llevaba del comedor de estudiantes el pan que le sobraba.

Con el bolsillo lleno de billetes, Andras sabía que le tocaba invitar a todos.

Tomaron vasitos de whisky con soda, la bebida de las estrellas de cine norteamericanas. Maldijeron al gobierno húngaro y su intentona de apartar a Andras de su lado, y brindaron por su nuevo papel como mensajero de cartas de amor y paseador de perros de actores. Cuando hubieron acabado los whiskies con soda, pidieron otra tetera grande.

—Ben Yakov tiene un compromiso esta noche —anunció Rosen.

—¿A qué te refieres con compromiso? —preguntó Andras.

—Un rendez-vous. Una cita. Posiblemente romántica.

—¿Con quién?

—Con la bella Lucia —contestó Rosen, y Ben Yakov entrelazó los dedos y los flexionó con mudo entusiasmo.

La mesa quedó en silencio. Los cuatro veneraban a Lucia, con su voz grave y aterciopelada, su piel del color de la caoba lustrada. Por la noche, solos en la cama, la imaginaban quitándose el vestido y la ropa interior, quedándose desnuda ante ellos en la habitación a oscuras. Por la mañana se avergonzaban al ver el talento de la joven en el estudio. No solo trabajaba en las oficinas, sino que era también alumna de cuarto, una de las mejores de su clase, y se rumoreaba que Mallet-Stevens había alabado especialmente su trabajo.

—Bien por Ben Yakov —dijo Andras levantando la taza.

—Bien —dijeron los otros dos, y Ben Yakov alzó una mano con fingida modestia.

—Claro que nunca nos contará lo que pase —apuntó Rosen—. Los asuntos de Ben Yakov no son de la incumbencia de nadie.

—No como los de monsieur Rosen —repuso Ben Yakov—. Los asuntos de monsieur Rosen pertenecen a todos. ¡Si tus damas lo supieran!

—Estamos en la ciudad del amor —afirmó Rosen—. Todos deberíamos hacer el amor. —Utilizó la palabra vulgar, baiser—. ¿Qué pasa, Polaner?

¿Te he ofendido?

—No te estoy escuchando —dijo Polaner.

—Polaner es un caballero —observó Ben Yakov—. Los caballeros ne baisent pas.

—Al contrario —dijo Andras—. Los caballeros son grandes baiseurs.

Acabo de leer Las amistades peligrosas. Está lleno de caballeros que baisent.

—No creo que tengas derecho a participar en esta conversación —dijo Rosen—. Al menos Polaner tenía una petite amie en casa. Su futura novia cracoviana, ¿no? —Dio una palmada en el hombro a Polaner, que se ruborizó de nuevo. Les había comentado que había recibido algunas cartas de la chica, hija de un fabricante de género de lana, con la que su padre esperaba que se casara—. Ha hecho de todo, aunque no le guste hablar de eso —añadió Rosen—. En cambio tú, Andras, no lo has hecho nunca.

—Mentira —replicó Andras, aunque lo que decía su amigo era verdad.

—París está lleno de chicas —aseguró Rosen—. Deberíamos organizarte una cita secreta. De carácter profesional, claro está.

—¿Con qué dinero? —preguntó Ben Yakov.

—En el pasado los artistas tenían benefactores —dijo Rosen—. ¿Dónde están nuestros benefactores? —Se puso en pie y repitió la pregunta a voz en grito. Algunos clientes levantaron sus tazas. Pero no había ningún posible benefactor entre ellos; todos eran estudiantes, con sus tés y sus galletas, sus periódicos izquierdistas y sus chaquetas deshilachadas.

—Al menos tengo un empleo —afirmó Andras.

—¡Pues ahorra, ahorra! —dijo Rosen—. No puedes quedarte virgen toda la vida.

En el trabajo, Andras pasaba con rapidez de una tarea a otra como un pinche de cocina que preparara una comida de doce platos, y al terminar una tarea siempre había otra por empezar, todas ellas apremiantes. Claudel, el ayudante del director de escena, era vasco y tenía mal genio, que a veces expresaba lanzando elementos de atrezo que después había que reparar porque se necesitaban en el escenario. Por ese motivo el encargado del atrezo había dimitido y todos los accesorios se hallaban en mal estado.

Claudel aterrorizaba a los apuntadores, a los tramoyistas y a la chica del guardarropa; incluso aterrorizaba a su superior, el director de escena, monsieur D’Aubigné, que le tenía demasiado miedo para quejarse de él a monsieur Novak. Pero Claudel aterrorizaba sobre todo a Andras, que trataba de tenerlo siempre contento. Este sabía que el ayudante del director de escena no actuaba de mala fe. Claudel era un perfeccionista, y cualquier perfeccionista se habría vuelto loco con la confusión que reinaba en el Bernhardt: los mensajes se perdían, los elementos de atrezo, de los que ya no cuidaba nadie, estaban tirados en cualquier parte, y resultaba difícil encontrar algunas prendas del vestuario; nadie sabía cuánto faltaba para que subiera el telón o terminara el intermedio. Parecía un milagro que las funciones se llevaran a cabo.

Durante su primera semana Andras construyó un casillero donde pudieran dejar sus notas el director de escena, su ayudante, el director, los actores y el equipo; compró dos relojes de pared baratos y los colgó en los bastidores laterales; improvisó unos estantes rústicos en los que colocó los elementos de atrezo, cada uno rotulado con el acto y la escena en que debía utilizarse.

Pocos días después empezó a respirarse en el teatro una sensación de tranquilidad. Pasaban actos enteros sin que Claudel montara en cólera. Los tramoyistas comentaron el cambio al director de escena, monsieur D’Aubigné, que a su vez comentó el cambio a Zoltán Novak, el cual felicitó a Andras. Animado por su éxito, este pidió setenta y cinco francos a la semana, que le fueron concedidos, para preparar una mesa con café, leche, chocolate, galletas, mermelada y pan para todo el equipo. Pronto su casilla se llenó de notas de agradecimiento.

Madame Gérard en particular mostraba un interés especial por Andras.

Empezó a llamarlo no solo para mandarle algún recado, sino también para que le hiciera compañía. Después de la función, cuando el resto de los

actores ya se había marchado, le gustaba que el joven se sentara en su camerino y le hablara mientras ella se quitaba el maquillaje. Tardaba tanto en desmaquillarse que Andras acabó sospechando que no deseaba volver a casa. Sabía que vivía sola, aunque ignoraba dónde; se imaginaba un piso de color rosa empapelado con carteles antiguos de obras de teatro. La actriz apenas hablaba de su vida, pero reconoció que había adivinado su origen. En efecto, había nacido en Budapest y de pequeña su madre le había enseñado a hablar tanto francés como húngaro. Sin embargo, quería que Andras le hablara en francés; decía que practicar era la mejor forma de llegar a dominar un idioma. Quería que le hablara de Budapest, de su empleo en Pasado y Futuro, de su familia; él le refirió la afición a la danza de Mátyás, y la inminente partida de Tibor a Módena.

—¿Tibor habla italiano? —preguntó ella mientras se aplicaba crema hidratante en la frente—. ¿Ha estudiado el idioma?

—Lo aprenderá más rápidamente que yo el francés. En la escuela ganó el premio de latín varios años seguidos.

—¿Y tiene ganas de marcharse?

—Muchas —respondió Andras—, pero no puede irse hasta enero.

—¿Y qué más le interesa aparte de la medicina?

—La política. La situación del mundo.

—Bueno, eso se puede disculpar en un hombre joven. ¿Y qué más? ¿Qué hace en su tiempo libre? ¿Tiene alguna amiga? ¿Dejará a alguien en Budapest?

Andras negó con la cabeza.

—Trabaja noche y día. No tiene tiempo libre.

—Ya —dijo madame Gérard dándose unos toquecitos suaves en las mejillas con una esponja de terciopelo rosa. Miró a Andras con una expresión

interrogativa y las finas cejas arqueadas—. ¿Y qué me dices de ti? —

preguntó—. Tú sí tendrás una amiguita.

Andras se ruborizó profundamente. Nunca había hablado de ese tema con una mujer adulta, ni siquiera con su madre.

—En absoluto —dijo.

—Ya —repuso madame Gérard—. Entonces quizá no rechazarás una invitación a almorzar de una amiga mía. Una húngara que conozco, profesora de ballet excelente, tiene una hija unos años menor que tú; una chica muy guapa llamada Elisabet. Es alta, rubia, buena estudiante…, saca unas notas magníficas en matemáticas. Ganó una especie de concurso de matemáticas de la ciudad, pobrecilla. Creo que habla un poco de húngaro, aunque es francesa hasta los tuétanos. Podría presentarte a sus amigos.

Una chica rubia y alta, francesa hasta los tuétanos, que hablaba húngaro y podía mostrarle otra cara de París: Andras no podía decir que no. Recordó lo que Rosen le había dicho, que no podía ser virgen toda su vida. Así pues, dijo que estaría encantado de aceptar la invitación a almorzar en casa de la amiga de Marcelle Gérard. Esta anotó el nombre y la dirección de la mujer en el reverso de una de sus tarjetas de visita.

—El domingo a mediodía —dijo—. Me temo que no podré acompañarte porque ya he aceptado otra invitación, pero te aseguro que no tienes nada que temer de Elisabet y su madre. Viven cerca de aquí, en el Marais.

Andras echó un vistazo a la dirección preguntándose si la casa estaría en la parte del Marais que había visitado con su clase de historia; entonces algo se agitó en su memoria y tuvo que volver a mirarla. «Morgenstern —había escrito madame Gérard—, rue de Sévigné, 39.»

—Morgenstern —dijo en voz alta.

—Sí. La casa está en la esquina con la rue d’Ormesson. —La actriz pareció percibir algo extraño en la expresión de Andras—. ¿Pasa algo?

Por un momento Andras sintió la necesidad de hablarle de su visita a la casa de Benczúr utca, de la carta que había llevado a París, pero recordó la petición de discreción de la señora Hász y enseguida se recuperó.

—No es nada —respondió—. Es que hace tiempo que no me invitan a una buena casa, solo eso.

—Lo harás muy bien —dijo madame Gérard—. Eres más formal que muchos caballeros que conozco. —Se levantó y le dedicó su sonrisa regia, una especie de representación privada de su autoridad y elegancia; a continuación se abrochó la bata china y se retiró tras los tilos pintados en oro de su biombo.

Aquella noche Andras se sentó en la cama y miró la dirección anotada en la tarjeta. Sabía que el mundo de los expatriados húngaros en París era limitado, y que madame Gérard estaba bien relacionada dentro de él, a pesar de lo cual tenía la impresión de que aquella coincidencia debía de poseer un significado más profundo. Estaba seguro de que no le fallaba la memoria; no había olvidado el apellido Morgenstern ni el nombre de la calle: rue de Sévigné. Le ilusionó pensar que descubriría si Tibor acertaba al imaginar que la carta iba dirigida al anciano ex amante de la señora Hász.

Cuando llegara a casa de los Morgenstern, ¿encontraría a un caballero de cabellos plateados —quizá el suegro de madame Morgenstern— que sería el misterioso C.? ¿Qué relación debía de existir entre los Hász de Budapest y una profesora de ballet del Marais? ¿Y cómo se las arreglaría para no mencionar nada de eso a József Hász la próxima vez que lo viera?

En los días siguientes dispuso de muy poco tiempo para pensar en su futura visita a los Morgenstern. Quedaba solo un mes para el final del trimestre y al cabo de tres semanas se evaluarían los proyectos de otoño de los alumnos. El suyo era una maqueta de la Gare D’Orsay construida a partir del dibujo que había realizado; había terminado los planos, pero todavía tenía que empezar la maqueta. Se pasó la semana en el estudio rodeado de sus planos. Por la noche, después del trabajo, preparaba el examen de estática y a primera hora de la tarde asistía a una serie de conferencias de Perret sobre la desafortunada abadía de Fonthill, una catedral del siglo

XIX cuya torre se había hundido en tres ocasiones debido a un mal diseño, una construcción apresurada y el uso de materiales de mala calidad.

El sábado por la tarde, al llegar al trabajo, el único misterio en su cabeza era cómo había logrado llegar a la víspera del almuerzo sin haber mandado lavar su única camisa blanca, y sin haber guardado unos francos para comprar un obsequio para su anfitriona. Confió su problema indumentario a madame Gérard, quien lo envió al taller de la encargada de vestuario, madame Courbet, que había confeccionado todos los trajes de los obreros y los uniformes de los militares que aparecían en La madre. Mientras se hacía la revolución en el escenario, madame Courbet centraba su atención en una batalla distinta: estaba cosiendo cincuenta tutús para una función de danza infantil que tendría lugar en el Bernhardt durante el invierno. Andras la encontró en medio de una tormenta de tul blanco y florecillas de seda, sentada a la máquina de coser, que producía un estrépito mecánico en el centro de aquel cúmulo de nieve. Era una mujer de cincuenta y tantos años, pequeña como un gorrión, que vestía siempre impecables trajes confeccionados a medida. Ese día su vestido verde de lana estaba salpicado de hebras que parecían de hielo, y tenía un carrete de hilo blanco plateado entre los dedos. Se quitó las gafas sin montura para mirar a Andras.

—Ah, el joven señor Lévi —dijo—. ¿Se trata de otra queja de monsieur Claudel, o es que a alguien se le ha roto una costura? —Torció los labios en una mueca sarcástica.

—Se trata de mí, en realidad —contestó él—. Necesito una camisa.

—¿Una camisa? ¿Es que vas a aparecer como figurante en la función?

—No —respondió él, ruborizado—. Necesito una camisa para asistir a un almuerzo mañana.

—Ya. —La mujer soltó el hilo y cruzó los brazos—. No suelo hacer esa clase de trabajos.

—Me sabe mal molestarla con lo ocupada que está —dijo Andras.

—Te manda madame Gérard, ¿no?

Andras confesó que sí.

—Esa mujer… —exclamó madame Courbet. Se levantó de su sillita y, plantándose frente a Andras, lo miró de arriba abajo—. No haría esto por cualquiera —añadió—. Eres un buen muchacho. Te matan a trabajar y te pagan una miseria, pero a mí siempre me has tratado bien…, que es más de lo que puedo decir de ciertas personas. —Cogió una cinta métrica de una mesa y se ató un alfiletero al brazo—. Una camisa de caballero, claro está.

La querrás de algodón blanco, sencilla, imagino. Nada de fantasía.

Con movimientos diestros midió el cuello y los hombros de Andras y la longitud de su brazo, tras lo cual se dirigió hacia un armario con el rótulo CHEMISES. Sacó una elegante camisa blanca de cuello duro y explicó a Andras que tenía un bolsillo interior especial para introducir un tubo de sangre falsa; en una función, un hombre debía ser apuñalado noche tras noche por el amante celoso de su esposa, y madame Courbet hubo de confeccionar un sinfín de camisas. Abrió un cajón rotulado con las letras CRVT y eligió una corbata azul de seda con un estampado de perdices.

—Es una corbata aristocrática —afirmó—, una corbata elegante hecha con un retal. Mira.

Dio la vuelta a la prenda para mostrarle que había cosido el retazo de seda a un forro sencillo de algodón. Andras se la puso con la camisa, a la que la mujer prendió unos alfileres para hacer un rápido arreglo. Al final de la jornada le entregó la camisa terminada, envuelta en papel marrón.

—Que nadie se entere de dónde la has sacado —le advirtió—. No querría que se supiera. —Y le pellizcó cariñosamente la oreja antes de que el joven se marchara.

Al salir Andras tuvo una repentina inspiración. Se encaminó hacia la gran entrada principal del teatro, donde Pély, el portero, estaba barriendo el suelo de mármol. Como siempre, Pély había dejado en el vestíbulo las flores de la semana anterior; por la mañana la florista las recogería junto con los jarrones y llevaría otras nuevas. Andras saludó a Pély llevándose la mano al sombrero.

—¿Puedo coger esas flores? —preguntó.

—Por supuesto. Llévatelas todas. Llévate todas las que quieras.

Andras cogió una buena cantidad de rosas, lirios y crisantemos, ramas con bayas rojas, pájaros azules de mentira posados en ramitas verdes, manojos de helechos. No acudiría a casa de los Morgenstern en la rue de Sévigné con las manos vacías, no señor.

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