El qué dirán
Capítulo ocho
El lunes, Carlos y yo llevamos nuestras cámaras a la escuela. Él no fue a la clase de educación física, para poder trabajar juntos. Se dirigió al baño de los chicos y yo al de las chicas. Mientras la gente estaba en clase, los baños estaban vacíos la mayor parte del tiempo. Me detuve en la primera pared, con la cámara en la mano.
La pared era vieja y necesitaba ser reparada. Las palabras parecían ser parte de la pared, como si hubieran estado allí desde siempre. Casi estaban incrustadas en los ladrillos. La primera palabra que fotografié fue prostituta.
jinjolé gelb es una prostituta. Tomé la foto enfocando cuidadosamente. El lente se abrió y se cerró con un chirrido.
Mientras caminé por todo el baño tomando fotos, algo increíble me ocurrió. Sentí como si estuviera traspasando una línea invisible; como si, finalmente, yo le estuviera diciendo a alguien: No voy a tolerar esto ni un día más. Como si hubiera recuperado mi vida y nadie pudiera volver a quitármela.
Por varios días, Carlos y yo recorrimos el pueblo y el centro comercial tomando fotos de graffiti. Carlos hasta le tomó una foto a un chico escribiendo en la pared del baño.
—¿Quién es ése? —le pregunté.
—Es uno del grado doce. No sé su nombre —contestó Carlos.
—Bueno, me conoce —dije. El tal chico agregaba comentarios a la ya larga lista sobre mi vida nocturna.
—No sabe quién eres —me aseguró Carlos.
Una sensación de bienestar recorrió todo mi cuerpo.
—Carlos, eres muy bueno, ¿lo sabías?
Carlos se sonrojó. Le tomó unos minutos recuperar la respiración. Deseé abrazarlo, pero no lo hice. Entonces, levantó los hombros.
—Cuando mi familia se mudó a Canadá, tuve que pasar por algo parecido. Y todo porque no podía hablar inglés. Repetí el tercer grado. Los niños se burlaban de mí y me decían cosas desagradables. Las primeras palabras que aprendí en inglés fueron las muchas cosas que me llamaban.
Recuerdo que yo pensaba que las palabras en inglés no eran muy bonitas.
Me imagino que tengo una idea de lo que estás pasando.
Después de que revelamos las fotos, nos sentamos a mirarlas con Sofía.
Como ella estaba en el grado doce, conocía a las chicas mayores. Entre los tres, pudimos saber a quién pertenecían los nombres de esas paredes. Luego recorrí la escuela buscando a las chicas. Algunas estaban muy avergonzadas. La mayoría estuvo de acuerdo en asistir a la reunión.
La celebramos en una esquina de la cafetería a la hora del almuerzo.
Sofía, Carlos y yo esperábamos. Poco a poco la mesa se fue llenando de chicas, probablemente unas quince. Algunas lucían desafiantes, otras eran de las más populares. Había una con aspecto de mojigata. Varios chicos no hacían más que mirarnos. Se alejaban y volvían de nuevo, curiosos. Hay una sola manera de que se enteren por qué estamos reunidas, pensé.
Cuando pareció que todo el mundo había llegado, dejé mi sándwich a un lado y dije:
—Gracias por venir. Bienvenidas a la primera reunión del club de prostitutas.
Algunas de las chicas dieron un salto. Megan, la chica con la que había hablado anteriormente, comenzó a reírse.
—Yo no le veo nada de chistoso —dijo una de las más populares.
—Ni yo tampoco —añadí.
—Entonces, ¿por qué tienes que decirlo?
—Porque yo no voy a permitir que esa palabra me moleste más. Le pertenece a las paredes de los baños, no a mí —le expliqué.
—Creo que tienes razón —dijo, convencida.
—La escuela dice que no puede limpiar las paredes porque no tiene dinero —les expliqué.
—A otro con ese cuento —dijo Megan, revirando los ojos.
—Eso no quiere decir que nosotras no podamos hacer algo. Carlos y yo estamos haciendo un proyecto para la clase de inglés sobre graffiti. Les tomamos fotos a todas las paredes y les queremos pedir permiso para mostrarlas.
Pasé las fotos entre todas las chicas. Mientras las miraban, observé la expresión de sus caras y el dolor que les causaba. Dejé que las observaran por todo el tiempo que quisieran. Una vez que volvieron a mirarme, dije:
—Después de todo, me alegro que la escuela no tenga dinero. Un poco de pintura sobre esas paredes sería como una curita, para cubrir y nada más.
Las cosas no desaparecen si las tapamos.
—¡Tienes razón! —alguien dijo.
—Queremos usar estas fotos en el proyecto de inglés. Pero como los nombres les pertenecen a ustedes, no voy a usar las fotos si no me dan permiso —dije.
—¿Qué es lo que vas a hacer con ellas?
—preguntó Megan.
Les expliqué lo que tenía en mente. Carlos agregó algo. Algunas de las chicas asintieron y otras hasta sonrieron. Otras se levantaron y se fueron, pero dos de ellas se ofrecieron para ayudar. Después de tenerlo todo planeado, Sofía tomó el número de teléfono de todo el mundo. Carlos recogió las fotografías.
Megan se recostó sobre la mesa y lo suficiente alto como para que Carlos lo escuchara, sonrió y me preguntó:
—¿Es él tuyo?
Sofía se rió. Yo me imagino que me puse más roja que un tomate. No tengo idea de qué cara puso Carlos. Por nada del mundo iba yo a mirarlo.
Megan sonrió apenada:
—¡Ay, perdóname la pregunta!
—Él es de él —dije, mirándome las manos.
Lo miré en el mismo momento en que él me miró. Nuestros ojos se quedaron fijos por unos minutos.
—¡Ahhh! ¡Creo que estos dos están enamorados! —suspiró Megan.
—Déjanos en paz —protestó Carlos.
—Ya terminamos la reunión. Por favor, pueden marcharse —agregué yo.
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