El qué dirán

Beth Goobie · Capítulo 10 de 11

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El qué dirán

Capítulo nueve

Carlos y yo nos pasamos todo el fin de semana trabajando en mi casa.

Teníamos que terminar el proyecto de la clase de inglés para el lunes.

Vimos cómo la mamá de Sofía empacaba durante todo el fin de semana. Se mudaba de nuevo con su esposo. “Sofía se va a quedar con nosotros,” había dicho bien claro mi mamá.

—Tú eres como otra hija para mí, Sofía —le dijo.

Mi mamá puede ser muy dramática, pero cuando le caes bien, no hay nadie mejor.

Sofía no le dirigió la palabra a su mamá durante todo el fin de semana y no la ayudó a empacar. Estuvo sin moverse frente al televisor, con los brazos alrededor de las piernas. Cada vez que yo escuchaba la música del tema de Star Trek sabía dónde estaba Sofía: lejos, pero que muy lejos. El domingo, ya entrada la tarde, su mamá arrastró todos sus bultos hasta la puerta. Fue entonces que Sofía se levantó y fue hasta ella. La miró fijo y como si fuera una niñita la llamó casi llorando:

—¡Mamá!

Corrió y la rodeó con sus brazos. Se abrazaron fuerte por un largo rato.

Luego, Sofía la vio alejarse hasta el automóvil.

—Nunca pensé que en realidad lo haría —dijo bajito.

Me quedé a su lado en la entrada de la casa.

—A lo mejor regresa —le dije.

—Ella piensa que mi papá nunca va a volver a portarse mal, que todo ya pasó.

Así de rápido —dijo Sofía, chascando los dedos.

—Lo siento —dije casi para mí.

—Mi papá no quiere recibir ayuda, dice que él no tiene ningún problema.

Quiere actuar como si nada hubiera ocurrido, pero yo sé que él lo va a hacer de nuevo —Sofía me miró a los ojos—. Como si yo hubiera fingido que

todos esos rumores sobre mí en la escuela nunca hubieran sucedido. Tú lo sabes bien, Jinjolé, aunque ahora mismo pintaran todas las paredes de los baños, esos rumores seguirían de boca en boca. Tienes razón en hacer tu proyecto.

—Gracias —le dije.

Deseé que Sofía tuviera toda la razón.

El lunes por la mañana pareció no llegar nunca. Inglés era la primera clase del día. Mientras los otros alumnos llegaban, Carlos y yo preparamos la pantalla y el proyector de diapositivas. No miré a Brent ni una sola vez, pero sabia dónde estaba en todo momento. Labios Muertos se sentó al fondo de la clase.

Carlos encendió el proyector. Yo me paré al lado de la pantalla y comencé a hablar sobre diferentes tipos de graffiti. Se apagaron las luces y ya no pude ver muy bien a la gente. Primero, mostramos imágenes de graffiti en los túneles de los trenes y en los puentes del centro de la ciudad.

Hubo risas y comentarios cuando los alumnos vieron algo reconocible. El lado de Brent permaneció tranquilo. Labios Muertos no hizo comentarios y no tuvo reparos en las malas palabras.

Yo sabía cuándo aparecerían las imágenes de la escuela. Carlos hizo funcionar el proyector a mayor velocidad.

Entonces se sentó con las manos juntas como si rezara por mí.

Esperé a que salieran los nombres de todas las chicas. Entonces me paré delante de la pantalla. Las palabras me golpearon con fuerza.

PROSTITUTA, decía en mi pecho. JINJOLé ES UNA PROSTITUTA.

Hubo gritos apagados mientras las palabras se reflejaban sobre mí.

Labios Muertos amagó con pararse, pero se volvió a sentar. Después de un rato, sólo había silencio y el rítmico clic del proyector.

“Esto es una clase diferente de educación sexual, ” pensé.

—Todos piensan que es fácil lanzar palabras así como así —les dije—.

Las palabras son libres, no cobran impuestos por decirlas. Todos pueden usar las palabras como mejor les parezca.

Una vista fija de la pared del baño se reflejaba en mi cara.

—¿Y qué encierra una palabra? Las palabras no se pueden comer, beber, construir o destruir. No se pueden tocar, pero ellas sí pueden tocarnos.

Como por ejemplo, “prostituta” —a pesar del entrenamiento que me dio mi mamá, aún me costaba trabajo decir semejante palabrota. Hice una pausa—.

Últimamente, me cuesta más trabajo que de costumbre levantarme en la mañana. Los días se han vuelto difíciles. Tengo que tomar muchas decisiones. Si me pongo una blusa con el cuello no muy alto, pienso: ¿luciré como una prostituta? Bueno, de eso no debo preocuparme, de seguro me lo informarán inmediatamente. Tengo mucho cuidado de cómo caminar por los pasillos. ¿Camino como una prostituta? ¿Respiro como una prostituta?

¿Soy una prostituta?

Respiré profundo. Parecía que el aire de la clase se había esfumado.

—Todo el mundo sabe que una prostituta no es realmente un ser humano.

Es alguien a quien se puede ofender, humillar y tomarle fotografías en poses provocativas. Te puedes burlar de ella y decir lo que quieras de ella, porque ella no es como tú. Quizá lo fue. Quizá fue una persona normal, como cualquier otra. Pero desde que alguien decidió llamarla prostituta, se convirtió en una cosa. O en nada. La palabra aparece en las paredes de los baños refiriéndose a mí y ¿qué puedo hacer yo? Una vez que está allí, es asunto concluido. No hay nada más que decir. Es sólo una palabra y no me deja muchas más opciones… qué ropa me pongo, cómo camino o qué pienso de mí misma.

Volví a repetir la palabra.

—Prostituta. Esa palabra puede determinar mi vida… si yo se lo permito.

Nadie habló. Las diapositivas habían terminado y yo seguía de pie frente a la pantalla vacía, iluminada por una luz blanca.

Mientras recogíamos los equipos, todos se nos acercaron a Carlos y a mí.

No dijeron mucho. Algunos nos daban unas palmadas en los hombros, otros movían la cabeza en señal de aprobación. Labios Muertos nos dio una A.

Hizo una mueca que se puede decir era la mitad de una sonrisa y dijo:

—Las palabras no pueden expresar lo que siento.

En el pasillo, después de la clase, vimos a las chicas del club en acción.

Habíamos hecho varios pósters del graffiti de los baños. Durante la última clase, Sofía y las otras chicas los habían colocado por las paredes de la escuela. La gente se paraba a mirarlos con la boca abierta. Las palabras en sí no eran lo que los asombraba. Era el lugar donde estaban escritas. Junto al inodoro estaban bien, pero en el pasillo de la escuela ¡eso sí que no!

Mi mamá tiene razón, pensé. No son las palabras, sino la forma en que son usadas.

Brent Floyd brillaba por su ausencia.

Me imaginé al director de la escuela como un loco corriendo por los pasillos y arrancando los pósters de las paredes a toda velocidad.

—No creo que pueda aguantar mucho más, mi capitán. Los motores están a punto de explotar —dije.

—¿Qué? —me preguntó Carlos.

—Nada —le sonreí.

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