El qué dirán
Capítulo cinco
Después de lo de la nota, las cosas continuaron sucediendo, a un ritmo constante, como los latidos del corazón. La mayoría de las cosas parecían no tener relación alguna con Brent. Él, probablemente, ni sabía la mitad de ellas. De todas maneras, yo lo consideraba el culpable. Sólo de pensar en él, mis manos se transformaban en puños. Por él comenzó todo esto. Ahora, chicos que jamás había conocido o con los que jamás había hablado hacían comentarios de mí por los pasillos.
—¿Estuviste muy ocupada el viernes? —me dijo uno.
—¿Y qué estuviste haciendo a la hora de almuerzo? —me preguntó otro.
Nunca se acercaban a tocarme, pero me parecía que lo habrían hecho, si lo hubieran querido. Yo trataba de sonreír y echarlo a broma. Les contestaba:
—Sí, estuve ocupadísima —y seguía mi camino.
En realidad, tengo mejores cosas en qué pensar, me dije. Labios Muertos nos había dado un nuevo proyecto: “Los medios de comunicación: la televisión, el cine, la radio y los libros.” Traté de concentrarme en el proyecto. Teníamos sólo un par de semanas para terminarlo.
La situación entre Sofía y su mamá empeoraba. Una tarde llegué a casa y me encontré a Sofía peleando en el teléfono:
—¡Pero, mamá, me prometiste que íbamos a ir al cine esta semana! —y le tiró el teléfono. Cuando bajé, Sofía estaba abriendo con furia un paquete de galletas. Cuando ella se disgusta le da por comer y luego protesta de que está gorda.
Metí las galletas en el paquete.
—Te puedes comer sólo tres. Eso es todo —y comencé a alejarme con el paquete en la mano.
La voz de Sofía era un hilo y se diluía en una terrible tristeza.
—Mamá va a pasar el fin de semana en la casa de mi padre.
La miré fijo.
—¿Cómo puede hacer eso?
—Ella es demasiado buena —dijo Sofía con la vista en la distancia.
—Pero tú te vas a quedar aquí con nosotros, ¿verdad?
Las dos sabíamos que yo quería decir en caso de que tu mamá quiera regresar con él.
—¿Y qué va a ser de mi mamá? —Sofía comenzó a llorar.
La abracé con fuerza.
—Sofía, yo siempre estaré a tu lado.
Siempre seré tu hermana.
Sofía sollozó.
—Sí, ¿recuerdas? Negocio de familia.
Cuando su mamá regresó esa noche, Sofía no le dirigió la palabra. Yo me senté frente al televisor con Cascarita a ver los programas de Star Trek que tenía grabados en el vcr. Iba a ser una semana dura y sólo estábamos a martes.
Al día siguiente, estaba yo en el baño de las chicas, justo antes de la clase de educación física, cuando lo vi. Estaba yo mirando cúanto me habían crecido las cejas. Pude oír a las otras chicas que salían de las taquillas para el gimnasio. Fue entonces que vi algo en la pared. En el espejo, las palabras se leían al revés, pero me resultaron familiares. Lentamente, me volteé.
Allí, en la pared del baño, alguien había escrito mi nombre. No una, sino muchas veces. Alrededor de mi nombre habían escrito: Prostituta. Si quieres pasar un buen rato, llama a Jinjolé Gelb. Y habían puesto mi número de teléfono. En una esquina, distintas chicas habían escrito comentarios sobre mí, uno después del otro. No era distinto a lo que yo había visto antes, pero esta vez, era sobre mí.
Me recosté al lavamanos y me quedé mirando la pared. De pronto, todo me pareció estúpido. Eso no tenía nada que ver conmigo en lo más mínimo.
Me entraron ganas de reír, pero no pude encontrar la risa dentro de mí. No sentí nada, era como si yo fuera nada.
Me acordé de algo que un chico me había dicho esa mañana en la biblioteca:
—Oye, Jinjolé. Cada vez que voy a orinar me acuerdo de ti.
Cada vez que voy a orinar. Dejé mis cosas en la taquilla y salí al pasillo.
Sabía que era el turno en que Carlos no tenía clases. Estaba en la cafetería, solo, como siempre, mirando cómo caía la nieve.
—Carlos, necesito tu ayuda —le dije.
—Dime —me siguió a lo largo del pasillo. Cuando me detuve frente a uno de los baños de los chicos, me miró confundido.
—Voy a entrar aquí —le dije.
Enseguida supo lo que yo quería.
—Yo lo sé, Jinjolé.
—Tengo derecho a saber qué es lo que dicen de mí.
—Tú debes de tener una idea —sus ojos me decían que no lo hiciera.
Escuché los latidos de mi corazón como si estuviera fuera de mi pecho.
Miré a Carlos.
Él suspiró:
—Te puede pesar, Jinjolé.
Carlos entró para averiguar si había alguien adentro. Yo esperé. En mi mente, escuché la música de Star Trek. Llegar adonde ninguna mujer ha llegado antes, pensé.
El baño estaba vacío. Mientras estuve adentro, Carlos montó guardia.
Caminé a lo largo de los espejos y entré en todos los baños. Las peores cosas estaban escritan sobre los urinarios. Estuve largo rato leyendo. Me alegré de estar dándole la espalda a Carlos.
Cuando terminé, después de leer cada una de las palabras, di media vuelta. Así que esto es lo que piensan de mí, pensé. Cuando me ven, esto es lo que les viene a la mente.
—¿Son todos los baños de los chicos igual a este? —pregunté.
Carlos me miró alarmado.
—No querrás revisarlos todos, ¿no?
—Creo que tengo una buena idea —le contesté.
Carlos abrió y cerró los ojos varias veces. Los tenía rojos.
—Si fuera uno solo, yo lo confrontaría, Jinjolé. Pero no puedo pelear contra todos.
Ni yo tampoco puedo, pensé.
—No creo que eso resuelva el problema.
—Posiblemente no —trató de sonreír.
—Gracias, Carlos.
—De nada.
Cuando llegué a casa esa tarde, Sofía estaba mirando televisión. Me escurrí escaleras arriba hasta mi cuarto y me dejé caer en la cama. Pegué los ojos en el techo. Cascarita saltó sobre mí y puso la cabeza en mi estómago.
El nombre de Brent no estaba en ninguna de esas paredes. Sólo el mío. Vi el nombre de otras chicas. Hasta el nombre de Sofía estaba en una esquinita, ya medio borrado. Me pregunté si alguna de esas chicas tenía la menor idea de que sus nombres estaban allí. Jamás había hablado con la mayoría de ellas. Y sin embargo teníamos algo en común.
El club que ni conoce de su existencia, pensé. Bienvenida al club de las prostitutas, Jinjolé Gelb.
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