El qué dirán
Capítulo seis
A la mañana siguiente, decidí quedarme en la cama. Al menos por un día, me iba a quedar acostada sin hacer nada, sólo mirando pasar el día. Tenía derecho a un día fuera del infierno.
—Hola, Jinjolé —mi mamá estaba parada en la puerta del cuarto.
—Hola, mamá.
—Me dijo Sofía que estás enferma.
¿Qué tienes? ¿Catarro? ¿Te duele la garganta?
—Cualquiera de las dos cosas me vendría bien.
Se sentó en la orilla de la cama y yo me tapé la cabeza con la manta.
Estaba segura de que me lo iba a sacar todo. No me hacía la menor gracia.
Mi mamá comenzó a tirar de la manta.
—A mí me parece que estás más triste que otra cosa. —Podía oír su voz muy cerca. Me sentía como una niñita. Por debajo de la manta, me escurrí hasta los pies de la cama y me hice un ovillo.
—¿Dónde estás? —se sorprendió mi mamá.
—No quiero hablar —dije desde debajo de la manta.
Mamá comenzó a tirar de la manta y pronto pude ver un rayo de luz.
Traté de volverme a cubrir, pero ella tiró con más fuerza y me destapó. La luz me molestaba en los ojos.
—Dime, cariño, ¿qué es lo que te pasa?
Comenzó a acariciarme la cabeza. No pude contenerme, sólo de saber que ella me adora por sobre todas las cosas. Comencé a llorar. Después de un rato las palabras salieron solas.
—Me están diciendo… —no podía pronunciar la palabra.
—¿Qué te dicen, mi hijita? —me dijo mi mamá con dulzura.
Era una palabra horriblemente fea. Yo no quería que saliera de mi boca.
—Puedes decírmelo —me dijo mi mamá.
—Prostituta —casi susurré.
Mamá me abrazó fuertemente.
—Dilo otra vez.
—¡Mamá!
—Hazle caso a tu madre. Quiero que digas la palabra diez veces.
Tragué en seco. Ella estaba complicando las cosas.
—¡Vamos! —dijo.
Lo hice. Al principio apenas podía pronunciarla. La décima vez casi la grité. Cuando terminé, me hizo decirla otras diez veces más. Al final, la palabra no era más que otra palabra cualquiera.
Mamá tomó mi cara entre sus manos.
—Cuando uno puede pronunciar una palabra, le pertenece. Lo que quiere decir que esa palabra ya no puede hacerte más daño. Es sólo una palabra, Jinjolé. No es tu nombre. No eres tú.
Abrí y cerré los ojos entre las lágrimas y pude ver su cara claramente.
Fue entonces que noté que respiraba agitadamente. Eso generalmente quiere decir que está brava con alguien.
—Mamá, yo puedo resolver el problema sola. No hagas nada —le supliqué.
Mi mamá parecía estar lista para derribar un equipo completo de fútbol.
—Casualmente, tengo la mañana libre. Creo que me voy a dar un paseo por tu escuela.
—¡No, mamá! —Salí como un bólido de la cama y le caí detrás. Sabía que no era buena idea quitarle la vista de encima.
Me miró por encima del hombro y me dijo:
—Si quieres venir conmigo, vístete enseguida.
Me vestí en un santiamén. En cuanto me vio bajar las escaleras, salió por la puerta.
—Voy a calentar el auto en lo que te desayunas.
—Mamá.
Cerró la puerta.
¿Por qué tendré que tener una mamá que cree que su misión es cambiar el mundo? Cogí mi chaqueta y salí corriendo. Puso el auto a rodar antes de que yo pudiera cerrar la puerta.
—Este problema es mío —comencé a decir. Pero de sólo mirarla me callé la boca. Tenía la cara de la Estatua de la Libertad. La que siempre pone cuando está furiosa. Yo creo que las secretarias de la dirección sabían que ella iba a llegar de un momento a otro. Todas estaban mirando para la puerta cuando entramos.
—Necesito hablar con el director de esta escuela —dijo fríamente—.
Ahora mismo.
La secretaria que estaba cerca dijo:
—Voy a ver si está libre en este momento.
—Mejor que lo esté —dijo mi mamá.
Desafortunadamente para el director, estaba libre en ese momento.
Cuando entramos en la oficina, varios chicos llegaron buscando un permiso para entrar al aula. Pusieron los ojos como platos cuando nos vieron.
¿Cuánto tiempo tomará para que la noticia llegue a la pared de todos los baños? pensé.
Mi madre puso al director en su lugar, como lo que ella es: una empacadora de carne. Lo cortó, lo troceó en pedacitos pequeños, lo envolvió y, luego, lo empacó. Cuando terminó de hablar, el director casi le promete mudar su oficina dentro del baño de los chicos. Parecía dispuesto a expulsar de la escuela a unos cuantos.
—En esta escuela no permitimos que se escriba en las paredes. Usted debe entender que no es fácil vigilarlos a todos, todo el tiempo. Para limpiar las paredes, tenemos que pagarle a alguien. Y como la mayoría de las escuelas, estamos cortos de presupuesto en este momento —dijo.
Mi mamá ignoró sus palabras.
—¿Cuándo van a estar limpias esas paredes? —le preguntó.
—Lo antes posible —le contestó el director.
Mi mamá le echó una mirada que pareció durar toda una semana.
—Más le vale.
Pero no fue así. Carlos trató de ocultármelo, pero por el baño de las chicas, yo supe que no habían hecho nada. Quizás los trabajadores estaban en huelga o estaban ocupados trabajando en otro lugar. De todas maneras, todo el mundo se había enterado de que mi mamá había ido a la escuela a protestar.
—De ahora en adelante, tu mamá te va a chaperonear en todas las citas,
¿Sí, Jinjolé? Ésa era la broma de moda.
Ni me lo mencionen. Creo que jamás volveré a salir, pensé.
Estaba yo en la biblioteca cuando vi una chica en la fotocopiadora. Su nombre estaba también en la pared del baño de los varones. Decidí acercármele.
—Hola, ¿te llamas Megan?
Tenía una tonelada de maquillaje y llevaba una camiseta de Heavy Metal.
—Sí.
—Me llamo Jinjolé.
No se rió ni me evitó.
—Sí, lo sé.
—¿Tienes un minuto para hablar conmigo? —le pregunté.
—Si tuvieras un cigarrillo… —me contestó.
Yo no tenía ninguno, pero me siguió igual. Encontramos un lugar tranquilo en una esquina del pasillo junto a una ventana. No fue fácil comenzar a hablar sobre el tema. Pero una vez que comenzamos, supe que su historia era parecida a la mía.
—Me enteré de lo de tu mamá —sonrió.
Yo entorné los ojos.
—Tienes suerte. Cuando mis padres se enteraron, me dieron de golpes.
Me dijeron que ellos siempre supieron que yo terminaría así.
Así, pensé.
—Esto no puede durar toda la vida —protesté.
Megan se rió.
—Sí, claro que sí. Si dicen que eres una prostituta, entonces eres una prostituta.
—No. Tú eres una persona. Tú eres un ser humano.
—Yo soy un ser humano que lo único que quiere es un cigarrillo. —Salió caminando por el pasillo en busca de alguien que le diera uno. La vi alejarse.
Primero muerta que contarle nada más de esto a mi mamá. Por nada del mundo.
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