El qué dirán

Beth Goobie · Capítulo 4 de 11

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El qué dirán

Capítulo tres

Tenía una sensación horrible. Era como si el Titanic hubiera naufragado dentro de mi estómago. No se me pasaba con nada. El hecho de que Carlos fuera amable conmigo no mejoraba las cosas. Tenía un examen sobre formaciones geológicas en qué pensar. Miraba el papel delante de mí y todo lo que quería escribir era:

Forma rocosa: Brent Floyd.

Pero no lo hice. Parecía que había reprobado mi vida social, pero no quería que me pasara lo mismo con geografía. Además, todavía me gustaba Brent. Y mucho. Pensé que todo era seguramente una equivocación.

Hablaría con él y todo se aclararía.

Iba yo caminando por la cafetería de la escuela cuando todo comenzó otra vez.

—¡Oye, Jinjolé!

Un grupo de amigos de Brent estaba sentado justo frente a mí. En realidad, eran también mis amigos. Muchas veces almorzábamos juntos.

Les sonreí. Ninguno de ellos estaba en mi clase de inglés.

—¿Qué tal, chicos?

Alguién dejó escapar un silbido.

—Oye, Jinjolé —alguien me contestó, pero con una voz diferente, como si existiera un secreto entre nosotros. Pero, ¿qué secreto? Todos sonreían.

Yo no iba a dejar que sucediera lo mismo. Entrecerré los ojos y me acomodé en el asiento. Traté de aparentar aburrimiento.

—¿De qué se ríen?

—¿De qué se ríen? —repitió un chico llamado Ralph. La semana pasaba me había ganado una partida de póker—. Tú nos dirás.

Algo frío y húmedo corrió por mi mano. Se me había derramado el Canada Dry.

—Romance en el asiento trasero —dijo Ralph como cantando. Todos se rieron.

Sentí que me alejaba en una caída lenta. A mi alrededor los chicos continuaban gritando y riéndose. Una maestra pasó de largo. Para los que nos miraban, todo parecía una conversación normal entre amigos.

Una conversación normal entre amigos, pensé.

Puse mi refresco y mis papitas fritas en la mesa.

—¿Están bromeando, no?

Ralph dejó de mirarme y fijó la vista en otro chico.

—¿Qué crees, Scott… le damos un siete?

Scott me miró de arriba a abajo.

—¿Un siete? A lo mejor.

—En su mejor día, quizás —dijo otro chico.

—Ah, ¿en un buen día como el viernes?

— ¿ Como el viernes pasado? —completó Ralph.

Todos se echaron a reír otra vez.

—Todos ustedes son unos cerdos —les dije.

Por un momento, estuvieron callados. Entonces Ralph balbuceó algo. En ese momento debí olvidarlo todo y marcharme, pero estaba furiosa.

—¿Qué fue lo que dijiste, Ralph? —le pregunté.

Hizo algo parecido a una mueca. No dijo palabra y no se atrevió a mirarme. Caminé alrededor de la mesa y me paré frente a él.

— ¿ Aprobaste el examen de Matemáticas para el que te ayudé a estudiar, Ralph? —le pregunté.

Ralph le abrió un hueco a su sándwich. Pude ver que el cuello se le iba poniendo rojo. Sin mirarme dijo:

—Ah. Olvídalo, Jinjolé.

—No me digas.

Caminaba yo de regreso para recoger mi almuerzo cuando Scott habló.

Habló claro y alto, para que todo el mundo lo pudiera escuchar.

—Él dijo que en la fiesta fuiste un diez, Jinjolé, quiero decir, en el estacionamiento. Un perfecto diez. Una verdadera experta.

Aquello fue como si me hubieran atropellado a toda velocidad contra un muro de concreto. Por un momento, el mundo desapareció a mi alrededor.

Entonces, una mano me tomó por el brazo.

—Vamos —me dijo Carlos.

—Ajá. Ahora es Carlos el que parece tener suerte —dijo Scott.

Carlos se detuvo. Dio media vuelta y les echó una mirada fulminate.

Todos bajaron la vista.

Carlos puede manejar esta situación, pensé. Él es un chico.

—Oye, Scott. ¿Vas a practicar con la banda después de las clases? —dijo alguien para romper la tensión.

Carlos y yo salimos de la cafetería. Cuando llegamos a las escaleras, nos sentamos.

—¿Te sientes bien? —Carlos comenzó a comerse mis papitas fritas. Yo miraba a lo lejos sin decir nada. No podía encontrar palabras.

—Jinjolé.

—Nunca me habían hablado así antes —dije casi murmurando.

—Sí que lo han hecho —dijo Carlos.

—No, a mí no.

—Bueno, puede que no a ti.

Supe lo que quería decir. Otras veces hasta yo me había reído cuando se trataba de otra chica. Me imagino que nunca pensé que podría ocurrirme a mí.

—Yo pensé que eran mis amigos.

—Menudos amigos.

—Me crucificarían.

—Posiblemente —Carlos seguía a mi lado, comiéndose mis papitas fritas.

Ni que fuera el fin de mi vida, pensé.

—Carlos. Yo no hice eso que ellos dicen —dije.

Carlos resopló.

—Yo no soy tu mamá. Y lo que tú haces no es problema de nadie.

—Sí, lo sé. Pero es peor cuando todo lo que dicen es mentira.

Carlos se levantó de hombros.

—Algunos chicos mienten sobre eso constantemente. Piensan que si ellos no se han anotado ningún tanto, no son nadie. Por eso mienten.

—Tú eres un chico, ¿no?

Se sonrió.

—Pues sí.

—Entonces, tú también mientes sobre eso.

—Yo les digo que no es asunto de ellos.

Lo vi cómo se tomaba mi refresco.

—¿Qué otra cosa dicen de mí? —le pregunté.

—¿De verdad lo quieres saber?

—Más me vale.

Carlos parecía estar muy tenso.

—Te lo diré de la forma más suave posible. Dicen que eres fácil y que no tienes reparos ninguno. Que te acuestas con cualquiera en la primera cita y que haces todo lo que se te pida… y no voy a darte detalles.

Lo único que quería era desaparecer. Esos chiquillos usaban mi nombre como si fuera un chiste de relajo. Ya le había sucedido a otras chicas. Ellas se limitaban a esperar a que todos se aburrieran de los mismos rumores. A veces, la gente se olvida de las cosas, otras veces no. Yo no podía quedarme de brazos cruzados.

Tiré la lata de refresco medio vacía con todas mis fuerzas contra la pared.

Y luego me quedé maldiciendo por un buen rato. Carlos se quedó sentado a mi lado esperando a que me calmara. Cuando me sentí mejor, me miró admirado.

—Jinjolé. Ellos no valen la pena —me dijo.

Yo me reí sin ganas. En realidad quería llorar.

—Los chismes son el motor de esta escuela. No importa quién los eche a rodar.

—Entonces, déjalos que hablen —me dijo Carlos.

No creo que él entienda muy bien cómo funciona todo, pensé.

—Carlos, hay cerca de dos mil alumnos en esta escuela, ¿no? Imagínate que cada uno de ellos diga algo acerca de mí. Serían dos mil chismes que tendría que aguantar. Aunque yo no los escuche, sé que andan rodando. Los puedo sentir. Y si todos se rieran de mí, ¡ja, ja, ja! serían seis mil “jas” con los que tengo que vivir.

Carlos respiró profundo.

—Mira. No puedes dejar que ese tipo de gente determine tu vida o las de los demás. Ahora das media vuelta y entras como si fueras la pura verdad y ellos no fueran más que una mentira.

Traté. Carlos y yo regresamos a la cafetería y caminamos entre las voces hasta el otro lado. Me sentí como en un pequeño desfile donde todo el mundo, secretamente, me estaba observando. Un par de chicos dijo

“¡Hola!” Nadie dijo una palabra sobre mi vida sexual. Pero sentí que todo el mundo lo estaba pensando. Pude sentir las vibraciones que llegaban con una fuerza increíble.

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